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Georgi Dann ataca de nuevo

Si el Corte Inglés es el espejo del sueño de los españoles, esta vez nos ha fallado...

1

Hacía tiempo que Homper no hablaba con la tía Clota. Dice que está muy mayor, y que últimamente está entregada a un gurú indio que alivia su vejez con  meditaciones tántricas e ingestas de té verde. Por eso le extrañó su llamada desde su lejana casita en Nueva Inglaterra.

-Abre el ordenador y pon en marcha el Skype ese, que tenemos que hablar de España-le dijo en un tono airado.

Noventa y dos años la contemplan. Homper creía que había ingresado en una residencia, tal y como le anunció que pensaba hacer en una de sus últimas conversaciones. Pero la anciana tía exilada a última hora cambió de opinión. Había decidido contratar a una cuidadora negra a la que llamaba Mami, como la sirvienta de Escarlata O´Hara  en Lo que el viento se llevó, y morir en casa si le llegaba la hora.

Pero antes quería pasar su último verano en su patria natal.

2

La tía Clota era de nacionalidad estadounidense, pero nunca olvidó su pueblo, ni el solar donde vivió tantos años. Jamás había dejado de interesarse por lo que consideraba “ese adorable país de mis mayores que tanto se complica la vida”. Además, como tantas señoras mayores, estaba enamorada de Nadal.  Seguía enterándose de lo que pasaba en España escuchando la radio o leyendo algunos periódicos en Internet, porque la ancianidad no había podido con su modernidad.

¿Qué mosca le habrá picado?-pensó Homper.

Y como nunca le había decepcionado con sus comentarios, dedujo que esta semana había dos sucesos que sin duda requerían su comentario.

3

Se lo imaginaba. Punto uno: ¿por qué se ponen tan estupendos los españoles poniendo en tela de juicio si era procedente liquidar a Bin Laden? Punto dos: ¿por qué se dejan colar esa trampa de Bildu?

-Nunca dejaréis de complicaros la vida, sobrino-dijo la anciana- Aquí hasta los más progresistas de los norteamericanos pensamos que con las cosas de comer no se juega.

Pero era el verano, quizás su último verano, lo que le inquietaba. Y la verdad es que no estaba precisamente tranquila con lo que escuchaba. Porque desde hacía unos días, entre las noticias de España, escuchaba insistentemente una horrible canción que se llamaba  El veranito, y que cantaba  una voz que le resultaba familiar.

-¿Cómo se llama ese….?-preguntó a su sobrino- Parece que fue ayer: bailemos el bimbó, bimbó…

-Georgi Dann, tía.

-Pues tengo pesadillas, sobrino.

4

Dijo que soñaba que en todos los hoteles y las playas de España donde ella pensaba ir se le aparecía un hortera con camisa de flores  y unas cuantas gogó girls  que, con una coreografía siniestra,  coreaban Mami, qué será lo que tiene el negro, La barbacoa, El bimbó y la espantosa cancioncilla publicitaria El veranito, que quiere poner de moda Viajes el Corte Inglés. Veía que el que el chófer del autobús que le llevaba del aeropuerto al hotel era Georgi Dann, y que el que le extendía la hamaca era Georgi Dann, y que el camarero que le servía el desayuno era Georgi Dann, y que el guía del museo era Georgi Dann, y que el que le vendía el souvenir del toro de cerámica  tipo Gaudí  también era Georgi Dann. Y que, por extensión, el Rey, y Zapatero, y los ministros, y hasta el presidente del Tribunal Supremo, y el director de la RAE, y el presidente de la Conferencia Episcopal, todos eran un Georgi Dann onmnipresente e invasor que había lobotomizado a España.

Y , así las cosas, ahora quería  morir antes del veranito.

-¿Tanto progreso para esto, sobrino?-dejó en el aire con gesto crispado la anciana antes de cerrar la conexión.

Homper se quedó estupefacto, como correspondía al Hombre Perplejo por excelencia. Qué salidas, las de la tía Clota. Lo pensó mientras se rascaba la barbilla. Y al final tuvo que admitir que quizás tía Clota tenía mucha razón.

 

Georgi Dann ataca de nuevo

1

Hacía tiempo que Homper no hablaba con la tía Clota. Dice que está muy mayor, y que últimamente está entregada a un gurú indio que alivia su vejez con  meditaciones tántricas e ingestas de té verde. Por eso le extrañó su llamada desde su lejana casita en Nueva Inglaterra.

-Abre el ordenador y pon en marcha el Skype ese, que tenemos que hablar de España-le dijo en un tono airado.

Noventa y dos años la contemplan. Homper creía que había ingresado en una residencia, tal y como le anunció que pensaba hacer en una de sus últimas conversaciones. Pero la anciana tía exilada a última hora cambió de opinión. Había decidido contratar a una cuidadora negra a la que llamaba Mami, como la sirvienta de Escarlata O´Hara  en Lo que el viento se llevó, y morir en casa si le llegaba la hora.

Pero antes quería pasar su último verano en su patria natal.

2

La tía Clota era de nacionalidad estadounidense, pero nunca olvidó su pueblo, ni el solar donde vivió tantos años. Jamás había dejado de interesarse por lo que consideraba “ese adorable país de mis mayores que tanto se complica la vida”. Además, como tantas señoras mayores, estaba enamorada de Nadal.  Seguía enterándose de lo que pasaba en España escuchando la radio o leyendo algunos periódicos en Internet, porque la ancianidad no había podido con su modernidad.

¿Qué mosca le habrá picado?-pensó Homper.

Y como nunca le había decepcionado con sus comentarios, dedujo que esta semana había dos sucesos que sin duda requerían su comentario.

3

Se lo imaginaba. Punto uno: ¿por qué se ponen tan estupendos los españoles poniendo en tela de juicio si era procedente liquidar a Bin Laden? Punto dos: ¿por qué se dejan colar esa trampa de Bildu?

-Nunca dejaréis de complicaros la vida, sobrino-dijo la anciana- Aquí hasta los más progresistas de los norteamericanos pensamos que con las cosas de comer no se juega.

Pero era el verano, quizás su último verano, lo que le inquietaba. Y la verdad es que no estaba precisamente tranquila con lo que escuchaba. Porque desde hacía unos días, entre las noticias de España, escuchaba insistentemente una horrible canción que se llamaba  El veranito, y que cantaba  una voz que le resultaba familiar.

-¿Cómo se llama ese….?-preguntó a su sobrino- Parece que fue ayer: bailemos el bimbó, bimbó…

-Georgi Dann, tía.

-Pues tengo pesadillas, sobrino.

4

Dijo que soñaba que en todos los hoteles y las playas de España donde ella pensaba ir se le aparecía un hortera con camisa de flores  y unas cuantas gogó girls  que, con una coreografía siniestra,  coreaban Mami, qué será lo que tiene el negro, La barbacoa, El bimbó y la espantosa cancioncilla publicitaria El veranito, que quiere poner de moda Viajes el Corte Inglés. Veía que el que el chófer del autobús que le llevaba del aeropuerto al hotel era Georgi Dann, y que el que le extendía la hamaca era Georgi Dann, y que el camarero que le servía el desayuno era Georgi Dann, y que el guía del museo era Georgi Dann, y que el que le vendía el souvenir del toro de cerámica  tipo Gaudí  también era Georgi Dann. Y que, por extensión, el Rey, y Zapatero, y los ministros, y hasta el presidente del Tribunal Supremo, y el director de la RAE, y el presidente de la Conferencia Episcopal, todos eran un Georgi Dann onmnipresente e invasor que había lobotomizado a España.

Y se quiso morir antes del veranito.

-¿Tanto progreso para esto, sobrino?-dejó en el aire con gesto crispado la anciana antes de cerrar la conexión.

Homper se quedó estupefacto, como correspondía al Hombre Perplejo por excelencia. Qué salidas, las de la tía Clota. Lo pensó mientras se rascaba la barbilla. Y al final tuvo que admitir que quizás tía Clota tenía mucha razón.

 

Caídos del guindo

El peligro de la utopía es que al final te caes del guindo...-No hay derecho, no hay derecho-se decía el contribuyente Bonifacio- ¡Qué estafa!

La culpa quizás era suya, por su infinita predisposición a la utopía. Pero tampoco había que olvidar la responsabilidad de aquel seductor de masas que se acostó una noche como idealista de receta y se levantó al día siguiente convertido en el nuevo conducator del país.

-De momento –dijo en su discurso de investidura- prometo que cada metro cuadrado de suelo agrario producirá un jamón de pata negra, diez kilos de frambuesas, tres gallinas de Guinea y  un saco de dátiles de Basora.

-Señor presidente- le corrigieron amablemente los técnicos del Ministerio de Agricultura- Mucha promesa es esa. Por rico que sea ese metro cuadrado de suelo, no será suficiente para alimentar a un cuarto de cerdo, a tres gallinas de Guinea, a las plantas de frambuesa necesarias y a una ‘palmera datilera. Por cierto, ¿no sirven los dátiles del  Palmeral de Elche?… Además, apenas tenemos agua para la agricultura.

-No es problema –dijo el hombre providencial con una sonrisa seráfica- Ya he hablado con el Servicio de Cartografía  para que añada nuevos ríos a nuestras cuencas. Aquí se ha acabado la miseria.

No contento con sus logros, también propuso cambiar la luna.

-Cuando está llena, su redondez es como una moneda. Símbolo inequívoco de la codicia de los banqueros…A partir del próximo mes, la luna llena lucirá sus bordes dentados, como la rueda de Tiempos modernos, que son los que corren,

En su generoso diseño del estado de bienestar, el estadista imbatible se comprometió a que cada cual trabajase según su voluntad, y cobrase según sus ambiciones. Y aún fue más lejos.

-Todo contribuyente tendrá asegurado un amor maravilloso.

En enero el cielo se cubrió de nubes moradas,  se desató la tempestad con vientos de ciento veinte kilómetros por hora y el hombre providencial  se cayó del guindo. En las fotos de su conferencia de prensa se le veía el mal cuerpo de un pollo de alcaudón prematuramente arrojado de su nido. El contribuyente Bonifacio le miró con mal contenida ira.

-No hay derecho- protestaba mordiéndose los puños- ¡No hay derecho!

Lo peor no es que le acabaran de anunciar que debería de trabajar dos años más para jubilarse con una pensión. Lo peor es que a la mujer que le gustaba le había salido bigote, y se pasaba el día escuchando a todo volumen la discografía completa de Georgi Dann.

Música y fuegos artificiales en El Retiro

¿Será que la felicidad es una música nocturna con fuegos artificiales?...

¿Será que la felicidad es una música nocturna con fuegos artificiales?...

Causa de perplejidad nº 21.867 en la biografía de Homper: su corazón se pone a galope cuando escucha una banda de música. Tal que si fuera un niño

En realidad Homper hubiera querido serlo todo en la banda. Director, trompeta, trompa, fagot, trombón, tuba, tambor, bombo, platillos, celesta…Qué deliciosa manera de prolongar la infancia liberando ritmo y adrenalina con otros colegas. Y además de todos los instrumentos, hubiera querido ser todos los protagonistas: los maestros Penella, Alonso, Lleó. Y Chapí , y Chueca, y Barbieri, y Sorozábal Y hasta Paquito el Chocolatero y El gato montés. A Homper le gusta tanto la música  que incluso puede tolerar a Georgi Dann sin pedir su ingreso en un psiquiátrico. Y con la música de banda, siempre asociada a un templete en un parque, y sin el obligado silencio de los auditorios sinfónicos, es hasta relativamente feliz. Causa de felicidad (relativa) nº  1687 exactamente.

La Banda Sinfónica Municipal de Madrid incorpora además una sección de cuerda de lujo. Homper no sabe si es por ello sinfónica, puesto que la palabra banda es, para el Diccionario del Español Actual, acepción tercera, un conjunto de músicos que tocan instrumentos de viento y de percusión. Y salvo en aquella desternillante secuencia de Toma el dinero y corre en la que Woody Allen desfila por las calles con una banda en la que tiene la desgracia de tocar el violonchelo, no está acostumbrado a ver cuerda en las bandas. El caso es que la de Madrid, aunque se queja de poca atención por parte de la administración –quizás es too vulgar para un alcalde tan exquisito como Gallardón- puede darse el lujazo de abordar un repertorio cuasi sinfónico.

El pasado martes por la noche, en un concierto extraordinario con el que celebraba su primer siglo de vida, se plantó en el Retiro y tocó la Suite Iberia de Albéniz. Pero estaba al lado del estanque, y qué cosa más natural que interpretar luego la Música Acuática de Haendel. Y ya que cerraba el concierto con las Música para unos reales Fuegos Artificiales, qué bonito que, desde el lado opuesto del estanque quemaran un castillo pirotécnico  perfectamente sincronizado con la duración y las percusiones de esta singular música incidental, joya del barroco donde las haya. Ooooooooh.

El estanque del Retiro no es el Támesis, y la estatua ecuestre de  Alfonso XII no es lo mismo que el rey Jorge I, para el que Haendel compuso esta música mil veces escuchada. Pero Homper evocaba las fiestas de San Isidro del Madrid cutre de posguerra, donde ni se sabía lo que era la cultura popular, y además se asomaba la  media luna, a la que contemplaba tumbado en la hierba, como si en lugar del Retiro aquello fuera un Woodstock para carrozas. Y ,entre los tutti de la banda y los estampidos de aquellos preciosos fuegos de mentirijillas aún se filtraban los murmullos de parejas jovencitas que retozaban por ahí.

- Ohhh-se estiraba Homper abandonándose al placer de   noche tan singular.

Daba la casualidad, además, de que ese día no había escuchado Homper ninguna de las memeces o de las cursiladas que han dicho los políticos en campaña. Llegó a reconocer incluso que éstos, cuando programan fiestas populares así, hasta pueden acertar. Y se quedó, por tanto, también perplejo de constatar que aquel rato de música de banda, tan leve, tan refrescante y tan luminoso, había sido una infusión de felicidad.


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