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Prioridades

Debías haber priorizado, pero el recuerdo de todo lo que te había hecho sentir aquel actor llamado Alfredo Landa magnetizó tu atención...

Deberías de haber marcado otras prioridades, pero el recuerdo de todo lo que te había hecho sentir aquel actor llamado Alfredo Landa magnetizó tu atención…

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Priorizar. De vez en cuando te da un ataque de importancia y piensas que lo que caracteriza a los grandes hombres, a esos que luego pasan a ser las glorias de la patria, es saber priorizar. Te imaginas que hoy, por ejemplo, habrán saltado enloquecidos de la cama gritando su obsesión del día.

-¡Educación!…¡Reformémosla como sea! ¡Educación para todos, pero como la que me gusta a mí!

Es lo prioritario. O debería serlo.

¿Por qué carajo en España nos ponemos barrotes entre las ruedas y perpetuamos los problemas que en otros países han resuelto ya hace tiempo? ¿Por qué hemos hecho del sentido común un imposible metafísico? ¿Cómo es posible que no estemos e acuerdo en los conocimientos que necesita un ser humano español para afrontar la vida? Tú ya no piensas en reformar casi nada de tu patria, porque careces de carácter para ello. Es una suerte que no pertenecieras a la  generación del 98, porque entonces tu escepticismo te hubiera rebosado hasta por las orejas, y hubieras sido una suerte de amargado de los que acaban hastiando al personal. Groucho decía que cuanto más profundamente conocía al género humano más amaba a su perro. Si hubiera sido español y renegado de todo lo que puede unir, como parece que ordena el ADN nacional, acabarías amando desesperadamente a la salamanquesa que vigila tus sueños en el campo.

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Deberías priorizar. Pero como lo único que tienes claro es que no tienes nada claro, se te ha entreverado un sueño que te deja trastornado, y no estás para priorizar nada. Te situaba el sueño en la casa de un compañero de colegio que reúne el dudoso honor de haberse hecho multimillonario, ser conocido de toda España por sus amoríos y sus negocios y condenado por notoria estafa de muchos ceros a la derecha. Un prenda. Nunca fue compañero de pupitre, ni propiamente amigo. Tampoco sufriste las humillaciones y las gamberradas que solía prodigar con los más apocaditos de la clase. Sin embargo aparecía en el sueño como si fuera un tipo normal, incluso más bien atento contigo. Tú sabías que era un perfecto bellaco, pero te planteabas una cuestión que siempre te ha inquietado: cuando un pajarraco te ofrece su cara más buena…¿lo correcto es volverle la espalda o, por el contrario, corresponderle con la generosidad y el buen trato que merece incluso el delincuente?

Ni en el sueño despejaste la duda. Al revés, se vio ésta emponzoñada porque de repente, cosa muy de colegial, te dio un apretón, corriste al cuarto de baño y al final se te rasgó la piñata de caca antes de que te diera tiempo a centrarla en la taza del retrete.

-Pobre Alberto –pensaste- Encima  de lo que piensas de él le dejas el cuarto de baño regado de mierda.

Sentiste vergüenza, y quisiste escapar de aquella pesadilla a toda costa. Cuando despertaste, no eras capaz de dar lecciones de buena educación a nadie. Todo por no saber priorizar a tiempo, y haberte largado de la casa del compañero rana antes de cagarte por la pata abajo.

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-Gregory Peck  y Marlon Brando no necesitaban más que su rostro para ser actores-sostenía la tía Clota, que en paz descanse- Por mucho que aprendieran en el Actor´s Estudio y le dieran al método Strasberg, se lo debían todo a haber nacido así de guapos e interesantes. El mérito es tener cara de berenjena como Alfredo Landa y que te haga reír, llorar y emocionarte como si habitara un mago dentro de su cuerpo.

La tía de Homper  pasó en Estados Unidos más de la mitad de su vida, y era una apasionada del cine. Hoy recuerdas esta anécdota que te contó tu amigo porque no puedes estar más de acuerdo con ella. Algunos actores no son más que el pueblo mismo carrozado con su fisonomía, y este era el caso del fallecido Landa.

Últimamente el destino furibundo ha inflado sus carrillos y se va llevando de un soplo a muchos de de los personajes del cine y del teatro que llenaron tu vida. Te van abriendo el camino, demostrando que la muerte discreta, después de todo, no es tan mal final. El último ha sido el gran Alfredo, al que la mayoría echará más de menos que a muchos de sus familiares. Lo prioritario era desvivirse hoy por la negra suerte de la educación en España. Pero tú te desvives –o sea, vives un poco menos- suspirando por la ausencia de otro de los tuyos, otro de los nuestros. Menos mal que la carrera de relevos continúa.

Carta de amor a la mentira

Querida Ruth

He decidido escribirte, porque ya no me fío ni de las nuevas tecnologías. Te escribiré esta carta, la meteré en un sobre, yo mismo la llevaré a tu casa, subiré hasta tu piso y la pasaré por debajo de la puerta. Después tocaré el timbre y saldré corriendo escaleras abajo. Puede que aún te huela el papel a la colonia con la que hoy rocié mis manos. He comprado una con un aroma muy marcado, para que todo parezca más romántico. Lo necesito, de veras.

Lo necesitamos. Para empezar, y siento que no sean buenas noticia, debo decirte que murió Pedro José Castaño. Ya sabes, era el más listo de la promoción, hizo Económicas, sacó las oposiciones de Técnico Comercial, Economista del Estado, Diplomado en Estadística y Contabilidad, master en Boston en no se qué. Y Periodista. Se inclinó por ejercer el periodismo económico. Estaba obsesionado con que para ser un buen especialista había que estar preparado, él leía todo: el Financial Times, The Economist, Expansión , las páginas salmón de todos los periódicos influyentes…Nunca escribió a humo de pajas. Se documentaba profundamente. Últimamente, desde lo de Lehman Brother´s, que Dios confunda, escribía una columna diaria, participaba en una tertulia de TV dos veces a la semana y en otra de radio los lunes, miércoles y jueves. Cada día tenía enfocaba la crisis desde un ángulo distinto, y se despedía haciendo una profecía optimista que al día siguiente era sistemáticamente burlada por la Ley de Murphy. Anteanoche Pedro José salió de la redacción a las tantas de la madrugada. Se despidió de sus compañeros diciéndoles que se sentía más socrático que nunca. Quizás quiso reconocer aquello de sólo se que nada se. A la mañana siguiente apareció muerto en la cama. En su mesilla de noche había un vaso con los restos de un líquido que, analizado por la policía judicial, resultó ser cicuta. Fue el suyo un suicidio muy socrático.

Tampoco es agradable lo que le ha pasado a la señora Belarmina. ¿Te acuerdas de ella, la cabrera del pueblo que hacía tan buenos quesos?…La pobre empezó a enloquecer el día que un candidato pasó por allí prometiendo no sólo el AVE, sino un apeadero a trescientos metros de su majadal. Ella estaba convencida de que gracias a eso iba a poder exportar sus quesos a medio mundo. Luego vio la publicidad esa del yogur griego, se enteró de que a los griegos les habían expoliado el patrimonio artístico, y de que ahora les querían quitar el yogur y se identificó con la causa de la vieja del anuncio. Se terminó de trastornar cuando escuchó que Grecia, país que no conocía ni por las películas, estaba en la ruina. Se creyó griega, y se pasaba el día como la señora esa del último spot de DANONE que grita ¡Yogurazo!, no se sabe si con rabia o con asco. Todas las mañanas salía de su casa, se subía a la torre de la iglesia, gritaba ¡Quesazo! imitando a la del anuncio y a las 12 del mediodía derramaba una cántara de leche y voceaba después que le querían arruinar hasta que subía su esposo, el pobre señor Cipriano, y se la llevaba. La semana pasada se la llevaron definitivamente los loqueros y la internaron en un manicomio, o como se diga ahora. Qué pena, Ruth. ¿La culpa de estos sucesos?…La mentira, Ruth, la mentira.

Qué poco imaginábamos en aquellos veraneos del pueblo que íbamos a vivir bajo un cielo de mentiras y sobre un suelo de más mentiras todavía. Desde que tengo uso de razón no he hecho más que ver cómo las diferentes mentiras que nos mantenían han explotado como los globos de las ferias. Yo fui un chico creyente y religioso, y lo que vi me hizo escéptico y agnóstico. Yo fui revolucionario y marxista en la universidad y la simple lectura de lo que han sido las dictaduras de izquierda me hizo abominar de mis viejas ideas. Yo creí en las democracias occidentales, y en Europa, y en la Constitución, y en eso que se llama el estado de bienestar y ahora todos esos globos se desinflan y escapan alejándose de nosotros mientras nos hacen pedorretas. Yo creía en la ética, y en la libertad, y en la educación del individuo, y en el sentido de la responsabilidad, y en el Rey, y en los políticos, y en los jueces, y en los empresarios, y en el pueblo, y en la familia… Ahora sólo nos dicen que hay que creer en Casillas y en Iniesta. Y, mientras me asomo al abismo agarrado a una última esperanza, me dan ganas de preguntar lo de aquel maravilloso chiste de Eugenio: ¿no hay alguien más ahí?…

Y de repente me he acordado de ti, Ruth. De repente me he acordado de lo que me gustabas cuando echamos el primer baile en la plaza del pueblo, aquel verano de 1962. Tez morena, sonrisa blanquísima, un lazo turquesa en tu melena oscura y una rebequita, porque era septiembre, y ya refrescaba. Sólo supe de ti que te gustaba el Dúo Dinámico y que de mayor querías poner una tienda de moda y viajar por las calles de Roma en Vespa, y a ser posible con Gregory Peck. Y no nos arrimamos mucho, pero creo que, aún con la rebequita de por medio, llegué sentir tus pechos turgentes rozando contra mis costillas. Hoy cualquier joven diría tus tetas, pero yo era un primavera, y también creía en la belleza de las palabras, y en el hechizo de la literatura, y todos los escritores que he leído siempre han utilizado lo de turgente para los pechos femeninos. O sea, que debe de ser algo bonito. La cosa es que salí muy emocionado de aquella noche, y como esos recuerdos son tesoros que se guardan en la caja fuerte del alma, no los olvidé jamás.

Ayer te vi cruzar por la calle, y fue como si una mano mágica hubiera dado con la combinación de la caja fuerte y la abriera a mis sentimientos. Eras tú, una mujer aún muy atractiva de la que nunca he vuelto a saber nada. Apenas tengo noción de quién eres, no se si estás casada, soltera o viuda, incluso puede que seas lesbiana, me da igual. Aquel baile bien podía haber sido el germen de una bella mentira, como las que nos han ido vendiendo a lo largo de nuestra vida y ahora explotan y desaparecen. Una mentira maravillosa: tú y yo amándonos apasionadamente sin tener en consideración ni una sola de las tachuelas que la vida nos pone en nuestro camino. Sin temores, sin prejuicios, sin pensar que todo ha de filtrarse por el puñetero pasapurés de la realidad. Una mentira más, para seguirnos manteniendo contentos. Al fin y al cabo…¿qué es una raya más para un tigre?

Así que, como necesito ilusiones y alegrías para sobrevivir, terminaré con lo que antes dijeron otros sabios. También es mentira que te llames Ruth, porque naciste en el pueblo y te pusieron Rufina, pero necesito un nombre así y una atmósfera incluso un poco cursi para repetirte con voz queda y conteniendo las lágrimas lo mismo que decía Johnny Guitar a Viena al cabo de tanto tiempo: Dime algo agradable. Miénteme, Ruth, dime que no me has olvidado en todos estos años. Dime que hubieras muerto si yo no hubiese vuelto. Dime que me quieres como yo te quiero.

Tuyo, en la única verdad, que es la mentira

Julio

Otra teoría de la felicidad

Cerca del castillo de Monfragüe se puede elaborar otra teoría más acerca de la felicidad...1
He aquí otra manera de ver a la especie humana. Aquella que traza una divisoria entre los hombres que rematan y los que no rematan, los que hacen los deberes y los que los dejan a medias, los que buscan la perfección o al menos la excelencia y los que se conforman con un aprobado, un pasar, un vivir desflecado y según y como, vaya, vale, sigamos adelante y no me toque usted las narices con escrúpulos ni tiquismiquis propios de perfeccionistas. A vivir, que son dos días.

El amigo Rafael estaba claramente en la primera categoría. Era un modelo en casi todos los ratios que las suegras de antaño puntuaban para conseguir el yerno soñado. Seriedad, buea cabeza, voluntad, espíritu de superación, elegancia y exquisitos modales, buena presencia. Y un pedigree de familia acomodada, buena plancha y mejor colonia. Alguien le llamó la atención un día a este bloguero sobre lo reveladoras que eran las porterías de las casas de Madrid. No hacía falta que hablaran las porteras o los porteros, gremio que siempre ha tenido la fama de cotilla impenitente. Hablaba por ellos la atmósfera que se respiraba apenas se entraba en el portal.

-Portal que huele garbanzo o a coliflor, malo. Portal que huele a lejía, regular. Portal que huele a maderas, a cera o a Netol, buenísimo.

Luego aclaraba que esa observación maliciosa no iba en absoluto contra el espíritu evangélico del amor a los pobres.

-Cristo dijo que los amáramos -precisó- y eso está bien. Pero eso no obliga en absoluto a ser feliz aspirando el olor a berza cocida.
El portal de la casa de Rafael seguro que estaba libre de esos pecados urbanos. El resto de los componentes de su personalidad no se sabe si vienen de los genes paternos o los maternos. La cosa es que dio en un tipo autoexigente y riguroso, poco dispuesto a conformarse con medianías. Pensaría que uno no tiene más que una vida para mostrarse. Fue un claro aspirante al homo perfectus.

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Ya cuando le conoció este duende había sin embargo en su biografía un dato chocante. Entonces la sociedad se había sofisticado, y ya no sólo queríamos ser felices, sino también guapos. A las mujeres de entonces les trastornaban los hombres altos y delgados, Gary Cooper y Gregory Peck a la cabeza. Rafael también era de raza fina, hombre deportista y sin apunte de tripilla, pero sin embargo era conocido como Gordo. Todo el mundo le llamaba Gordo.

Sorprendentemente, él, tan celoso de su imagen y de su autoestima, no esquivaba el apodo. Se diría incluso que lo defendía con un cierto orgullo, quizás consciente de que era el depósito de ternura y nostalgia del único momento de su vida en que fue rollizo y mofletudo, como un anuncio de Pelargón. Luego, viendo Ciudadano Kane, uno lo entendió mejor. Aquel magnate de la película muere con una palabra clave en sus labios que nos lleva a conocer el sentido de su existencia. La palabra es Rosebud, un enigma que vuelve locos a los investigadores hasta que descubren que tal era el nombre grabado en la madera del primer trineo que tuvo en su infancia el que llegaría a ser el hombre más poderoso de los Estados Unidos. Este, recreado en la película por Orson Welles, quiere recuperar al morir la única idea de felicidad pura de su vida, cuando lo tenía todo por delante, y todo aún por conquistar. Quizás quiso Rafael incorporar este sueño a su identidad, y llamarse Gordo para siempre aunque jamás un gramo de más afeara su percha. Gordo fue su Rosebud, y con ese trineo se deslizó por la vida en un slalom que seguramente facilitaría su búsqueda de la perfección.

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Gordo hizo una carrera brillante, y además tuvo la suerte de encontrar a una mujer como Luli,nacida Lucila, que con su encanto, su simpatía y su generosidad le dio aún más exuberancia a su vida. Además en uno de sus múltiples saltos adelante fue en Bruselas Director General Política de la Competencia, tal vez la nomenclatura que mejor le explica. De la competencia, o sea, del arte de competir. Pero también de todo lo otro que sugiere la polisemia de esta palabra: madurez, preparación, saber distinguir churras de merinas, priorizar objetivos, programar esfuerzos, saber vivir. Saber sobrevivir. Y, sobre todo, maña para superar obstáculos y proyectar al exterior una imagen de felicidad que, en los tiempos que corren, se recibe como un ungüento balsámico. Un triunfador prototipo puede llegar a molestar por su arrogancia. Un hombre contento, no. Un hombre contento estimula y reconforta el ánimo. Bienaventurados los Gordos que no cejan en su particular camino a la felicidad.

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Imagina uno que el aspirante a ser el homo perfectus es como un Karpov que sabe jugar simultáneamente varias partidas de ajedrez al mismo tiempo. En un tablero, su intimidad, el amor, la familia, los hijos, los nietos. En otro, su carrera profesional. En otro su papel en la sociedad que le ha tocado vivir. En otro, su dimensión humanista. En otro, el instinto de supervivencia, el saber ganarse la vida. En otro, su relación con los demás: amigos, compañeros, vecinos, colaboradores. En otro, piensa uno, su tira y afloja con Dios, o con cualquiera de esos sucedáneos que los hombres le hemos ido buscando a la idea de la divinidad…

Este hombre se asomó a todos los tableros, juega partidas en todos ellos y en todos, como poco, da jaque mate al desánimo. Como no debe de saber lo que significa perder, supo salir airoso de todas las lizas sin despeinarse ni perder la compostura. Si ha sufrido alguna derrota la ha sabido tan disimular tan bien que no ha dejado ni una sola cicatriz en su piel de hombre sonriente. Qué suerte la suya. O qué temple para saber lidiar con ella.

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Todas estas apreciaciones, a las que podría ponerse el correctivo de la amistad, le convencen a uno, aunque no le arrebaten. Lo que le llama la atención, y le gusta, y casi le enternece, es comprobar que a un hombre afortunado, como a él, lo que le hace vibrar e ilusionarse ahora es su circunstancia. Ya saben: la circunstancia de Ortega (no Ortega Cano, sino el otro, el de la calle, antes Lista). Podríamos precisar más: su circunstancia extremeña, pues fue en un lugar de Extremadura donde esta se le ha revelado. O su transformación eventual en hombre de campo, pues en él se refugia cada vez que tiene tiempo libre. O su circunstancia familiar, más esperanzadora que nunca ante una ristra de nietos a los que él enseña pacientemente a montar a caballo por los caminos mientras les va impartiendo lecciones elementales de naturaleza.

-¿Ves ese pájaro de colores tan bonito?…Es un abejaruco, que se llama así porque se come las abejas. ¿Y esa planta con la flor morada?…Se llama cantueso..,

Como un monitor celoso. Como un guardián que cuida al detalle su pequeño paraíso.

Uno ojo en el caballo, otro ojo en el pequeño jinete o la pequeña amazona. Y controlando al tiempo que el pequeño perro teckle de la casa no se escape y se meta entre las patas del caballo. Seguramente el amigo Gordo ha vivido pasos más importantes en su carrera. Pero ahora, en la tierra que él y Luli eligieron, y en la casa que construyeron, está viviendo los momentos más emocionantes.

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Uno fue invitado a su feudo y tuvo la suerte de verlo con sus propios ojos. Por si acaso, tomó apuntes para su propio futuro.

El tiempo corre, y los años del poder y del éxito –que fueron también los de la mayor responsabilidad- van quedando atrás. Entre las rosas del jardín y el encinar de la dehesa, rodeados por las crestas de la sierra de Las Corchuelas y bajo el techo mágico que ofrecen las noches estrelladas del parque de Monfragüe , Gordo y Lucila transitan ahora por un terreno más plácido y amable, jalonado de voces infantiles o presencias amigas. Tal vez sin darse cuenta, el hombre inquieto que buscaba la excelencia se acerca cada vez más a otro modelo de vida, próximo al beatus ille del clásico. Como decía el Quijote, mejor es el camino que la posada. No hay como no parar y seguir buscando en los valores y placeres más elementales de la vida para creer que la felicidad, que nunca acaba de llegar del todo, te está esperando sólo un poco más adelante. A la revuelta de esa curva, o más allá de ese cerro de encinas cuajadas en flor de primavera.

Sueños de un editor frustrado

Dicen que ahora editar tu propio libro no es un sueño...

Dicen que ahora editar tu propio libro no es un sueño...

La cosa es que la prima, que había sido siempre una mujer tímida y calladita, toda una vida dedicada a trabajar por los demás, con el mal dormir que dan los años se levantaba por la noche y se ponía a escribir. Nada pretencioso: reflexiones, pequeños poemas, pinceladas sueltas de su imaginación, cuentos mínimos y aleluyas piadosas al estilo de Las florecillas de San Francisco. Porque la prima, ya les digo, que de joven pintaba como para ennoviarse con ella, a fuerza de discreta plegó su alma sobre sí misma, se hizo asistente social y casi dio en la santidad.

El Duende, veinte años más joven, convivió con ella en la finca familiar que comprara el bisabuelo. Y comoquiera que aún siendo el más pequeño de su generación, era el único que escribía por afición,  fue el depositario de los escritos de la prima.

-A ver que te parecen –le dijo al entregárselos reflejando en su gesto la  esperanza en ser autora.

Los escritos de la prima eran justamente lo esperable de una prima de aquel tiempo. Respiraban ilusión y destilaban –oh sorpresa-el espíritu sensible de una mujer, que, contra todo lo que parecía, también se había enamorado alguna vez. El Duende convenció al resto de sus primos y a sus numerosos sobrinos de que aquellas páginas merecían un libro que, sin duda, a ella le encantaría recibir como regalo inesperado.

-Es muy fácil-se aventuró-Ahora en Internet hay webs como www.bubok.com que te permiten hacer tú mismo ediciones digitales cortitas y por cuatro perras.

Nunca lo dijera. Qué maldición, el hágaselo usted mismo, como el IKEA de las editoriales. Con María, que era la sobrina favorita, el Duende trabajó en la selección y corrección de los textos. E incluso escribió un prólogo en el que, cómo no, aparecía Audrey Hepburn y algunas otras de sus obsesiones recurrentes. Esta es la prueba:

Cuando yo era un niño, mi prima era una moza menuda, pero con una sonrisa coqueta y un par de esos encantos femeninos que a ningún chaval le pasan inadvertidos. Nunca entendí que Gregory Peck, por ejemplo, no apareciera un día por El Rincón a llevársela de paseo en la Vespa de Vacaciones en Roma. Sin embargo ella era demasiado tímida para estas aventuras. Y además, seguramente hubiera sido incapaz de quitarle el novio a Audrey Hepburn. Gracias a estas páginas que siguen uno sabe que, además de ser una magnífica persona, Mary pastoreaba las mismas ilusiones que cualquier jovencita de su tiempo. Entre que a Gregory seguramente se le averió la Vespa, y que ella pronto desvió su mirada hacia las necesidades de los demás, nos hemos perdido el gran sueño de la prima Mary.

Una tarde, María y el Duende se embarcaron en esa tarea tan fácil que es la autoedición en Internet. Ja. Claves, contraseñas, correo de vuelta, menúes que dicen que se abren y no se abren, pestañas abstrusas, infinitos campos por rellenar, lenguaje de  informáticos, mensajes ininteligibles para neuronas cerebrales talluditas, como ya son las suyas. Desesperación.  Fueron varias horas de este cálido verano para acabar rendidos como patatas al vapor. Y, constantemente, volver a releer el texto que se quiso, y no se pudo, subir a aquella web para que fuera convertido en libro.

Naturalmente, no se consiguió. El único logro del Duende fue advertir que, para el mucho cariño que tenía a la prima Mary, quizás el prólogo se había quedado cortito en el elogio. Así, pensó que además de a Gregory Peck en su Vespa, debía de haber incluído en la lista de pretendientes a Gary Cooper en su caballo de sheriff, a Charlton Heston en su cuadriga de Ben-Hur, a Steve Mac Queen en su moto de La gran evasión y a Robert Redford en su avioneta de Memorias de Africa.

Puede que aún lo haga. Sobre todo si algún alma alma caritativa o alguna mano joven despabilada se ofrece para ayudarle en esta tarea tan fácil que, según dicen, es la autoedición en Internet.

Ser amada en tiempos revueltos

_SARA_CasanovasAnota el Duende: una de las chicas de Amar en tiempos revueltos ha sido atacada por uno de sus admiradores que se sentía humillado por su silencio.

Amor insensato. Amor frustrado que se traduce en agresividad irracional. Antes se usaba el vitriolo y se desfiguraba la cara del amado o la amada. O yo o nadie, se convencía el criminal. Ahora la humanidad se suele andar con menos sofisticaciones. Los llamados violentos de género tiran de pistola o de cuchillo jamonero y arreglan sus problemas a lo Quentin Tarantino: la letra de tu desamor, si es con sangre se entiende mejor. El agresor de Sara Casanovas, que así se llama la actriz, era original, y quería asaetearla con una ballesta. Nunca te acostarás sin saber de un chiflado más.

¿Es de género esa violencia? ¿Y qué pasa cuando atacante y atacado pertenecen al mismo género? ¿Por qué se ha abandonado lo de crimen pasional? ¿No es más exacto?

La cosa es que Sara Casanovas  se había hecho famosa en esa aclamada serie que ofrece TVE1 en la sobremesa y que se llama Amar en tiempos revueltos, un Sautier Casaseca menos meloso, más costumbrista y con guiños políticos adecuados al momento. El Duende la ve a medio párpado si no ha empezado la película del Oeste de Telemadrid. Esta película es de lo mejor de la tele, pero a veces se retrasa demasiado a efectos de siesta, y otras veces son los combativos sindicatos los que se la cargan. Como si Telemadrid fuera la única causa que merece movilizaciones.

A la serie de Sara le han caído muchos premios, pese a sus defectos en la ambientación y en el estilismo. El Duende advierte, cuando menos,  de que en la España de la posguerra no se desayunaba zumo de naranja ni en las casas burguesas, critica que los bancos del Retiro que han salido en varios de sus capítulos no corresponden a esos años,  y subraya que las blusas, las cortinas y las colchas cantan demasiado a fibras artificiales. Pero no nos vayamos por las ramas. Por debajo del suceso, había un amor frustrado como el que tantas veces surge en el espectador por su actriz favorita.

Y recuerda que él también le escribió a Audrey Hepburn después de ver Vacaciones en Roma. No se atrevió a pedirle que se casara con él, porque les separaban demasiados años. Pero sí que acusara recibo y que le enviara una foto dedicada. Había sabido que en una ocasión Charlot recibió una carta que, en lugar de señas, llevaba dibujado un bombín, un bigotón, un paraguas y unos zapatos abotinados combados por el uso. Ni corto ni perezoso,  el Duende recortó del anuncio de la película la Vespa en la que viajaban Audrey y Gregory Peck, la pegó en el sobre, y escribió a mano: Audrey Hepburn, Hollywood, ESTADOS UNIDOS, la franqueó y la puso en el buzón. Una de tres: o su inglés no fue lo suficientemente expresivo, o el cartero era tonto o la amada no era tan dulce y comprensiva como pintaba su rostro.

Y es  que cómo son las actrices. Qué difícil  para ellas ser amadas en tiempos revueltos,  sobre todo si el amante es un ballestero loco. Pero qué fáciles es mantener la ilusión de  su enamorado cuando éste, lejos de matar, está dispuesto a morir por su amor.

NOTA DE LA REDACCIÓN. Pese a que pueda parecerlo, el inspirador de la última frase de este post no es Zapatero.

El ocaso de Charlton Heston

Charloton Heston

Teresita era una prima del Duende bastante más que adorable. En la pandilla había varios que habían llegado a esta misma conclusión. Su risa blanca y compacta como la del cuarzo, y el puntito de gracia en el habla que aún le quedaba de su Jerez natal alegraban lo mejor del verano. El resto lo ponían la fiebre de la primera juventud, el Dúo Dinámico, Adamo, Pat Boone y Ricky Nelson sonando en el pikú, algo de sangría, un cuerno de la luna arrastrando el telón de la noche y la emoción sin igual del estar de vacaciones y de que, agotados los vinilos, aún quedaba el canto de los grillos y de los alacranes cebolleros. Si Teresa rondaba cerca, no había mayor felicidad que tumbarse en el pasto seco -en los veraneos de la España interior de entonces apenas había césped- y esperar a las estrellas fugaces para desear aún más cercanía. Las debilidades humanas. Una pena que aquella criatura llena de encantos tuviera un defecto: estar enamorada de Charlton Heston.

Los años no fueron generosos con este galán desaparecido que arrasó en España. En la década de los sesenta. Charlton parecía hecho a placas, como el Guggenheim o como las esculturas de Amadeo Gabino, y fue magnífico mientras la edad respetó su cuerpo de atleta. En realidad no se sabía si era un hombre, el caballo de Troya en acero, o uno de esos monumentos al trabajo que entonces erigían los países del este. A las niñas les impresionaban sus ojos y su sonrisa limpísima, a los chicos nos acomplejaban sus pectorales, sus bíceps y su mandíbula, que en cualquier momento podría triturar incluso la Sierra de Guadarrama. Había otros galanes más elegantes, como Gary Cooper, Gregory Peck o incluso Paul Newman, que ya empezaba a provocar desmayos. Pero a diferencia de aquellos, que no rodaron en España, Charlton Heston había sido sorprendido paseando por los alrededores del Hotel Castellana Hilton de Madrid cuando vino hacer El Cid. O sea, que era carne mortal, lo cual excitaba más a las fans. Quizás por ello la prima Teresa lo proclamó patrimonio de la humanidad, aunque la humanidad fueran sólo las chiquillas que veraneaban en Arenas de san Pedro. Luego pasó lo que pasó: la misma noche que Charlton Heston acababa de morir, ardieron muchas hectáreas de pinar en la noble villa abulense. Una plaga tan bíblica como los grandes éxitos del ídolo definitivamente caído.

La última vez que lo vio el Duende en el cine fue en Bowling for Columbine, de Michael Moore, un muy premiado documental sobre la paranoia de las armas en Estados Unidos. Su secuencia más celebrada era una entrevista con el viejo héroe, convertido ahora en el estandarte de los que defienden el derecho a tener armas para la defensa personal. Al Duende la postura Heston le pareció tan disparatada como cruel el acoso de Michael Moore. El audaz director ya no se enfrentaba a un héroe enloquecido, sino a un anciano con claros síntomas de Alzheimer. Qué falta de respeto con Moisés, con Ben Hur, con el Cid y con la prima Teresa. El Duende le hubiera pedido disculpas.

Y, de paso, le hubiera preguntado si á él también se le rozaban los cuellos de las camisas con la misma facilidad que al menda. Que uno puede no ser ni la mitad de macho que lo era el difunto Charlton. Pero, aún sin  ese cogote  de coloso que envidiaba el pérfido Mesala  en su cuadriga tuneada para derrotar a Ben Hur, de verdad que no es normal la cantidad de camisas que desecha por culpa de unos cuellos que se deshilachan a las primeras de cambio. Un engaño, otra cosa más de espaldas alpueblo. Como el delirio armamentista que, a la vejez viruelas, emborronó la gloria del héroe de la prima Teresa.

Doña María va en Vespa

Vespa naranja 

(Foto de Mennyj

Nacía la Vespa y cautivó desde el primer día. Frente a la imagen fibrosa y algo neurótica de las viejas motocicletas con ruedas de radios, la Vespa era original, moderna, graciosa y limpia. A partir de Vacaciones en Roma, tan guapamente montada por Gregory Peck y Audrey Hepburn, la Vespa se convirtió en un mito, y en cierta manera en una conquista social. Una vez al año, bajaban por la calle de Serrano legiones de vespistas alardeando de su independencia. Los había que adornaban su moto como un caballo en la feria de Jerez. Algunos colgaban de ellas unas carteras de cuero con remaches y flecos, y entonces se parecían más al caballo de Roy Rogers, un caballista vestido de cowboy exageradamente cursi que hacía exhibiciones por los circos de Estados Unidos.

  Como entonces ni se hablaba del minimalismo, esas eran las vespas que más le gustaban al Duende. El día de la gran concentración vespista el Duende se asomaba a verl desfilar a las Vespas verde de envidia. Soñaba ser mayor, ganar algún dinero, comprar una con sidecar y llevarse a Audrey bien tapadita con una manta a merendar a Rascafría. Luego casi se alegró de no comprarla, porque quizás  Audrey no hubiera venido. Fue una de las que Truman Capote llamaba plegarias no atendidas, que al cabo, como decía Santa Teresa -ya es pintoresco que Capote la citara- hacen derramar menos lágrimas que las atendidas. Ya se sabe: mejor cualquier ilusión que la cosa más hermosa ya atrapada en las manos.

  Todos los vehículos se dan un aire con alguna especie animal. Las cachas de la Vespa hacen recordar a los cuartos traseros de un potro. Ahora el Duende es otro vespista más. Por las calles de Madrid, en plan mensajero, se ve como el célebre vaquero del logotipo del Poney Express. Evolucionado. La Vespa da tanta agilidad a quien la monta, que uno se lanza al centro de la ciudad a hacer recados y se olvida de sus limitaciones. Esta mañana el Duende compró en Habitat cuatro Mini-Lecco, unas pequeñas estanterías para DVD y CD que, montadas a dos y colgadas en la pared, parecen un cuadro de Mondrian. Al Duende no le arrugan pequeños portes en Vespa, y confiaba en que, sobre la plataforma de los pies o prendidas con el pulpo, podría llevárselas a casa. Se las embalaron en la tienda, y, ensambladas en dos rectángulos de 56 cm. por su lado más largo, las metieron en dos bolsones de plástico que, obviamente, no cabían entre las piernas. Hacía toda clase de probaturas para el diabólico porte cuando dos señoras que le observaban atentamente se le acercaron y entre dulces titubeos le formularon  esa terrible pregunta que muy de cuando en cuando le enfrentan a la insoportable levedad de su ser.

-Perdone que le molestemos…¿Es usted doña María?

Era peor explicarles que su condición era la de un simple transportista, porque se hubieran hecho cruces de su desconocimiento profesional. Además, muy gentilmente le ayudaron a acoplar el cargamento. Finalmente, una de las bolsas viajó entre las piernas, sujetada cada una de las asas en un mango del manillar. Mientras que la otra, con las asas colgadas de los hombros a modo de mochila, reposaba de forma milagrosamente estable sobre el diminuto portaequipajes que prolonga el sillín de la Vespa.

En los discos, los automovilistas miraban el enorme logotipo de Habitat que lucía a su espalda y tomaban al Duende por un extraño motorista anuncio. Esta vez sus plegarias fueron atendidas, y finalmente la Vespa de doña María llegó a su destino con normalidad. No llevaba detrás a Audrey Hepburn, pero aunque el Duende tampoco es Gregory Peck se acordará de ella cada vez que saque un CD de las estanterías y ponga música para soñar.


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