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El coche de tus sueños

Echas de menos  aquellos coches a los que podías subir sin arrugarte y ver el paisaje desde una cierta altura...

Echas de menos aquellos coches a los que podías subir sin arrugarte y ver el paisaje desde una cierta altura…

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Sabed que soy de aquel tiempo en que los coches de verdad olían a gasolina y al cuero de sus asientos, y en que los de juguete eran de hojalata y colgaban del techo de las cacharrerías o de los tenderetes de feria –se te ocurre escribir para algún capítulo de la autobiografía que nunca llegarás a publicar. Hubieras podido añadir que te fascinaban los automóviles porque en tu casa no había de eso, eran lo más fantástico que soñabas entonces, y sin embargo pasabas días, y a veces semanas, sin montar en uno de ellos. Los veías por la Castellana, en las películas y en unos anuncios de los viejos ejemplares del National Geographic Magazine que te entretenían cuando guardabas cama por culpa de las anginas. Los Hispano Suiza, los Cadillac, los Packhard, los Dion Bouton, los Peugeot, los Buick. Aquellos modelos parecían que sólo podían ser propiedad de Gary Cooper, del Duque de Windsor, de Manolete o de gente así.

No teníais coche en casa, cierto, pero en los veranos de Arenas de san Pedro, tu padre contrataba el taxi del Agustinillo lo atiborraba de familia y de cestas de merienda y este os subía por el Puerto del Pico para llevaros de excursión a los pinares de Navarredonda o, por el contrario os bajaba hasta el Monte el Rincón para bañaros en el Tiétar. El Agustinillo era gordo, y tenía un Ford de color beige con los guardabarros pintados de negro, ruedas de radios y trasportines desplegables, para que en él cupieran casi tribus enteras. Después de comer la consabida tortilla y los filetes empanados, mientras tú merodeabas por los arenales del río buscando galápagos, el Agustinillo abría las puertas delanteras de su Ford para crear corriente y dormía la siesta despechugado y con el pie izquierdo apoyado en el estribo de coche, sobre el que descansaba la rueda de repuesto. Debían zumbar las moscas, pero no las recuerdas.

Sí recuerdas en cambio que al regreso, ya de noche, mientras aquel viejo coche de la década de los treinta vibraba y parecía desguazarse a cada bache siguiendo las infinitas curvas ascendentes o descendentes, según la ruta elegida, tú mirabas por la ventanilla a las estrellas y éstas te seguían, como si también se hubieran apuntado a la excursión. Qué emocionante. Muchas carreteras ni siquiera estaban asfaltadas. Al acabar el viaje te gustaba pasar el dedo por las manecillas de las puertas y recogías el polvo que se acumulaba en ellas. Era polvo del mismo color que el beige de la pintura, y es que el Agustinillo era muy sabio y debía de pensar que así se ahorraba en lavados.

El coche, ese sueño que te trasplantaba de la ciudad al campo en un ratito, te cambiaba la vida. No reparabas en muchos más detalles, aunque luego, de tanto mirarlo, te inspirabas en su silueta, en su calandra y en los tapacubos para ponerle cara. El pequeño Renault 4/4nada que ver con lo que ahora se llama todo terreno- era sonriente, aunque a veces se te antojaba una viejita. El Peugeot y el Wolksvagen, del que entonces sólo se conocía el escarabajo, tenían aspecto más severo, incluso triste. Los grandes modelos norteamericanos con sus espectaculares maleteros y alerones evocaban esplendor, comodidad, poderío. Lo que luego se llamaría el factor imagen.

-Quiero un coche muy güeno –era fama que pedían los toreros convertidos en figuras millonarias- El mejor que haiga.

Y con el mote de haigas se quedaron esos cochazos cuyos últimos vestigios aún ruedan, como fantasmas de otro tiempo, por la isla de Cuba.

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Comprabas un desideratum que se llamaba coche, y no necesitabas saber mucho más. Si tenía motor, ruedas, volante y asientos, ya habías ganado licencia para el sueño, y billete para la aventura de hacer caminos, descubrir paisajes y evadirte. Luego la industria evolucionó, los coches se sofisticaron y a ti, que permanecías en la infancia del automóvil, te complicaron la vida.

Lo has notado ahora, en que después de casi catorce años con el mismo modelo debes pensar en el cambio. Cada vez te cuesta más girar el cuello para aparcar casi cinco metros de carrocería. Los coches, incluso los pequeños, son cada vez más grandes, mientras que los garajes y aparcamientos se reducen progresivamente. Cada día se te hace más penoso sentarte al volante, porque antes subías al coche, pero ahora tienes que agacharte para entrar en él como si bajaras a un sótano. Para tu espalda dolorida y tus tranquila manera de conducir, lo ideal era un coche como los viejos taxis de Londres, cambio automático que te de menos trabajo, velocidad de crucero que te permita ver el paisaje y leer todas las señales y pocos mandos y botones que no te compliquen la vida. Imposible. Ahora todos los coches están llenos de cosas que no entiendes ni te interesan, y te hablan de siglas, controles TCS y ESP, detectores, par motor, luces led, cristales tintados, anclajes Isofix y Top Tether, lector de MP3, equipo de audio con conexiones USB y Aux, airbags – como si no pensaras más que en estrellarte- y retrovisores calefactables. Por cierto…¿para qué carajo quieren calefacción los retrovisores? ¿Significa eso que también tienes que activarla tú? Claro que es casi peor lo de ordenador a bordo…

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Te gustaría poner de moda la teoría de la prescindibilidad, el minimalismo, la simplificación como método. La cruda realidad es sin embargo que el signo de los tiempos no va contigo. En lugar de tanto refunfuñar, deberías leer e informarte de lo buenos que son ahora los diseñadores de coches, que los hacen –dicen- cada vez más atractivos. Lástima que ya seas demasiado viejo para cambiar, y que al final te vayas a conformar con cualquier antigualla que te lleve de aquí para allá sin demasiadas humillaciones. Eso sí, por si a alguien le interesa poner epitafio cuando hayas hecho el último viaje, allá va una idea: “Murió feliz, porque no tuvo que leer instrucciones”

El Duende de verano (7) Este sí es país para árboles

Podría recordarse a Dunkeld por su catedral, pero cualquiera que pasee por el bosque que la rodea se quedará sin duda con el recuerdo de sus árboles gigantescos...

1.Los árboles monumentales

El Duende siempre estuvo muy contento de su tío Augusto. Sólo coincidieron en este mundo cinco meses, por lo que apenas tuvieron tiempo para conversar, pero heredó de él algo de extravagancia y parte de su espíritu curioso y juguetón. También  un legado de libros que le entretenían cuando guardaba largos días de anginas en la cama. Cosas de aquel tiempo sin televisión.

El tío Augusto Gil Lletget se dedicaba a algo tan singular en su tiempo como la ornitología, y mantuvo durante toda su vida la inquietud del intelectual. En su biblioteca, además de los libros propios de un zoólogo, había muchos ejemplares antiguos del National Geographic Magazine, que este bloguero devoraba sin entender ni una palabra de inglés. Correspondían a revistas de los años veinte y treinta, impresas  con una extraordinaria calidad en blanco y negro y en un papel couché  con el tacto del estuco.

-Toma, niño-le decían cuando se los llevaban a la cama donde apacentaba a la fiebre- Mira los santos.

Entonces, ver las imágenes de los libros era mirar los santos. Como si no se pudiera imaginar que hubiera oro tipo de ilustraciones.

De aquellos maravillosos NGM  el Duende admiraba hasta los anuncios, generalmente de lujosos automóviles Cadillac descapotables  o Ford con ahítepudras en los que viajaban parejas vestidas como Ronald Colman y Greta Garbo. Todo lo que ofrecían aquellas publicaciones parecía lujo, exotismo y aventura. Y en una de ellas vio el sobrino del ornitólogo una foto que se le quedó grabada para siempre. Correspondía a una gigantesca sequoia de uno de los grandes parques norteamericanos (¿Yosemite? ¿Yellowstone?) a través de cuyo tronco se había horadado un túnel por el que pasaba un automóvil de la época.

Al Duende ya le parecían grandes los árboles del Retiro, así que aquella visión le dejó con los ojos como platos. Y desde entonces se emociona cuando ve árboles monumentales en lo que podrían anidar todos los pájaros que estudió su tío Augusto. Definitivamente, hay por el mundo árboles que parecen universos. Su espeso ramaje invita ser ardilla para ver desde lo más alto las puestas de sol y dialogar de cerca con las primeras estrellas. Y muchos de estos árboles crecen en la contornada de un delicioso pueblecito de Pertshire llamado Dunkeld.

2. El paisaje que eligen los cuentos y las películas

El camino que hizo el viajero desde Killin a Dunkeld permanecerá como uno de los recorridos más bellos y agradables que recuerda. Fue una plácida inmersión en esa naturaleza verde, frondosa y tranquila que los paisajistas escoceses del siglo XIX reflejaban tan precisamente en sus cuadros. La preciosa carretera bordea lagos y atraviesa puentes sobre ríos que el español mesetario no puede menos que  envidiar sanamente. Prados con vacas y caballos pastando plácidamente, ovejas de esas que parecen llevar leotardos negros. Algún corzo. Bosques espesos. Árboles aislados abriendo sus ramas como ángeles protectores de las laderas de hierba.  Y las casas esas siempre tan clásicas y acopladas al paisaje que las niñas llaman casitas. De nuevo el misterio: ¿dónde ponen y cómo camuflan los escoceses los talleres, las fábricas y esos horribles almacenes agrícolas o industriales que uno encuentra a la entrada de cualquier pueblo español que se precie? En esos lugares de Escocia el paisaje es postal, cuento o película. Aún se adivina por ahí el espíritu de una heroína de Jane Austen paseando en coche de caballos.

3. El duque que también amaba a los árboles

Tal `parece también el diminuto pueblo deDunkeld,  feudo que fue de los duques  de Atholl, unos nobles que a tenor de su legado arquitectónico y ambiental  de verdad que imprimieron carácter.

Dunkeld es un coqueto caserío trazado en el siglo XVIII junto al espléndido río Tay. Alberga además una catedral que hunde sus raíces en la edad media, unos bonitos parques, una fuente muy historiada y repleta de símbolos masónicos que regaló el duque de turno en el siglo XIX para llevar agua potable al pueblo, tres o cuatro hoteles –uno de ellos, el Hilton, en un emplazamiento de ensueño- y un asombroso bosque con hayas, sequoias, pinsapos, abetos, robles y fresnos como para albergar a todas las leyendas misteriosas que a uno le han contado a lo largo de su vida.

Claro es que un paraíso así no se improvisa: un cartel primorosamente enmarcado en madera del bosque advierte al turista de que en el siglo XVIII el duque de Atholl del momento sembró en la comarca nada menos que diez  millones de larches, que es como inglés se llama a los alerces. Tres siglos después muchos sobreviven como cíclopes del bosque, frente a los que el observador se convierte en poco menos que un liliputiense. Bajo uno de ellos tocaba Niel Gow, el mejo violinista escocés de la época. Una senda botánica cuidadosamente marcada así lo recuerda: Paseo del Violinista, dice el cartel. No es lo más impresionante que se puede ver por el mundo, pero, definitivamente, qué placer tan especial siente el duende viajero cuando transita por  estos insignificantes recovecos de la historia.

Viva Franco

Los hijos de los parados de toda España agradecen que venga quien sea a dar un puesto de trabajo a sus padres...

Hola, soy Juanita, y mi papá es un  parado. Casi todos los días está triste, porque dice que el mundo es injusto con él. No tiene trabajo, le pagan poco por ser parado, y en casa apenas tenemos para comer. Mamá también está de los nervios.

Esteban es un compañero de Papá, y también está parado. Casi todos los días viene a casa, y hablan un poco de política y esas cosas, y a veces toman un tinto de verano. Normalmente están enfadados. Con el gobierno, porque dicen que no tiene huevos, con la oposición, porque dicen que van contra los obreros, con Angela Merkel, por lo de los pepinos, y sobe todo contra los empresarios, que sólo quieren ganar dinero. También están mosqueados con algunos periodistas y con Esperanza Aguirre. Yo no se quién es esa, pero por lo que cuentan debe de ser una mezcla entre Cruela de Vile y  la madrastra de Blancanieves.

Pero hoy Esteban estaba más contento. Traía un periódico, y se lo ha enseñado a mi padre, y el periódico decía que Zapatero quiere sacar a Franco del Valle de los Caídos. Yo no se quién es Franco, no tengo ni idea. Se que antes tenía calles y estatuas, como los Reyes Católicos y todos esos antiguos, pero no se quién es. Tampoco se muy bien qué es ese Valle, aunque mi amiga Pepi dice que es un sitio donde van muchos turistas y hacen fotos.

Pero sin embargo, ya digo, Esteban estaba encantado, y Papá pues qué se yo, se encogió de hombros al saber la noticia, dijo algo así como bueno, vale, ya veremos, y le sirvió a Esteban un vasito de tinto de verano. Yo la verdad es que podría no saber qué pasa, pero como soy una niña muy lista creo que sí se lo que pasa.

A ver, si Zapatero, que es el que manda en España, está sufriendo porque en España estamos muy pobres y hay muchos parados como Papá, y cree que hay que sacar a Franco del Valle de los Caídos, es porque este señor que no se quién es no pinta nada allí, y quieren que vuelva  porque va a acabar con la miseria. Fíjate, Esteban también estaba contento porque,  según el periódico,FORD, que es una empresa de coches, va a invertir muchos millones y va a crear puestos de trabajo como el que necesita Papá. O sea, que Franco, que no se quien es, a lo mejor es un empresario rico y bueno que viene a arreglar esto, el salvador de España. Algo así, seguro, porque además dice Esteban que van a cambiarlo hasta en las enciclopedias, para que las enciclopedias cuenten de él la verdad. Y la verdad es que debe de ser buenísimo, porque si gracias a él Papá deja el paro y vuelve a trabajar, buenísimo tiene que ser.

¿Cómo no se le habrá ocurrido antes al presidente el sacarlo de ese valle?…Pues eso, hoy voy a dar un beso a  Papá porque ya no va a ser más parado, y también le voy a dar las gracias a Zapataro. Y luego voy a pintar con un rotulador ¡Viva Franco!  en mi camiseta de Hello Kitty, me la voy a poner y me iré tan contenta al cole.


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