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La mirada del autómata

Las apariencias engañan, pero esta mirada no parecía humana...

Las apariencias engañan, pero esta mirada no parecía humana…

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Caos en tu vida. No lo querías, pero has tenido que cambiar de ordenador. Ha sido un sinvivir. Notabas que las tripas se te rebelaban, no podías conciliar el sueño, porque pensabas  que tirarías por la borda la poca informática que habías aprendido hasta ahora. Por  lo visto cinco años de vida es demasiado para cualquier aparato que hoy se precie. Todos nacen programados para que se conviertan en obsoletos cuando aún los creías niños, así que hale, a sufrir, a hacerte con otro teclado, otros iconos, otros interfaces, que llaman. Nuevos programas, descargas, claves, contraseñas, actualizaciones. Tierra, trágame.

-¿Seré capaz de escribir otro post más?- te preguntas- ¿Cuánto tardarás en implementar (horrible neologismo, por cierto) una nueva entrada en tu blog?

Y además, el verano furioso. Y por si fuera poco, ley de orden en tu casa. Hay que vaciar armarios, embalar libros y objetos, trasladarlos, deshacerse de los trastos inservibles, que son casi todos. Por una parte es una buena oportunidad para calcular el  dinero tonto que gastamos en inutilidades que luego acaban irremisiblemente en la basura. Pero con este calor…

Lo dicho, tierra, trágame.

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Vas al cine para evadirte y sacudirte de encima el insoportable stress de cambiar de ordenata, hacer orden en casa y soportar el calor. Aunque cada día te cueste más encontrar en la cartelera una película que verdaderamente te apetezca.

Después de leer las críticas de El cine según Atticus, que son una guía breve y directa para no equivocarte demasiado, ves La mejor oferta, que te parece, por cierto, también  la mejor oferta cinematográfica de bastante tiempo a esta parte. Por no destripársela al lector te limitarás a contar aquí que es un guión muy inteligente para contar una historia de intriga, amor y lujo que se sale del marco habitual en los thriller. Y además tiene su punto de ternura, algo impensable en un personaje tan snob y antipático como el que encarna el actor Geoffrey Rush. Hay que verla.

En el cine, por cierto, te encuentras al propio Atticus, que no es el abogado de Matar un ruiseñor, sino el pseudónimo de Pepe García Berdoy. Pepe es un señor barbado, rubicundo y de ojos claros, sonriente y con buenos modales. Bien vestido, pulquérrimo, y con eso que las madres de tu tiempo llamaban buen aire, parece un millonario que amasó su fortuna comerciando con el café de Colombia o  comprando a precio de saldo la patente de un tratamiento de llanto de culebra para acabar con la celulitis. Su imagen exporta felicidad. Tal vez por eso, porque no va de intelectual torturado y porque incluso se le entiende casi todo, no llegará a ser un gurú de la crítica, pero le dará igual, porque las celulíticas del mundo le dan para pagarse una semana en el Festival de Cannes con estancia en el Hotel Carlton y cenas ad libitum en restaurantes con muchas estrellas Michelin. Para qué liarnos entonces con una crítica al uso, si no necesita epatar al burgués.

Eso sí, dado que es tan amable hubiera sido muy de agradecer que te esperase a la salida, para preguntarte si te había gustado. El vio otra película en la sala contigua, y pronto nos hará una nueva recomendación.

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Fuera del cine, en un banquillo de los acusados, el protagonista era José Bretón, al que un jurado popular había considerado esa misma tarde culpable del asesinato de sus hijos. Tu horror al hablar de este crimen sólo es comparable al recelo que te inspira la institución del jurado en esa clase de delitos. No entiendes por qué se le adjudica al pueblo esta función y no la de juzgar quién debe pagar el déficit de tarifa de las eléctricas, por ejemplo o las pérdidas por el timo de las preferenciales de la banca. ¿Somos más demócratas porque un ferroviario o una esteticienne decidan la inocencia o la culpabilidad de un presunto asesino? No. Tú crees que lo que somos es más utopistas. ¿Qué especial lucidez va a tener un ciudadano de la calle sobre la de aquellos que se formaron como jueces?

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Pero ves esta otra película siniestra de la vida misma y adviertes que hay un punto de contacto con La mejor oferta. En la película de Tornatore hay otro protagonista además del experto en arte que no es persona, pero sí un extraño personaje. Se trata de un autómata, uno de esos muñecos mecánicos que construían los relojeros del siglo XVIII y que hoy son piezas codiciadas por los coleccionistas de antigüedades. A ti estos autómatas, como los siniestros muñecos de los ventrílocuos, siempre te dieron un poco de repelús. Sobre todo por su cara, de mejillas finas como estucadas, y muy especialmente por sus ojos, generalmente saltones, inquietantes e inspiradores de terror…

Las apariencias engañan, y en ningún caso prefigurarán la sentencia que aún le aguarda a Bretón. Pero tú le viste en el banquillo y a fe que su rostro terso y su gestualidad de esfinge te estremecieron. Te parecían las propias de un hombre sin entrañas, de corazón mecánico. Un muñeco que albergase resortes y ruedas dentadas en lugar de sentimientos, y que proyectara al exterior una mirada tan fría y aterradora como la mirada del autómata.

El discurso del Rey y el discurso de la calle

Pregunta: ¿es el Rey el único que debe esforzarse en hablar un poco mejor?...

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El Rey también habla mal. Cuando se irrita, para desahogarse y vencer su tartamudez, grita como un jaimito enloquecido: coño, teta, culo, pedo, caca, pis. Naturalmente, no es el rey Juan Carlos, al que pese a su reconocida espontaneidad sólo se le ha pillado un por qué no te callas que el presidente Chávez se había ganado a pulso. Sino Jorge VI de Inglaterra, admirablemente representado en El discurso del Rey por Colin Firth. No se le parece éste físicamente en nada, con lo cual no ha sufrido las críticas que aquí levantó Puigcorbé por aprovechar su lejano parecido con el borbón para imitarle en uno de esos seriales que han pasado recientemente por la tele. Pero interioriza el problema de Jorge VI, vive su angustia y su frustración en cada uno de sus gestos,  y se los traslada al espectador con una autenticidad tal que este acaba olvidando si el rey verdadero era más alto, más rubio, más elegante o más guapo que Firth. Este le ha ganado el alma, y esa es la que acaba emocionando y, al cabo, convenciendo. La magia del saber actuar.

Lo demás también ayuda. Magnífico Rush en la composición del falso logopeda Logue. Insuperable Michael Gambon en su breve intervención como Jorge V: qué voz y qué dicción. Qué maravilla. Y qué diálogos. Como la fotografía, de una sutileza dramática que se hace casi poesía. Como la ambientación. Como la dirección, de Tom Hooper, que puede estar orgulloso de haber filmado una película histórica sin caer en ninguno de los vicios tradicionales de este  tipo de cine Una gran película y un rato delicioso, en suma.

Aunque el Rey tenga que hablar mal para conseguir acabar hablando medio bien.

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El pobre duque de York, que iba a ser rey a su pesar, hablaba mal por problemas de dicción. Y necesitaba hablar bien para un discurso trascendental Pero una cosa es la dicción y otra el lenguaje. Para ambas cosas usa el castellano el verbo hablar. La polisemia se extiende también a la palabra discurso: hace unos años un discurso era sólo una pieza oratoria. Ahora decimos discurso también al contenido de esa pieza oratoria. El discurso, según esos que ahora su llaman politólogos, viene a ser la enunciación del pensamiento.

No tiene claro este bloguero cómo andaremos los españoles de pensamiento. Sospecha que no muy lucidos. Pero velay por donde, el mismo día que quedaba fascinado por El discurso del Rey había leído un artículo de Juan Cruz donde denunciaba que el lenguaje de la basura se ha instalado en la política, en los medios y amenaza con empobrecer nuestro idioma. Artistas, deportistas, polemistas y políticos deslenguados animan el patio. Yo soy más golfo que tú puta, y gilipollas el último, que si no, no vamos a parecer ni modelnos ni progres, y además ninguna cadena paga nada por ser bien educado. Pues qué alegría.

¿Se atreverá a recordar alguien que el lenguaje cada vez más sucio y barriobajero acaba envileciendo el pensamiento?

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El discurso del pueblo no tiene por qué ser el del Rey. Todos hablamos mal en todos los sentidos. Cometemos errores de sintaxis y de dicción, manejamos poco vocabulario y además soltamos tacos y palabrotas a dos por tres: porque estamos enfadados o porque ya nadie se escandaliza por nada, y queda gracioso y espontáneo que incluso la gente culta caiga en la jerga canalla.

No estamos obligados al cuidado que debe mantener un rey, porque no encarnamos más que nuestra propia representación. Pero los que han recibido una buena educación  no deberían (o deberíamos) traspasar los límites del decoro y la sensibilidad. La moda se fuma un puro en estos melindres pasados de moda. La inteligencia debería, a su vez, fumarse un puro también y despreciar las memeces y los excesos que impone la moda. Hablar mal no tiene por qué estar bien. Lo digan Cela, Almodóvar, Pérez Reverte, De la Riva, Jiménez-Losantos, Pajín, o Casillas, cuando, por valorar la hazaña de ganar el Mundial de Fútbol acudió a la palabrota comodín que ya no se le cae de la boca a casi ningún joven: ¡es la hostia!

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La tía Clota, que estudió filología y literatura y fue profesora de español en Estados Unidos, donde aún vive, se escandaliza por el uso y abuso de una palabra que los que tenemos una cierta edad y recibimos educación religiosa nos resistimos a banalizar.

-¿Por qué ahora todo es la hostia? –se pregunta sorprendida.

Antes fue la repanocha, el despiporren, el acabóse, el no va más,  la pera limonera, la bomba, o incluso la leche. Pero ahora es la  hostia. Antes fue la bofetada, la galleta, la chuleta, la colleja, el capón,  el golpe, el trastazo,  el trompazo, el  batacazo. Ahora también eso es la hostia. Antes el adjetivo  fue bueno, inolvidable, bellísimo, grandioso, histórico,  emocionante, irrepetible, insuperable…Ahora también es la hostia.

Lo positivo o lo negativo, el bien o el mal, la felicidad suprema o el infierno, le perfección o el desastre. Todo se resume en esa palabra. No goza la oblea blanca que se consagra en la misa del mismo cordón sanitario que el lenguaje políticamente correcto  está tendiendo sobre otros errores u horrores del lenguaje tradicional. Se eliminó del diccionario judiada, nos mordemos la lengua antes de decir moros y maricones, y  llamamos conserje al portero para  halagar su autoestima. Procuramos no ofender a los discapacitados y barremos los residuos sexistas de nuestro modo de hablar. Aunque eso sí: la hostia a todas horas, venga a cuento o resuma  la incapacidad e ignorancia del que está tomando la palabra. A la inmensa mayoría, acostumbrada al vive y habla como quieras, esta simplificación de lo sagrado les resbala. Al cristiano tradicional quizás le ofenda y le sorprenda. Pregunta: ¿qué pasaría si, según la doctrina musulmana, la hostia simbolizara el cuerpo de Mahoma?

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Comparte este bloguero la perplejidad de la tía Clota. Pero reconoce que está a punto de entrar en la ancianidad oficial, y que cada día pertenece un poco menos al mundo que vivimos. Como Jorge VI,  necesita un logopeda justo para lo contrario: corromper aún más su palabra y y enseñarle a malhablar y a insultar como manda la academia de la calle. Aunque siga pensando que el discurso de ésta, sin ser tan pulcro  como cabe exigirle a un rey, debería recoger al menos el buen sentido y la gracia que antes distinguía al pueblo.


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