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La belleza que te corresponde

Algunos hombres, quizás un tanto raros, empezaron a notar que las mujeres que saben cumplir años con naturalidad no pierden su encanto...

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Mi amigo me dijo que su padre había dicho basta. Ya estaba harto de trabajar y de ganar dinero, así que iba cumplir su gran sueño. El veterano y afamado doctor Ivo Abella Se embarcaría con su novia y con su inseparable amigo y gran navegante  Michel Pataque para dar la vuelta al mundo en velero.

Mi amigo César no tenía muchas ganas de hacerse cargo de la clínica. Una cosa es ser cirujano plástico al lado de un divo como su padre y otra el reto de convertir a todas las damas maduras y adineradas de la ciudad en perfectas muñecas de biscuit. Desde el pelotazo que supuso la transformación de la ex vicepresidenta de gobierno, el negocio de la clínica se había disparado, y ahora su padre se quería cortar la coleta y ponerlo en sus manos.

Menuda responsabilidad. Según sus cálculos no debían de quedar muchas patas de gallo, ni labios, ni bolsas, ni ojeras, ni lorzas, ni pechos por arreglar. Y me dijo que las mujeres jóvenes no envejecerían a la velocidad suficiente como para  mantener la progresión de las ganancias. Su padre quería divertirse, aprovechar sus últimas reservas de testosterona, soltar amarras y evadirse. Dijo que no quería saber nada de la marcha de la clínica, que César y el resto de su equipo lo harían estupendamente.

Aunque, como todos los ricos sobrevenidos súbitamente, en el fondo esperaba que a su regreso del año sabático su heredero  le hubiera hecho multimillonario.

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Mira que valía mi amigo César. Era el más listo del colegio, fue el más brillante en su carrera, ganó becas y premios extraordinarios, arrasó en el doctorado y perfeccionó sus prácticas trabajando dos años con el famoso doctor Knother, un famoso quiruplástico canadiense que según las malas lenguas había modelado las momias vivas más bonitas de la época dorada de Hollywood. Su padre confiaba ciegamente en el hijo preclaro. Pero caramba con el compromiso que le endosó. Yo jamás entenderé cómo lo consiguió, pero mi amigo lo cumplió con creces. El  primer día que su padre volvió a la clínica después de haber dado la vuelta al mundo en barco y de despedirse de su última novia  se quedó pasmado con los resultados aparentes. Porque al pasar ante la sala de espera pudo ver a un tropel de mujeres maravillosamente  retocadas por él que hojeaban ejemplares de Hola mientras guardaban pacientemente su turno.

-¿Qué hacen estas mujeres aquí? –preguntó a la recepcionista confundido- ¡Si estaban encantadas con lo que les hice!…

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La recepcionista se excusó con un gesto. Estaba tan ocupada que no podía atenderle. El teléfono no paraba de sonar, ni ella de dar citas para la consulta. Como César estaba en el quirófano, el viejo doctor aprovechó el entretanto para que el contable le pusiera al día de la cuenta de resultados. Eran magníficos. Cuando mi amigo salió de operar, y después de abrazarle efusivamente, César le contó el secreto de su éxito. Parece ser que después de que todas las mujeres  retocadas deslumbraran con su new look, a los hombres de la ciudad les empezó a fatigar el modelo de maciza plastificada, protuberante y de morritos que había hecho sido marca de la casa. Sorprendentemente en algunos de ellos incluso se registraban rasgos de sensibilidad, como si en lugar de importarles sólo el continente de sus esposas, novias o amantes les importara también el contenido. Y  tanto había degenerado el macho ibérico tradicional que muchos caballeros incluso veían más encanto en las mujeres que sortean con gracia y naturalidad los años que en aquellas que pactan su eterna juventud con el diablo del bisturí. Increíble, pero cierto.

-El tuyo fue un trabajo magistral –le dijo César a su padre- Las dejaste con palmito tan perfecto, tan artificial, tan iguales entre sí y tan falsas, que ellas mismas regresan para que las estropeemos un poco y recobren su personalidad. Una patita de gallo, una discreta arruguita en el lugar oportuno y vuelven a confiar en su poder de seducción….

El padre comprendió que, además de un gran cirujano plástico, César era un maestro de la psicología y un genio del marketing. Cuando ambos salieron y atravesaron juntos el jardín, los rayos del lubricán patinaban en dorado el cartel publicitario que anunciaba la clínica.. Aquí también se notaba lo que valía mi amigo, pues junto a las palabras Clínica Abella, Cirugía Plástica, había añadido este slogan: Mantenemos la belleza que te corresponde.    

Espejos rotos

Definitivamente, no eran de fiar esos espejos maravillosos que vendieron al pueblo ingenuo...

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Aquella mañana a Homper le dejó perplejo la imagen que le reflejaba el espejo. Donde antes veía a un hombre mayor pero alto y bien parecido, tipo Clint Eastwood o Harrison Ford, ahora se veía él. Un ciudadano corriente que no guardaba más parecido con las maduras estrellas de Hollywood que el color de su cabellera. Qué decepción.

Llamó a la vecina de arriba, Barbarita.

-Hola buenos días, vecina.

-Por decir algo.

-¿Cómo te ves?

-Fatal. Me estaba mirando al espejo cuando por detrás apareció  un motorista y me entregó la carta de cese.

-No me digas.

-Ya te digo. Y no sólo eso, sino que a continuación me requisó el coche oficial para subastarlo

Barbarita había sido hasta ese momento Consejera de Buen Rollito, un departamento fundamental para vertebrar las políticas sociales de la Comunidad Autónoma. Hasta ese momento había llenado muchos reportajes en revistas y colorines  dominicales con sus audaces propuestas para hacer más moderno y progresista nuestro estado de bienestar. Pero ahora la carta de cese citaba argumentos como la crisis, el déficit y la ejemplaridad para amortizar su puesto y darle la patada.

-Indignante –rezongó entre sollozos- Tan mal me ha sentado que he lanzado contra el espejo el tarro de caviar que abrimos anoche.

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Los espejos parecían haberse vuelto locos, y se rebelaban contra los que en ellos se miraban. En lugar de reflejar la Arcadia feliz, el país de Jauja y el cuerno de la abundancia se empeñaron en devolver la imagen de una cruda realidad que nos remitía a los años de posguerra.

Alarmado por lo que le había contado Barbarita, Homper siguió llamando a sus vecinos, y se fue enterando de otros casos anómalos de espejos insurrectos. Benito Córcoles, que había conseguido una beca oficial  para desarrollar en Nueva Zelanda su tesis doctoral sobre Una muestra de la evolución de las especies de baile en el marco de la globalización: afinidades rítmicas entre la jota aragonesa y la danza de los maoríes vio esa mañana en el espejo algo bien distinto.

-Es la ostia, Homper- dijo. No le bastaba con el acabose, o el colmo, tenía que ser la ostia, que es la palabra/comodín de moda para los que hablan mal- Yo que soñaba en vivir como un príncipe y pasarme un año de puta madre en las antípodas me he visto a mí mismo labrando un campo de cebollas en los alrededores de Parla. Y no creas, con azada. Ni siquiera un tractor ni un motocultor…¿A dónde vamos a llegar?

Finalmente Homper se enteró de que al pequeño Iván, un niño que esperaba pedir a los Reyes un videojuego, una bicicleta y una pulserita para Disneylandia, el espejo también le dio una desagradable sorpresa. Salió el chaval de la ducha, y al limpiar con la toalla el vapor de agua que lo empañaba, distinguió entre las brumas a un tipo barbado con aspecto de Melchor de pacotilla de esos que improvisan en los comercios de medio pelo cuando llega la Navidad. El fantasma traía en sus manos un caballo de cartón.

-Lo siento, Ivancito –le dijo mientras se lo daba al niño- No es lo que esperabas, pero de verdad que no hay para más.

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Todo parecía reflejar una desagradable realidad. Pero aún fue peor lo que pasó a continuación. De repente, el espejo de Homper, el de Barbarita, el de Benito Córcoles, el de Ivancito y todos los demás espejos en los que se miraba la gente estallaron en mil pedazos mientras atronaba desde la bóveda celeste una voz burlona con ecos apocalípticos.

- Todos como Ivancín…¡Sois como niños!–dijo la voz tonante antes de prorrumpir en una siniestra carcajada.

Y en lugar  de aquella utopía engañosa que habían venido reflejando hasta entonces, por la ventana de los espejos rotos asomaron los espectros de todos los irresponsables, políticos, banqueros, especuladores, mercachifles y demás tramposos que habían suministrado al pueblo ese otro opio llamado por algunos estado de bienestar.

El nefasto día en que murió Liz Taylor

A Homper le gustaba sobre todo aquella Elizabeth Taylor anterior a Cleopatra. Parecía más cercana y asequible que la gran estrella en que se convirtió luego...

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De repente, a su edad, Homper había descubierto las tertulias. No tenía demasiada experiencia en tertulias. Siempre había sido un hombre inquieto, culo de mal asiento, ir de aquí para allá, hocicando en terrenos distintos, entreteniéndose en ver cómo la vida se trenza o se desfleca. Muchas labores y aficiones diferentes, aunque todas propias de su sexo y condición.

-Nada humano me es ajeno –dijo el primer día de tertulia en plan solemne, así como para marcar estilo.

Sus amigos le miraron tan estupefactos como solía quedarse Homper por casi todo. No se le esperaba sentencia semejante. Homper se apercibió  de ello y se avergonzó profundamente de haber sido tan poco original.

-Hoy voy a pedir Calisaydijo en la tertulia de ayer. Y sus amigos le volvieron a mirar con los ojos como platos.

-¿Por qué se te ocurre semejante cosa?-le preguntó Dionisio- ¿Conoces a alguien que conozca a alguien que conozca a alguien que tome Calisay?

-Lo tomé una vez hace cuarenta años y me pareció el licor más detestable que he probado nunca-Homper se puso muy serio- Y quiero estar verdaderamente triste para brindar en memoria de Elizabeth Taylor.

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En las tertulias se dicen muchos lugares comunes, pero hay que enunciarlos con clase y buena dicción. Dionisio, por ejemplo, estuvo muy afinado cuando después del primer sorbo de su café dejó caer algo verdaderamente original y trascendente.

-Hollywood ya no es lo que era.

Pedro, otro tertuliano que había sido un destacado financiero y tenía muy buena cabeza, lo ratificó. Recordó que hacía tan sólo dos o tres semanas había muerto Jane Russell, una de sus debilidades eróticas más turbadoras.

-Una apoteosis de curvas –matizó- ¿Sabéis lo que dijo Bob Hope a propósito de sus encantos? Pues dijo que la inteligencia de un hombre se notaba cuando era capaz de hablar de Jane Russell sin mover las manos. Eso es lo que dijo.

Gerardo terció recordando que la que estaba verdaderamente buena de Los caballeros las prefieren rubias no era Jane Russell, sino Marily Monroe, a lo que Arturo, otro tertuliano, apostilló otra frase para la historia.

-Lo cortés no quita lo valiente, Gerardo. Es verdad que Marilyn estaba buena, pero Jane Russell estaba buenísima.

Todos los tertulianos rieron. Pero a Homper le resultó imposible, porque acababa de degustar el Calisay y el paladar le exigió cara de naúsea.

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La tesis de Homper es que otras guapas, como Maureen O´Hara, podían haber sido camareras de esas que sirven corderos asados en un mesón castellano. Gene Tierney, belleza incomparable, era su farmacéutica favorita. Eleanor Parker, Grace Kelly o Deborah Kerr pedían ser princesas imperiales o hadas. Según él, Sandra Dee, Debie Reynolds y Leslie Caron nacieron criaturas de cajita de música: se abría la tapa, sonaba el Danubio Azul y giraban pizpiretas luciendo sus maravillosas caderas enfundadas en tutú. Cyd Charisse marcó el canon de las piernas perfectas. Ava Gardner, el esplendor de la carnalidad. Rita Hayworth le disputaba a la O´Hara el reinado de la pelirrojía, pero añadía el plus de lo pecaminoso del que Maureen carecía. Virginia Mayo, Lana Turner y hasta Kim Novak simbolizaban el erotismo cursi.

-Pero luego estaban las que uno quería que fueran sus primas o sus vecinas de arriba: Vivian Leigh, Pier Angeli, Natalie Wood, Jean Simmons. Y la primera Elizabeth Taylor.

Por encima de todas reinaba para Homper  la imponderable Audrey Hepburn. Pero no podía olvidar los ojos (¿de verdad violeta?)de aquella chica judía de Ivanhoe que le enamoró cuando era un párvulo inocente.

-Luego, a medida que engordó y cuajó en gran diva, también se hizo más cursi- dijo mientras apuraba el castigo de la copa de Calisay- Pero es lamentable: ya no quedan estrellas de la época dorada de Hollywood.

Los compañeros de tertulia coincidieron en un suspiro de nostalgia.

-Bueno –precisó Dionisio- Para ser justos, queda el viejo Kirk Douglas, pero no es lo mismo.

-No es lo mismo, no-subrayaron  a media voz los tertulianos.

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La nostalgia, más que un error, es una desgracia. Y las desgracias nunca vienen solas. Rafael puso sobre el velador un ejemplar de EL MUNDO y apuntó a la última noticia de su portada.

-Practicar sexo o deporte de modo esporádico eleva el riesgo de infarto-leyó en voz alta.

Silencio y gestos de preocupación.

-Lo que nos faltaba para mirar al futuro con optimismo- concluyó Homper mientras se levantaba de la mesa y se ponía la gabardina.

Hay días que deberían haberse borrado del calendario antes del amanecer.

Ver Madrid con otros ojos

Un poco más a la izquierda, se descubre la cúpula y la esbelta torre neomudéjar de la Iglesia de la Santa Cruz, una estampa en la que probablemente no muchos madrileños han reparado...

Darle una vuelta a lo que ves todos los días, o mirar de otra forma lo que se te pone ante los ojos. Según Homper – el Hombre Perplejo, el que aún es capaz de sorprenderse por cualquier cosa- esa es una buena receta para  no ser machacado por la rutina. Lo proponía a sus compañeros de tertulia  ateneísta, que contaban sus planes de verano. Aunque nunca está demasiado seguro de casi nada, esta vez se sentía en condiciones de dictar sentencia.

-Los que estamos de vuelta de todo despreciamos la visión del turista –dijo- Creemos que el buen viajero es el que vive los sitios que visita como un natural del lugar. Pero tan paleto es viajar coleccionando sólo postales como no descubrir los tesoros de tu ciudad sólo porque están en la agenda obligada de los viajes organizados.

O sea, que de vez en cuando está bien ser turista en tu propia ciudad. Lo descubrió el día en que tuvo que pasear por Madrid a  Nora, la peluquera de la tía Clota. La quiero como si fuera una hija, sobrino- le había advertido ésta– Así que tú, que tienes tiempo y eres  un encanto cuando quieres, serás su guía ideal. Hazme el favor…

Homper refunfuñó. Recordó luego que, siendo nacido y vecino de Madrid desde siempre, no había puesto los pies en el Palacio Real y en ese rincón entrañable que es el vecino Convento de la Encarnación hasta después de cumplir los cuarenta. De manera que en el corto espacio de una semana hizo de tripas corazón y se convirtió en el cicerone de Nora, una americana de Nueva Inglaterra pecosa y pelirroja, de piel blanquísima y elegantes andares, que reunía datos tan contradictorios como ser una enamorada de la literatura española del Siglo de Oro y coleccionar dedales decorados como souvenir de los lugares que visitaba. Se sorprendió de lo agradable que es observar las crestas  monumentales de los edificios del centro desde esos autobuses londinenses descubiertos que ahora hacen el sightseeng tour de la capital, aunque fuera sentado entre una madurita peluquera de Vermont –por cierto, no fea- y una legión de japoneses y japonesas que lo fotografiaban todo compulsivamente.

-Tuve que pasar por el Corte Inglésconfesó avergonzado a sus tertulianos ateneístas-, que es donde por fin encontramos un dedal de porcelana decorado con una diminuta Puerta de Alcalá. Pero no hay mal que por bien no venga. Subimos a la cafetería y desde la última planta de ese edificio de Callao, que domina el oeste y el norte de la capital, con todos los edificios y parques de su Cornisa Imperial, descubrí otro Madrid que nunca había sospechado. Y ya veis, estaba allí, esperándonos a los que no sabemos lo que tenemos…

Nora le demostró además que todas las ciudades guardan fotos singulares en las que nunca reparan los que allí viven. Una mañana, después de recorrer la Plaza de la Paja, la del Conde de Barajas y la Plaza Mayor, se sentaron en una pequeña terraza de la Plaza de Santa Cruz. Desde su silla metálica, Homper veía la silueta de Nora enmarcada por una de las torres de aguja del Palacio de  Santa Cruz y por la cúpula y la torre neomudéjar de la iglesia vecina que lleva el mismo nombre. Y de repente sintió que estaba en otra ciudad que nada tenía que ver con ese poblachón manchego lleno de subsecretarios, como despectivamente definió Cela a Madrid.  En esa ciudad donde llevaba viviendo toda su vida y que ahora empezaba a conocer gracias a la mirada cómplice de una peluquera norteamericana que, vaya por Dios, cada minuto se iba pareciendo más a una actriz del Hollywood de la época dorada, no lo tenía muy claro: quizás Mauereen O´Hara, quizás Eleanor Parker.

Nora tomó el avión de regreso el domingo 27 de junio de 2010. Por la noche, acodado en el balcón de su palomar, Homper veía la fachada occidental de Madrid a la luz de la luna cuando a las doce en punto, desde tres barrios distantes, fueron lanzados sendos castillos de fuegos artificiales. Casi simultáneamente, al cuadro de fondo se añadieron los rayos y relámpagos de una lejana tormenta de verano. Homper suspiró: le sobrecogía ver que el viejo, el feo y denostado Madrid, fuera capaz de esa estampa de tan  singular belleza. Aunque sospechaba que el recuerdo de la turista de Vermont que coleccionaba dedales y leía a Quevedo no era del todo ajeno al momento.

El circo del PP y otros desvaríos

mariano, Espe, Gallardón...¡Más difícil todavía!...¡Hale hooop!No es tan primaria como la mayoría, que advertimos día a día en desastre de la oposición al gobierno de España. Pero incluso desde Estados Unidos, la tía Clota también percibe que el PP es un circo.

-Pero no es porque le crezcan los enanos, como dicen casi todos los cronistas-precisa- Sino porque  aspira constantemente al ¡más difícil todavía! ¡Anda que armar la que arman por disputarse el presidente de un banco después de haberse comido el marrón del Gürtel ese!…

Y evoca Trapecio, una película de circo, un producto típico made in Hollywood que impactó mucho en su juventud. En la escena cumbre, un hercúleo Burt Lancaster en su apogeo de icono viril, recibe a una espléndida Gina Lollobrígida que vuela a sus manos tras el triple salto mortal. Bocabajo y todo, y desafiando a la ley de la gravedad, el héroe trapecista sube a pulso a la heroína y la besa en los labios.

-¿Sobrino, no te imaginas el número?…-le cuenta a Homper entre risas- En un trampolín, Rajoy y Gallardón, los dos con taparrabos de lamé. En el opuesto, en plan Pinito del Oro, Esperanza luciendo tipo con su malla tan sexy rebosante de lentejuelas. Primero salta Rajoy al trapecio, y se cuelga bocabajo. Luego salta Gallardón y se prende de él. Y finalmente, Espe. Todos los del PP llenan el circo haciendo el oficio de niños….¡Que se besen, que se besen!…Y entonces Gallardón y la Espe repiten el numerito de Burt Lancasyter y la Lollo, suena el cha-ta-tachán  y los niños estallan en aplausos…

Tía y sobrino  se ven riendo a través de la cámara de su ordenador.

-Lo del PP, tía, es un numerito que traspasa el Atlántico- subraya Homper.

Y piensa que la imagen que describe su tía podría ser un sueño pintoresco si no estuviera tan cerca de la realidad.

Sin embargo los sueños se nutren de materiales imprevisibles que se mezclan a lo loco. Lo decía Freud: pueden aparecer en un sueño una vieja amistad, un antiguo amor, un escenario de cuento, una noticia de ayer, una frustración permamente, el deseo de ligar con la pastelera, un famoso como Cayetano Ordóñez, el practicante con el que te cruzaste en la escalera antes de entrar en casa y hasta el estímulo físico que te produce.una sábana de seda. Los sueños son una ensaladilla rusa, o un castillo de fuegos artificiales que el pirotécnico no ha sabido ordenar.

-Por cierto, tía-comenta Homper cambiando el registro a serio-¿Sabes qué soñé esta noche?…Veía una masa informe, un montón de materia viva, horrorosa, que se agitaba nerviosa…Y en éstas que de esa masa gelatinosa asoma una pata de batracio, y luego una cabeza de reptil con ojos saltones…Y me doy cuenta de que es un montón de sapos copulando…

-¡Qué perversión, sobrino!….

-Que no, tía, que Morfeo es un guasón y un caprichoso…Fíjate que anoche vi una película de Nicole Kidman, que me encanta…Y podría haber soñado con ella…Pero también ayer supe que muchos sapos de la Comunidad de Madrid mueren atropellados porque el bordillo de un carril-bici les impide juntarse con sus hembras para copular…¡Los pobres sapos muriendo por amor!…

Otro cuento, otro sueño. Homper espera que el de esta noche sea más agradable. Ya venden en la pastelería buñuelos de santo, que, en su versión clásica, rellenos de crema pastelera, le trastornan. Y, sin dejar de desear mejor suerte al circo del PP y a los mártires batracios, aspira a una bacanal con la pastelera, tan seductora. Ella y él solos, a media luz los dos, música de Astor Piazzola al fondo y  tan sólo separados por una tentadora bandeja de buñuelos de santo que media entre sus labios…

El tercer Alberto/ Cuento surrealista

Inesperadamente, España se enteró de que tampoco cuando se trata de Albertos hay dos sin tres... sin tres...La gran noticia de aquel verano en Puerto Pollensa es que los dos Albertos habían ocultado que tenían un tercer primo con el mismo nombre. Y que el tercer Alberto había aparecido reclamando su sitio en la historia.

La primicia se la disputaron entre Jesús Cacho, en representación del periodismo económico,  y Jorge Javier Vázquez,  Jesús Mariñas y Karmele Merchante por el llamado periodismo del corazón. Se trataba de un hombre de unos sesenta y cuatro años de edad, uno ochenta de altura, buena planta, gran surtido de trajes y un fondo de armario inagotable de gabardinas blancas. Tenía los mofletes de Alberto I y las crenchas del cabello como Alberto II, y podía pasar por ser el eslabón perdido entre uno y otro, con los que guardaba un inconfundible parecido familiar.

Lógicamente, también era multimillonario. Y, como es normal en esos casos, había  estado casado varias veces con otras tantas beldades que pertenecían sucesivamente a la familia de los descendientes  del sommelier del rey Leopoldo II de Bélgica, con inmensas propiedades en Sudáfrica,  a otra familia no menos multimillonaria del Paraguay y a una familia de clase media-baja de Quintanar de la Orden. Esta tercera familia, sin embargo, fabricaba el famoso aguardiente marca El furriel, del que el Alberto desconocido era un notable consumidor. La tercera esposa, que se llamaba Toñi, se la pegó con futbolista del Getafe mientras él cazaba el oso en Alaska. Con la mala suerte  de que el oso contratado cayó antes de la cuenta, el marido adelantó el regreso y, para darle una sorpresa a su esposa, se presentó en casa con un sortijón de esmeraldas de regalo y vestido de esquimal. Toñi casi muere del sobresalto, y el futbolista del Getafe, del tajo que le largó el engañado con su cuchillo de caza poco antes de que  aquel, un hombre punta de gran velocidad, huyera despavorido por el jardín sin más protección que un MARCA para ocultar malamente el cuerpo del delito, a la sazón un tanto disminuido por el susto.

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A partir de ahí el tercer Alberto se divorció de Toñi. Y mientras su inmensa fortuna prosperaba al mismo ritmo que la de sus primos, se casó varias veces más. En alguna ocasión incluso con alguna secretaria que no era ni rica, ni guapa, ni famosa. Esta circunstancia, unida a la imperdonable vulgaridad de no haber sido condenado jamás por un delito de estafa millonaria y de falsedad en documento público, con la prescripción de rigor que suele asistir a los granujas de postín, había merecido el desprecio de sus famosos primos. Así que entre unas cosas y otras, el tercer Alberto, que tenía exactamente la misma participación que sus primos en los sustanciosos negocios familiares, decidió abandonar España  e instalarse en Francia, donde vivía en un molino lujosamente arreglado a orillas de un afluente de la Dordogne. Desde ahí, y acompañado por Ivette, una tragasables escapada de un circo ruso con la que había encontrado la felicidad, siguió incrementando su fortuna y disfrutando de la vida. Ivette reunía la triple habilidad de resolver los sudoku, dominar todas las posturas del Kamasutra y cocinar la ratatouille como nadie, y junto a ella el tercer Alberto controlaba sus inversiones, navegaba a vela,  pescaba barbos y carpas y era feliz sin echar de menos a sus homónimos

-¿Ya tienes más que ellos?- le preguntaba de vez en cuando  la tragasables mientras le besaba el cuello con pasión moscovita.

-Lo voy a tener- respondió un día apretando las mandíbulas para subrayar con el gesto su firmeza.

La cosa es que al tercer Alberto, harto de todo lo que se puede tener cuando se es inmensamente rico y es difícil destacar sobre sus iguales, no se le ocurrió más que hacerse la cirugía estética más audaz y escandalosa.

-Arréglemelo. Quiero algo especial- dijo abriéndose la camisa y mostrando el pecho al especialista que estiraba a todos los galanes de Hollywood .

-¿Quiere que le reafirmemos los pectorales? –preguntó el cirujano.

-No. Quiero que me ponga tetas.

-¿Cómo? –titubeaba el galeno- ¿Quiere que aumentemos el volumen  de sus pectorales?…¿Lo que llamamos un pecholobo Schwarzeneger?…

-No-cortó con malos modos el tercer Alberto mientras ponía ante los ojos del cirujano un cheque en blanco con su  firma- No quiero fortalecer mi pecho: quiero tetas.

El cirujano cogió el cheque con su mano temblorosa y se sentó visiblemente confundido.

-Toda  mi vida he estado aguantando esta palabra  porque en mi familia no era correcto decirla-le explicaba el tercer Alberto mientras gesticulaba ostentosamente- Pero ahora que las tetas nos invaden y hasta las ministras hablan de ellas, deseo tener más que mis primos los Albertos. Ellos sólo tienen tetillas. Pues bien, yo quiero tener tetas, sí. Tetas grandes, turgentes, zeppelines exuberantes, como los de las películas de Russ Meyer

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Dicen que, pagando, san Pedro canta. El cirujano se esmeró y logró que el tercer Alberto exhibiéndose top-less dejara en nada la ya gastada  imagen de sus primos.

También dicen que en el Club Náutico de Palma, y una vez que las barbas reales no daban más de sí, no  se escuchó otro comentario que la aparición de este insólito personaje del que no se sabía nada hasta entonces.

El caso es que el tercer Alberto no sólo tenía ya más que sus primos. Sino que aún acumularía muchísimo más cuando los programas de televisión y las grandes estrellas del periodismo nacional –incluída Mercedes Milá- se disputaran su presencia. Y sería esta una presencia notable y singularísima, algo asombroso que en verdad enorgullecería a un país culto y refinado como España, y que vendría a engrandecer  aún más a una saga de por sí tan digna de admiración  como la de los famosísimos Albertos.

De la condenada manía de cambiar lo que funciona

Esas webs que cambian de cara como Lon Chaney Jr....

Esas webs que cambian de cara como Lon Chaney Jr....

Pedro Chaney es un amigo de Homper de presencia variable. En realidad se llama Pedro Fernández de la Estaca, pero decidió cambiar de nombre por asimilarse aún más a Lon Chaney, un actor que se hizo famoso en el Hollywood por sus sucesivas mutaciones en personajes míticos como El fantasma de la ópera o El hombre lobo. Ya en el declive de su carrera, Lon Chaney Jr. -buena costumbre anglosajona la de posponer el junior para distinguir a los hijos de padres con igual nombre- protagonizó El hombre de las mil caras. La película impresionó tanto a Pedrito Fernández de la Estaca, que se propuso emular la suerte de este mítico actor. Años después, después de hacerse millonario como broker del petróleo emprendió una carrera desenfrenada hacia el cambio continuo, que es lo que la mayoría interpreta como síntoma de vitalidad, imaginación y, al cabo, felicidad. Cambiaba todos los años de coche, de residencia, de barco, de avión, de mujer, de amigos y, una vez que le cogió el gusto a la travesura, también de cirugía facial.

En la órbita en la que se movía, Pedro Chaney se topó con el inconveniente de que las mujeres con las que flirteaba eran en su mayoría adictas al tuneado, de tal manera que, entre uno y otras, el paso de los años le empezaron a provocar trastornos en su personalidad. Veía fotos suyas con sus sucesivas parejas y no recordaba ya quiénes eran los personajes que se filtraban en su album. Su psiquiatra le aconsejó entonces que pusiera freno a su peligrosa adicción transformista. Pedro pagó entonces al mejor cirujano facial del mundo y le pidió que le transformara su cara en la de Jack Nicholson, que le parecía un buen prototipo para su edad. Y, con esas presencia, se enamoró entonces de Josefina, una mujer tan estable que llevaba treinta años de directora financiera de una compañía eléctrica y no había cambiado ni de corte de pelo. Josefina era guapa, pero discreta y modosa. Tanto, que aún llevaba rebeca, ponía espumillón en su árbol de Navidad y conservaba un Golf de primera generación que pasaba, año tras año, la ITV. Pedro le reveló entonces su verdadero nombre.

-No me llamo Pedro Chaney, sino Pedro Fernández de la Estaca. Es un apellido menos bonito, pero más fiable.

Tras la boda, cambiaron las costumbres de Pedro. Nunca había sido casero, porque ni llegaba a tomarle las medidas a sus residencias. Pero, convertido en un hombre tranquilo y sedentario, incluso con la barriguita que ya forma parte de la personalidad de Nicholson, decidió arrostrar el  peligro de aficionarse a la informática. A su edad le costó un horror aprender lo básico. Y varios horrores más moverse en ese mundo proceloso que llamaban Internet. No obstante se hizo adicto a Fósiles Digest una web dedicada a difundir algo tan poco mutable como los fósiles, que, como todo el mundo sabe, no cambian nada. Casualmente, la editorial de esta web renovó su equipo, y, por esos caprichos del destino, le hizo una oferta tan tentadora a Josefina que ésta dejó su trabajo de toda la vida y se incorporó a Fósiles Edition Company. La primera decisión del nuevo comité de dirección fue, naturalmente, renovar el diseño corporativo de la compañía y, cómo no, el de su página web. Pedro, que ya había sufrido los cambios de otras webs que ya creía dominadas como auténticos mazazos,  salió de su casa desesperado y, saltándose todos los controles que hoy protegen a cualquier ejecutivo de prestigio, se plantó en el despacho de Josefina.

-¿Por qué has cambiado el diseño de la web?….¿Por qué me quieres volver loco, si ya había decidido no cambiar nada en mi vida?…

Josefina continuó leyendo el informe que tenía entre manos.

-Pedro-dijo sin inmutarse- Renovarse o morir.

Fósiles Digest se renovó a fondo. Pero al amigo de Homper le mataron el propósito de ser él mismo. Eso sí, murió con la prestancia de Jack Nicholson..

El retorcido colmillo de Woody Allen

Más vale caer en gracia que ser gracioso, comentó Homper cuando vio Vicky Cristina Barcelona, esa película con título de telegrama que Woody Allen ha dedicado a sus ciudades españolas favoritas. Podía haber añadido a Oviedo, que también asoma en el filme, pero quizás las autoridades del Principado no han sido tan pródigas como las catalanas. El cine ha descubierto el mismo chollo que los organizadores de la Vuelta Ciclista a España. Los directores pueden idear un plan de rodaje y subastar luego sus exteriores: ya habrá un munícipe o un presidente autonómico naíf que ceda al glamour de Hollywood y afloje la mosca para apuntarse el tanto de mecenas de las artes y rey del marketing turístico. La mosca, por cierto, cayó esta vez en un pastel gracioso, ma non troppo, especialmente para los que querían aprovechar que el Pisuerga pasa por Barcelona y vender al mundo entero el mensaje nacionalista catalán. En principio, el capricho de Allen parecía un regalo. Pero o los productores progres y filocatalanistas -por ahí aparece Roures, el mismo que con Mediapro y la Sexta le ha birlado el novio al grupo Prisa- no se leyeron el guión o el bueno de Woody tiene más mala leche que la que apunta sus visajes de gnomo despistado. Suerte que aquí ha caído en gracia.

Porque la polémica comedieta de Allen-Bardem-Penélope-Scarlett, todos venden lo suyo, es un regalo envenenado. La crítica adversa (casualmente capitaneada por El País) habla de colección de postales turísticas sin el talento y la profundidad de otras entregas del prolífico cineasta, y algo de razón tiene. Sin embargo no se regodea en lo más hilarante de la película, que es el supuesto Master en Identidad Catalana que una de las guapas protagonistas quiere obtener en la ciudad condal. Y eso…-pregunta alguien- ¿para qué sirve? Ese es el momento en el que el público se ríe más.

Homper es un admirador incondicional de Woody Allen. Le considera, quizá, el talento más preclaro del cine actual. Es un tipo inteligente, curioso, sutil, mordaz como el vitriolo y de una amoralidad tan divertida que te pervierte con un caramelo de anís. En esta comedia presenta el menage á trois, lesbianismo incluído, como si se tratara de una inocente partida de tres en raya, e ironiza a modo con el camelo como componente esencial del arte contemporáneo. La neurosis, las contradicciones y el disloque de los personajes son los habituales en sus historias, pero da la sensación que esta vez su afán de cachondeo va más lejos. Homper es hoy más Hombre Perplejo que nunca…¿Cómo no se habrán dado cuenta los productores de que el genio se descojona de los delirios catalanistas?

Unos días después de ver la película, una amiga le dijo a Homper que cada día se parece más a Woody Allen. Quizás en las gafas, en el tipo de alopecia, en los gestos de las manos y en la capacidad de pasar del culo a las témporas o de la gimnasia a la magnesia en sólo cuarenta y ocho fotogramas. Pero Homper envidia ese talento para disfrazar la caricatura despiadada con sonrisas. Y otra cosa más: los estupendos pantalones que siempre viste este jaimito, con cintura alta, pinzas y caja holgada, como mandan los cánones clásicos. ¿Dónde los encuentra? Pongan los títulos de crédito en times, por blanco sobre fondo negro, escuchen idealmente una rancia canción de Al Jolson con cuarteto de jazz al fondo y, colorín colorado, este nuevo post sobre Woody Allen se ha acabado.

El Caballero Oscuro y el caso de las patatas podridas

(Foto de GuilleDes)

A mitad de proyección de El caballero oscuro, la última entrega cinematográfica de Batman, aquel tipo que siempre soñó ser guionista estaba ya aburrido. E incluso un pelín indignado.

Y no sin razón. Como muchas de las películas que antes se llamaban de acción y mucho antes de aventuras, los guionistas de esta película se separan de la simplicidad del comic original para enredar y enredar y justificar con una trama incomprensible y desmesurada el despliegue de explosiones, violencia y efectos especiales. El lío es tal que, aún suponiendo que el hombre murciélago es el héroe y Joker el villano, no estaba seguro de quienes eran los buenos y los malos. Se ve que Christopher Nolan y su hermano Jonathan tienen mala conciencia por haber inventado tanto fuego de artificio, y se largan una pretenciosa alegoría. Ya se sabe, el héroe fatigado y oscuro, el villano payaso, la ley ambigua. Qué falta de modestia la de los nuevos factotum de Hollywood. Con lo que agradecíamos la claridad del maniqueísmo en las películas de tiros.

Así que el espectador que soñó ser guionista desistió de entender aquel disparate e imaginó entretanto que él podría hacer una película mucho más interesante con sus propias vivencias. Éstas no eran tan espectaculares, pero sí más intrigantes. Ocurría que desde hacía unos días, cada vez que entraba en su casa percibía un extraño olor, nada grato desde luego. Al principio no le dio importancia. Lo había localizado en la cocina. Pensó que podría provenir del envase de un pescado congelado, que tal vez retuviera restos del mismo. Así que aunque apenas estaba llena la bolsa de basura amarilla, la cerró cuidadosamente la bajó a la calle y la depositó en el contenedor correspondiente.

A la mañana siguiente percibió que el desagradable olor persistía. Algo se habrá impregnado en el suelo-pensó. Vació dos tapones de amoníaco perfumado en el cubo y lo repasó furiosamente con la fregona. Un cierto aroma de química amable sustituyó por unas horas a los vapores mefíticos que ya invadían sus fosas nasales. Al atardecer, sin embargo, el inquietante olor había reaparecido.

Desesperado, vació el frigorífico y lo limpió a fondo. Siguió después con los muebles de cocina. No halló indicio alguno de putrefacción. Se arrodilló y acercó sus narices a la rejilla de ventilación del gas, que quedaba a la altura de sus rodillas. La fuente del hedor parecía más cercana. La rejilla daba al patio. Frente a ella se abría la ventana del dormitorio de Paco, el chino del la tienda de alimentación de la planta baja. Paco había adoptado ese nombre para hacerse más simpático a la comunidad, pero él y nuestro protagonista se odiaban desde que éste, como presidente de la misma, denunció las molestias producidas por las violentas reuniones que mantenía a menudo con otros chinos, amen de sus retrasos en el pago de las cuotas y otras irregularidades. Te matalé si das pol culo-se había atrevido a amenazarle.

Nuestro amigo el guionista frustrado advirtió que la ventana de Paco estaba semiabierta, y con la persiana bajada hasta diez centímetros del alféizar. ¿Qué puede guardar este cabrito ahí -pensó- para que huela tan mal? La realidad es que la tienda de Paco no abría desde hacía tres días. Según Conchita, la única que permanecía en Madrid aquel mes de agosto, se había ido de viaje. Tienes suerte, tu enemigo a lo mejor no vuelve…-le bromeó en el ascensor. Hasta aquella inocente funcionaria de Fomento era consciente de las tensiones entre ambos. Nuestro hombre sonrió sin poder disimular un fondo de preocupación.

Para evadirse, decidió ir al cine a ver la última película de Batman. Pero lo farragoso de la trama y la obsesión del cierto olor a podrido le apartaron de la película. Volvió a casa y al abrir la puerta una tufarada hedionda le azotó la cara. Desesperado, entró en la cocina, miró la ventana de Paco, se arrodilló de nuevo ante la rejilla y entonces, sólo entonces, se apercibió de que quedaba por revisar el cajón inferior del carrito auxiliar donde guardaba las patatas. Estaba al lado de la rejilla, pero no lo había abierto porque jamás había pensado que una patata pudiera degenerar tanto. Cuando lo hizo, tuvo que taparse las narices. En medio de una nube de bichitos, tres patatas blandurrias y medio desechas emanaban un líquido negro asqueroso del que brotaba el olor pestilente. Se puso unos guantes de plástico, tomó el cuerpo del delito, lo envolvió en una bolsa , metió ésta en un saco de basura que anudó cuidadosamente, extrajo el cajón, lo lavó con amoníaco, lo puso a secar sobre el fregadero y bajó a la calle a depositar en el contenedor los restos nauseabundos de las puñeteras patatas. Libre ya de la pesadilla, aprovechó la luna para darse un paseo y relajar sus nervios.

Pero al regresar a casa y abrirse las puertas del ascensor vio un cuadro inquietante. Por la puerta del piso del chino Paco salían un par de camilleros con mascarilla que transportaban un saco de plástico. Evidentemente, contenía unos restos humanos. Dos policías de uniforme, dos hombres más y Conchita, con la mirada extraviada por el horror y las narices tapadas, completaban el cuadro.

-¡Qué barbaridad!-se apresuró a disculparse el guionista frustrado- Y pensar que yo creía que las culpables del mal olor eran esas patatas podridas que acabo de dejar la basura…

Los dos funcionarios intercambiaron miradas. El forense comentó que jamás había oído que ese olor fuera más repugnante que el de un cadáver.

-¿Es usted el presidente de la comunidad? -le preguntó el otro, que se presentó como juez de guardia.

Nuestro hombre asintió. Y mecánicamente se puso a pensar después cómo un buen guionista podría librarle de la sombra de la sospecha que ya le empezaba a rondar.

Condenados a soportar al Hombre-Mierda

(Foto de Steve_Way)

El señor Jenaro Balanzategui había salido a la calle a sacar dinero del cajero automático. Cuando hubo retirado la tarjeta y sus doscientos euros notó a sus espaldas una pestilencia insoportable. Volvió la cabeza y vio un molde con rasgos y movimientos humanos encubriendo un montón de materia orgánica putrefacta.

-Qué asquerosidad-pensó tapándose las narices-Debo de estar en una de esas películas que tanto le gustan a mis nietos.

De Matrix a esta parte don Jenaro comprendía que una de las claves del cine que gusta a los jóvenes de hoy es que no hay que comprender nada. La costura de estas películas es en buena parte el absurdo, de manera que en un mismo filme pasan de la realidad a la ficción y nadie demanda un hilván de lógica. En la última a la que le llevaron mezclaban a La Masa con el Hombre-Arena, y aún creía que aparecían por ahí un Hombre-Fuego, Spiderman y la mitad del elenco de superhombres de Hollywood. Don Jenaro se permitió insinuar alguna vez a sus nietos que, puestos a rizar el rizo, los guionistas de Hollywood podían añadir a la merdée algún héroe de su época, como el Guerrero del Antifaz o Roy Rogers. Pero eran malos tiempos no sólo para la lírica, sino también para la épica. En la era de la provocación, lo que procedía era enriquecer esa merdée lanzando precisamente a la fama al Hombre-Mierda. Y ese era justamente el personaje que se había colado en su guión del día.

Aún no repuesto del susto, se dirigió a la confitería. Al entrar en ella notó que no le llegaba el delicioso aroma de crema pastelera, como era habitual. Y la respuesta se la dio una clienta que abanicaba a Loli, su dependienta favorita, que yacía desmayada en el suelo.

-¡Qué espanto!-le explicaba la señora- Ha venido por aquí el Hombre-Mierda y no ha podido soportarlo.

A lo largo del día corrió la voz de que este personaje había sido visto haciendo lo que muchos otros ciudadanos. A una hora leía el periódico en el Bulevar. Luego tomaba el sol en la playa. Poco después se le veía de poteo en el Barrio Viejo. Jenaro estaba escandalizado, pero después de comentarlo con varios de los conocidos con los que se cruzó en la calle, había llegado a la misma penosa conclusión.

-¿Y qué hacemos, si no contábamos con que la especie humana derivara en tanta mierda?

Con ese desasosiego y la bandeja de pastelillos para su señora regresó a su casa. Se disponía a pulsar el botón del ascensor cuando alguien abrió la puerta y se coló. El hedor que le había perseguido en su paseo mañanero se hizo aún más insoportable.

-Soy el nuevo vecino del tercero -se presentó aquélla hez en forma de hombre-Mi profesión es terrorista excarcelado, y soy responsable de haber matado a veinticinco personas. Así que si me necesita para alguna vileza, fechoría o canallada, ya sabe donde me tiene.

Jenaro Balanzategui recordó entonces que su apellido derivaba del símbolo de la justicia, y que su abuelo había sido magistrado. Errare humanum est -le decía cuando alguien criticaba los errores de los tribunales. Y él lo confirmaba ahora.

Cuando, con mano temblorosa, giró el llavín para entra en su casa, pensaba en voz alta.

-La sentencia que condenó a este vecino estaba mal redactada. Lo suyo es que hubiera dicho: condenamos al reo a veinte años de cárcel. Y otrossí condenamos a sus vecinos y conciudanos a soportar a ese hombre-mierda por el resto de su vida.

El genio de la lámpara del hotel

Soñaba con llegar tan alto como Philipe Starck. Y no iba por mal camino.

  Sus diseños epataban al burgués, al gentilhombre y a los parvenues. Había conseguido introducir en algún museo su Teberbiquí, diseño de una tetera caracterizada por verter a través de un pitorro espiroidal de singular originalidad.

  Le llovían los proyectos, y no paraba de trabajar. Después de haber dirigido la arquitectura interior de un hotel de gran lujo en Dubai y del  proyecto de cuarto de baño de una actriz de Hollywood en el que el bidé, en lugar de forma de guitarra, más parecía un laúd, se había convertido definitivamente en el decorador de moda. Diseñaba los urinarios masculinos en forma de fagot incrustado en la pared. Son más ergonómicos -explicaba- porque se ajustan perfectamente a la anatomía del cuerpo masculino. Ya iba por el quincuagésimo cuarto proyecto de decoración de  hotel que salía de su flamante estudio.

 Pero trabajaba tanto que no tenía ni tiempo para leer.

  Por eso, la noche en que, harto de ver revistas de decoración, supervisar memorias y repasar presupuestos se tendió en la cama con un libro, se llevó una sorpresa. Había comprado en el aeropuerto uno de esos falsos manuales de autoayuda que las editoriales lanzan con tanto desparpajo como dudoso sentido del humor: Cómo vender tu moto aunque no tengas puta idea de montar en bicicleta. Y al abrirlo, comprobó que el haz de luz que arrojaba la lámpara de cabecera  apenas alcanzaba a alumbrar el vaso de agua de la mesilla de noche. Las páginas del libro quedaban en penumbra.

 Apagó la luz desesperado,  mientras se preguntaba quién sería el berzotas que había ideado la decoración de aquel hotel. Hasta que recordó que era un proyecto suyo.

 Entonces  pudo conciliar el sueño, convencido de que  al fin era en verdad un genio del diseño.

¿Por qué matamos lo cursi?

(Foto de Leopoldo 2006)

Apareció en el estudio Juan Adriaenssens con una bolsa cargada de regalos de Navidad, sacó un diminuto paquete y se lo entregó al Duende. Esto no es para ti -advirtió- sino para doña  María. Dentro había un diminuto reloj de mesilla de noche  incrustado en un  caballito balancín paticorto  hecho de acero, y con las crines, la cola, y los bastidores sobredorados. A doña María le emocionó, y el Duende lo mira todas las mañanas al despertar. En otro tiempo, lo hubiera adjetivado como una preciosidad, ahora quizás no llegue tanto, porque le daría vergüenza.

  Juan es un polemista vehemente, culto, refinado y borde o encantador, según le peta. Puede pasar del lirismo más delicado a la furia Zeus tonante en segundos. En sus gustos estéticos no es menos hiperbólico. Levita ante un Cristo de Berruguete a pesar de ser ateo convicto, y a continuación  eleva a la categoría de novena maravilla del mundo a La Cúpula, un centro comercial al norte de Madrid con columnas de lapislázuli y arabescoss que, según los que lo conocen, parece la orgía arquitectónica de un maharajá enloquecido. La apoteosis del kitsch. Pero para Juan hay tanta belleza en la austeridad del románico o en el minimalismo posmoderno como en el manierismo de lo que se conoce como lo cursi.

 Juan Adriaenssens regalaba a doña María, pero en realidad mataba dos pájaros de un tiro. Pues aunque el Duende ha depurado sus gustos, suele perderse a menudo en los bazares chinos y extasiarse  en su galería de lindezas inenarrables. Aquí, encerrada en una urna de cristal, una virgen iridiscente en una gruta de la que manan chorritos de agua que, traspasados por un haz de luz, componen una cortina celestial. Allá, lo que parece un canario disecado sobre un pedestal que, con sólo apretar un botón, cobra vida y embriaga con sus trinos. En el estante de al lado, una carroza de porcelana que en realidad es una sopera palaciega. Todo aviva el rescoldo de lo que, a primera vista, nos parecía bonito y de buen gusto. Luego vino la educación y nos lo borró del código de valores. Aunque hasta Jacinto Benavente escribió de lo cursi, esto quedó desde hace tiempo para horteras y gente inculta.

 Y en eso estábamos cuando despertó el Duende y vio a Dorothy Malone besándose a tornillo con Kirk Douglas en El último atardecer, un western maravilloso de los muchos que pasan en la sobremesa de Telemadrid.  Excelente programación para esas horas, lástima que le quieran robarle la siesta a uno. La Malone, con sus espléndidos  ajos azulísimos, era, con excepción de Kim Novak, quizás la más cursi de las rubias de la época dorada de Hollywood. Sólo verla se  adivinaba a su alrededor la fragancia empalagosa de un pachulí que embelesaba y hacía aún más irresistible su encanto ligeramente perverso. Siempre  estuvo impecable en sus papeles, especialmente en esta película y en Escrito sobre el viento, de Douglas Sirk, uno de esos melodramas que los cinéfilos consideran de culto.

 Aún frotándose los ojos, el Duende quedó estupefacto contemplando el beso de Dorothy Malone, odió a Kirk Douglas y se preguntó por qué la moda ha orillado tan estúpidamente el innato gusto por lo cursi que todos llevamos dentro. Con lo bonitas que son las cosas bonitas…

 

Alex Hitchcock y el encanto de las matemáticas

Los crimenes de OxfordEl cine español pierde espectadores. Pero el Duende no cree que sus cineastas desmerezcan de las primeras figuras de Hollywood. Hace muchos años incluso las obras maestras como El verdugo o Bienvenido Mr.Marshall exhalaban ese tufillo especial e inconfundible de la producción nacional. Pero películas como Los otros, o Alatriste  dan otra medida de nuestro cine. Ya no es el costumbrismo lo que alimenta a estas estupendas películas, sino su excelente factura. Esa generosidad en la producción y esa destreza técnica que hizo grande -y casi insuperable- al cine americano de otras décadas.

El último ejemplo -no puede hablar el Duende de El orfanato, porque no la ha visto- es Los crímenes de Oxford, de Alex de la Iglesia, una hábil mezcla de suspense, filosofía, y matemática que exhala el perfume de una buena película de Hitchcock. Hasta su magnífica banda de sonido, firmada por un tal Roque Baños, recuerda a ratos la que compuso Bernard Hermann para Psicosis. Aunque ni siquiera el maestro fuera capaz de filmar un travelling tan espectacular como el que asombra en el primer tramo del film. (Más largo, creo, y bastante más complicado que el que abre Sed de mal, nada menos que de Orson Welles).  Sólo empalaga por exceso de retórica, que se hace aún más evidente por el abuso de primeros planos y largos parlamentos. Por lo demás, es entretenida, interesante e inteligente. Tan inteligente que nos pone en un brete a los que, como el Duende que suscribe, se estrelló siempre contra las matemáticas.

Aún no tiene claro éste si acabó entendiendo el teorema de Pitágoras. Ni el de Tales. Hace poco se quedó pasmado de que fuera noticia mundial que dos científicos chinos habían resuelto la llamada conjetura de Poincaré. Nada menos que un siglo y tres años tardó en resolverse la incógnita. Guiado de su buena voluntad, leyó con atención las explicaciones más didácticas de estos dos genios, pero no entendió una palabra. Lo cual demuestra que no todos los cerebros están igualmente equipados. El Duende procesa con facilidad las materias llamadas humanísticas, pero no entiende una palabra de las ciencias exactas.

Y le hubiera encantado: dicen que tras la música, como tras la filosofía, asoma la matemática. Si el Duende supiera algo de esta ciencia incluso entendería la astronomía, algo que le apasionaría. En sus grado más alto, hay quien apunta que la matemática también destila poesía pura. Ya lo decía en el siglo XIX el poeta Joaquín María Bartrina:

¡Y aún dirán de la ciencia que es prosaica!

¿Hay nada, vive Dios,

bello como la fórmula algebraica

S=PI R2?

Tenía sentido del humor el poeta catalán. Como Alex de la Iglesia, que enfrenta al protagonista con una Leonor Waitling maciza y explosiva y pretende que nos creamos que las matemáticas le interesan más.

 Pero es el cine, claro. Que si fuera como la vida misma, sería tan aburrido como al ignorante Duende le parecía aquella odiosa asignatura que siempre suspendía. 


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