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El día de los laicos inocentes

La matanza de los Santos Inocentes según Daniele da Volterra

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28 de diciembre. Elvirita, que era una chica soñadora, se preguntaba si quedan inocentes.

Mientras aún de mañana oscura se desayunaba con un café, repasaba  la prensa digital. Y leía en EL MUNDO una noticia tragicómica que podría llevar la firma de Berlanga o a de Almodóvar: el rey Melchor de la Cabalgata de Reyes de Sevilla dimite por la denuncia de abusos sexuales que interpone su propia hija

Y Elvirita confirma que  España no necesita ya de las inocentadas. El esperpento, grotesco o siniestro según se mire, se ha adueñado ya de su realidad diaria.

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En la casa de Elvirita las inocentadas eran de lo más inocentes. Tal día como hoy llegaba el ABC y titulaba, por ejemplo, que el Real Madrid iba a construir su nuevo estadio en el Parque del Retiro, mientras que una emisora de radio aseguraba que la Rioja cambiaría sus bodegas por plantas para embotellar Coca-Cola. Así, como si tal cosa. Y la víctima de la inocentada, después de sorprenderse, se caía del guindo y sonreía.

Como sonreía su padre, hombre poco dado a bromas, cuando, al regreso de la oficina, se encontraba con un voluminoso regalo envuelto en papel periódico. Ceremoniosamente, se sentaba a desatar el paquete para seguir el paripé. Debajo de una primera hoja encontraba otra, y luego otra, y luego otra, y otra encerrando una última pelota de papel impreso. Y al final, ¡oh sorpresa!, nada.

Momento en que la chiquillada que veía el tinglado de la doméstica farsa por la puerta entreabierta, irrumpía en el salón y coreaba la cantinela del día.

-¡Inocente!, ¡inocente!…

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A Elvirita el episodio de la matanza de los Santos Inocentes le sobrecogió cuando se lo contaron. La monja desplegaba uno de aquellos lienzos de hule estampados con la Historia Sagrada en viñetas y señalaba con su puntero de goma las fechorías del rey celoso. Jolines, qué malo era Herodes, qué crueles aquellos soldados que degollaban a las criaturitas y qué sufrimiento el de aquellas madres que se arrastraban a los pies de los malvados solicitando clemencia. Ni siquiera se explica ahora Elvirita cómo al odioso infanticida aún se le ponen castillos en los nacimientos.

Tampoco sabe cómo aquella tragedia derivó en la tonta comedia de las bromas. La tradición de los belenes navideños vino de Nápoles con Carlos III, la de los regalos en la fiesta de Reyes data del siglo XIX –y la de las uvas de la suerte, de una cosecha excedentaria en la segunda década del pasado. Pero nadie sabe cómo se inventó la broma a costa de los Santos Inocentes, y además Elvirita piensa que  hoy ésta ha degenerado en  gamberreada. Cacas de cartón piedra, matasuegras, máscaras de monstruos, pica pica-pica y otras chorradas  que venden en los tenderetes de la Plaza Mayor. El engaño ingenioso, la burla inteligente y divertida ha caído en desuso.

-España ya no está para inocentadas –se dice mientras llega a la cola de la oficina del INEM.

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Sin embargo Elvirita se pregunta cómo es posible que los políticos profesionales vayan de inocentes. El lunes 27 escucha en la SER una voz vieja y cavernosa que le resulta familiar. Es la de Santiago Carrillo, que critica a Zapatero por haber ganado las elecciones prometiendo una política de izquierdas para acabar  poniendo una práctica unas reformas de derechas. Elvirita se lo comenta a su madre

-Sorprendente, ¿no?… Los viejos rockeros de la izquierda se resisten a aceptar que el mundo avanza sobre las ruedas del capitalismo. Qué ingenuidad… Que lo creyera Zapatero, que no sabía de la misa la media cuando llegó a presidente, lo podría entender, pero que Carrillo aún siga creyendo en la utopía socialista…

-Yo también creía, no vayas a pensar-dice la madre-Pero ahora que gobierna la utopía y ya ti también te toca el paro, tú verás.

-Ya ves madre –sonríe Elvirita para desdramatizar-  Son los nuevos Santos Inocentes.

-De santos, nada –corta la anciana- Querrás decir laicos inocentes, que es lo que se lleva.

Silencio.

-Aunque quizás la inocencia- matiza a continuación- no sea lo que más le cuadre al personaje, qué quieres que te diga…

Los santos, y escasos, inocentes

santos-inocentes

Se tomaba una alubia, se empaquetaba en cualquier papel. Este diminuto paquete se envolvía en una hoja de periódico viejo, y éste en otro hasta agotar las existencias. Finalmente se buscaba alguno más presentable, se cerraba con un lazo, se le colgaba una etiqueta con el nombre del destinatario, que era el cabeza de familia, y se le entregaba a la hora del desayuno del 28 de diciembre. Éste hacía el paripé, lo abría con mucho protocolo en sus gestos y al llegar al cogollito del envío misterioso y encontrarse con la pobre alubia simulaba un gesto de frustración. Entonces aparecía la chiquillada y coreaba entre risas.

-¡Inocente!…¡Inocente!…

Además, ese mismo día leíamos en los periódicos que el Madrid arrebataba Kubala al Barça y que se descubría un pozo de petróleo inagotable en Vallecas. Y nos lo creíamos, porque éramos, efectivamente, así de inocentes.

Homper, entonces un chavalín, se quedó por primera vez como un Hombre Perplejo el día que supo que el anticipo de esas inocentadas se debía a un ataque de cuernos del rey Herodes, que por querer asegurarse la muerte del Mesías recién nacido ordenó la degollación de todos sus contemporáneos. Qué carácter. Veíamos la matanza en aquellas viñetas desplegables en las que, con la ayuda de un puntero, los maestros de entonces enseñaban la Historia Sagrada. Y Homper se le ponían los pelos de punta. Menos mal que casi veinte siglos después la conmemoración se convirtió en una guasa.

Ojalá volvieran las bromas. Ya se han borrado de casi todos los medios, porque la información objetiva y serena es un principio ético tan inatacable que no admite chuflas. Pero vaya si quedan inocentes.

Inocentes masacrados en Gaza y en tantas otras regiones en guerra. Inocentes en los archivos de los pederastas. Inocentes trabajando en minas. Inocentes manipulados como mascotas por las necesidades del guión que marca la política. Inocentes a los que se les enseña la historia que interesa, y sólo la lengua que les distingue, aunque les vaya a cerrar las puertas del resto del mundo. Inocentes víctimas de que la mayoría de las familias, por fas o por nefas, por el egoísmo de unos y las miserias económicas de otros, no están para risas…

Se pregunta Homper estupefacto si ahora la humanidad es más cruel con los niños, cosa que no cree en absoluto. Lo que pasa es que entonces no se enteraba de la misa la media. Los medios no llegaban tan lejos como ahora, cuando todos podemos saber de casi todos los horrores. Aparte de los benditos niños, sólo la ceguera y la sordera pueden permitirse el lujo de seguir siendo inocentes.


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