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Una cagada en la niebla

De repente el Duende piensa si no será que que una densa niebla en el cerebro nos ha impedido distinguir la realidad del sueño...

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Pero lo que están hablando en Bruselas…¿es bueno o es malo?

El Duende reaccionaba como un niño. Todo invitaba a eso. Había paseado por Madrid, el día claro y luminoso, aparentemente alegre, los escaparates tentadores, atiborrados de colorido, el personal desmelenado, llenando los parques, los museos y las calles de turistas, curiosos y parados estacionales o permanentes con derecho a la ilusión más barata, que es pasear e imaginar qué harían si en lugar de víctimas del sistema fueran ricos y pudieran rendirse al becerro de oro del consumo.  También el día de las Conchitas, de la Inmaculada, que antes era muy importante, pero que ahora sólo es una pilastra de un puente con carteles por la calle de una Vigilia que uno nunca ha sabido qué es exactamente y cómo se celebra. Por cierto, ¿Dónde están las Conchitas? Antes abundaban, Conchita era un nombre muy de niñita bien vestida de nido de abeja, pero también de pastelera, de secretaria, de manicura, de modista o de profesora de piano. Ayer el Duende, que está sobrado de tiempo para la cortesía de felicitar, tiró de agenda y sólo dio con cuatro Conchitas conocidas, todas ellas más bien Conchotas. No por el volumen, sino más bien por la edad. La Cintrón, Concha Espina, la gran Conchita Montes, la Velasco…Ahora tendrían que llamarse Lía, Vanessa, Seila, Oyanta, qué se yo.

Y cuando anocheció, las luces de Navidad de las calles –geometrías laicas, como si la fiesta se celebrara por unos Juegos Olímpicos o por designación de laUNESCO. Todo invitaba a sentirse confuso y esperanzado como un niño. Un paréntesis de fiesta tan largo inyecta molicie y desliza el alma a la ensoñación, y al Duende le dio por ver el cactus  de la realidad como si fuera una rosa aterciopelada o por lo menos una pompa de jabón flotando en el aire.

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Se puso en carretera a las ocho de la tarde, y en  su alma palabra que latía una cierta ilusión infantil. Pero las noticias le pusieron un nudo en la garganta. Sarkozy hablaba de que Europa estaba a punto de explotar. El duende imaginaba que Alemania había invadido otra vez Polonia, y que los Aliados volvían a declarar la guerra. Otro Apocalipsis ( por cierto, qué pena que esta serie no sea obligatoria para todos los que tienen menos de cincuenta años, para que de una vez por todas se enteren de lo peligroso que es coquetear con cualquier totalitarismo).

Y entonces, a la altura de Talavera, se abatió la niebla. Puré de nubes bajas que le sumieron  a uno en otra croqueta sentimental distinta, la de la confusión fascinante, porque la niebla le abstrae a uno de lo terrenal, le mete en un túnel que no sabe si acabará en el más allá  o en una barranca, y eso despierta al mismo tiempo terror y esperanza, una cierta emoción, como la que cuentan los que han estado a punto de morirse y ven la mágica luz al final de la gatera por la que se les escapa la vida. Niebla densa, de las que ciega cualquier referencia, y más en una carretera comarcal, donde los trazos de pintura se han desleído. No hay mal que por bien no venga: en esa metáfora encontró el Duende el retrato ideal del momento. La crisis era chafarrinón de niebla que envolvía el mundo. En la niebla nadie alcanzó a ver las causas de esta catástrofe económica, la niebla obnubiló a los padres de Europa, que no cayeron en el pequeño detalle de que o se sientan reglas firmes y criterios rígidos en el club o esto sería la Casa de Tócame Roque o el Puerto de Arrebatacapas (por cierto, existe, al este de la provincia de Ávila). La niebla cegó a los economistas, a los líderes políticos, a los banqueros y, como no, a los hijos del estado del bienestar, que mientras funcione el cuerno de la abundancia jamás se preguntará de donde manan los dineros mágicos. La niebla total.

Una necesidad la tiene cualquiera, y más en un viaje que se alarga por falta de visibilidad. También tiene su encanto hacer pis en la niebla: se puede imaginar que del fondo aparecerá un zombie, o el enigma de otro mundo, o una hada, o el ángel de la guarda, o Frankestein buscando a su niñita para ser bueno con ella. Pero no, fue un trámite sencillo, sólo aliviarse, sentir la caricia húmeda de las microscópicas gotas de la nube y sacudirse los anticipos del sueño que empezaba a acechar al conductor.

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Lo malo vino después. Otra vez en el coche, sorteando las curvas de la comarcal a paso de tortuga, la fina pituitaria del Duende comenzó a detectar un olor insólito, impropio de su edad, que poco a poco se hizo sencillamente insoportable. Olía a caca, ese olor de lo más inconfesable de la infancia, a caca humana, caca fresca del compañero de pupitre cagón, de letrina campamental o de retrete turco de antigua estación de tren, asquerosa. Se detuvo en el primer claro que encontró a su derecha, bajó del coche, se puso ante al haz luminoso que arrojaban los faros y se miró a los zapatos. Comprendió que el primer descampado que hay a la salida de la autovía, cuando empieza la comarcal hacia Candeleda, era utilizado habitualmente por los conductores para los mismos menesteres. Y que alguien había dejado en el campo deyecciones pastosas y pestilentes que la oscuridad impidió ver a tiempo.

-¡Mierda!- dejó escapar el Duende perdiendo los papeles.

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No hay mal que por bien no venga, recordemos. La operación de limpieza fue delicada, hubo que frotar los zapatos contra la hierba mojada durante un buen rato, y restregar después las suelas con un estropajo improvisado de tomillos y jaras para que su aroma se llevara definitivamente los malos recuerdos de la pituitaria. Sin embargo la penosa incidencia cerraba el círculo perfecto para redondear la metáfora de la noche, en la que la niebla se había adueñado de todo. La crisis, la fragilidad de la economía, la ligereza de los políticos, la ignorancia de los expertos, la codicia de los banqueros ladrones, la irresponsabilidad de Europa, del FMI, del BCE, de la madre que los parió. La incertidumbre de la Cumbre, la inutilidad del sistema, la ingenuidad de los administrados, la ruina, la desesperanza. Todo en suma no había sido otra cosa que aquello de lo que el Duende podía dar desagradable testimonio. O sea, una gran cagada en la niebla.

Menos mal que la meteorología sorprende. Hoy, en su observatorio de la vertiente sur de Gredos lucía un sol espléndido, mientras la niebla seguía arropando el ancho valle del Tiétar. Bajo su capa quizás todo siguiera confuso, pero a vista de pájaro aquello parecía un precioso mar de algodón blanco que rompía sus olas imaginarias contra los acantilados de las montañas.

 

 

 

Tristeza, balcón y gato

No le busquemos demasiados pies al gato...

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Mientras Obama se mosqueaba con la vieja Europa y la regañaba por no saber cómo combatir la crisis, algunos se entretenían analizando una foto de la ministra Carmen Chacón con la piernas cruzadas.

Presuntamente cruzadas, debe añadir este bloguero. Según algunos observadores maliciosos,EL PAÍS había trucado la foto, jugando con las piernas de la ministra para que parecieran otra cosa que lo que en realidad son. No se sabe si para favorecer su imagen o para fastidiarla y agradar a Pérez Rubalcaba, que le disputó la candidatura del PSOE y ahora es el favorito del periódico.

El Duende, alertado por un confidencial que denunciaba que ahí había busilis,  pasó un buen rato ante  la foto. Se acordaba de una extraña corbata de seda estampada que durante años se exhibió en el escaparate de una tienda de la calle Alcalá, junto al Teatro AlcázarEn el estampado de la corbata, bastante fea por cierto, se veía a una dama mirándose ante un espejo. Y a su lado, un letrero: “No es lo que parece”. El Duende se la quedaba mirando un rato y de repente, por no se sabe qué macabro efecto óptico, la dama ante el espejo se transformaba en una calavera. El Duende en este caso vio las piernas de la ministra algo forzadas por el deseo, tan femenino, de lucir lo mejor posible. Pero no advirtió nada raro en la foto.

Pensó que a veces nos empeñamos en buscar cinco pies al gato a casi todo.

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El día de un hombre jubilado se llena con experiencias variadas. Por ejemplo, con paseos, gestiones en la calle, conversaciones llamadas telefónicas, apretar los tornillos a la butaquita giratoria de IKEA en la que se sienta para escribir, pequeñas compras para la supervivencia, recuerdos que van y vienen y observaciones varias. También con noticias que a veces son buenas y, más frecuentemente, malas. Aparte de la bronca de Obama y de las piernas de la ministra Chacón, el día de ayer le sorprendió al Duende con una noticia tremenda. Unos amigos que habían sufrido la muerte de una nieta hace tan sólo cuatro cuatro meses, perdían en accidente de coche a otro nieto que estaba estrenando la juventud.

-Si Dios existe, espero que tenga una buena excusa- dijo Woody Allen, probablemente en una ocasión como esta.

Dolor, indignación, confusión, tristeza. Vana curiosidad: ¿quién le explica a uno todos los trágicos porqués que nos va planteando la vida?

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Para momentos así, el Duende tiene un remedio impagable. Es sólo un balcón. Mejor dicho, algo más: es un horizonte panorámico, un paisaje que tiene historia y que probablemente alienta muchas pequeñas historias de los que ahí viven. Oxígeno para el alma aturdida. El horizonte abarca desde  los edificios históricos del viejo Madrid hasta su pequeño palomar, con el Manzanares de por medio, mucho arbolado y un pinar  que se extiende a sus pies.

-¿Y por qué pasan estas cosas?-suspira asomándose al balcón.

Se acodaba ayer en su barandilla y miraba el panorama mientras por dentro seguía hurgando en sus porqués. Creyó que las lágrimas le iban a nublar la vista, pero pudo distinguir entre los pinos a un gato negro  que retozaba con un papel que volaba al soplo del viento. Cuando el minino se cansó, se tumbó a dormitar entre la pinaza y la hierba seca. Cuánta paz ajena a cualquier dolor respiraba el momento. Entonces el Duende se acordó de Morito, el gato negro que ya vivía en la casa de sus padres cuando él nació. Morito ronroneaba junto al fogón de leña, y luego se estiraba y afilaba sus garras en las patas de la mesa de la cocina. Era muy manso, muy bueno, y se dejaba acariciar con el mismo mimo con el que ahora repasa uno sus recuerdos de la infancia.

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Caía la tarde. El gato negro del parque  seguía sesteando en la última mancha de sol mientras cruzaba volando una de esas bandadas de cacatúas verdes que ya se han hecho madrileñas. Y de repente la mirada hacía de ungüento: la vista le consolaba, el gato le distraía, la memoria le sonreía. Y aunque la trágica noticia le pesaba en el alma, sentía un cierto alivio. Quizás haya que aceptar con naturalidad que la carne de la vida se meche de amargura. Y respetando el sufrimiento ajeno, puede que  no haya más remedio que contemplarlo como la foto de la Chacón, sin sacar cinco `pies al gato del destino que nos entretiene.

(*) Hay quien busca “tres pies al gato”. Incluso parece que el propio Quijoteutiliza esta expresión. Pero huroneando en internet constatamos queSebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana mantiene que llo correcto y lógico  es hablar de cinco. Y lo legitima en verso: El normal, cuatro presenta/ Tres, si le falta una sola/ Y cinco si, quien la cuenta,/ toma por pata la cola

El Duende de verano (4) Tierras Altas… y limpias

Las Tierras Altas de Escocia son también el lujo de la soledad...

1 El encanto de la soledad…y de 35 ml. de malta

A los poetas les debe de encantar Escocia. Desde la cumbre del Bouchaille Etive Mor el profesor Mc Crorie le mostró a su acompañante, el bloguero, una extensa llanura verde que se abría entre las montañas. Sólo pasto y manchas de agua de pequeños lagos festoneados al fondo por más crestas.

-Se llama  Rannoch Moor- le dijo como si fuera Moisés mostrando a los israelitas la Tierra de Promisión- Y es la zona despoblada más vasta de Gran Bretaña..

(Por cierto, qué era la Tierra de Promisión? Hablaban de ella sin cesar en la Historia Sagrada que le enseñaban al Duende cuando era niño y nadie le explicó donde quedaba y qué cosechas daba para ser tan apetecida).

Supone el viajero que en provincias como nuestra amada Soria cabrían varias extensiones solitarias así. Pero en el Reino Unido, que soporta la mayor densidad de población por kilómetro cuadrado de toda Europa, esta reserva de naturaleza y, sobre todo, de soledad, es un auténtico lujo. El panorama, tan bello, tan frío, tan limpio de toda impureza del desarrollo –apenas un único y agradable hotel, el asfalto de la carretera y los postes de la luz que se pierden en la lontananza- tiene su mística. Le entran a uno deseos de ponerse a fundar conventos en plan Santa Teresa o San Juan de la Cruz, aunque los turistas se limitan a hacer senderismo o a pescar. No almas, sino truchas o salmones.

También se emborrachan de oxígeno, de perspectivas cuando ayuda el weather, de pensamiento y filosofía de la vida. Lo pide el cuadro. No es descartable que también lo hagan con el malt que producen  las turbas de este suelo en las que, dicen los expertos, radica el secreto de su exquisito bouquet. Aunque en Escocia los 35 mililitros de su ración autorizada de whisky de malta los vendan a precio de cojón de mico, caramba.

Por cierto, que el bloguero, que jamás toma whisky, confiesa su devoción por esta joya de la destilería, insuperable remate de una cena en la que se comentan las incidencias de la jornada. La toma solo, sin añadirle hielo ni agua. Y la paladea y disfruta como cualquier turista burgués: nadie es perfecto.

2. Un paisaje austero, limpio de casi todo

Creía el viajero que también se iba a emborrachar de fauna, y en especial de aves. Todas las guías de viajes de Escocia hacen especial hincapié en su riqueza ornitológica. Pero tal vez las criaturitas, tan acostumbradas a la niebla y a la lluvia, se asusten cuando brilla un sol despampanante como al que le acompañó por estos pagos. Lo cual que los días de senderismo por las Highlands los viajeros sólo pudieron contabilizar, literalmente, un par de cuervos que graznaban sobrevolando Kintail, una mariposilla, no más de tres o cuatro moscas y algunos mosquitos. Afortunadamente, al tercer día, y a media ladera, vieron varios ciervos pastando tranquilamente en la distancia. Pero ni una lagartija, ni una culebrilla, ni un solo reptil ni bichito de ninguna otra especie animando el paisaje. Y, por supuesto, tampoco más aves. El propio profesor Mac Crorie se sorprendió de que, con ese tiempo tan esplendoroso, la naturaleza pareciera yerta.

Abundando en soledades, apenas se cruzaron los viajeros  con otros montañeros. Ni mucho menos vieron latas vacías, envases, papeles y otros restos de basura como la que normalmente jalonan nuestras rutas de senderismo. Impresionado por tal pulcritud, ni las mondas de mandarina o de plátano se atrevió a dejar a la intemperie el bloguero. Sólo el último día, y en el lecho de un glen (valle), donde sí coincidieron con otros paseantes, algunas toallitas higiénicas moteaban el limpio verde de las Highlands.

-Oh-dijo el profesor Mc Crorie visiblemente contrariado.

Ya ha confesado el Duende que no es fácil entender el inglés que con cerrado acento escocés chamulla su compañero de viaje. Pero en este caso le quedó muy claro que, aunque sus compatriotas sean muy limpios en la montaña, ninguno está libre de un apretón. Y no es lo mismo cargar en la mochila con las mondas de las frutas que con desagradable recuerdo de que no somos cuerpo glorioso. Es lo que tiene la condición humana.

El día D después de Leire Pajín

Nada como este día para revisar nuestro  tradicional sentimiento antinorteamericano...

Nada como este día para revisar nuestro tradicional sentimiento antinorteamericano...

Tan norteamericana, y sin embargo, como Picasso o Casals, tan empecinada en mantenerse española. La tía Clota llegó a Estados Unidos hace la torta de años, y se casó con uno de esos excombatientes que salvaron a Europa de la zarpa nazi.  El tío Oscar, que en paz descanse, desembarcó en Anzio, y vivió lo suficiente como para casarse una vez, divorciarse, encontrarse con la granaína que enseñaba español en la universidad, casarse otra vez, hacerse rico y establecerse finalmente en una preciosa granja de Vermont. En la misma casa donde ahora atrás ella y sus amigas seguían emocionadas por la tele los actos conmemorativos del día D.

-Fue muy bonito –le comentó a su sobrino Homper-Y esta vez yo también llevaba las barras y estrellas.

Dice la tía Clota que la tarde se fue en te con brownie y lágrimas. Como tantas tardes, pasearon, merendaron  y después se sentaron ante la tele para sumarse a la celebración emocional. Edwina y Thelma le habían preguntado muchas veces cómo su presidente Zapatero de España, tan sensible ahora con Obama, había hecho el feo de no saludar en un desfile a la misma bandera que ahora dice que es su guía. Y la tía Clota trató de disculparle: no era la bandera del día D, era la de Bush y la de la guerra de Irak. Aunque Thelma y Edwina nunca lo entendiesen.

-Tienen razón, sobrino. Cuando una ve esos cementerios verdes de Normandía punteados por miles de tumbas blancas de jóvenes norteamericanos…

Dejaba la frase sin acabar. La tía Clota se sorprende de que se olvide a menudo lo que hubiera podido ser Europa si Estados Unidos no hubiera echado  una mano y Hitler hubiera ganado su guerra.

-Tienes razón tía- dice Homper- En todos los colegios españoles, como asignatura obligada, debería proyectarse El mundo en guerra, ese monumento documental que en los años setenta produjo la BBC. Si las nuevas generaciones conocieran las dimensiones de aquel drama y nuestros cementerios fueran como los de Normandía, no recelaríamos tanto de los yankis, te lo digo yo…

-¿Tu crees? –le miró interrogante. Y luego, demostrando una vez más que sigue lo que pasa en su querida España se contestó ella misma- Oh, sí, claro que lo crees…Ya lo ha anunciado esa chica tan entusiasta…La de la coincidencia de dos liderazgos progresistas en Estados Unidos y España,  la  el acontecimiento planetario y la conjunción astral de Obama y ZP…¿Leire Patín se llama?…

-Bueno, patina a menudo-corrigió Homper conteniendo la risa- Pero es Pajín.

Y así, entre sonrisas y lágrimas, transcurrió la celebración del día D sesenta y cinco años después.

Touriño y los dimitidos felices

Una dimisión a tiempo puede ser la puerta de la felicidad

Una dimisión a tiempo puede ser la puerta de la felicidad

Ayer Homper volvió a ser el Hombre Perplejo gracias a la tía Clota.

-Pobre Touriño –se lamentaba ella-¿Sabes si tiene algo que hacer?…

Homper la tranquilizó. Emilio Pérez Touriño no ha sido una personalidad política arrolladora, pero es economista y profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, y ha publicado incluso numerosos estudios.

-Volverá a la cátedra, supongo-le respondió Hom.

-El hombre estará triste, pobre. ¿Sabes si hace el Damero Maldito, o colecciona sellos?…El marido de Edwina, que también tuvo que dimitir en su compañía, ha conseguido criar una variedad de rosas pintonas muy premiadas en los concursos, y Bob, el que tenía la gasolinera de Tinmouth, cocina pizzas para el Ejército de Salvación. ¿Sabes?…Es importante que los dimitidos, como los jubiletas, se impongan labores que les mantengan la curiosidad y les permitan sentirse vivos.

A Homper le extrañó sobremanera que a la anciana tía Clota le preocupara la suerte de una persona tan anodina como Touriño. Pero ella le razonó que era parte de la terapia que se aplicaba para no convertirse en un bicho raro.

-Los viejos nos vamos obsesionando con nosotros mismos a medida que cumplimos años, y acabamos siendo unos egoístas de tomo y lomo. Yo los martes de cada semana me propongo pensar en alguien que me traiga sin cuidado, para contrarrestar esa tendencia. Y le vi tan educado, tan elegante al reconocer su derrota electoral, que he decidido dedicarle el día…¿Sabes si pesca, o si monta en bicicleta?…

Homper le dijo que no se obsesionara por el dimisionario, que tampoco la cátedra le dejará tiempo para tanto. Entonces ella amplió su jornada de meditación a Bermejo.

-¿Y qué hace el ministro que dimitió la semana pasada, si ha terminado la temporada de caza?…Dile que lea a Galdós, que es muy entretenido. O a Patricia Highsmith, que es apasionante…Sobre todo, que no le de tiempo a pensar que metió la pata…

Homper tuvo que falsear su agenda –a decir verdad, no demasiado cargada- para excusarse. No podía dedicar su jornada a llamar a todos los dimisionarios conocidos para transmitirles la preocupación de la tía Clota.Y le contó el ejemplo de Joaquín Almunia, un político honrado, competente y simpático que perdió unas elecciones, dimitió y ahora es feliz como Comisario en la Unión Europea.

-Vive tan relajado –le explicó a la tía- que el sábado pasado acudió a la inauguración del Museo de la Casa de las Flores en Candeleda. Sorprendente, ¿no?…Un hombre tan importante en Europa dedicando unas horas de su sábado a ver juguetes de hojalata en un pueblo…

La anécdota acabó reforzando el sermón piadoso de la tía Clota. Antes de dar por cerrada la sesión de Skype, le insistió a su sobrino para que localizara a Touriño y le contara que Aaron, un hermano de su difunto marido que fue prejubilado en Texaco, amaestró a su hamster a ritmo de su armónica.

-Yo no lo ví, pero dicen que cuando tocaba Oh Susana! el hamster marcaba unos pasos de baile…

Se despidieron. Y luego, por la noche, la tía Clota no podía conciliar el sueño atormentada por las dudas. Dudaba si Touriño tendría hamster, si el presidente dimitido tocaría la armónica o si el animalito, gallego él, preferiría bailar la muñeira.

Un respeto a los Reyes Magos

Que las Cabalgatas respeten la dignidad de los Magos...

Que las Cabalgatas respeten la dignidad de los Magos...

Durante años, el concejal Filomeno, de Izquierda Unida, había criticado la Cabalgata de los Reyes Magos. Le parecía, en primer lugar, innecesariamente monárquica, en segundo lugar anacrónica, en tercer demasiado cara para el erario público y finalmente poco solidaria con los más necesitados. La Cabalgata discurría por la zona más céntrica de la ciudad, donde justamente se ubicaban las viviendas más caras. Y mientras los ricos podían ver a los Magos desde sus terrazas y balcones, aprovechando incluso el acontecimiento para abrir salones y hacer relaciones públicas con sus amigotes, las clases humildes pugnaban entre el gentío por hacerse un hueco en la calle, abrir su escalera portátil y encaramar a sus críos a tan inestable observatorio. Muchos eran  los llamados a los fastos del acontecimiento, pero pocos los elegidos que acababan viéndolo en condiciones.

-Qué claudicación intolerable-comentó la primera vez que uno de sus correligionarios aceptó el dudoso privilegio de encarnar a Baltasar.

La tradición decía que el partido del alcalde elegía la persona que encarnaría a Melchor, el segundo partido en número de concejales la que haría el papel de Gaspar e Izquierda Unida se encargaba de designar al rey negro. Aunque Filomeno era, como es lógico, agnóstico, africanista, partidario del Frente Polisario, devoto de Martin Luther King y simpatizante de Obama, como pedagogo de profesión no se mostraba partidario de prolongar la ingenuidad de los niños con un ritual que además tenía sus raíces en lo que contaban los Evangelios. Además, él no había superado la frustración que las huellas del engaño y la simulación habían dejado en su personalidad. A los siete años descubrió con sólo fijarse en la pechuga banca que asomaba por el cuello de la túnica del Baltasar de su pueblo que éste en realidad era Vitillo, el alguacil, indecorosamente embetunado. Y años después padeció un trauma aún más grave cuando, creyendo haberse ligado a una sueca tipo Anita Ekberg comprobó al tacto que en realidad se estaba enrollando con un travelo que de día repartía butano y de noche hacía servicios especiales. Así que este año que, por fin, le había caído en suerte el discutible honor de ser él el rey negro, se comportó con coherencia y le ofreció a Ambrosio Bongueme su puesto.

-Ambrosio, ¿no decías que te hacía tanta ilusión ser rey mago?…Pues ea, aquí tienes la oportunidad. Y sin tener que teñirte ni nada…Porque hay que ser coherente, y si Baltasar era negro, lo lógico es que sea encarnado por uno como tú.

En realidad, ese cinco de enero el concejal Filomeno había sido invitado a una montería a la que iba a asistir Marianín, el ministro de Justicia, al que le quería pedir un favor. Y temía no regresar a tiempo para la cabalgata. Además, así podría cumplirse uno de los sueños más largamente acariciados por el pobre Ambrosio.

Ambrosio Bongueme era un médico guineano huído de la tiranía de Teodoro Obiang. Deslumbrado, como todo el tercer mundo, por la prosperidad de Europa, se había ganado la vida en España como jardinero, camarero, paseador de perros, enfermero de de ancianos impedidos y últimamente como secretario in péctore de Filomeno, al que servía como conductor, recadero, pinche de cocina eventual y chapuzante cuando se obstruía el bote sifónico del cuarto de baño o había que montar un mueble de IKEA. Bongueme no aspiraba a ejercer su profesión, no, porque no pedía tanto a la vida. Se limitaba a soñar que algún día demostraría que un negro puede ser mejor que un blanco. Además, estaba muy ilusionado porque le habían dicho que cuando los Reyes Magos visitan los hogares la noche del cinco al seis de enero, solían encontrarse una bandeja con roscón, turrones, y otras golosinas, y el hombre estaba canino. Así que se tomó muy en serio su papel, y durante una semana estuvo ensayando sonrisas, modales mayestáticos y lanzamientos de caramelos. La tarde decisiva, Ambrosio se probó el disfraz, se miró al espejo y se sintió tan identificado con Baltasar que pidió a Dori, la secretaria de Filomeno, que le hiciera una foto de recuerdo para mostrar a sus descendientes la altísima dignidad a la que había llegado. En esas estaba, cuando sonó el móvil de Dori. Fue una conversación breve, en la que ella sólo emitió monosílabos y un tranquilo, jefe, no te preocupes para cerrar la conversación.

-Lo siento, Ambrosio-le dijo al rey Baltasar después de colgar- Pero el ministro se ha descolgado de la montería, y además al final de la cabalgata hay una recepción a la que tiene interés en asistir el jefe, porque van los patrocinadores y Vanessita, su hija, está moviendo el currículum…Ya sabes, otro año será.

La cabalgata de aquel año mostró al rey negro más deslucido que se recuerda. Unas barbas postizas impresentables, un embetunado que no engañaba a nadie, un turbante improvisado con un foulard de Loewe y la cortina del despacho del concejal a modo de costrosa capa. Además, mientras Melchor y Gaspar cabalgaban sobre camellos, Filomeno tuvo que conformarse con un jaco que le prestó un policía municipal. Mientras tanto, por los arrabales de la ciudad, Ambrosio Bongueme, repartía caramelos a manos llenas mientras proclamaba a voz en cuello desde el camello robado que él era el auténtico rey Baltasar, y que no hay que creer en los Reyes Magos cuando quienes los representan no les respetan como se merecen.

¿Podremos?

Levantaba el nuevo presidente de los Estados Unidos los brazos agradeciendo su formidable victoria y sobre la tumba de su abuela, muerta unos días antes, se posaba un pajarillo.  ¿Dónde estaba Norman Rokwell para pintarlo?

Se escuchaba en el país el emocionante discurso de Obama y al reverendo Jesse Jackson, que fue el primer candidato negro en intentar su hazaña, se le corrían las lágrimas por las mejillas. Mientras tanto, otro Jesse apellidado Owens, que desbarató  ante Hitler la patraña aria deslumbrando  al mundo con su poderosa zancada, se colgaba otra medalla en el más allá. ¿Dónde estaba Frank Capra para filmarlo?

Salía por la tele esa anciana de 106 años llamada Ann Nixon Cooper, que no pudo votar durante años por ser mujer y además negra, y confirmaba que lo de ese cuatro de noviembre de 2008 había sido un milagro. ¿Dónde estaba William Saroyan para escribirlo?

Homper, el Hombre Perplejo, es de esa generación ingenua educada en el bonito engaño de que los Estados Unidos eran siempre los buenos de la película de la vida. Sus soldados salvaban a Europa de la bota de la Alemania nazi, Gary Cooper y James Stewart eran los delegados de Dios en la tierra. Ël particularmente había canonizado al tío Tom en su cabaña. Pensaba que no había melena rubia más seductora que la de Marilyn Monroe. Y sostenía, convencido, que el browni era el mejor pastel de chocolate inventado. Muy superior, por cierto, a la muy empalagosa tarta Sacher, a la que siempre le sobró la capa de mermelada de frambuesa. En ese país de película, Juan Nadie podía ser presidente. Y ahora un negro, que hasta hace apenas tres generaciones era menos que nadie, es elegido democráticamente  para sentarse en el despacho oval de la Casa Blanca y enderezar los muchos entuertos que afligen al tío Sam y, con él, al mundo entero.

Homper había anotado cuidadosamente lo que un día proclamó Martin Luther King: anoche tuve un sueño…El soñador pagó con la vida su empeño en luchar por lo soñado. Pero ya lo recordaba José Luis Garci en su  pésimo acento inglés, como corresponde a un chico de la calle de Narváez. Lo dijo cuando recogía el primer Oscar de Hollywood que ha ganado un cineasta español: sometimos dreams come trooth. O sea, que a veces los sueños se convierten en realidad.

Y a Homper le sorprende, sí,  pero también le alivia, y hasta casi le emociona que el pueblo estadounidense de vez  en cuando tenga el valor de creer que hay purga de Benito para curar las heridas del sueño americano. Entre otras cosas, porque, querámoslo o no, participamos del mismo.  Todo occidente fue moldeado a esa imagen y semejanza y Homper, aún en pañales, no fue excepción. Quizás ya es demasiado tarde para defenestrar los credos y los iconos de nuestra civilización.

Por eso, al menos mientras no aparezca ese feroz capitalista, ese memo iluminado, ese villano sin escrúpulos, ese Leonel Barrymoore que en las películas de Capra siempre jodía el viejo tinglado de la bella farsa, hay que mantener viva la llama de la esperanza. Pidamos paciencia a Wallace, el Pepito Grillo más contumaz entre los comentaristas de este blog. Don´t worry, be happy. Como insistía el nuevo presidente de los Estados unidos, podemos cambiarlo todo. Bueno, quiere decir Homper que quizás podamos…

Ocho pavos llorarán por Bush

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El aforismo popular era maligno a la par que engañoso. Decía que la mejor prueba de que en Estados Unidos cualquiera podía ser presidente, era su propio presidente. Se refería probablemente al que lo era en aquel momento, Gerald Ford, que de la noche a la mañana se vio en la Casa Blanca por la dimisión de Nixon tras el escándalo Watergate. El principio general se proyectaba sin compasión en aquel robusto prototipo del americano medio, antiguo jugador de rugby y, como casi todos los presidentes de la posguerra, excombatiente. Fue un congresista honrado, y al parecer buen negociador, pero tan poco brillante que se le presumía incapaz de andar y mascar chicle al mismo tiempo. Aquí en Europa, por lo visto, todos listos, cultos y, por más que Andreotti sospechara lo contrario, sobrados de finezza. Aunque en un solo siglo hubieran tenido que ser los norteamericanos los que vinieran a salvarnos los muebles por dos veces.

El antiamericanismo será en España el segundo motivo de descrédito para el presidente que hoy elijan los estadounidenses. El primero les viene por el sólo hecho de ser políticos, algo que en nuestro país no tiene mucha más estima social que el simple trepa. Olvidamos que la matemática parlamentaria, como el algodón, no miente. Nuestro amigo Homper -que se llama así por ser el Hombre Perplejo, no lo olviden- se queda con la misma cara que el bobo de Coria de Velázquez cada vez que escucha la consabida cantinela de no nos merecemos los políticos que tenemos. Él piensa, más bien, que si se comportan así es porque no dejan de ser como muchos otros españoles a los que representan. Los escaños vacíos y las frecuentes chorizadas nos devuelven la imagen de vagos y corruptos que nunca querríamos ver de nosotros mismos. Qué desconsideración: nos creemos el Canon de Polícleto y el espejo público nos muestra la estampa cuarteada del peor Dorian Gray.

Así y todo, como dice refrán, alguien vendrá que bueno te hará. Ni el más incapaz o mafioso de la fauna política mundial habrá acumulado tantos desprecios y descalificaciones como el próximo cesante en la Casa Blanca. No sabe Homper si Georg Bush acabará siendo tan malo como dicen, pero sutil, desde luego, seductor y con encanto no lo ha sido, sin duda. A su lado Ronald Reagan, tan denostado en su día por la izquierda española, le parecería a Zapatero una mezcla de Pericles y Disraeli. Y si hacemos caso del aviso evangélico – por sus obras les conoceréis- sólo tres palabras, Irak e hipotecas subprime, servirían para bloquear su acceso al cuadro de honor de la democracia norteamericana.

Sin embargo Homper está lleno de buenos deseos. Aunque es sabido que criticar une mucho, nos ha convencido de que no es elegante recordar los defectos del que se va, sino ensalzar su lado más positivo. Y hurgando aquí y allá ha encontrado un dato revelador y lleno de ternura. Por ejemplo, en su largo mandato Georg Bush indultó a ocho pavos, tantos como días de Acción de Gracias vivió bajo su égida el pueblo estadounidense. Sabe Homper que esa no es más que una tradición, como la liberación de un preso en Málaga por viernes santo. Pero en estos tiempos confusos no se la ha ocurrido nada más relevante para despedir con una amable sonrisa a quien probablemente no pasará a la historia como el mejor inquilino de la Casa Blanca.

Sobre la suerte del pollo, del toro y de José Tomás

(Foto de Wino 2007)

Señor pollo de granja: ante la necesidad de someter su destino a la mayor gloria de la especie humana, que para eso es superior, ésta le da la posibilidad de elegir entre una vida canalla y desgraciada como la que sus semejantes han vivido tradicionalmente, o una vidorra en la que va a darle gusto al cuerpo cuanto quiera a cambio de un cuarto de hora final francamente doloroso. En este caso, y como compensación moral si con su muerte contribuye al arte, su nombre será recordado por el público, y  su cabeza, disecada por un taxidermista y con una chapita donde figuran su nombre y los datos de su martirio, figurará a modo de trofeo o adorno en algún bar de los muchos que acogen a los llamados aficionados.

 Se imagina uno al ministro Fernández Bermejo, notario mayor del reino de este gobierno humanista y del talante universal, ofreciendo alternativas como ésta a las otras especies animales. Es decir a todas las que, habitualmente olvidadas por los antitaurinos, no merecen, al cabo mucho mejor suerte  que los toros de lidia que canonizaron el pasado jueves a José Tomás.

 Toros sí, toros no, eterna polémica. La dignidad de la vida en cualquiera de sus expresiones frente a la belleza de eso que llamamos arte. El planeta taurino levitando por el fenómeno del diestro de Galapagar mientras plumas tan lúcidas y bien consideradas como la de Manuel Vicent no deben de atreverse a soltar sus habituales andanadas antitaurinas. Ahora, que hasta Europa parece reconocer nuestra fiesta nacional…

 Es experto el Duende en sumergirse en las polémicas nadando mientras guarda la ropa. No lo hace por estrategia de supervivencia, sino porque es primo hermano de Hamlet. En este caso dudaría si elegir ser un Victorino Martín, una ternera de Ávila un cordero pascual, una oca del Perigord, o una de esas centollas o langostas que, por cierto, aún chillan mientras son hervidas vivas. Nunca fue un entusiasta del cochinillo, pero lo aceptaba hasta que en una visita a Segovia, el maestro José María nos explicó a los chicos de la radio que para tal manjar la víctima debía ser inmolada a la semana de vida. Desde entonces, cada vez que en el escaparate de Botín o de esas carnicerías a la antigua ve  expuesta una de estas criaturitas, retira la mirada avergonzado.

 Tampoco es una gran aficionado a los toros. Lo fue en su juventud, cuando leía las críticas de Antonio Díaz-Cañabate,  un excelente autor costumbrista, y hasta que el aburrimiento le acabó echando de las plazas. Ahora sólo le divierte la atmósfera de la fiesta: la plástica del espectáculo, la hermosura de la bestia, el argot taurino, el topicazo del lenguaje de los aficionados, la inutilidad de las polémicas que genera, el fenómeno de la ira o del éxtasis colectivo…Detalles para observar y de los que tomar nota.

 Pero lo cortés no quita lo valiente. Y para muestra de sus contradicciones ante el asunto, dos botones del Duende. Uno, la lidia del toro le parece una barbaridad. Dos, lo que hizo José Tomás el jueves es tan obra de arte como un ballet de Nijinsky y, desde su punto de vista, mucho más bello y meritorio.

 Tal vez la clave está en olvidar la superioridad de la especie humana. Y en no aceptar que este privilegio que nos da la razón se convierte automáticamente en una despiadada crueldad para con las demás.

 

El marxismo de los huevos duros

Zapatero y Rajoy

Nos engañan nuestros dos principales líderes políticos que el nueve de marzo quieren ser presidentes. Nos engañan, que se lo dice el Duende.

El candidato del PSOE mantiene que el suyo es el partido del progreso, de la justicia y de la solidaridad. En él caben creyentes y no creyentes, judíos, moros -perdón por el palabro, apúntenselo a Américo Castro-y cristianos, empresarios, trabajadores, clases pasivas, jóvenes en paro, amantes de la micología o aficionados al macramé, pedagogos, comadronas, guardagujas, sexadores de pollos y poetas de toda laya. Vamos, todo el mundo. Ya no cita los principios ideológicos del partido, que desde Felipe González coinciden con lo que en Europa se conoce como la social democracia. Hace tiempo que el PSOE abjuró de ello, pero sin embargo Zapatero es marxista.

El candidato del PP asegura que será un presidente previsible, moderado, patriótico e integrador. Asegura que su principal objetivo será recomponer los desmanes cometidos por el que ha de ser su predecesor: los desmadres estatutarios, algunas leyes civiles que necesitan retoque, filtros a la inmigración ilegal, eliminación de la mamandurria selectiva que supone el canon digital, cambio en la política energética  e hidráulica, enésima reforma de la enésima reforma de la educación, inglés y tecnología desde la lactancia, más guarderías que bares,  letra para el himno de España, larga cambiada a la Alianza de Civilizaciones y, en lo referente a la economía, rigor presupuestario, control de la inflación, rebaja de impuestos, y estímulos a la productividad  para crear entre dos millones doscientos mil y N puestos de trabajo. Mariano Rajoy tampoco lo confiesa, pero bajo su piel de cordero  conservador o neoliberal hay otro marxista.

Ya se sabe que Karl Marx fue sepultado en el frío y oscuro mausoleo del olvido y la heterodoxia. Pero renace en todo su esplendor el abanderado del único marxismo que tiene hoy sentido. Vuelve para inspirar los programas políticos de iluminados y desesperados, de taumaturgos y de soñadores faraónicos. Con todos los honores, directamente desde el más allá, donde se aburría como una ostra, regresa para inspirar a  nuestros líderes el único, el inmarcesible, el incomparable Groucho Marx.

Una de sus grandes premisas ideológicas ya ha sido asumida por el actual presidente de gobierno. Estos son mis principios -dijo en una ocasión el insigne pensador del frac, el bigotón y el puro- Y si no le gustan, tengo otros.

La otra, formulada por su hermano Chico en la insuperable escena del camarote de Una noche en la ópera, está en las promesas electorales de ambos candidatos que se suceden día a día ofreciendo más y más. Estaban los hermanos Marx caninos cuando Groucho llama a un incauto camarero y le hace una comanda histórica. ¿Tiene zumos?…Pues tráigame de naranja, de piña, de lima, de pomelo, de manzana, de fresa…¿Bistecs?…Traiga uno semicrudo, otro poco hecho, otro  en su punto y otro quemado. ¿Huevos?…Traga unos fritos, otros revueltos, otros en tortilla, otros pochés…Y tras las retahílas de los zumos, de los bistecs o de los huevos,  remataba Gummo desde el interior del abarrotado camarote: ¡Y también dos huevos duros! ¡Y también dos huevos duros! ¡Y también dos huevos duros!…

Es lo que les falta a nuestros egregios vendedores de crecepelo convertidos en políticos en campaña para salir del armario y mostrarse como auténticos marxistas de nuevo cuño. Mañana uno de los dos prometerá Jauja, y el otro Eldorado. Y tanto desde la sede de Ferraz como desde la de Génova, resonará la coda burlesca del marxismo inextinguible: ¡Y también dos huevos duros!

El milagro de santa Lucía

Luca, velas en la cabeza

Estaba el Duende invitado a cenar entre amigos. Parejas de su edad, más o menos. Todos muy elegantes, y la casa que les acogía engalanada para recibir la Navidad como es tradicional en Europa. Los anfitriones eran José y Nuria. Los dos son abogados, y él además empresario y primo segundo del Duende. Lo primero explica parcialmente su prosperidad, que es notable. Lo segundo no sirve para nada, pero justifica su aparición aquí. De repente se apagaron las luces, y al otro lado de la puerta sonó una música apropiada. Se abrió ésta y entró desfilando lentamente al compás del villancico una niñita  que ceñía en su cabeza una corona de velas encendidas. Era la noche de santa Lucía, que en Suecia es el pórtico de las fiestas navideñas. La niña reconoció entre los invitados a una pareja que la miraban embobada. Eran sus abuelos, que seguramente recibían así su primer y más emocionante regalo de Navidad. Tanto el padre de José como el del Duende nacieron en Barcelona, y pertenecían a una familia catalana de varias generaciones. Pero el padre de José era un marino inquieto y emprendedor. Empezó a buscar fortuna en América y acabó casándose con una sueca. José es alto, de buen porte, pelo ya casi blanco y exquisitos modales, y ha heredado de su sangre escandinava un cierto espíritu de  elfo benéfico que le impulsa a administrar su generosidad sutilmente, con la delicadeza y la imaginación propia de los gnomos y otras criaturas feéricas. Todos los años se las apaña para montar una fiesta que significa algo muy especial para alguien que no se lo espera. Así mantiene una tradición y, de paso, reparte dos maravillosas sorpresas: a la niña, que convierte en el ángel de la noche, y a unos abuelos que necesitaban una alegría así para aliviar un momento delicado.

El ángel y sus sorprendidos abuelos se abrazaron alborozados. Para que el cuento sea completo, en estos casos aparte de sonrisas suele asomar alguna lagrimilla. El Duende no las vió, pero apuesta a que las hubo. La ilusión no es patrimonio exclusivo de Santa Claus, San Nicolás, Father Christmas o los Reyes Magos. Como muestran Nuria y José, todos podemos ser espíritus amables, al estilo nórdico o al de Socuéllamos, que tratándose de cariño y sensibilidad nadie mira la denominación de origen. Al pie del árbol, invisible, el propio Duende descubría el regalo que este elfo medio sueco le ha dejado. Sus padres, primos hermanos, siguieron caminos distintos. Ellos coincidieron en la Facultad de Derecho  en los años sesenta del pasado siglo. Como a sus padres, también sus carreras les separaban, pero ahora  José, que es rico en amigos, ha descubierto que aunque conserva primos en América el más afín y cercano es este duende de difícil catalogación. El regalo es su afecto, inesperado a estas alturas de la película.

Ambos están empatados a nietas, hablan a menudo de ese premio tardío que la vida te trae cuando empieza a declinar, y que vuelve a encender en el hombre la llama de la ilusión y la fe en el futuro. A los dos se les ocurrió que lo mejor que podían hacer por ellas en este tiempo era montarles un gran nacimiento. El de José ocupa cuatro metros cuadrados, es más clásico, montañas de corcho y profusión de musgo. El del Duende, más pequeño y fiel a la estética de Belén, con cordilleras de papel kraft arrugado y embadurnado de engrudo, al que rocía de tierra y de esas hierbecillas medio secas que escapan de la única plancha de musgo añejo que aún conserva. La arena del desierto, con pan rallado, mejor aún que el serrín, sobre todo si no hay ratones en el portal, como dice un villancico malicioso. Ambos, José y el Duende comparten el mismo modelo de reyes magos, a camello y con pajes. Y, quizás como homenaje a su común origen, también incluyen a un caganer. El meu es millor, precisó entre risas el Duende. Será el milagro de santa Lucía: tantos años sin verse y ahora que pasan de los sesenta resulta que son los dos como niños.

…¡Y Fraga le hizo llorar!

 Nadie lo hubiera dicho. Nadie hubiera tan siquiera pensado que ese político con aire de matriculín, verbo infalible, ambición incalculable y tics de repelente niño Vicente guardara en algún rincón de su alma una lágrima para tal ocasión.  Foto de Tatiana SapateiroImprevisible aquélla, la lágrima, y menos esperable aún ésta. La mayoría podríamos entender que Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid, llorase presentando el libro que glosa la vida de una actriz, un poeta, una pianista o una princesa, porque sensible a estas materias sí que ha demostrado ser. Pero no lo de ayer. No podíamos imaginar semejante rapto de ternura por un político – Manuel Fraga-  al que sólo el tiempo ha borrado sus famosos prontos de sargento furriel. En un tiempo la calle era suya, y el Estado le cabía en la cabeza. Ahora también gimotea cuando recuerda sus servicios a la patria, y probablemente cuando cuenta Bambi a sus nietos. Llora el viejo brigadier curtido en mil batallas y aguerrido capitán que aún se apresta a asaltar la posición más inexpugnable. Ojos que no lloran, corazón que no sienten.

La cosa es que desde que la madre de Boabdil el Chico afease el llanto de su hijo por abandonar Granada con el rabo entre las piernas, lo de llorar estaba muy mal visto en el hombre. Parece que sólo se podía llorar como mujer, qué fastidio.  Lo cual hizo sufrir mucho al Duende, pues también lloró con Bambi, y con la muerte en directo de aquélla serenísima niña llamada Omaira, que quedó atrapada en una ciéanaga tras la explosión  furibunda del volcán Nevado Ruiz, y viendo una película para jóvenes titulada El club de los poetas muertos, y cuando, haciendo la mili llegó el cartero a la compañía con una carta para Angel García de su novia. El pobre Angelito, que había pedido permiso ese día para examinarse en Madrid, acababa de morir atropellado a las puertas del campamento cuando se dirigía al autobús que le iba a llevar junto a ella, la misma que ahora no tendría respuesta a su carta. Y por eso lloraba el Duende, pensando los dos corazones rotos y en la carta que nadie leería.

Había un personaje femenino de Jardiel Poncela que en Usted tiene ojos de mujer fatal invitaba desde la escena a la terapia lacrimal. ¡Llore, llore usted!- gritaba como una loquita iluminada-Es cierto que se caen las pestañas, pero…¡sienta estupendamente! Sin embargo los hombres de la generación del Duende estábamos educados para no llorar, porque eso era de nenazas.  Gary Cooper, Humphrey Bogart, Clark Gable y el Guerrero del Antifaz jamás lloraban. Pero el sentimiento es como es, y el lacrimal trabaja cuando menos te lo esperas. El Duende debe confesar que hace unos años pasaba por la Cibeles en la hora más populosa del día cuando, junto a la verja del Cuartel General del Ejército, vio a un viejecito menudo con boina y trazas de pastor serrano aireando entre el gentío apresurado su valiosa mercancía. ¡Manzanilla de la sierra a cinco duros el ramillete! Nadie le miraba, nadie le escuchaba, nadie hacía por él. Porque Madrid ya empezaba a ser la novia de Europa, la lanzadera de la economía nacional, la ciudad de ferias y congresos, meca de yupies y del pelotazo, salón del automóvil de lujo, cuna de la modernidad y templo eterno de la movida. Malos tiempos para la lírica de la manzanilla. Le dio tanta pena al Duende aquél incomprendido, le inspiró tanta ternura que  le compró dos ramilletes de la aromática planta con los que se fue caminando por Recoletos arriba. Y cuando se quiso dar cuenta lloraba. No como mujer, sino como un gilipollas. O al menos eso pensaba entonces, que no recordaba la rima aquélla de Bécquer: ¡Ya ves que soy un hombre y también lloro!

Porque, afortunadamente, las cosas cambian. Ahora ya no gustan tanto los que van de lijas del 9, y  la ternura masculina  también  cotiza. A lo mejor las lágrimas de Gallardón nos recuerdan que, además de una buena cabeza, este hombre tiene corazón.   

El consejo del señor conde

 

AreilzaEra aquella de Hoy por hoy una mesa semicircular, como la de casi todos los estudios de radio, pero muy singular. En el centro, Iñaki Gabilondo, y a sus lados los colaboradores que iban entrando alternativamente. Entre otros, el gran Luis del Val -que es como ese centrocampista de seguro rendimiento que todos los entrenadores quieren para su equipo-, Antonio Alvarez Solís, un veterano periodista de fina pluma, gran memoria histórica y humor algo atrabiliario, Andrés Amorós, que recomendaba un libro, José María de Areilza, que analizaba la política internacional, y este Duende. Puede que coincidiéramos más, no lo recuerdo ahora.

En el tramo de una hora de radio comercial, que si se quitan los informativos y la publicidad no dura más de treinta y cinco minutos, cada cual hacía su numerito. Iñaki jamás hablaba del Duende. Para él doña María lo era a todos los efectos, y si por casualidad irrumpía en antena la noticia macabra de un atentado de ETA y solicitaba una opinión de urgencia a los concurrentes, doña María tenía que ser verosímil, y guardar fidelidad a la caricatura sin perderle el respeto al momento. Nunca lo pasó tan mal el Duende. Un día Areilza faltó, porque por la tarde ingresaba en la Academia de la Lengua, y Gabilondo decidió que le rindiéramos homenaje los presentes en el estudio. Pero entonces doña María lo tuvo más fácil. Mira, Iñaki, bonito -le dijo-, no me pidas discursos, porque yo hablo con faltas de ortografía. Lo más que puedo hacer por don José María, que es mayormente mu elegante y presumío, es plancharle el traje ese de pingüino tan suntuario que se ponen los académicos.

Nunca olvidará el Duende la cara de pasmo distinguido que ponía su contertulio José María de Areilza cuando, después de analizar con su clarividencia y su pulido verbo la salud del eje París-Bonn o la firmeza de Inglaterra frente a Europa, debía escuchar por boca de doña María el escándalo que había producido en el Bloque los Arándanos la aparición de unas bragas de lamé en el ascensor. Su condición de aristócrata pugnaba con su diplomático sentido de la discreción. Y aunque probablemente no acababa de entenderlas, escuchaba con afectada cortesía las poblemáticas de nuestra gruesa amiga. El conde de Motrico, además de buena cabeza, mejor fortuna y excelente mano para la política, tenía fama de galanteador internacional. Cuando fue embajador en la Argentina de Perón deslumbró a Evita, y alguien que estaba presente cuando como ministro de Asunto de Exteriores del primer gobierno del Rey fue presentado a la Thatcher, me contó lo que puede considerarse como un piropo histórico que salió de sus labios. De vuestra inteligencia y talento político ya tenía noticia -dicen que dijo en su perfecto inglés a la dama de hierro- Pero nadie me había hablado de lo que gana al natural vuestra belleza. Metternich a su lado un patán, ya les cuento.

Un día, después de observar a doña María, Areilza se acercó al Duende, le puso la mano en el hombro y le dio un consejo. Lo hace usted muy bien -le dijo- Pero debería pasar un año en Estados Unidos, para ver a los showmen de allá. El Duende se quedó estupefacto, a lo que el veterano político insistió. Vaya, hombre…¿Qué le retiene aquí?.

No se le ocurría pensar que uno tendría sus obligaciones, y que su fortuna no aguantaría un año de viaje perfeccionando escuela. Pero el que es guapo, rico y distinguido, el que lo ha conseguido casi todo -sólo le falto alcanzar la presidencia de gobierno- pierde el sentido de la realidad y tiende a convertirse en la medida de todas las cosas. O quizá hablara así por haber sido ministro de Asuntos Exteriores. Uno ve tanto mundo, que al final olvida lo que aquí vale un peine.


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