Publicaciones Etiquetadas 'Federico García Lorca'

A Federico le sobra la Memoria Histórica

Aunque Federico escribiera que "también se muere el mar", él, con Memoria Histórica o sin ella, sigue vivo...

Motivo de perplejidad nº 1.875 secundum Homper. La tierra, por lo visto, sólo es del viento, como se dice últimamente. Pero ¡oh paradoja!,  la esencia de Federico García Lorca está por decreto, necesariamente reside, es consustancial a lo que puedan quedar de unos huesos enterrados no se sabe dónde durante setenta y tres años.

Tampoco se sabe por qué la Memoria Histórica, que se supone que es cosa del espíritu, necesita relicarios de la osamenta de uno de los poetas más conocidos, leídos citados y recitados nunca. Si la tierra sólo es del viento, Lorca es del viento, del sol,  del mar, de la montaña, de las espigas, de los nardos, de la fragua, de la luna, de los gitanos, del cante jondo, de Nueva York, de la calle Elvira, de la Huerta de San Vicente, de la Residencia de Estudiantes y de millones de almas que celebran diariamente en todo el mundo la enjundia de sus sueños y la belleza de su palabra. Ya quisieran todos los asesinados vilmente gozar del recuerdo, el respeto y la admiración del poeta granadino.

Y Homper, instintivamente, recita el Soneto de la dulce queja de Federico que lleva dentro. No le importaba que perteneciera a los Sonetos del amor oscuro. El, solterón impenitente, se lo recitaba a Gloria, un amor que tuvo en uno de los pueblos donde sirvió como secretario de ayuntamiento. También tenía que ser el suyo un amor oscuro, de otro tipo de oscuridad. Ella, manda castañas, estaba casada con el comandante del puesto de la Guardia Civil. Todo muy lorquiano. Aún se le humedecen la mirada cuando lo declama:

Tengo miedo a perder la maravilla

de tus ojos de estatua, y el acento

que de noche me pone en la mejilla

la solitaria rosa de tu aliento


Tengo pena de ser, en esta orilla,

tronco sin ramas. Y lo que más siento

es no  tener la flor, pulpa o arcilla

para el gusano de mi sufrimiento


Si tú eres el tesoro oculto mío,

si eres mi cruz y mi dolor mojado,

si soy el perro de tu señorío


no me dejes perder lo que he ganado,

y decora las aguas de  tu río

con hojas de mi Otoño enajenado

Troncos sin ramas, como dice el soneto que Homper se sabe de memoria, podríamos serlo todos. Pero con huesos o sin huesos sacramentados por el ADN y el forense, la savia de Federico retoña diariamente nuevas hojas en cualquier espíritu sensible. Lo ha dicho un sobrino suyo: lo que hay que hacer es leerle y no olvidar lo que pasó. No hacen falta sus huesos para saber que lo mataron unos generales asesinos.

Por eso Homper no tiene miedo a perder la maravilla del legado de Lorca. Ni el recuerdo de los amores que vivió a la luz de su prosa y de su verso.

Elena Salgado y el determinismo

Determinismo o no, fue estar hablando de ella y a continuación encontrársela paseando por el Retiro como cualquier ciudadana...

Determinismo o no, fue estar hablando de ella y a continuación encontrársela paseando por el Retiro como cualquier ciudadana...

Una de las primeras travesuras del Duende adolescente era rebautizar a la gente con el nombre que, según él, pedía su cara. A algunas cosas y personas les cuadra más una palabra o un nombre que otro, e incluso que el que les impusieron. El acomodador del cine Colón tenía cara de llamarse Trifón, la pipera del Teatro Beatriz, Alfonsa, y un portero de balonmano de su cole –bastante mayor que él, por cierto- pedía el nombre de Arrosio. Y con Arrosio quedó en su registro particular aunque luego se apellidase Seseña.

El colegio quedaba ya muy atrás, y nunca más supo el Duende de este último hasta que un día de 1973 se metió en el cine y vio un entretenido thriller de Darío Argento titulado Cuatro moscas sobre un terciopelo gris. En esta película italiana aparecía un detective llamado precisamente Arrosio. En la misma butaca del cine, y antes de que, desgraciadamente, lo liquidara el asesino, el Duende se preguntaba: ¿y qué habrá sido de mi Arrosio del cole que nunca más he vuelto a ver? De momento, estaba vivo. Y nada más salir del cine, confundido entre el gentío de la calle Fuencarral, el Duende lo vio paseando tan campante. Allí acudía a su cita con el destino o con la casualidad el amigo Seseña, alias Arrosio. No sabe el Duende cómo le llamarían a este fenómeno los parapsicólogos. Premonición, determinismo, vaya usted a saber. Pero el fenómeno existe, vaya si existe.

El viernes en la COPE, Curro Meloso recitaba una Oda en defensa de Elena Salgado. Curro Meloso, como casi todas las caricaturas duenderas, es un poeta fracasado, Cordobés antiguo de traje negro a rayas, sombrero y patillones, quiso escribir el Romancero Gitano y el Poema del Cante Jondo antes de descubrir que, para su desgracia, se le había adelantado Federico García Lorca. A partir de entonces probó toda suerte de musas,  y concurrió de su mano a numerosos concursos, certámenes de poesía y juegos florales sin que una sola flor o un miserable accesit reconociera sus méritos. Harto ya de ninguneos, y consciente de que todos los poemas que había deseado escribir estaban mejor escritos por otros, se inspiró en lo único que podía ser original: la defensa de los políticos. Así es como cada viernes Curro Meloso elige un político en la picota y le dedica una oda, y así fue cómo la semana de pasión de la Vicepresidenta Económica se alivió con la oda que le dedicó Meloso.

El mismo viernes volvió a salir el nombre de la Vicepresidenta en un almuerzo entre amigos, algunos de los cuales la conocían. Se habló de su papelón, de su competencia/incompetencia, de la imagen que proyecta y de su carácter. Casi todos los comensales coincidían en que es de ese tipo de personas valiosas que, quizás por su timidez,  confunden simpatía con vulgaridad. El propio Duende aportó sus impresiones, que venían de sus tiempos en la cadena SER. Allí aparecía cualquier alto cargo del gobierno del PSOE para ser entrevistado, y  al verte sentado en la misma mesa que Iñaki Gabilondo te imaginaba de los suyos. La hoy Vicepresidenta fue sin embargo siempre comedida en su cordialidad. Correcta, pero fría y distante, como si su imagen de ejecutiva solvente le impidiera sonreir y demostrar su sentido del humor. Elena Salgado, tan lejos en el album de sus recuerdos, y tan presente estos días en la vida de todos los españoles.

Los caprichos del destino. Al día siguiente, sábado luminoso, el Duende se dio de bruces con ella mientras corría por el Retiro.  Ya es difícil para cualquiera identificar a los conocidos muy superficialmente cuando te los encuentras fuera del lugar donde los has visto siempre. No digamos nada si se trata de una personalidad pública que los cuenta por millares y que no se caracteriza precisamente por su efusividad. Sin embargo, en honor a la verdad, el Duende debe confesar que Elena Salgado en atuendo deportivo se acercó a él, se detuvo, le plantó dos besos y le preguntó qué tal estaba antes de continuar su saludable paseo por el precioso parque madrileño.

Al Duende, naturalmente, le temblaban las piernas. No es que la rubia le impresionara tanto como su admirada Naomi Watts, ni que temiera que la Vicepresidenta hubiera escuchado en la radio la sospechosa oda que le tributó Curro Meloso. Es que simplemente constataba que hay que tener ojo con las premoniciones, porque a veces las carga el diablo.

La novela que no pudo escribir Corín Tellado (2)

...Y siguió viendo a Esmeralda en las olas de aquel mar embravecido...

...Y siguió viendo a Esmeralda en las olas de aquel mar embravecido...

(VIENE DEL POST ANTERIOR)

Aquella mañana el corazón le dio un vuelco. Se había llegado hasta el cabo un flamante Mercedes, del que se apearon cuatro niños y dos personajes que él identificó como sus antiguos compañeros de facultad.  Mientras los niños jugaban con la videoconsola del automóvil de lujo, Rodrigo y Esmeralda se asomaron a la barandilla del mirador para ver la rompiente enfurecida. Aún mirándoles discretamente camuflado, nuestro héroe leyó en sus labios una conversación no por breve menos reveladora.

-¡Qué bonito y eterno es el mar!, ¿verdad?-dijo Esmeralda.

-Para bonitas y eternas, las vajillas de Porsesa, cariño-replicó él-¿Te has fijado que los bucles del Cupido que adorna el modelo Amorosa que usamos cuando hay invitados siguen luciendo el oro del primer día?…

A nuestro héroe se la cayó el alma a los pies. Vio el gesto de educada resignación de la bella Esmeralda y se maldijo así mismo por no haberle declarado su amor en el mismo momento en que encontró el mejillón en el fondo de su taza de café con leche.

En sus contados viajes a la ciudad, se documentó sobre la vida de su antiguo amor. Mientras Pedro seguía haciendo cábalas sobre el arte de la seducción, siguió sus pasos, buscando en ellos consuelo y algo de pasión atenuada. Averiguó dónde vivía Esmeralda con su marido, dónde estaba el despacho de éste, a qué colegio iban sus hijos, en qué villa veraneaban. Un día, en la sección de sociedad del periódico local que le llegaba al faro dos días después, leyó que el notario Rodrigo Miramolín de Oñoro, presidente y principal accionista de PORSESA había fallecido de un infarto de miocardio. Se le disparó el corazón: era el momento de dar curso tardío a su amor por Esmeralda.

Y entonces recordó que Corín Tellado, que vivía  no lejos de su faro,  había escrito nada menos que cuatro mil novelas románticas, todas ellas de gran  éxito. Pensó que a lo mejor, si le ofrecía el tema para la cuatro mil una, ella a cambio le aconsejaba qué paso seguir para poder sellar su historia de amor con Esmeralda, ya no le importaba nada la cursilada del nombre. Le escribió una carta contándoselo todo. Estaba dispuesto, incluso, a omitir la anécdota del mejillón en el café con leche, por no faltar a su perfumado estilo. Corría el mes de abril de 2009.  Corin Tellado nunca llegó a leer la carta. Cuando la repartió el carter,  la novelista romántica más leída acababa de morir.

A partir de entonces, Pedro se encerró en su faro y pasó el resto de su vida amando a Esmeralda en las olas del mar. De vez en cuando le torturaban los versos que García Lorca dedicó a Ignacio Sánchez Mejía. Descansa, Ignacio, también se muere el mar. Pero Federico no era más que un poeta, y decía muchas tonterías. No como Corín Tellado, que sabía que el mar permanecerá mientras haya vida, y que hubiera escrito del farero Pedro y de la bella Esmeralda una historia sencillamente inmortal.

Los que amamos a Lilí Marleen

Se le ponen al Duende los pelos de punta cuando lo piensa, pero es cierto que algo en común tiene con los gustos de Adolf Hitler. Ambos amaban a Lilí Marleen. Más agrava la cosa que esta maravillosa balada, tan perfumada de melancolía, fuera la canción favorita de Augusto Pinochet. Por lo que uno no sabe si debe cabrearse con la propia Lilí, con el autor de la letra, -se llamaba Hans Leip, y un pianista llamado Schultze dicen que improvisó la música en la nefasta noche de los cristales rotos- con Marlene Dietrich que la universalizó con su voz doliente, con los citados tiranos, por glasear su crueldad aparentando sensibilidad por la música, o con él mismo. En este caso por no tener valor para desmarcarse en todos los órdenes de semejantes bellacos.

¿Amaría Lilí Marlen Federico García Lorca? ¿La hubieran cantado Víctor Jara o Violeta Parra? ¿Se la toleraríamos a Pablo Milanés? El Duende está en otros niveles, y además dejó de ser militarista cuando se le pasó la edad de los soldados de plomo, que en su tiempo eran ya de baquelita o de goma. Pero siempre que le tocó hacer guardia nocturna recordaba la vieja historia del centinela que desde su puesto a la entrada del cuartel observa la farola donde se encontraba con su amor. El amor probablemente perdido, para que alcance el éxtasis. En los años cincuenta se estrenó una película con el mismo título. No la vio -debía de ser para mayores con reparos- pero sí el trailer en el cine Carlos III de Madrid. Le parece que el galán era un guaperas alemán llamado Adrian Hoven -que levante la mano el que se acuerde de él- y que sonaba la voz de la siempre seductora Marlene. Hace unos años se estrenó otra versión. Pasó sin pena ni gloria.

Y así ocurriría en este blog si no fuera por dos circunstancias bien diferentes. La primera es que la luna está otra vez llena, y propicia el desfile imaginario de las Lilíes de cada quisque. ¿Hay mejor farola para conjuralas? La segunda es que como hoy se escribe de todo hay una escritora germanista llamada Rosa Sala Rose que ha lanzado un prolijo libro sobre el tema. Lili Marleen: canción de amor y muerte. Viene a demostrar que, pese a su origen impuro, la canción se hizo tan popular y arraigó tan profundamente en el corazón de los combatientes que fue coreada tanto por nazis como por aliados. Un alivio para el que se sienta culpable de haber coincidido con el Führer.

No sabe añadir el Duende mucho más al respecto. Sólo que, aparte de sus dos primeras frases -Vor der Kaserne/ vor dem grosen Tor-ignoraba todo de esa mítica canción. No obstante le gustaba tanto, y adivinaba en ella una historia de amor tan romántica, que no podía evitar improvisarla en un alemán macarrónico más propio de Holderlin que de un recluta madrileño enamoradizo. La música, siempre mágica, capaz de poner algún paño caliente en las terribles heridas de la guerra. Y de hacer creer al Duende, en las inhóspitas noches de guardia, que el mosquetón que acariciaba su mejilla no era sino la melena sedosa y rubia de Lilí Marleen. Esa huidiza canción/mujer a la que los nacidos en la Europa temblorosa de la primera mitad dek siglo XX siempre seguiremos amando.

Verde que te quiero. Verde

(Foto de Tomás Jorquera)

Verde que te quiero, verde/ Verde viento. Verdes ramas/ El viento sobre la mar/ y el caballo en la montaña…Qué sencilla, qué bonita y musical le parecía al Duende la lírica de Federico García Lorca cuando tímidamente se asomó a ella en su adolescencia. Dormían estos y otros muchos versos en un tomo encuadernado en tela verde de sus obras completas, recopiladas por Guillermo de Torre y publicada por la Editorial Losada en Buenos Aires. Siguen respirando sueños ahora en un anaquel de la casa del Duende. Verde, que te quiero verde…

 Años antes de esta edición fechada en 1944, Luis Figuerola-Ferretti Pena, poeta en sus ratos libres, se había presentado en la casa donde vivía el poeta en la calle de Alcalá, casi esquina a Goya. Justo en su plantaba baja, no podía ser de otra forma, hay ahora una tienda de La casa del libro. Llevaba el joven poeta  en sus manos un ejemplar del Romancero Gitano, que el genio granadino le dedicó e ilustró con uno de sus característicos dibujos algo ingenuos. Madrid era así de pequeño y confiado: tú escribías algo, ibas por el Café Gijón o el Ateneo, y podías conectar con  figuras como la de Federico, que además, dicen, era lo que se dice una persona simpática, ocurrente y encantadora. Desgraciadamente, aquel libro ungido por su talento siguió la suerte de tantos otros objetos curiosos que se distraen en préstamos o mudanzas, y el padre del Duende se pasó el resto de su vida lamentando su pérdida. Sólo se quedó con el aroma de sus versos.

 Los recuerda hoy el Duende porque  casi vencida la mitad de mayo, se asoma al pequeño parque que se extiende a los pies de su palomar y el pasto aún está verde. Otros años, por san Isidro, ya amarillean las espigas en los herbazales, pero rompió a llover cuando más falta hacía y gracias a eso se prolonga la primavera. No lo entiendo -se decía recitando los versos de Lorca-  dice que el viento, que no tiene color, está verde y no menciona la hierba, que es lo que realmente verdea. La lógica infantil, segura de que el ratón Pérez levantaba la almohada para dejar un billete de una peseta e incapaz de  ver el viento verde.

 Viento verde, campo verde. En un mes cambió la cara adusta y reseca del campo. En ese tiempo, las reservas de agua de Madrid han subido quince puntos. El látigo implacable del verano, que nunca falla, espera su turno. Pero entretanto, el verde de los versos de Federico  se adueña de este sábado, 24 de mayo.

 Por cierto, no es sólo el gozo del paisaje lo que anima el corazón del Duende. El verde es  el color de la esperanza,  y ésta pinta hoy en el horizonte  aún más vistosa que las amapolas.

Mon ami Scott de Martinville

 Aún recuerda el Duende la primera vez que supo de Edison. Quizás en el cole, tal vez en unos tebeos de la época que inoculaban saberes del Readers Digest en viñetas ilustradas. Los había catolicones que miraban a lo trascendente -Vidas ejemplares, fundamentalmente las de los santos- o las que se centraban en la ciencia y la cultura, que se titulaban Vidas ilustres. En una de ésta aparecía la figura de Thomas Alva Edison: lo recuerda con el pelo blanco, su corbata de la época, acodado en una mesa en la que destacaba el altavoz de su célebre fonógrafo. El otro altavoz célebre de las infancias de color sepia era el de La voz de su amo, pero ahí en lugar de un inventor señero aparecía un perrito sentado seducido por la música. El Duende aún conserva, como una preciada joya, una cajita de hojalata en la que se vendían las agujas que necesitaban los pikúes para reproducir las grabaciones.

Le contaron una vez al Duende que todas las ondas sonoras emitidas sobreviven en el espacio. Imagínense la ensaladilla rusa de sonidos, el caos, el desmadre de voces y ruidos en los oídos de la divina Providencia. Los discursos de Cicerón, de Diógenes, de Hitler, las explosiones de Guy Fawkes en el parlamento inglés y los reventones del Vesubio que sepultaron Pompeya, el estruendo gozoso de las cataratas Victoria sorprendiendo al capitán Richard Burton, la jura de santa Gadea, la primera sonatina improvisada al piano por el pequeño Amadeus,  Federico García Lorca  recitando alguno de sus Sonetos del amor oscuro, el La-la-la de Massiel, los clarines que anunciaron el último tercio del toro Islero que apuñaló a Manolete, los mamporros de Manolo el del bombo, el ¡se sienten, coño!, los meteorismos de Napoleón -y de las vacas, que por lo visto son peligrosamente pedorras- y hasta los delirios de La verbena de la Moncloa, todos juntos y revueltos violando de forma inmisericorde el silencio astral. Qué espanto, menos mal que tenemos una capacidad auditiva limitada. 

Todo eso, claro, era teoría. En realidad las vibraciones sonoras se escapaban hasta que en 1878 vino Edison con su cazamariposas mágico y pudo registrarlas para el futuro.  Claro, que unos llevan la fama y otros cardan la lana. En esta obsesiva sociedad del conocimiento todo se investiga, y, a ser posible, se revisa. Acabaremos enmendando la plana a todo lo que nos contaron como historia, porque siempre hay algún curioso que huronea y no para hasta que le da una vuelta a la verdad oficial. Qué sinvivir. Ahora la Lawrence Berkeley National Laboratory, de California, le ha quitado a Thomas Edison su más preciada medalla.  Ha descubierto que no fue él, sino un tal Eduard-León Scott de Martinville  que ya en 1860 logró grabar por primera vez un sonido. Lo escuchó el Duende el viernes por la tarde en la radio.  Scott de Martinville fue un personaje inquieto, tipógrafo, investigador, escritor y ensayista, y dio con un aparato que llamó fonoautógrafo capaz de registrar el que, al menos por el momento, es el primer sonido grabado de la historia. Entre una maraña de chisporroteos se adivina a una voz femenina que susurra la conocida canción Au clair de la luna, mon ami Pierrot.

 Qué sorpresón para los sabios. Qué ternura, que un testimonio así cante al claro de luna y a la amistad. Pero, al mismo tiempo, qué falta de seriedad. ¿Se imaginan que de un humanista, pensador y escritor con la densidad del Duende sólo quedara Las muñecas de Famosa/ se dirigen al portal…? Bueno, pues no se engañen: así será, y eso si hay mucha suerte. Lo dice doña María, todo es mu correlativo. Sobre todo la historia, que,  además de mudadiza y tramposa, tiene predilección por la frivolidad.

Bastante más que Bello

Pepin Bello

Paseó el  Duende por La arboleda perdida  de Rafael Alberti y se quedó fascinado por esa alameda evocadora perfumada de poesía. Recibió El último suspiro de Luis Buñuel -por cierto, qué título tan impropio para las memorias  de un iconoclasta como el de Calanda- y hubiera dado su vida por compartir un mes en la Residencia de Estudiantes con aquel grupo de gamberros geniales que por allí desfilaron en los años veinte. Ambos libros de memorias -excelente el primero, interesante el segundo- hablan de la vida, la inspiración, la poesía, el arte, el cine, el surrealismo, la generación del 27 y de la España de aquel tiempo. Dos nombres coinciden en la común admiración del poeta y del cineasta, y destacan sobre otros más famosos, como Salvador Dalí. El primero es el de Federico García Lorca, aclamado después de su asesinato como poeta universal. Es el segundo era el de Pepín Bello, desconocido de la mayoría, idolatrado por aquellos genios, querido por casi todos los que le conocieron. Aunque pintaba y escribía, y dicen que no mal, no dejó ninguna obra para la posteridad. La obra era él: su gracia, su inventiva,  su conversación, su simpatía.

Después de haber leído tanto y tan bueno sobre Pepín Bello, el Duende se empeñó en conocerle. Y un día, en una de esas cachupinadas culturales, se lo encontró y salvando su natural apocamiento se acercó a él y se le presentó. Quería tocar el mito. ¿Qué tendría aquel hombre para concitar tantos y tan entusiastas elogios? Pepín Bello era a primera vista lo más opuesto a la extravagancia y la genialidad que aureolaba a sus viejos amigos, de los que por entonces sólo vivía ya Alberti. Sonriente, gordito con cara sana, de ojos claros y fino bigote tipo Errol Flynn, vestido y planchado pulcramente como un perfecto burgués, administraba con naturalidad y simpatía su condición de personaje curioso y de icono cultural. Nunca se dio mérito alguno, y se limitó a recordar las luces que brillaban en la Residencia de Estudiantes, sin hozar en el morbo con el que figuras como las de Federico o Dalí empezaban a ser retratadas por los biógrafos. Aquel hombre con aspecto de próspero propietario de una fábrica de chocolates era lo que se dice un tipo encantador.Y lo recuerda hoy el Duende con afecto y cariño porque sus valores, tan esenciales para lubricar la convivencia y crear el caldo de cultivo de los genios, son siempre considerados menores y secundarios. Es más: los llamados grandes hombres -y mujeres, no se me vayan a cabrear por un mal entendido sexismo- suelen ser de cerca arrogantes y bordes. Como si la importancia se midiera en  unidades de antipatía, y la sociedad sólo necesitara de ceñudos solemnes para progresar.

Pues no, ea. Viva la gente amable y positiva, aunque no legue el futuro más que el recuerdo limpio de su sonrisa. A Pepín al menos le ha dado ese mérito, pero tuvo que aguantar ciento tres años para que se reconociera el esplendor de su personalidad. No hagamos lo mismo con nuestra gente encantadora: reconozcamos su papel a partir de ya mismo. Porque no todos  van a ser premiados con la longevidad de este singular Pepín, Bello de apellido. Tan brillante y amable, tan sensible y educado. Y, sobre todo, decisivo en su afán de no figurar ni querer pasar a ninguna historia.

Un concierto de Navidad con mucho Angel

 Era bajito, vestía siempre traje oscuro con camisa de cuello de celuloide, corbata de lazo, y bombín, y se llamaba don Angel Martín Pompey. Gustaba de tocar sin dejar de fumar, siempre con el cigarrillo encendido entre los labios. Y como el humo cegaba sus ojos, leía sus partituras con éstos tan cerrados que casi parecía dormido. Entraba en la sala de canto, abría el piano, estiraba los dedos apoyándolos en los extremos del teclado y, sin más, tras una introducción del tema, decía ¡arriba todos! y nos arrancábamos como Dios nos daba a entender. Tengo un arbolito/ quén lo regará/ con agua de los cielos/ ¡cuándo lloverá….Se cantaban, o así, canciones populares regionales, coros de zarzuela o romancillos de los que grabó el propio Federico García Lorca. De los cuatro muleros/ de los cuatro muleros/ de los cuatro muleros, mamita mía/ que van al río, que van al río…Algunos los escucharía después dignamente interpretados nada menos que por Victoria de los Ángeles: Al paño fino en la tienda/ al paño fino en la tienda/ una mancha le cayó…Aunque lo que más alborozaba a aquella partida de pequeños analfabetos musicales eran sin duda los estribillos de enigmático significado: Una y una dos/ dos y una son tres/ dale a la palanca, mete la palanca, quita la palanca Andrés. O este otro: machácala chácala Pedro, machácala chácala Juan/ Qué palabritas vienen, qué palabritas van.

 Aquel personaje que sólo veíamos como un pianista de salón del Oeste  resultó ser un músico más que notable. Muchos años después recibió la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid, y el Duende se enteró entonces de que se había iniciado a la música de la mano de un hombre culto y refinado, autor de oratorios, zarzuelas, conciertos e incluso sinfonías al que no le dábamos la menor importancia. Tan poco se valoraba la música y la educación musical entonces. Un gran músico para apacentar un rato a un gallinero de mozalbetes que pasaron por un colegio prestigioso sin saber ni lo que era la clave de sol.

En la casa del Duende se escuchaba el Concierto de la Noche de RNE en un gran receptor Philips instalado junto a la camilla. Bajo las faldas de ésta calentaba un brasero, que entonces era un tesoro. Un día de prosperidad -no hubo muchos- el padre se presentó en casa con un pikú, y tres o cuatro discos negros. El Duende no sabía ni quién era Juan Sebastián Bach ni donde quedaba el Brandemburgo que bautizaba aquéllos conciertos del vinilo. Pero se los aprendió de memoria, y los silbaba por los pasillos. El Duende recuerda con emoción la primera vez que escuchó a la ONE en una matinée dominical del  Monumental Cinema de Madrid. Por fín veía en directo el nacimiento de esos sonidos que integran una orquesta. Por fin descubría las tripas de la música clásica. No había Auditorio Nacional, el Teatro Real, como los Nuevos Ministerios, era una de esas obras de reforma que al igual que la Sagrada Familia de Barcelona, uno cree que no acabará nunca. El Duende se resignó entonces. El privilegio de hacer música era una quimera.

Y se consoló como tantos de su generación. Pandilla veraniega, noche de luna, a ver si  hacemos manitas con Pepita, amigo despabilado que acompañaba a la guitarra, rancheras, Duo Dinámico, los  Brother Four, Paul Anka,  Charles Aznavour, María Dolores Pradera y los Gemelos, Boby Darin, Ricky Nelson, Gloria Lasso, Adamo…Y el inevitable Clavelitos que nos marcó a todos.

Espinita clavada hasta que alguien le dijo que, si es difícil dominar un instrumento, no es imposible sacar partido a la voz si la juntas con otras. La mayoría de ellas tampoco sabe lo que es una negra, una corchea o una semifusa. Pero con buen oído y memoria musical, buena mano directora,  ensayo y mucha ilusión se consiguen resultados que sorprenden a quien nunca supo música. Mañana, a las ocho y media de la tarde en la Iglesia de Los Jerónimos, es el concierto del año para el Duende y sus compañeros  de coro. Junto con una orquesta de jóvenes profesores cantan fragmentos del Oratorio de Navidad de Bach y del Mesías de Haendel, y luego un repertorio de villancicos españoles que, maravillosamente orquestados, suenan a música celestial. No es el sonido del Orfeón Donostiarra, ni el  del coro de Saint Martín on the Fields. Pero para un modesto aficionado, sentirse en él es tocar el cielo. Donde, por cierto, al igual que Clarence-el angelito de segunda clase de Qué bello es vivir, otro Angel- Martín Pompey, se asoma al balcón por ver si estos frutos tardíos de su enseñanza le ganan las alas y sube en el escalafón.    

Descansa en paz, Tutankamón

Tutankamon

Le contó doña María al Duende que una de las incógnitas más emocionantes de su catolicismo porsi -por si es verdad lo que me enseñaron, aclara ella- es el dogma la resurrección de los muertos. Le inquietaba en qué edad y estado del cuerpo habrá de reencarnarse. La verdad -confesó- preferiría que el Señor me viera de mocita, porque antes de morir, además de gruesa, seguro que no voy a estar guapa. Toda la razón. No hay más que ver la mala cara con que nos ha llegado Tutankamón, y eso que era semidiós y que debió de gastarse un pastón en el estucado post mortem.

No mucho más firme en sus convicciones que la gentil señora, el Duende se pregunta a menudo cómo es posible que en estos tiempos racionalistas y de creciente escepticismo se le siga dando tanta importancia al cuerpo humano. No al cuerpo vivo, claro, que es lógico cuidar y mostrarlo aseado. Sino al muerto. Se pone de manifiesto en las catástrofes con pérdidas humanas. Los familiares de las víctimas luchan lo indecible por recuperar algo de sus restos, como si cualquier parte mínima e irreconocible de un cuerpo fuera depósito de su entera personalidad. Se ve en la búsqueda de los enterramientos innominados de la guerra civil, como si la memoria necesitara el soporte de un hueso para sobrevivir.

Uno comparte las buenas intenciones de tal iniciativa, pero desde que vio restos de sus antepasados y constató lo poquito en lo que nos quedamos, pasa de necrofilias. Ningún cadáver es persona, verdad de Perogrullo que muchos no comparten. Algunos incluso reprochan a la familia del fusilado más famoso de la guerra civil que hayan negado su permiso para localizar sus huesos en barranco de Víznar. ¿Acaso esperan que éstos reciten el Romancero gitano con el encanto y la gracia de Federico García Lorca? Tanto si se es creyente como si se es agnóstico se entiende mal el fetichismo por los muertos. Lo que vale de ellos fue, y sólo podrá seguir siéndolo en la dignidad de su recuerdo, no el relicario donde se albergue una taba de su osamenta.

Además de la exacerbación del símbolo, el Duende piensa que a esa sobrevaloración del cuerpo muerto contribuye mucho el esplendor de la llamada medicina legal. Gracias a los avances de sus análisis, un pellizco de la momia de Tutankamón nos cuenta ahora qué enfermedades padeció, de qué murió, en qué época, lo que había merendado aquella tarde y si era hincha del Atlético Tebano o del Menfis F.C. Por razones parecidas se conservan por ahí el cerebro de Einstein, algún despiece de Beethoven y hasta el pene de Napoleón, como si en ellos radicara el secreto de su talento o de su megalomanía. Gerald Brennan cuenta en su biografía de san Juan de la Cruz cómo a su muerte se troceó y fue repartida en mínimas partes una de sus piernas. Si uno piensa que eso puede transmitirle la gracia santificante o la inspiración del autor del Cántico espiritual no es que tenga la fe del creyente, sino la sinrazón del ignorante.

Por uno u otro motivo, parece que está moda desvelar impúdicamente el sueño de los muertos. Feo, feo. No sabe el Duende qué interés científico puede seguir despertando la momia del pobre Tutankamón para seguir hurgando en ella. A él le fascinó la historia de su descubrimiento por Howard Carter, magníficamente contada por C.W.Ceram en uno de esos libros que uno devora en su juventud: Dioses, tumbas, sabios se llamaba. Supimos mucho del faraón niño y su época gracias al estudio de lo que se halló en su tumba. Y quizás aún se pueda conocer más desmenuzando sus restos, pero al romántico ya no le interesa tanto detalle. El legendario Egipto está enterrado en la historia, y sus muertos ya ni siquiera son arma arrojadiza con fines políticos, como otros que desdichadamente lloramos aquí. Conservemos el mito. Y a ver si dejamos descansar en paz a la momia de Tutankamón, que ya vale.


Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Mis servicios:

El mejor regalo a un ser querido

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 624,354 hits