
Algunos hombres, quizás un tanto raros, empezaron a notar que las mujeres que saben cumplir años con naturalidad no pierden su encanto...
1
Mi amigo me dijo que su padre había dicho basta. Ya estaba harto de trabajar y de ganar dinero, así que iba cumplir su gran sueño. El veterano y afamado doctor Ivo Abella Se embarcaría con su novia y con su inseparable amigo y gran navegante Michel Pataque para dar la vuelta al mundo en velero.
Mi amigo César no tenía muchas ganas de hacerse cargo de la clínica. Una cosa es ser cirujano plástico al lado de un divo como su padre y otra el reto de convertir a todas las damas maduras y adineradas de la ciudad en perfectas muñecas de biscuit. Desde el pelotazo que supuso la transformación de la ex vicepresidenta de gobierno, el negocio de la clínica se había disparado, y ahora su padre se quería cortar la coleta y ponerlo en sus manos.
Menuda responsabilidad. Según sus cálculos no debían de quedar muchas patas de gallo, ni labios, ni bolsas, ni ojeras, ni lorzas, ni pechos por arreglar. Y me dijo que las mujeres jóvenes no envejecerían a la velocidad suficiente como para mantener la progresión de las ganancias. Su padre quería divertirse, aprovechar sus últimas reservas de testosterona, soltar amarras y evadirse. Dijo que no quería saber nada de la marcha de la clínica, que César y el resto de su equipo lo harían estupendamente.
Aunque, como todos los ricos sobrevenidos súbitamente, en el fondo esperaba que a su regreso del año sabático su heredero le hubiera hecho multimillonario.
2
Mira que valía mi amigo César. Era el más listo del colegio, fue el más brillante en su carrera, ganó becas y premios extraordinarios, arrasó en el doctorado y perfeccionó sus prácticas trabajando dos años con el famoso doctor Knother, un famoso quiruplástico canadiense que según las malas lenguas había modelado las momias vivas más bonitas de la época dorada de Hollywood. Su padre confiaba ciegamente en el hijo preclaro. Pero caramba con el compromiso que le endosó. Yo jamás entenderé cómo lo consiguió, pero mi amigo lo cumplió con creces. El primer día que su padre volvió a la clínica después de haber dado la vuelta al mundo en barco y de despedirse de su última novia se quedó pasmado con los resultados aparentes. Porque al pasar ante la sala de espera pudo ver a un tropel de mujeres maravillosamente retocadas por él que hojeaban ejemplares de Hola mientras guardaban pacientemente su turno.
-¿Qué hacen estas mujeres aquí? –preguntó a la recepcionista confundido- ¡Si estaban encantadas con lo que les hice!…
3
La recepcionista se excusó con un gesto. Estaba tan ocupada que no podía atenderle. El teléfono no paraba de sonar, ni ella de dar citas para la consulta. Como César estaba en el quirófano, el viejo doctor aprovechó el entretanto para que el contable le pusiera al día de la cuenta de resultados. Eran magníficos. Cuando mi amigo salió de operar, y después de abrazarle efusivamente, César le contó el secreto de su éxito. Parece ser que después de que todas las mujeres retocadas deslumbraran con su new look, a los hombres de la ciudad les empezó a fatigar el modelo de maciza plastificada, protuberante y de morritos que había hecho sido marca de la casa. Sorprendentemente en algunos de ellos incluso se registraban rasgos de sensibilidad, como si en lugar de importarles sólo el continente de sus esposas, novias o amantes les importara también el contenido. Y tanto había degenerado el macho ibérico tradicional que muchos caballeros incluso veían más encanto en las mujeres que sortean con gracia y naturalidad los años que en aquellas que pactan su eterna juventud con el diablo del bisturí. Increíble, pero cierto.
-El tuyo fue un trabajo magistral –le dijo César a su padre- Las dejaste con palmito tan perfecto, tan artificial, tan iguales entre sí y tan falsas, que ellas mismas regresan para que las estropeemos un poco y recobren su personalidad. Una patita de gallo, una discreta arruguita en el lugar oportuno y vuelven a confiar en su poder de seducción….
El padre comprendió que, además de un gran cirujano plástico, César era un maestro de la psicología y un genio del marketing. Cuando ambos salieron y atravesaron juntos el jardín, los rayos del lubricán patinaban en dorado el cartel publicitario que anunciaba la clínica.. Aquí también se notaba lo que valía mi amigo, pues junto a las palabras Clínica Abella, Cirugía Plástica, había añadido este slogan: Mantenemos la belleza que te corresponde.



No es tan primaria como la mayoría, que advertimos día a día en desastre de la oposición al gobierno de España. Pero incluso desde Estados Unidos, la tía Clota también percibe que el
La gran noticia de aquel verano en







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