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Las melonadas de Zapatero

El melón de Zapatero

(Foto de Ricardo Alvarez)

Sensacional: el presidente de gobierno se deja entrevistar a fondo y no por el director de EL PAÍS. Los tiempos cambian.

Más sensacional todavía: en esa larguísima entrevista, Zapatero asegura que toma el melón con sal por costumbre familiar. Su abuelo el capitán Lozano, natural de Alange, provincia de Badajoz lo comía así. Lo que más llama la atención es la razón aducida:  dice que era  un sustitutivo del melón con jamón, plato exquisito que quedaba fuera del alcance de las familias modestas. Uno no sabe, pero diría que por entonces no se tomaba ese plato en España. Sospecha incluso que probablemente extrañaría, pues  la mezcla de sabores salado y dulce no era a la sazón lo habitual.

Lo del melón con sal es la anécdota de la entrevista. Sin embargo,  las tertulias radiofónicas la convirtieron en la comidilla del día. Estupefacto le deja al Duende la ignorancia  de algunos de los tertulianos. ZP puede decir y hacer alguna tontería, pero lo de echar sal al melón es probablemente la más acertada de sus decisiones, pues así mejora incluso el melón pepináceo. Se puede añadirle aún más sabor con gotitas de limón. Harían bien en decírselo al presidente Zapatero.

Pero insisto, no es más que una anécdota. La entrevista revela asuntos más importantes. Sorprende conocer algunos  de ellos a dos meses de las elecciones. Y sobre todo,  por boca de un presidente que se hartó de repetir el slogan de que no merecemos un gobierno que  nos mienta. Tanta ingenuidad -decir que no negociaba con ETA entonces y desdecirse  ahora-  hace pensar que entre los asesores de ZP se ha infiltrado algún estratega del PP

Ha habido otros errores de cálculo, despistes o patinazos. No será por incompetencia ni por bellaquería,  sino por  el natural buenista y roussoniano del Presidente. Como la paloma de Alberti, se equivocó Zapatero, se equivocaba. Creyó que los terroristas estaban dispuestos a ser gente de paz, y ahora cree  que la sal en el melón hace olvidar al jamón. Bienaventurados los que tienen buena fe. Pero qué pena que no se quedara en lo último. Se habrían evitado otras melonadas mayores que tal vez acaben pasando factura.

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