
Hay muchas clases de valor. Y el torero mejicano Christian Hernández ha demostrado que también lo tiene a su manera...
Qué se hace cuando uno se muere de vergüenza. Qué reacción cabe cuando uno abre su verdadero almario (no armario, conste) y se revela tal cual es, a pesar de que el mundo alrededor exija justo lo contrario. Cómo se puede recuperar la autoestima cuando ocurre algo que justifica ampliamente aquella oprobiosa acusación que tanto temían los escolares de antaño. Cuando eras blandito, cuando no jugabas al pelotón –como decían los curas- o a policías y ladrones, porque no te gustaban los rifirrafes ni los recreos violentos. O porque no resoplabas cuando el amiguete despabilado hablaba con los ojos como platos de las tetas de Sofía Loren en Madame san Gêne. Por cierto, vaya tetas.
-Nenaza, que eres un nenaza –tenía que aguantar
Y aún peor.
-Cobarde, gallina, capitán de las sardinas.
Cosas que se dicen sin demasiada cabeza. ¿Hay algún estudio científico sobe la pusilanimidad de esta clase de peces?
Pero al torero, como al soldado, el valor se le supone. Y nadie imagina que si fracasa, que si escurre el bulto y protagoniza una espantá que deja en nada las de Juan Belmonte se atreva a la sinceridad. Y más en este tiempo de buenismo generalizado hacia la condición humana. Nuestro amigo Homper –el Hombre Perplejo- se lo había comentado a su anciana y sabia tía Clota. Vio la noticia, abrió el ordenador, puso en marcha el Skype para saber de ella y comentar las noticias de actualidad.
-¿Lo has visto, tía? ¿Han pasado por vuestra tele lo del torero mejicano?
-Ni idea, hijo-respondió la tía-Aquí la pesadilla permanente es el vertido de crudo en el Golfo de Méjico.
Homper le contó a su tía, nacida en un pueblo de Granada, pero nacionalizada ahora en Estados Unidos y avecindada en en el estado de Vermont, la secuencia completa. El torero mejicano Christian Hernández en la plaza. Faena de muleta. Inicia el trasteo, no fija al toro y en éstas que tira la franela, sale de naja, salta la barrera y desde el callejón anuncia que tararí que te vi, que verdes las han segado, y que mate al toro su puñetera madre. Sólo volverá al albero para pedir perdón al respetable y cortarse precipitadamente la coleta.
-Y pásmate tía. Después reconoció ante los micrófonos que él no estaba hecho para el toreo.
-¿Así lo dijo?
-Bueno, ejem –carraspeó Homper- Añadió que para enfrentarse al toro se precisa un par de huevos, y que a él le habían faltado.
Un minuto de silencio.
-Pues qué valor el suyo –concluyó la anciana- Qué valor que en una época donde todo el mundo desplaza su culpa hacia otro lado sea tan decente como para reconocer la verdad.
El denostado torero cobarde no se escudó en lo malo que fue el ganado, ni en los abusos del empresario, ni en los turbios manejos del apoderado, ni en la consabida mala suerte. Tampoco en la presión psicológica.
-Qué tranquila me deja, sobrino –suspiró la anciana- Por una vez hay un hombre valiente que nos libra de culpa a la sociedad y apechuga con lo suyo.
Paradójico Christian Hernández. El hombre que fue lo bastante valiente para reconocer que le faltaban un par de huevos.



No es tan primaria como la mayoría, que advertimos día a día en desastre de la oposición al gobierno de España. Pero incluso desde Estados Unidos, la tía Clota también percibe que el 





Anota el Duende: una de las chicas de 



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