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La honradez de la mirada

Tímida y asustadiza, la flor del almendro no podía imaginarse que, si no llueve pronto, la primavera también entrará en crisis...

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Cuando uno se siente romo de ingenio y no tiene nada importante que decir, abre el cajón de las frases célebres que han ido pespunteando miles de columnas o artículos y juega con ellas. Si uno quiere abundar ante lo confuso de la postración nacional puede tirar de Lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible (atribuída al torero El Guerra).  Qué país, Miquelarena (Pedro Mourlane).  Joder, qué tropa (Romanones, a propósito de los académicos que, habiéndole prometido su voto para la RAE, le dejaron con al trasero al aire). No es esto, no es esto (Unamuno, ante los excesos a los que se entregó la República en manos del Frente Popular). El nacionalismo se cura viajando (Baroja). O a los consabidos avisos en verso de Antonio Machado: Españolito que vienes/ al mundo, te guarde Dios/ una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón.

Si pica más alto y quiere elevar la categoría de sus dudas, hay otro repertorio: Sólo se que nada se (Sócrates, al que este bloguero complementa diciendo Lo único que tengo claro es que no tengo nada claro). Pienso, luego existo (Descartes). El corazón tiene razones que la razón desconoce (Pascal). Yo soy yo y mi circunstancia (Ortega). Y otras más que no por venir de gente presuntamente divertida dejan de serde lo más serio que jamás se ha dicho: Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a mi perro (Groucho Marx) o Si Dios existe, espero que tenga una buena excusa (Woody Allen).

No dejan de ser sólo frases.

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El dibujo es la honradez de la pintura. Un no es tan erudito como para presumir de haber hallado esta frase leyendo a Eugenio D´Ors. Leía a Umbral y en uno de sus numerosos libros entreverados de memorias o ensayos éste  citaba al que fue llamado Xenius, hoy perfectamente olvidado. Sin embargo, caramba, qué frase tan sutil, tan expresiva. Mire usted, soy lo que soy, no pierda el tiempo en interpretarme -parece decir el dibujo en la desnudez de su trazo-yo  no pretendo engañar al que me mira con artificio alguno.

Le vino a la mente esta frase al bloguero porque se escapó de la ciudad y se vino al campo. Donde uno cree que está más cerca de lo que en realidad es la vida, y a donde cree que hay asomarse de vez en cuando para poner en su sitio a ese entramado de cemento, de pompas y vanidades, de ambiciones y frustraciones que habitan en la ciudad. Y así, en plan filósofo tipo Xenius, le dio por parafrasear.

-El campo es la honradez de la mirada.

Explicaciones: se contempla y, para empezar, distingues el cielo de la tierra, las caras de las distintas estaciones, la llanura de la montaña, el bosque del prado, el regadío del secano, el mar dorado de los trigales de la mar  salada y azul, toujour recommencé, que cantaba Valery (no se asusten, Le cimetier marin es el único poema suyo que recuerda el Duende, y se lo aprendió en sexto de bachillerato). Distingues las aves que vuelan del ganado que motea el paisaje. Y si te miras hacia dentro diferencias también en el alma las churras de las merinas. Qué buenos son los horizontes abiertos para meditar sobre qué eres, a quién de verdad quieres, qué es lo bello y lo feo, cómo la hermosura se pasea a nuestro lado y tantas veces pasa inadvertida, cuáles son los problemas reales de la vida, qué pintamos aquí, qué pensará Dios en este momento,  cuántas cosas superfluas sobrevaloramos, cómo nos olvidamos de otros detalles realmente importantes. Qué  relativo es todo. Y cuánto misterio. Y todo  se intuye  en el campo, donde el alma  toma distancias, suelta amarras y entre la quietud y el silencio derrama la honradez de su mirada.

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La honradez obligaba hoy a al campo a ser solidario con el estado de postración nacional. Se lo contó un pajarito a este duende.

-Han brotado las flores del almendo y se se han asustado..¿Pero qué país es este?, dijeron.

Y así están los emisarios de la primavera. Así pintan las flores del almendro y los botones amarillos de la mimosa, tímidos y asustadizos. Natural. Tanta crisis, tanta miseria, tanto abatimiento se respira en el ambiente, que hasta la naturaleza se ha contagiado y nos ha traído el invierno más extremo y seco que se recuerda en medio siglo. Otros años por estas fechas al menos al menos el pasto permanecía húmedo, y algo de verde alfombraba el suelo. Ahora lo que no está helado está frito por la sequía.

-Me llegaron a decir las flores –continuó el pajarito- que si lo llegan a saber, no nacen.

Lo cual que al Duende se le ocurrió que a lo mejor habría que decorar el escenario, y, para alegrar el ambiente, traerse esas Meninas corpóreas diseñadas por Manolo Valdés que se ven en algunas tiendas muy finas de decoración. Qué majas esas meninas, tan atentas y delicadas en su actitud, como cuidando con atención al personaje que tenían al lado en el cuadro y que ahora les falta. Habría que traerlas e instalarlas junto al almendro acojonado.

-No se asuste, por favor –le dirían – aguante usted con sus flores. Vamos a hacer todo lo posible por traer una primavera algo más decente que la que impone la crisis.

El campo, eternamente sacrificado, la honradez de su mirada. Menos mal que al final siempre acaba lloviendo.

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Películas pequeñas

Para hacer una crítica de una película, pequeña o grande, no hace falta hacer un alarde de erudición1

De vez en cuando los críticos de cine descubren una película pequeña. No se trata de un cortometraje, ni de cine para niños. Tampoco de un filme necesariamente de producción barata, por más que en la mayoría de los casos así sea. Llaman así a las películas sin pretensiones, amables, fáciles de ver y de entender. De las que no buscan hacer filosofía ni revoluciones, arreglar el mundo o contribuir a la náusea universal fustigando nuestras conciencias. A lo sumo, fina ironía y sátira que se queda en cosquillas.

No suelen firmarlas cineastas de renombre, y raramente actúan en ellas actores oscarizables. Nos cuentan la vida de un guardagujas, los amores de una peluquera o la vida en un aburrido pueblo de Gales o en un cuartelillo de la Guardia Civil.. Salen actores gordos, ancianos que cultivan sus flores y hortalizas con verdadero mimo, señoras cocinando salchichas, trenes de cercanías,  niños que tiran piedras al río, conflictos de portería y demás cuadros costumbristas que, por puro contraste con el mundo que podemos ver diariamente a través de los medios, provocan la sonrisa y despiertan la ternura. Tras muchas de esas películas pequeñas  hay talentos notables, y generalmente bastante más sensibilidad que la que necesitan Oliver Stone  o James Cameron para arrasar con sus superproducciones.

Es bueno interpretar igual nuestros días. Cada despertar viene a ser una película, y últimamente al bloguero no le alivian más que las películas pequeñas.

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Ayer se encontró en el supermercado a Homper, que metía en su carrito dos cartuchos de Filipinos.

-Nunca imaginé que una simple rosquillita de galleta bañada en chocolate me pudiera suponer tanto- se excusa como si aún fuera un niño.

El Hombre Perplejo es un alter ego disciplinado. Sostiene que lo que ve y escucha cada día del mundo alrededor  la hace sentirse en el epicentro de un cataclismo,  y que sólo busca sus particulares películas pequeñas para seguir manteniendo la afición a la supervivencia.

-A Dios me lo escondieron entre brumas. A la patria me la borraron. La política y la economía, a las que adorábamos como si fueran el becerro de oro, se derrumban tal que un castillo de naipes. Al amor me lo ha bastardeado el egoísmo de este ser humano que se cree el rey del mambo. Ya sabes, tantos derechos le han hecho perder el oremus. Y ahora, con lo de Grecia, hasta la democracia parece haberse vuelto gilipollas.

El día le ha deparado, amen de otras malas noticias, un insulto a la dignidad llamado Txapote y el referéndum de Papandreu, una buena solución para que el pueblo griego pegue patadas a la desvergüenza  de sus políticos en el culo del resto de Europa.

-Ya ves –concluye a la manera de Groucho Marx- Cuanto más conozco a la especie humana, más necesito la droga de mis Filipinos.

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El bloguero agradece tanto las películas pequeñas como las críticas pequeñas. Sobre la función de la crítica se han escrito muchos libros,  pero ahora que se redimensiona todo, bueno sería que los plumillas que se ocupan de este menester  recordaran que una de sus funciones es guiar al ignorante.

El bloguero reconoce que una de sus  contadas claudicaciones al sadomasoquismo es leer las críticas de cine en EL PAÍS. A excepción del valiente Carlos Boyero no hay ni uno solo de su equipo de críticos que desperdicie la película más tonta para dejar un poso de su sabiduría en un ensayo que se adentra en muchos laberintos sin aclarar al final si la película es buena o mala, divertida o aburrida, para frívolos o para torturados, para verla en compañía de de niños o mejor con  gerentes de pompas fúnebres. Desesperantes. El marqués de Betanzos, que fue quien inventó el neologismo de eruditos a la Googleta, les diría  ahora a estos cátedros eruditos a la claqueta.

Afortunadamente hay en la red otros críticos sin pretensiones que hacen de la síntesis y la claridad su norma. Busquen la web de El cine según Atticus y descubrirán con Pepe García Berdoy muchas películas, grandes o pequeñas, comentadas con sensibilidad y con criterio. Another year y Criadas y señoras han sido dos de sus últimas recomendaciones más que atinadas. En tiempos de zozobra, nada como zambullirse en la fábrica de sueños sabiendo que el sueño va a ser de nuestro gusto. Fuera, en la vida de verdad, hace demasiado frío.

 

Bomberos del alma

A veces el Duende debería llevar un retén de bomberos en el bolsillo del alma...

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“Tengo sesenta y cinco años, una operación de apendicitis, tres de fontanería inferior, un cráneo al que se le ve el cartón y la manía de deslomarme los  fines de semana con la hoz, la azada y la podadera para ordenar la naturaleza que me rodea …Y a veces me pregunto: ¿qué hace un madrileño como yo  en esos afanes impropias de mi edad? No se… Será que pienso que hay que salirse de lo convencional”.

El Duende parafrasea a su modo un anuncio de la tele en el que un anciano que parece solitario y aventurero  se decide a comprar un exótico producto congelado de La Sirena. Al Duende hace ya tiempo que no le interesa nada la publicidad, pero lo cortés no quita lo valiente, y a veces reconoce que algunos anuncios son inteligentes y están bien traídos. El Duende, como el del anuncio, es un hombre que no sabe explicarse la mayoría de los porqués de su vida. Por eso admira a los que tienen respuesta para todos ellos y son positivos, están encantados de haberse conocido, dicen obviedades llenas de verdad, siempre saben lo que tienen que hacer y encima lo  hacen. Son felices, o al menos lo aparentan, y aún podrán serlo más.  De ellos, supone, será el reino de los cielos. Un reino, por cierto, que  él tampoco tiene nada claro.

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Partamos de la base de que airear estas cosas no le gusta al bloguero. ¿Y qué le importa a los demás lo que pasa por su mente? Pero hay días en que ni le tientan las noticias ni le apetece demasiado la ficción pura. Días o momentos, que el alma del Duende es como el filo de una sierra, un sube y baja constante, y a lo largo de las veinticuatro horas pasa del nirvana al infierno sin apenas darse cuenta. Despierta y a menudo se pregunta por el sentido de su vida. Luego juega con sus nietas  y se lo encuentra. Se van todos, se queda solo en el campo mirando la puesta del sol. Y cuando todo es quietud y la noche parece querer llegar en paz, algo se enciende en el valle. Es un incendio.

Lo peor no es este otro infierno de las llamas que devoran en un instante lo que la naturaleza y el hombre tardan tantos años y esfuerzo en crear. Lo peor es que ha sido la obra de un pirómano que este mismo fin de semana ya lo había intentado tres o cuatro veces en el término municipal de Candeleda. Como para terminar de animarle, vaya. Pirómanos. Maltratadores que apuñalan y matan a sus parejas. Terroristas e encubridores de los mismos. Cacos financieros e incompetentes que están arruinando la esperanza de muchos. Cínicos. Majaderos. Y uno, incapaz de sujetar esa marea que nos inunda, siente que está de sobra.

Se acuerda de la lucidez de Groucho Marx, que, como el Duende, no podría ser político.

-Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a mi perro.

Y, hastiado de que hay que seguir conviviendo con ella, está a punto de imitar a Dylan pidiendo al mundo que se pare, porque quiere bajarse.

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“Tengo sesenta y cinco años, buena salud, gente a mi alrededor que me aprecia,  como caliente todos los días, también me alimento de letras y de música y, aunque no lo parezca, me río a menudo.  Sólo tengo la funesta manía de pensar de cuando en cuando, y casi me da vergüenza decirlo”.

Sin embargo a veces, como el del anuncio, el Duende descubre cosas nuevas que le animan. Por ejemplo,  anoche soplaba viento del noroeste, y parecía imposible dominar aquel fuego endemoniado sin aviones ni helicópteros. Pero los bomberos forestales, qué merito el suyo, lo habían controlado a la una de la madrugada, y él pudo dormir tranquilo porque también le habían apagado su fuego interior.

-Cuanto más conozco a la especie humana –rectificando, que es gerundio- más hay que amar a los bomberos- pensó.

El lunes amaneció fresco y luminoso. Las rosas del jardín lucían como las mejillas coloreadas de la Blancanieves de Walt Disney. Y el bloguero deseaba sobre todo rematar este `post para salir a cortar las rosas secas,  recoger los huevos del gallinero, barrer las primeras hojas caedizas del otoño que se avecina y ponerse a luchar contra las zarzas. Activo como el viejo del anuncio, que va de surfista,  pero menos sofisticado. Menos mal que  contra la funesta manía de pensar se levanta la dichosa costumbre de vivir.

 

Jockey tiembla: por favor, gallinita, pon

Hay otras alternativas a las delicias de Jockey que pueden resultar más asequibles...

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Recuerda el Duende que lo primero que le llamó la atención cuando tuvo oportunidad de comer en el afamado restaurante Jockey no fue la calidad de su cocina, sino lo juntas que estaban las mesas. Más que juntas, estaban literalmente pegadas unas con otras. Naturalmente, era una de esas comidas que se dicen de negocios.

-Aquí cada metro cuadrado de mantel –le avisó uno de sus jefes- vale una bandeja de diamantes. Y la gente lo que más aprecia no es que se coma excelentemente, sino verse entre los pocos que se pueden permitir el lujo de pagar la nota. Por eso no importa estar codo con codo con el de al lado: sabes que es de los tuyos, ya entiendes…

Como ocurre a menudo cuando pruebas un restaurante mítico, aquel joven publicitario encontró francamente gustosos los huevos Jockey, uno de sus platos más típicos y, ejem, ejem, asequibles.   Pero pronto le salió la vena moralista y austera e imaginó lo que diría Groucho Marx cuando le presentaran la dolorosa.

-¿Treinta euros por eso?…¡Nunca volvería  a comer en un restaurante  que me cobra sus huevos como si fueran los míos!

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La pléyade de gourmets, académicos de la buena mesa, sibaritas Visa oro, sommeliers de salón y hedonistas de gañote que hoy distingue a nuestra clase beautiful hicieron grandes a Jockey y otros templos del buen comer porque disparaban con pólvora no del rey, sino del fisco. Para darle más prestigio aún al noble oficio de la restauración, pronto se extendió la especie de que era más importante saber quién es Ferrán Adriá y otros santones de la gastronomía que tener noticias de Platón. Miel sobre hojuelas.

-Era lo bueno de los almuerzos de negocios –se quejaba un nostálgico de las vacas gordas- Comías bien, lo desgravabas como gasto y hacías cultura, porque de eso es de lo que hay que saber hoy en día para ser un hombre ilustrado. ¡Y si encima pillabas un contrato!…

Pero vino la crisis. Se redujeron los gastos de representación de muchas empresas y ejecutivos. Volaron las tarjetas de crédito. Y hasta los intocables galardonados por la Guía Michelín se lamentaron del fin de su reinado de Jauja.

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Ya se ha escuchado a alguna voz autorizada que pronostica lo evidente: nada será igual después de esta crisis. ¿Volverá a deslumbrar el lujo igual que antes de ella? A este duende en particular le duele saber que muchos de esos restaurantes antaño opulentos como Jockey está pasando apuros. Pero no puede dejar de pensar que se pasaron en sus precios sólo porque siempre había farfollas dispuestos a demostrar que ellos si podían pagarlos.

-Lo que gusta no es tanto la exquisitez –le dijo aquel jefe experto en el buen vivir-como la exclusividad. Saber que estás entre esos pocos…

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Y paradójicamente, en el campo, el Duende se sintió entre otros pocos que, por algo menos de dinero, también  tocan el paraíso con el paladar. Pues ocurrió que sus nietas, que descubren felices que los animalitos no son sólo dibujos animados , se han salido con la suya y han adoptado gallinas. Y ocurrió que la primera puesta de huevos  de éstas coincidió con una cesta  que  el abuelo había llenado  con níscalos, senderuelas y lepiotas. Limpió las setas y las  rehogó primorosamente con esos mínimos sustanciosos que distinguen a la cocina española más básica.

Y cuando a la hora de la cena las vio en su plato junto a  un par de huevos fritos y las probó, cerró los ojos se olvidó de las miserias humanas, deseó mejor suerte a los restauradores en crisis y sólo pudo implorar emocionado.

-No esperes a san Antón y, por favor, gallinita, pon..

El hombre de plastilina

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Al mirarse al espejo, Homper notó que tanto relativismo moral le estaba cambiando la fisonomía...

Se afeitaba Homper y veía en el espejo su cara de bobo más estupefacta que nunca. Estaba escuchando las noticias de la radio. Y se acordó de una de las frases más geniales de su admirado pensador Groucho Marx. Estos son mis principios –dijo éste- Claro que, si no le gusta, tengo otros. A eso ahora le llaman relativismo, o sensibilidad social

El siniestro secuestro del Alakrana. Se ha gangrenado entre el gobierno y la judicatura y ahora no hay genio de la política capaz de resolverlo. La vida de los secuestrados frente la firmeza del estado derecho. A ver quien ata esa mosca por el rabo.

No se intervino por la fuerza porque aunque al gobierno le amparase el derecho internacional se lo hubieran impedido sus escrúpulos: el diálogo balsámico, panacea universal de todos los males, el buenismo naif, el pacifismo a ultranza, la Alianza de Civilizaciones. In dubio, semper pro criminale. Y si  éste chantajea, ni un cachetito de niño malo: un poco más de déficit y que siga resplandeciendo la aureola del Obama descafeinado de Occidente. Este es mi estado de derecho- parece querer decirnos ahora. Pero si molesta a alguien, ya lo modificaré, siempre que no se comente demasiado.

-Es el estado de derecho de plastilina- le comentó a Homper un viejo compañero de la Facultad de Derecho mientras tomaban un café- Cuando la violencia es legítima, no la utilizo, porque no queda bien. Cuando la fiscalía me conviene, le pongo cachonda para que actúe. Pero si me mete en un lío, ya buscaré la manera de de burlar su celo. Al fin y al cabo, también nos enseñaron  que la política es el arte de lo posible. Menos mal que al personal el imperio de la ley le importa un comino. Mientras funcione el estado de bienestar, Belén Esteban y Jorge Javier Vázquez nos canten las uvas y haya fútbol gratis por la tele, adelante con los faroles.

Escucha Homper a la familia de los secuestrados mientras se da el alter shave. Y, como a cada quisque, se le desgarra el alma. También se le rompe pensando que poco a poco, a base de rebajar las aristas de las leyes,  nos van cambiando la arquitectura del alma. Hoy se mira ante el espejo como un ciudadano de nuestro tiempo y, sin llegarse a ver tan feo como el retrato de Dorian Gray, se siente extraño. Sin darse cuenta, se ha convertido también él en un hombre de plastilina.

Katyn. Para saber lo que es malo

KATYN es una película que debía de ser de visión obligatoria para los jóvenes que apuntan maneras ultras...

KATYN es una película que debía de ser de visión obligatoria para los jóvenes que apuntan maneras ultras...

Confiteor Dei –sueña el Duende por la noche. Me confieso ante Dios tododopoderoso de que pequé gravemente de pensamiento. Pensaba que había buenos y malos. Y que, naturalmente la guerra de los buenos no era mala. Pensaba que los indios muertos, los alemanes muertos, las gángsteres muertos, los japos muertos, los piratas del Caribe muertos, los infieles muertos, los bereberes muertos, los tártaros muertos,  los soldados de la Unión muertos y todos los malos de las películas muertos estaban bien muertos. Y que la guerra que a veces en forma de soldadito de plomo, soldadito de goma, Fort Comanche de madera, escopeta de pistones, pistola de agua, arco con flechas de ventosa y una metralleta de aire comprimido que disparaba una especie de bolas de ping pong era una guerra tan santa y legítima como la que nos contaban de Don Pelayo, de Ricardo Corazón de León y del mismísimo Santiago Matamoros.

Y el Duende confiesa, además, que jugaba a la guerra y a matar malos. Y que ni siquiera le parecía algo desagradable, porque la sangre de los tebeos de Hazañas bélicas, del Guerrero del Antifaz, de Roy Rogers o del Capitán Trueno no pringaba nada. Y en las películas de Gary Cooper, Clark Gable y Robert Taylor y Errol Flyn, que mira que mataban y moría gente en ellas, apenas se veía una mancha roja. Se peleaban a puñetazos en el Saloon porque las vacas de Mac Cormack había invadido el rancho del magnate mal encarado, y apenas les quedaba un moratón en la mejilla. Hasta que en Grupo salvaje el audaz Sam Peckimpah nos enseñó que del agujero de una bala brota un borbotón de sangre, todo eran odios inocuos, guerras incruentas, dramas ingenuos. Y, sobre todo, buenos-buenos y malos-malos.

-Pues yo andaba muy cómodo  con el maniqueísmo-confiesa el Duende a su Pepito Grillo.

Había algunas sombras sospechosas. Por ejemplo, Stalin, que aunque aparecía en las fotos de Yalta entre los buenos, lagarto lagarto. Claro, que nada al lado de lo que pinta una película polaca de André Wajda, tan valiente y políticamente incorrecta como descarnada y brutal, que se titula Katyn, y que pasa discretamente por las pantallas. Stalin lagarto lagarto, no: cocodrilo, cocodrilo.

Qué tiene que ver esta guerra con la que aplaudíamos como locos en el cine del cole los domingos por la tarde cuando nos echaban Guadalcanal, Objetivo Birmania, Fuego en la Nieve o Los diablos de las colinas de acero. Aquellas del cine en blanco en negro, de los tebeos y los cromos hacían héroes de postal de Navidad, niños belicosos que no conseguíamos odiar del todo a la guerra. Pero apunten esta letanía truculenta: La lista de Schindler, Salvad al soldado Ryan, El enemigo en puertas, El pianista, El libro negro, y ahora Katyn, donde se cuenta cómo la matanza de veinte mil oficiales polacos que hasta la caída del muro de Berlín se atribuía a los nazis fue una fechoría de papá Stalin. Todas buenísimas. Sobre todo, para confirmar uno de los pensamientos más sublimes de Groucho Marx: cuanto más conozco a la especie humana, más amo a mi perro.

Confiteor Dei –soñaba el Duende esta noche, después de haber visto la última de estas terribles películas. Me confieso de haber imaginado que le daba un beso a tornillo a Marilyn Monroe y luego le tocaba las tetas...Y Dios se le aparecía encarnado en el ángel de Qué bello es vivir, y en lugar de imponerle penitencia le daba una bolsa de chuches.

-Toma, hijo…¡Si sabrás tú lo que es malo!…

La luz de la luciérnaga

CourelFueron sesenta kilómetros como fuera del mundo. Su coche era un sherpa. Eso sí, en la provincia de Lugo, dentro de un parque que según los pocos carteles avistados se llama Ancares-Courel. Vueltas y más vueltas, pasar de un valle a otro, verde sobre verde, el brezo morado tintando los riscos más altos. Nadie. Kilómetros de túneles umbríos formados por las ramas de los árboles más frondosos que uno puede recordar. A menudo, chorreones de agua filtrándose por las laderas de bosques espesos de castaños, arces, abedules, fresnos, robles. De vez en cuando, en alguna aldea perdida –Secedas, Sobredo-alguna vaca. Unos pocos tejados de lanchas de pizarra indican que aún vive alguien por ahí. Pero no se ve a nadie. Tan sólo alguna ardilla.

 -No había visto árboles con cara desde que dejé de mirar las ilustraciones de los cuentos infantiles-pensaba Homper, más perplejo que nunca.

Los árboles de ese lugar son tan añosos que cuentan su historia en el tronco. Y acaban mostrando un rostro expresivo, como los del bosque de Pulgarcito o los de El señor de los anillos. No dan miedo, sí admiración -qué artista es la naturaleza- y respeto.

-Y este castaño ya estaba aquí cuando las Cortes de Cádiz- piensa el viajero-Como para que luego venga un imbécil y fulmine la leyenda con una colilla encendida…

La luz limpia y transparente de un soleado día del verano norteño. 21º. Recuerdos piadosos para todos los familiares y amigos que padecen el sartenazo canicular en la España cálida. Y más rabia al escuchar la nueva sangría del verano. En Burgos, bestial atentado de ETA Y en la sierra de Gredos, más familiar para Homper y, lamentablemente, mucho más seca que la del Parque de Ancares-Courel, otro incendio provocado que arrasa de momento tres mil hectáreas.

Homper no quiere sino evadirse. Pero, en el agua del pozo de sus dudas sistemáticas, ve el reflejo de un anciano barbudo cuya cabeza se recorta sobre un triángulo.

-¡Cáspita!-medita el misterioso personaje mientras se rasca la barba-Y lo crié a mi imagen y semejanza…¿Pero era yo tan imbécil?

Por la noche, a la puerta de la casa de piedra del siglo XVIII donde su amigo Manuel Gasset acoge a Homper, una humilde luciérnaga quiere competir en brillo con la media luna. También hacía muchos años que no veía un bichito así. Entonces recuerda la preocupación del Creador y, parafraseando a Groucho Marx, proclama solemnemente.

 -Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a las luciérnagas.

El marxismo de los huevos duros

Zapatero y Rajoy

Nos engañan nuestros dos principales líderes políticos que el nueve de marzo quieren ser presidentes. Nos engañan, que se lo dice el Duende.

El candidato del PSOE mantiene que el suyo es el partido del progreso, de la justicia y de la solidaridad. En él caben creyentes y no creyentes, judíos, moros -perdón por el palabro, apúntenselo a Américo Castro-y cristianos, empresarios, trabajadores, clases pasivas, jóvenes en paro, amantes de la micología o aficionados al macramé, pedagogos, comadronas, guardagujas, sexadores de pollos y poetas de toda laya. Vamos, todo el mundo. Ya no cita los principios ideológicos del partido, que desde Felipe González coinciden con lo que en Europa se conoce como la social democracia. Hace tiempo que el PSOE abjuró de ello, pero sin embargo Zapatero es marxista.

El candidato del PP asegura que será un presidente previsible, moderado, patriótico e integrador. Asegura que su principal objetivo será recomponer los desmanes cometidos por el que ha de ser su predecesor: los desmadres estatutarios, algunas leyes civiles que necesitan retoque, filtros a la inmigración ilegal, eliminación de la mamandurria selectiva que supone el canon digital, cambio en la política energética  e hidráulica, enésima reforma de la enésima reforma de la educación, inglés y tecnología desde la lactancia, más guarderías que bares,  letra para el himno de España, larga cambiada a la Alianza de Civilizaciones y, en lo referente a la economía, rigor presupuestario, control de la inflación, rebaja de impuestos, y estímulos a la productividad  para crear entre dos millones doscientos mil y N puestos de trabajo. Mariano Rajoy tampoco lo confiesa, pero bajo su piel de cordero  conservador o neoliberal hay otro marxista.

Ya se sabe que Karl Marx fue sepultado en el frío y oscuro mausoleo del olvido y la heterodoxia. Pero renace en todo su esplendor el abanderado del único marxismo que tiene hoy sentido. Vuelve para inspirar los programas políticos de iluminados y desesperados, de taumaturgos y de soñadores faraónicos. Con todos los honores, directamente desde el más allá, donde se aburría como una ostra, regresa para inspirar a  nuestros líderes el único, el inmarcesible, el incomparable Groucho Marx.

Una de sus grandes premisas ideológicas ya ha sido asumida por el actual presidente de gobierno. Estos son mis principios -dijo en una ocasión el insigne pensador del frac, el bigotón y el puro- Y si no le gustan, tengo otros.

La otra, formulada por su hermano Chico en la insuperable escena del camarote de Una noche en la ópera, está en las promesas electorales de ambos candidatos que se suceden día a día ofreciendo más y más. Estaban los hermanos Marx caninos cuando Groucho llama a un incauto camarero y le hace una comanda histórica. ¿Tiene zumos?…Pues tráigame de naranja, de piña, de lima, de pomelo, de manzana, de fresa…¿Bistecs?…Traiga uno semicrudo, otro poco hecho, otro  en su punto y otro quemado. ¿Huevos?…Traga unos fritos, otros revueltos, otros en tortilla, otros pochés…Y tras las retahílas de los zumos, de los bistecs o de los huevos,  remataba Gummo desde el interior del abarrotado camarote: ¡Y también dos huevos duros! ¡Y también dos huevos duros! ¡Y también dos huevos duros!…

Es lo que les falta a nuestros egregios vendedores de crecepelo convertidos en políticos en campaña para salir del armario y mostrarse como auténticos marxistas de nuevo cuño. Mañana uno de los dos prometerá Jauja, y el otro Eldorado. Y tanto desde la sede de Ferraz como desde la de Génova, resonará la coda burlesca del marxismo inextinguible: ¡Y también dos huevos duros!


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