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La mirada del autómata

Las apariencias engañan, pero esta mirada no parecía humana...

Las apariencias engañan, pero esta mirada no parecía humana…

1

Caos en tu vida. No lo querías, pero has tenido que cambiar de ordenador. Ha sido un sinvivir. Notabas que las tripas se te rebelaban, no podías conciliar el sueño, porque pensabas  que tirarías por la borda la poca informática que habías aprendido hasta ahora. Por  lo visto cinco años de vida es demasiado para cualquier aparato que hoy se precie. Todos nacen programados para que se conviertan en obsoletos cuando aún los creías niños, así que hale, a sufrir, a hacerte con otro teclado, otros iconos, otros interfaces, que llaman. Nuevos programas, descargas, claves, contraseñas, actualizaciones. Tierra, trágame.

-¿Seré capaz de escribir otro post más?- te preguntas- ¿Cuánto tardarás en implementar (horrible neologismo, por cierto) una nueva entrada en tu blog?

Y además, el verano furioso. Y por si fuera poco, ley de orden en tu casa. Hay que vaciar armarios, embalar libros y objetos, trasladarlos, deshacerse de los trastos inservibles, que son casi todos. Por una parte es una buena oportunidad para calcular el  dinero tonto que gastamos en inutilidades que luego acaban irremisiblemente en la basura. Pero con este calor…

Lo dicho, tierra, trágame.

2

Vas al cine para evadirte y sacudirte de encima el insoportable stress de cambiar de ordenata, hacer orden en casa y soportar el calor. Aunque cada día te cueste más encontrar en la cartelera una película que verdaderamente te apetezca.

Después de leer las críticas de El cine según Atticus, que son una guía breve y directa para no equivocarte demasiado, ves La mejor oferta, que te parece, por cierto, también  la mejor oferta cinematográfica de bastante tiempo a esta parte. Por no destripársela al lector te limitarás a contar aquí que es un guión muy inteligente para contar una historia de intriga, amor y lujo que se sale del marco habitual en los thriller. Y además tiene su punto de ternura, algo impensable en un personaje tan snob y antipático como el que encarna el actor Geoffrey Rush. Hay que verla.

En el cine, por cierto, te encuentras al propio Atticus, que no es el abogado de Matar un ruiseñor, sino el pseudónimo de Pepe García Berdoy. Pepe es un señor barbado, rubicundo y de ojos claros, sonriente y con buenos modales. Bien vestido, pulquérrimo, y con eso que las madres de tu tiempo llamaban buen aire, parece un millonario que amasó su fortuna comerciando con el café de Colombia o  comprando a precio de saldo la patente de un tratamiento de llanto de culebra para acabar con la celulitis. Su imagen exporta felicidad. Tal vez por eso, porque no va de intelectual torturado y porque incluso se le entiende casi todo, no llegará a ser un gurú de la crítica, pero le dará igual, porque las celulíticas del mundo le dan para pagarse una semana en el Festival de Cannes con estancia en el Hotel Carlton y cenas ad libitum en restaurantes con muchas estrellas Michelin. Para qué liarnos entonces con una crítica al uso, si no necesita epatar al burgués.

Eso sí, dado que es tan amable hubiera sido muy de agradecer que te esperase a la salida, para preguntarte si te había gustado. El vio otra película en la sala contigua, y pronto nos hará una nueva recomendación.

3

Fuera del cine, en un banquillo de los acusados, el protagonista era José Bretón, al que un jurado popular había considerado esa misma tarde culpable del asesinato de sus hijos. Tu horror al hablar de este crimen sólo es comparable al recelo que te inspira la institución del jurado en esa clase de delitos. No entiendes por qué se le adjudica al pueblo esta función y no la de juzgar quién debe pagar el déficit de tarifa de las eléctricas, por ejemplo o las pérdidas por el timo de las preferenciales de la banca. ¿Somos más demócratas porque un ferroviario o una esteticienne decidan la inocencia o la culpabilidad de un presunto asesino? No. Tú crees que lo que somos es más utopistas. ¿Qué especial lucidez va a tener un ciudadano de la calle sobre la de aquellos que se formaron como jueces?

4

Pero ves esta otra película siniestra de la vida misma y adviertes que hay un punto de contacto con La mejor oferta. En la película de Tornatore hay otro protagonista además del experto en arte que no es persona, pero sí un extraño personaje. Se trata de un autómata, uno de esos muñecos mecánicos que construían los relojeros del siglo XVIII y que hoy son piezas codiciadas por los coleccionistas de antigüedades. A ti estos autómatas, como los siniestros muñecos de los ventrílocuos, siempre te dieron un poco de repelús. Sobre todo por su cara, de mejillas finas como estucadas, y muy especialmente por sus ojos, generalmente saltones, inquietantes e inspiradores de terror…

Las apariencias engañan, y en ningún caso prefigurarán la sentencia que aún le aguarda a Bretón. Pero tú le viste en el banquillo y a fe que su rostro terso y su gestualidad de esfinge te estremecieron. Te parecían las propias de un hombre sin entrañas, de corazón mecánico. Un muñeco que albergase resortes y ruedas dentadas en lugar de sentimientos, y que proyectara al exterior una mirada tan fría y aterradora como la mirada del autómata.


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