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Descubriendo bufones

El Duende confiesa que ni sabía de estos bufones ni suponía que se pudieran llamar así...

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Don Hilarión cantaba que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. No avisaba en cambio de las inquietudes que esto provoca en el alma humana. Estaba ayer la comunidad científica  revolucionada `por el último experimento del CERN cuando el incauto Duende que suscribe se empeñó en entenderlo y en leer lo que los periódicos divulgaban al respecto. Peor para él: más madera, que es la guerra. Cuanto más quiere saber, menos comprende.

-Es muy sencillo- le explicó su amigo Homper, ojiplático de tanto pasmo como nos traen los tiempos modernos- Los fotones  de la luz y los neutrinos, que no se muy bien lo que son, pero que también deben de viajar muy rápidamente, se han echado una carrera de 730 kilómetros por un tunelillo bajo tierra que va desde Ginebra a Gran Sasso, en el este de Italia. Y resulta que los neutrinos han llegado sesenta nanosegundos antes. O sea, la repanocha.

La repanocha. Qué encanto tiene recuperar vocablos de tebeos antiguos.

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Repitiendo lo que dicen los sabios, asegura Homper que con este experimento la Teoría de la Relatividad de Einstein queda en entredicho. Lo cual que, sin entender tampoco por qué carajo de relación de causa a efecto, significa que los viajes por el túnel del tiempo van a ser posibles. Así que, ni cortos ni perezosos, entraron en sus agendas marcha atrás y entrambos se pusieron a arreglar sus vidas y quién sabe si las del mundo.

-Enero de 2008- Voy a invitar a aquella estanquera que me gustaba tanto y a la que no me atrevía a llamar para decirle que si se toma un gin-tonic conmigo.

-Yo pienso más en el bienestar colectivo –le amonesta Homper- Contrataré a una panda de matones para que les rompa las piernas a los jefazos esos de Lehman Brothers . Así no podrán ir a la oficina  y seguir haciendo hipotecas subprime.

-Marzo de 2004. Me voy a quedar en casa con una ampolla de Urbason para  que no me triture el cólico nefrítico aquel que me sorprendió en Las Hurdes.

-Yo sigo pensando en los demás- le  vuelve a corregir Homper- Yo loq ue haré será presentarme ante ZP disfrazado de Azaña, que supongo que sabrá quién era, para aconsejarle que, antes de prometer como presidente de gobierno, se lea los papeles  fundamentales y repase las cuatro reglas.

Metidos en juerga, el Duende quiso regresar al año 1974 para que Schwarzembeck, futbolista del Bayern Munich, no metiera el gol de última hora que le arrebató al Atlético de Madrid la Copa de Europa que prácticamente tenía ya en sus manos. Y más aún, inmtentó colarse en el verano de 1963 y en la habitación de Marylin para convencerla de que, por lo que más quisiera, dejara de tomar pastillas y no se suicidase.

Pero no consiguieron nada. Porque aunque las ciencias adelanten, no avanzan tanto como para que tipos del corte de Homper o del propio Duende las entiendan y sepan valerse de ellas. Así que unos nanosegundos después de estos castillos en el aire, el bloguero ya estaba en otros descubrimientos.

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Por ejemplo, el de los bufones de la costa oriental de Asturias. El Diccionario del Español Actual de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos dice que bufón es persona cuya intención o propósito es exclusivamente hacer reir. El propio Duende sabía que durante muchos años él mismo ha sido un bufón. Pero nada dice el tal diccionario del fenómeno vio con sus propios ojos en Vidiago, cerca de Llanes, donde el mar embravecido se comprime por unas chimeneas abiertas en la roca  caliza de los acantilados y bufa como la boca de un dragón proyectando al exterior columnas de agua pulverizada. Probablemente deberían de llamarles bufidos, pero los les dicen bufones.

-¿Y cómo no me habían hablado antes de esta maravilla? –se preguntaba el viajero como un Homper cualquiera.

Admite el Duende que puede ser la suya una sensibilidad muy infantil. Comprende que, aunque el fenómeno natural es sorprendente, sobre todo si está enrabietada la mar, resulta aún más vistoso por la espectacularidad de esta costa, con acantilados feroces desgajados a veces en diminutos islotes y perforados por grutas en las que  el agua hace toda clase de  diabluras. Es consciente de que el paisaje que se contempla mirando tierra adentro también influye: la Sierra de Cuera, entre los Picos de Europa y el Cantábrico, bosques de castaños y robles, prados felizmente llenos de vacas, caballos medio asturcones y algún corzo y nobles casonas de piedra que aún mantienen su dignidad frente al inicuo mal gusto del desarrollismo inmobiliario.

Ah, y uno de los campos de golf, el de Llanes por los que merece la pena aficionarse a este deporte que tanto le desesperó al bloguero (al punto de que lo aborreció apenas mandó al lago sus diez primeras bolas. ¿Por qué aprender a mis años algo que evidentemente se me niega?-se dijo).

Recapitulando: no era sólo la impresión de los monstruos marinos que por esas mágicas chimeneas desahogan su mal humor. Era el encanto del lugar.

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Otros datos para la agenda de inolvidables que uno guarda en su memoria. En Buelles, el pote y los tortos de  La Sauceda, el restaurante de un poeta llamado  Ramón Alzola que todos los años organiza un concurso de sonetos. En Llanes, los llamados Cubos de la Memoria de Ibarroladiscutibles- su señorial casino (pocas tertulias ya en el crepúsculo de la última tarde de verano), el espléndido Paseo de San Pedro, un tapiz de hierba al borde mismo del mar, y la senda costera que lo continúa. También la cocina de La Galería, donde una artista de la cuchara llamada Marisol se quedó estupefacta descubriendo la cara de aquella Doña María que conocía de la radio. En Buelna la caprichosa playa de Cobijero, donde bufa el mar de lo lindo En el umbrío y precioso Valle de Ardisana, aquella aldea con olmo en mitad de una diminuta plaza rodeada de hórreos centenarios. Qué lástima que el bloguero no recuerde su nombre. Y en Andrín, un pequeño pueblo en el que han conseguido controlar la horterada inmobiliaria, casas muy guapinas, una playa  tamaño joyero que parece un decorado de bonita que es y los restos del lienzo de una muralla junto a los que se levantaEl Norte, un conjunto de tres casas convertidas en deliciosos apartamentos. Queda por citar a sus dueños, Manolo y Bea, amigos emprendedores que hace más de veinte años decidieron cambiar el foro y la publicidad por la costa asturiana y el oficio de hosteleros refinados que les distingue. No han descuidado un detalle, pero se esmeran sobre todo en el buen gusto y en la cordialidad inteligente. A ella sin embargo  le chirría que le digan que sus apartamentos resultan muy coquetos.

-Pero qué caramba –pensaba el Duende/Doña María- Es que lo son.

Total, que estrellado ante imposibilidad de saber para qué nos sirve el último  expèrimento del CERN, este ha sido el último descubrimiento del bloguero curioso. No pierda el el lector  un solo nanosegundo y, en lugar de esperar a viajar por el túnel del tiempo vayan a esta singular costa de inolvidables bufones. Por cierto que, haciendo honor a su nombre, sus bufidos también parecen reirse de todos los que  han visitado los rincones más exóticos del mundo sin haberse acercado a verles. Ya ven, a cuatro horas de Madrid y el Duende  sin conocerlos hasta la fecha. Pero qué paletos somos a veces con nuestros propios tesoros.

El visitante de la Venus de Tiziano

Todas las obras maestras del Prado pueden ocultar historias más o menos parecidas a la que aquí se cuenta...

Como tantas otras voluntarias, Irma carecía de una formación específica de celadora de museos. Tampoco era una experta en psicología, pero después de observar la presencia frecuente del mismo personaje ante el mismo cuadro, empezó a hacer sus cábalas. Se trataba de un hombre muy mayor que entraba en la sala sigilosamente, se apostaba ante el cuadro Venus y la Música de Tiziano y se quedaba absorto mirándolo.

Al principio, sus visitas eran más o menos mensuales. Luego se hicieron más frecuentes y largas. Cuando entraba en la sala, se dirigía inmediatamente a la banqueta tapizada que se ubicaba frente al cuadro y se sentaba en ella. Apoyaba sus codos en las rodillas, su barbilla en las manos y observaba. Irma advirtió que a medida que el anciano escudriñaba más el cuadro, aumentaba su emoción. No parecía agotar nunca los encantos de un lienzo que probablemente, ningún especialista consideraría la obra maestra del pintor favorito del Emperador. Sin el embargo el anciano se pasmaba ante aquella Venus gordita, como mandaban los cánones de la época, sólo vestida por una gargantilla y unas pulseras, que acariciaba indolentemente a un perrillo mientras el organista que tocaba a espaldas de su diván volvía la cabeza y dirigía la mirada a ese triángulo de la desnudez femenina que los clásicos solían velar pudorosamente.

El fondo del cuadro reproduce un jardín renacentista en el que destaca una fuente monumental sobre la figura labrada en piedra de un sátiro. Pero a juicio de Balbino, un compañero con más experiencia que Irma, no era ese el centro de su atención.

-Ese tío es más rijoso que un macaco, te lo digo yo –le susurraba al oído a Irma- Hay muchos de esos a los que una de estas desnudas con firma les excita más que una película porno.

-¿Tú crees?

-Lo que yo te diga –subrayó con suficiencia.

Irma comenzó a mirar al misterioso visitante aún con más atención. Y no tardó en hacerse una opinión  completamente distinta. El cuadro evidentemente tenía un significado muy especial para el anciano, y le provocaba una emoción quizás exagerada para aquella mezcla de pintura cortesana y mitología. Miraba, suspiraba profundamente, seguía estudiando todos y cada uno de sus detalles, volvía a suspirar. Algo extraordinario debía de ver el anciano en ella. Un día, después de los quince minutos habituales que solía durar su contemplación  en silencio, Irma descubrió que por las mejillas del anciano se deslizaban dos lágrimas. Segundos después el anciano no pudo contener unos sollozos y hundió el rostro en sus manos mientras se ponía a llorar como un niño.

-¿Le ocurre algo, señor?- le dijo Irma acercándose a él.

En anciano sacó de su bolsillo un pañuelo, secó sus lágrimas y esperó a serenarse antes de tomar la palabra.

-Usted es muy joven señorita –comenzó a decir entre los últimos hipidos- Pero no sabe el milagro que es ver todas estas maravillosas pinturas y lo que ésta en particular representa para mí…

Y le contó la epopeya que durante la Guerra Civil Española fue salvar el tesoro artístico del Museo del Prado. Cómo se trasladaron desde Madrid a Valencia, y de Valencia al norte de Cataluña, y desde allí, hasta Ginebra las mil ochocientas sesenta y ocho cajas  específicamente fabricadas para embalar las piezas más valiosas  de la colección. Le contó que el presidente Azaña había declarado que era mucho más importante salvar ese patrimonio que la República, porque España podrá tener otras repúblicas, pero nada podría reemplazar a estas joyas de la pintura. Y culminó su relato explicando que, en su huida desesperada por escapar del avance de las tropas de Franco, una noche de marzo de 1939 algunos de los camiones del convoy artístico quedaron inservibles. Y que el propio Azaña y el ministro de Estado junto con unos oficiales del ejército tuvieron que detener y requisar otros tantos vehículos que transportaban población civil, armamento y heridos `para  alojar en ellos las cajas españolas, como se conocieron después a esos embalajes de incalculable valor.

-Me he pasado muchos años investigando, porque el tema me obsesionaba –terminó contando con palabras entrecortadas y voz casi inaudible- Y este es el único cuadro que me consta que viajaba en  el camión de donde evacuaron a mi madre, que estaba herida y embarazada. Lo sospechaba desde hace tiempo pero ahora me lo acaban de confirmar. Ella murió en el parto, pero el tesoro del Prado y yo nos salvamos…¿No es maravilloso?

El anciano sonreía mientras secaba las últimas lágrimas con su pañuelo y lo guardaba en el bolsillo de su chaqueta. Irma entonces se inclinó, le besó en la mejilla y le ofreció su  brazo para levantarse.

-Echa un vistazo a mi sala, Balbino -dijo al pasar ante su compañero- que he me echado un novio y le voy a acompañar a la puerta…¡No  todos los hombres sois iguales!…

Fue lo último que escuchó el celador antes de ver cómo la Irma, que estaba tan buena,  se perdía  del bracete del anciano buscando la salida del museo.

El hombre del Vacheron Constantin

Probablemente, el amor es mirar el reloj y ver sólo en él a la persona amada...

Aquel amigo de Homper lo había ganado casi todo. Pero estaba empeñado en que su abuelo le heredara en vida uno de los primeros modelos de reloj con cronógrafo –entonces probablemente se llamaba cronómetro- de la acreditada marca suiza Vacheron Constantin. Hubiera podido comprárselo tranquilamente, pues desde que cerró muy de joven su primer negocio, este hombre no había hecho otra cosa que ganar dinero a espuertas. Pero no, tenía que ser necesariamente el reloj de su abuelo.

-Ese reloj tiene historia y literatura- decía- El abuelo fue compañero de vuelo nocturno de Antoine de Saint Exupery. El escritor francés no se fiaba de su reloj, porque era de fabricación alemana, y no se llevaba bien con los alemanes. Así que, siempre que podía,  confrontaba lo que decían sus manecillas con lo que dictaban las del  reloj del abuelo.

Como aficionado a los relojes,  el amigo de Homper nunca había perdonado las tropelías que en nombre del arte se había hecho con ellos. Dalí los derretía en algunos de sus cuadros, mientras que  Ingmar Bergman se había atrevido a despojar de sus manecillas a un reloj de pared que aparecía en Fresas salvajes, una de sus más ácidas películas de la primera época. Nunca supo qué insinuaba el director sueco en esa imagen tan desasosegante, pero recordaba las obsesivas pesadillas que le provocó durante años. Tanto escrúpulo y tan singular sensibilidad para con los relojes no se compadecía con sus implacables métodos para conseguir lo que se proponía en la vida. Antes de que la demencia senil del abuelo fuera oficial, él aprovechó una tarde de desvaríos para apañar una sospechosa donación del Vacheron Constantin en su favor. El resto de la familia se indignó, y se lo reprocharon siempre. Pero él se salió con la suya, y a partir de entonces vivió tan pendiente del reloj como de sus negocios.

En su mirada a la esfera se concentraba su visión de la vida, un tiempo en el que contaban los días,  las horas, los minutos, los segundos y hasta las décimas de segundo sólo para marcar los pulsos de lo que debía ser una misión de éxitos y triunfos. La fortuna de aquel hombre creció hasta límites insospechados. El viejo Vacheron Constantin le acompañaba infalible, anunciándole con precisión, y cada vez más frecuentemente, el momento exacto en el que él conseguía un nuevo pelotazo.

-No hay placer más intenso que mirar en el reloj del abuelo y constatar que en ese mismo momento crece el estado de mis cuentas-se decía.

Pero apareció Patricia.

Nunca hasta entonces había tenido aquel hombre tiempo para el amor. Entre otras cosas, porque consideraba que era una flaqueza propia de poetas sin porvenir. Nunca había tenido problemas con el sexo opuesto. O seducía a las mujeres, o las pagaba, siempre con una mirada puesta en el Vacheron Constantin. Hasta que apareció Patricia, una chiquilla menuda, pero tan bella y proporcionada, tan inteligente y sensible y, sobre todo, tan divertida, que resultaba sencillamente irresistible.

-Es grave –le confesó a Homper- Creo que siento debilidad por ella. A su lado no siento el tiempo…

Homper se escandalizó. ¿Pero cabe en este hombre alguna luz de ternura? Sin embargo su amigo fue dejando de mirar la pequeña esfera del contador de décimas de segundo. Y luego  la de los minutos. Y a continuación la de los treinta minutos. Hubo un momento en que le sobraban las manecillas. Primero las largas, y, al cabo, la que marcaba las horas y, finalmente, el calendario de los días. El Vacheron Constantin seguía aparentando lo mismo, peo después de haber conocido a Patricia la precisión mecánica de sus tripas carecía de sentido.

El obseso de Vacheron Constantin voló a Ginebra, se presentó en la sede de la compañía relojera más antigua del planeta y pidió que le pusieran en contacto con el mejor experto en modelos históricos.

-Este reloj es la segunda cosa más importante de mi vida-le dijo mostrándole el precioso modelo que rapiñó a su abuelo- Y lo seguiré llevando siempre. Pero necesito que desactive todos los marcadores. El calendario, las horas, los minutos, los segundos, las décimas…No quiero ver en ni un signo del tiempo.

El relojero, un hombre con bigotes de otro siglo, levantó los ojos por encima de sus gafas.

-Este reloj es una joya- dijo- ¿Y me pide usted que lo desnaturalice?…

-Tómese el tiempo que necesite. Y cóbreme lo que haga falta, pero haga lo que le digo.

Pasaron dos meses durante los cuales el hombre del Vacheron Constantin llevaba la muñeca desnuda. Hasta que recibió el aviso de que el encargo estaba listo para su entrega.

-Aquí lo tiene-dijo el relojero alargándole la caja mientras que, con un movimiento de cabeza, subrayaba el absurdo que acababa de cometer.

El amigo de Homper  abrió la funda, vio el cadáver del reloj del abuelo y sonrió. Las manecillas habían volado. Las microesferas de los distintos marcadores no se movían. El calendario estaba en blanco. Y, sin embargo, aquella prodigiosa  maquinita, a diferencia del reloj de Fresas salvajes, no inspiraba desasosiego y miedo, sino una indescriptible sensación de paz y felicidad.

-Perfecto, perfecto, ¿no lo ve?-dijo mostrándoselo al propio relojero, que aún se mesaba los cabellos apesadumbrado.

El relojero negó. Él no era capaz de ver nada, pero el amigo de Homper, el fanático del Vacheron Constantin del abuelo, veía en la esfera blanca a Patricia. Y era completamente feliz, porque todo el tiempo era ella, y sólo ella. Y él no necesitaba más medida de los segundos, los minutos, las horas y los días que mirarla y sentir que otra vida nueva le empezaba en cada instante.


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