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No te mueras nunca, Audrey

Cada vez que queremos huir de la nostalgia, regresa Audrey Hepburn y vuelve a atraparnos...

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La nostalgia será un error, cierto. Y sólo mirar adelante tiene sentido. Pero el caso es que despierta uno este domingo dispuesto a la catarsis necesaria y  lo primero que escucha es la voz de Audrey Hepburn recién salida de la ducha cantando Moon River.

 Ya lo ha señalado este bloguero en otras ocasiones, es una de las escenas de más ternura que recuerda en la otra vida que era el celuloide. Ella allí, en albornoz, sentada en la escalerilla de incendios de un bloque de Manhattan, abrazada a una guitarra mentras encandilaba al universo con su cara de ángel, si es que los ángeles tuvieran sexo. Ella allí y el Duende joven aquí, tan lejos de cualquier paraíso, en el insignificante Madrid de la época, casi imberbe, estudiando ese coñazo inmisericorde que se llamaba Derecho Procesal mientras perseguía la sombra huidiza de las muchachas en flor. Qué injusticia. Para qué carajo quería uno el derecho procesal cuando lo que necesitaba era salir con ella.

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La inmortal Audrey anunciaba que EL PAÍS regalará durante los domingos que haga falta las mejores películas de nuestra época, las indispensables, las que, entre otras cosas, nos hacen pensar en los momentos de debilidad que no todo cualquier tiempo pasado fue peor. Hepburn, Peppard, Blake Edwards, Henry Mancini, Desayuno con diamantes. El desayuno del bloguero no llega a tanto. Un café, unas tostadas y unas cuantas ilusiones.

Entre ellas, la de desembarazarse definitivamente de cualquier compromiso sentimental con el pasado. Tirar por la borda todo lo que ya no puede ser. Pero va la SER y para arreglarlo lanza a Plácido Domingo cantando Maitechu mía, una de las grabaciones contenidas en el doble CD de melodías eternas que no debemos dejar de comprar.

Joder con la modernidad. No las tiene todas consigo, y al cabo casi recela tanto como este bloguero de lo que está por llegar. Tanta apología del futuro para acabar sujetándonos con los lazos de siempre. ¿No será otra milonga?…

Por si acaso, please, Audrey, no te mueras nunca.

Desayuno sin diamantes

No paraba de sorprenderse Homper. Quizás se tomaba su nombre demasiado en serio, como si le predestinara para abrir los ojos, otear el horizonte y ver todos los días algo que le llevara a rascarse la mollera y asombrarse . Hombre perplejo, Homper, dime qué te preguntas hoy y te diré si filosofas. Sobre lo divino y lo humano, sobre las grandes cuestiones y las pequeñeces, sobre las hojas caídas en el otoño o sobre las causas de la crisis económica.

Y aquel día se preguntó qué sirvieron en el famoso Desayuno con diamantes.

Su amiga Chapita, tan coqueta y seductora, ni se lo había planteado. Desde hacía unos días vivía sin vivir en sí, porque en los medios se había anunciado a bombo y platillo que por fin Tiffany´s abría tienda en Madrid. Dios, cómo habremos podido vivir tantos años sin esa sofisticada joyería que Truman Capote y Audrey Heburn universalizaron. No es que Chapita necesitara demasiados aditamentos para hacer notar su poderío y su encanto, porque lo tenía todo. Por fuera y por dentro de su cuerpo, donde algún escultor de la silicona ya había dejado pruebas de su destreza. A las doce de la mañana de cualquier día el Audi conducido por Vidal, su mecánico -antiguamente chófer- se detendría ante el lujoso local de la calle de Ortega y Gasset, ya saben, el del hombre (y la mujer) son el hombre (y la mujer) y su circunstancia. Por cierto, que el pensador desde el más allá se preguntaba cómo él, el más profundo y sesudo filósofo de nuestro pasado siglo veinte sólo era para la mayoría la calle más pija de la capital.

-Tiene cojones-se quejaba a Platón- Tantos estudios en Alemania, tanta meditación, tantos años de El espectador y tanta Rebelión de las masas para que luego me acaben confundiendo con una marca de lujo.

Mucho me temo que sí, se decía Homper al ver salir a Chapita con la famosa caja azul de Tiffany´s. Ella la sacó de la bolsita y se la mostró apenas se reconocieron, se besaron y se fueron a desayunar a una cafetería cercana. Porque él, tan fetichista, nunca volvería a estar tan cerca de de emular al mito cinematográfico.

-Te invito a un desayuno…¿con diamantes?- le vaciló imitando la voz del doblador de George Peppard.

Ella se rió, y antes incluso de probar el café aclaró que la cajita azul no contenía el famoso diamantón amarillo de múltiples facetas coronado por ese pajarito azul moñudo, tan cursi, que es la joya de las joyas. Ni el famoso collar que lucía la impar Holy Golightly en la película, y que, por cierto, se expone en el escaparate de la tienda. Sino unos pendientes de apenas tres mil euros que, eso sí, se probó sin dejar de sacudir su rubia melena a diestra y siniestra y alargando sus morritos. Y no es que los pendientes fueran feos, se decía Homper, sino que en la mesa de al lado desayunaba Ana, aquella mujer de ojos claros a la que conoció veinte años atrás y que también diseñaba joyas más sencillas como las que esa misma mañana lucía su maravilloso cuello: un collar de plata que engastaba cuentas de vidrios erosionados por el vaivén de las olas y turquesas recogidas en las playas de Almería.

Y mientras Chapita largaba y largaba sobre lo ideal de la muerte que era la llegada de Tiffany´s a Madrid, a Homper se le iban los ojos a Ana viendo en ella a la mismísima Audrey Hepburn. Y se sorprendía del chollo de los emperadores del lujo con la bendita ingenuidad de sus clientas, cuando está claro que la única joya es esa mujer que sabe lucir con gracia y elegancia hasta una piedrecilla del arroyo, y hace bueno aquello de la mona vestida de seda que mona se queda.


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