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Felices avechuchos

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Como diría Carlos Herrera, qué hartible lo de la crisis. Este adjetivo andaluz, o sevillano, o de esa jerga especial que maneja el irónico comunicador, cambia el sentido de los modos adverbiales tradicionales. No es que la crisis sea susceptible de hartarse de sí misma -¡ojalá!- sino que nos ha hartado a todos. Santo cielo, qué aburrimiento, qué desesperación nos trae. El Duende siempre anduvo con las musarañas, de aquí para allá, de una nube a un juguete de hojalata, de un suspiro por Marilyn Monroe (acaba de escuchar que se cumplen ahora 50 años del rodaje de Con faldas y a lo loco) a un verso de cualquier poeta que se posa al borde de una copa de helado y se derrite con él. O sea, huyendo. Pero cuando su globo empieza a cobrar altura, va el sentido de la responsabilidad, que ha agotado ya el cable, y se tensa para recordarle que no, que sigue anclado a este mundo.

-La puta realidad –que diría un ciudadano nada simbolista.

Y en estas, aparece inopinadamente ante sus ojos un ave rapaz y se posa en el alféizar de su ventana.

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Qué alegría. Está ahí, a metro y medio del escribidor, como mirándole de reojo, pues no deja de dar el pico al pinar que tiene a sus pies, y parece más interesado en ver Madrid a vista de Goya que el espectáculo de un señor que ha levantado sus ojos del ordenador y le mira estupefacto. El pajarraco es de tamaño mediano tirando a pequeño, de plumaje pardo-rojizo jaspeado en negro, pico y patas amarillas. El Duende piensa que tal vez es un azor, pero luego rastrea por internet y   empieza a creer más bien que se trata de un cernícalo. En se momento recuerda que su móvil incopora también una cámara de fotos, y, aunque no sabe si saldrá, y si, en el caso de que se haga la foto, será capaz de guardarla, y, más aún, de subirla a este post, está tan sorprendido y emocionado que dispara. Dos, tres, hasta cuatro veces. Sólo en una de ellas el cernícalo, o lo que sea, da el perfil, pues él sigue prefiriendo ignorarle y mirar el paisaje urbano.

No puede hacer más por captar el momento feliz, porque el avechucho que sin duda tiene menesteres más apetitosos, abre las alas y levanta el vuelo. Pero al Duende le ha cambiado el día. Aunque no es muy firme el andamiaje que aguanta su fe, se ha acordado de aquel pasaje de San Lucas: Mirad los pájaros del cielo: ellos no siembran, ni cosechan ni acumulan en graneros, y sin embargo el Padre los alimenta…¿No valéis acaso más que ellos?…(Lucas 12, 22-31)

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Hace años hubo un halcón que se hizo famoso por anidar en la torre que el arquitecto Sainz de Oíza construyó en el Paseo de la Castellana para el BBV. Pese a los lamentos constantes de los ecologistas, la rapaz, como tantas consumidoras, se sentía feliz viviendo a cien metros de un lugar tan poco bucólico como El Corte Inglés. Hace poco, en el cauce de ese río de maqueta en que se ha convertido el Manzanares, y al pie mismo del estadio del Aleti  este bloguero vio una garza. Parecía tan contenta como si estuviera en Doñana. Más al sur, donde Madrid Río prolonga su camino hacia Rivas, este caminante ha visto volar al martín pescador. Las cotorras verdes que se han hecho dueñas de los parques de Madrid. Y ahora hasta el cernícalo se atreve a posarse ante las narices de este bloguero.

No es mala cosa ser ave en Madrid. Hasta las palomas y las siniestras urracas se sienten a gusto aquí, y sin saber nada del Evangelio de Lucas.   Pidamos pues al M.B.O.C. (Máximo Baranda del Orden Celestial) que, si no arregla esta crisis, al menos  nos convierta a todos en felices avechuchos.

El Duende de verano (9) Sorpresas en Edimburgo

Edimburgo ofrece más sorpresas que ver al reverendo Walker patinando sobre el hielo...

1. ¿Cómo imaginamos el mundo que no conocemos?

En sus jugosas memorias que tituló El tiempo amarillo, Fernando Fernán-Gómez cuenta cómo imaginaba la ciudad a la que iba a hacer su primer viaje desde el Madrid que le vio nacer. Se trataba de Zaragoza, y entonces es probable que el chico no tuviera a mano ni tan siquiera la postal del Pilar para darle una pista. Así que tiró de la fantasía y del deseo y se hizo a la idea de que Zaragoza era un paisaje idílico con casa como el que etiquetaba la tapa del conocido Queso el Caserío, que tanto le gustaba.

-Yo creía que todo lo que no era Madrid era así –se lamentaba- Pero cuando mi madre me llevó a Zaragoza me encontré con que Zaragoza era asfalto, calles, casas, tranvías y y coches, como Madrid. Y me llevé una decepción.

Todos dibujamos mentalmente a priori los lugares que no conocemos. Y uno de los encantos del viaje es superponer el modelo real al boceto que de él traíamos en la cabeza. Es verdad que ahora hay infinidad de herramientas para hacer casi un viaje virtual antes de pisar el lugar elegido. Pero aún así siempre hay variables que acaban sorprendiendo al viajero: la topografía, la atmósfera, las dimensiones, la luz, el diseño y el color humano de la ciudad. Antes de pisar por primera vez Edimburgo el Duende se imaginaba un castillo en un roquedal, mal tiempo, los cien pipers  del whisky patrullando por las calles, señores vestidos como Sherlock Holmes y señoras que levaban al perrito a la peluquería y luego se reunían a tomar el te con las galleas de nata que venden todas las tiendas de souvenirs.

También barruntaba lóbregos museos decimonónicos. Y en ellos se exhibía el primer motor de vapor de Watts, el gabinete de estudios de Darwin con esqueletos de monos, pitecaontropus y de algún náufrago innominado de la época, y la pata de palo y el loro disecado de John Silver, como legado más elocuente de Robert L. Stevenson y de La Isla del Tesoro. El bloguero, al cabo, era tan primario como Fernando Fernán-Gómez en su tiempo amarillo. Aunque Edimburgo no resultó tan diferente de lo que pensaba como lo es Zaragoza respecto a la etiqueta de quesitos El Caserío.

2. Cuadros con singular encanto

El primer dato amable de Edimburgo es su tamaño. Da la sensación de que, a poco que te apliques, puedes ser allí algo más que un simple turista. Si el viajero tiene buenas piernas y le guía un espíritu curioso, tomará las medidas y se hará una idea general del estilo de la ciudad en un sólo día. Todo gusta, nada abruma. Y su tesoro artístico hasta parece diseñado para no aplastar por exceso la capacidad de sorpresa del pobre turista.  La prueba de ello es su National Gallery, un Prado en pequeñito que hace muy productivas las dos horas de atención que un viajero medio puede dedicar al arte si desea algo más que pasar ante los cuadros y contar sólo que los ha visto.

Siempre pone especial atención este viajero en el arte local que es difícil hallar en otros museos. Pero al margen de los paisajistas románticos  escoceses y de los retratos exquisitos de John Singer Sargent, hay dos cuadros de esta National que le hacen especial gracia al bloguero. Uno es la Vieja friendo huevos de  la primera etapa de Velázquez. Puro costumbrismo con la luz tenebrista de la España de los Austrias. ¿Se imaginaba el maestro cuando lo pintó que ese lienzo –la única pieza velazqueña de la colección- iría a parar a la lejana Escocia? Item más: ¿qué pinta esa ilustre sartén aceitosa en un país donde fríen los huevos con mantequilla? La vida caprichosa de los cuadros. El otro es El reverendo Robert Walker patinando, un insólito retrato de un ministro de la iglesia anglicana que en lugar de aparecer predicando o rezando disfruta deslizándose como Toni Sailer sobre las heladas aguas del lago Duddingston. El cuadro lo pintó sir Henry Raeburn en 1790. La que se hubiera armado en la católica España si en ese mismo año Goya hubiera  pintado al obispo de Cuenca  de tal guisa. Pero es lo que tiene el pueblo británico: aunque su soberbia le haga insoportable, su aprecio por la libertad y  su sentido del humor le hacen envidiable. Además, ¿dónde dicen las escrituras que un ministro de Dios no pueda patinar sobre el hielo?

3. Un paseo muy recomendable

Al oeste de Edimburgo, y sobre una montaña rocosa, se alza efectivamente el poderoso castillo que el Duende ya creía conocer sin haberlo visto. Lo que hacer fijarse en todos los cromos. No es agradable sentirse hormiga –algo inevitable en la capital escocesa, y más en el mes de su Festival- pero aún a riesgo de ello es recomendable recorrer la ciudad de oeste a este partiendo del castillo y bajando por la Royal Mile (una especie de calle Fuencarral con encanto), que parte del castillo y llega hasta Hollyrood Park.

Ahí, amen del Palacio y de un parlamento que es el obligado tributo a la arquitectura contemporánea, el asfalto se convierte en un muestrario de la misma naturaleza escocesa que acababa de disfrutar el bloguero en las Highlands. Además de verde para jugar incontables partidos de fútbol, de cricket o de rugby, y fantásticos caminos para la bicicleta, el parque alberga el lago donde patinaba el reverendo Walker, y una montaña en cuya cresta está Arthur´s Seat, que es como nuestra Silla de Felipe II, pero que en lugar de vistas sobe El Escorial, Madrid y la Sierra de Guadarrama abre un panorama excepcional sobre la capital escocesa y el estuario del río Forth  en el que se ubica.

Esto lo conocen todos los que han visitado Edimburgo alguna vez. No es tan popular un paseo delicioso que descubrió el Duende al norte de la ciudad, desde Stockbridge hasta el Museo de Arte Moderno. Ahí un severo edificio decimonónico acoge una estupenda colección de pintura que abarca desde el Impresionismo hasta nuestros días. El bloguero echó una mañana en el paseo y en la visita cultural. Pero tuvo la suerte de dar con una ruta boscosa y umbría que sigue el curso del río Lye y muere precisamente en la colina del museo, atravesando puentes por un curso de agua abundante que culebrea caprichosamente y alimenta viejos molinos. Algo asombroso, a veinte minutos a pie desde Princess Street. La colección, insiste el bloguero,  vale la pena. Aunque el placer del camino casi la deja en este caso en un lugar secundario. No es que la naturaleza imite al arte, como subrayaba Oscar Wilde. Es que cuando se muestra tan viva, tan fresca y tan vehemente, y a tres pasos de casa, simplemente lo supera.

La pesadilla de los contragoyas

¿Qué hizo el de Fuendetodos pra merecer ésto?...1

Ya le chocó bastante a Homper el nombre de los premios que venían a ser una especie de contragoyas. Un académico travieso había decidido sustituir al pintor de Fuentedotodos, que al fin y al cabo no había inventado el cine, por otra palabra malsonante con la que rima tan ilustre  apellido. La palabra es del género femenino, pero designa algo muy masculino. O sea, que cumplía con el lenguaje políticamente correcto que mandan los cánones modernos, para satisfacción de la clase política, tan pendiente siempre de la cultura.

-¡Y qué potente resulta el trofeo!-comentó la Academia del Cine cuando le presentaron aquella cosa en forma de menhir modelada en bronce.

Los presentadores de la gala eran Groucho Marx, que había resucitado para la ocasión, y Santiago Segura. Para que nadie se llamara a engaño, este aparecía directamente convertido en el célebre y nunca bien ponderado inspector Torrente, con su camisa mal abrochada enseñando su tripilla blanquecina, su chaqueta nevada de caspa por las hombreras y su cabeza grasienta correctamente peinada. A lo largo de la gala, él mismo aplicaba su fijador salivar escupiendo sobre las palmas de sus manos de cuando en cuando y esparciendo tan eficaz brillantina sobre las crenchas de su cabello. Como contrapunto femenino estaba La Maña, vestida con un modelo de un tal Delfín, que explicaba  así su audaz propuesta.

-La palabra cine viene del griego clásico, y como Creta queda más o menos por ahí pues me he inspirado en las macizas que aparecen en los mosaicos de Knosos, que son como muy modernas. O sea, que el escote de La maña va exactamente por debajo de las tetas, fashion total, y así pasamos  de la horterada esa de enseñar sólo el canalillo. Ni Marilyn se hubiera atrevido a tanto, chatitos.

La ministra de Cultura, a la sazón Chus Lampeave, representaba un contrapunto clásico y muy serio, pues vestía un modelo de Francis Montesinos que reproducía exactamente el atuendo que llevaba Isabel la Católica en el conocido cuadro de La toma de Granada pintado por Pradilla. La simpática Chus, con su corona y su larga capa, apareció en escena  a lomos de un brioso corcel , y estaba realmente mayestática posando de tal guisa para la foto final.

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-Estas son las películas y los profesionales premiados-dijo el fantasma de Groucho- Pero si no les gustan, tengo otras…

Y el público enfervorizado se echó a reír y prorrumpió en aplausos.

-¿Es usted un cineasta libre e independiente?-le preguntó a otro de los premiados-¿Está dispuesto a renunciar a las subvenciones del Ministerio de Cultura, de la televisión autonómica correspondiente, y del FAPI, Fondo de Ayuda para Productores Incompetentes?…¡Conteste antes a la segunda pregunta que a la primera!

El premiado puso una cara extraña, `pero el público celebró la ocurrencia con nuevas risotadas.

Cuando la mejor actriz recibió su premio,  Groucho sacudió la ceniza de su veguero, echó un vistazo a aquella grosera verticalidad de forma sospechosa y volvió a parafrasearse.

-¡Qué barbaridad, señora!…Yo en su lugar no lo cogería…

El puro de Groucho era, más que una provocación, un crimen de lesa salud pública. Pero los guionistas de la gala, que eran Boadella y Fernando Arrabal lo resolvieron brillantemente dando entrada a Silvio Berlusconi que apareció a paso ligero encabezando un pelotón de bersaglieri compuesto por sus mamachichos favoritas. Éstas le arrebataban el habano a Groucho y se lo llevaban a la trena mientras il Cavalliere, genio y figura hasta la sepultura, se quedaba galanteando a la Maña y a Chus Lampreave para darle más categoría al evento.

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Pero el momentazo de la gala fue cuando Torrente dijo por primera vez el nombre del nuevo premio para las estrellas del séptimo arte.

-Señoras y señores…¡Comienza la entrega de las Pollas del cine español!

Y tampoco quedaron nada mal las dedicatorias, que dejaban atrás el estilo melifluo y untuoso para iniciar un nuevo tipo de lenguaje más acorde con los nuevos tiempos.

-Dedico esta Polla al capullo de mi padre –dijo el premiado como mejor guionista- que quería que yo fuera guardia civil. Y a la guarra de  mi vecina, que mientras que yo escribía el guión se paseaba en pelotas por la terraza para distraerme, la muy puta…

Se estiraba Torrente con finas metáforas sobre el felpudo de la vecina cuando Homper se despertó sobresaltado. Todo había sido un sueño.

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Quizás un mal sueño, pensó.

Aunque luego recordaba las múltiples ceremonias de este tipo que había presenciado a lo largo de su vida. Entregas de premios, mitines políticos, inauguraciones, convenciones de empresa, programas de televisión donde se tiene que adular a los premiados, a los colegas, a los equipos,  al público que se lo merece todo. La feria de las vanidades, el borreguismo de lo bonito, el vacuo lenguaje del halago y del eufemismo, la cursilería, el autobombo. La falla que quemamos en nuestro propio honor.

-Otro pan y circo que  pone espejos deformantes al alma humana para redimirla de sus miserias-concluyó

Lo comentó luego con la tía Clota, a la que ya no le divierten ni la fiesta de los Oscars, que son más o menos igual de repetitivas y empalagosas que nuestros Goyas. No se atrevió a contarle el sueño de las Pollas del Cine, porque le pareció demasiado fuerte para una anciana. Pero estaba seguro de que entendería su afán feístaiconoclasta y destroyer por el hartazgo de purpurina, de fuegos de artificio, de espuma y de glamour.

-No lo soporto más, tía-suspiró Homper- Soy demasiado viejo como para que me  sigan  contando la vida y el cine como si fueran una estúpida tarta de nata con guindas.

Como si fuera una falla.

La quimera de la igualdad entre sexos

¿es que  la incontinencia de orina es sólo un mal femenino?...

La tía Clota está indignada: ¿es que la incontinencia de orina es sólo un mal femenino?...

El último mensaje de la tía Clota le había dejado a Homper aún más perplejo de lo acostumbrado.

-¿Qué pasa en España?-preguntaba-No decían que hay una ministra de la Igualdad? ¿Y a qué se dedica?

Homper le contestó que a las buenas intenciones: a depurar las desigualdades entre los hombres y las mujeres que la legislación democrática aún no ha conseguido superar.

-Digamos que es un desideratum, tía-contestó Homper-Los buenos propósitos concentrados en una especie de brindis al sol del gobierno Zapatero. Igual que la Alianza de Civilizaciones…Son como el azafrán  que ponemos en el arroz: no cambian el punto, pero lo dejan más bonito.

-Pues hijo, no lo entiendo-Hay discriminaciones tontas que a mí como mujer me molestan y que serían bastante fáciles de evitar…

La tía Clota sigue por Internet muchos programas de TV españoles. Admira Cine de barrio, y considera que al cirujano facial de Carmen Sevilla le debían  de dar el Premio Nacional de Restauración. Pero no resiste ciertos anuncios que pasan en éste y otros programas que concentran en la mujer los  más feos oprobios de la edad.

-¿Es que los hombres españoles son inmunes a los achaques de los años?-preguntó airada.

Homper le replicó que ya tenía algún amigo operado de cataratas y varios con problemas de sordera.

-Sí, hijo,sí -admitió tía Clota- Pero no es lo mismo eso que la incontinencia de orina o que se te caiga la dentadura por picar una croqueta en un cocktail. ¿O crees que a Beethoven y a Goya les gustaría que se supiera que se contaran esas cosas de ellos?

Repasó otras bajezas de la condición masculina que raramente se airean. Reconociendo que su marido Oscar, que en gloria esté, pase a ser un granjero de Vermont, también dejaba los aledaños de la taza del retrete sembrado de gotitas cada vez que iba a cambiarle el agua al canario.

-Yo aguantando y limpiando, y nunca le dije nada…-refunfuñó-…Para que ahora los anunciantes españoles me hagan sospechosa de hacerme pipí mientras tomo el te con las amigas….¿Dónde está la igualdad?

-La respuesta está en el viento- le dijo silbando la famosa canción de Joan Báez-Pero no te preocupes, seguro que de un momento a otro Bibiana Aída toma cartas en el asunto.

Se quedó perplejo Homper de lo aguda que era tía Clota en sus observaciones. Y lo cierto es que la primera vez que visitó el cuarto de baño tras esta conversación, se esmeró en apuntar bien para no esparramar la amarillenta quintaesencia de la desigualdad.

¿Tendrá tiempo Garzón para hacer el amor?

Fusilamientos 2 de Mayo

Fusilamientos 2 de Mayo

¿Oyen los muertos run run del pueblo? ¿Interceptan desde el más allá las ondas hertzianas? ¿Captan los titulares de prensa? ¿Atrapan con su cazamariposas mágico esos sonidos que, según los físicos quedan flotando en el espacio eternamente? Homper no está seguro de ello, pero Juanita, la chica de su tahona, le ha contado algo que le da alguna pista al respecto. Y, una vez más, se ha quedado estupefacto.

Juanita va para cuarentona, pero es una guapa mollar. Mantuvo un largo noviazgo con un tipo que al final acabó saliendo del armario, y pese al disgusto, no le perdió la cara al amor. Después de varios idilios que sólo fueron pinceladas, ahora sale con un segurata que no le da los problemas habituales. No estuvo casado nunca, luego no tiene hijos ni obligación alguna de abandonarla los domingos para llevarlos al Mc Donald y al Parque de Atracciones. Tampoco caza, con lo que no la cambia por pelo ni pluma alguna. No juega al golf, ni la deja por el fútbol, pues sólo le apasionan los bolos montañeses. Es verdad que apunta algún michelín discreto y ronca por las noches. Defectos tan insignificantes que, teniendo en cuenta que a veces, después de un fogoso rato entre las sábanas, incluso le musita un te quiero, ella da por buenos. El segurata, además, es romántico, y le lleva a pasear por los parques madrileños, que en otoño se impresionan, o sea se convierten en cuadros impresionistas y, cómo no, acaban impactando en cualquier corazón sensible.

-Pero para impacto -le dijo Juanita sobresaltada- el de ayer en el Parque de la Tinaja-

¡Ay, señor Homper, qué susto!…Como La noche de los muertos vivientes, no le digo más…

El Parque de la Tinaja es un pequeño jardín que, de hecho forma parte del Parque del Oeste, una de las joyas verdes capitalinas. Se llama así porque alberga una enorme tinaja de ladrillo árabe que debe de ser la antigua chimenea de la Escuela de Cerámica, instalada allí. En uno de sus bancos se besaban Juanita y el segurata al dulce atardecer de estos impagables días otoñales cuando fueron interrumpidos por un débil carraspeo.

-Ejem, ejem…Perdonen que me presente…-se escuchó de una figura nebulosa- Soy Francisco Gallego Dávila, presbítero y sacristán del Convento de la Encarnación

Era una figura espectral, vestida con una sotana harapienta y hecha jirones. Dice Juanita que no pudo contener un grito, y que el novio sacó la pipa y apuntó a aquel individuo sospechoso. Pero éste juntó sus huesudas manos, se hincó de rodillas e imploró compasión.

-No, por favor, otra vez no…-sollozaba- Yo ya fui fusilado el 3 de mayo de 1.808!… ¡Soy de los que salen en el cuadro de Goya!….

Como Juanita y el segurata acababan de ver Sangre de mayo, una vez disipados sus temores, entraron en conversación con el aparecido. Y éste les contó que estaba enterrado en el Cementerio del Príncipe Pío, paredaño con su besadero. Y que había sido comisionado por el resto de los héroes madrileños que lucharon contra los franceses y ahí guardan descanso eterno para salir de su tumba y localizar a Baltasar Garzón.

-Nos han dicho que es un juez tan diligente que, en cuanto encuentre la quijada asesina de Abel, piensa sentar en banquillo a Caín…Y antes de que se meta en ese sumario queremos que, si no le sirve de molestia, procese a Napoleón, a Fernando VII, a Pepe Botella y a todos los gabachos que nos hicieron la vida imposible…

-¿Y eso cambiará vuestra suerte?-le preguntó Juanita.

-No, en realidad ya estábamos convencidos de haber pasado a la historia…Ya ve, gracias a Goya nos recuerda todo el mundo…Pero después de ver las ganitas de este juez inagotable, pensamos que a lo mejor también somos competencia suya. Y, si de paso le pone empapelar a Michel Platini, que también es francés y le está haciendo tantas putadas al Atlético de Madrid, vecino de la zona, mejor que mejor, ¿no?…

Se despidieron como amigos de aquel muerto tan simpático.

-¡Qué suerte que sólo seas segurata!-le decía Juanita a su galán mientras se daban los últimos besos- Pensar que si fueras como Garzón tu afán de justicia no te dejaría tiempo para el amor…

El valle de Arán y la claridad del instante

El primo Juan Manuel, que en paz descanse, se había construido una casa entre los pinares de Arenas de san Pedro, frente al macizo de Gredos que corona el pico de la Mira. Allí, el arquitecto José Luis Fernández del Amo, que ya había creado un estilo propio en los muchos pueblos diseñados para el Instituto Nacional de Colonización  -un organismo cuyo solo nombre provocaría ahora un infarto en Moncloa- levantó un edificio que ofrecía, sobre todo, vistas. No es el pino resinero el árbol favorito del Duende, pero hay que reconocer que en multitud,  a lo lejos, y cubriendo de verde la inmensa mole rocosa  que en su día pintara Goya, componía una  hermosa  postal. Los desmadres urbanísticos  aún no habían destrozado el pueblo, y  además el primo se debía a sus raíces, que arraigaban en la zona. Quizás por eso, y por su muy británico sentido de la ironía, de vez en cuando miraba el horizonte desde su jardín y proclamaba feliz: Yo he viajado por casi todo el mundo, y os aseguro que no he visto muchos sitios más bonitos que Arenas de san Pedro.

 Recuerda el Duende con cierta ternura esta osadía, tan disculpable como todo exceso que nace del cariño. También nuestros hijos nos suelen parecer los más guapos. Lo recuerda porque atendiendo a la invitación de su buen amigo Santiago lió el petate el jueves y se vino a hilvanar senderos por el Valle de Arán. Escribe estas líneas, de mañana,  ante la balconada de una típica casa aranesa. Es de piedra y madera,  cubierta por un tejado de pizarra levemente curvado hacia fuera para escupir la nieve. Frente a la casa de Garós, en el fondo de la zona más oriental del valle, un monte tupido de árboles va graduando la intensidad de los verdes de abajo arriba. A medida que asciende la empinada ladera, los abedules, las hayas, los fresnos y los nogales van cediendo al tono más oscuro de las coníferas.  Silencio. Sólo rasgado por el viento meciendo las copas de los árboles y por el trinar de los pájaros.

 Al encanto germinal de estas primeras horas de la mañana se suman los recuerdos de las rutas  de ayer y anteayer. Ascenso por la cuenca del Aiguamog  hasta el circo de Colombers  y amable paseata desde el Plan de Beret hasta el pueblo abandonado de Montgarry. Según los conocedores del lugar, ha tenido el Duende la inmensa suerte de dar con el momento más glorioso de la primavera del valle. Es el primer golpe de calor después de dos meses de nieve y lluvias. Los cursos de agua fluyen desbordantes por el deshielo precipitado. A menos de un kilómetro de su nacimiento, en el Llobató, el Garona, que luego nos pone los cuernos con Francia, baja poderoso y barroco. La naturaleza está como para inspirar a Dios si le falla la memoria y quiere probar con otro paraíso. El verdor exultante  hace miles de guiños en forma de flores silvestres: botones azules, árnicas amarillas, campanillas moradas, torviscos purpurados, violetas, lirios, ranúnculos blancos…No es cultura del Duende, sino de Asunción Sobredo, la mujer de Santiago, que es bióloga y de botánica sabe la tira. En estas, cruza el sendero un rebeco y se pierde en la espesura dando saltos. Uno quiere vivir, sobre todo, para ver cosas así. Más horizontes que los que le hacían suspirar al primo Juan Manuel.

 Qué lástima de tan poco tiempo para tan hermoso valle. Por consejo del amigo Santiago, que es refinado y culto, se ha dejado guiar el Duende por la exquisita prosa del Viaje al Pirineo de Lérida de Camilo José Cela. Qué lectura tan deleitosa, caramba. Pero al poco de iniciar este post, le ha sorprendido una estrofa  de un libro abierto sobre la misma mesa del despacho donde escribe. Es de Versos i proses de la Vall D´Arán, de Pere Benavent, publicado en Barcelona en1958. Dice así:

                                               Oh prats florits!, magnífica ventura

                                              d´aquesta tofa de vellut fragant

                                              polícrom esplendor, nuesa pura,

                                             perqué l´ocell del viure no es detura

                                             en el clar branquilló d´aquest instant?

 Le falta al Duende entender palabras como tofa y branquilló, pero cree interpretar lo fundamental, y está de acuerdo. Al pasear por sitios así, y en momentos como éste, uno se pregunta por qué el ruiseñor de la vida no se detiene en la claridad de un instante tan gozoso como el que acaba de vivir.         

Un grabado precioso

En la España de los años cincuenta, sacabas la cámara en la plaza de un pueblo y cuando querías darte cuenta posaba el pueblo entero para la foto. Inútil decir que querías retratar a tu novia o a tus amigos. Se apostaban detrás de ellos y sonreían esperando el pajarito. La gente quería trascender de su momento y  de su pobre  circunstancia de posguerra. Les hacía ilusión  volar con la estampa de su lugar y ser vistos en él quién sabe donde ni por quién. El fotógrafo nunca los identificaría, pero a los figurantes anónimos les daba igual. Escapaban de sí mismos, trascendían, se sentían importantes.

  Es el mismo mecanismo psicológico por el que nos encanta encontrar nuestro paisaje particular recreado por un artista. Uno de los cuadros más famosos de Antonio López García es una perspectiva de la Gran Vía de Madrid que todos los madrileños han visto mil veces. Probablemente, todos nos sentimos parte del cuadro, pues por allí hemos pasado alguna vez. También en las películas nos encanta identificar nuestro paisaje. A veces lo intuimos, o creemos recordar que alguna vez paseábamos por el mismo escenario donde se han besado los protagonistas. El Duende es de los que no deja la sala de cine hasta que los títulos de crédito -por cierto, siempre los últimos- apuntan los emplazamientos del rodaje, por si se confirma que eran los que él creía haber reconocido. En las películas de la tele es inútil: la avaricia publicitara corta la emisión de la película en cuanto aparece la palabra FIN, al punto de que a veces te quedas sin saber el reparto ni, peor aún, el nombre del director. Qué mezquindad.

 A todos nos emociona que lo nuestro converja con la mirada del artista. Digamos que el testimonio de éste confirma nuestro buen gusto y nuestro criterio. El WW Escarabajo o la lata de Coca-Cola de Andy Warhol se ven colgadas en tantas paredes porque son  en pop art las mismas visiones  cotidianas de millones de personas de todo el mundo. La que desde su palomar disfruta el Duende de Madrid  es parecida a la que en su día plasmaron Goya  y Aureliano de Beruete. Demasiado caros para colgarlos en casa, aparte del feo que le haríamos al Museo del Prado. Sin embargo hace unos días el barón de Cap Llentrisca, buen amigo del Duende y asiduo del blog, le ha obsequiado con un grabado titulado Vista panorámica de Madrid (1752) coloreado con acuarela de la época que ofrece una vista de la capital en el siglo XVIII desde el mismo punto de vista desde el que la observa hoy. Algunos ciudadanos pasean placidamente por la ribera sur del Manzanares -tan crecido, por cierto, que hasta se imagina un islote en su centro- mientras  que al otro lado, asomada a la Cornisa Imperial, se extiende una pequeña ciudad en la que destacan muchas torres y cúpulas de iglesias y, en el lugar que  hoy se levanta e Palacio Real, el Alcázar de Madrid.

 A esas fechas el Alcázar había desaparecido, pues ardió por completo la nochebuena de 1.734, pero eso no empaña el encanto de una preciosidad de grabado. Además tiene otro valor añadido. El Duende lo mira como un simple amante del arte y, observado con detenimiento, de pronto ha descubierto  que en ese Madrid regalado también ha quedado grabada la huella de un afecto profundo.

De regalos y otros homenajes de reyes

 Se adelantó en un día a los tres colegas de reinado más largo de la historia, y vio la luz en Roma hace ahora setenta años. Su etapa debe de ser ya de las más largas en nuestra agitada historia. A muchos, cuando Franco le dio el visto bueno, les parecía tonto. Pero él conocía sus limitaciones y asimiló bien las reglas del juego. Teniendo en cuenta que antaño un monarca era un dios, don Juan Carlos ha dado muestras de ser mortal. Con sus flaquezas y debilidades. También con su s aciertos, y su corazoncito.

Cada día que pasa su estampa se parece más a los retratos que Goya pintó de sus antepasados, fundamentalmente de Carlos IV y Fernando VII. La mirada azul, la color sonrosada, la papada y los mofletes de los borbones. Los españoles esperan, estamos seguros de ello, que las similitudes se quedarán en los rasgos físicos: marchemos todos, y vuestra majestad el primero, por la senda constitucional. Y, si no le sirve de molestia,   tenga la bondad de no caer jamás en lo que hizo indeseable a vuestro antepasado Fernando el Deseado.

 Después de su annus horribilis, le sorprende al Duende la lluvia de elogios que  el rey recibe con motivo de su setenta cumpleaños. Sobre todo los que proceden de sectores tradicionalmente republicanos. Se han escuchado impresiones de Carrillo, de Alfonso Guerra, del cantautor Víctor Manuel, de la actriz María Galiana, de Adolfo Domínguez, de Méndez y Fidalgo, los sindicalistas. Sutiles ditirambos: como si el rey fuera un regalo de reyes para todos. Si el presidente Azaña los hubiera escuchado, habría sufrido un ataque de pelusa. Desde la Declaración  de los Derechos Humanos la monarquía no se tiene de pie en un mundo razonable. Pero quizás don Juan Carlos es más que un rey. Su importancia, entre bromas y veras, la subraya la falsa reina Isabel de Inglaterra que, de la mano de James Loyalrock -Jaime Peñafiel fuera de la corte de San Jaime- dialoga con el Duende en la radio. Lo grande es estar en los sellos, en las monedas, en las tazas de te, en los posavasos, en las cajas de bombones y en otros souvenires. Los reyes españoles son más comedidos, y no practican el exhibicionismo del merchandising desatado, pero también son símbolo. Y gracias a su sonrisa, su oficio y su buena planta -quizás también al famoso por qué no te callas- España es conocida en todo el mundo y cae bien en buena parte de él. El Duende sabe que lo suyo es elegir al jefe del estado, pero está encantado de que el rey  de España le quite ese cuidado. Por muchos años: otros que sí elegimos en las urnas nos han dado mucho peor resultado.

Pero estos asuntos de reyes no lo son todo en estos días. Ayer hubiera cumplido ciento un año la madre del Duende. Fue una mujer brava, como casi todas las de su tiempo, y le parió sin sobreesfuerzo alguno a los cuarenta años. Aún vendría otra hija, bien conocida en este blog, seis años después. Y qué pensaría al ver a su hijo convertido  ahora en un estilita del mundo digital: meditando casi todos los días, lucubrando naderías, elucidando disparates, barajando recuerdos.

 Otro cuatro de enero nació Ramón Garrigues Calderón, sobrino querido que hoy es un orondo arquitecto casado con Paz,  y padre de una criatura  bautizada como Javier Ramón, y conocida como Jamón, nombre de fusión muy propio para una familia de infalible apetito que nos gusta a todos. Y creo que un año antes llegaron Borja y Álvaro, unos parientes gemelos a los que el Duende regaló por nacer un par de orinales con cabeza de patito, porque uno no recuerda cómo aprendió ciertos menesteres, pero cuánto mejor sentarse a evacuar con la ilusión de montar en tiovivo que con la penosa sensación de ir al paritorio. Es una idea de última hora para los que aún no sepan elegir un original (u orinal) regalo de reyes.

Y se deja el Duende el asunto del roscón. Pero le está esperando uno recién salido del horno, así que de eso hablaremos mañana. Entretanto ¡vivan los Reyes Magos!


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