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Cuba en la habitación de al lado

 

La protagonista de esta historia cuando todavía no tenía claro lo que quería ser en la vida...

La protagonista de esta historia cuando todavía no tenía claro lo que quería ser en la vida…

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Deberías empezar aclarando que no hablas de la isla, aunque algo tenga que ver con ella, sino de una persona querida. Resulta que esa persona nació morenita, como morenita fue toda su vida. Y que por entonces en las panaderías/confiterías de Madrid, aquellas que además de barras de Viena, pistolas y fabiolas despachaban bollería y hasta milhojas, había también una especie de merengues recubiertos por una fina capa de chocolate a los que llamaban cubanitos.

-Mira a la niña, tan morenita, envuelta en su toquilla blanca-debió de decir la pastelera al verla entrar en su tienda en su cochecito de bebé- Si parece un cubanito.

Seguramente lo dijo con la cadencia de un verso de  García Lorca, pues en verdad suena como tal si se recita con los ojos cerrados: mira la niña, tan morenita, envuelta en su toquilla blanca/ si parece un cubanito con la sonrisa escarchada…

Y la niña, que se llamaba Concepción y que estaba destinada a ser una Conchita más, con Cuba se quedó.

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Los motes te sonaban muy elegantes a ti cuando eras niño. En la edad de la inocencia uno crea escalas de valores un tanto extrañas. Tú creías que las muelas de oro, las cicatrices de la vacuna de la viruela en los brazos de mujer, la nuez pronunciada en los hombres y los apodos, por ejemplo, daban mucha categoría. Y no digamos nada el lucir en el anular un sortijón con rubí. Luego resulta que todos estos detalles deslucen la apostura del personal, y que los motes despistan lo suyo. Tienes un amigo al que llaman Gordo y fue toda su vida un mozo espigado y justo de peso, mientras que Cuba no sólo tampoco fue gorda, sino que jamás se pasó de copas. También tienes una hermana pequeña que tú mismo apodaste Camiseta, tal como a sus dos años y con lengua de trapo pronunciaba ella el diminutivo de su nombre de Carmen. La criatura, hoy abuela infatigable de siete nietos, y por razones comprensibles que quizá no vengan al caso, jamás se ha enfundado una prenda como la que oculta su verdadero nombre.

Las apariencias engañan a menudo. Y los motes también.

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Tú acababas de conocer a la hoy madre de tus hijos y Cuba ya estaba estaba allí, en la casa de los que habrían de ser tu suegros, sentada junto al tablero de diseño, vigilando el proyecto  de fin de carrera del hombre con el que quería casarse. Ramón tenía que diseñar una escuela. Dibujaba, borraba y volvía a dibujar, se mesaba la cabellera, enredaba una y otra vez con la regla, la escuadra y el cartabón como si aquello fuera un rompecabezas tan dificultoso como el cubo de Kulbik. Ella quería casarse pronto, y él debía acabar antes la carrera de arquitectura. La chica que heredó su nombre de los cubanitos no se despegaba de su novio.

Tú la descubriste ahí, y te llamó la atención el perfil de su cara, recortado en el ventanal contra el verde de los plátanos que arbolan la Castellana. Aquel perfil sí que estaba perfectamente dibujado, silueteaba a una chica mona, con su nariz pequeña y graciosa y el frunce justo en su labio superior para marcar seriedad y determinación. Porque podría ser de palmito acubanado, que no lo discutes tú, y vestir con mucho encanto y combinando con gracia los colores, pero nunca se perdió en habaneras ni otros sones que embriagan y hacen perder el sentido. Era todo un carácter.

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Como se estilaba entonces entre las chicas bien con posibles, pasó una temporada en Inglaterra, por aquello de aprender inglés. Cuando volvió para atornillarse definitivamente al tablero de dibujo como si fuera el flexo, traía unos jerseys de lana magníficos, marcando estilo. Tú sólo aparecías por aquella casa rondando a Isabel, una de las cinco hermanas de Ramón. Tampoco era Cuba particularmente efusiva, había en su sangre materna algo de esa mujer andaluza tipo Bernarda Alba que juntaba genio y severidad, y le costaba romper en dulzura. Pero recuerdas nítidamente que a su regreso te dio un par de besos, en las mejillas, mua y mua, y que te trajo de regalo una caja de galletas escocesas, de esas con mucha nata, que tanto engordan y tanto te gustan.

-Gracias, Cuba –supones que le dijiste sobreponiéndote a esa cara de gárgola con la que a menudo, sin darte cuenta, también vas tú por la vida.

Te quedaste ligeramente desconcertado. No eras nada de ella. Luego seríais concuñados, que es una relación un tanto extraña, pero entonces sólo empezabas a ser el titiritero de la familia, el animador de saraos y festejos. Desarrollaste con ella una cierta afinidad, aunque sólo fuera porque se desvivía por la estética y el estilo de las cosas, y a tu manera,  tú también empezabas  a huir del feísmo que a menudo impone la vida.

No olvidas que en aquel tiempo, al igual que tu amigo Santiago, seguramente llevabas calcetines marrones.

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 Cuba Calderón fue directora de la revista Nuevo Estilo y más tarde de la Casa de Marie Claire. Cuando se manda en cualquier sitio, y más si se tiene que vender algo tan relativo como el buen gusto, es normal reforzar tu autoridad con un punto de arrogancia. El personal admite que un ilusionista no puede ser como un representante de bayetas Vileda.

Había que pasar por encima del personaje de Cuba para descubrir a su persona. Tú y los tuyos, y  hasta tus nietas, os beneficiasteis de ella, porque en su papel de cuñada, o de tía, o de vecina en el campo, era hospitalaria y generosa,  abría las puertas de su casa a quien pasaba por ahí, y daba de comer la mar de bien. Ponía en la cocina ese toque de buen gusto y de originalidad que le bailaba de la mesilla de noche a sus pendientes, de estos a los jarrones de flores, que acicalaba con tanta gracia, y de ahí a los fogones. Fruto de sus inquietudes fue un recetario que coescribió con Maki Pérez-Planco  en el que repasaba una gran variedad de platos cocinados a partir de ciento veintiun ingredientes. Y consideraba que no había ninguno que mereciese salir a la mesa si no parecía pintado por Úrculo o bien ordenado en esas geometrías de colores que le gustaban a Mondrian.

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Hará cosa de tres años fue tocada por el cáncer. Y el 8 de diciembre, día de su santo, se te ocurrió regalarle una pequeña Inmaculada pintada al óleo por algún desconocido de hará un par de siglos. La compraste años atrás en un anticuario, y no era una gran pintura, sólo ternura, ingenuidad y la noble pátina del tiempo por encima para honrar a su virgen y solicitar un pequeño milagro. El cuadrito iba acompañado de unos versos. En ellos decías que si la Inmaculada fue capaz de hacer ganar a uno de nuestros tercios de Flandes una batalla que tenía perdida- y de ahí data el ser patrona de la Infantería-cómo no la iba a salvarla a ella, que también se llamaba Concepción , y que además luchaba contra su enfermedad como una auténtica Alatriste.

Nadie sabrá lo que falló. Puede que la pintura fuera demasiado mala y, y que pasara inadvertida para la Virgen, o que los versos tampoco estuvieran a la altura de las circunstancias.

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Al antiguo animador de saraos y festejos ahora le piden otros cometidos. El último, y sin duda el más comprometido, decir unas palabras en el funeral de esa concuñada compañera de fatigas con la que había intercambiado tantas llamadas el último año.

-¿Cómo lo llevas?- era la pregunta más repetida al teléfono –Yo no tengo quimio hasta dentro de dos semanas…

El compromiso no era fácil. Tú no eres partidario de convertir un funeral en una sesión necrológica. En mi funeral, el que sepa y quiera, que rece- dice un amigo tuyo lleno de buen sentido- y el que no, que se calle. En estos tiempos de confusión sin embargo es fácil confundir la fe y la oración con el cariño y el deseo de homenaje. A ver cómo salías del paso sin faltar a lo uno o a lo otro.

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…Y al final el que salió en tu ayuda fue San Agustín.

- Genio y figura hasta la sepultura-dijiste para glosar la resistencia de Cuba a abandonar su estética personal cuando ya agonizaba.

Y es verdad. Cómo consolaba verla tan guapa y bien maquillada incluso en ese trance.

Pero luego añadiste que a medida que vas cumpliendo años y que muchos de los tuyos van muriendo sientes que la muerte sólo es otra fase de la vida. Algo normal si, como te enseñaron a creer, sólo desaparece un cuerpo y transmigra el alma. El alma de ese ser querido permanece en uno especialmente viva si a su paso por la tierra dejó  en ti, como prendidos con imperdibles, recuerdos de generosidad, de alegría y de buenos momentos.

-A mí los míos no se me mueren nunca- subrayaste, citando a una viejecita de pueblo que había  visto morir a su marido, a sus hermanos y a tres hijos suyos- A mí los míos no se me mueren nunca- repetía la mujer con los ojos en lágrimas, pero sonriente pese a todo- …Porque algo de todos ellos queda dentro de mí.

Nadie muere si deja puestos muchos imperdibles en el corazón de la gente.

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Esta vez cerrabas el acto como si fueras un cura, aunque no precisamente el padre Bonete. Y utilizabas para ello la reflexión que Agustín de Hipona ponía en boca de un ser querido muerto que habla desde el más allá.

Enjugad el llanto y no lloréis si me amáis.

Dadme el nombre que siempre me habéis dado. Hablad de mí como siempre lo habéis hecho. No uséis un tono solemne o triste.

Seguid riendo de lo que nos hacía reír juntos. La vida es lo que siempre ha sido, el hilo no se ha cortado.

Por cierto, que esta llamada a la naturalidad, ese emocionante  sursum corda al que invita san Agustín, empieza con estas palabras:

La muerte no es nada. Sólo he pasado a la habitación de al lado.

¿Y cómo habrá quedado la habitación de al lado después de esta historia?…Pues, gracias a Cuba, sin duda más confortable y bien decorada de lo que estuvo nunca. Cuba al cabo, genio y figura hasta más allá de las estrellas.

 

 

Paseando a Miss Daisy, hoy como ayer…

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Comprobar que las montañas, los prados, los bosques y las playas siguen ahí. Que respiras otro aire, y que la piel se humedece y te afeitas mejor. La broma secular sobre el verano capitalino que se contaba antaño se atribuye al marqués de la Valdavia, no se sabe si el duodécimo o el decimosexto, porque ni idea tienes de cuándo data la gracia real de su título.

-Lo malo del verano en Madrid –dicen que decía- es que refresca por las noches.

Irónico el señor marqués.

Por si acaso cambia el sentido de la frase del noble y las noches se niegan a refrescar en el foro, liaste el petate, pusiste rumbo al norte y volviste donde solías los últimos veranos. Tomas buena nota de que esa carretera hacia el verde de los montes y el azul del mar continúa pareciéndote maravillosa, y de que los amigos que hiciste aquí o allá, el verano pasado o hace medio siglo te ofrecen aún hospitalidad y buenos ratos. Casi todo pasa, casi todo cambia, pero algunas cosas, como el gong del reloj de la torre de la iglesia de San Martín de Luiña o el lento languidecer de las olas del mar permanecen. También se muere el mar, decía Federico García Lorca en el último verso de su Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. Esperamos que aún tarde varias glaciaciones más en callarse definitivamente.

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Desde que nadie depende de ti para despachar el verano te sientes más libre. Crees incluso que podrías pasar de vacaciones, porque es precisamente en verano cuando Madrid se queda más vacío, lo que le añade a la ciudad encanto. Madrid no es Detroit, que según cuentan hoy los periódicos ha perdido en los últimos treinta años más de un millón de habitantes a causa de la crisis. La antigua capital de la industria del automóvil es hoy una ciudad fantasmal y peligrosa. No es lo de Madrid, que sólo se vacía por la canícula de unos cuantos habitantes-yoyó que, lo mismo que se van, regresan. Tú pretendes escapar de las vacaciones burguesas, todos como ovejitas sumisas,  pero al final  te pliegas a la costumbre y acabas de mansueto tomando las tuyas. O vas a algún sitio que desconocías o regresas a lo que ya descubriste hace tiempo. Se suele decir que no hay que volver allí donde se ha sido feliz alguna vez. Tu excusa es que entonces no sabías si lo eras o no lo eras.

-Ah, la felicidad era eso- te dirás sorprendido cuando lo mires retrospectivamente  a través del prisma multicolor que proyectan los años.

La felicidad seguramente nunca es más que eso.

Además tu papel también ha cambiado. Hace treinta y cinco años venías a este valle asturiano como cabeza de una familia de tres niños que iban a descubrir el mar. Desde hace tres años el pretexto es que te gusta ser como el chófer negro de Paseando a Miss Daisy. Ella quiere anticiparse a las vacaciones junto al mar librando de marido por unos días y te sugiere que, dado que a ti te gusta el lugar, necesitas recuperarte de tus alifafes  y tenéis tantas cosas por hablar, le hagas de conductor y os escapéis juntos unos días. A mandar, señora, que para eso estamos.

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Miss Daisy es en realidad Mrs Paloma. No es señorita como la de la película ni tu señora, sino tu hermana. No manda, sino que invita gentil y generosamente a su casa. Y no necesita precisamente chófer, pues lleva muchos años conduciendo como si fuera una Fernanda Alonso cualquiera. Pero ocurre que entre sus incontables virtudes no cuenta precisamente una vista de lince, y que el chapista acaba de dejar su coche más bonito que un sanluis, así que mejor si le conduce alguien que sea un poquito más joven y con menos dioptrías. Lo que ella necesita en realidad es compañía. Sobre todo para que la escuchen, como aquellas ancianitas de la recientemente repuesta comedia de Mihura Maribel y la extraña familia, que alquilaban visitas. Las viejecitas hablaban y los conversadores de alquiler asentían educadamente.

Tanto Mrs. Paloma como tu sois habituales radioyentes (a ti la palabra escuchantes que trata de introducir en nuestro diccionario Pepa Fernández te pone de los nervios, y no la empleas deliberadamente). Sin embargo en las cinco horas de viaje no ponéis la radio, pues todo se lo lleva el repasar vuestras vidas y milagros y los recuerdos de familia. Los F-F tenéis fama de ser poco habladores, sobre todo en casa, pero Mrs. Paloma es una excepción. Ya decías que de las pocas positivas del verano es que en este tiempo te gusta volver do solías. Afortunadamente, la exuberancia verbal de la señora sigue siendo la de siempre.

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Como están por las Luiñas algunas de tus nietas y tu encantadora amiga Margarita Cerame ha puesto a disposición de  tu castigada espalda un sillón plegable, hasta aguantas dos horas en la playa de San Pedro de la Ribera. Más aún: incluso desafiando cualquier regla de la lógica, te bañas. Este año el Cantábrico vuelve a ser el que era. Sus 15 º casi te hacen maldecir a los inventores de los baños de ola. Eso sí, una vez tonificado por el yodo, la sal y la hipotermia dejas la playa y te escapas del castigo playero para dormir la siesta.

También es costumbre que al menos una vez en el verano una mosca, tan sólo una insignificante y vesánica mosca, te fastidie la siesta por la que tanto suspirabas saliendo de ronda por tu cuerpo. Según la leyenda  nihilista doscientas mil moscas no pueden equivocarse, pero una sola sí. La que te quita el sueño lo pagará con su vida al final de la siesta que ella misma frustró, justo castigo a su perversidad. Las crisis económicas hunden hasta ciudades como Detroit, mientras que el cambio climático y otros argumentos ecologistas aún por determinar parece que están minando la población mundial de abejas, pero al parecer con los dípteros no hay quien pueda.

El verano, la mar, el levantarse y mirar al cielo para averiguar si abrirá la niebla, el sonido del reloj de la torre de la iglesia de San Martín despertando al valle, empapar el café del desayuno en ese bollo incomparable que aquí llaman enfilada, algunas vacas y caballos –cada vez menos- que aún motean de vida los verdes prados, la sensación balsámica de que por estos pagos nunca pasa nada. Otra vez paseando a Mrs. Paloma e intentando sacudirte una mosca impertinente que también volverá donde solía. Antaño te abrumaba la rutina estival. Este, por qué será, te reconforta sobremanera que gran parte del hoy sea exactamente igual que el ayer.

Zorongo en la Plaza de Oriente

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No hay que darle más vueltas, aquí cada quisque debe colaborar en la medida de sus posibilidades al rearme de la moral colectiva. Contrariamente a lo que dijo el poeta, y aunque pueda sorprender la afirmación, cualquier tiempo pasado fue peor. Su espejismo no sirve de nada cuando sólo cuenta lo que nos espera. Hasta los años de euforia entran en esa consideración, pues de los tiempos de Felipe González, de Aznar y no digamos de Zapatero datan muchos de los polvos que hoy enlodan nuestra esperanza. Fuimos cigarras en lugar de ser hormigas. De repente España se convirtió en Antoñita la Fantástica, y así nos luce el pelo.

Pero a pesar de todo en algún rincón de cada día, cuando menos se lo espera, puede encontrar uno algo que le reconforta el alma.

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Ocurrió mientras caía la tarde y empezaba a cernerse la noche, tan perezosa en estos días de julio. Atravesaba el Duende la Plaza de Oriente cuando llegó a sus oídos una voz que le retrotraía a la adolescencia. Un día tan importante como aquel otro en que anunció que acababa de comprar el Espasa –y casi nadie en aquella casa sabía lo que significaba eso- apareció su padre con un tocadiscos alemán. Antes la familia sólo guardaba memoria de una gramola de la Yaya que se accionaba a mano. Se cargaba con un manubrio, se ponía en el plato un disco de pizarra y gracias a un altavoz como de La Voz de su Amo se escuchaba a Gardel, cantando un tango desde el más allá con su tono cansino y arrastrado. Más devahído a medida que se acababa la cuerda al invento.

A uno la voz de Gardel le sonaba como el llanto de un pimiento morrón a punto de ponerse pocho, pero eran figuraciones, porque los pimientos morrones no cantan, aunque cada cual sea muy libre de elaborar sus propias imágenes para vestir los sonidos.

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La novedad ya no se llamaba gramola, ni tampoco pikú. Era un aparato que sabía atinar automáticamente con el primer surco del disco y depositar en él el brazo con la aguja de diamante. Qué milagro: aquella aguja exploraba los surcos de pizarra y resucitaba a Gardel. Ahora, y con una tecnología más moderna, iba a reproducir a Bach, Beethoven, Haendel, y Debussy, primeros clásicos que entraron en la casa familiar. El quinto disco de 33 revoluciones por minuto llevaba en su funda la cara de un hombre joven y agraciado, con el pelo revuelto y corbata de rayas. Es el retrato que pintó Gregorio Prieto, en nada parecido al modelo original, de García Lorca. El disco llevaba por título El mundo lírico de Federico García Lorca, y era una recopilación de romances y canciones populares que inicialmente debió de tocar al piano el poeta granadino acompañando a una voz que podía ser la de la Argentinita, aunque fuera en esta grabación la de Lina Richarte. La luna es un pozo chico/ las flores no valen nada…/Debajo de la hoja de la lechuga/ tengo a mi amante enfermo con calentura/ De los cuatro muleros/ de los cuatro muleros, mamita mía, que van al río, que van al río…

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Y de repente, en esa Plaza de Oriente ya despejada de guiris se escuchó la misma voz del romancero que tanto fascinó a nuestro poeta universal. Venía de una pareja de jóvenes: una de ellas tocaba la guitarra, y la otra cantaba exactamente las mismas canciones y con la misma voz de mezzo que uno guardaba en el disco duro de su memoria, con el mismo buen gusto de la Richarte. Al Duende le pareció asombroso. Era una tarde triste y opresiva, en el imperio de la modernidad descarajada. Uno pensaba en su país hecho unos zorros, hundido en la crisis, con la cultura popular colonizada por el Gran Hermano anglosajón, el ánimo colectivo triturado en picadura amarga y de repente, al aire, sonaba una voz fresca que agitaba la bandera del cante, del arte y de la poesía con un acento lírico inequívocamente andaluz. Qué hermosa paradoja.

-No hay otro bálsamo mágico –insinuaba la nueva Argentinita mientras cantaba que En el café de Chinitas/ dijo Paquiro a su hermano/ soy más valiente que tú/ más torero y más gitano…

Ya caía la noche, y no había un gentío frente a la fachada del Palacio Real, pero poco a poco, zorongo va y seguidilla viene, entre la nana de este chiquito que no tiene cuna, el Viva Sevilla y las tres moritas que me enamoran en Jaén, se fue formando un corrillo de los abrumados ciudadanos que suspendían su paseo para escuchar a las dos jóvenes artistas. El Duende depositó sus monedas en la alfombrilla que se extendía delante de ellas y se sentó a escuchar y observar al personal.

-No pararán mucho tiempo aquí- pensó mientras tarareaba por lo bajini aquellas perlas del mundo lírico de García Lorca.

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Pero se equivocó. Uno de los que se detuvo, el que parecía más bruto, un hermano de Pedro Picapiedra, escuchaba serio y ceñudo, los brazos cruzados. Debía de tener músculos de basalto, porque no se movía nada en aquel rostro de sindicalista reivindicador. Miraba al dúo de guitarra y cantante como si fueran una Caterpillar o una veta de carbón. No era ciertamente la suya la cara de la poesía. Y si embargo descruzó los brazos, dirigió una de sus manos hacia el bolsillo y cuando el Duende, malpensado, creía que era para practicar ese gesto tan español del tocamiento cojonero, sacó del fondillo un euro y lo depositó en la alfombrilla.

-No sabeis el mérito que tenéis –les dije a las artistas mientras la gente les aplaudía- Que con la que está cayendo hagáis vibrar al público con vuestras canciones le llena a uno de optimismo.

Se llama el Dúo Zorongo. Entre los recuerdos que evocaba su repertorio y ver cómo reaccionó a su arte el Picapiedra, este Duende reconoce que le llegaron al corazón. Igual que emocionaron a los que en ese momento paseaban por la Plaza de Oriente. Qué alivio, qué desahogo. Quizás convenga envenenarse un poco menos de economía y política, y curarse el desasosiego con estas sorpresas agradables que aún se encuentran por las calles de Madrid,

García Lorca, el pudor y la intimidad

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Querido Juanito

Sabes lo mucho que te quiero, y justo por eso puedes imaginar lo que lamento la publicación de la última carta que te escribí. Fue también la última carta de mi vida, y quizás presintiéndolo, intenté plasmar en ella las sensaciones y los recuerdos que vienen a mí cada vez que pensaba en ti. El aroma del jazmín y de la dama de noche, los murmullos del agua de las fuentes de La Alhambra, el ventalle de las hojas de los chopos de la vega de Granada, que te abanicaban por verte sonreir…¡Pues cómo no iba a estar loco por ti!

Yo  llamé a eso el amor oscuro, que iinspiró algunos de mis mejores sonetos. Entonces lo nuestro no se podía ni reconocer en público. Pero aunque hubiera podido hacerlo, si no en la completa oscuridad, lo hubiera protegido en la penumbra.

¿A cuento de qué hay que ser exhibicionista en el amor? Si los derechos de autor se protegen…¿por qué no también nuestro derecho a la intimidad? ¿Qué legitima a los curiosos del futuro para atreverse a violar nuestra correspondencia y a saquear nuestra relación cuando ya no podemos decir nada? ¿Han hablado con un médium para consultarnos al respecto?…

Nada podemos hacer ya ni tú ni yo. Los que ahora aventan  nuestro idilio, que no pudo ser, lo argumentan en nombre de la verdad histórica y de la libertad. Como si eso fuera necesario para agrandar mi talla de poeta o para aclarar el crimen que me llevó a la tumba. Se equivocan. Eso no me devolverá la vida que me quitaron mis asesinos, como tampoco la alegría que me diste tú, chiquillo, ni me vendrá más fama por eso. Escribirán libros, guiones, rodarán películas sobre la carta y lo que en ella cuento. Y nuestro amor dejará de ser oscuro…¿No sientes tú también sensación de impudor?¿Ha de ser la historia tan cotilla para considerarse rigurosa?

Bueno Juanito, disculpa. Son manías de tu gordinflón, que es casi te dobla en edad y que te quiere más que a la luna que bajó a la fragua con su polisón de nardo. No te enfades: como te dije en mi última carta,  es preciso que vuelvas a reír.

Tuyo siempre, como la brisa que besa tu mejilla

Federico

La carta viene con remite del más allá, y va destinada a Juan Ramírez Lucas, sin domicilio conocido, pero también del mismo barrio. La firma, como es fácil imaginar, el poeta español más reconocido del siglo XX.

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Al tiempo que el último de los amores oscuros de Federico García Lorca, y gracias a la publicación de la novela titulada así de Manuel Francisco Reinaaparecía por primera vez  en la prensa con nombre, apellidos y cara, cualquier observador que zapease por la tele podría haber visto un programa de Tele 5 que dirige Jorge Javier Vázquez verdaderamente asombroso. En ese programa una periodista del corazón y una actriz ya talluditas contaban con emocionante sinceridad –valga la ironía- y delante de la hija de la actriz,  cómo, sin ser homosexuales, ambas amigas de juventud se habían encamado juntas varias veces. Unas ocasiones acompañadas por tres hombres –uno de ellos presentador del programa Cine de Barrio- , en lo que cualquiera definiría como una una cama redonda. O más bien, una plaza de toros, por la abundancia de cuernos que concurrían y que quedabanen los corrales. Pero otras, las dos a solas. Cuando algún  tertuliano  deslenguado habló de orgías (para la corrida a cinco) y de bollería fina (para las maniobras a dos) la periodista dio un respingo y le corrigió.

 -¡Oh no! –dijo- Fue  algo distinto…Todo  resultó muy espontáneo, muy bello, muy limpio. Y la verdad, yo no me avergüenzo de nada.

Avergonzarse…¿Pero aún se conjuga ese verbo?

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Da cierto reparo hablar de los amores oscuros de García Lorca o de cualquier otro que haya vivido su pasión dignamente y a continuación mentar el exhibicionismo grosero del que se alimenta la telebasura. Pero lo cierto es  que tanto en todo lo que rodea la vida del poeta, como en ese submundo televisivo que entontece al personal con relatos escabrosos, juega un papel abusivo el morbo de lo sexual. Gracias a la libertad y a la tolerancia hoy se entra o se sale del armario, se cambia de pareja, se repudian amantes, se montan escenas de celos e insultos en directo,  se hace girar el tiovivo de la promiscuidad, se engolfa uno en cualquier experimento con desparpajo, provocación y manifiesta osadía y no pasa nada. Luz y taquígrafos hasta en la mesilla de noche y en el bidé. Todo se dará por bueno si se envuelve en ese celofán engañoso que siguen llamando amor y, además, vende. Todo vale si vende.

Para el autor de Los amores oscuros, como para el propio Ian Gibson , que a fuerza de investigar y escribir sobre el poeta acabará por creerse su papá, desvelar los detalles  de su último romance era algo fundamental que esclarecerá los misterios que aún envuelven su asesinato. Como si el mundo, que ya divinizó su pluma, ignorase los matices sentimentales de Federico. Uno reconoce que también es víctima de la curiosidad morbosa, y acabará leyendo la novela. Pero con cierta sensación de estar allanando la morada sentimental del poeta de Fuentevaqueros.

Pobre gordinflón, como, con ternura infantil, se describía él mismo  en su última carta. A lo mejor pensaba ingenuamente que el amor, claro u oscuro, es pudoroso y tiene derecho a preservar su intimidad. Incluso más allá de la muerte.

Primas de riesgo y nietas de alivio

El Duende espera que sus nietas también consideren algún día que lo más importante de su vida fue aprender a leer...

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Oye hablar uno ahora de la prima de riesgo y se echa a temblar. Pero qué distinta era la cosa entonces, cuando una prima de riesgo sólo podía ser una chica maciza y repintada, con melena larga, un jersey de punto bien ajustado y una de esas minifaldas con las que Mary Quant perturbaba a la juventud de la década de los sesenta del pasado siglo. Mini pool y mini falda, o sea, mucha pechera y generoso muslamen. Cuanto más se reducía la ropa de ellas más se agrandaba la tentación. Qué peligro.

-Es una prima segunda a la que yo no conocía- dijo su amigo Luis- Pero está buenísima.

Luis.G.G., hoy un honorable abogado en ejercicio, era entonces una manada de búfalos concentrado el cuerpo de un fornido jugador de rugby. Como a Terencio, tampoco nada humano le era ajeno, pero lo menos ajeno de todo le era justamente aquello, que a poco que se desmandara se convertía en estampida. Recibió a la prima segunda con una alegría inusitada, como si se hubieran esperado el uno al otro toda una vida. Ella venía a Madrid a estudiar, como hacía  entonces las chicas bien de provincias. Algo estudiaría, pero los fines de semana se refugiaban en las oscuridades de lo que entonces se llamaban bôites y él le aplicaba el saber del pulpo para recuperar en una noche todo el tiempo perdido durante tantos años de no conocerse.

-Se va a dejar las gafas en el escote –avisó una amiga de la prima, que era la que hacía pareja con el Duende aquella tarde.

La pasión, que le cegaba al primo.

La amiga de la prima era otra cosa, y por eso iba de pareja del Duende, que no sabía qué hacer cuando se veía en un antro de aquellos y no le gustaba lo suficiente la chica como para bailar con ella. Además, se sentía carabina. Mientras los primos, inmisericordes, se metían mano, y hasta las gafas, la amiga, que era hija de un coronel, le contaba cómo era su vida en Lérida, bastante aburrida por cierto. La prima de León tenía riesgo, entonces alguna también se quedaba embarazada. Pero a la amiga el único riesgo que uno le veía era el aburrimiento. Como además no se parecían en nada a Audrey Hepburn, el Duende sólo quería escapar de ella y de aquella cueva oscura para ventearse en el aire fresco y libre de la noche.

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Se sorprende a menudo el Duende repasando la mutación de las palabras por el abuso de las mismas. Nadie que no fuera economista  sabía  hasta hace poco qué era una prima de riesgo. Pero ahora el Duende se despierta a las siete de la mañana y lo primero que escucha son noticias de la prima de riesgo. La prima de riesgo nos persigue.

Podían contar que ha posado en Interviú como Terelu Campos, que se ha inyectado mármol en polvo para quedarse con cara de biscuit como  Nicole Kidman o que estrenará un tanguita con sabor a cereza la noche de San Silvestre. Pero todo lo que podía ser una fantasía más o menos sugerente se convierte en una puñalada a la moral patria. Esta prima y este riesgo nada tienen que ver con las del refrán (ya se sabe: a la prima, se le arrima). La crisis que nadie entiende pero de la que todos hablan, ha hecho que la prima de riesgo de España se salga de madre, que todos seamos más pobres y que el futuro nos espere con la guadaña más afilada que nunca. El Duende se ha olvidado las primas con curvas provocadoras y ya le ha puesto  a esta cara de malvada. Ahora la prima de riesgo es como Judith Anderson, aquella pérfida con nariz de rapaz, verruga y moño que hacía de señora Danvers enRebeca.

-Jesús, qué prima más insoportable –se dice mientras ventila la habitación antes de hacerse la cama.

Nunca mejor dicho.

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¿Habrá también nietas de riesgo? –se pregunta el Duende mientras se sienta al lado de su querida Marina. Si se va a generalizar la costumbre de acompañar a la palabra que designa a un familiar una característica o un adjetivo, esta niña es ahora más que nunca una nieta no de riesgo, sino de ilusión o así.

-Abuelo, ya se leer –le anunció el otro día con la voz trémula y febril. La niña era prisionera de unas feroces anginas.

No ha sido nada precoz, porque va a un colegio de esos que considera que cada cosa a su tiempo, y que no hay que precipitarse. Modernidades. El abuelo de Marina aprendió a leer a los cuatro años. A esta misma edad su nieta, como cualquier niño de hoy, sabía manejar el mando de la tele, del DVD, el I Pad, o como se escriba, y, cómo no, el móvil. Pero ha tenido que esperar a los seis para sentir la emoción de decir las palabras escritas. También cambia la pedagogía.

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La criatura no estaba para celebraciones. En realidad era su abuelo el que lo estaba, pues se acordaba de las anginas que padeció en su infancia, y de lo mucho que leyó a cuenta de ellas en la cama, y le emocionaba pensar que ahora su nieta iba a entrar en el maravilloso mundo de Andersen, de los hermanos Grimm o de Perrault con sólo seguir el camino que dejan las letras.

-Ya verás qué bonito cuando leas los cuentos-le dijo mientras acariciaba sus mejillas calientes,

Tampoco estaba Marina para historias, porque la modorra le cerraba los párpados. Pero como quería mostrar sus habilidades, hizo un esfuerzo y, conteniendo el moqueo, consiguió leer los primeros versos de su vida que alguien le había escrito en su cuaderno:

LA NIÑA MARINA / HOY TIENE ANGINAS/QUE SE VA A CURAR/ CON MEDICINAS

Los leyó lenta, muy lentamente, y con los previsibles titubeos. Pero al acabar sonrió.

El autor no era precisamente García Lorca, sino un tipo feliz de ver que la niña manejaba ya la llave mágica de las palabras. Menos mal, porque puede que tengamos que seguir soportando a esas  primas de riesgo que nos tienen el alma en vilo. Mas para compensar tanta zozobra, tambien aparecerán cada día nietas   de alivio,  niños  y niñas que acaban   de descubrir el encanto  de la lectura y que a partir de ese momento podrán emocionarse como nosotros con el ensueño de la literatura.

 

Obama y Zp, échale guindas al pavo

Llegó un civil con bigotes.../ Entró en el Despechpo oval / ¡A la orden, mis presidentes.../pa lo que quieran mandar!...

Llegó un civil con bigotes.../ Entró en el Despacho Oval / ¡A la orden, mis presidentes.../pa lo que quieran mandar!...

Antes de ser un simple jubileta, Homper, cómo no, soñó lo suyo.

No sólo con varias amadas imposibles, sino algo tan comprensible en la edad de la inocencia como ser héroe, santo o artista universal. Algunas noches soñaba que se ennoviaba con Romy Scheider y se casaba con ella en el castillo ese de Francisco José que salía en las películas de Sissi. Otras, que curaba cuerpos y almas como Albert Schweitzer o el padre Damian de Molokai. En otros sueños más esforzados se adelantaba a Amundsen y era el primero en poner el pie en el Polo Sur. Luego vino la vida con el formón de los rebajes, y a la vista de que su carrera le cortaba alas se conformó con pequeños suspiros de la imaginación. Uno de los últimos es escribir una zarzuela moderna que parodie con guasa castiza la España actual.

-No quiero morirme con esa frustración, como Luis Aguilé –le comenta a su tía Clota..

-Pobre, no lo sabía…-se  lamenta la anciana sin levantar la vista del punto-¿Sabes que a mí me hacía gracia? Me daba la sensación de que hacía su propia caricatura…Pero si tú tienes ese mismo capricho, no te prives…Aprovecha la entrevista de Obama con ZP. Y haz el favor de incluír como número fuerte una actualización del Échale guindas al pavo de Morena Clara¡No me digas que no tiene gracia que el Presidente de los Estados Unidos nos pida la ayuda de la Guardia Civil para acabar con la guerra de Afganistán!…

Y ella misma se pone a cantar como Imperio Argentina. Entró un civil con bigotes/ Ojú, qué miedo, chavó…/ Se echó un fusil a la cara/ Y de esta manera habló/ Echalé guindas al pavo…

Y Homper se ríe sinceramente. La pobre Guardia Civil, ese tricornio acharolado que es como la silueta del toro de Osborne de la España más negra. El benemérito Instituto, repartido por toda España en unas casas-cuarteles donde tienen que pedir vez para ir al cuarto de baño, y se asan de calor o se arricen de frío. El cuerpo armado que fundó el Duque de Ahumada, teñido de oprobio por la muerte de García Lorca, espanto de gitanos y de progres como los que nos gobiernan, dril verde y sueldo escasito, a mandar, que tanto obedecía a Azaña como a Franco o a  Zapatero. Y ahora, velay las cosas, objeto  de la negociación entre los dos líderes planetarios que arreglan el mundo desde la Casa Blanca. Ironías del destino. La misma Guardia Civil  de los cuadros de Gutiérrez Solana o de los Esperpentos de Valle-Inclán, tan pueblerina y leyenda negra, salvándole los muebles al buenismo universal que interpretan los dos  grandes pacificadores.

-Tomo nota-dice Homper-Y gracias por la idea…Ya veo un coro de picoletos irrumpiendo en el Despacho Oval bailando como la Imperio y Miguel LigeroEchale guindas al pavo/ Echale guindas al pavo que yo le echaré a la pava…Echalé guindas al pavo…/Que nos mandan a la guerra/ Lo pide la Casa Blanca…

Y encima el mismo día que los de la Memoria Histórica pretenden cambiar el Todo por la Patria de los cuarteles por un Todo por la Democracia. Todo por la Patria, por la Democracia o, como ironizaba ayer Carlos Herrera, por la Paz tria. Pero, échale guindas al pavo: todo con el denostado, arcaico y luego dirán que casposo tricornio de la Guardia Civil.

¿Por qué no regresar a donde has sido feliz?

 Playa de San Pedro

Vuelvo a ver/ ese valle de San Cosme que tanto amé….Así empieza una habanera que escribió el Duende para un lugar de Asturias donde apareció con su mujer y tres criaturas y pasó las vacaciones de agosto de 1978. San Cosme es una barriada de San Martín de Luiña, concejo de Cudillero, en la zona occidental de la costa asturiana. Se enclava en las laderas del Valle de las Luiñas, que vierte al Cantábrico por el río Esqueiro. El que le descubrió esta bucólica postal fue su amigo Carlos Aguayo, arquitecto de profesión y acuarelista de devoción. Qué lugar…/aquí un hórreo, allá un castaño/ allá un nogal -decía otra estrofa. La habanera, facilona ella, contaba la historia de un indiano que regresa a este pueblín y se casa con la que fuera el amor de su infancia. Más o menos, como en la zarzuela Los gavilanes, que tampoco estaba obligado el Duende a ser muy original, y ya se sabe que este tipo de canciones cuanto más tópicas más resultonas. El arquitecto había encontrado ya a la dueña de su corazón, y sin tener que emigrar a América. Se llamaba Maribel, y era una de las muchas joyas naturales que adornan el valle. …Porque al fin…/ en el valle de las Luiñas/ junto a mi niña/…¡ya soy feliz! Los madrileñines, como nos llamaban en la aldea, se lo cantamos a coro a la docena de aldeanos congregados en el único bar de la aldea. Primicia absoluta y estreno mundial. Y a Manolo el mono, alcalde pedáneo, un paisano recio al que le rebosaba la pelambrera del pecho por el cuello de la camisa, se le escaparon dos lagrimones. La habanera cumplió su objetivo. Y la familia del Duende volvió a San Cosme todos los veranos hasta que sus polluelos se le desparramaron y comenzaron a volar por su cuenta.

Hay un apotegma que conseja no volver al lugar donde has sido feliz. Al Duende le es imposible asumirlo. Los veraneos se hacen gregarios, uno va a un sitio nuevo de la mano de un amigo y enseguida se quiere traer a otro, que a su vez arrastrará a alguno de los suyos. Como las cerezas en el frutero, que se enganchan entre sí al tirar de ellas y acaban saliendo en pandilla. Unos se asientan e el lugar para siempre, otros asoman sólo los veranos. Mis amigos de referencia, Félix y Begoña, gaditano él y valenciana ella, se han arreglado una casita encantadora con pomarada y me han invitado a pasar con ellos este increíblemente soleado puente otoñal. He vuelto a los parajes de antaño y me he sentido muy a gusto. Otros, celosos de su descubrimiento, desean guardar el secreto. No lo cuentes, no hables de la Luiñas le dicen uno. ¿Y por qué no? Los que somos de donde pacemos somos generosos: nos gusta dar a conocer nuestros pequeños paraísos.

En los primeros veranos, el cartero venía a la casita del Duende a caballo. Repartía el periódico -del día anterior- y cartas y postales. Aún se escribía la gente. Al atardecer, los duendecitos se acercaban a un caserío cercano a por la leche recién ordeñada. Todavía no era delito de lesa sanidad beber leche de vaca sin tratar. Probablemente habrán sido de las últimas generaciones en percibir ese grato ruidito, tan inconfundible, del disparo de leche desde el pezón de la vaca percutiendo en el cubo. A un niño de nuestra época en el campo eso le era tan familiar como el sonido del móvil ahora, pero el mundo cambia. Sobrevive el mismo panadero de Soto de Luiña que hacía exquisitas enfiladas y bollus preñados. Otros paisanos amigos, con los que tomaba un vasín y comentaba las cosas del lugar han desaparecido.

También el paisaje ha cambiado. La carretera Gijón-Ribadeo ha plantado unas enormes pilastras en el lecho del valle, para soportar el paso de la autovía que lo salva. De repente aquel paisaje de pintor costumbrista ha tomado un cariz de cuadro de Edward Hooper. En una décadas ya será una visión clásica. Arriba, en las brañas, giran unos de esos molinos blancos hipertiróidicos que generan energía eólica. Los fondos estructurales han asfaltado muchos caminos, y en general se ve todo más limpio y cuidado. Afortunadamente, aún no se observan terribles desmanes urbanísticos. La playa de San Pedro de la Ribera, muy mejorada, sigue abierta a un Cantábrico imbatible que le golpea a uno el rostro con el aire de la naturaleza brava y la sal de la vida.

Dice García Lorca al final de su Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías que también se muere el mar. Esperemos que quede en simple metáfora. Aunque, si el cambio climático llegara, no podrá arrebatar ya lo que el Duende disfrutó en el Valle de las Luiñas. A él regresó, y, pese al aforismo de marras, siguió sorbiendo su pequeña dosis de felicidad.


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