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Homper visita a sus primas

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Homper también se quedó perplejo cuando descubrió que sus primas  mayores, registradas en su memoria infantil con melenita y curvas de artistas de cine de la época, no iban a permanecer  así de por vida. Las primas cumplen años, llegan a ancianitas, y sufren alifafes propios de su edad. Además, a la que no vive postrada en el sofá o en la silla de ruedas se le va la olla de cuando en cuando. Tempus fugit.

Esto último no es grave, también le sucede ya a él mismo, veintidós año más joven que la menos joven de ellas. En el caso de la prima Tere lo es quizás aún menos, pues, profesora de instituto jubilada, fue siempre machacona y repetitiva. Por darle marcha a una de esas visitas que los fines de semana veraniegos se hacen más necesarias, sacó a colación Homper que se había encontrado por la calle a Enrique Maderuela, un sobrino que  dejó de ver de bebé y  al que reencontró por la calle  hace una semana convertido en un elegante ejecutivo de banca. Enrique Maderuela es un hijo de Julita, otra prima lejana con la que, sin embargo, las primas hermanas mantenían mucho trato.

-¿Sabéis algo de la prima Julita? –preguntó a Homper a sus primas las ancianitas.

La prima Mary, acurrucada en el sofá como una gatita delicada, asintió con la cabeza. La prima Tere, más vigorosa y vehemente, abrió su amplia sonrisa y ratificó lo que su hermana, muy débil, no atinaba a decir de viva voz.

-¡Siiii!….Está muy bien.

2

Todos deberíamos estudiar un tratado de conversación con ancianos. O por falta de fuerzas, caso de  una prima, o por dificultad para fijar el tema y avanzar en él, caso de la otra, Homper se vio a menudo empantanado en marasmos de silencios o de respuestas absurdas que le acababan generando muy mala conciencia. Imagínense el cuadro, tarde de sábado de verano en la gran ciudad, calles desiertas, mucho calor. Una habitación penumbrosa decorada con algún mueble decimonónico, silloncitos y sofá, cuadros de naturalezas muertas, paisajitos y retratos de antepasados. Sobre la mesa baja, un ABC, una jarra de agua con medidas de volumen marcadas y un vaso al lado. Silencio.

-¡Fíjate! –decía la prima Tere rompiendo el silencio- El médico me ha dicho que tengo que beber cinco vasos al día. Y no se cómo, porque yo bebo muy poco, ¿sabes?

Los cinco vasos de agua dieron para alegrar diez minutos de visita. Homper teorizó sobre lo que esta manía de que bebamos a toda costa ha influido en el aspecto de los transeúntes en general y de los turistas en particular. Ahora el turista no sólo debe llevar mochila y cámara de fotos, sino también una botella de agua en la mano.

-Cinco vasos de agua –insistía la prima Tere ante el silencio resignado y pasota de su hermana Mary- Cinco vasos de agua….

Por delante de las cortinas de la ventana, casi completamente corridas para detener el lamparazo del sol, había una mesita auxiliar con un televisor apagado. A las primas ancianitas no les interesaba nada ni el Tour de Francia ni la etapa contrarreloj de Contador. Antes veían alguna película de esas de media tarde con actrices como Deborah Kerr, Vivien Leigh y Katharine Hepburn, que les gustaban mucho, o con galanes como Gary Cooper, Cary Grant y Clark Gable, que les gustaban aún más. Ahora ni siquiera eso.

De vez en cuando un leve golpe de aire movía las cortinas. No alivió mucho la sensación de espesura de la habitación, pero  entretuvo el silencio que envolvía la visita a aquellas primas que Homper conoció jóvenes y que ya no lo son tanto.

3

Las campanas de una iglesia le recordaron a Homper que, como todo es relativo, él era el joven de la reunión, y su deber era esforzarse en la conversación. Pensaba que así al menos las primas ancianas se sentirrían más animadas, y apreciarían la diferencia entre el tiempo de soledad compartida y el tiempo de visita. Para Homper éste empezaba  a pesar como una grave responsabilidad. Creía que si no era capaz de que la prima Tere, normalmente muy locuaz, pegara  la hebra, es que él no era una visita de recibo.

Pero en ese momento tuvo una inspiración.

-¿Cuántos hijos tiene la prima Julita? –preguntó.

Y la respuesta  llenó el resto de la visita. La prima Tere habló de Irene, que se casó con un alemán y vive en Alemania. Además de Irene estaba Enrique, promotor involuntario de la conversación, pero luego -¡ay problema!- estába el pequeño, que se acababa de separar de su mujer. Leve inciso para lamentarse de las muchas separaciones de esta sociedad moderna.

-Porque Irene –recordó Tere- se casó con un alemán, y vive en Alemania. Pero el pequeño se ha separado

Homper era consciente de que la hija de la lejana, aunque muy querida, prima Julia, se llama Irene, se casó con un alemán y vive en Alemania. También era consciente de que había otro hijo separado y Enrique, que es ejecutivo del BBVA.

-Ese está casado y tiene hijos –repitió la prima Tere- Pero el pequeño se ha separado. Y luego está Irene, que es mayor, pero que se casó y vive en Alemania.

Alguien, no se sabe si la prima Mary por señas o el propio Homper, divina inconsciencia, lanzó una nueva hipótesis. Pudiera ser que la prima Julita no tuviera sólo tres, sino cuatro hijos, porque Tere había lanzado el nombre de Curro y el recuerdo de un mocetón que sabíamos que no es Enrique,  al que  tenemos perfectamente identificado,  ni el pequeño. Este hasta ahora siempre había sido llamado “el pequeño”.

-Es una pena que se haya separado-insistió Tere-Porque Enrique no, Enrique está casado y tiene una mujer estupenda y un  magnífico trabajo. Lo mismo que Irene, lo que pasa es que Irene se casó con un alemán, y por eso vive en Alemania…

4

El tiempo, que afortunadamente no fue de silencio, se le echó encima a Homper, y llegó  el momento de despedirse  de sus ancianas primas.

La vuelta a su casa fue un camino de dudas y preguntas. Algunas poético-filosóficas, desde el tempus fugit, aforismo clásico, al verso coplero de Jorge Manrique: cómo se pasa la vida, tan callando. Otras, de moral práctica, le planteaban si el suyo fue un buen comportamiento con sus primas mayores. Volvió a pensar que la asignatura  de Educación para la Ciudadanía debería, por ejemplo,  enseñar a hacer compañía y a dar conversación a los ancianos. Luego se imaginó a sí mismo en esa edad. ¿Sobreviviría para entonces esta costumbre de las visitas? ¿Tendrá la gente entonces un solo minuto para dedicárselo a los demás?

Y, por encima de esos, otros enigmas menores que no por ello dejaron  de preocuparle. ¿Era Curro el hijo pequeño de Julita, aunque fuera  un mocetón? ¿O es que los Madderuela tienen un cuarto hermano que no tenemos bien perfilado?. Porque lo que está claro es que Irene se casó con un alemán y vive en Alemania, y que Enrique está muy bien casado, bien colocado  y tiene unos hijos estupendos. ..

Katyn. Para saber lo que es malo

KATYN es una película que debía de ser de visión obligatoria para los jóvenes que apuntan maneras ultras...

KATYN es una película que debía de ser de visión obligatoria para los jóvenes que apuntan maneras ultras...

Confiteor Dei –sueña el Duende por la noche. Me confieso ante Dios tododopoderoso de que pequé gravemente de pensamiento. Pensaba que había buenos y malos. Y que, naturalmente la guerra de los buenos no era mala. Pensaba que los indios muertos, los alemanes muertos, las gángsteres muertos, los japos muertos, los piratas del Caribe muertos, los infieles muertos, los bereberes muertos, los tártaros muertos,  los soldados de la Unión muertos y todos los malos de las películas muertos estaban bien muertos. Y que la guerra que a veces en forma de soldadito de plomo, soldadito de goma, Fort Comanche de madera, escopeta de pistones, pistola de agua, arco con flechas de ventosa y una metralleta de aire comprimido que disparaba una especie de bolas de ping pong era una guerra tan santa y legítima como la que nos contaban de Don Pelayo, de Ricardo Corazón de León y del mismísimo Santiago Matamoros.

Y el Duende confiesa, además, que jugaba a la guerra y a matar malos. Y que ni siquiera le parecía algo desagradable, porque la sangre de los tebeos de Hazañas bélicas, del Guerrero del Antifaz, de Roy Rogers o del Capitán Trueno no pringaba nada. Y en las películas de Gary Cooper, Clark Gable y Robert Taylor y Errol Flyn, que mira que mataban y moría gente en ellas, apenas se veía una mancha roja. Se peleaban a puñetazos en el Saloon porque las vacas de Mac Cormack había invadido el rancho del magnate mal encarado, y apenas les quedaba un moratón en la mejilla. Hasta que en Grupo salvaje el audaz Sam Peckimpah nos enseñó que del agujero de una bala brota un borbotón de sangre, todo eran odios inocuos, guerras incruentas, dramas ingenuos. Y, sobre todo, buenos-buenos y malos-malos.

-Pues yo andaba muy cómodo  con el maniqueísmo-confiesa el Duende a su Pepito Grillo.

Había algunas sombras sospechosas. Por ejemplo, Stalin, que aunque aparecía en las fotos de Yalta entre los buenos, lagarto lagarto. Claro, que nada al lado de lo que pinta una película polaca de André Wajda, tan valiente y políticamente incorrecta como descarnada y brutal, que se titula Katyn, y que pasa discretamente por las pantallas. Stalin lagarto lagarto, no: cocodrilo, cocodrilo.

Qué tiene que ver esta guerra con la que aplaudíamos como locos en el cine del cole los domingos por la tarde cuando nos echaban Guadalcanal, Objetivo Birmania, Fuego en la Nieve o Los diablos de las colinas de acero. Aquellas del cine en blanco en negro, de los tebeos y los cromos hacían héroes de postal de Navidad, niños belicosos que no conseguíamos odiar del todo a la guerra. Pero apunten esta letanía truculenta: La lista de Schindler, Salvad al soldado Ryan, El enemigo en puertas, El pianista, El libro negro, y ahora Katyn, donde se cuenta cómo la matanza de veinte mil oficiales polacos que hasta la caída del muro de Berlín se atribuía a los nazis fue una fechoría de papá Stalin. Todas buenísimas. Sobre todo, para confirmar uno de los pensamientos más sublimes de Groucho Marx: cuanto más conozco a la especie humana, más amo a mi perro.

Confiteor Dei –soñaba el Duende esta noche, después de haber visto la última de estas terribles películas. Me confieso de haber imaginado que le daba un beso a tornillo a Marilyn Monroe y luego le tocaba las tetas...Y Dios se le aparecía encarnado en el ángel de Qué bello es vivir, y en lugar de imponerle penitencia le daba una bolsa de chuches.

-Toma, hijo…¡Si sabrás tú lo que es malo!…

La tía Clota hubiera enseñado la foto

Mí no entender...¿Tanto mal les hace a las niñas de ZP que el mundo las vea conmigo?

Mí no entender...¿Tanto mal les hace a las niñas de ZP que el mundo las vea conmigo?

-Cuando se lo he explicado a Edwina y Thelma no han entendido nada-dice la tía Clota.

Edwina y Thelma son las otras chicas de oro de Tinmouth, el pueblo del estado de Vermont donde vive la tía de Homper. Los europeos tendemos a creer que el pueblo norteamericano es más simple que nosotros. La propia tía Clota está de acuerdo en eso, pero en este caso defiende a su país de adopción. Dice que la que han armado los Zapatero a cuenta de la famosa foto con las nenas es una exageración. Y que sus amigas americanas, que no están al tanto de la peculiar sensibilidad de nuestro presidente y su señora, piensan, no sin razón, que ahora los que estarán mosqueados serán los Obama.

-Pobre Obama-suspira-¿Cómo iba a pensar que molestaría que colgaran la foto con la familia ZP en la web de la Casa Blanca? ¿No decían que  desde que metió la pata despreciando las barras y estrellas estaba como loco por estrechar relaciones con el Presidente de los Estados Unidos? Pues ahí tenía la prueba de su éxito al conseguir que le reciban: pelillos a la mar y hasta fotos con las nenas

Homper escucha a su anciana tía desde España y sonríe con cierta socarronería.

-Bueno, tía… Aquí los niños son materia muy sensible. Pensamos que una foto suya en Internet con el matrimonio más famoso del planeta puede atentar a su intimidad y estropearles la vida. Pero dos años después estas mismas niñas podrán abortar libremente sin consultar siquiera a sus padres y eso nos parece de lo más natural…

-¡Qué contradicción!, ¿no?…Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre…Además, ¿a qué niño le va a disgustar que le vean con su ídolo?…

Y se ríe. Raritos, muy raritos les ha hecho la modernidad a mis compatriotas, piensa para sus adentros. Y se acuerda de que, cuando era niña, tú te hacías una foto donde fuera y la gente del pueblo se te ponía espontáneamente detrás sólo por la ilusión de  quedar para la posteridad, aunque jamás fueran a ver la imagen atrapada por la cámara. Qué ingenuidad y qué ternura.

-Y menos lo entiendo si esa foto es con una figura universal, como Obama-dice la tía Clota- ¿Sabes?… Paquito, el hijo del heladero de mi pueblo, siempre me pasó por las narices una foto en la que aparecía él entre Manolete y su cuadrilla. Mira, aquí estoy, con Manolete, me chinchaba. Y allí estaba, colado entre las piernas del picador y de un banderillero y sólo dos cuerpos más allá del maestro, con la cara radiante de éxito, como si fuera él el Califa de Córdoba y acabara de salir por la puerta grande…A mí me habría encantado que todo el mundo me viera al lado de Manolete o de Gary Cooper, pero es que los niños de entonces debíamos de ser muy especiales…

Eso, muy especiales, piensa Homper. Y no como estas criaturas de ahora, que van por la calle vestidos de góticos, de románicos, de lagarteranas o de tortugas Ninja, pero que pueden sufrir un trauma si el público las ve fotografiadas junto a la sonrisa más jaleada del planeta. Cosas veredes, Sancho

Sueños de un editor frustrado

Dicen que ahora editar tu propio libro no es un sueño...

Dicen que ahora editar tu propio libro no es un sueño...

La cosa es que la prima, que había sido siempre una mujer tímida y calladita, toda una vida dedicada a trabajar por los demás, con el mal dormir que dan los años se levantaba por la noche y se ponía a escribir. Nada pretencioso: reflexiones, pequeños poemas, pinceladas sueltas de su imaginación, cuentos mínimos y aleluyas piadosas al estilo de Las florecillas de San Francisco. Porque la prima, ya les digo, que de joven pintaba como para ennoviarse con ella, a fuerza de discreta plegó su alma sobre sí misma, se hizo asistente social y casi dio en la santidad.

El Duende, veinte años más joven, convivió con ella en la finca familiar que comprara el bisabuelo. Y comoquiera que aún siendo el más pequeño de su generación, era el único que escribía por afición,  fue el depositario de los escritos de la prima.

-A ver que te parecen –le dijo al entregárselos reflejando en su gesto la  esperanza en ser autora.

Los escritos de la prima eran justamente lo esperable de una prima de aquel tiempo. Respiraban ilusión y destilaban –oh sorpresa-el espíritu sensible de una mujer, que, contra todo lo que parecía, también se había enamorado alguna vez. El Duende convenció al resto de sus primos y a sus numerosos sobrinos de que aquellas páginas merecían un libro que, sin duda, a ella le encantaría recibir como regalo inesperado.

-Es muy fácil-se aventuró-Ahora en Internet hay webs como www.bubok.com que te permiten hacer tú mismo ediciones digitales cortitas y por cuatro perras.

Nunca lo dijera. Qué maldición, el hágaselo usted mismo, como el IKEA de las editoriales. Con María, que era la sobrina favorita, el Duende trabajó en la selección y corrección de los textos. E incluso escribió un prólogo en el que, cómo no, aparecía Audrey Hepburn y algunas otras de sus obsesiones recurrentes. Esta es la prueba:

Cuando yo era un niño, mi prima era una moza menuda, pero con una sonrisa coqueta y un par de esos encantos femeninos que a ningún chaval le pasan inadvertidos. Nunca entendí que Gregory Peck, por ejemplo, no apareciera un día por El Rincón a llevársela de paseo en la Vespa de Vacaciones en Roma. Sin embargo ella era demasiado tímida para estas aventuras. Y además, seguramente hubiera sido incapaz de quitarle el novio a Audrey Hepburn. Gracias a estas páginas que siguen uno sabe que, además de ser una magnífica persona, Mary pastoreaba las mismas ilusiones que cualquier jovencita de su tiempo. Entre que a Gregory seguramente se le averió la Vespa, y que ella pronto desvió su mirada hacia las necesidades de los demás, nos hemos perdido el gran sueño de la prima Mary.

Una tarde, María y el Duende se embarcaron en esa tarea tan fácil que es la autoedición en Internet. Ja. Claves, contraseñas, correo de vuelta, menúes que dicen que se abren y no se abren, pestañas abstrusas, infinitos campos por rellenar, lenguaje de  informáticos, mensajes ininteligibles para neuronas cerebrales talluditas, como ya son las suyas. Desesperación.  Fueron varias horas de este cálido verano para acabar rendidos como patatas al vapor. Y, constantemente, volver a releer el texto que se quiso, y no se pudo, subir a aquella web para que fuera convertido en libro.

Naturalmente, no se consiguió. El único logro del Duende fue advertir que, para el mucho cariño que tenía a la prima Mary, quizás el prólogo se había quedado cortito en el elogio. Así, pensó que además de a Gregory Peck en su Vespa, debía de haber incluído en la lista de pretendientes a Gary Cooper en su caballo de sheriff, a Charlton Heston en su cuadriga de Ben-Hur, a Steve Mac Queen en su moto de La gran evasión y a Robert Redford en su avioneta de Memorias de Africa.

Puede que aún lo haga. Sobre todo si algún alma alma caritativa o alguna mano joven despabilada se ofrece para ayudarle en esta tarea tan fácil que, según dicen, es la autoedición en Internet.

El Rey ha muerto: viva Yo

Sentir la muerte de los ídolos, "ma non troppo"...

Sentir la muerte de los ídolos, "ma non troppo"...

-Es terrible, y debe de ser la coraza de la edad-le confiesa la tía Clota al siempre estupefacto Homper-Pero no he conseguido derramar una sola lágrima por Michael Jackson.

Dice que Jerome, el hijo de su amiga Thelma, fanático irredento del ídolo caído, ha dejado la tienda de la gasolinera de Tinmouth y de momento ha huido a vivir a solas sus penas en una cabaña junto a un lago. No puede superar el impacto por la muerte del rey del pop.

-¿Sabes?…Yo, como soy más vieja, ni canto con una cerilla encendida, ni llantos histéricos ni nada. Lo primero que pensé  es qué pena de chico. Pero luego corregí: qué majadero. Y es que en la tele repasaron la historia de otros artistas que murieron prematuramente por sus excesos: Elvis, Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison…Pero si son tan geniales…¿cómo no aprenden que con eso del alcohol, las drogas y los fármacos raritos no se juega?…

Se sorprende Homper de la rotundidad del juicio de su anciana tía.

-Oye, tía-le reprocha débilmente-Tú antes no eras así. Recuerdo que cuando murió Gary Cooper dijiste te encerraste en el cuarto de baño para llorar a gusto.

-Otros tiempos, hijo…-confiesa con cierto sentimiento de vergüenza-Desde que soy vieja de verdad  me resbala casi todo. Me he dado cuenta de que la muerte de los demás forma parte de mi vida.

Reflexiona Homper, que ya se asoma al pórtico de la ancianidad. Recuerda el día en que venía encantado de ver en la entonces joven Filmoteca Nacional Cantando bajo la lluvia, y al llegar a casa su hermana le dijo: han asesinado a Kennedy. Creyó que el  mundo se hundía bajo sus pies. Al día siguiente se personó en la embajada de Estados Unidos, y estampó su firma en el libro de pésames, con frase y todo. Estaba convencido de que la propia Jackie Kennedy repasaría las condolencias y recibiría la suya como ungüento mágico para su dolor. Ahora el hombre empezaba a reaccionar como su tía: nada de rasgarse las vestiduras, de paripés lacrimógenos, de numeritos y frases para que te seleccionen y salgas en la tele como ejemplo de sensibilidad.

-Mueren, ergo existo, ¿no, tía?.

La anciana suspiró largamente.

-Más bien instinto de conservación.

Y Homper se propuso empezar la semana sorteando el egoísmo que nos va inoculando la edad,  y pensando más en esos familiares y amigos que aún le alegran la vida.

Los buenos, los malos y los chorizos

¿Habrá tiempo en el Juicio Final para juzgar a tanto chorizo?...

¿Habrá tiempo en el Juicio Final para juzgar a tanto chorizo?...(El Juicio Final, de HANS MEMLING))

-¿Verdad que Moisés era bueno del todo?-le preguntó tía Clota.

Y Homper volvió a quedarse perplejo.

-No Charlton Heston, que por mucho que se empeñe Michael Moore fue un Moisés magnífico -subrayó la anciana tía- Sino Moisés el fetén, el de las Tablas de la Ley de Dios, el de la Tierra de Promisión, el que separó las aguas del Mar Rojo

En tiempos, la tía Clota había elaborado una lista de inatacables. Clark Gable, Gary Cooper, Albert Einstein y John F.Kennedy, por ejemplo, eran inatacables. Hasta que se enteró de que a Rhet Butler le olía el aliento en el famoso  beso a Escarlata O´Hara de Lo que el viento se llevó, porque los héroes apolíneos también padecen infecciones bucales. Se terminó de caer del guindo cuando supo que Einstein maltrataba a las mujeres, y que Gary Cooper y Kennedy , aunque eran católicos, golfearon con las las chicas más de la cuenta.

-Pero ahora ya no hay buenos ni malos- se quejaba tía Clota- ¡Con lo útil que es eso que  llaman maniqueísmo!…

Según dedujo Homper de la conversación con su anciana tía Clota, la merienda del día anterior con sus amigas fue demoledora. Edwina estaba escandalizada de que a Obama, sin ir más lejos, le hayan salido rana  algunos altos cargos tan pronto.

-¡Y encima sus hermanastros negritos pidiendo trescientos dólares por dar entrevistas! -se lamentaba Clota- ¿A dónde vamos a llegar, sobrino?…

Thelma por su parte lloraba porque del as del béisbol Alex Rodríguez, un ídolo en su familia, se conozca ahora que ha venido tomando anabolizantes. Y la tía Clota había puesto encima del tapete la última puñaladita que la hipocresía humana ha clavado en su limpio corazón.

-¡Qué chasco, Hom!-decía mesándose los cabellos ante la cámara de Skype- Tener que explicar a mis amigas que en la España de derechas también hay red sausages…

Añadió que, afortunadamente, lo de aclarar que en España se llama chorizo al granuja que afana el dinero público marcó una deriva amable en la tertulia de la merienda. Pero también dejó caer que a ella nadie le libraba de la vergüenza de los sepulcros blanqueados que nos rodean.

-¡Pensar que al pobre Oscar, que en paz descanse,  dejé de hablarle un mes porque me confesó que un día le dio un azotito a una camarera!…

La tía Clota añadió que no puede vivir en un mundo donde nada es blanco ni negro, y todo es relativismo. Se extendió en diatribas morales contra la moral acomodaticia. Y concluyó que si fuera reina absoluta , implantaría por decreto el Maniqueísmo, admitiendo, como mucho, cuatro categorías. 1.Buenos absolutos. 2.Buenos con matices. 3. Malos absolutos. 4. Malos con matices.

Homper se rió de la ocurrencia de la tía.

-No seas tan generosa, tía-ironizó entre carcajadas.

Y le contó que su amigo Carlos Loring, un abogado tan listo como mordaz, dividía a los sospechosos en sólo tres categorías. 1. Hideputas natos: los que tienen mala suerte con la madre. 2. Hideputas sobrevenidos: los que se ganan el adjetivo por su ejecutoria. 3. Hideputas esféricos: aquéllos que, se les mire por donde se les miro, son  hideputas.

La tía Clota se quedó llorando, no se sabe si de risa o de pena. Y antes de cerrar su conversación le dijo a Homper que esperaba que en este tó el mundo es malo que de repente sucede al tó el mundo es güeno, al menos Moisés, Gandhi y la madre Teresa de Calcuta, queden libres de toda sospecha.

Los andamios de la grandeza según tía Clota

¿Sabes, Homper?...Si ellos no creen, hacen por creer en su pais...

¿Sabes, Homper?...Si ellos no creen, hacen por creer en su país...

A Homper lo que más le llamó la atención de la toma de posesion de Obama secundum Clota fue la puesta en escena. No la del acto en sí, sino la del seguimiento de su anciana tía que, lógicamente, no quiso perdérsela ni verla sola. Le había llamado su amiga Thelma, también viuda, que acudió a la hora prevista con su bolsa de punto. Thelma le está haciendo un jersey  a su nieto, hijo de un hijo vietnamita que su difunto marido había adoptado en aquella lejana guerra.

-El bebé ha salido muy orientalito-subrayó Thelma-Pero es una ricura. Además, Estados Unidos ya no es ese país de rubios como Gary Cooper que veíamos de niñas. Ya ves tú, el nuevo presidente…

Thelma es de las que se ha obamizado por la fuerza de los hechos. Ella hubiera querido otro Kennedy clarito y de familia bien, pero se ha dado cuenta de que la grandeza del tío Sam es que asimila a todo el que tiene claro lo que hace grande a un país. Según le contó Clota a Homper en su correo electrónico -la tía ya chatea y manda emilios, porque se ha convencido de que Internet es más barato que el teléfono- Thelma también se quedó perpleja cuando ella apareció con tres cebollas, un cuchillo, un plato y la tablita de cortar.

-Si no te importa-le dijo a su amiga-yo aprovecharé para hacerme una sopa de cebolla.

Thelma no le dio demasiada importancia. En realidad, no tuvo ojos más que para lo que mostraba el televisor, y apenas avanzó dos centímetros en una de las mangas del jerseycito. Thelma  no es, según la tía, una mujer sensiblera. Pero cuando escuchó los juramentos,  el discurso del nuevo presidente, la oración del pastor metodista y el Barras y Estrellas coreado por todos los asistentes, se enjugó una lágrima delatora que corría por su mejilla y moqueó un par de veces. Nada al lado del borbotón de lágrimas que fluía de los ojos de la tía Clota.

-Pero hija-le dijo Thelma sorprendida-Yo creía que a los europeos estas cosas no os decían nada…

-No, si lloro por las cebollas-respondió Clota disfrazando sus sollozos con una sonrisa fingida.

Mentía como una bellaca-le contaba luego a su sobrino en el emilio. Lloraba porque de verdad me emocionaba, y al mismo tiempo lloraba porque en España nunca me atreví a llorar por eso que llamamos Dios, patria, y bandera. ¿Sabes, sobrino? La ley es esencial, pero no es nada romántica. Los anglosajones lo han entendido muy bien, y están convencidos de que su fuerza es estar unidos por algo más. Si no creen en esos valores, hacen por creer en ellos. Y todo eso que despreciamos en nuestro país son los andamios de su grandeza. Te lo digo a ti porque, como ya soy vieja, no me importa hacer el ridículo.

Se acordaba de estas palabras Homper cuando, camino de su tertulia, le sorprendió   la ceremonia del cambio de guardia en el Cuartel General del Ejército. Mientras desfilaba la guardia entrante, la banda de música interpretaba Suspiros de España. Sintió en el corazón algo así como un pellizco,   un amago de sensiblería.

-Bah, tonterías-se dijo mientras con los dedos se secaba un testimonio inoportuno que fluía del lacrimal.

Y siguió su acostumbrado paseo hacia el Ateneo.

¿Podremos?

Levantaba el nuevo presidente de los Estados Unidos los brazos agradeciendo su formidable victoria y sobre la tumba de su abuela, muerta unos días antes, se posaba un pajarillo.  ¿Dónde estaba Norman Rokwell para pintarlo?

Se escuchaba en el país el emocionante discurso de Obama y al reverendo Jesse Jackson, que fue el primer candidato negro en intentar su hazaña, se le corrían las lágrimas por las mejillas. Mientras tanto, otro Jesse apellidado Owens, que desbarató  ante Hitler la patraña aria deslumbrando  al mundo con su poderosa zancada, se colgaba otra medalla en el más allá. ¿Dónde estaba Frank Capra para filmarlo?

Salía por la tele esa anciana de 106 años llamada Ann Nixon Cooper, que no pudo votar durante años por ser mujer y además negra, y confirmaba que lo de ese cuatro de noviembre de 2008 había sido un milagro. ¿Dónde estaba William Saroyan para escribirlo?

Homper, el Hombre Perplejo, es de esa generación ingenua educada en el bonito engaño de que los Estados Unidos eran siempre los buenos de la película de la vida. Sus soldados salvaban a Europa de la bota de la Alemania nazi, Gary Cooper y James Stewart eran los delegados de Dios en la tierra. Ël particularmente había canonizado al tío Tom en su cabaña. Pensaba que no había melena rubia más seductora que la de Marilyn Monroe. Y sostenía, convencido, que el browni era el mejor pastel de chocolate inventado. Muy superior, por cierto, a la muy empalagosa tarta Sacher, a la que siempre le sobró la capa de mermelada de frambuesa. En ese país de película, Juan Nadie podía ser presidente. Y ahora un negro, que hasta hace apenas tres generaciones era menos que nadie, es elegido democráticamente  para sentarse en el despacho oval de la Casa Blanca y enderezar los muchos entuertos que afligen al tío Sam y, con él, al mundo entero.

Homper había anotado cuidadosamente lo que un día proclamó Martin Luther King: anoche tuve un sueño…El soñador pagó con la vida su empeño en luchar por lo soñado. Pero ya lo recordaba José Luis Garci en su  pésimo acento inglés, como corresponde a un chico de la calle de Narváez. Lo dijo cuando recogía el primer Oscar de Hollywood que ha ganado un cineasta español: sometimos dreams come trooth. O sea, que a veces los sueños se convierten en realidad.

Y a Homper le sorprende, sí,  pero también le alivia, y hasta casi le emociona que el pueblo estadounidense de vez  en cuando tenga el valor de creer que hay purga de Benito para curar las heridas del sueño americano. Entre otras cosas, porque, querámoslo o no, participamos del mismo.  Todo occidente fue moldeado a esa imagen y semejanza y Homper, aún en pañales, no fue excepción. Quizás ya es demasiado tarde para defenestrar los credos y los iconos de nuestra civilización.

Por eso, al menos mientras no aparezca ese feroz capitalista, ese memo iluminado, ese villano sin escrúpulos, ese Leonel Barrymoore que en las películas de Capra siempre jodía el viejo tinglado de la bella farsa, hay que mantener viva la llama de la esperanza. Pidamos paciencia a Wallace, el Pepito Grillo más contumaz entre los comentaristas de este blog. Don´t worry, be happy. Como insistía el nuevo presidente de los Estados unidos, podemos cambiarlo todo. Bueno, quiere decir Homper que quizás podamos…

La voz del domingo por la tarde

Vicente Marco

Vicente Marco

Era el hombre del domingo por la tarde. Algunos de ellos se hacía adorable, otras no tanto. Sobre todo cuando daba paso a Pepe Bermejo, y éste, desde el Metropolitano resumía el mal partido del Atleti con notable displicencia. Al Duende siempre le parecía que en Carrusel Deportivo también se le trataba mejor al Madrid, porque ganaba más partidos que el equipo de enfrente. Porca miseria. Entonces la SER, ya era cadena, pero no escuchábamos tanto la SER como Radio Madrid. Apenas se cuidaba el lenguaje empresarial, y las emisoras de radio no buscaban tanto impresionar por su tamaño como por su cercanía. Radio Madrid quedaba a un paseo de casa, en la Gran Vía. Y sus voces de referencia eran todas amigas de verdad. Pedro Pablo Ayuso, Juana Ginzo, Matilde Conesa, Boby Deglané, Joaquín Peláez…Y Vicente Marco.

A Pedro Pablo Ayuso, que era algo así como el Gary Cooper de las ondas, no le vio el Duende en vida más que una vez. Resultó que tenía barriga, como cualquier funcionario de la época. A Boby Deglané le vio más veces, porque veraneaba en el pueblo de su mujer, que era Arenas de san Pedro. Los chiquillos de entonces adorábamos a Irma, su hija, a la que sólo volvió a ver el Duende una vez desde entonces. Juana Ginzo -ya visualizada por un pequeño papel cinematográfico en Los ladrones somos gente honrada, con Pepe Isbert, José Luis Ozores y Antonio Garisa- le encajó tal cual la abocetaba, solo que resultó ser más rojilla de lo que daba por las ondas. A Joaquín Peláez se lo encontró en el vetusto ascensor de Gran Vía 32, cuando hacía sus primeros pinitos en aquella radio, que ya era claramente la SER. De entonces data su convicción de que no hay que ponerle cara a la voz que te subyuga, porque siempre es mucho peor que la ilusión. Y al muy admirado Vicente Marco, que se inventó Carrusel Deportivo le saludó varias veces, cuando, ya retirado asomaba por la radio como parte viva de su historia.

Era un hombre menudo, de voz ya algo tenue, discreto, educadísimo, siempre sonriente y amable. Le dijo el Duende entonces que era la voz de sus domingos por la tarde, cuando en la monotonía de lluvia, merienda de pan con mantequilla y deberes escolares uno buscaba en el gol de Escudero o en el regate de Enrique Collar la única alegría que por ahí daban gratis. El sueño de la radio, tan inocente entonces  que para acuñar el nombre del primer gran programa de deportes acudía a un carrusel  como aquel de caballitos que plantaban en los solares de Moncloa, delante  de la cervecería El laurel de Baco.

Es tramposa tradición la de escribir la necrológica de una persona notable ad majorem gloriam del abajo firmante. También el Duende es carne mortal, y reconoce su pecado de vanidad. Pero debe confesar que  guarda como uno de los mejores recuerdos de su vida radiofónica el afectuoso apretón de manos que le dio Vicente Marco cuando se lo presentaron. Mi señora y yo escuchamos a doña María desde casa -le dijo el veterano radiofonista- y nos divierte mucho…No la abandone nunca.

El caso es que doña María montaba sobre uno de los caballitos del carrusel y éste se ha detenido con la muerte de don Vicente. Desde la grupa de madera pintada en vivos colores, y enjugando una lagrimita que le emborrona la sombra de los ojos, ve cómo el tiempo se nos escurre entre los dedos, y recuerda con cariño aquellas tardes de domingo en que aquella voz amistosa, todo equilibrio y señorío, anunciaba la victoria del Atleti.

El ocaso de Charlton Heston

Charloton Heston

Teresita era una prima del Duende bastante más que adorable. En la pandilla había varios que habían llegado a esta misma conclusión. Su risa blanca y compacta como la del cuarzo, y el puntito de gracia en el habla que aún le quedaba de su Jerez natal alegraban lo mejor del verano. El resto lo ponían la fiebre de la primera juventud, el Dúo Dinámico, Adamo, Pat Boone y Ricky Nelson sonando en el pikú, algo de sangría, un cuerno de la luna arrastrando el telón de la noche y la emoción sin igual del estar de vacaciones y de que, agotados los vinilos, aún quedaba el canto de los grillos y de los alacranes cebolleros. Si Teresa rondaba cerca, no había mayor felicidad que tumbarse en el pasto seco -en los veraneos de la España interior de entonces apenas había césped- y esperar a las estrellas fugaces para desear aún más cercanía. Las debilidades humanas. Una pena que aquella criatura llena de encantos tuviera un defecto: estar enamorada de Charlton Heston.

Los años no fueron generosos con este galán desaparecido que arrasó en España. En la década de los sesenta. Charlton parecía hecho a placas, como el Guggenheim o como las esculturas de Amadeo Gabino, y fue magnífico mientras la edad respetó su cuerpo de atleta. En realidad no se sabía si era un hombre, el caballo de Troya en acero, o uno de esos monumentos al trabajo que entonces erigían los países del este. A las niñas les impresionaban sus ojos y su sonrisa limpísima, a los chicos nos acomplejaban sus pectorales, sus bíceps y su mandíbula, que en cualquier momento podría triturar incluso la Sierra de Guadarrama. Había otros galanes más elegantes, como Gary Cooper, Gregory Peck o incluso Paul Newman, que ya empezaba a provocar desmayos. Pero a diferencia de aquellos, que no rodaron en España, Charlton Heston había sido sorprendido paseando por los alrededores del Hotel Castellana Hilton de Madrid cuando vino hacer El Cid. O sea, que era carne mortal, lo cual excitaba más a las fans. Quizás por ello la prima Teresa lo proclamó patrimonio de la humanidad, aunque la humanidad fueran sólo las chiquillas que veraneaban en Arenas de san Pedro. Luego pasó lo que pasó: la misma noche que Charlton Heston acababa de morir, ardieron muchas hectáreas de pinar en la noble villa abulense. Una plaga tan bíblica como los grandes éxitos del ídolo definitivamente caído.

La última vez que lo vio el Duende en el cine fue en Bowling for Columbine, de Michael Moore, un muy premiado documental sobre la paranoia de las armas en Estados Unidos. Su secuencia más celebrada era una entrevista con el viejo héroe, convertido ahora en el estandarte de los que defienden el derecho a tener armas para la defensa personal. Al Duende la postura Heston le pareció tan disparatada como cruel el acoso de Michael Moore. El audaz director ya no se enfrentaba a un héroe enloquecido, sino a un anciano con claros síntomas de Alzheimer. Qué falta de respeto con Moisés, con Ben Hur, con el Cid y con la prima Teresa. El Duende le hubiera pedido disculpas.

Y, de paso, le hubiera preguntado si á él también se le rozaban los cuellos de las camisas con la misma facilidad que al menda. Que uno puede no ser ni la mitad de macho que lo era el difunto Charlton. Pero, aún sin  ese cogote  de coloso que envidiaba el pérfido Mesala  en su cuadriga tuneada para derrotar a Ben Hur, de verdad que no es normal la cantidad de camisas que desecha por culpa de unos cuellos que se deshilachan a las primeras de cambio. Un engaño, otra cosa más de espaldas alpueblo. Como el delirio armamentista que, a la vejez viruelas, emborronó la gloria del héroe de la prima Teresa.

…¡Y Fraga le hizo llorar!

 Nadie lo hubiera dicho. Nadie hubiera tan siquiera pensado que ese político con aire de matriculín, verbo infalible, ambición incalculable y tics de repelente niño Vicente guardara en algún rincón de su alma una lágrima para tal ocasión.  Foto de Tatiana SapateiroImprevisible aquélla, la lágrima, y menos esperable aún ésta. La mayoría podríamos entender que Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid, llorase presentando el libro que glosa la vida de una actriz, un poeta, una pianista o una princesa, porque sensible a estas materias sí que ha demostrado ser. Pero no lo de ayer. No podíamos imaginar semejante rapto de ternura por un político – Manuel Fraga-  al que sólo el tiempo ha borrado sus famosos prontos de sargento furriel. En un tiempo la calle era suya, y el Estado le cabía en la cabeza. Ahora también gimotea cuando recuerda sus servicios a la patria, y probablemente cuando cuenta Bambi a sus nietos. Llora el viejo brigadier curtido en mil batallas y aguerrido capitán que aún se apresta a asaltar la posición más inexpugnable. Ojos que no lloran, corazón que no sienten.

La cosa es que desde que la madre de Boabdil el Chico afease el llanto de su hijo por abandonar Granada con el rabo entre las piernas, lo de llorar estaba muy mal visto en el hombre. Parece que sólo se podía llorar como mujer, qué fastidio.  Lo cual hizo sufrir mucho al Duende, pues también lloró con Bambi, y con la muerte en directo de aquélla serenísima niña llamada Omaira, que quedó atrapada en una ciéanaga tras la explosión  furibunda del volcán Nevado Ruiz, y viendo una película para jóvenes titulada El club de los poetas muertos, y cuando, haciendo la mili llegó el cartero a la compañía con una carta para Angel García de su novia. El pobre Angelito, que había pedido permiso ese día para examinarse en Madrid, acababa de morir atropellado a las puertas del campamento cuando se dirigía al autobús que le iba a llevar junto a ella, la misma que ahora no tendría respuesta a su carta. Y por eso lloraba el Duende, pensando los dos corazones rotos y en la carta que nadie leería.

Había un personaje femenino de Jardiel Poncela que en Usted tiene ojos de mujer fatal invitaba desde la escena a la terapia lacrimal. ¡Llore, llore usted!- gritaba como una loquita iluminada-Es cierto que se caen las pestañas, pero…¡sienta estupendamente! Sin embargo los hombres de la generación del Duende estábamos educados para no llorar, porque eso era de nenazas.  Gary Cooper, Humphrey Bogart, Clark Gable y el Guerrero del Antifaz jamás lloraban. Pero el sentimiento es como es, y el lacrimal trabaja cuando menos te lo esperas. El Duende debe confesar que hace unos años pasaba por la Cibeles en la hora más populosa del día cuando, junto a la verja del Cuartel General del Ejército, vio a un viejecito menudo con boina y trazas de pastor serrano aireando entre el gentío apresurado su valiosa mercancía. ¡Manzanilla de la sierra a cinco duros el ramillete! Nadie le miraba, nadie le escuchaba, nadie hacía por él. Porque Madrid ya empezaba a ser la novia de Europa, la lanzadera de la economía nacional, la ciudad de ferias y congresos, meca de yupies y del pelotazo, salón del automóvil de lujo, cuna de la modernidad y templo eterno de la movida. Malos tiempos para la lírica de la manzanilla. Le dio tanta pena al Duende aquél incomprendido, le inspiró tanta ternura que  le compró dos ramilletes de la aromática planta con los que se fue caminando por Recoletos arriba. Y cuando se quiso dar cuenta lloraba. No como mujer, sino como un gilipollas. O al menos eso pensaba entonces, que no recordaba la rima aquélla de Bécquer: ¡Ya ves que soy un hombre y también lloro!

Porque, afortunadamente, las cosas cambian. Ahora ya no gustan tanto los que van de lijas del 9, y  la ternura masculina  también  cotiza. A lo mejor las lágrimas de Gallardón nos recuerdan que, además de una buena cabeza, este hombre tiene corazón.   


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