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Dios, probablemente…

¿No será una pura operación publicitaria?

¿No será una pura operación publicitaria?

La tía Clota volvió a llamar a Homper desde su casa de Vermont. Creía que el aeropuerto de Barajas era la estepa siberiana, y que  su sobrino no podía salir del igloo en el que se había convertido su pequeño chalet. Lo imaginaba aislado por la nieve.

-¿Qué pasa, Hom, qué pasa?-le decía asustada-las radios españolas no hablan de otra cosa que la nevada sobre Madrid. ¿Tan grave ha sido?…¿Tan torpes son las autoridades?

Homper le quitó importancia. Lo del aeropuerto era un carajal, cierto –algunos periódicos lo llamaban barajal- pero lo de cargar contra la ministra no era nuevo.

-Recuerda lo que se decían los agricultores en tiempos de Franco-bromeó Homper-Los tres enemigos más peligrosos del campo son, en primer lugar la sequía, en segundo lugar el pedrisco y en tercer lugar el propio ministro….

La tía Clota se echó a reir.
<-Se llamaba Cirilo Cánovas, ya recuerdo…Pero ésta de la cosa del tiempo y de los aeropuertos es mujer…Pobre, cómo la están poniendo. Yo rezo por ella, porque me da mucha lástima…¿Se meterían con ella igual si fuera hombre?…

La tía Clota rezaba por casi todo. Después del frío polar que afligía a España, su gran preocupación era que los autobuses urbanos pasearan con un anuncio que decía PROBABLEMENTE DIOS NO EXISTE. DISFRUTA DE LA VIDA. Eso era para ella el quinto jinete del Apocalipsis campando por las calles de las ciudades españolas.

-Hijo, mío, Hom –exclamó alarmada-¿Qué va a ser de vosotros?…

La tía Clota describía ese autobús diabólico como un infierno rodante conducido por un demonio clorado con cuernos y barbas de chivo. Y no ocultaba su desazón imaginando que su único sobrino fuera engullido por el ateísmo al abismo de la condenación eterna.

-Tranquila, tía, no será para tanto-ironizó Homper- Verás…La gente no es tonta, y desde que tenemos al presidente Zapatero sabe del valor tan relativo de la expresión probablemente. Él afirmó que probablemente en 2008 seríamos campeones de la economía mundial, y gozaríamos del pleno empleo. Y ahora dice que probablemente en el segundo semestre remontaremos la crisis. Probablemente…¡Je!…

<-No te entiendo, Hom-farfulló la tía Clota al otro lado del teléfono.

-Está claro, tía. Se ha devaluado tanto este adverbio que la gente lo interpreta en sentido contrario al posibilista. Y ya cree que significa simplemente no. No, no, ni de coña. Y ya sabes, tía: dos negaciones equivalen a una afirmación…Lo que el autobús viene a decir, más o menos, es que no es cierto que Dios no exista. Luego afirma que Dios existe…

La tía Clota guardó silencio unos segundos. Homper no lo advirtió, pero es que estaba consultando el diccionario.

-No me digas pamplinas, hijo…Aquí dice con verosimilitud o fundada apariencia de verdad…Esos autobuses os quieren convertir a todos en unos ateazos, no lo dudes…Y a mí ya no me va a quedar tiempo para rezar por tantas salvaciones, te lo aseguro.

Y se echó a llorar.

Homper rebobinó entonces y cambió de argumento para intentar consolarla. Le dijo que no se recordaba en el mundo a nadie que conociera nadie que conociera a nadie que hubiera reproducido un mensaje publicitario plasmado en la carrocería de un autobús urbano. Quizás alguna marca o algún logotipo, pero ni uno solo mensaje. Y, conociendo la debilidad de su tía por las historias románticas, le contó que Karl Otto, el hijo del gran Duque Archibaldo de Pomerania, se quedó prendado de la dueña de un salón de te que se llamaba Franziska. Incapaz de declararle su amor por su extraordinaria timidez, contrató la publicidad de la línea de tranvías de mulas que circulaba por delante del salón de te para pasear un llamativo anuncio que decía así: Ich liebe dich, (te amo) Franziska. Firmando con sus iniciales K.O. El hijo del gran duque esperó pacientemente la respuesta de la distinguida dama, pero dos años después, aburrido y preocupado por la bancarrota a la que le conducía ese amor no correspondido, le envió un mancebo con un mensaje verbal muy claro.

-Que dice Karl Otto, el hijo del gran Duque Archibaldo, que hace dos años estaba usted buenísima, y se quería casar con usted. Pero como la publicidad en los tranvías no la lee nadie, se ha casado con su prima Gunilda, que es muy fea, pero al menos tiene tierras y castillos.

La tía Clota se rió. A decir verdad, no estaba absolutamente segura de que su Dios existiera, pero al menos quedó convencida de que la gente pasa de lo que cuentan los autobuses.

Superespe

esperanza
Paco Umbral, como buen genio o, como poco, ingenio, era bastante vitriólico con lo que él llamaba la derechona. Sin embargo siempre trató con admiración no exenta de cariño a Esperanza Aguirre. Quizás porque aunque la presidenta de la Comunidad de Madrid es de las que jamás oculta su pedigrí conservador -ella prefiere subrayar que es, ante todo, liberal- resulta poco rentable ser su enemigo.

Esperanza es una señorita con alma de luchadora, una currante infatigable y una populista con encanto. Es condesa consorte y juega al golf muy bien, sin ocultar esos detalles que otros preferirían mantener ocultos en su biografía. Y eso cala en el personal. A bastantes vecinos de los bloques de Los Arándanos que hay repartidos por España, la Espe les parece más del pueblo que mucho doctrinarios progresistas   Quizás porque en estos tiempos de camaleonismo, sensibilidades poliédricas e híbridos ideológicos, ella olvida el lenguaje políticamente correcto y se produce con la misma espontaneidad que la verdulera del mercado. Sabe lo que sabe y nunca se ha afanado por aparentar más ni engañar a nadie.

-Dime, querido espejito-dialoga a veces desde su coqueta- ¿Quién es más presidenciable?…¿Esperancita o el …… de Gallardón?

Y el espejito, que es muy cauto con los pareados comprometidos, despacha la consulta como buenamente puede.

-Tú eres la más querida, sin duda. Pero ya lo dirá el partido, hija…Que bastante suerte vas teniendo hasta ahora…

A Esperanza le pudo matar un helicóptero díscolo, y ayer quisieron cebarse en ella unos de esos descarriados que no creen en la Alianza de Civilizaciones. Sin embargo la fortuna le hizo un nuevo guiño, y volvió a salir ilesa. Lo suyo no es la baraka que según los moros protegía a Franco, pero sí un blindaje especial que el destino presta a quien se lo trabaja. Esperanza Aguirre es de esos políticos que, aún pudiendo vivir estupendamente, se desvive por algo en lo que cree, y que le quita el tiempo para otros empeños placenteros

Bien se merece Superespe ese plus de suerte que la acompaña. Aunque Umbral tenga que seguir esperando para piropearla en directo, este duende, entre otros muchos, respira aliviado y contento.

Esperando al carbonero

 Preocupa al Duende que cada vez pasa más de los periódicos, tan necesarios antes en el desayuno como lo era el café. Ambos le son `prescindibles ahora, si bien ha de confesar que casi más aquéllos. El café aún no lo sirve internet, mientras que lo sustancial de la prensa se picotea en una pasada por la red. Cuando lo hace, ya ha escuchado el Duende los informativos de la radio que resumen la jornada. Así que con esa ventaja, juega apostando consigo mismo cómo serán los titulares de los periódicos que leería si se acercara al kiosco. El vaso medio lleno o medio vacío. El color del cristal con que se mira. Pregunto, como Jardiel acerca de las once mil vírgenes: ¿pero de verdad hubo alguna vez algún periódico o cualquier otro medio de verdad objetivo e independiente? No juzgues y no serás juzgado: el mismo Duende duda de que él lo sea.

Todos leemos o escuchamos para encontrar a alguien que nos de la razón. Uno era adicto a la información desde que España despertó de su larga siesta, hubo algo de libertad de prensa y en lugar del general Franco habló el equipo médico habitual. Esa afición está bien, no hay nada criticable en ello. A la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía  le parecerá incluso recomendable. Lo malo es pensar lo que le hubiera enriquecido a una esa lectura aplicada  a otra materia. Lo que se llevaron, por ejemplo, el caso Matesa, la Platajunta, la llamada Operación RocaSofico, el yerno de Franco, el Watergate, la bomba de Palomares, las caras de Bélmez, la muerte de Paquirri, la descomposición de la vieja Yugoeslavia y el papa Clemente del Palmar de Troya. ¿Cuántas líneas dedicará a esos acontecimientos o personajes el gran libro de la historia?. Nunca fue tan volátil todo lo que es permanente, ni tan meteórico lo que siempre fue efímero. Valdría más leerse un resumen de prensa de cada década y dedicarse a lo que siempre se dice haber leído y nunca se leyó. El Duende tiene en espera los Episodios Nacionales, la segunda mitad del Ulises y Rayuela, entre otras muchas lagunas. En cambio, y consciente de que tempus fugit y de que ni los calzoncillos de Beckham ni las bravuconadas de Chávez serán nada mañana, compensa esas deficiencias llevando a menudo al cuarto de baño la Enciclopedia Británica. Siempre le acusaron de lentitud en ciertos trances, pero no todo el mundo sabe que esa obra es muy entretenida, refresca el inglés y sus tomos, magníficamente encuadernados e impresos en papel biblia, quedan perfectamente abiertos sin necesidad de sujetarlos por la página que se lee. Por lo demás, todo lleva su tiempo.

En el resumen de esta primera década del siglo veintiuno estará, sin duda, la alarma que está provocando el agotamiento de las materias primas y el cambio climático. Sobre esto, dos botones de muestra, de distinto color, obviamente. El viernes, se si en ONDA CERO o en PUNTO RADIO- un tertuliano se burlaba del reciclaje de papel, porque, según él, el aumento del consumo de esta materia prima se neutraliza plantando más árboles. Ayer, en EL PAÍS, avanzaban algunos inquietantes datos contrastados: la temperatura media del Mediterráneo ya ha aumentado medio grado, y el nivel de sus aguas, ocho centímetros. Los conservadores alarman sobre la economía. Los progresistas, cambian ese prosaico jinete del moderno Apocalipsis por el del cambio climático. Un sinvivir.

Y entre un desasosiego u otro, aprovechando que no se si gracias a o por culpa de ese cambio estábamos a diecinueve grados, el Duende y su nieta colgaban de un cerezo una casita nido que les trajeron los Reyes. Dentro pusieron trigo y salvado, porque cualquier día de éstos aparecerá el carbonero, un pequeño pájaro de color azul y amarillo que es el más madrugador de los que anidan alrededor de la casa. Y no quisieran que el encantador pajarillo perdiera la costumbre de  criar aqui por un quítame allá esa desidia medioambiental. ¿O va a saber el carbonero que en España incumplimos en un treinta y cinco por ciento el Protocolo de Kioto?

Una tomadura de cabello

A esa especie de ovillo de hilo de azúcar enrollado en torno a un palito que vendían antes en las ferias -verdad es que hace tiempo que no lo veo- le llamaban barba de papa. Le hacía gracia al Duende tal nombre. Cree que es muy risueña la metáfora inocente que evoca esa especie de nube dulce. Aquella barba, o nube, se engullía fácilmente, pues, como casi todas  ellas, contiene sobre todo aire. Más tarde descubríó el Duende a un elefantito de comic infantil que se llamaba Barbapapá. Y los tres conceptos, la barba, la nube y el  elefantito de mentirijillas juegan en su imaginación como las tres bolas que el malabarista hace circular entre sus manos. Son  postit amables que quedan en el blanco de la memoria. Bromas de los fabricantes de golosinas que, cosidos a un tropo chispeante, provocan una sonrisa.

No le pasa lo mismo al Duende con el cabello de ángel. Y bien que lo siente por nuestro amigo Bob de C´as Barber, pues buena parte de las grandes ensaimadas que compra el turista en sus islas vienen preñadas de él. Del cabello, no de Bob, obviamente. Y es una pena, porque la masa de la ensaimada mallorquina es una gloria, tan sólo estropeada por la presencia de esa capilaridad alada que maldita la falta que hace ahí. Así como el que bautizó a la barba de papa le parece a uno un tipo ingenioso, del que consagró esa pastorra dulce de calabaza como cabello angélico sólo puede decir que es un cursi. Comprendo que es duro decirlo así, pero este blog no puede poner paños calientes eternamente a desafueros de leso buen gusto. Y el cabello de ángel es eso: un ataque al buen gusto. Y lo siento, Bob, porque dulsesito dulsesito no lo hay más.

Lo peor es que no sólo es cursi el nombre del cabello de ángel, sino el propio dulce. A un ministro de hacienda de Franco que se llamaba Cabello de Alba, el Duende le dijo siempre Pelo de Madrugada. Aunque es difícil amar a un ministro de hacienda, y menos de Franco, el Duende creía que con esas palabras le llamaba con más propiedad que diciendo su apellido original, pues quizás el hombre no merecía tanta cursilería. Por el cabello de ángel no puede tener tal consideración: para el cabello, está el pelo, pero un ángel sólo puede ser ángel.

No se habla nunca de eso, pero  creo que entre los derechos humanos debía de estar el  de que cada quisque pudiera crear su propio infierno. Del mismo modo que en el infierno de una película de Woody Allen  arrastraba su cadena el inventor de los muebles de metacrilato -con bastante razón, por cierto-, en el infierno del Duende purgan sus pecados los inventores del cabello de ángel. También los fabricantes de los bombones de licor, sobre todo si son  de esos rellenos de Calisay.

Y siente el Duende ponerse tan iconoclasta. Pero había que escapar del empalago que estragaba a este blog después de casi un mes de dulce, larga y casi interminable Navidad.

Y mañana a currar, que se acabó la fiesta.

De regalos y otros homenajes de reyes

 Se adelantó en un día a los tres colegas de reinado más largo de la historia, y vio la luz en Roma hace ahora setenta años. Su etapa debe de ser ya de las más largas en nuestra agitada historia. A muchos, cuando Franco le dio el visto bueno, les parecía tonto. Pero él conocía sus limitaciones y asimiló bien las reglas del juego. Teniendo en cuenta que antaño un monarca era un dios, don Juan Carlos ha dado muestras de ser mortal. Con sus flaquezas y debilidades. También con su s aciertos, y su corazoncito.

Cada día que pasa su estampa se parece más a los retratos que Goya pintó de sus antepasados, fundamentalmente de Carlos IV y Fernando VII. La mirada azul, la color sonrosada, la papada y los mofletes de los borbones. Los españoles esperan, estamos seguros de ello, que las similitudes se quedarán en los rasgos físicos: marchemos todos, y vuestra majestad el primero, por la senda constitucional. Y, si no le sirve de molestia,   tenga la bondad de no caer jamás en lo que hizo indeseable a vuestro antepasado Fernando el Deseado.

 Después de su annus horribilis, le sorprende al Duende la lluvia de elogios que  el rey recibe con motivo de su setenta cumpleaños. Sobre todo los que proceden de sectores tradicionalmente republicanos. Se han escuchado impresiones de Carrillo, de Alfonso Guerra, del cantautor Víctor Manuel, de la actriz María Galiana, de Adolfo Domínguez, de Méndez y Fidalgo, los sindicalistas. Sutiles ditirambos: como si el rey fuera un regalo de reyes para todos. Si el presidente Azaña los hubiera escuchado, habría sufrido un ataque de pelusa. Desde la Declaración  de los Derechos Humanos la monarquía no se tiene de pie en un mundo razonable. Pero quizás don Juan Carlos es más que un rey. Su importancia, entre bromas y veras, la subraya la falsa reina Isabel de Inglaterra que, de la mano de James Loyalrock -Jaime Peñafiel fuera de la corte de San Jaime- dialoga con el Duende en la radio. Lo grande es estar en los sellos, en las monedas, en las tazas de te, en los posavasos, en las cajas de bombones y en otros souvenires. Los reyes españoles son más comedidos, y no practican el exhibicionismo del merchandising desatado, pero también son símbolo. Y gracias a su sonrisa, su oficio y su buena planta -quizás también al famoso por qué no te callas- España es conocida en todo el mundo y cae bien en buena parte de él. El Duende sabe que lo suyo es elegir al jefe del estado, pero está encantado de que el rey  de España le quite ese cuidado. Por muchos años: otros que sí elegimos en las urnas nos han dado mucho peor resultado.

Pero estos asuntos de reyes no lo son todo en estos días. Ayer hubiera cumplido ciento un año la madre del Duende. Fue una mujer brava, como casi todas las de su tiempo, y le parió sin sobreesfuerzo alguno a los cuarenta años. Aún vendría otra hija, bien conocida en este blog, seis años después. Y qué pensaría al ver a su hijo convertido  ahora en un estilita del mundo digital: meditando casi todos los días, lucubrando naderías, elucidando disparates, barajando recuerdos.

 Otro cuatro de enero nació Ramón Garrigues Calderón, sobrino querido que hoy es un orondo arquitecto casado con Paz,  y padre de una criatura  bautizada como Javier Ramón, y conocida como Jamón, nombre de fusión muy propio para una familia de infalible apetito que nos gusta a todos. Y creo que un año antes llegaron Borja y Álvaro, unos parientes gemelos a los que el Duende regaló por nacer un par de orinales con cabeza de patito, porque uno no recuerda cómo aprendió ciertos menesteres, pero cuánto mejor sentarse a evacuar con la ilusión de montar en tiovivo que con la penosa sensación de ir al paritorio. Es una idea de última hora para los que aún no sepan elegir un original (u orinal) regalo de reyes.

Y se deja el Duende el asunto del roscón. Pero le está esperando uno recién salido del horno, así que de eso hablaremos mañana. Entretanto ¡vivan los Reyes Magos!

El momento estelar de James Loyalrock

 Si hay algo de lo que el Duende esté encantado es del descubrimiento de Leopoldo Calvo Sotelo como humorista. No era precisamente la alegría de la huerta, pero para eso está la magia de la radio. ¿Se acuerdan del Poldo Mix? Comienza el chiste, acaba el chiste, ja, ja,  ja, y en qué estriba la gracia. Pues la gracia estriba en…Más que humor, era surrealismo. Nunca se rió tanto en directo el Duende como cuando  Suárez -lamentablemente retirado de nuestro elenco por razones obvias- y luego el Coqui, representante de artistas, ayudaban con sus interrupciones a convertir un chiste malo en un delirium tremens. Tanto el Capi como el Duende tienen vida por separado, pero este tipo de momentos felices precisa de los dos. Esperemos que vuelvan, y no sólo a La Carcajoda.

Con el ínclito Jaime Peñafiel, especialista en periodismo de alta alcurnia y máximo pontífice en materia de casas reales, se ha seguido un proceso parecido. Jaime Peñafiel -como en su tiempo Jesús Gil- es de las imitaciones elementales que cualquier duende debe llevar en su chistera. La mayoría creíamos, quizás equivocadamente, que a Jaime le privaba la bambolla y codearse con la realeza, pero de un tiempo a esta parte su pluma azucarada y ligera se amargó y se hizo sospechosamente incisiva. Especialmente hacia la casa real con la que siempre había estado a partir un piñón. Dicen que Peñafiel sufrió un serio desengaño personal con la reina Sofía, que podría justificar su distanciamiento. Lamentablemente, ésto coincidió con el fracaso de su aventura en La Revista -¡aquéllas fotos de la agonía de Franco que le filtró Villaverde!- y su campaña personal contra el HOLA y Eduardo Sánchez Junco. Este aún debe estar riéndose de quien tanto le ha despreciado. Porque lo cierto es que su revista sigue vendiendo divinamente sin firmas ilustres como la del locuaz granadino. Que, erre que erre, le sigue ninguneando, como si ser el hijo de Sánchez fuera un desdoro.

No le gustaría al Duende que se lo pareciera James Loyalrock, nombre con el que le hemos rebautizado en la radio por su amistad con otras cortes. Especialmente con la de San Jaime, que esa sí que es fetén. Tan bien se mueve James en Buckingham Palace, y tanto cariño dice haberle tomado la reina Isabel, que su graciosa majestad, aparte de haber britanizado su nombre,  le llama a dos por tres para hacerle confidencias. La gente, ignorante, cree que ella es como una esfinge, pero en el fondo es tan cálida y cercana como cualquier mujer. Resulta difícil de creer, pero Loyalrock apuntala su tesis con datos que avalan su intimidad con la soberana. Ella dice que el Duque de Edimurgo ha sido un excelente esposo, pero lo cortés no quita lo valiente: ronca como un sargento furriel y alrededor de la taza del WC deja pipi’s drops, como cualquier hombre.

Por unas u otras causas, Jaime Peñafiel vive un momento estelar. Hace unos días publicaba en EL MUNDO una carta abierta al Rey aplaudiendo su actuación en la Cumbre Iberoamericana. Qué grandeza, con lo repuplicanote que se sentía últimamente.  Además, las televisiones se lo disputan por su prestancia y su chismorreo de  altura. Y su alter ego, Loyalrock, además de ser tan amigo de Isabel II como lo fue Esssex de la primera, sigue levantando exclusivas que son el pasmo de Occidente. Podría argumentarse que esto último es una mentirijilla, pero como decía Oscar Wilde, la naturaleza imita al arte. Y el arte de James, literalmente, no se pué aguantá.  

La castritis oratoria

Fidel Castro

Por si no fuera poco su pecado de lesa democracia, los dictadores son unos pelmas de siete suelas. O se aburren mucho. No de otro modo se explica que, dominando todos los resortes del poder, tengan que largar discursos de hasta diez horas (Fidel Castro) o programas de radio que son maratones de demagogia (Chávez). Y perdón si a un presidente elegido en las urnas le ofende lo de dictador, pero recuerdo a este respecto que Hitler también podría haberse mosqueado por lo mismo.

El general Franco, que según el pensamiento dominante era casi más tiránico que Nerón, Stalin y Pol Pot juntos, fue a este respecto más comedido. No se puede decir que tuviera precisamente la oratoria de Demóstenes. Su voz aflautada, su dicción ceceante y la monotonía de su fraseo aburrían a las ovejas. Pero una vez que repasaba los pantanos, la conspiración judeomasónica y la vigencia de los principios del Movimiento -que eran por su propia esencia intangibles e inalterables- aliñaba y remataba la faena en una hora como mucho. Un suspiro al lado de los masajes dialécticos de Castro.

A menudo, cuando el Duende escucha a los que en una empresa, en una junta de vecinos, o en un comité de la Asociación de Amigos de las Setas de Colmenilla toman la palabra, piensa que quizás todos llevemos un dictador dentro. Al menos en lo que se refiere al abuso de la oratoria. Porque hay que ver lo que nos cuesta hablar bien, en corto y por derecho. La docta doña María, experta en humanidades (todas sus poblemáticas son muy humanas) suele decir de la iglesia católica que su mensaje es impecable, pero que le falla su cuerpo de servicio. Y es verdad: le faltan buenos predicadores. Al párroco de la iglesia donde el Duende canta, se le cronometran homilías de veintidós minutos. La palabra de Cristo es sublime, pero la de sus ministros en la tierra es a menudo tan pobre como la de este menda, que suspendió la mayoría de los exámenes orales de su carrera. Hace falta ser un virtuoso de expresión verbal para mantener la atención del público más allá de diez minutos. A partir de ese momento, hasta al parroquiano más fiel se le queda la fe traspuesta.

Todo esto viene a cuento de que hoy día 18 de octubre el Duende tiene que dar un pregón. Ya les contaré si es capaz de hacer caso a Gracián o confunde cantidad con calidad para acabar sucumbiendo a la castritis oratoria.

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