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El hombre que dejaba escapar los aviones

Homper necesita aviones de papel para volar a su antojo...

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Cuando Homper vio La cantante calva de Ionesco, descubrió que el teatro del absurdo tiene muchos visos de realidad. Se acodó de la famosa sentencia de Oscar Wilde, tantas veces aplicada cuando el observador se queda pasmado admirando un instante glorioso del atardecer, una formación geológica caprichosa o un paisaje sobrecogedor: la naturaleza imita al arte.

-Está claro –se dijo- la naturaleza imita al arte y el absurdo se posesiona muchas veces de la realidad.

Lo pensó después de presenciar una de tantas secuencias estúpidas que suceden en la vida de cualquiera. A la sazón, en un marco tan poco sugerente como ese lugar de pasos perdidos en que se han convertido los agotadores aeropuertos modernos.

2

El protagonista del suceso fue un viajante atormentado por algunas cuestiones básicas. ¿Cuántas horas de su vida habría pasado en ese penoso trance de esperar un avión? ¿Cuántos kilómetros acabaría peregrinando por los aeropuertos? ¿Cuánto dinero deberían de haberle reembolsado las compañías aéreas por sus impuntualidades horarias? ¿Cuánta adrenalina  había segregado por ellas? Acumulándolas todas…¿podría haber cumplido alguno de sus grandes sueños? ¿Estudiar música, por ejemplo? ¿Tocar el violín? ¿Aprender física cuántica? ¿Dominar los misterios del Sudoku? ¿Escribir una versión moderna de Á la recherche du temps perdu? ¿O montar pacientemente, pieza a pieza, esa maqueta del buque Juan Sebastián Elcano que dormía resignadamente en un anaquel de su habitación?

-Es la medida de eternidad más tonta que conozco-pensó mientras despachaba uno de esos carísimos sándwiches con sabor a química saludable que distingue a la gastronomía aeroportuaria-Los aeropuertos son el limbo de los viajeros del siglo XXI…

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El día que acuñó ese pensamiento su despiste habitual le dio otro disgusto suplementario. Por necesidades de trabajo, viajaba todos los miércoles al mismo destino en el avión de la dos de la tarde. No había adelantado su reloj el fin de semana del cambio horario de primavera, y el primer miércoles después de este, al solicitar su tarjeta de embarque, una amable señorita uniformada le dio amablemente la muy desagradable sorpresa.

-Señor, llega usted tarde. Su vuelo acaba de despegar…

Efectivamente, se le puso primero cara de limbo. Pero poco a poco la expresión de su rostro mutó a indignación consigo mismo. No era para menos. Imaginó que salía del aeropuerto cojeando y dejando tras de sí un reguero de sangre. Qué cabreo, santo Dios: no le maltrataba la aviación comercial lo suficientemente mal como para que encima él mismo tomase una pistola cargada y se disparase en el pie.

-A ver qué se le ocurre, doctora –dijo el hombrecillo cuando se tendió en el diván de la psicóloga- A ver cómo me convence usted de que no soy el viajante más desdichado y el más gilipollas del mundo.

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Además de los consejos de la psicóloga, él mismo se aplicó otras terapias de urgencia. Imanes en la puerta de la nevera sujetando recordatorios. Postit amarillos sobre su mesa de trabajo. Rotuladores luminiscentes para hacer más llamativos sus avisos. Chinchetas de colores pinchando notas urgentes en el panel de corcho del pasillo. Y un firme propósito de la enmienda: recuerda al levantarte las obligaciones del día y a qué hora debes cumplirlas. Recuerda que debes recordarlo. Recuerda que debes recordar que luego se te olvida recordar.

La escena del hombrecillo atormentado le hizo sonreir a Homper, pero confiaba en que la trama de aquella comedia profundizara en el absurdo hasta el delirio. No le defraudó. A la semana siguiente el viajante debía tomar un vuelo a las 11’ 30 de la mañana. Puso el despertador a las siete, pero el subconsciente vigilante le despertó a las 6´30. én el taxi tempranero. se acordó de su abuelo, que cuando viajaba en tren se presentaba en la estación dos horas antes de la hora de salida.

-Elemental, muchacho –le decía- Es indispensable presenciar la formación del convoy.

“La formación del convoy”, se repetía el viajante sonriendo. Qué antiguo el abuelo, pero qué sabio. Aquella mañana trataría de seguir escrupulosamente sus pasos. Antes se proveyó de ayudas para apacentar la espera: su libro, su MP3 para escuchar la radio y su música favorita, el periódico del día y un pequeño block de notas por si en el entretanto debía  apuntar algo nuevo.

Llegó al aeropuerto una hora y tres cuartos antes del embarque. Era lógico: aquella mañana se había puesto pantalones con tirantes. Los tirantes tenían seis presillas metálicas, y para pasar el control policial debería abrir las presillas y luego cerrarlas al fin de no presentarse en el avión con los pantalones caídos. Elemental, como decía el abuelo. El control, la caminata hasta la puerta K 93, y, en la pequeña pantalla de Salidas, la sorpresa que ya no es, desdichadamente, ninguna sorpresa para los viajeros habituales de avión: delayed. Nueva hora de salida: 12, 05.

5

El hombrecillo  desahogó su frustración con las dos encantadoras empleadas uniformadas que debían chequear las tarjetas de embarque.

-Buenos días –les dijo educadamente mientras con el gesto señalaba a la pantalla- ¿Qué nos cuenta hoy la compañía para justificar el retraso?…¿Falta de visibilidad? ¿Control logístico? ¿Causas técnicas?…¿Migrañas de los controladores?…

-No señor –respondió la que parecía más veterana- Es que no ha llegado aún el avión que debe cubrir ese vuelo.

-¿Tardará mucho en hacerlo?…

-No le puedo decir…Tiene que llegar de Gerona, pero no sabemos si ha despegado.

-¿Cree que con los Episodios nacionales de Galdós tendré bastante para la espera?

-¿Cómo dice?-preguntó la empleada, inmune a cualquier tipo de ironía.

-Quiero decir que si la espera va para rato.

-¡Oh si!-contestó luciendo la más amable de sus sonrisas- Siéntese ahí y lea lo que quiera, le va a dar tiempo…

El pobre viajante  refunfuñó visiblemente enfadado. Después advirtió que su cólera no sólo era inútil sino, que caía sobre dos trabajadoras que no tenían la culpa de nada, y les pidió disculpas por ello.

-Lo siento –les dijo- Se que ustedes son el pararrayos de la furia de los viajeros…Pero es que estoy hasta la coronilla de la falta de respeto de la aviación comercial y de su compañía  por mí y por todos los que tenemos que viajar.

A continuación se quitó su chaquetón color mostaza de Dijon, se puso los auriculares de su  MP3 en los oídos y se sentó en la segunda fila de asientos que daban la cara al puesto de embarque. No quería perder de vista ni la pantalla ni a las empleadas uniformadas, de modo que tuvo buen cuidado de sentarse en un lugar bien visible para ellas. Después abrió su periódico y conecto su MP3 para intentar evadirse.

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Parece ser que se evadió demasiado. Mientras en su MP3 sonaba su música favorita, dio buena cuenta del periódico del día y de medio capítulo de su libro. La música era arrebatadora, y el libro que se traía entre manos era sencillamente apasionante. Tanto, que el hombrecillo furibundo no advirtió que el avión procedente de Gerona había aterrizado, y después de ser debidamente limpiado y repostado, había despegado nuevamente rumbo a San Sebastián.

Eso es lo que le dijeron las amables empleadas uniformadas cuando, cansado de no saber nada de su destino, se levantó a preguntar por el vuelo retrasado.

-Oh, señor…Salió hace veinte minutos…

Se quedó helado.

Parece ser que el avión partió medio vacío. El hombrecillo asegura que entre página y página  levantó la vista y no vio ninguna cola ante la puerta de embarque. También asegura que no escuchó ningún aviso, cosa normal si se tiene en cuenta que ahora se ahorran en los aeropuertos las llamadas por megafonía, y  que, aunque estas se hubieran producido, él, raptado por su música favorita, no la hubiera oído.

-Perdón –dijo el viajante a las señoritas uniformadas- ¿No se acuerdan de que yo les pregunté hace una hora si había  mucho retraso?…

-Sí, claro…Usted, el del chaquetón mostaza….Claro que m acuerdo…Se sentó ahí a leer mientras llegaba el avión…

-¿Y no se les ocurrió levantar la mirada cuado vieron que ésta iba a despegar de nuevo y faltaba un pasajero?…Estaba en esa silla….

-¡Imposible! –se excusaron sin perder la sonrisa- ¡Si tuviéramos que acordarnos de todos los que se nos vienen a quejar!…

No se quedó precisamente contento con la respuesta de las amables empleadas. Pero si en esos momentos hubiera tenido la pistola a mano, no les habría disparado a ellas, ni tan siquiera a su propio pie. Sino directamente a la sien de su maldita cabeza, porque ahora ni siquiera podía alegar el despiste horario. Simplemente, había dejado escapar el avión delante de sus narices por leer y escuchar música en lugar de estar pendiente del avión. O porque la lectura y la música le seducían más que viajar apretado como una gallina ponedora cuando a los amos de los cielos le sale de las narices.

Volvió a casa después de haber perdido una deliciosa mañana en el aeropuerto.

7

Como cine verité, real tal que  la vida misma, o como teatro del absurdo, la cosa tenía su gracia. La naturaleza imita al arte, y la vida misma acaba reproduciendo a veces lo que los maestros del disparate convierten en comedia.  Cuando Homper vio esta escena, desde el distanciamiento del espectador no pudo menos que reírse  a mandíbula batiente. Je, qué paradoja, el hombre con prisas que quiere viajar en avión para llegar pronto y, desalentado por la impuntualidad,  se desentiende de él, lo pierde inconscientemente y luego se tira de los pelos al ver que ha echado por tierra una cita importante.

¿Importante?

-Qué capullo-pensó-Eso le podía haber pasado a un personaje de Jacques Tati. Pero…¿cómo es posible que le pueda suceder alguien con la cabeza en su sitio?

Y dibujó una sonrisa que no se desvaneció hasta que, al llegar a casa y abrir el armario del hall,  advirtió que lo que colgaba en la percha era un chaquetón de color mostaza, como el del  viajante frustrado del aeropuerto. Entonces Homper, haciendo honor a su nombre, se quedó más perplejo que  nunca. Porque, qué contrariedad, comprendió que el gran majadero, el viajero estúpido que dejaba escapar los aviones no había sido otro que él mismo.


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