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Encuentro estimulante con Javier Reverte

No todos los grandes escritores tienen interés al margen de su obra. Pero Javier M. Reverte sí.

Un ajuste de cuentas con J.S. Bach, finalmente no del todo asesinado. Un pleito en ciernes con un vecino de aquellos que el vulgo llamaría tocapelotas. Un reencuentro con la pandi de la adolescencia, en la que nos preguntábamos directamente por los nietos sin saber siquiera a ciencia cierta cuántos hijos tenía cada quisque. El fiasco de ver perder a España ante esos tíos tan opacos y aburridos que, según Harry Lime, el villano de El tercer hombre, sólo han aportado a la civilización el queso con agujeritos y el reloj de cuco Una contusión en el tobillo con el esquinazo de la cama por quererla hacer precipitadamente, magna putada de dolor inolvidable. Labores de  abuelo/canguro, inevitables por otra  parte. Los pocos compromisos profesionales que le quedan. Un cocktail en el Ritz al que le invitaron los amigos de Terras Gauda, criadores de un excelente vino del Rosal y otros asuntos personales ocuparon la semana de este bloguero. El caso es que, por fas o por nefas,  apenas salió a pasear con el cazamariposas de asuntos varios, elemental para su afán de duende. Y así le ha lucido el pelo.

También planeaba sobre él ese sol obstinado que a veces abrasa sus ilusiones: no te empeñes, colega, nunca pasa nada, y seguramente ya has dicho y escrito todo lo que tenías que escribir. O sea, el fantasma de la nada existencial, la náusea sartriana, el eco de la pregunta angustiosa que uno se hace cuando abre la gatera de su blog y mira dentro: ¿hay alguien ahí? Lo comentaba con Wallace, un viejo amigo que solía visitar este diván de psicoanalista barato y que se personó en el concierto de marras. Tarde o temprano todos acabamos encogiéndonos de hombros y pasando. Nunca pasa nada.

Y sin embargo pasó. Deambulaba el Duende por el aeropuerto de Bilbao cuando apoyado en un velador y ante una copa de vino blanco vio un rostro que le era vagamente familiar. Aquello de ¿dónde di con  este hombre alguna vez? Lo había visto en las contraportadas de muchos libros y en directo, presentando sus novedades literarias en los estudios de la SER, RNE y, muy recientemente, en la COPE. Y de repente se cayó del guindo. Aquel hombre de cabello cano revuelto, ojos claros y machadiano torpe aliño indumentario que me reconocía era uno de sus ídolos literarios. O más que eso, un maître á penser y, sobre todo, un maître á vivre, que dicen los franceses.

El duende que escribía poesías a su madre por el día de la ídem había querido ser después sucesivamente escritor como Salgari , Julio Verne, Agatha Christie, Charles Dickens. Joseph Conrad o García Márquez. También quedó deslumbrado en su día por Gerald Brenan, más próximo al hombre del aeropuerto. Pero desde su reciente madurez, cosa de ayer mismo, sólo soñaba aunar la escritura de la imaginación con la de la vida misma, viajes y pluma. O sea, lo que hace Javier Martínez Reverte, más conocido como Reverte el bueno. Leyó el bloguero su  muy famosa y vendida Trilogía de África y quedó literalmente fascinado por ese modelo de libros que unen documento y novela, aventura e historia, épica y lírica y subyugan como ninguna otra cosa al lector curioso. Comprendió entonces el Duende que eso era exactamente lo que hubiera querido hacer y escribir.

-No conozcas jamás a un creador en persona-le recomendaron a uno hace tiempo- Porque todo lo mejor de él lo ha volcado ya en su obra, y luego no tienen el menor interés.

Suele ser cierto. Con excepciones. Javier Reverte es  natural y simpático. Tan modesto, que si le dicen a uno que es representante de chuches, se lo cree. Le invitó a una copa, le llevó de Barajas a Madrid en el coche con chófer que su editorial pone a su disposición, y habló más de otros libros que de los suyos. Por ejemplo, del titulado Soldado de poca fortuna que escribió un tal Jesús  Martínez Tessier, casualmente su padre, que después de perder la Guerra Civil como soldado republicano perdió la Segunda Guerra Mundial como soldado de la División Azul.

Además, al contrario que otros revertes de mucho pisto, Javier es humano. Cuando el Duende le tarareó Se ha cortao el pelooooo, ¡la novia de Reverteee!…él continuó la copla dedicada a su homónimo más famoso, el torero sevillano Antonio Reverte, que inventó el quite de la revertina. Tan accesible y básico parece este gran escritor que vive cerca de un Corte Inglés y le gusta el fútbol. Aunque, qué lástima, sea del Real Madrid. Pero es humano al cabo, insisto,  y como buen conocedor de las flaquezas del prójimo no se molestará que el menda le recuerde que quedó en regalarle no un libro suyo, sino el de su padre, ese luchador que vivió del periodismo porque, después de haber perdido dos guerras, estaba claro que no podría ganarse la vida como soldado. Así se lo contó a este escribidor Javier Reverte, o sea, Reverte el bueno. Y así lo hace constar en un post cuyo verdadero sentido se puede resumir parafraseando otra copla: Me debes un libroooo/No te lo perdono….

Abuelas que nunca mueren

Ortigosa de Cameros, tan unido al recuerdo de esta abuela insigne, bajo una nevada de las suyas...(Agradezco al autor la cesión temporal de la instantánea)

Según algún sesudo estudio de alguna universidad importante de algún país del mundo –hoy las fuentes de sabiduría manan de cualquier parte- el ser humano necesita abuelas para ser, precisamente, más humano.

Lo presentía uno mientras escuchaba el elogio fúnebre de Ricardo a su abuela. Ricardo, casado con Bea, padre de tres criaturas, gran deportista, fenomenal esquiador y hombre abonado a la sonrisa permanente, aligeraba la pesadumbre del momento con los entrañables aromas del recuerdo. Requiem eterna dona eis, Domine, pero muchas gracias, abuela, por habernos descubierto el mar, el bosque por donde nos llevabas de paseo y el exquisito sabor de las mermeladas caseras. Una abuela que hace mermelada de mora –no hay mejor perfume natural para una casa de campo- siempre será otra cosa.

La heroína de esta sencilla novela se reproduce en millones de familias. Sobre todo en España, país donde el abuelazgo ha tenido siempre una jerarquía  y un peso singular en la formación del individuo. Abuelas que cuentan cuentos, abuelos que se disfrazan de payasos, abuelas de cuchara, abuelos que se entienden con los pájaros y las mariposas, abuelas que tocan el piano, abuelos que hacen juegos de manos, abuelas que siluetean los recortables como nadie, abuelos y abuelas que salen de paveros por el parque y que inician a los nietos en el arte columpiarse con el propio impulso. Y abuelos que saben morirse en el momento oportuno. Todo hay que sabérselo agradecer.

La de Ricardo tenía uno de los nombres más originales en el nomenclátor de las abuelas. Se llamana Jenara, pero en Ortigosa de Cameros la conocían como Jenarita. Antes que abuela había sido esposa enamorada y madre. Todos los aniversarios de boda Jenarita sacaba su traje de novia del baúl de los recuerdos y, como una criatura de García Marquez se lo volvía a poner para la celebración. Cultivó la tradición hasta que el amor de tantos años le reventaba por las costuras. Pero lo que ya no cabía en el traje de novia se negaba a acatar otras dictaduras de la edad. Gran deportista, jugó al tenis hasta cerca de los noventa, y al golf después de pasar este fielato. Nunca dejó de nadar en la playa de Fuenterrabía, como tampoco nunca abandonó esa vida paralela que abre la música a quien, además del cuerpo, sabe cultivar el espíritu. Jenarita tocaba el piano y cantaba en un coro. Murió a falta de dos años para cumplir el siglo, quizás un tiempo demasiado corto para un fuelle tan poderoso. Cuando este duende daba con ella por la calle, ella siempre sonreía, y aprovechaban los dos  para hablar de música.

Viene a cuento su recuerdo porque las abuelas así siembran con efectos multiplicadores. Su pasión por la naturaleza, el deporte y la música se transmitió a través de sus hijos, y gracias a éstos este duende, por ejemplo, apareció por Ortigosa de Cameros, bellísimo pueblo donde el marido de Jenarita tenía una casa de noble trazo y añoso maderamen. En ella se hospedó el que escribe,  por aquellos montes y bosques paseó con la estirpe de la  vieja dama, y no hay duda de que parte de la Rioja que uno lleva dentro –incluido el Contino que habrá trasegado- fue culpa de ella. Los sublimes pucheros de caparrones de Villoslada de Cameros, se deben a un tal Chuchi, que era el dueño del restaurante. Pero…¿hubiera uno parado ahí de no ser guiado por los hijos de Jenarita?…

La muerte de cualquiera nos disminuye a todos, decía el poeta John Donne. Nadie es una isla, somos parte del mundo y, en mayor o menor grado, recibimos la influencia de los que por él pasan. Las campanas que doblan por esta abuela deberían doblar también por todos nosotros. Pero esta vez  tiraban a repicar, porque Jenarita vivió lo suyo  y su espíritu vitalista late en tres generaciones. Tampoco hay que llorar por no volverla a ver. En el paisaje sentimental que todos llevamos dentro, los ausentes que nos enseñaron a vivir siguen sonriendo como si no hubiera pasado nada.

Cómo ser autor del libro ideal

(Imagen prestada, espeo, por Pablo Bernasconi)

Disimulaba mal en clase sus flatulencias, y tenía el culo notablemente gordo y alto. Pero  era un buen profesor de literatura, y gracias a él, entre otros, el Duende empezó a tomar gusto por la escritura. Eso servía para decirle a Teresita o a Pilarín lo que callaba cuando estaba con ellas: eres como una rosa, tienes ojos de cielo, tu risa es como los rápidos del río, la playa donde van a morir mis suspiros. Qué romanticismo adolescente tan barato. La culpa era de la literatura.

A las chicas iba a parar la que le enseñaba al Duende don Augusto Barinaga. Antes, entre eructo y eructo cortésmente silenciado, aquel profe mandaba muchas redacciones, y  daba a los alumnos la receta: se lee mucho de los mejores escritores, todo lo que se pueda,  se pasa por el colador chino de tu personalidad y a poco que te esmeres escribes algo tuyo. No será maravilloso, pero será tuyo. Tampoco los genios de la literatura hacen filigranas todos los días.

Medio siglo después, de esos polvos vinieron estos lodos. ¿Quién se resiste a escribir? Hoy ha sabido el Duende que hasta Loquillo –un tipo al que, por cierto, cada día respeta más- está acabando su segunda novela. Don Augusto Barinaga citaba mucho la avidez lectora de Menéndez Pelayo, mágnum cognazum, a cuya obra el Ministerio de Educación de la época habían decidido que dedicaran el Duende y sus compañeros su último curso del colegio.

-¡Pensar en morirme cuando aún me queda tanto por leer!-  suspiraba el insigne polígrafo santanderino. (A propósito: ¿por qué se emplea tanto el eufemismo insigne cuando se quiere decir plúmbeo?)

El Duende también se morirá con tanta lectura pendiente que no se atreve a escribir libro alguno, para no quitarse tiempo y además ahorrarle la tarea de leerlo a los amantes de los libros buenos. Falta mucho alimento para procesar por el colador chino. Y sin embargo le tienta la idea. Le gusta imaginarse así, impreso en una bonita letra, en un papel verjurado agradable al tacto, encuadernado en  tela en tamaño cuarto y con el lomo cosido. Aunque no sepa de qué escribir.

Así que en el duermevela de la siesta, el Duende soñó que ella –ella es ella- entraba en una librería y en uno de los anaqueles, entre Madame Bovary y Cien años de soledad , daba con un libro del Duende titulado Fantasma. No traicionaba su título, pues el contenido era tan espectral que no había dejado ni el rastro de una sola letra sobre las páginas del libro. Ella no tardó ni un minuto en leerlo de principio a fin, lo depositó después en el mismo lugar de donde lo había cogido y salió de la librería con una sonrisa compartida por el Duende, que la observaba en la distancia. Este sentía al fin  el deber cumplido. El libro decía tan poco como muchos otros, pero la lectora estaba encantada de que llevara su firma, mientras que a él le llenaba de satisfacción figurar entre Flaubert y García Márquez sin haberle hecho perder a nadie ni un euro ni un minuto más de eso tan precioso llamado tiempo.

Con el permiso de Jean Marie Le Clézio

Uno de los beneficios de la pérdida de la inocencia -me dijo Homper- es que dejas de creer que la mejor literatura es la que premia el Nobel.

Y luego confesó que en su primera juventud, creía que sólo se podía ser un hombre ilustrado si leías todos los libros encuadernados en falso cuero y estampados en orillo con los que las editoriales esmaltaban de cultureta los hogares españoles. Los Nobel, los Goncohurt, los Pulitzer, los Planeta, los Nadal…Tan lucidos en las estanterías, tan pesados, a menudo, para leer en la cama. Y tan aburridos muchas veces.

El día que comprendió que había muchos otros autores que le hacían más placentera la lectura y pasó de los marchamos oficiales de los premios, fue un poco más feliz.

Ahora mira con cierta distancia crítica a la Academia Sueca, tan suya al barajar los designios políticos, culturales y comerciales que guían sus decisiones. Si esperamos que premie a alguien cuyos libros gustan mucho y venden más, difícil. Si el escritor es de derechas, como Vargas Llosa, aún más crudo. Y si es un autor que conocemos y disfrutamos hasta los paletos, -salvo que el elegido sea un conspicuo procastrista como García Márquez o tan extravagante y ácrata como Darío Fo- a olvidarse. Nobel de Literatura que se aplaude universalmente, lagarto, lagarto.

Novelista de la ruptura, de la aventura poética y de la sensualidad extasiada…Así justifica la Academia las razones para premiar este año al francés Jean Marie Le Clézio. Recuerda Homper que en su adolescencia y leyendo Hambre, de Knut Hamsum -otro Nobel de Literatura hoy prácticamente olvidado- descubrió que unas líneas bien escritas podían resultar más eróticas que Ursula Andress en bikini emergiendo del mar en la primera película de James Bond. Si creía en los Nobel -explicaba- cómo no iba a creer en el pecado.

Lo cual que Homper cerró el libro y corrió a la iglesia más cercana para confesarse.

- Padre -le dijo al cura abriendo su alma-confieso que leyendo una novela, en una página que relataba una escena de amor, me he sentido turbado.

-¿Turbado o más que turbado?-preguntó el sacerdote.

-No -replicó Homper- dejémoslo en turbado.

-¡Ay, hijo mío!-resopló el mosén, que debía de ser primo de Torquemada-Como decía mi obispo, novelas no verlas.

Homper se quedó perplejo de la opinión de aquel ministro de la Iglesia sobre la literatura. Hoy asegura que la suya dista tanto de ella como de la que guía a la Academia de Suecia. Y, aunque está seguro de que Le Clézio es un gran escritor, sólo lee lo que le recomiendan amigas como Alfonsina, Beatriz, Begoña, Aurora, y Angeles. No es que sus amigos no tengan criterio literario, sino que las mujeres (se ve en el Metro) leen cien veces más, y suelen saber mejor qué libro le conviene a uno.


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