De vez en cuando los críticos de cine descubren una película pequeña. No se trata de un cortometraje, ni de cine para niños. Tampoco de un filme necesariamente de producción barata, por más que en la mayoría de los casos así sea. Llaman así a las películas sin pretensiones, amables, fáciles de ver y de entender. De las que no buscan hacer filosofía ni revoluciones, arreglar el mundo o contribuir a la náusea universal fustigando nuestras conciencias. A lo sumo, fina ironía y sátira que se queda en cosquillas.
No suelen firmarlas cineastas de renombre, y raramente actúan en ellas actores oscarizables. Nos cuentan la vida de un guardagujas, los amores de una peluquera o la vida en un aburrido pueblo de Gales o en un cuartelillo de la Guardia Civil.. Salen actores gordos, ancianos que cultivan sus flores y hortalizas con verdadero mimo, señoras cocinando salchichas, trenes de cercanías, niños que tiran piedras al río, conflictos de portería y demás cuadros costumbristas que, por puro contraste con el mundo que podemos ver diariamente a través de los medios, provocan la sonrisa y despiertan la ternura. Tras muchas de esas películas pequeñas hay talentos notables, y generalmente bastante más sensibilidad que la que necesitan Oliver Stone o James Cameron para arrasar con sus superproducciones.
Es bueno interpretar igual nuestros días. Cada despertar viene a ser una película, y últimamente al bloguero no le alivian más que las películas pequeñas.
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Ayer se encontró en el supermercado a Homper, que metía en su carrito dos cartuchos de Filipinos.
-Nunca imaginé que una simple rosquillita de galleta bañada en chocolate me pudiera suponer tanto- se excusa como si aún fuera un niño.
El Hombre Perplejo es un alter ego disciplinado. Sostiene que lo que ve y escucha cada día del mundo alrededor la hace sentirse en el epicentro de un cataclismo, y que sólo busca sus particulares películas pequeñas para seguir manteniendo la afición a la supervivencia.
-A Dios me lo escondieron entre brumas. A la patria me la borraron. La política y la economía, a las que adorábamos como si fueran el becerro de oro, se derrumban tal que un castillo de naipes. Al amor me lo ha bastardeado el egoísmo de este ser humano que se cree el rey del mambo. Ya sabes, tantos derechos le han hecho perder el oremus. Y ahora, con lo de Grecia, hasta la democracia parece haberse vuelto gilipollas.
El día le ha deparado, amen de otras malas noticias, un insulto a la dignidad llamado Txapote y el referéndum de Papandreu, una buena solución para que el pueblo griego pegue patadas a la desvergüenza de sus políticos en el culo del resto de Europa.
-Ya ves –concluye a la manera de Groucho Marx- Cuanto más conozco a la especie humana, más necesito la droga de mis Filipinos.
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El bloguero agradece tanto las películas pequeñas como las críticas pequeñas. Sobre la función de la crítica se han escrito muchos libros, pero ahora que se redimensiona todo, bueno sería que los plumillas que se ocupan de este menester recordaran que una de sus funciones es guiar al ignorante.
El bloguero reconoce que una de sus contadas claudicaciones al sadomasoquismo es leer las críticas de cine en EL PAÍS. A excepción del valiente Carlos Boyero no hay ni uno solo de su equipo de críticos que desperdicie la película más tonta para dejar un poso de su sabiduría en un ensayo que se adentra en muchos laberintos sin aclarar al final si la película es buena o mala, divertida o aburrida, para frívolos o para torturados, para verla en compañía de de niños o mejor con gerentes de pompas fúnebres. Desesperantes. El marqués de Betanzos, que fue quien inventó el neologismo de eruditos a la Googleta, les diría ahora a estos cátedros eruditos a la claqueta.
Afortunadamente hay en la red otros críticos sin pretensiones que hacen de la síntesis y la claridad su norma. Busquen la web de El cine según Atticus y descubrirán con Pepe García Berdoy muchas películas, grandes o pequeñas, comentadas con sensibilidad y con criterio. Another year y Criadas y señoras han sido dos de sus últimas recomendaciones más que atinadas. En tiempos de zozobra, nada como zambullirse en la fábrica de sueños sabiendo que el sueño va a ser de nuestro gusto. Fuera, en la vida de verdad, hace demasiado frío.





Fueron sesenta kilómetros como fuera del mundo. Su coche era un sherpa. Eso sí, en la provincia de Lugo, dentro de un parque que según los pocos carteles avistados se llama Ancares-Courel. Vueltas y más vueltas, pasar de un valle a otro, verde sobre verde, el brezo morado tintando los riscos más altos. Nadie. Kilómetros de túneles umbríos formados por las ramas de los árboles más frondosos que uno puede recordar. A menudo, chorreones de agua filtrándose por las laderas de bosques espesos de castaños, arces, abedules, fresnos, robles. De vez en cuando, en alguna aldea perdida –Secedas, Sobredo-alguna vaca. Unos pocos tejados de lanchas de pizarra indican que aún vive alguien por ahí. Pero no se ve a nadie. Tan sólo alguna ardilla.

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