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Emoción y respeto del invierno

El invierno puede ser frío y hasta cruel, pero tiene su belleza y da mucho que pensar

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A veces no sabe uno a quién necesita para que le describa sus sentimientos. ¿Hay zahoríes, fontaneros, químicos, ingenieros forestales, jardineros del alma? ¿Hay quien pueda aislar las fuentes del estado de ánimo, y saber por donde fluyen los pensamientos y los deseos, y de qué sustancia se componen, y como arraigan en el corazón y le acaban preocupando, o alegrando, o incluso ilusionando, a lo largo del día?

-Nunca entenderé por qué siento lo que siento-se dice el Duende mientras ve en en espejo esa cara de penca de acelga cocida y fría que se le queda a uno el día después de la Navidad- Nunca seré capaz de describirlo.

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Podría sugerir que el despertar fue emocionante. Eran las siete, brillaba aún la última luna menguante del año en lo alto, y por poniente veía desde su cama el lomo de Gredos que se extiende hacia Extremadura cubierto de un velo blanco. Con el último temporal regresó la nieve a las cumbres. Y con el anticiclón, las escarchas al extenso valle que uno contempla a sus pies, la sierra Guadalupe al fondo y la primera luz dorada del amanecer acariciando a los campos ateridos que median entre una sierra y otra. El termómetro aquí, a setecientos metros de altitud, sólo marca tres bajo cero. En las zonas de la dehesa abierta, más bajas, seguro que serán cuatro o cinco grados menos, porque ahí el clima continental extremado carece de templanza, y no bromea.

Un café para terminar de despertarse. Una ducha caliente. Y luego, aún con la sombra del jinete de la noche alejándose por el horizonte, un paseo breve por el invierno que acaba de presentarse. Silencio. Sólo los tímidos trinos de unos cuantos pájaros –carboneros, mirlos, rabilargos- y el crujir de los propios pasos sobre la sábana de escarcha  que cubre la tierra lo rompen. Qué tesoro, el silencio de un despertar invernal en el campo.

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Y mientras pasea, quebrando con un palo el hielo de algún charco –no se puede dejar de ser niño en esas ocasiones- el observador siente que siente muchas cosas, y no sabe cómo interpretarlas ni mucho menos contarlas. La severidad de la naturaleza. La discreción de la fauna, que hay que ve lo que sufrirá en estas noches implacables, y que jamás protesta. La intuición de que, a pesar de todo, el invierno pasará, y ese escenario helado explotará en primavera  en un nuevo ciclo del milagro de la vida. Y, trenzadas con esas observaciones que, pese a sus años, aún le siguen sorprendiendo, las cuentas que, como en un collar, el tiempo va engarzando en su alma. Alegrías y esperanzas aleteando aquí y allá, como los pájaros de rama en rama. Gratitudes diversas. Preguntas sin respuesta sobe el sentido de la propia existencia. Inquietudes y dudas. Suspiros por los que ya no le acompañan más que en el recuerdo. Y, como extraña conclusión de todo eso, quizás por el cogito ergo sum, que le enseñó don Prudencio en quinto de bachillerato, la percepción agridulce de que la felicidad no va mucho más lejos.

El silencio, la paz, la belleza, la emoción de un día que amanece con sol radiante y nos reconforta. Podría ser más preciosista y sensiblero, pero, al final, lo que le inspira al Duende esta mañana de invierno es un respeto imponente.

Lo que ha cambiado el cuento

Hasta los más inocentes cuentos se van maliciando con el tiempo...

1. Es un  guarda forestal de un  pequeño pueblo de Huesca, pero se confiesa autor de la muerte del alcalde para liberar a sus vecinos de toda sospecha. Luego resulta que dice que no lo mató. Y entretanto desvela una oratoria más propia de un político con estudios que de un campesino. El crimen no es de los nuestros. Más que recordar Fago este hombre y este caso  remiten a Fargo.

2. Es el representante del Estado en Cataluña. No sabe cómo sería su Cataluña independiente. Sí sabe que, si lo hubiera sido cuando su familia se asentó allí, él jamás hubiera llegado a ser presidente de la Generalitat. Se supone que suscribe la Constitución. Pero no tiene inconveniente en recomendar que se haga la vista gorda si el Tribunal que la interpreta y la aplica decide algo que no le gusta. Versión vernácula de la Ley del Embudo: lo ancho para mí, lo estrecho para ti. En su pueblo y en otros pueblos de España lo dirían más a lo bestia: quiere tener el sueldo del geneal y la verga del teniente.

3. Son las luces de Navidad de Barcelona. Entre ellas, las clásicas felicitaciones. Primero, en catalán: Bon Nadal. Y luego en muchas otras lenguas. Menos el castellano. Carod Rovira insiste en que Cataluña no se siente a gusto en España. Todo lo contrario que el resto de los españoles, realmente sorprendidos por lo encantador y bien educado que es el alcalde de la Ciudad Condal.

4. Es la Comunidad Autónoma de Extremadura. Una pedagoga ejemplar consigue que se apruebe un presupuesto para que los adolescentes aprendan a masturbarse. La AOA (Asociación de Onanistas Autodidactas, a la que pertenece toda la generación del que susccribe) pedirá que le compensen por todo lo que hemos ahorrado a la Hacienda Pública siendo tan listos.

5. Es el Parlamento de Cataluña que contrata a un traductor de catalán para que traduzca su discurso a unos visitantes nicaragüenses. Podría haber hablado en castellano, lengua que usan y entienden ambos. Pero en ese caso hubiera ahorrado unos miles de euros al contribuyente, premisa que ningún político con futuro debe tener en cuenta.

6. Es el fantasma de Cneo Escipión, guerrero romano que conquistó Hispania. Aprovechando que un diputado del PSOE granadino ha presentado una proposición para que España indemnice a los descendientes de los moriscos expulsados hace cuatro siglos, se ha plantado ante ZP y le ha dicho: AVE, ZAPATERUS…¡AFLOJAT MOSCAM! Se calcula que, al grito de maricón el último, no tardarán en presentarse también los fenicios, los iberos, los godos, los árabes y hasta las tropas napoleónicas, todos ellos barridos sucesivamente del suelo patrio. Se les pagará a todos, con cargo al déficit. El talante es el talante, dice ZP. Además… ¿qué es una raya más para un tigre?

7. Por último, el Concurso de Tortilla Española que ha ganado un bar de Bilbao. Francesa, la tortilla de huevos. Española, la tortilla de huevos con patatas. Siempre fue así. Pero la ortodoxia nacionalista no puede mentar la bicha. El ganador no quiere que se diga que la suya es la mejor tortilla bilbaína,  ni vizcaína, ni vasca, porque ha concursado con cocineros de todas las autonomías. ¿Solución? La que dicen los carteles: Este bar ha ganado el Concurso de la Mejor Tortilla Estatal. Con dos huevos.

A menudo el Duende mira a su alrededor y se siente extraño. Piensa que para qué le educaron, si el sentido común parece tener cada día menos sentido. Se siente como el lobo del viejo y grosero chiste de Caperucita. ¿Dónde vas, Caperucita? –pregunta el Lobo.  Al arroyo, a lavarme el chichi- contesta Caperucita airada. ¡Jo! –piensa el Lobo- ¡Lo que ha cambiado el cuento!

Fin de año entre sol y nieblas

 El invierno tiene estas cosas, que avisan los hombres -también las mujeres- del tiempo. Cuando el anticiclón es tan persistente como el que nos ha tocado, se dan fenómenos de inversión térmica. O sea, más frío en el llano y en el valle que en las cumbres, niebla abajo mientras luce el sol esplendente arriba.

Desde la ladera sur de la sierra de Gredos, justo bajo el pico Almanzor, que es la altura máxima  del sistema central, el Duende divisa normalmente tres comunidades autónomas. Algo de  Castilla y León, Castilla la Mancha al otro lado del Tiétar, y a la derecha de su observatorio, Extremadura. Pero las tres son estos días un mar blanco rompiendo sus olas contra las montañas que se pierden hacia el oeste. Visualmente, la sierra hace el oficio de acantilado. Hasta los quinientos metros de altitud, niebla. Por encima del colchón algodonoso, sol. Así hemos pasado de un año a otro, y lo cuenta el Duende porque no es mala metáfora de lo que nos dejó el que se va y lo que cabe esperar del que llega. Siempre vivimos entre sol y nieblas.

Recuerda el Duende cómo las brumas del destino borraron en 2007 algunas vidas amigas. Por ejemplo, la de Pedro Gamero del Castillo, que fue el primer cliente que se asomó por su agencia de publicidad cuando en 1985 ésta abría sus puertas, y que encontró la muerte en el quirófano cuando buscaba mejorar su nada mala vida. Vivía como un duque, pero bajo su papel de gran ejecutivo empresario latía un corazón sensible y refinado. Fue uno de los pocos amigos con los que practicó esa costumbre tan demodé de intercambiarse versos: le agradeció el Duende un rasgo de amistad con un soneto y le respondió Pedro con otro suyo bastante mejor. Sorpresas te da la vida, pues  no imaginaba que un hombre sentado en tan altos sitiales tuviera ni tiempo ni ganas de poesía. De eso le sobraba a María Antonia Valls, otra entre los desaparecidos que se quedaron en el año fenecido. Como los once años de radio en RNE, donde conocieron al Duende buena parte de los que asoman por aquí. Pasaron esos años, y al final tampoco pasó nada. Nunca pasa nada, decía una novela de Eduardo Mallea que leyó el Duende cuando en la edad en la que no se perdona un libro. Todo pasa y todo queda, precisa Antonio Machado…¿Nos quedamos con la media ponderada?

Pues al cabo, sin el final de tantos años de radio pública, no habría nacido este Duende privadísimo que sigue conectando y descubriendo amigos. Frente al inexorable tempus fugit, hagamos por el carpe diem. Mientras sonaban las doce campanadas, la pequeña Marina, vestida de fiesta para la ocasión, miraba estupefacta a los mayores engullendo como pavos las doce uvas de la suerte. Y el Duende abuelo, embobado, miraba a la mirada ingenua que empieza a descubrirlo todo. Siguiendo el consejo del clásico, aprovechaba el momento, vaya si lo aprovechaba.

Martes 1 de enero de 2008. Por aquí seguimos entre sol y nieblas. No hace falta ser adivinador. Sabemos que las nieblas se disiparán, y siempre nos quedará el sol.


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