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García Lorca, el pudor y la intimidad

1

Querido Juanito

Sabes lo mucho que te quiero, y justo por eso puedes imaginar lo que lamento la publicación de la última carta que te escribí. Fue también la última carta de mi vida, y quizás presintiéndolo, intenté plasmar en ella las sensaciones y los recuerdos que vienen a mí cada vez que pensaba en ti. El aroma del jazmín y de la dama de noche, los murmullos del agua de las fuentes de La Alhambra, el ventalle de las hojas de los chopos de la vega de Granada, que te abanicaban por verte sonreir…¡Pues cómo no iba a estar loco por ti!

Yo  llamé a eso el amor oscuro, que iinspiró algunos de mis mejores sonetos. Entonces lo nuestro no se podía ni reconocer en público. Pero aunque hubiera podido hacerlo, si no en la completa oscuridad, lo hubiera protegido en la penumbra.

¿A cuento de qué hay que ser exhibicionista en el amor? Si los derechos de autor se protegen…¿por qué no también nuestro derecho a la intimidad? ¿Qué legitima a los curiosos del futuro para atreverse a violar nuestra correspondencia y a saquear nuestra relación cuando ya no podemos decir nada? ¿Han hablado con un médium para consultarnos al respecto?…

Nada podemos hacer ya ni tú ni yo. Los que ahora aventan  nuestro idilio, que no pudo ser, lo argumentan en nombre de la verdad histórica y de la libertad. Como si eso fuera necesario para agrandar mi talla de poeta o para aclarar el crimen que me llevó a la tumba. Se equivocan. Eso no me devolverá la vida que me quitaron mis asesinos, como tampoco la alegría que me diste tú, chiquillo, ni me vendrá más fama por eso. Escribirán libros, guiones, rodarán películas sobre la carta y lo que en ella cuento. Y nuestro amor dejará de ser oscuro…¿No sientes tú también sensación de impudor?¿Ha de ser la historia tan cotilla para considerarse rigurosa?

Bueno Juanito, disculpa. Son manías de tu gordinflón, que es casi te dobla en edad y que te quiere más que a la luna que bajó a la fragua con su polisón de nardo. No te enfades: como te dije en mi última carta,  es preciso que vuelvas a reír.

Tuyo siempre, como la brisa que besa tu mejilla

Federico

La carta viene con remite del más allá, y va destinada a Juan Ramírez Lucas, sin domicilio conocido, pero también del mismo barrio. La firma, como es fácil imaginar, el poeta español más reconocido del siglo XX.

2

Al tiempo que el último de los amores oscuros de Federico García Lorca, y gracias a la publicación de la novela titulada así de Manuel Francisco Reinaaparecía por primera vez  en la prensa con nombre, apellidos y cara, cualquier observador que zapease por la tele podría haber visto un programa de Tele 5 que dirige Jorge Javier Vázquez verdaderamente asombroso. En ese programa una periodista del corazón y una actriz ya talluditas contaban con emocionante sinceridad –valga la ironía- y delante de la hija de la actriz,  cómo, sin ser homosexuales, ambas amigas de juventud se habían encamado juntas varias veces. Unas ocasiones acompañadas por tres hombres –uno de ellos presentador del programa Cine de Barrio- , en lo que cualquiera definiría como una una cama redonda. O más bien, una plaza de toros, por la abundancia de cuernos que concurrían y que quedabanen los corrales. Pero otras, las dos a solas. Cuando algún  tertuliano  deslenguado habló de orgías (para la corrida a cinco) y de bollería fina (para las maniobras a dos) la periodista dio un respingo y le corrigió.

 -¡Oh no! –dijo- Fue  algo distinto…Todo  resultó muy espontáneo, muy bello, muy limpio. Y la verdad, yo no me avergüenzo de nada.

Avergonzarse…¿Pero aún se conjuga ese verbo?

3

Da cierto reparo hablar de los amores oscuros de García Lorca o de cualquier otro que haya vivido su pasión dignamente y a continuación mentar el exhibicionismo grosero del que se alimenta la telebasura. Pero lo cierto es  que tanto en todo lo que rodea la vida del poeta, como en ese submundo televisivo que entontece al personal con relatos escabrosos, juega un papel abusivo el morbo de lo sexual. Gracias a la libertad y a la tolerancia hoy se entra o se sale del armario, se cambia de pareja, se repudian amantes, se montan escenas de celos e insultos en directo,  se hace girar el tiovivo de la promiscuidad, se engolfa uno en cualquier experimento con desparpajo, provocación y manifiesta osadía y no pasa nada. Luz y taquígrafos hasta en la mesilla de noche y en el bidé. Todo se dará por bueno si se envuelve en ese celofán engañoso que siguen llamando amor y, además, vende. Todo vale si vende.

Para el autor de Los amores oscuros, como para el propio Ian Gibson , que a fuerza de investigar y escribir sobre el poeta acabará por creerse su papá, desvelar los detalles  de su último romance era algo fundamental que esclarecerá los misterios que aún envuelven su asesinato. Como si el mundo, que ya divinizó su pluma, ignorase los matices sentimentales de Federico. Uno reconoce que también es víctima de la curiosidad morbosa, y acabará leyendo la novela. Pero con cierta sensación de estar allanando la morada sentimental del poeta de Fuentevaqueros.

Pobre gordinflón, como, con ternura infantil, se describía él mismo  en su última carta. A lo mejor pensaba ingenuamente que el amor, claro u oscuro, es pudoroso y tiene derecho a preservar su intimidad. Incluso más allá de la muerte.

Los huevos de Christian Hernández

Hay muchas clases de valor. Y el torero mejicano Christian Hernández ha demostrado que también lo tiene a su manera...

Qué se hace cuando uno se muere de vergüenza. Qué reacción cabe cuando uno abre su verdadero almario (no armario, conste) y se revela tal cual es, a pesar de que el mundo alrededor exija justo lo contrario. Cómo se puede recuperar la autoestima cuando ocurre algo que justifica ampliamente aquella oprobiosa acusación que tanto temían los escolares de antaño. Cuando eras blandito, cuando no jugabas al pelotón –como decían los curas- o a policías y ladrones, porque no te gustaban los rifirrafes ni los recreos violentos.  O porque no resoplabas cuando el amiguete despabilado hablaba con los ojos como platos de las tetas de Sofía Loren en Madame san Gêne. Por cierto, vaya tetas.

-Nenaza, que eres un nenaza –tenía que aguantar

Y aún peor.

-Cobarde, gallina, capitán de las sardinas.

Cosas que se dicen sin demasiada cabeza. ¿Hay algún estudio científico sobe la pusilanimidad de esta clase de peces?

Pero al torero, como al soldado, el valor se le supone. Y nadie imagina que si fracasa, que si escurre el bulto y protagoniza una espantá que deja en nada las de Juan Belmonte se atreva a la sinceridad. Y más en este tiempo de buenismo generalizado hacia la condición humana. Nuestro amigo Homper –el Hombre Perplejo- se lo había comentado a su anciana y sabia tía Clota. Vio la noticia, abrió el ordenador, puso en marcha el Skype para saber de ella y comentar las noticias de actualidad.

-¿Lo has visto, tía? ¿Han pasado por vuestra tele lo del torero mejicano?

-Ni idea, hijo-respondió la tía-Aquí la pesadilla permanente es el vertido de crudo en el Golfo de Méjico.

Homper le contó a su tía, nacida en un pueblo de Granada, pero nacionalizada ahora en Estados Unidos y avecindada en en el estado de Vermont, la secuencia completa. El torero mejicano Christian Hernández en la plaza. Faena de muleta. Inicia el trasteo, no fija al toro y en éstas que tira la franela, sale de naja, salta la barrera y desde el callejón anuncia que tararí que te vi, que verdes las han segado, y que mate al toro su puñetera madre. Sólo volverá al albero para pedir perdón al respetable y cortarse precipitadamente la coleta.

-Y pásmate tía. Después reconoció ante los micrófonos que él no estaba hecho para el toreo.

-¿Así lo dijo?

-Bueno, ejem –carraspeó Homper- Añadió que para enfrentarse al toro se precisa un par de huevos, y que a él le habían faltado.

Un minuto de silencio.

-Pues qué valor el suyo –concluyó la anciana- Qué valor que en una época donde todo el mundo desplaza su culpa hacia otro lado sea tan decente como para reconocer la verdad.

El denostado torero cobarde no se escudó en lo malo que fue el ganado, ni en los abusos del empresario, ni en los turbios manejos del apoderado, ni en la consabida mala suerte. Tampoco en  la presión psicológica.

-Qué tranquila me deja, sobrino –suspiró la anciana- Por una vez hay un hombre valiente que  nos libra de culpa a la sociedad y apechuga con lo suyo.

Paradójico Christian Hernández. El hombre que fue lo bastante valiente para reconocer que le faltaban un par de huevos.

Relativamente importantes

Y uno, hormiguita en la calle, acabadiendo, como mucho, relativamente importante...

Y uno, hormiguita en el asfalto, se da cuenta de que sólo es relativamente importante...

Se sorprende a menudo Homper de lo relativo y elástico que es en sí mismo el término relatividad. Relatividad –más bien relativismo zapateril- en política es la excusa perfecta para jugar con la ley y la costumbre según convenga, como si éstas fueran plastilina normativa. Algo con lo que, por su edad y por su formación, no está nada de acuerdo la tía Clota.

-Desengáñate, sobrino-le decía en una de sus conversaciones transatlánticas la  mujer nacida en Granada y hoy ciudadana estadounidense- Con las cosas de comer no se juega. Lo de quitar importancia a lo que nos enseñaron que era importante descoloca mucho a la gente…

No se ha asilvestrado tanto Homper. Su relativismo  le sirve para achicar, primero, los problemas y putaditas que plantea la vida. Y luego para ponerle bridas al ego. Uno tiene a considerarse el eje del mundo y a sobredimensionarse hasta que deja de verse en el espejo y amplía perspectivas.

-Pero qué poca cosa parecemos desde aquí…

Lo pensaba mientras desayunaba hoy en buena compañía desde un observatorio para él insólito, y que sin embargo debe de ser muy popular, la cafetería del Corte Inglés. Está en la planta 9 del edificio de Callao, y como la terraza que hay en lo alto del Círculo de Bellas Artes, nos enseña vistas muy enriquecedoras de Madrid. La primera es el peinado de la capital, adornado por estatuarias y arquitecturas fascinantes que, a ras de suelo, son difíciles de apreciar. La segunda es lo diminuto, lo casi insignificante que es uno desde la altura.

-No hay que relativizar lo importante, tía –precisa Homper- Pero te aseguro que a vista de pájaro, y confundidos entre el enjambre de la gran ciudad, no significamos casi nada.

E imagina un primer plano de su coronilla, ya ampliamente tonsurada por el tiempo. Y, a partir de ella, un zoom atrás que le muestra paseando por las calles de Madrid, como hace a menudo. Y un Madrid a vista de pájaro, con todos sus fénix, y sus guerreros romanos, y su cuadrigas, y sus ángeles, que coronan los edificios más notables de la capital. Y una España a vista de satélite. Y y una tierra a vista de la luna. Y un sistema solar  a vista de otra galaxia.  Y todas las galaxias a vista de…

Y a pesar de que, como le enseñaron en el cole, Homper sabe que “todos somos hijos de Dios y herederos de su gloria”, comprime su gigantesco ego en una funda de lentillas y se convence de que, si hay algo relativo,  por insignificante, es lo que al cabo representa uno mismo en la inmensidad del cosmos.

Gila en el FBI

A veces, este mundo tan serio parece el mundo según Gila...

-¿Es el  jefe?…

-…

-Vale…Soy Miguelín, el de los retratos-robot…Que como me habían encargado el del Bin Laden ese, pues es para decirles que ya lo tengo…

- ….

-Me ha quedao muy majo, sí. ¡Tó profesional!…

-…..

-¿Qué cómo lo he hecho?…Mu sencillo, primero me dije;: este es morenito y con barba…Para dar con el modelo, iba a tirar de mi primo Bonifacio, que es representante de una fábrica de alabastros, y ha ido mucho por Oriente Medio con el muestrario…Ya sabes, los jeques, que son muy buenos clientes.

-….

-¡Claro!…Y como además está delgado, y le han salido canas,  me dije: este me va a quedar clavadito…Pero resultó que tenía que ir al urólogo, porque está de la próstata, y no pudo venir.

-……

-Sí…Y entonces tiré de archivo y me encontré a Llamazares…Mucho no se parece, pero como luego, cuando se deja fotografiar el de verdad, lleva  puesta la toalla esa en la cabeza y las gafas de sol, se dan un aire…Le pones ante una cámara con una metralleta y amenazando que va arrasar el Capitolio o la Casa Blanca, y te lo crees…¡Acojona!…

-….

-¿Enfadarse?…No creo…¡Si luego sólo van a matar al de verdad!…

-….

-Claro…Además, como siempre va de antiamericano…

-…..

-Pues nada, para servirles. ¡Todo profesional!…Y si hay que ponerle cara al Ahmadineyad, que está muy pesado con las bombas atómicas, me lo digan…¡Tengo un churrero en el barrio que es su doble!…

-…..

-Bueno, Amadineyad es más bajito, y es verdad que el churrero juega de pívot al baloncesto…Pero como la foto-robot se hace sentado, no se nota…

-…..

-La factura…¿puede ser sin IVA, ¿eh?…Por ayudar al ministro Corbacho, ya sabe, que luego hay que encontrar subterráneaos para justificar el porcentaje que ha dicho y no los encuentras…

-…

-¡Lo que yo le diga!…Este es un país muy poco serio, oiga…

Dice Homper que, cuando se supo la chapuza del retrato-robot de Bin Laden/Llamazares, se quedó, una vez más, estupefacto.

-La vida suele superar a la ficción -le comentó a su anciana tía, nacida en un pueblo de Granada y hoy ciudadana de los Estados Unidos.

Y tanto él como la tía Clota pensaron que Gila había resucitado para colaborar con el FBI.

¿Será que quiere ser santo?…

Aunque hay que reconocer que la estampita es buena, la tía Clota le ve más como un nuevo san Juan de Dios...

Aunque hay que reconocer que la estampita es buena, la tía Clota le ve más como un nuevo san Juan de Dios...

-Te voy a enseñar la verdadera cara de san Juan de Dios-le dice la tía Clota sonriendo con malicia mientras saca un tarjetón de un libro y lo acerca a la cámara para que su sobrino, al otro lado del Atlántico, lo pueda ver.

Y Homper, cómo no, se queda perplejo. No es para menos. La estampita es una postal publicitaria que muestra la clásica imagen del popular santo con un enfermo en los brazos y rodeado de pobres y desvalidos. Es un pequeño bajorrelieve en escayola  un tanto relamido, típico de la imaginería religiosa de algunas tiendas madrileñas, allá por  la calle de la Paz y aledaños. Pero lo sorprendente es que la cabeza del santo, con barba y coronilla, como está mandado, muestra la cara beatífica e inconfundible del presidente Zapatero. Bajo el grupo escultórico, escrito con letra gótica, la frase La verdadera imagen de San Juan de Dios, el protector de los pobres, enfermos y desvalidos. Venta por encargo.

-Los hace un artista de mi pueblo, y los vende como churros.

Cuando aún en vida de Franco la tía Clota emigró a Estados Unidos, en su pueblo natal, una pequeña villa de la Granada profunda, convivían los balbucientes movimientos obreristas con el catolicismo tradicional de la España eterna. Muchos de los que enredaban en los clandestinos sindicatos del campo, se disputaban un puesto de costalero en los pasos procesionales. Ese era el caso de Vicente, escultor aficionado a modelar en escayola cristos, vírgenes y santos de su devoción.

-Lo hacía tan bien, que dejó el campo con una baja laboral por problemas de corazón y se dedicó a la imaginería…Con cierta imaginación, ¿no crees?-subraya la anciana con mucha zumba- Aunque, después de todo, pone las cosas en su lugar…Porque aunque no haya caído en la cuenta, y puede que no le gustara saberlo, Zapatero es un san Juan de Dios laico.

Homper sonríe por lo bajini y repasa mentalmente el argumentario social del gran defensor de los desvalidos españoles, que acaba de repetir ante el Comité Federal de su partido.  Todo menos dejarles de la mano de Dios, al menos mientras quede un euro  en las arcas y un impuesto por exprimir. El nuevo Dios es él. Cuando hay que hablar de ayudas al tercer mundo, lo progresista no es tapar agujeros con limosnas, como hacen algunas ONG, sino invertir en crear las estructuras de una economía productiva que permita a los países pobres salir de la miseria. Pero aquí debemos de ser multimillonarios, porque todo consiste en hacer de Caritas gubernamental con cargo al déficit sin ajustar un solo tornillo. Sobre todo si los sindicatos fruncen el morro.

-¿Por qué no llamas a Moncloa y le recuerdas al presidente que Vicente Ferrer también era progresista?…El invertía en hacer pozos. Y los pozos transformaron  la vida de sus desvalidos.

-Buena idea, tía- responde Homper- Señor presidente, que dice mi tía que aunque usted no lo sepa está en la misma línea de san Juan de Dios. Y que, siendo tan progresista como es usted, debería de buscar otros referentes…

Y se echan a reír. Como los que aplauden entusiasmados a su líder infalible. Y como muchos más que, aunque cobren un subdisio, miran al futuro y quizás rían por no llorar.

Paseando por la Ruta del Colesterol

Qué estarán pensando esos que nos cruzamos cuando caminamos...

Qué estarán pensando esos que nos cruzamos cuando caminamos...

Una carta  no publicitaria ni encerrada en el sobre de un organismo oficial era ya un suceso en la vida de la tía Clota. La última que había recibido venía fechada en su pueblo natal, allá en la provincia de Granada. Era de Vidal,  el hijo del peluquero. Y le decía que aunque el pueblo seguía careciendo de depuradora para las aguas residuales, había inaugurado un flamante camino peatonal que rodeaba la villa, bordeaba el río a lo largo de seis kilómetros y estaba flanqueado por árboles de nueva plantación. La nueva ruta turístico/ deportiva ofrecía bancos para sentarse a tomar el sol y aparatos de gimnasia, para aquéllos que quisieran seguir un programa  de mantenimiento.

-Estaba encantado- recordaba la anciana a su sobrino Homper- También  estaba orgulloso de que  en la entrada del pueblo unos flamantes carteles anunciaran que el viajero entraba en un municipio no nuclearizado, hermanado, además, con una villa sueca de nombre imposible. Y que en el paraje del Canchal, donde hay un bosquecillo de pinsapos, hubieran creado un Centro de Interpretación de la Naturaleza…¿Es que a la naturaleza hay que interpretarla? ¿No sería más útil lo de la depuradora?

Homper le recordó que desde que ella se marchó a vivir a Estados Unidos, los pueblos de España habían cambiado mucho. El milagro de los Fondos de Cohesión, de los FEDER y de esa chistera que los alcaldes encuentran en el endeudamiento público. Cualquier villa gozaba ya de biblioteca pública, de polideportivo y, sobre todo,  de piscina municipal. Aunque, efectivamente, aún había muchos que carecían de depuradora.

-Pero la verdad es que esos caminos peatonales han tenido mucho éxito -le contaba  Homper a su tía- Se llenan de hombres y mujeres que antes  no habían dado un paso y que ahora hacen deporte y creen que además prolongan su vida. En algunos sitios les ponen nombres graciosos. La ruta del Colesterol, la Alameda Coronaria, el Paseo de los Infartados…

Homper  le confesó a la tía Clota que él también ha comenzado a andar a cien pasos por minuto, el ritmo que le recomendó el cardiólogo. Su gran  problema es que no sabe qué cara poner mientras camina. Observa que la mayoría de los paseantes con los que se cruza lucen una expresión seria, con el ceño fruncido y un rictus de determinación en los labios, como si hacer kilómetros fuera un empeño que va a salvar el mundo. Y no quiere tener esa cara.

-Ya lo habíamos pensado nosotras -dijo Clota refiriéndose a ellas y a sus amigas-Nosotras también paseamos, ¿sabes?…Para lo de la osteoporosis…Y cuando vemos a alguien de lejos, jugamos a ponerle cara…Ese se parecerá a Henry Fonda…Esa, a Katherinne Hepburn…Ese seguro que se da un aire con Sean Connery…Luego, al cruzarnos con ellos, acaban siendo muy vulgarcitos, pero hasta ese momento nos mueve la ilusión, y pensamos que estamos más monas…

Este puente los nuevos caminos peatonales se habrán abarrotado de paseantes. Bonita experiencia interpretar sus rostros mientras caminan. Qué pensarán, qué querrán decir con su gesto. Y cómo nos verán cuando, cruzándose con nosotros, comprueben que tampoco sabemos con seguridad de qué huimos y adónde vamos.

Un caldo siempre cae bien

Caldo rico

(Foto de VJ_pdx)

No llegará la sangre al río. Pelillos a la mar, se encontraron el nuncio del Vaticano y el presidente ZP en un acto público y éste se quejó de los obispos. Con talante, pero se quejó. Monseñor Monteiro, muy diplomático, le recordó al presidente Zapatero que tenían pendiente un caldito. ¿Será en Moncloa o en la nunciatura? Da igual, con un caldito se puede arreglar casi todo.

Si le nombran asesor al efecto a nuestro querido padre Bonete dirá que, como poco, el caldito ha de tomarse con con jerez, y mejor con yema de huevo. Eso sí, como el nuncio es sobrio y austero, pero de fino paladar, mejor si se enriquece el caldo con unas fruslerías más. Acaso unos taquitos de jabugo, por qué no unos huevos duros troceados, quizás unas finas hebras de pechuga de faisán, tal vez unos corruscos de pan frito. Poca cosa, unas naderías, pero que sin duda harán más sabroso el caldo y facilitarán el diálogo.

Eso sí, como el presidente es de León y hay que dar al césar lo que es del césar, qué tal si se acompaña el caldito con una fuente de cecina debidamente rociada de aceite de oliva. ¿Y si añadimos unas rodajitas de chorizo del Bierzo? -puede que sugiera monseñor. Hombre, presidente, pues ya, metidos en juerga, permítame que ya que don Manuel Monteiro es portugués se ofrezca en su honor algo típico de su país. Poca cosa, un platito ligero, a tono con la sobriedad eclesiástica. Por ejemplo un bacalao dourado, que pueda servir de pórtico, es una idea, a un foie de pato con puré de manzana, como queriendo decir a su eminencia reverendísima que nadie en el gobierno quiere sacarle los hígados a la Iglesia, antes al contrario.

Y a la vista de que con estas pequeñas delicatessen debidamente regadas con los vinos procedentes se va a cocinar un arreglo, pues nada mejor que añadir a este ligero tentempié un botillo, un cocido maragato, un buey estofado, empanadas de anguila del Arlanzón y, eso sí, como monseñor es goloso como un niño y el presidente pura dulzura, un repertorio de gourmandissses todo santidad: un San Marcos, puede que unos deliciosos tocinos de cielo, piononos de Granada, el Saint Honoré, sin duda una tarta de Santiago, unos suspiros de monja y, como concesión al leonesismo y el laicismo de Zapatero, unos nicanores de Boñar y cómo no, unos siempre deliciosos mantecados de Astorga.

La presunta glotonería de lo que doña María llama el cuerpo de servicio de la Iglesia es un socorrido tópico en el que abundaron desde Galdós a Berlanga. El Duende guarda memoria de un chocolate en onzas que merendaba de niño junto a un trozo de pan. No era Elgorriaga, ni Valor, que eran las marcas de la época, sino Los Canónigos. Supongo que era algo más barato. En la envuelta, se veía a unos orondos frailes despachando un cuenco de aquel chocolate que, si bien no era de los que parecían hechos con arena -así sonaba triturar aquellas tabletas de cacao con azúcar sin refinar- tampoco era una delicia como los de ahora. Pero, junto al chocolate, nada tan clerical como el caldo. Archifamosa es la anécdota de aquella cena en una casa de prosapia en la que el obispo era el invitado de honor. Como quiera que, por su natural modestia cristiana, el dignatario se sirviera el consomé sin apenas hundir el cucharón en la sopera, la doncella, apercibida de ello y deseosa de dejar bien a sus señores, le advirtió diligente: ajonde, ajonde, su divina majestad, que en el culo está lo bueno.

Bueno sería que el presidente y el nuncio ajondaran en este otro caldo de la concordia. Y que en su culo, con perdón, encontraran un puntito de sosiego que deje a cada cual en paz con su dios.

…¡Y Fraga le hizo llorar!

 Nadie lo hubiera dicho. Nadie hubiera tan siquiera pensado que ese político con aire de matriculín, verbo infalible, ambición incalculable y tics de repelente niño Vicente guardara en algún rincón de su alma una lágrima para tal ocasión.  Foto de Tatiana SapateiroImprevisible aquélla, la lágrima, y menos esperable aún ésta. La mayoría podríamos entender que Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid, llorase presentando el libro que glosa la vida de una actriz, un poeta, una pianista o una princesa, porque sensible a estas materias sí que ha demostrado ser. Pero no lo de ayer. No podíamos imaginar semejante rapto de ternura por un político – Manuel Fraga-  al que sólo el tiempo ha borrado sus famosos prontos de sargento furriel. En un tiempo la calle era suya, y el Estado le cabía en la cabeza. Ahora también gimotea cuando recuerda sus servicios a la patria, y probablemente cuando cuenta Bambi a sus nietos. Llora el viejo brigadier curtido en mil batallas y aguerrido capitán que aún se apresta a asaltar la posición más inexpugnable. Ojos que no lloran, corazón que no sienten.

La cosa es que desde que la madre de Boabdil el Chico afease el llanto de su hijo por abandonar Granada con el rabo entre las piernas, lo de llorar estaba muy mal visto en el hombre. Parece que sólo se podía llorar como mujer, qué fastidio.  Lo cual hizo sufrir mucho al Duende, pues también lloró con Bambi, y con la muerte en directo de aquélla serenísima niña llamada Omaira, que quedó atrapada en una ciéanaga tras la explosión  furibunda del volcán Nevado Ruiz, y viendo una película para jóvenes titulada El club de los poetas muertos, y cuando, haciendo la mili llegó el cartero a la compañía con una carta para Angel García de su novia. El pobre Angelito, que había pedido permiso ese día para examinarse en Madrid, acababa de morir atropellado a las puertas del campamento cuando se dirigía al autobús que le iba a llevar junto a ella, la misma que ahora no tendría respuesta a su carta. Y por eso lloraba el Duende, pensando los dos corazones rotos y en la carta que nadie leería.

Había un personaje femenino de Jardiel Poncela que en Usted tiene ojos de mujer fatal invitaba desde la escena a la terapia lacrimal. ¡Llore, llore usted!- gritaba como una loquita iluminada-Es cierto que se caen las pestañas, pero…¡sienta estupendamente! Sin embargo los hombres de la generación del Duende estábamos educados para no llorar, porque eso era de nenazas.  Gary Cooper, Humphrey Bogart, Clark Gable y el Guerrero del Antifaz jamás lloraban. Pero el sentimiento es como es, y el lacrimal trabaja cuando menos te lo esperas. El Duende debe confesar que hace unos años pasaba por la Cibeles en la hora más populosa del día cuando, junto a la verja del Cuartel General del Ejército, vio a un viejecito menudo con boina y trazas de pastor serrano aireando entre el gentío apresurado su valiosa mercancía. ¡Manzanilla de la sierra a cinco duros el ramillete! Nadie le miraba, nadie le escuchaba, nadie hacía por él. Porque Madrid ya empezaba a ser la novia de Europa, la lanzadera de la economía nacional, la ciudad de ferias y congresos, meca de yupies y del pelotazo, salón del automóvil de lujo, cuna de la modernidad y templo eterno de la movida. Malos tiempos para la lírica de la manzanilla. Le dio tanta pena al Duende aquél incomprendido, le inspiró tanta ternura que  le compró dos ramilletes de la aromática planta con los que se fue caminando por Recoletos arriba. Y cuando se quiso dar cuenta lloraba. No como mujer, sino como un gilipollas. O al menos eso pensaba entonces, que no recordaba la rima aquélla de Bécquer: ¡Ya ves que soy un hombre y también lloro!

Porque, afortunadamente, las cosas cambian. Ahora ya no gustan tanto los que van de lijas del 9, y  la ternura masculina  también  cotiza. A lo mejor las lágrimas de Gallardón nos recuerdan que, además de una buena cabeza, este hombre tiene corazón.   

Las lágrimas de la cebolla

Cebolla

(Foto de Timsnell, con algunos derechos reservados)

Cortaba el Duende cebollas para hacer su salsa y le rodaban dos lagrimones por las mejillas. Se acordaba entonces de las mujeres que habían alimentado su juguetona vida. De su madre, de su esposa, de Catalina, de Cirila. De las muchas mujeres que habían llorado por él y por tantos que se sentaban a la mesa. Recordaba lo efímero del placer para tan largo esfuerzo, o al menos eso aparentaban los comensales: horas de sartenes y cacerolas para conseguir, como mucho un qué bien te ha salido, qué bueno estaba, a lo mejor hasta gracias. Se acordaba de las quejas de doña María, siempre lamentando que unos lleven la fama y otras, las de siempre, carden la lana. Y, como colofón, de lo que le dijo mamá a Boabdil cuando salió de Granada con las orejas gachas: llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre.

E imaginaba luego lo que habría sido este otro capítulo de un mundo al revés. Por ejemplo una enciclopedia sin apenas grandes hombres, y sí en cambio muchas grandes mujeres Y donde éstas configuraban una historia de las ciencias, de las artes y de la cultura en la que sólo ocasionalmente asomaba una gloria con barbas. Un suceso de gran impacto mediático daba ocasionalmente la vuelta a la tortilla. En un mundo diseñadodo por Palladias, Iñigas Jones, Venturesas Rodríguez y Rafaelas Moneo, aparecía un tipo raro con un edificio que recordaba al hombre de lata del Mago de Oz desventrado, y por semejante ocurrencia desplazaba a segundo lugar a las arquitectas de toda la vida. O sea, el triunfo del recién llegado, y la omisión de las que tanto se lo curraron. Qué injusticia.

Como en la realidad, solo que invirtiéndose los papeles. La mujer pasó de no contar como el hombre a contar algo en casi todo, pero menos en lo que siempre había sido lo suyo sin merecer por ello elogio alguno. La moda, la alta costura y la cocina, tradicionales feudos femeninos, parecen ahora inventados por el hombre. Y doña María, la verdad, se mosquea. Siglos de hilo, aguja y dedal, tantas generaciones de mujeres alimentando los fogones y dándole juego a las perolas para que ahora vengan el machismo de espaldas al pueblo y se corone de gloria. El mejor modista es Giorgio, el que hace los zapatos de mujer que despepitan a la Preysler y a Victoria Beckham se llama Manolo. Y las estrellas Michelin se las llevan Ferrán, Juan Mari, Pedro y Martín. Tócate las narices, María, ¿por qué lo han permitido las mujeres?

Lo planteó así Doña María en un foro sobre el reparto de responsabilidades en la sociedad actual, y una feminista aventajada del Instituto de la Mujer le corrigió con mal disimulada suficiencia: no es ese el debate, mujer, no es ese el debate. Está bien que compartan las tareas del hogar, pero lo importante es que copemos los puestos de responsabilidad que ahora sólo detentan los hombres. Y doña María dijo que ni sabía lo que significaba debate, pero que cuando ella hacía almóndigas éstas sólo eran un segundo plato, y ahora un cocinero de postín con la misma receta, la misma salsa y más cuento no hace almóndigas, sino cultura. Y que aunque no sea pogresista eso de los fogones, vaya tontuna la de haber convertido a los hombres en los dioses de la cocina. ¡Con lo cultas que éramos nosotras sin darnos tanto pisto!…

Y esa es la cosa. Nada tiene que ver el culo con las témporas, y aunque el objetivo sea la paridad entre sexos, también es pena que cuando doña María llora, no sea sólo por la cebolla. Sino porque entre lo que le vedan y lo que ella misma se niega, la vida-lo cantaba Julio Iglesias- sigue más o menos igual.


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