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Zapatero se moja

Según se desprende de sus palabras, tampoco este Cristiano le convence mucho a Zapatero...

Según se desprende de sus palabras, tampoco este Cristiano le convence mucho a Zapatero...

Parece mentira, pero todavía al día de hoy se registran silencios sobre cuestiones de palpitante actualidad mundial que el ciudadano responsable no acaba de entender.

Verán. Se explica que Obama esté metido de lleno en sanear la crisis de Estados Unidos o en endosar a Europa sus presos de Guantánamo. Bastantes marrones son para el inquilino de la Casa Blanca, caramba.

También se comprende que Ahmadineyad nos quiera convencer de la impecable lección de democracia que acaban ofrecerlos las urnas en Irán. Está en su papel.

Como bien subrayaba el inolvidable Manolo Summers, tó er mundo es güeno. De manera que los bien pensantes incluso encajarán de buen grado las excusas de Berlusconi sobre los guateques con sus lolitas en su villa de Cerdeña, o las de Gordon Brown por las chorizadillas de algunos miembros de su partido. Son lunares en la trayectoria de dos grande estadistas que necesitaban esas disculpas.

La opinión pública también acabará aceptando las de  Benedicto XVI, que ha pedido perdón por ciertos excesos inconfesables del clero en Irlanda. Como recordaba san Ignacio, errare humanum est, y hasta el más justo de los justos puede meter la pata o meter la mano donde no debe.

Esta  misma visión optimista del género humano acabará interpretando la fiebre nacionalizadora de Hugo Chávez o de Evo Morales como un ligero desvarío de sus políticas reivindicativas.  Que, aunque ellos dicen que son muy buenas para el pueblo a veces, por cierto, se pasan varios pueblos.

Todo el mundo no es sólo bueno, sino enormemente comprensivo con los grandes líderes mundiales. Pero lo cortés no quita lo valiente. Una cosa es que estén en sus problemas y defiendan sus intereses, y otra que hayan pasado olímpicamente sobre la gran cuestión que divide al pensamiento moderno. ¿Cómo es posible que hasta ahora Obama, Ahmadineyad, Berlusconi, Gordon Brown, Benedicto XVI, Hugo Chávez, Evo Morales y otros protagonistas de la actualidad no se hayan pronunciado sobre la procedencia o improcedencia del fichaje de Cristiano Ronaldo por el Real Madrid? Vamos, que es que no tienen perdón de Dios.

Porque velay las cosas, el que es líder carismático y planetario, el que de verdad sabe estar en su sitio, arreglar el mundo y prevenir y decir siempre lo que es oportuno, ya se ha mojado. Su conciencia ciudadana es superior a su pragmatismo político, y aún a riesgo de perder el voto de la churrera de mi barrio, que es merengona hasta las cachas, Zapatero ha declarado que la cuantía del fichaje de Cristiano Ronaldo no le parece bien. Podía haber dicho qué es una raya más para un tigre, a él que cien millones más o menos de gasto público ni le alteran la sonrisa. Pero aunque la pasta no la vayamos a pagar todos los contribuyentes, sino el Real Madrid, él no lo dice por el huevo, sino por el fuero. Y sugiere que la operación de Florentino Pérez es un desafuero que, además, cuesta un huevo. No como sus decisiones, todas justas y procedentes y que sólo arruinan al erario público.

Sobre el resultado de las últimas elecciones europeas, silencio. Sobre el aborto, pasando de puntillas. Sobre  el cierre de Garoña y el cinismo de nuestra política energética, nada de  nada. Sobre las últimas subidas de impuestos, larga cambiada. Sobre las nuevas alarmas del Banco de España, como si no fuera con nuestra economía. Aquí lo que importa es lo que se derrocha en el fútbol. Eso es sentido de la responsabilidad.

Y no como el del camarero que esta mañana me sirvió un café. No se lo van a creer: le pregunté cuánto era y  me cobró sin hacerme ni un solo comentario sobre el famoso fichaje. No se a dónde vamos a llegar con tanto pasotismo, ya les digo.

Ser amada en tiempos revueltos

_SARA_CasanovasAnota el Duende: una de las chicas de Amar en tiempos revueltos ha sido atacada por uno de sus admiradores que se sentía humillado por su silencio.

Amor insensato. Amor frustrado que se traduce en agresividad irracional. Antes se usaba el vitriolo y se desfiguraba la cara del amado o la amada. O yo o nadie, se convencía el criminal. Ahora la humanidad se suele andar con menos sofisticaciones. Los llamados violentos de género tiran de pistola o de cuchillo jamonero y arreglan sus problemas a lo Quentin Tarantino: la letra de tu desamor, si es con sangre se entiende mejor. El agresor de Sara Casanovas, que así se llama la actriz, era original, y quería asaetearla con una ballesta. Nunca te acostarás sin saber de un chiflado más.

¿Es de género esa violencia? ¿Y qué pasa cuando atacante y atacado pertenecen al mismo género? ¿Por qué se ha abandonado lo de crimen pasional? ¿No es más exacto?

La cosa es que Sara Casanovas  se había hecho famosa en esa aclamada serie que ofrece TVE1 en la sobremesa y que se llama Amar en tiempos revueltos, un Sautier Casaseca menos meloso, más costumbrista y con guiños políticos adecuados al momento. El Duende la ve a medio párpado si no ha empezado la película del Oeste de Telemadrid. Esta película es de lo mejor de la tele, pero a veces se retrasa demasiado a efectos de siesta, y otras veces son los combativos sindicatos los que se la cargan. Como si Telemadrid fuera la única causa que merece movilizaciones.

A la serie de Sara le han caído muchos premios, pese a sus defectos en la ambientación y en el estilismo. El Duende advierte, cuando menos,  de que en la España de la posguerra no se desayunaba zumo de naranja ni en las casas burguesas, critica que los bancos del Retiro que han salido en varios de sus capítulos no corresponden a esos años,  y subraya que las blusas, las cortinas y las colchas cantan demasiado a fibras artificiales. Pero no nos vayamos por las ramas. Por debajo del suceso, había un amor frustrado como el que tantas veces surge en el espectador por su actriz favorita.

Y recuerda que él también le escribió a Audrey Hepburn después de ver Vacaciones en Roma. No se atrevió a pedirle que se casara con él, porque les separaban demasiados años. Pero sí que acusara recibo y que le enviara una foto dedicada. Había sabido que en una ocasión Charlot recibió una carta que, en lugar de señas, llevaba dibujado un bombín, un bigotón, un paraguas y unos zapatos abotinados combados por el uso. Ni corto ni perezoso,  el Duende recortó del anuncio de la película la Vespa en la que viajaban Audrey y Gregory Peck, la pegó en el sobre, y escribió a mano: Audrey Hepburn, Hollywood, ESTADOS UNIDOS, la franqueó y la puso en el buzón. Una de tres: o su inglés no fue lo suficientemente expresivo, o el cartero era tonto o la amada no era tan dulce y comprensiva como pintaba su rostro.

Y es  que cómo son las actrices. Qué difícil  para ellas ser amadas en tiempos revueltos,  sobre todo si el amante es un ballestero loco. Pero qué fáciles es mantener la ilusión de  su enamorado cuando éste, lejos de matar, está dispuesto a morir por su amor.

NOTA DE LA REDACCIÓN. Pese a que pueda parecerlo, el inspirador de la última frase de este post no es Zapatero.

El día D después de Leire Pajín

Nada como este día para revisar nuestro  tradicional sentimiento antinorteamericano...

Nada como este día para revisar nuestro tradicional sentimiento antinorteamericano...

Tan norteamericana, y sin embargo, como Picasso o Casals, tan empecinada en mantenerse española. La tía Clota llegó a Estados Unidos hace la torta de años, y se casó con uno de esos excombatientes que salvaron a Europa de la zarpa nazi.  El tío Oscar, que en paz descanse, desembarcó en Anzio, y vivió lo suficiente como para casarse una vez, divorciarse, encontrarse con la granaína que enseñaba español en la universidad, casarse otra vez, hacerse rico y establecerse finalmente en una preciosa granja de Vermont. En la misma casa donde ahora atrás ella y sus amigas seguían emocionadas por la tele los actos conmemorativos del día D.

-Fue muy bonito –le comentó a su sobrino Homper-Y esta vez yo también llevaba las barras y estrellas.

Dice la tía Clota que la tarde se fue en te con brownie y lágrimas. Como tantas tardes, pasearon, merendaron  y después se sentaron ante la tele para sumarse a la celebración emocional. Edwina y Thelma le habían preguntado muchas veces cómo su presidente Zapatero de España, tan sensible ahora con Obama, había hecho el feo de no saludar en un desfile a la misma bandera que ahora dice que es su guía. Y la tía Clota trató de disculparle: no era la bandera del día D, era la de Bush y la de la guerra de Irak. Aunque Thelma y Edwina nunca lo entendiesen.

-Tienen razón, sobrino. Cuando una ve esos cementerios verdes de Normandía punteados por miles de tumbas blancas de jóvenes norteamericanos…

Dejaba la frase sin acabar. La tía Clota se sorprende de que se olvide a menudo lo que hubiera podido ser Europa si Estados Unidos no hubiera echado  una mano y Hitler hubiera ganado su guerra.

-Tienes razón tía- dice Homper- En todos los colegios españoles, como asignatura obligada, debería proyectarse El mundo en guerra, ese monumento documental que en los años setenta produjo la BBC. Si las nuevas generaciones conocieran las dimensiones de aquel drama y nuestros cementerios fueran como los de Normandía, no recelaríamos tanto de los yankis, te lo digo yo…

-¿Tu crees? –le miró interrogante. Y luego, demostrando una vez más que sigue lo que pasa en su querida España se contestó ella misma- Oh, sí, claro que lo crees…Ya lo ha anunciado esa chica tan entusiasta…La de la coincidencia de dos liderazgos progresistas en Estados Unidos y España,  la  el acontecimiento planetario y la conjunción astral de Obama y ZP…¿Leire Patín se llama?…

-Bueno, patina a menudo-corrigió Homper conteniendo la risa- Pero es Pajín.

Y así, entre sonrisas y lágrimas, transcurrió la celebración del día D sesenta y cinco años después.

Del matrimonio gay y otras dudas

En Vermont también han aprobado el matrimonio gay...

En Vermont también han aprobado el matrimonio gay...

Se pasma Homper de que a su edad tampoco la tía Clota tenga las cosas  del todo claras.

-Figúrate -le decía en su conversación de ayer- Ya sabes que aquí en Vermont se ha legalizado el matrimonio gay. Y mi amiga Edwina se ha puesto hecha un puma, no ha querido ni merendar. Dice que para eso no desembarcó Fred en Anzio, que él se jugó la vida por la democracia, y que si estuviera vivo no lo aprobaría en absoluto.

Homper insinuó tímidamente que todo evoluciona. El pensamiento, la sociedad, no se sabe cuál de los dos primero, pero ambos van cambiando y adaptándose. En aquellos Estados Unidos de Rooswelt o de Truman esa reforma legal era impensable. Tan impensable como les parecería  haber elegido un presidente negro, que es lo que ha hecho ahora su país, tan tradicional.

-Ella dice que esas son pamplinas -contraargumentó Clota- y que no entiende cómo ahora que el matrimonio atraviesas su crisis más gorda los gay se empeñen en casarse. Yo le he dicho que mujer, hay que ser más abiertas, allá cada cual. El que quiera que siga con su matrinovio o su matrinovia. Y el que no, que se case…¿Qué le dirías tú a tu nieto Tim si no le gustan las chicas y es feliz cazando mariposas con su amiguito?…

-Tía, no me preguntes-rezongó Homper-Yo no tengo hijos, ni nietos…

-Se lo digo a Edwina….¿Qué le diría a su nieto Tim si un día éste le confiesa que en realidad esa amistad  de es sólo amor, y que él y el amigo quieren casarse?

-No lo se, tía. No me pongas en un compromiso.

-Pues yo tampoco -admitió la anciana tía Clota- Debe de ser que no soy tan vieja, ¿sabes? Los viejos creen saberlo todo, pero yo estoy llena de dudas.

 -¿Sobre el matrimonio gay?

 -Sobre casi todo…Por eso admiro tanto a los que lo tienen todo claro. Fíjate, si hay algo que he odiado siempre es acostarme con los pies fríos. Pues ahora, que sufro trastornos de circulación y salgo a andar con las amigas con esos zapatos de Goretex que dicen que son tan cómodos, hay muchos días que me acuesto con los pies muy calientes…Y anoche no podía dormir…

-¿Por el calor de los pies?-preguntó Homper altamente sorprendido.

-Por las dudas…Créeme, hijo, ni siquiera estoy segura de que sea más molesto tener los pies fríos que sentir que te arden.

El embudo da la vuelta en el País Vasco

No ha cambiado la Ley Electoral. Pero sí la Ley del Embudo...

No ha cambiado la Ley Electoral. Pero sí la Ley del Embudo...

La tía Clota recordaba la buena fama que en los Estados Unidos siempre tuvieron los pastores vascos.

-Educan sus perros mejor que nadie, y siguen ganando todos los concursos. Llevan las ovejas por donde quieren.

El ferretero de Tinmouth, su pueblecito de Vermont, desciende de uno de esos pastores vascos. Fue el que le dijo a Clota que al PNV le han arrebatado el  gobierno. La tía Clota preguntaba si se va acabar el mundo por eso, aunque desde Estados Unidos se comprenda mejor que el mundo es algo más que el País Vasco.

-No, tía -respondió- Algunos políticos vascos son como el chiste  de aquél chicarrón que va a comer con los amigos y aparece en la sociedad gastronómica  con la cabeza vendada. ¿No lo conoces? Los amigos, al verle así, se quedan pasmados. ¿Qué te pasó, Patxi?…Nada…Según venía andando, que veo un solar vallado, y, pintado en el muro, un rótulo que dice SE TRASPASA…¡Y resulta que no era cierto!

La tía Clota se echó a reír. Hablaba a la cámara con su sobrino sin dejar de hacer punto.

-¿Tan duros de mollera son?-preguntaba ingenuamente la anciana- ¿O es que ha cambiado la ley?…

Homper le explicó que aunque gana las elecciones el que tiene más votos, gobierna el que suma más apoyos en la cámara correspondiente.

-Eso unas veces beneficia a unos y otras a otros, como pasa en tantos ayuntamientos y diputaciones. Pero el PNV creía que eso no iba con ellos, y que así como los demás partidos debían plegarse a esa norma, ellos tienen por derecho natural la representación exclusiva del pueblo vasco. Luego se han puesto de acuerdo PSOE y PP y el PNV a la calle.

-Ya entiendo…Así estaba el ferretero, qué mosqueo…Pero no ha cambiado la ley electoral, ¿no?…

-No tía.

La tía Clota se quedó pensativa. Levantó la mirada de su labor y miró a cámara.

-Qué difícil lo tengo, Hom -suspiró- A ver cómo le explico en inglés al ferretero. lo de la Funnel Law.

-¿Qué dices, tía?…

-La Ley del Embudo. ¿No es eso lo que ha cambiado? Tan acostumbrado estaba a lo ancho que  ahora el PNV no traga por la parte estrecha…

La Noche del Teatro y la de los Salidos

noche-del-teatroTantos años viviendo lejos de España no pasan en balde. Cuando la tía Clota se fue  Estados Unidos aún no se había estrenado Canciones para después de una guerra, aquella tierna y, a la vez, triste película de Basilio Martín Patino. Ahora se acaba de enterar por las noticias que se celebra una exposición dedicada a Miguel de Molina, y ella confiesa humildemente que no sabía quién era este hombre. Tampoco  recordaba haber escuchado antes La bien pagá. A  esta canción y a su artista les dedicaba un buen metraje el filme.

-Ni idea, hijo-le decía a Homper- Ahora todo el que canta o baila es cultura, pero en mi infancia los artistas del folklore lo tenían mucho más difícil. La Argentinita, Carmen Amaya, Vicente Escudero y poco más. Y eso que sus nombres inspiraban más respeto…¿Cómo se puede pretender ser un gran artista llamándose Pitingo, que suena como a chuchería? Porque hay uno que creo que se llama así, ¿no?

Tantos años lejos de España no pasan en balde. Homper ni se molestó en recordar aquella etapa de Dinamita pa los pollos, Un pingüino en mi ascensor y Tarzán y su puta madre ponen piso en Alcobendas.

-Desde aquí hay muchas cosas que no se entienden- continuaba la tía Clota- ¿Cómo les explico a mis amigas Edwina y Thelma  que en Madrid hay tantas noches de los salidos?…

Haciendo honor a su nombre Homper, una vez más, se quedó perplejo. Recordaba la acepción más corriente de este participio sustantivado: persona que tiene fuerte propensión al apetito sexual, lo dice el diccionario. Y se echó a reir.

-¿De qué te ríes? -protestaba tía Clota- Me lo han dicho también mis amigas de Madrid. La Noche de los Museos, la de la Música, la  del Teatro, la de las Iluminaciones de Navidad…El caso es salir a la calle…Y eso sí, será todo por cultura, pero acaban en botellones y en toneladas de basura que hay que recoger al día siguiente…¿Por qué hay tantos salidos?…

-Tía -corrigió Homper- Salido, como dices tú, significa otra cosa. Salen por amor al teatro, o a la música, o a los museos -Y  lo pensó mejor- Aunque es verdad que lo que le priva a la mayoría es echarse a la calle, divertirse,  armar bulla y salirse de madre…Es un incordio para muchos, pero da votos.

-Pues que las autoridades sean consecuentes, y lo avisen claro: mayores abstenerse, y los que vivan en el centro, tapones en los oíos,  que hoy es la Noche del Teatro y habrá otra noche de los salidos…

No lo acaba de entender la anciana tía Clota.Tantos años mirando su España desde la distancia no pasan en balde.

Paseando por la Ruta del Colesterol

Qué estarán pensando esos que nos cruzamos cuando caminamos...

Qué estarán pensando esos que nos cruzamos cuando caminamos...

Una carta  no publicitaria ni encerrada en el sobre de un organismo oficial era ya un suceso en la vida de la tía Clota. La última que había recibido venía fechada en su pueblo natal, allá en la provincia de Granada. Era de Vidal,  el hijo del peluquero. Y le decía que aunque el pueblo seguía careciendo de depuradora para las aguas residuales, había inaugurado un flamante camino peatonal que rodeaba la villa, bordeaba el río a lo largo de seis kilómetros y estaba flanqueado por árboles de nueva plantación. La nueva ruta turístico/ deportiva ofrecía bancos para sentarse a tomar el sol y aparatos de gimnasia, para aquéllos que quisieran seguir un programa  de mantenimiento.

-Estaba encantado- recordaba la anciana a su sobrino Homper- También  estaba orgulloso de que  en la entrada del pueblo unos flamantes carteles anunciaran que el viajero entraba en un municipio no nuclearizado, hermanado, además, con una villa sueca de nombre imposible. Y que en el paraje del Canchal, donde hay un bosquecillo de pinsapos, hubieran creado un Centro de Interpretación de la Naturaleza…¿Es que a la naturaleza hay que interpretarla? ¿No sería más útil lo de la depuradora?

Homper le recordó que desde que ella se marchó a vivir a Estados Unidos, los pueblos de España habían cambiado mucho. El milagro de los Fondos de Cohesión, de los FEDER y de esa chistera que los alcaldes encuentran en el endeudamiento público. Cualquier villa gozaba ya de biblioteca pública, de polideportivo y, sobre todo,  de piscina municipal. Aunque, efectivamente, aún había muchos que carecían de depuradora.

-Pero la verdad es que esos caminos peatonales han tenido mucho éxito -le contaba  Homper a su tía- Se llenan de hombres y mujeres que antes  no habían dado un paso y que ahora hacen deporte y creen que además prolongan su vida. En algunos sitios les ponen nombres graciosos. La ruta del Colesterol, la Alameda Coronaria, el Paseo de los Infartados…

Homper  le confesó a la tía Clota que él también ha comenzado a andar a cien pasos por minuto, el ritmo que le recomendó el cardiólogo. Su gran  problema es que no sabe qué cara poner mientras camina. Observa que la mayoría de los paseantes con los que se cruza lucen una expresión seria, con el ceño fruncido y un rictus de determinación en los labios, como si hacer kilómetros fuera un empeño que va a salvar el mundo. Y no quiere tener esa cara.

-Ya lo habíamos pensado nosotras -dijo Clota refiriéndose a ellas y a sus amigas-Nosotras también paseamos, ¿sabes?…Para lo de la osteoporosis…Y cuando vemos a alguien de lejos, jugamos a ponerle cara…Ese se parecerá a Henry Fonda…Esa, a Katherinne Hepburn…Ese seguro que se da un aire con Sean Connery…Luego, al cruzarnos con ellos, acaban siendo muy vulgarcitos, pero hasta ese momento nos mueve la ilusión, y pensamos que estamos más monas…

Este puente los nuevos caminos peatonales se habrán abarrotado de paseantes. Bonita experiencia interpretar sus rostros mientras caminan. Qué pensarán, qué querrán decir con su gesto. Y cómo nos verán cuando, cruzándose con nosotros, comprueben que tampoco sabemos con seguridad de qué huimos y adónde vamos.

Una vida sin isoflavonas

La tía Clota jura que podría vivir feliz sin isoflavonas

La tía Clota jura que podría vivir feliz sin isoflavonas

A veces se pregunta Homper cómo es posible perder la capacidad de sorpresa. Con lo fértil que es el género humano para producirla. Y no digamos nada cuando se tiene una tía como Clota.

-Hom-le preguntaba en su contacto de ayer- ¿A ti no te inquietan las isoflavonas?

Homper se sacudió la cabeza, como si antes hubiera estado dormido y no supiera si la pregunta era realidad o ficción.

-¿Quieres decir?…-estaba tan estupefacto que fue incapaz de terminar su frase.

-Quiero decir i-so-fla-vo-nas…¿No ves ni escuchas los anuncios? Hubo un tiempo en que la humanidad necesitaba el aire para respirar…Cuando yo era niña nuestros padres  se preocupaban de que no nos faltara el fósforo, las vitamina C y el hierro…Ya sabes, las espinacas de Popeye…Pero hijo, no paran de enredar investigando. Ahora resulta que las mujeres ancianitas no podemos vivir sin las isoflavonas…

Según tía Clota la obsesión también cunde en Estados Unidos. Su amiga Edwina, otra víctima del exceso de divulgación médica, ha tenido que acudir a su psiquiatra. Sus sueños confunden las isoflavonas con los alienígenas de La invasión de los ladrones de cuerpos. En aquella película de los años cincuenta esas criaturas se encarnaban en una especie de guisante que era la larva de un nuevo alienígena, y ahora Edwina piensa que se han modernizado y arraigan en nuestro cuerpo a través de las isoflavonas.

-No creo que esto sea cierto-precisó tía Clota- Pero es una lata…Tuvimos que familiarizarnos con las hormonas, con los estrógenos, con la oxitocina…Y ahora, a mi edad, hazte amiga de las isoflavonas…¿Por qué nos complican la vida, Hom?….

Clota, Edwina y Thelma tomaban ya leche con calcio y andaban a diario para combatir el fantasma de la osteoporosis. Pero algo ha cambiado en sus vidas. Antes, cuando se adentraban en el bosque, veían fresitas salvajes, ardillas y pájaros, y daban gracias a la vida. Ahora sólo ven isoflavonas, y en ocasiones se lamentan de que la ciencia -y los fabricantes de yogures-se empeñen en maquillar su apacible dignidad crepuscular con historias que suenan a milonga.

Los andamios de la grandeza según tía Clota

¿Sabes, Homper?...Si ellos no creen, hacen por creer en su pais...

¿Sabes, Homper?...Si ellos no creen, hacen por creer en su país...

A Homper lo que más le llamó la atención de la toma de posesion de Obama secundum Clota fue la puesta en escena. No la del acto en sí, sino la del seguimiento de su anciana tía que, lógicamente, no quiso perdérsela ni verla sola. Le había llamado su amiga Thelma, también viuda, que acudió a la hora prevista con su bolsa de punto. Thelma le está haciendo un jersey  a su nieto, hijo de un hijo vietnamita que su difunto marido había adoptado en aquella lejana guerra.

-El bebé ha salido muy orientalito-subrayó Thelma-Pero es una ricura. Además, Estados Unidos ya no es ese país de rubios como Gary Cooper que veíamos de niñas. Ya ves tú, el nuevo presidente…

Thelma es de las que se ha obamizado por la fuerza de los hechos. Ella hubiera querido otro Kennedy clarito y de familia bien, pero se ha dado cuenta de que la grandeza del tío Sam es que asimila a todo el que tiene claro lo que hace grande a un país. Según le contó Clota a Homper en su correo electrónico -la tía ya chatea y manda emilios, porque se ha convencido de que Internet es más barato que el teléfono- Thelma también se quedó perpleja cuando ella apareció con tres cebollas, un cuchillo, un plato y la tablita de cortar.

-Si no te importa-le dijo a su amiga-yo aprovecharé para hacerme una sopa de cebolla.

Thelma no le dio demasiada importancia. En realidad, no tuvo ojos más que para lo que mostraba el televisor, y apenas avanzó dos centímetros en una de las mangas del jerseycito. Thelma  no es, según la tía, una mujer sensiblera. Pero cuando escuchó los juramentos,  el discurso del nuevo presidente, la oración del pastor metodista y el Barras y Estrellas coreado por todos los asistentes, se enjugó una lágrima delatora que corría por su mejilla y moqueó un par de veces. Nada al lado del borbotón de lágrimas que fluía de los ojos de la tía Clota.

-Pero hija-le dijo Thelma sorprendida-Yo creía que a los europeos estas cosas no os decían nada…

-No, si lloro por las cebollas-respondió Clota disfrazando sus sollozos con una sonrisa fingida.

Mentía como una bellaca-le contaba luego a su sobrino en el emilio. Lloraba porque de verdad me emocionaba, y al mismo tiempo lloraba porque en España nunca me atreví a llorar por eso que llamamos Dios, patria, y bandera. ¿Sabes, sobrino? La ley es esencial, pero no es nada romántica. Los anglosajones lo han entendido muy bien, y están convencidos de que su fuerza es estar unidos por algo más. Si no creen en esos valores, hacen por creer en ellos. Y todo eso que despreciamos en nuestro país son los andamios de su grandeza. Te lo digo a ti porque, como ya soy vieja, no me importa hacer el ridículo.

Se acordaba de estas palabras Homper cuando, camino de su tertulia, le sorprendió   la ceremonia del cambio de guardia en el Cuartel General del Ejército. Mientras desfilaba la guardia entrante, la banda de música interpretaba Suspiros de España. Sintió en el corazón algo así como un pellizco,   un amago de sensiblería.

-Bah, tonterías-se dijo mientras con los dedos se secaba un testimonio inoportuno que fluía del lacrimal.

Y siguió su acostumbrado paseo hacia el Ateneo.

¿Podremos?

Levantaba el nuevo presidente de los Estados Unidos los brazos agradeciendo su formidable victoria y sobre la tumba de su abuela, muerta unos días antes, se posaba un pajarillo.  ¿Dónde estaba Norman Rokwell para pintarlo?

Se escuchaba en el país el emocionante discurso de Obama y al reverendo Jesse Jackson, que fue el primer candidato negro en intentar su hazaña, se le corrían las lágrimas por las mejillas. Mientras tanto, otro Jesse apellidado Owens, que desbarató  ante Hitler la patraña aria deslumbrando  al mundo con su poderosa zancada, se colgaba otra medalla en el más allá. ¿Dónde estaba Frank Capra para filmarlo?

Salía por la tele esa anciana de 106 años llamada Ann Nixon Cooper, que no pudo votar durante años por ser mujer y además negra, y confirmaba que lo de ese cuatro de noviembre de 2008 había sido un milagro. ¿Dónde estaba William Saroyan para escribirlo?

Homper, el Hombre Perplejo, es de esa generación ingenua educada en el bonito engaño de que los Estados Unidos eran siempre los buenos de la película de la vida. Sus soldados salvaban a Europa de la bota de la Alemania nazi, Gary Cooper y James Stewart eran los delegados de Dios en la tierra. Ël particularmente había canonizado al tío Tom en su cabaña. Pensaba que no había melena rubia más seductora que la de Marilyn Monroe. Y sostenía, convencido, que el browni era el mejor pastel de chocolate inventado. Muy superior, por cierto, a la muy empalagosa tarta Sacher, a la que siempre le sobró la capa de mermelada de frambuesa. En ese país de película, Juan Nadie podía ser presidente. Y ahora un negro, que hasta hace apenas tres generaciones era menos que nadie, es elegido democráticamente  para sentarse en el despacho oval de la Casa Blanca y enderezar los muchos entuertos que afligen al tío Sam y, con él, al mundo entero.

Homper había anotado cuidadosamente lo que un día proclamó Martin Luther King: anoche tuve un sueño…El soñador pagó con la vida su empeño en luchar por lo soñado. Pero ya lo recordaba José Luis Garci en su  pésimo acento inglés, como corresponde a un chico de la calle de Narváez. Lo dijo cuando recogía el primer Oscar de Hollywood que ha ganado un cineasta español: sometimos dreams come trooth. O sea, que a veces los sueños se convierten en realidad.

Y a Homper le sorprende, sí,  pero también le alivia, y hasta casi le emociona que el pueblo estadounidense de vez  en cuando tenga el valor de creer que hay purga de Benito para curar las heridas del sueño americano. Entre otras cosas, porque, querámoslo o no, participamos del mismo.  Todo occidente fue moldeado a esa imagen y semejanza y Homper, aún en pañales, no fue excepción. Quizás ya es demasiado tarde para defenestrar los credos y los iconos de nuestra civilización.

Por eso, al menos mientras no aparezca ese feroz capitalista, ese memo iluminado, ese villano sin escrúpulos, ese Leonel Barrymoore que en las películas de Capra siempre jodía el viejo tinglado de la bella farsa, hay que mantener viva la llama de la esperanza. Pidamos paciencia a Wallace, el Pepito Grillo más contumaz entre los comentaristas de este blog. Don´t worry, be happy. Como insistía el nuevo presidente de los Estados unidos, podemos cambiarlo todo. Bueno, quiere decir Homper que quizás podamos…

Ocho pavos llorarán por Bush

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El aforismo popular era maligno a la par que engañoso. Decía que la mejor prueba de que en Estados Unidos cualquiera podía ser presidente, era su propio presidente. Se refería probablemente al que lo era en aquel momento, Gerald Ford, que de la noche a la mañana se vio en la Casa Blanca por la dimisión de Nixon tras el escándalo Watergate. El principio general se proyectaba sin compasión en aquel robusto prototipo del americano medio, antiguo jugador de rugby y, como casi todos los presidentes de la posguerra, excombatiente. Fue un congresista honrado, y al parecer buen negociador, pero tan poco brillante que se le presumía incapaz de andar y mascar chicle al mismo tiempo. Aquí en Europa, por lo visto, todos listos, cultos y, por más que Andreotti sospechara lo contrario, sobrados de finezza. Aunque en un solo siglo hubieran tenido que ser los norteamericanos los que vinieran a salvarnos los muebles por dos veces.

El antiamericanismo será en España el segundo motivo de descrédito para el presidente que hoy elijan los estadounidenses. El primero les viene por el sólo hecho de ser políticos, algo que en nuestro país no tiene mucha más estima social que el simple trepa. Olvidamos que la matemática parlamentaria, como el algodón, no miente. Nuestro amigo Homper -que se llama así por ser el Hombre Perplejo, no lo olviden- se queda con la misma cara que el bobo de Coria de Velázquez cada vez que escucha la consabida cantinela de no nos merecemos los políticos que tenemos. Él piensa, más bien, que si se comportan así es porque no dejan de ser como muchos otros españoles a los que representan. Los escaños vacíos y las frecuentes chorizadas nos devuelven la imagen de vagos y corruptos que nunca querríamos ver de nosotros mismos. Qué desconsideración: nos creemos el Canon de Polícleto y el espejo público nos muestra la estampa cuarteada del peor Dorian Gray.

Así y todo, como dice refrán, alguien vendrá que bueno te hará. Ni el más incapaz o mafioso de la fauna política mundial habrá acumulado tantos desprecios y descalificaciones como el próximo cesante en la Casa Blanca. No sabe Homper si Georg Bush acabará siendo tan malo como dicen, pero sutil, desde luego, seductor y con encanto no lo ha sido, sin duda. A su lado Ronald Reagan, tan denostado en su día por la izquierda española, le parecería a Zapatero una mezcla de Pericles y Disraeli. Y si hacemos caso del aviso evangélico – por sus obras les conoceréis- sólo tres palabras, Irak e hipotecas subprime, servirían para bloquear su acceso al cuadro de honor de la democracia norteamericana.

Sin embargo Homper está lleno de buenos deseos. Aunque es sabido que criticar une mucho, nos ha convencido de que no es elegante recordar los defectos del que se va, sino ensalzar su lado más positivo. Y hurgando aquí y allá ha encontrado un dato revelador y lleno de ternura. Por ejemplo, en su largo mandato Georg Bush indultó a ocho pavos, tantos como días de Acción de Gracias vivió bajo su égida el pueblo estadounidense. Sabe Homper que esa no es más que una tradición, como la liberación de un preso en Málaga por viernes santo. Pero en estos tiempos confusos no se la ha ocurrido nada más relevante para despedir con una amable sonrisa a quien probablemente no pasará a la historia como el mejor inquilino de la Casa Blanca.

La estatura de Paul Newman

Tendrán que hacer con la de Paul Newman otra cara como las de Mount Rushmore - piensa Homper. Ha visto Homper esas caras, como las hemos visto todos, en muchas películas. Cuatro enormes rostros tallados en las rocas, que corresponden a Washington, Jefferson, F. Rooswelt y Lincoln. Se supone que era grande el mérito de los así representados, pero…¿y el de los canteros que los esculpieron? No han pasado a la historia, aunque los dueños de esos rostros sí lo hicieron. Fueron políticos. Y a pesar de eso, pásmense, héroes de la joven nación estadounidense.

Los americanos son así, tienen sus héroes y están encantados con ellos. Hasta John Wayne, vaquero eterno apodado el Duke, sobrevive en una estatua ecuestre en el pueblo donde nació. Wayne era alto, y en sus western crepusculares claramente barrigón. El caballo le quedaba canijo, como de juguete (casi todos los caballos de las películas del oeste lo son, fíjense), pero aunque en Europa nos cargaba por ser de derechas y amigo de los boinas verdes, en el país del tío Sam era considerado como un símbolo. Y allá -o más allá- le tienen, inmortal en su estatua, como si de un emperador romano se tratara.

Había sin embargo en Wayne un pelo de gañanía y unos andares de chusquero que le impedirían ascender hasta el Olimpo. Se entiende que los dioses, además de sabios, inteligentes y bellos, deben irradiar bondad y nobleza, y de entre todos los astros del cine nadie se pudo comparar en este aspecto con Paul Newman. Sus azules ajos hacían derretirse a las mujeres. Su sonrisa, directamente, las desmayaba. Homper mismo ha tenido que hacer esta noche de SAMUR psicológico a distancia: alguien le había dicho que en el popular bloque de Los Arándanos su muy querida doña María cerraba un sobre destinado al Señor Juez conteniendo un lacónico mensaje. Señor juez, por la presente le comunico que servidora se dispone a suicidarse ingiriendo un cotail de Fairy con barbitúricos, pues con todos los respetos pa mi Manolo, la vida sin Paul Newman no tiene sentido. Se despide de usted suya afetísima suicida y servidora, María, gladiadora del hogar y gruesa de los nervios. No se precipite, María-le dijo Homper. Si usted se había enamorado de él sin verle jamás, ahora aún sentirá más intensamente. Porque vamos a tener Paul Newman hasta en la sopa.

No en la sopa, pero sí en una salsa con su rostro impreso en la etiqueta está desde hace tiempo el inolvidable actor. Como es sabido, creó una salsa que en Estados Unidos se vende como churros, y el dinero lo destinó a fines sociales. Por eso, y por sus excelencias como actor, nos caía bien incluso a los hombres. Sólo en Camino de perdición le recuerda uno de villano, pero su físico desparramaba tanta nobleza que costaba creer que sus víctimas no merecieran morir asesinadas.

Un amigo de Homper, más bajito que él, pero bastante más importante, asegura que en un ascensor de San Francisco coincidió con Newman, se puso a su lado y se quedó encantado al ver que le superaba en algún centímetro. Dará igual: desde la tierra  todos los del Olimpo parecen igual de altos. Aunque éste, por ser del mismo país donde esculpen a sus glorias en las montañas, merecería la misma grandilocuencia monumental aquí en la tierra como en el cielo.  Newman  del lado derecho, Newman de frente, Newman del lado izquierdo. Talladas en piedra y para la eternidad. Tres versiones como las de Mount Rushmore de un tipo más bien bajito que supo alcanzar la estatura de los dioses

Dos hamburguesas para William Lynd

Era el Duende tan ingenuo que creía que toda América es orégano. O, más bien, que esos Estados Unidos que inconscientemente identificamos como la América por antonomasia, eran los que se imaginó a partir de tres visiones maravillosas de su primera juventud.

 La primera se la ofreció una novela de un escritor hoy casi olvidado, llamado William Saroyan. Nunca sabe uno si el encanto de una obra literaria está más en el talento del autor o en talante y el momento de quien lo lee. A los diecisiete años el Duende era hijo espiritual de Peter Pan y de Alicia en el país de las maravillas, o sea, que estaba dispuesto a idealizarlo todo. De modo que sorbió las páginas entrañables de La comedia humana -el mismo título que el novelón de Balzac para un relato mucho más ligero- y creyó ingenuamente que si la felicidad tenía patria, estaba situada en el país de Homero Macaulay, su protagonista.

 Esta América de bombonería -presagio de  Forest Gump- conectaba directamente con las películas de Frank Capra, que empezaba a conquistar los corazones ilusos de la generación duendera  proyectando su célebre ¡Qué bello es vivir! por la tele todas las navidades. El Duende la ha visto tantas veces que incluso está investigando por qué Búfalo no puede dormir (un guiño a los lectores cinéfilos).

 La tercera versión risueña del gran país americano -parece uno José María Carrascal- es la que nos dejó Norman Rockwell, un fantástico ilustrador del Saturday Evening Post que con su estética luminosa y ternurista ha ejercido una influencia decisiva en la dirección de arte, la publicidad, el cine y la fotografía de nuestro tiempo. Quizás muchos no conocieran su nombre, pero sin duda reconocerán sus obras. Tienen el marchamo de esos genios costumbristas que, por haberse forjado como artesanos, tardan en ser considerados artistas. Rockwell sufrió por ello, pero las últimas cotizaciones de sus obras, astronómicas, le han vengado con largueza.

 Tras la admiración de Europa por el papel de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y el Plan Marshall subsiguiente, y cuando ya nos había deslumbrado el american way of life, se oscureció la estrella del imperio americano. Qué les va a contar el Duende que ustedes no sepan. Hace uno una ensalada ideológica con recortes de Hiroshima, Vietnam, My Lai, Guantánamo, Irak, Afganistán, Bush, Schwarzenegger y el integrismo de la América profunda, lo baña con salsa Ketchup y como que se le revuelve el estómago.

 Igual que ante una noticia de esta semana, apenas reseñable entre el cúmulo de desgracias que nos afligen. Parecía apetitosa: una bandeja con un plato que contiene dos hamburguesas, pimiento y cebolla fritos, dos patatas asadas con crema y un gran batido de fresa. Podía ser la comida de Homero Macauley, o un primer plano de Capra, o una ilustración de Rockwell. Pero si uno abre el zoom  se entera de que esa ha sido la última cena de William Lynd. Rechazadas todas las apelaciones, y después de la moratoria de más de siete meses en la aplicación de la pena de muerte,  este americano fue ejecutado anteayer en Georgia por haber matado a su novia hace veinte años. El sueño americano desvirtuado: aunque el cocinero de la penitenciaría se esmeró, la salsa de las hamburguesas sabía a amargo sarcasmo.

No es país para duendes

 Los de la generación del Duende suponen que a través del cine veían el kaleidoscopio de la vida. Siempre expectantes, ilusionados y envueltos en el olor de ozonopino, se asomaban adonde nuestro yo y  nuestra circunstancia nunca podían llegar. Se veía la vida soñada en la mayoría de las comedias amables que producían los grandes estudios. Y la vida tal cual era, en escenas como las que pintó con extraordinario vigor y  amargo encanto el neorrealismo italiano. Ya no debe de ser así. El arte, en general, se ha hecho tan áspero como la propia sociedad de la que bebe. Y hasta en la meca del séptimo arte la Academia parecen olvidarse del cine como fábrica de sueños y apuesta por la cruda, crudísima visión de las miserias humanas. Qué Oscar tan duros de tragar los de este año.

Los cinéfilos consideraban antes a la Academia de Hollywood como un sanedrín burgués y consevador. Y un custodio escrupuloso de las virtudes  esenciales del pueblo estadounidense. Si uno rastrea la lista de Oscar es raro no encontrar en cada año un espaldarazo artístico al espíritu de conquista, al afán de superación, a la solidaridad, a la libertad, al patriotismo e incluso a la valentía para clavar el estilete en los propios defectos. O sea, un premio a los valores nacionales que respiraban en el cine americano.

 Sin embargo parece que han asumido que poco a poco también la creación cinematográfica debe ser un flagelo para las conciencias. Hace unos años, la Academia sorprendió premiando Broubake montains, supuestamente la primera película que presenta una historia de amor entre dos vaqueros. Al Duende no le escandalizó tanto esto como las escenas costumbristas de lo que llamaríamos la América profunda, cromos vivos de un pueblo que predica la felicidad en la más patética mediocridad. Se le quedó grabada especialmente la cena del Día de Acción de Gracias, acaso la fiesta más importante para los norteamericanos. En torno a un enorme pavo, padre e hijo se pelean porque aquél se empeña en mantener encendido el televisor mientras despachan en silencio la pechuga a palo seco. Ni siquiera un farci de frutos o un espeso salsorro que los alegre. Si es así el alma de ese pueblo,  definitivamente, Estados Unidos no es país para duendes.

Tampoco lo es  No es país para viejos, Oscar a la mejor película. Ni Pozos de ambición, la película por la que le han dado el Oscar al mejor actor al británico Daniel Day-Lewis. Ambas presentan, sobre horizontes parecidos a aquellos con los que John Ford hacía obras maestras, una visión estropajosa y despiadada del ser humano en general, y de América en particular. Javier Bardem cumple muy bien su cometido, pero era mucho más destacable su papel de Lunes al sol. El marketing del cine decidió que era su hora y se lo dieron ahora. Los papeles de demenciados entusiasman en Hollywood.

Quizás porque estos americanos también se están volviendo raritos. Tanto, que su vieja factoría de sueños se va convirtiendo en fábrica de pesadillas.

Compartiendo camino

Paisaje

(Foto de b3co)

Christopher Mac Candell se había graduado en la universidad brillantemente, y tenía ante sí un prometedor futuro. Pero alentaba en él otra obsesión: dejar atrás el aburguesado horizonte que le brindaban sus padres, alejarse de este mundo de pompas y vanidades y ganar la libertad en la naturaleza. Compró por unos pocos dólares un coche viejo, llenó su mochila con lo indispensable y se recorrió Estados Unidos con la obsesión de encontrar en Alaska el paraíso que H.D.Thoreau describe en su libro Walden para vivir en solitario la plenitud de la naturaleza.

Esta es la historia real de la que se alimenta Hacia rutas salvajes, una película del género ya clásico de las road movies que ha escrito y dirigido Sean Penn. Está excesivamente alargada, y abusa quizás de postalitas inesperables de la acidez inconformista que ha hecho famoso a este actor polivalente. Pero en ella se respira el mismo espíritu que guiaba al protagonista. Uno se acaba enamorando del mosaico de paisajes que va hilvanando la cámara, y, en alguna medida, también de la historia, que siendo básicamente de espacios abiertos muestra pinceladas de delicado intimismo. No es sin embargo un canto al buen salvaje ni al paraíso de la soledad en el que Christopher busca su propio final. Y deja una moraleja agridulce que el viajero incansable y solitario acaba escribiendo en su propio diario: no hay felicidad si no se puede compartir.

Miraba el Duende la película y veía en ella la metáfora de su propio blog, que nació precisamente como una ruptura con el pasado y un entrar en el mundo desconocido de internet. Le fascinaba administrar la soledad a su capricho, escribiendo de lo que le pidiera el cuerpo, sin rendir cuentas a nadie ni someterse a más lógica que la que pide el primer flash de cada día. Y de repente en ese camino por el que creía que no transitaba nadie empezó a encontrar a muchos amigos. No era desconocido para muchos de ellos: le seguían en la radio. Pero él no conoce a la mayoría. Y lo malo es que tanto y tan impúdicamente como ha hablado de sí mismo, cuando lo piensa, se siente como lady Godiva expuesta al ojo indiscreto de Peeping Tom.

Christopher Mac Candell apura su conclusión cuando sólo tenía veintitrés años, el Duende lo confirma con casi cuarenta años más. No se puede llamar felicidad a lo que no se puede compartir. El Duende sospecha que comparte mucho con sus lectores, pero quisiera saber más de ellos por averiguar cuánta convergencia amable les queda por explorar juntos. Por eso les va a pedir hoy un favor. Por una vez y sin que sirva de precedente, si al comentarista le apetece, que avance en su comentario datos de su propia biografía.

Y sigamos caminando. El Duende no los ve, pero con nuevos datos en su poder, suscribirá lo que concluía otro famoso bolero: caminemos, tal vez nos veremos… después.

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