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Las rosas y las reglas del blog

Esta imagen esta tomada a modo de préstamo de paulaysuscosas.blogspot.com

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Después de las mil primeras entradas, y coincidiendo con la tensión que produjo el concierto, te has concedido un cierto descanso. No es pereza, es sentido de la medida. Estos días has visto que la gran aportación de España a la Bienal de Arte de Venecia es una instalación de una artista formada en Holanda que se llama Laura Almarcegui. Debe de ser que en los Países Bajos  consideran que eso de ganarle el terreno al mar sigue siendo un arte, de manera que nuestra representante en lugar de construir un polder ha acumulado unas cuantas toneladas de escombros en una habitación y, con la ayuda de una gran grúa, lo ha presentado en Venecia, tan contenta. Dice que es una deconstrucción del pabellón español, sin que tú tengas claro si se refiere al pabellón del año anterior o a éste, pero da igual, porque tampoco entiendes que Ferrán Adriá deconstruyese la tortilla de patata, con lo rica que está ésta no construida, ni destruida, ni mucho menos deconstruída, sino simplemente bien cuajada.

Te gustaría que alguien con autoridad te explicara qué significa deconstruir. De vez en cuando se ponen de moda palabras que algún listillo se saca de la manga, y los demás  picamos tontamente y acabamos haciéndolas nuestras.

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La creación de la artista Almarcegui pretenderá ser una metáfora de la nueva realidad virtual que ha creado Internet. Vemos, eso crees tú. Tu post de hoy, o el conjunto de los mil anteriores, quizás sean uno de los millones y millones de  palabras/adoquines con los que los millones y millones de blogueros como tú estais macizando el espacio. Te imaginas éste tan colmatado de palabras que ya le deben estar rascando la tripa a la luna. Pronto podría no caber ninguna más, así que mejor dejar de escribir de cuando en cuando y ahorrarle a la humanidad pensamientos inútiles. Hoy por ejemplo estabas dispuesto a proclamar que lo de la Bienal, como lo del uso y abuso del verbo deconstruir, es una monumental gilipollez. Pero para qué arriesgarte a que te consideren ignorante, cuando  el mundo de la cultura y los gurúes de la inteligentsia siguen pontificando con éxito. Escribe menos, y de cosas menos trascendentes, como las rosas en primavera.

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Para que alguien de por ahí te envidie, has decidido huir del mundanal ruido y pasarte tres o cuatro días seguidos en el campo. Sin grandes tareas. Los médicos te prohibieron la azada, la hoz, la carretilla y cualquier otra labor que pusiera en riesgo a tu frágil espalda. Así que aparte de echar  de comer a la perra, a los gatos, a los canarios, recoger los huevos del gallinero y regar alguna maceta, tu faena más exigente es cortar rosas.  Si los rosales fueran inteligentes serían menos prolíficos, pues toda la belleza de una rosa en su plena lozanía acaba siendo una amenaza cuando a su lado asoman cientos de hermanas que le quieren hacer la competencia. Para ti la rosa alcanza su máximo esplendor cuando en sus pétalos se empieza a adivinar la decadencia, como si fueran una película de Visconti. Pero su decadencia se presenta rápidamente, y si no actúas a tiempo, cortándolas cuando aún lucen guapas en el rosal, pronto serán naturaleza muerta. Muerta y deslucida.

Cortas cientos de rosas con tu tijera hasta que vuelve a doler la espalda. Y te acuerdas mucho de tu amigo Félix, que hundía su uña en los tallos y las arrancaba a mano, pacientemente, como si echar horas en este menester fuera de las pocas cosas importantes en las que merece la pena esforzarse. Quería darle la razón a Gertrud Stein, luego copiada por Nacho Cano. Una rosa es una rosa es una obviedad, pero también un reconocimiento. Una rosa puede ser sólo una flor, pero también un cuadro, un poema, un momento de gran placer para los sentidos, y una metáfora de lo efímera que es la vida. O sea, mucho, casi todo.

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Se sorprende el muy agudo Zoupon de que las etiquetas de tus post barajen a menudo nombres que nada tienen que ver entre sí, ni tampoco con el título de la entrada correspondiente. No lo puedes evitar. Tienes alma de abeja, que vuelas de aquí para allá, libando algo de cualquier flor para elaborar tu propia miel, no se sabe si buena o mala, pero tuya. Estás  leyendo un libro del historiador inglés Alistair Horne titulado El tiempo de Napoleón cuando, casualidad,  te enteras de que las rosas que más odias podar se llaman precisamente rosas Napoleón. Nacen sobre una especie de lecho de pilosidades verdes que parecen un nido de pulgones, y se te antojan horrorosas. No sabes por qué las han apodado así, esta vez ni siquiera Google te lo aclara. Sólo llegas a enterarte de que a Josefina le encantaban las rosas, y que en el jardín de su palacio conocido como la Malmaisonno sería tan mala la casa- había una espléndida rosaleda. Sospechas que algún botánico pelota, conocedor de la debilidad del emperador por los fastos y la pompa, creyó que al jefe le gustaría esta variedad sobrecargada, y se la dedicó a su esposa como trasunto floral de las mamarrachadas que vestía el corso.

También piensas la que se habría armado entre la comunidad botánica si otros tiranos contemporáneos hubieran bautizado a más rosas. Rosa Stalin, Rosa Hitler, Rosa Franco, Rosa Trujillo, Rosa  Pol Pot, Rosa Pinochet, Rosa Gadaffi…No habría espinas suficientes para rosas de esta calaña.

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Y resulta que escribes todo esto porque hoy te apetecía abordar un cuento que tienes en la cabeza, y lo dejaste para otro día por no liarte. Tienes que salir a andar, que te lo ha dicho el traumatólogo, y el cuento se te iba a enredar, y a enredar…Como este post, que mezcla churras con merinas, y se hace largo sin aclarar nada. Por Dios, que alguien regule y ponga límites cuanto antes a la nefasta manía de escribir un blog.

La no soledad del bloguero de fondo

Para minimizar nuestras penas y soledades, nada como acordarnos de que también es una criaturita de Dios...

Para minimizar nuestras penas y soledades, nada como acordarnos de que también el mítico Kraken es una criaturita de Dios…

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-¿No es maravilloso?-decía uno de los narigudos  de Forges mirando por sus anteojos desde su bunker- ¡Se llama Adolfo!…

Fue uno de los chistes de la transición. Y debió de aparecer en EL PAÍS más o menos cuando aquel lúcido historiador llamado Ricardo de la Cierva  publicó un artículo que hizo historia: ¡Qué error, qué inmenso error! Así recibíamos en España a Adolfo Suárez a uno de los pocos que hoy se salva de la pira en la que la opinión pública he decidido quemar a los políticos contemporáneos. Cuántas veces nos pasamos de listos.

Te acordaste de esta anécdota viendo hace no mucho una de las películas más divertidas que recuerdas desde hace tiempo. Se llama El nombre, Le prénom en francés, una comedia francesa que ridiculiza los prejuicios de la progresía a partir de la  intención de un tipo que va a ser padre de bautizar a su hijo con el nombre de Adolfo.

-¿Te vas a atrever a ponerle ese nombre, con lo que significa  para los franceses de nuestra generación?- dice el amigo progre escandalizado-¿Le vas a poner el mismo nombre que el de Hitler?

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Nadie se escandaliza por poner José a un neófito, por más que así se llamase otro gran ogro del siglo XX, Josif Stalin. Los nuevos historiadores están sulfatando sus prejuicios, y del nefasto Adolf y el no menos canalla Josif van concluyendo que tal para cual, entre monstruos andaba el juego. Lo absurdo no es tanto establecer un ranking de dictadores crueles como creer en el determinismo de los nombres. A ti por ejemplo Adolfo es un nombre que te remite a tu primo Adolfo Larrarte, hijo del tío Federico, que fue el médico simpático y elegantón que venía a curarte las anginas cuando eras niño. El tío Federico olía siempre a una colonia que tu excelente memoria olfativa sólo recuerda en él. Decían que se parecía a Marcial Lalanda, torero madrileño de mucho cartel y larguísima trayectoria, ya retirado entonces  Le tenías mucho cariño al tía Federico, porque cuando estabas malo de la tripa te recetaba arroz blanco, jamón de York y yogures, manjar de dioses que entonces se expedía en las farmacias, como el vino español en la Nueva York de la Ley Seca, según cantaba Conchita Piquer.

Años después el primo Adolfo fue el médico de tus hijos, hasta que murió prematuramente, con su sonrisa de cantor de jazz cubano y su nombre, que a ti te parecía más de príncipe de cuento que de espadón sanguinario. El color del cristal con que se mira todo. Puede parecer una tontería, pero con hebras tan volanderas como estas se tejen muchas memorias, y algunos libros de recuerdos, gustan casi tanto como las novelas. Al menos a ti, seguro como estás de que no hay ficción más jugosa que la vida misma.

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Todas estas digresiones se te ocurren porque en tu último post aparece el comentario de un Adolfo bueno, como tu primo,. No vas a presumir de memoria: en este momento no le recuerdas. Pero él a ti, sí, afortunadamente. Dice haberte visto hace años en Londres en  un bolo para empresas con Matías Prats  y, cómo  no, con Javier Capitán, y que guarda  un buen recuerdo de ti que ahora quiere traducir en expresiones de afecto y de ánimo.

Las necesitas, ya lo creo.  La broma de tu cáncer se está poniendo pesada: piensas en la química que almacena tu cuerpo después de diez sesiones de radioterapia, dos oleadas de quimioterapia y tan abundante medicación y te dan vahídos. La última semana de tratamiento te ha convertido además en un vago impenitente. Te ha inyectado tanta flojera y tanto miedo a la debilidad de tus defensas que ni sales, ni lees, ni escribes ni te sientes capaz de poner orden en tus papeles de casa. Sólo quieres tumbarte, entornar los ojos, evadirte y dormir soñando que estás como un chaval y que trepas al Himalaya sin corsé. Eso sí, por primera vez en tu vida temes al frío. Ya no te separas de una buena manta que dejas caer sobre tu sueño, allá donde te pille. Pensabas que esas eran costumbres de tu abuelo, sin tener en cuenta que ahora el abuelo pachucho eres tú.

Por cierto, Adolfo probablemente no te vio en Londres, sino en Estocolmo, donde en los tiempos en que las grandes empresas ataban perros con longanizas os contrataron para amenizar una multitudinaria convención de IBM. Fue un viaje de trabajo delicioso, a todo plan, conociste la bellísima capital sueca y te alojaste en el mismo Gran Hotel que hospedó a Greta Garbo en sus días de gloria.

-Qué suerte has tenido –te dices a ti mismo para animarte- Pensar que llegaste tan lejos haciendo chorradas, y que encima te pagaban por ello.

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Por un prurito de decencia intentas agitar el banderín de la curiosidad, y tratas de asomarte al exterior y no ignorar que el mundo sigue girando malgré ta maladie. Es más, te da vergüenza colonizar con un parte médico el interés de los nosabescuántos parientes, amigos, conocidos y despistadillos que brujulean por la red y de vez en cuando se asoman a tu blog.

-Yo también te sigo-  te recuerdan cuando hablan contigo.

Te ruborizas y te quedas pasmado, porque a pesar de tu aislamiento no dejas de enterarte de las cosas realmente importantes que pasan en el mundo, de la cantidad de libros y artículos interesantes que se publican, de los estrenos de películas y de obras de teatro que sorprenden, de las exposiciones y otros eventos que recabarían tu atención si estuvieras sano. El planeta sigue girando, y produciendo noticias y novedades sorbetiempos y sorbeatenciones sin duda más interesantes que lo que escribes. Mas a pesar de todo siempre hay alguien, oh maravilla,  que para por aquí.

Lo agradeces infinito, y te inflama el ego, bastante chuchurrío por cierto a estas alturas. Pero no puedes dejar de relativizar y parafrasear a Groucho Marx.

-Nunca podría leer un blog que admitiera como autor a un tipo como yo.

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Por esos caprichos de la actualidad la crisis parece que se esconde por unos días en un segundo lugar, y sobresalen otros males que nos afligen. Mali, las violaciones de mujeres en La India, la muerte del sargento Fernández por evitar que  inocentes saltaran hechos pedazos. Persisten las matracas cuasi seculares, como el afán de etiquetarse de catalán, europeo, de la Cochinchina o de Antequera, buen lugar para inventarse una metanación, aunque sólo sea por enredar. O el cinismo defender a los presos de ETA creyendo que eso es más progresista que honrar a las víctimas asesinadas. Ah, y la ración de corrupción, que no falte, y de frivopollez habitual: ¿es Mourinho ángel o demonio? ¿Será él el culpable del insoportable ardor que castiga tu esófago?…Te ratificas en tu idea: hay otros mundos, y no están en tu neoplasia. Hay otros objetivos de la curiosidad humana.

Y entre todos, en este mundo tan sensible para unas cosas y tan cubierto de piel de elefante para otras, te llama la atención poderosamente que al fin unos japoneses han filmado a novecientos metros de profundidad en el Pacífico norte a un calamar gigante que mide ocho metros, y eso que tenía dos tentáculos cortados. El mítico Kraken, que según las leyendas nórdicas atacaba los barcos y devoraba a sus tripulantes, existe. Vive en las profundidades abisales, en la oscuridad y olvidado de todos. Hasta ahora, que nos habíamos inquietado por el atún rojo, por la incierta suerte de los osos polares ante el cambio climático, por la disminución de rinocerontes en Africa y por las dificultades para del lince para reproducirse en cautividad, no habíamos tenido ni un solo recuerdo piadoso para el calamar gigante, también criaturita de Dios, por feo que sea.  Como si él no padeciera enfermedades, como la tuya, agravada en su caso por la pavorosa falta de luz y de compañía.

-Dios mío –suspiras a la manera de Bécquer- ¡Qué solos se quedan los Kraken!…

Para que vayas poniendo las cosas en su lugar y valorando tu suerte.

 

La emocionante historia de la dinosauria Matilde

Interesante observación. Esta historia demuestra que un hombre puede enemaorarse de una mujer que guarde un parecido con algo tan lejano como un dinosaurio...

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No lo he dicho en mi cátedra, porque hubiera parecido una observación boba y, desde luego, poco académica –se podía leer en una de las últimas anotaciones de su diario-, pero es evidente que la sorprendente similitud de algunas personas con la morfología de algunos animales reales o con criaturas de ficción popularizadas por el cine no implica ninguna identificación con la especie de referencia, como tampoco ninguna descalificación moral de dicha persona. Se puede ser bello y ser un bellaco, y, por el contrario, ser un Quasimodo y tener un gran corazón. Y a continuación Diógenes Causín, paleontólogo y catedrático de Paleontología, citaba una ristra de ejemplos de personas de distinto perfil perfectamente identificables, a su juicio, con animales o extraños andróginos que justificaban su teoría. Las políticas Isabel Tocino y Soraya Saenz de Santamaría parecen dibujos de Walt Disney: la primera se parece a Flor, la mofeta de Bambi. La segunda un pez (hembra) coqueto salido de la pluma de alguno de los dibujantes del estudio. La vicepresidenta Fernández de la Vega, con su peculiar peinado en forma de casco, se asemeja extraordinariamente a esos pollitos de buitres, con su pedazo de cáscara de huevo aún en la cabeza, que pintan los tebeos infantiles. El expresidente Pujol ha sido reconocido como inspirador del Yeoda de La Guerra de las Galaxias, de la misma manera que el sindicalista Méndez guarda un razonable parecido con unos guerreros- osos melenudos, muy feroces, que intervienen también en dicha película. El futbolista Ronaldinho tiene la misma dentadura que una piraña, el expresidente Fraga está emparentado con el rinoceronte, el ministro de Fomento Blanco recuerda a las ardillas, castores y otros mustélidos, y cualquier observador de la historia que tenga en la memoria al general Franco con gorrillo cuartelero, panza enfajada y botas altas, recibiendo a Hitler en la estación de Hendaya, vería en su perfil y en sus movimientos los rasgos de una gallina.

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En la penúltima entrada de su diario,  el paleontólogo Diógenes Causín se deshacía en elogios hacia su esposa Matilde, fallecida tan sólo un año antes que él. Fue una mujer delicada, sensible, que supo amarme a pesar de que un científico ama más la investigación y la ciencia que ninguna otra cosa, y es incapaz de responder al encanto de una mujer si en ese momento le está tentando el microscopio. Debo  ponderar, además de sus virtudes, su hermosura,  pues siendo una mujer alta, delgada y angulosa, de mirada de áspid y andares de de bailarina de ballet, atesoraba un singular atractivo.  Ella, tan fantasiosa, lo idealizaba al máximo. Se definía a sí misma, con cierta gracia, como un cruce entre Audrey Hepburn y Cruella de Vil. Todos debemos de tener un referente de nuestro aspecto físico en alguien o en algo, pero yo jamás me atreví a destruir la imagen de sí misma que se había construído, aunque sabía a ciencia cierta que había otro ejemplo real mucho más próximo a su figura.

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La última anotación de Causín se alejaba de consideraciones frívolas, y hacía una llamada urgente a sus colaboradores para que descubrieran un hallazgo que iba a revolucionar la paleontología. Yo no lo hubiera podido hacer en vida de Matilde, sin borrar la evidencia, y ella jamás me lo habría perdonado si no lo hubiera hecho. Por eso encargo a mis colaboradores y a cualquier amante de la paleontología lector de este diario que excaven con sumo cuidado en este lugar exacto, vean, se asombren y saquen nuevas conclusiones sobre las derivas que puede tomar a veces la teoría del evolucionismo. A continuación reproducía unas coordenadas, y adjuntaba un recorte de un mapa de la serranía de Teruel y una serie de referencias topográficas exactas para que el equipo de excavación diera con lo que sin duda era el hallazgo más asombroso de la historia de la paleontología moderna.

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El tesoro que había descubierto el profesor Diógenes Causín dejaba en nada al Concavenatur corcovatus Pepito que meses antes habían desenterrado en la serranía de Cuenca. El fósil del Concavenator coquetus Matilde era una dinosauria perfectamente conservada, al punto de que en su estructura se podían adivinar no sólo alguno rasgos sospechosamente andróginos, sino la gracilidad de unos movimientos que, la ciencia lo adivina todo, podían parecerse a los de una bailarina de ballet.

Con todo, lo más sorprendente de aquel legado que el abnegado profesor había ocultado venía en una caja de acero, perfectamente aislada de la humedad, que apareció junto al fósil. Cuando, con gran pompa y circunstancia, las autoridades científicas procedieron a abrir la caja, sólo encontraron en su interior una nota firmada por el privilegiado paleontólogo que primero dio con el descubrimiento para luego volverlo a ocultar bajo tierra.

La nota decía: He amado mucho a la ciencia, pero, aunque ella no lo viera así, amé mucho más a mi esposa Matilde. Por eso no le pude confesar que, aunque se creyera una mezcla de Audrey Hepburn y  Cruella de Vil, en realidad se parecía mucho más a esta maravillosa dinosauria que me he apresurado a bautizar con su nombre. Su coquetería femenina no hubiera entendido la similitud. No me importó: preferí esperar a la muerte de ambos para que el mundo conozca mi hallazgo.  El poeta Artur Rimbaud escribió: “par delicatesse, j´ai perdu ma vie”. Yo podría decir igualmente que por delicadeza he perdido, tal vez, un  premio Nobel, pero no la perdí a ella, que siguió amándome hasta el final. Lo cual me permite morir tranquilo y con la sensación de haber cumplido todos mis deberes como científico y, sobre todo, como persona.

El día D después de Leire Pajín

Nada como este día para revisar nuestro  tradicional sentimiento antinorteamericano...

Nada como este día para revisar nuestro tradicional sentimiento antinorteamericano...

Tan norteamericana, y sin embargo, como Picasso o Casals, tan empecinada en mantenerse española. La tía Clota llegó a Estados Unidos hace la torta de años, y se casó con uno de esos excombatientes que salvaron a Europa de la zarpa nazi.  El tío Oscar, que en paz descanse, desembarcó en Anzio, y vivió lo suficiente como para casarse una vez, divorciarse, encontrarse con la granaína que enseñaba español en la universidad, casarse otra vez, hacerse rico y establecerse finalmente en una preciosa granja de Vermont. En la misma casa donde ahora atrás ella y sus amigas seguían emocionadas por la tele los actos conmemorativos del día D.

-Fue muy bonito –le comentó a su sobrino Homper-Y esta vez yo también llevaba las barras y estrellas.

Dice la tía Clota que la tarde se fue en te con brownie y lágrimas. Como tantas tardes, pasearon, merendaron  y después se sentaron ante la tele para sumarse a la celebración emocional. Edwina y Thelma le habían preguntado muchas veces cómo su presidente Zapatero de España, tan sensible ahora con Obama, había hecho el feo de no saludar en un desfile a la misma bandera que ahora dice que es su guía. Y la tía Clota trató de disculparle: no era la bandera del día D, era la de Bush y la de la guerra de Irak. Aunque Thelma y Edwina nunca lo entendiesen.

-Tienen razón, sobrino. Cuando una ve esos cementerios verdes de Normandía punteados por miles de tumbas blancas de jóvenes norteamericanos…

Dejaba la frase sin acabar. La tía Clota se sorprende de que se olvide a menudo lo que hubiera podido ser Europa si Estados Unidos no hubiera echado  una mano y Hitler hubiera ganado su guerra.

-Tienes razón tía- dice Homper- En todos los colegios españoles, como asignatura obligada, debería proyectarse El mundo en guerra, ese monumento documental que en los años setenta produjo la BBC. Si las nuevas generaciones conocieran las dimensiones de aquel drama y nuestros cementerios fueran como los de Normandía, no recelaríamos tanto de los yankis, te lo digo yo…

-¿Tu crees? –le miró interrogante. Y luego, demostrando una vez más que sigue lo que pasa en su querida España se contestó ella misma- Oh, sí, claro que lo crees…Ya lo ha anunciado esa chica tan entusiasta…La de la coincidencia de dos liderazgos progresistas en Estados Unidos y España,  la  el acontecimiento planetario y la conjunción astral de Obama y ZP…¿Leire Patín se llama?…

-Bueno, patina a menudo-corrigió Homper conteniendo la risa- Pero es Pajín.

Y así, entre sonrisas y lágrimas, transcurrió la celebración del día D sesenta y cinco años después.

¿Podremos?

Levantaba el nuevo presidente de los Estados Unidos los brazos agradeciendo su formidable victoria y sobre la tumba de su abuela, muerta unos días antes, se posaba un pajarillo.  ¿Dónde estaba Norman Rokwell para pintarlo?

Se escuchaba en el país el emocionante discurso de Obama y al reverendo Jesse Jackson, que fue el primer candidato negro en intentar su hazaña, se le corrían las lágrimas por las mejillas. Mientras tanto, otro Jesse apellidado Owens, que desbarató  ante Hitler la patraña aria deslumbrando  al mundo con su poderosa zancada, se colgaba otra medalla en el más allá. ¿Dónde estaba Frank Capra para filmarlo?

Salía por la tele esa anciana de 106 años llamada Ann Nixon Cooper, que no pudo votar durante años por ser mujer y además negra, y confirmaba que lo de ese cuatro de noviembre de 2008 había sido un milagro. ¿Dónde estaba William Saroyan para escribirlo?

Homper, el Hombre Perplejo, es de esa generación ingenua educada en el bonito engaño de que los Estados Unidos eran siempre los buenos de la película de la vida. Sus soldados salvaban a Europa de la bota de la Alemania nazi, Gary Cooper y James Stewart eran los delegados de Dios en la tierra. Ël particularmente había canonizado al tío Tom en su cabaña. Pensaba que no había melena rubia más seductora que la de Marilyn Monroe. Y sostenía, convencido, que el browni era el mejor pastel de chocolate inventado. Muy superior, por cierto, a la muy empalagosa tarta Sacher, a la que siempre le sobró la capa de mermelada de frambuesa. En ese país de película, Juan Nadie podía ser presidente. Y ahora un negro, que hasta hace apenas tres generaciones era menos que nadie, es elegido democráticamente  para sentarse en el despacho oval de la Casa Blanca y enderezar los muchos entuertos que afligen al tío Sam y, con él, al mundo entero.

Homper había anotado cuidadosamente lo que un día proclamó Martin Luther King: anoche tuve un sueño…El soñador pagó con la vida su empeño en luchar por lo soñado. Pero ya lo recordaba José Luis Garci en su  pésimo acento inglés, como corresponde a un chico de la calle de Narváez. Lo dijo cuando recogía el primer Oscar de Hollywood que ha ganado un cineasta español: sometimos dreams come trooth. O sea, que a veces los sueños se convierten en realidad.

Y a Homper le sorprende, sí,  pero también le alivia, y hasta casi le emociona que el pueblo estadounidense de vez  en cuando tenga el valor de creer que hay purga de Benito para curar las heridas del sueño americano. Entre otras cosas, porque, querámoslo o no, participamos del mismo.  Todo occidente fue moldeado a esa imagen y semejanza y Homper, aún en pañales, no fue excepción. Quizás ya es demasiado tarde para defenestrar los credos y los iconos de nuestra civilización.

Por eso, al menos mientras no aparezca ese feroz capitalista, ese memo iluminado, ese villano sin escrúpulos, ese Leonel Barrymoore que en las películas de Capra siempre jodía el viejo tinglado de la bella farsa, hay que mantener viva la llama de la esperanza. Pidamos paciencia a Wallace, el Pepito Grillo más contumaz entre los comentaristas de este blog. Don´t worry, be happy. Como insistía el nuevo presidente de los Estados unidos, podemos cambiarlo todo. Bueno, quiere decir Homper que quizás podamos…

Mon ami Scott de Martinville

 Aún recuerda el Duende la primera vez que supo de Edison. Quizás en el cole, tal vez en unos tebeos de la época que inoculaban saberes del Readers Digest en viñetas ilustradas. Los había catolicones que miraban a lo trascendente -Vidas ejemplares, fundamentalmente las de los santos- o las que se centraban en la ciencia y la cultura, que se titulaban Vidas ilustres. En una de ésta aparecía la figura de Thomas Alva Edison: lo recuerda con el pelo blanco, su corbata de la época, acodado en una mesa en la que destacaba el altavoz de su célebre fonógrafo. El otro altavoz célebre de las infancias de color sepia era el de La voz de su amo, pero ahí en lugar de un inventor señero aparecía un perrito sentado seducido por la música. El Duende aún conserva, como una preciada joya, una cajita de hojalata en la que se vendían las agujas que necesitaban los pikúes para reproducir las grabaciones.

Le contaron una vez al Duende que todas las ondas sonoras emitidas sobreviven en el espacio. Imagínense la ensaladilla rusa de sonidos, el caos, el desmadre de voces y ruidos en los oídos de la divina Providencia. Los discursos de Cicerón, de Diógenes, de Hitler, las explosiones de Guy Fawkes en el parlamento inglés y los reventones del Vesubio que sepultaron Pompeya, el estruendo gozoso de las cataratas Victoria sorprendiendo al capitán Richard Burton, la jura de santa Gadea, la primera sonatina improvisada al piano por el pequeño Amadeus,  Federico García Lorca  recitando alguno de sus Sonetos del amor oscuro, el La-la-la de Massiel, los clarines que anunciaron el último tercio del toro Islero que apuñaló a Manolete, los mamporros de Manolo el del bombo, el ¡se sienten, coño!, los meteorismos de Napoleón -y de las vacas, que por lo visto son peligrosamente pedorras- y hasta los delirios de La verbena de la Moncloa, todos juntos y revueltos violando de forma inmisericorde el silencio astral. Qué espanto, menos mal que tenemos una capacidad auditiva limitada. 

Todo eso, claro, era teoría. En realidad las vibraciones sonoras se escapaban hasta que en 1878 vino Edison con su cazamariposas mágico y pudo registrarlas para el futuro.  Claro, que unos llevan la fama y otros cardan la lana. En esta obsesiva sociedad del conocimiento todo se investiga, y, a ser posible, se revisa. Acabaremos enmendando la plana a todo lo que nos contaron como historia, porque siempre hay algún curioso que huronea y no para hasta que le da una vuelta a la verdad oficial. Qué sinvivir. Ahora la Lawrence Berkeley National Laboratory, de California, le ha quitado a Thomas Edison su más preciada medalla.  Ha descubierto que no fue él, sino un tal Eduard-León Scott de Martinville  que ya en 1860 logró grabar por primera vez un sonido. Lo escuchó el Duende el viernes por la tarde en la radio.  Scott de Martinville fue un personaje inquieto, tipógrafo, investigador, escritor y ensayista, y dio con un aparato que llamó fonoautógrafo capaz de registrar el que, al menos por el momento, es el primer sonido grabado de la historia. Entre una maraña de chisporroteos se adivina a una voz femenina que susurra la conocida canción Au clair de la luna, mon ami Pierrot.

 Qué sorpresón para los sabios. Qué ternura, que un testimonio así cante al claro de luna y a la amistad. Pero, al mismo tiempo, qué falta de seriedad. ¿Se imaginan que de un humanista, pensador y escritor con la densidad del Duende sólo quedara Las muñecas de Famosa/ se dirigen al portal…? Bueno, pues no se engañen: así será, y eso si hay mucha suerte. Lo dice doña María, todo es mu correlativo. Sobre todo la historia, que,  además de mudadiza y tramposa, tiene predilección por la frivolidad.


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