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El fútbol y el Jaimito que llevamos dentro

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Homper lee los periódicos del día y medita sobre el narcisismo. El falso espejo que nos fabrican para que no dudemos de que somos la especie superior, los reyes de la creación, los guays del Paraguay, como nos decían los políticos antes de que llamarnos abusones y manirrotos. El hombre tiene derecho….Además de las utopías que agavilla la Declaración Universal de los Derechos Humanos, a esta se le olvidó añadir: derecho a a ser un poco bárbaro, bastante grosero, extraordinariamente mal educado.

Resumiendo: derecho a comportarse como un ultra en los campos de fútbol.

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Ya le sorprendió al Hombre Perplejo la primera vez que le llevaron de niño al Estadio Santiago Bernabéu, que entonces aún era Estadio de Chamartín. Subía por unas escaleras hacia las gradas cuando vio un cartel sospechoso que decía: VOMITORIO,

-Qué asco –pensó recordando ese olor agrio y nauseabundo de sus vomitonas infantiles.

Luego miraría en el diccionario que tal palabra, en los estadios o en los anfiteatros romanos, definía a la abertura que facilita el acceso a las localidades. El vomitorio vomitaría gente, hacia dentro o hacia fuera. Aunque, visto lo visto, ahora Homper piensa que no, que pusieron vomitorio para que el público pasara por allí para desahogarse, para echar regüeldos, eructos, insultos, frustraciones malsonantes. O sea, para vomitar lo peor de la naturaleza humana.

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Pero no se atreven a decir nada a los vomitones Al pueblo se le exprime y se le cruje, se le exige sacrificios y a menudo se le ignora. Pero…¡ah, la educación!…¿Quién se va a detener a educarle, con lo pesado que es eso? ¿Y a regañarle?…¿Cómo se le va a pedir que, encima, guarde las formas?

-Nada, hombre…Usted vaya al fútbol y saque la bestia que lleva dentro, que no va a pasar nada.

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Así que al final se quedan cortos los vomitorios. Y además de este, habrá que poner en los estadios Cagatorios, Meatorios y hasta Tocatorios de Cojones. El fútbol es u deporte que le gusta a mucha gente, entre otros al propio Homper, que no se pierde u partido interesante. Pero además se ha convertido en el opio no del pueblo, sino de todos, hasta de los que gobiernan, de los que hacen las leyes y de los que las interpretan. El fútbol es la suprema razón de estado, que tiene que contemplar impávido como este deporte, tan bonito y apasionante, sea la rendija por la que permitimos que salga el impresentable que llevamos dentro.

-Es sólo un deporte –han dicho las autoridades ante el jaleo que, por fas o por nefas, iba a traer la final de la Copa del Rey- Y debe ser una fiesta.

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Homper se pasma de que, si es por el fútbol, se pueda insultar, blasfemar, ofender, y aparcar delante de los garajes. Qué le pasa a uno cuando le da un infarto en su casa a la hora del partido y no puede sacar su coche para ir al hospital. ¿Le mandan una ambulancia volando?. Por el fútbol se cierran calles y plazas, y se permite al personal invadir los espacios públicos, ensuciar la ciudad, emborracharse, orinar y defecar en las calles, vomitar, romper cascos de vidrio contra las aceras, mutilar estatuas y, en definitiva, comportarse como un salvaje con toda impunidad. Qué cinismo oficial. Y como el negocio es el negocio, todos, desde el pueblo desahogado, a políticos y líderes de comunicación, haciendo la vista gorda.

Quién se atreverá a proclamar que lo inevitable no es lo deseable. O a modificar las Declaración de los Derechos Humanos para consagrar el derecho de cada quisque a liberar al Jaimito mal educado y un poquito bestia que nos habita. El fútbol, razón de estado.

Un feliz despertar

Cuando se metió en la cama Homper no estaba seguro de poder conciliar el sueño. Su  sensibilidad social le torturaba, y las brumas nublaban su conciencia. Las últimas noticias no eran para menos: céntimo sanitario, euro por receta, rebajas en el sueldo de los trabajadores en baja, subida del IVA, impuestos especiales sobre tabaco y alcohol. Y lo último: un impuesto extraordinario sobre el uso de las autovías.

No fue el mejor de sus sueños, pero podría haber sido peor. Mientras dormía, podría haberse infiltrado por la rejilla del gas un agente confiscador  secreto para entrar silenciosamente en su dormitorio y ejecutar el último sacrificio que exigía el dichoso déficit.

-¡Jó, qué suerte tengo!- exclamó sorprendido cuando, nada más despertar, se incorporó de la cama dispuesto a levantarse y miró al suelo antes de pisarlo.

 Afortunadamente, la alfombrilla de pie de cama todavía estaba ahí.

El elefante

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Apenas se despierta Homper comprueba algo que le impone la estupefacción nuestra de cada día. Ahora resulta que, a su edad es un inmaduro, un frívolo y  un aprovechategui. Según algunos líderes de opinión de los que parlotean por la radio, el pueblo no debe  confundir las churras con las merinas, y cometer la ligereza de utilizar la cadera real rota para socavar a las instituciones, o sea, la Corona. Homper se considera parte del pueblo, y la presunción casi le ofende.

Así que una vez peinadas las greñas del bien dormir y tapadas las arrugas de su pijama con un batín que parece heredado de David Niven, o sea, una vez presentable, se pone firme ante el espejo, inclina respetuosamente la cabeza y reafirma su acatamiento al orden establecido.

-Dios salve al Rey –proclama- Y, a ser posible, le aficione al ajedrez.

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¿Han asesinado a Dumbo? ¿Han resucitado a la República setenta y cinco años después de su nacimiento? ¿Hemos descubierto los españoles al Robespierre que latía dentro de nuestros corazones?

Otra cuestión: ¿son las redes sociales y los periódicos digitales la voz más autorizada que hay que tener en cuenta?

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Dicho lo cual, considera Homper que lo cortés no debe quitar lo valiente. Y que admirando al Rey Juan Carlos porque parecía muy torpe y resultó bastante listo en el momento más decisivo de nuestra vida política, y creyendo firmemente que ha sido, quizás es, y aún podría ser el jefe de Estado más útil y menos costoso que nos inventemos, se atreve a decir que con la edad el monarca, como quizás nos pase a todos,  está hasta los mismísimos de casi todo: de la crisis, de su familia, de sus aburridísimas –por muy bien pagadas que sean- obligaciones, de los políticos, de la prensa, de sus inacabables alifafes y de la coña marinera en que últimamente se ha convertido su casa.

Y de vez en cuando, hastiado y pasota, pierde hasta los papeles más importantes.

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Alguien tendrá que recordarle, como si fuera un niño, Señor, eso no se hace, eso no se dice, eso no se toca. Alguien podría sugerirle que hay otras formas de divertirse menos comprometidas que liquidar al representante del reino animal más querido, y que hay otras vidas incluso más apasionantes que las de los ricos. Si el Rey pierde a veces los papeles, alguien de responsabilidad tiene que recogérselos y ponérselos en orden. Porque la Monarquía tiene que ser una solución, no otro problema más.

El pueblo es –somos-  muy simple. Y de la misma manera que no entenderá los recortes hasta que éstos empiecen a dar frutos, tampoco entiende que matar un elefante sea lo mejor que se puede hacer en este momento para aliviar los males de la patria.

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Por lo demás, Homper prefiere recordar a Dumbo, a la vieja elefanta de la Casa de Fieras del Retiro, al venerable artista de tantos circos, al elefante de aquel papel higiénico que parecía papel Kraft, qué valor limpiarse el culete con esa lija disimulada, o al estupendo Coronel de El libro de la selva. Fueron los elefantes de su vida. Lo siente mucho por ese otro abatido en Botswana, como por todos los que caen víctimas de la vanidad superlativa de los cazadores de elite, pero no quería ser vecindona murmuradora y cruel y contribuir con sus críticas a la demagogia.

Es más, Homper intentará hacer caso de los gurúes de la meditación trascendente y, mientras no capee el temporal, no volverá a pensar más en elefantes.

Yo soy dos tontos

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Yo era madrileño, y lo que he visto me ha hecho doblemente madrileño –piensa Homper mientras se afeita ante el espejo-Nacido en Madrid y hecho mayorcito en la comunidad autónoma de Madrid.

No sabía muy bien para qué había que ser de la autonomía de Madrid. A los de Madrid casi nos daba igual ser de Madrid que de Albacete. Aparte de los castizos de salón, pocos alardean de la condición de nacidos en el foro. Las más de las veces se nace en Madrid  porque hay que nacer en algún sitio, y aquí dejan nacer a cualquiera. Luego se vive, se pasea en primavera o en otoño por el Retiro o por los jardines de Aranjuez y hasta se le coge gusto a la ciudad y a la provincia.

Pero vino la fiebre autonomista, aquello de culo veo, culo quiero, y mariquita el último y hale, a inventarse una comunidad autónoma, una nueva bandera roja con estrellitas blancas, un himno que no conoce nadie y a sacar pecho. Además del Madrid de Carlos III, de Mesonero Romanos, de Chueca, de Arniches y de Gómez de la Serna, ahora teníamos el membrete de madrileños autonómicos. Jó qué gustirrinín, ¿no?

Aunque luego hablé con amigos que además de murcianos eran murcianos, otros que además de asturianos pasaban a ser ciudadanos del principado de Asturias, canarios duplicados por su autonomía y logroñeses que se sentían a gusto como tales, aunque ahora fueran riojanos, y me dijeron que no era para tanto.

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Ya se sospechaba que un gobierno central más diecisiete gobiernos autonómicos más diputaciones y ayuntamientos eran mucho mantel para tan poca merienda. No era cosa de hacer arqueología con el espíritu de Isabel y Fernando, ni nostalgia imperial del haz y las flechas, pero algunos se preguntaban si por aquello de las economías de escala no hubiera resultado más práctico seguir administrando los servicios esenciales de la comunidad nacional desde el estado central.

Ahora viene Esperanza Aguirre y reconoce una verdad palmaria: el estado de las autonomías se inventó para reconducir a los nacionalismos históricos e intentar mantener a Cataluña, País Vasco y Galicia en buena armonía dentro del estado español. No ha servido para eso. Item más: alguien decidió que café para todos y ahora, además de cornudos,  los gobiernos autonómicos nos han dejado arruinados.

-Se veía de venir- dice Homper emulando al pueblo soberano- Como lo de una Unión Europea alegre y confiada, que derrama el cuerno de la abundancia sobre los pigs y no marcó desde el principio las normas de control sobre la economía de sus  miembros. Como el despelote de la banca, como la dictadura de los mercados…¿Pero no están para esas cosas los que dicen saber? ¿No se preparan para eso los  políticos? ¿O es que no se leen los papeles antes de ser elegidos por los que no sabemos de esas cosas?

Y recapitula el Hombre Perplejo: yo era español y ahora soy europeo, español, madrileño, doblemente madrileño y engañado.  O, como escribió Alberti en uno de sus poemas gamberros, Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos.

 

Naderías curiosas (1)

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Uno nunca tiene claro cuál es la misión de un blog. La misión de su propio cuaderno de bitácora. A veces cree que ventilar intimidades en él es grosero, poco elegante, facilón. Otras veces piensa que eso humaniza su escritura. Cuando el bloguero no cree que su doctrina sea capaz de convencer, se refugia en el relativismo de su pensamiento. Malos tiempos para dudar. La escapatoria  que tiene más a mano es en ese caso contar su experiencia de funámbulo, de transformista, de camaleón. El bloguero entonces acaba comprendiendo lo que fue su vida: se dio a conocer como Lon Chaney de la radio porque en realidad no sabía con qué cara quedarse. Quería quedarse con todas y con ninguna al mismo tiempo.

El caso es que como no sabe pontificar sobre los grandes problemas de la patria y, más aún, del alma, se refugia en las naderías. Nadería es una palabra percha llena de encanto. Un helado es una nadería. Una sonrisa amable de una guardia municipal a la que uno le pregunta por una calle y que sabe responder amablemente es otra nadería Un árbol florecido de primavera, como se ven ahora tantos es los parques de Madrid es una nadería. Un pellizquito en el alma es otra nadería. Pero a veces no pasa tan rápido, no deja de ser un pellizco, y tampoco de sentirse en el alma.

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Les hablaré de una nadería curiosa que le pasó esta semana al bloguero. Como tantos de se edad, él se echa a andar y se va encontrando muchas cosas o personas de las que toma nota. Amigos jubilados, amigas que amortizan lorzas y michelines a paso ligero, parejas pasadas de colesterol, amigos coronarios, amigos lamentosos que quisieran estar en activo y no aguantan en casa, andadores o corredores anónimos, turistas, empleados de la limpieza municipal – qué mérito el suyo- manifestaciones, indignados, indigentes, chicas en flor, árboles en flor, arbustos en flor, meones en la vía pública, encuestadoras, jóvenes mamás con sus bebés al sol, policías municipales montados en unos caballos imponentes, paseantes de perros, perros, cagadas de perros, artistas callejeros, funcionarios que salen a tomar su legítimo café con churros, croissant o pulguita a media mañana.

Como telón de fondo, las preocupaciones. El clima, el meteorológico, tan deprimente, y el político, social y económico, más sombrío todavía. La manera de ser de este pueblo, que es el suyo, sobrado de vehemencia, tan poco consecuente a veces. Recuerda el bloguero que España anhelaba la democracia, la abrazó con entusiasmo, eligió con fe ciega a sus representantes, a su gobierno y, a través de ellos, sus leyes y su modo de vida. Se pregunta ahora para qué los elegirá tan convencido, si cuando gobiernan a su disgusto le quiere parar los pies sin esperar a las próximas elecciones. Democracia sin paciencia, democracia según y como. Quizás necesitemos un parlamento en nuestra mesilla de noche, para que, mientras dormimos, legisle lo que nos gustaría encontrar al día siguiente. Y sin amenazar nuestro sueño, por supuesto,

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Menos mal que el bloguero, el Homper eternamente perplejo, tenía otras cosas en las que ocuparse. Van surgiendo a su paso obligaciones y trances que jamás pensó que le daría la vida. Como, por ejemplo, presentar el libro de anécdotas de la mar que ha escrito con mucho cariño un almirante de nuestra Armada, un amigo ya jubilado: Luis Carrero-Blanco Pichot. Y qué iba a decir el pobre Homper, que no sabe de la mar sino lo que aprendió en los libros de Salgari, en los de VerneKipling y Conrad viendo Capitanes intrépidos, El hidalgo de los mares, El temible burlón, El pirata Barbarroja, Duelo en el Atlántico, Rebelión en la Bounty, Master and comander, Titanic y otras películas de barcos, marinos, piratas y naufragio que han engrandecido al cine..

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Las presentaciones de libros son una de las ceremonias sociales más peligrosas para el asistente a las mismas, pues en ellas es normal que el autor quiera demostrar por qué era necesario su libro, mientras que los que se sientan a su lado se empeñen en recordarnos que lo necesario no es el libro, sino escuchar su opinión. Competición de vanidades, egos revueltos.

 

En este caso, afortunadamente, el autor y el primer interviniente fueron la mejor expresión del laconismo castrense. El autor se mostró tan lacónico que sólo dijo gracias, y al final. Mientras que el presidente de la mesa, director del Museo Naval, donde se celebró el acto, se limitó a extraer una cuartilla y leer lo que había escrito en ella por una cara y la mitad de la otra, cediendo los trastos a Homper. Homper habló, nunca mejor dicho, de la mar y los peces de colores, pero entre estos dejó caer un verso de Paul Valery – la mer, toujours recomencé-, para recordar que la fascinación de la mar radica en ese continuo movimiento de las olas que, en definitiva, es la mejor metáfora plástica de la eternidad e Dios. Experto en mezcla churras con merinas, luego se metamorfoséo en <strongFranc>o, que reconocía que en el Azor había atunes de madera que lanzaba por la popa de su yate para que los de verdad los siguieran y acabaran picando. Franco luego precisaba que los atunes con los que posaba en el NODO no eran de pega, sino auténticos, y aún coleaban cuando fueron filmados. Como la anécdota la cuenta el propio autor en su libro –aunque la explicación de Franco fuera inventada- y Homper venía de citar a Dios y a Paul Valery, la chanza  sobre el difunto patrón del Azor no les pareció de mal gusto, sino divertida. Si a eso se añade que en menos de treinta y cinco minutos se dio por terminada la presentación y se pasó a la copa de cava con almendritas, porque la crisis no da para más, la sensación general es que aquel ratito quizás fuera otra nadería más de la vida, pero al menos había sido tan ligero como la brisa que sopla en cubierta un día de primavera.

(Continuará)

 

Casi todo es tan “deja vu” como los Goya

Si te gusta el cine, seguro que a la misma hora que se entregan los Goya hay alguna cadena que emita una película...

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Sostiene Homper que una de las ventajas de los años es que te permite desmarcarte de lo políticamente correcto sin que la conciencia te torture demasiado.

-Por ejemplo-sostiene mientras se fuma un puro de chocolate- Puedes confesar que la moda te importa un bledo. Que te aburren hasta la saciedad las pasarelas, las

  • Cibeles  o la Fashion Weeks
  • , que ya no se cómo se llaman. Que el noventa por ciento los suplementos dominicales de los periódicos pueden tirarse directamente al cubo de la basura, sección feria de vanidades. Que lo que vale la pena de ARCO cabría en el hall del Prado, sin tener que andar kilómetros y kilómetros para ver boutades de colores y composiciones de aire frito. Y que lo peor del cine no fue el landismo ni las películas de Juan de Orduña, o de Sylvester Stallone, quién las pillara. Sino ese estomagante espectáculo de sonrisas, lágrimas, lentejuelas, gilipolleces y descarado autobombo en que se han convertido las galas cinematográficas.

    Y en su  anatema no hace distingos.

    -Me aburren tanto le ceremonia de los Oscar y Billy Cristal como la de los Goya con el gracioso de turno que imponen las televisiones para vender mejor.

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    Al Hombre Perplejo le dejó muy sorprendido que una mujer de pueblo como Doña María supiera poner al cine en su sitio.

    -¿Sabe usted que cuando Rhett Butler besa a Escarlata en Lo que el viento se llevó al Clark Gable le olía el aliento?

    -No me diga.

    -Pues sí. Se conoce que tenía  una muela mu picada, pero como la Vivien Leigh era mu buena artista  lo disimuló mu requetebién. El cine es mentirijillas. Y eso es lo que me gusta a mí del cine, que pa verdades y dolores ya tenemos la vida misma.

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    Según Homper el argumento de Doña María está lleno de razón: cuando destripas el cine, este pierda su encanto. Los que ella llama artistas, según el lenguaje de su época (ahora son actores o actrices) son muy interesantes cuando no son ellos, sino su personaje. Luego los conoces en un bar o en la cena en casa de un amigo y resulta que están obsesionados porque les han puesto una multa de circulación. Y hasta se atreven a hablarte de su colesterol, como si en lugar de ser inmortales fueran del comercio.

    -Un desastre, doña María, usted da en el clavo. Del artista, lo único que hay que conocer es su arte.

    -¡Ya ve usted!…Cuando una piensa que a George Clooney también `puede que le abandone el desodorante!…

    Esa es la  realidad aplastante. Como otra que aún lo es más, y que comparten Homper y la doña con todos los que ya tienen unos años. Pones la tele, se abre el telediario y ya sólo por la cara del presentador puedes ir recitando la noticia. Vas a una junta de accionistas y presientes las palabras del Botín de turno. Entrevistan a un ministro y te imaginas ce por be lo que va a decir de la crisis. ¿Quién no es capaz de adivinar el discurso del rey? No digamos nada de los niños de San Ildefonso, de la homilía del cura, de la proclama del sindicalista, del elogio al amigo o al pariente que ahora se ha incrustado en las bodas y funerales, de la rueda de prensa del entrenador de fútbol, como si cualquier partido fuera un consejo de ministros. Todo parece ya visto y oído, qué aburrimiento, la noche lela que nos espera: doy las gracias a mi madre, pero este Goya no es mío, sino del equipo, porque detrás de una película hay un puñado de trabajadores (aquí añadirán trabajadoras) que…

     Dejá vu, repiensa Homper. Pero como ya estoy en el desguace,  me importa un comino lo que digan los demás. Así que cogeré el mando de la tele y en lugar de inyectarme empalaguina en vena, buscaré una cadena que ponga una película.

    -En el peor de los casos- concluye- sólo será eso: una película.

     

        

    La carta final

    ¿Por qué es tan difícil seguir escribiendo cartas?...

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    Querida Elvira

    Espero que al recibo de la presente estés bien. Por aquí todo como de costumbre, a Dios gracias. Estoy a la espera del tac ese que me mandó el médico, que está empeñado en que me lo haga, a pesar de que nunca he fumado. Y luego dirán que la sanidad es cara, como decía Joaquín Sorolla en su famoso cuadro de los pescadores.

    Otra novedad es que reapareció el ratoncito aquel que acudió a comerse las migajas del roscón el último día que tomamos el te juntos. No se qué hacer para atraparlo. Quiero ponerle una trampa, pero me da pena. Siempre me acuerdo de Tom y Jerry. A veces me gustaría tener un alma tan fría como la de un ministro del interior, pero no lo consigo. Supongo que si Sanidad se entera de que convivo con un ratón me mandaría una brigada raticida, desinfectarían la casa, la precintarían y me recolocarían en una pensión de la calle del Pez, que es la típica operación humanitaria de los ayuntamientos. Qué obsesión por la salud pública. ¿Cómo les explico yo que cuando tú te vas sólo el ratón me hace compañía?

    Aprovecho esta carta para decirte que estabas muy guapa la última tarde. Tan elegante como siempre. No se en cuántas cartas más podré piropearte, porque verás, se me habían acabado los sellos, he ido a mi estanco habitual y me han dicho que no les quedaban. ¿Que no les quedan?…¿Te imaginas a una farmacia que agota las tiritas? Raro, ¿no?. No me importó, ya sabes, el médico me dice que debo andar rodos los días al menos tres cuartos de hora. Busqué otro estanco, y me dijo, pásmate, que ya no venden sellos. Ni certificados de penales, ni esos impresos, timbres y esas cosas, que antes suministraban al personal. Se los ha quitado el estado, y claro, los estanqueros están que trinan. ¿Y cómo se compran sellos ahora, le pregunté? Pues en una estafeta de Correos, dijo. Dijo eso, la palabra estafeta, que ya no la dice nadie. Se ha quedado antiguo, como yo, que aún escribo cartas. Como las cartas, que ahora sólo llegan de los bancos, de las compañías de teléfono o de las eléctricas. Si es que a esos impresos horribles se les puede llamar cartas.

    Ya sabes el afecto que te tengo, Elvira. Pero esta última carta es, entre otras cosas, para anunciarte que gracias a las medidas tan prácticas que imponen ahora, ya no voy a poder escribirte con la misma frecuencia. Además, con esta obsesión que tenemos por la seguridad es probable que los carteros, al ver una carta manuscrita, como a mí me gustaba hacerlo, crean que, lagarto lagarto, ahí hay un objeto postal no identificado, y lo manden a los Tedax. Y quizás no te llegue nunca. Ya sabes, el progreso.

    Tendé que escribirte un SMS o un e-mail, como me recomiendan mis nietos. Perdona la grosería que voy a decir, impropia de un hombre de mi educación y de mi edad. Pero aunque tú seas una mujer maravillosa yo no podré decírtelo más por carta porque el progreso, que es tan útil, a veces se porta como un gilipollas. Y lo de retirar los sellos de los estancos es otra prueba más de ello.

    En fin, no te entretengo más, pues supongo que tienes muchas ocupaciones. Deseándote que el año que acaba de empezar te conserve la salud y te traiga muchas buenas noticias para ti y los tuyos, queda de tí devoto y besa tu mano tu viejo amigo.

    Homper

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    La carta final es una excelente película filmada en 1987 por un director poco conocido, David Hugh Jones. Está basada en la pequeña novela de Helen Hanff titulada 84 Charing Road Cross, que cuenta la entrañable historia de una relación algo más que amistosa forjada a lo largo de tres décadas por la correspondencia entre una americana y un adusto librero inglés. Ann Bancroft y Anthony Hopkins representan admirablemente sus papeles. Pero cuenta Homper que lo que en verdad le emocionó de esta historia es, valga la polisemia, el papel de la carta, el protagonismo de la literatura epistolar, el valor del mensaje escrito a otra persona. Ese depósito de confidencias y sentimientos que se abre con un rasgahojas con la misma emoción que la envoltura del mejor regalo.

    Mejor dicho, que se abría.

    Tempus fugit –piensa Homper- Y a veces, de la que huye, subraya con un toque humor amargo, tempus jodet.

    Líbrame Señor de una muerte grotesca

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    Una de las ventajas de ir cumpliendo años es que vas asumiendo con naturalidad que esto se acaba. No es pesimismo, sino un realismo bien entendido, y que hasta suele coincidir con una sensación de fatiga. La fatiga de vivir.

    La muerte alivia algunos notables inconvenientes. Y te libra de esos garbanzos en los zapatos que nos calzamos diariamente. Dejas de dormir poco para entrar en el sueño eterno, no hay que madrugar más, ganas la soñada exención de impuestos, no hay reuniones de la comunidad de vecinos en el más allá, no hay que leer el periódico ni castigarse soportando la gilipollez humana, no hay comisiones bancarias que medien en el tránsito, se deja de sufrir la ansiedad de la cultura o la necia dictadura de la moda, no hay que luchar más contra los abrefáciles que te amargan la vida. Tampoco se padecerá por la suerte del desempleo: estos parados no necesitan nada más que ser recordados. Y aunque no lo sean, tampoco se van a dar cuenta de ello.

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    No le importa tanto a este bloguero la muerte como las condiciones en que ésta se presente. La muerte digna no depende sólo de la ausencia de dolor, sino del momento y de las circunstancias. Hace años el Duende leyó en los periódicos una noticia casi surrealista que le dejó aterrado. Contaba una sección de sucesos que un campesino había muerto aplastado por una roca en el muy poco honorable trance de copular…¡con una gallina! Qué Némesis tan brutal, qué ridículo tan espantoso. Recientemente todos hemos contemplado, perplejos cual nuestro amigo Homper, cómo el pueblo norcoreano lloraba de forma histriónica la muerte de su líder Kim Jong-il. Al mundo occidental le resulta inexplicable semejante teatralización de la histeria colectiva por la desaparición de un dictador, pero los abducidos norcoreanitos quizás no lloraban por eso, sino porque, según se comentó en Herrera en la onda, la muerte le sobrevino al sátrapa mientras defecaba.

    -¡Qué desprestigio! –se debía de lamentar su pueblo plañidero- ¡Pensar que nuestro líder ha muerto dando de cuerpo!…

    Muerte, por favor: se más discreta cuando vengas a por el duende que suscribe.

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    La señora Olegaria era una mujer abnegada y trabajadora, y había dedicado sus últimos diez años a cuidar de su marido, un impedido que le anticipó a su amantísima esposa al menos cuatro años de purgatorio. Su marido había sido un borracho y un putero, pero eso no era eximente para el cariño de Olegaria, que era una buena cristiana. Se murió el marido, y Olegaria quedó viuda al borde de la indigencia. Días después de haber enterrado a su marido, su cruz y su llanto, murió en la calle de un ataque al corazón. Su cadáver fue levantado a las puertas del Monte de Piedad, y en el bolso de Olegaria se encontró una bolsita de papel que contenía dos alianzas matrimoniales y una dentadura postiza con tres piezas de oro. Tampoco fue la muerte digna que Olegaria se merecía.

    La gallina violada, la muerte en el retrete y el triste bolso de Olegaria. Todo se le mezclaba en la cabeza al Duende cuando hacía algo aparentemente tan fácil como instalar unas protecciones de plástico en las esquinas de su plaza de garaje para proteger a su coche de roces y abolladuras de chapa. Qué ingenuidad la suya.

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    Doña María hablaba de las múltiples pequeñas cosas de espaldas al pueblo que le complican tontamente la vida al ciudadano. Y, puesto en faena, el Duende advirtió que las protecciones de plástico que la afamada firma Leroy Merlín le había vendido para proteger el cutis de su coche en el garaje pertenecían a ese género de ingenios imperfectos que no se explica cómo se venden. Para empezar –cosa tan obvia que se no se tomó la molestia de comprobar, craso error- uno esperaba que las protecciones formaran un ángulo recto, y se acoplaran a las esquinas como el dedal al dedo. Pero no: formaban un ángulo agudo, no se sabe en qué esquinas pensarían sus fabricantes. Durante la primera media hora de su ejercicio dominical, el Duende trató de abrir, primero manualmente, y luego a pisotones, el ángulo de las protecciones. Desgraciadamente, el grosor de las mismas las hacía demasiado rígidas.

    El segundo inconveniente es que las protecciones venían sin adherencia. Y a falta de recomendaciones, uno pensó que un pegamento de contacto contundente las adheriría sin mayores problemas, incluso aunque las bandas de plástico no pegaran con la pared en toda su superficie. Compró un pegamento infalible que le recomendó un ferretero, recorrió con un reguero de pasta blanca los bordes de la protección y procuró encajarlo en su lugar. Al poco, el Duende comprobó que el pegamento de contacto necesitaba presión para hacer efecto, así que durante bastantes minutos presionó con manos, rodillas y pies esperando el éxito. Cuando ya empezaba a aburrirse de su vida, y a convencerse de que no merece la pena dedicar más tiempo a estas majaderías, dio por cumplido el trabajo y se dio la vuelta para subir a casa. Pero antes de llegar a la puerta del ascensor le sorprendió un ruido. Volvió la mirada y la protección de plástico estaba en el suelo.

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    Todo tiene su explicación –se dijo el Duende. El pegamento era demasiado denso, y la sección de salida del tubo no lo bastante ancha para que sirviera la cantidad suficiente. Subió a casa, cogió una sierra, bajó, seccionó el canutillo de aplicación por su base, apretó el tubo como si fuera un asesino de pegamentos, y como pudo embadurnó las paredes interiores de la puñetera protección de plástico para encajarla nuevamente y durante casi media hora presionarla para que se adosara definitivamente a la pared.

    Entretanto sudaba, se irritaba y notaba que la la ira se iba apoderando de él. Empezó a acordarse de los padres y de las madres de Leroy y de Merlin, y también de las de los fabricantes de defensas, de las de los dependientes que no le advirtieron de que el plástico era rígido, y que de ángulo recto, nada. También invocó a la madre del que inventó ese pegamento de mierda, a la del ferretero que se lo colocó malamente y hasta a la del constructor del garaje, que no se sabe por qué con lo que cobró por venderlo no tomó la precaución de revestir las esquinas con blindaje de goma. Cuando parecía que la protección de plástico, al fin, quedaba fija, ésta empezó a alabearse por la mitad de su altura, y su base y su cabecera iniciaron un lento alejamiento de la pared, mostrando que aquellos hilillos de pasta blanca no servían para nada.

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    Entonces, la emprendió a patadas y a puñetazos contra la esquina. No se sabe si como postrer intento para pegar la protección y conseguir su objetivo de proteger el cutis de su coche o cabreado por aquella nueva demostración de que todo conspiraba contra él de espaldas al pueblo. Estaba indignado, enloquecido, poseso de una ira universal contra todo por haberle puesto en esa ridícula situación que le robó media mañana de un soleado domingo de enero. Por un momento pensó que en casos así a algunos les sobreviene un infarto de miocardio, y tienen que cerrar su biografía con una nota tan absurda como “murió tratando de poner, inútilmente, unas defensas en las esquinas de su garaje”. Luego se vio en la misma lista que el presunto follador de gallinas aplastado en el intento, o el dictador cagón, o la desdichada señora Olegaria.

    Y se consoló pensando que, por el momento, se había librado de una muerte grotesca como la que, lamentablemente, podría sorprenderle en tantas situaciones peculiares que uno vive cada día.

    Entre Doña Manolita y Natalie Wood

    Homper se dio cuenta de que es más fácil encontrar un sueño en la calle que en la ventanilla de Doña Manolita...

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    Cuando contaba casi como seguro que le iba a tocar el gordo de la lotería de Navidad para acabar definitivamente con sus miserias, vino su amigo Daniel López y le recordó que no hay mejor que lotería que un trabajo. Como demuestra de cuando en cuando la siniestra EPA que tanto nos aflige a los españoles. Pero Homper era entonces joven, lo que quiere decir ingenuo, y creía en la ilusión.

    -Le ha tocado a veces incluso a quien no lo necesita- se rebelaba- Incluso a ministros… ¿Por qué no me va a tocar a mí?

    Y entonces Daniel López, hijo de un comerciante de ultramarinos de Aranjuez que, a base de esfuerzo y tesón se había hecho hombre de provecho y ejecutivo de publicidad, le volvió a planchar con la pesada máquina de la lógica.

    -¿Comprarías décimos del 00.000?

    -Ni de coña.

    -Pues recuerda que ese número también entra en el bombo.

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    Nació entonces La Primitiva, y Homper pensó que acertar seis números entre cuarenta y tres estaba al alcance de cualquiera. Homper soñaba entonces en un crucero alrededor del mundo. Por completar la ucronía, en el buque de línea viajaría Natalie Wood en mala compañía. Iba a ser arrojada por la borda por uno de sus acompañantes drogatas, pero en ese momento aparecía en cubierta el intrépido Hombre Perplejo, se deshacía de ellos a puñetazos, como en las películas, e iniciaba a continuación un idilio con la deliciosa chica de Esplendor en la hierba Ilusión, ilusión, ilusión. Pero volvíó a aparecer su amigo Daniel para pinchar las pompas de jabón irisadas que flotaban en el aire de sus sueños.

    -Mira, Hom –le explicó el amigo realista- Imagínate una ruleta que en lugar de treinta y uno tiene cuarenta y tres números. E imagínate que en vez de un pleno, tienes que conseguir seis plenos seguidos. O sea, un pleno por cada uno de los seis números que hay que acertar en la Primitiva…¿En qué vuelta al mundo te vas a embarcar tú?

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    Paseaba por la Gran Vía de Madrid cuando de repente Homper se quedó perplejo. Una gran cola de gente se agolpaba delante del Palacio de la Música. Homper la siguió por saber qué acontecimiento acumulaba tal gentío, y vio que la cola llegaba a la plaza de Callao, seguía por la calle del Carmen, atravesaba la de Rompelanzas y terminaba en la ventanilla de la nueva administración de loterías de Doña Manolita. Aquello parecía una cuerda de presos, pero en esa cara de aburrimiento resignado que distingue a los víctimas de todas las colas, brillaba un punto de la misma ilusión que alentaba en él cuando era joven. Todos estaban seguros de que comprando su lotería ahí, y no precisamente en otro lugar, serían millonarios y cumplirían sus sueños. El fin justificaba sobradamente los medios.

    A la estupefacción le sucedió un momento de piedad.

    -¡Ilusos!

    Entonces se incorporó a la cola una dama que era exactamente,  treinta años después de su muerte, la viva reencarnación de Natalie Wood. Venía preparada, eso sí: sacó de su mochila el tomo tercero de En busca del tiempo perdido y se puso a leer el libro con la vaga esperanza de llegar a la ventanilla antes que al punto final. Fue verla y a Homper le dio un vuelco al corazón. Cambió sus planes.

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    -¿Es usted la última? –preguntó a la heroína antes de sumarse también él a la cola.

    No perdieron el tiempo. Homper se enrolló con Natalie Wood contándole la vida y pensamiento de un hombre lógico como Daniel López. Habló de la ignorancia, de la superstición y de lo absurdo de echar un día esperando que el número de doña Manolita fuera justamente el gordo, cuando estaba demostrado que tenía exactamente las mismas posibilidades de premio ese  que el 00.000, que nadie compraría ni borracho. Natalie parecía decidida a seguir leyendo a Proust. Otro moscón, pensaría de Homper. Pero al cabo de unos minutos levantó la mirada y observó a ese predicador improvisado que, por otra parte, cuanto más argumentaba, más cabreaba a la legión de pacientes ilusos que escuchaban a su alrededor. Frunció el ceño, pensativa. Y de repente cerró el libro, lo guardó en su mochila y escapó de la cola.

    Homper la persiguió hasta alcanzarla.

    -Doña Manolita no era la única panacea para la felicidad-le dijo cuando estuvo a su altura- ¿Me permite que le invite a un café?…

    Así que primero se metieron en una cafetería a desayunar un café con porras, suerte bastante asequible. Y luego buscaron juntos otra administración sin aglomeraciones donde compraron  décimos con las mismas posibilidades que los manolitos y  todos los demás números  del bombo.

    Y aquello, como decían al final de Casablanca, fue el comienzo de una hermosa amistad más gratificante que todos los castillos en el aire de la Lotería de Navidad.  

    Punset y el meñique dolorido

    Eduard Punset es un genio que tiene remedios para casi todo...

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    La puñalada trapera que cada día nos tiene reservada la existencia puede sobrevenir de la manera más tonta. Por ejemplo, esta mañana el incauto Homper no se acordó de que andaba descalzo por su habitación, y de que la pata de la cama estaba justo allí, velada por un edredón generoso que llegaba hasta el suelo. Hizo un movimiento inoportuno, metió el pie izquierdo por la zona prohibida y de repente el dedo meñique chocó violentamente contra ese obstáculo criminal y dolorosísimo que sustenta la paz de nuestro sueño.

    -La madre que la parió –clamó para sus adentros mientras veía las estrellas.

    Qué absurdo, invocar a la madre que parió a una pata de una cama desalmada. Pero en esos momentos de dolor intenso y súbito, sin saber qué harán los demás, Homper presume que la reacción natural del hombre es desahogarse con algún insulto, algún exabrupto, algún epíteto malsonante. Durante algún tiempo, en ocasiones como esas, Homper prefería una frase tan absurda como me cago en los cojones de Witiza, pero ahora es consciente de que ese desahogo puede no ser respetuoso, ojito con los radicales, que siempre hay un integrista de mal carácter dispuesto a amargarte la vida por una chorrada de este jaez. Así que cargó contra la pobre madre de la pobre pata de la pobre cama, qué culpa tendría ella de estar allí, y se sentó sobre el lecho para apretarse el meñique contusionado mientras trataba de imaginar qué remedio cerebral aplicaría el gran Eduard Punset en este trance.

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    Punset no dejó una profunda huella en el recuerdo de los españoles mientras fue ministro. Es cierto que le aureolaba una cierta fama de tipo original y genialoide, y que irradiaba simpatía, pero posiblemente esta no trascendió de la clase política o de los sectores empresariales entre los que se movía. Sin embargo supo alejarse del poder y reciclarse como divulgador científico. No sólo eso: gracias a su personalidad ha caído en gracia  hasta haberse convertido en un icono mediático. Suena un poco gilipollesca la expresión, pero es así.

    Homper confiesa que nunca sabe si lo que divulga tiene mucha base, pero está convencido de sin duda tiene mucho encanto, y de que la gente está deseosa de escuchar remedios casi esotéricos como los que él predica. Eduardo Punset, que ahora es Eduard, hace uso de su magnífica voz, de su expresión de niño maravillado , de su limpia sonrisa y de ese cráneo einsteniano que envuelve su indudable talento para vender felicidad a nuestro alcance con el mismo poder de seducción que si fuera un genio bueno de El señor de los anillos. No sabe Homper si ha sanado con  sus charlas y sus libros muchas almas malheridas o si es la  reencarnación de un placebo colectivo, pero algo tendrá su agua cuando tantos la bendicen y hasta Bimbo le convierte en estrella publicitaria para vender más pan de molde. Nunca nadie pudo imaginar que un ex ministro llegara a tanto. Homper recuerda que hace unos años le escuchó a Antonio Gala sorprenderse del enorme impacto popular y emocional que inopinadamente había conseguido con su literatura.

    -En muchos sitios donde voy a firmar mis libros –dijo el escritor- me quieren, me aclaman y me pasean como si fuera un santo.

    Afortunadamente, piensa nuestro Hombre Perplejo, no sólo de artistas de cine y de futbolistas se alimenta nuestro imaginario.

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    La esperanza es que ayer mismo, Homper había leído en un  colorín dominical el consultorio en el que Eduard Punset hace de Señorita Francis, pero más ilustrado, y responde a los seguidores que le cuentan su problema. ¿Qué hacer para superar el desamor? –le planteaba alguien. Y Punset responde: “según los neurocientíficos, volver a enamorarse”. O sea, algo tan viejo como aquello de que una mancha de mora con otra mancha se quita. Pero luego viene lo novedoso, el hallazgo de los sabios del alma y del cerebro. “Para volver a enamorarse, hay que desaprender”.

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    Desaprender es la clave. Se podría decir olvidar, que es más sencillo, pero psicólogos y publicitarios se han tomado la molestia de enrevesar lo evidente y ahora no olvidamos, sino que desaprendemos, que queda mucho más científico y mucho más fino.

    Y Homper se ha quedado perplejo de la eficacia de tal simpleza, pero la receta de Punset le ha despejado el horizonte. Ahora él sólo tiene que desaprender a moverse descalzo alrededor de las patas de la cama. Y, por qué no pedir más peras al olmo, solicitar a las terminales nerviosas del cerebro que, si no les sirve de molestia, le permitan también desdolerse de ese golpe que le ha machacado el meñique.

    Películas pequeñas

    Para hacer una crítica de una película, pequeña o grande, no hace falta hacer un alarde de erudición1

    De vez en cuando los críticos de cine descubren una película pequeña. No se trata de un cortometraje, ni de cine para niños. Tampoco de un filme necesariamente de producción barata, por más que en la mayoría de los casos así sea. Llaman así a las películas sin pretensiones, amables, fáciles de ver y de entender. De las que no buscan hacer filosofía ni revoluciones, arreglar el mundo o contribuir a la náusea universal fustigando nuestras conciencias. A lo sumo, fina ironía y sátira que se queda en cosquillas.

    No suelen firmarlas cineastas de renombre, y raramente actúan en ellas actores oscarizables. Nos cuentan la vida de un guardagujas, los amores de una peluquera o la vida en un aburrido pueblo de Gales o en un cuartelillo de la Guardia Civil.. Salen actores gordos, ancianos que cultivan sus flores y hortalizas con verdadero mimo, señoras cocinando salchichas, trenes de cercanías,  niños que tiran piedras al río, conflictos de portería y demás cuadros costumbristas que, por puro contraste con el mundo que podemos ver diariamente a través de los medios, provocan la sonrisa y despiertan la ternura. Tras muchas de esas películas pequeñas  hay talentos notables, y generalmente bastante más sensibilidad que la que necesitan Oliver Stone  o James Cameron para arrasar con sus superproducciones.

    Es bueno interpretar igual nuestros días. Cada despertar viene a ser una película, y últimamente al bloguero no le alivian más que las películas pequeñas.

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    Ayer se encontró en el supermercado a Homper, que metía en su carrito dos cartuchos de Filipinos.

    -Nunca imaginé que una simple rosquillita de galleta bañada en chocolate me pudiera suponer tanto- se excusa como si aún fuera un niño.

    El Hombre Perplejo es un alter ego disciplinado. Sostiene que lo que ve y escucha cada día del mundo alrededor  la hace sentirse en el epicentro de un cataclismo,  y que sólo busca sus particulares películas pequeñas para seguir manteniendo la afición a la supervivencia.

    -A Dios me lo escondieron entre brumas. A la patria me la borraron. La política y la economía, a las que adorábamos como si fueran el becerro de oro, se derrumban tal que un castillo de naipes. Al amor me lo ha bastardeado el egoísmo de este ser humano que se cree el rey del mambo. Ya sabes, tantos derechos le han hecho perder el oremus. Y ahora, con lo de Grecia, hasta la democracia parece haberse vuelto gilipollas.

    El día le ha deparado, amen de otras malas noticias, un insulto a la dignidad llamado Txapote y el referéndum de Papandreu, una buena solución para que el pueblo griego pegue patadas a la desvergüenza  de sus políticos en el culo del resto de Europa.

    -Ya ves –concluye a la manera de Groucho Marx- Cuanto más conozco a la especie humana, más necesito la droga de mis Filipinos.

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    El bloguero agradece tanto las películas pequeñas como las críticas pequeñas. Sobre la función de la crítica se han escrito muchos libros,  pero ahora que se redimensiona todo, bueno sería que los plumillas que se ocupan de este menester  recordaran que una de sus funciones es guiar al ignorante.

    El bloguero reconoce que una de sus  contadas claudicaciones al sadomasoquismo es leer las críticas de cine en EL PAÍS. A excepción del valiente Carlos Boyero no hay ni uno solo de su equipo de críticos que desperdicie la película más tonta para dejar un poso de su sabiduría en un ensayo que se adentra en muchos laberintos sin aclarar al final si la película es buena o mala, divertida o aburrida, para frívolos o para torturados, para verla en compañía de de niños o mejor con  gerentes de pompas fúnebres. Desesperantes. El marqués de Betanzos, que fue quien inventó el neologismo de eruditos a la Googleta, les diría  ahora a estos cátedros eruditos a la claqueta.

    Afortunadamente hay en la red otros críticos sin pretensiones que hacen de la síntesis y la claridad su norma. Busquen la web de El cine según Atticus y descubrirán con Pepe García Berdoy muchas películas, grandes o pequeñas, comentadas con sensibilidad y con criterio. Another year y Criadas y señoras han sido dos de sus últimas recomendaciones más que atinadas. En tiempos de zozobra, nada como zambullirse en la fábrica de sueños sabiendo que el sueño va a ser de nuestro gusto. Fuera, en la vida de verdad, hace demasiado frío.

     

    La suerte del murgaño y la esperanza

    Homper no pudo salvar la vida al murgaño, pero no pierde otras esperanzas...

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    Aquel día Homper  se sorprendió al comprobar que en la especie humana cabe de todo. Cuántas sensibilidades distintas, a veces diametralmente opuestas. La radio conraba que un par de niños habían desaparecido en un parque de Córdoba donde paseaban con su padre, separado de la madre de las criaturas. Raro, raro. La madre estaba desconsolada, rota. La policía había investigado ya la finca de los abuelos paternos, donde habían observado detenidamente los restos de una hoguera en la que aparecían huesos.

    Sólo era la macabra insinuación de una hipótesis, pero Homper sintió que un escalofrío le sacudía el cuerpo. ¿Sería posible que el padre hubiera asesinado a sus hijos y hubiera quemado sus cuerpos para deshacerse de la prueba de su crimen?  A continuación el informativo hizo un alto para dar paso a unas cuñas publicitarias. Una de ellas anunciaba un programa de la propia cadena, Como el perro y el gato, que presenta Carlos Rodríguez.

    -Estoy preocupado porque a mi gato le huele el aliento –decía uno de los oyentes que habían llamado al consultorio del programa- ¿Tiene remedio?

    A Homper le alivió que la halitosis gatuna tenga remedio. Los niños de Córdoba siguen sin aparecer, pero si un amante de los animales quiere dar un beso a tornillo a un minino puede encontrar una boca tan fragante como se supone que debe de ser la de  Scarlet Johansson. Algunas almas sensibles sí tienen la suerte de encontrar solución para sus problemas.

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    Aquél día de sol veraniego Homper estaba en la Galicia profunda, en un precioso pazo del valle de Lemos, acompañando a un amigo que pasa momentos difíciles. Una casa solariega con varios siglos de piedra y pizarra a cuestas, verdes prados regados por el río Mao y un monte de frondosos carballos y arces en la orilla opuesta enmarcaban una vista ideal para el descanso y la meditación.

    Los males que afligen al amigo no son ni mucho menos los del drama de los niños desparecidos. Tampoco los del amante preocupado por el aliento de los gatos. Homper tiene poco de psicólogo, y  tampoco mucho de director espiritual. Sólo es algo experto en auxilios mínimos: una conversación  con buenas intenciones, quizás un chiste, un par de huevos fritos con chorizo, la recomendación de un libro, de una música, de un paseo. Pero el amigo padece de un defecto muy extendido, y del que casi nadie está libre, y es creer que el mundo gravita únicamente alrededor de nuestro ego herido.

    -Le voy a ser sincera –le confesaba a Homper el otro día su vecina- La deuda soberana, la quiebra de Grecia,  la crisis del euro y eso será muy grave. Pero a  mí lo que de verdad me arruina la vida es la ciática.

    Todos vivimos obsesionados con nuestras ciáticas del alma. Ya sean graves, menos graves o, como en caso del dueño del gato, irrelevantes.

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    Los niños de Córdoba seguían sin aparecer, la crisis económica no cedía, la depresión del amigo tardaba en asimilar la terapia que proponía, sin demasiada convicción, Homper. Quedaba la esperanza de que la vecina hubiera mejorado de su ciática, y que el gato maloliente hubiera convertido su halitosis en suspiros de fresa como los de la princea de Rubén Darío, que estaba triste, pero olía divinamente.

    -Si no puedes arreglar los grandes males del mundo –recordó Homper que le dijo una vez el padre Ramiro- ayuda a solucionar ese pequeño problema que tienes a mano.

    Después de haber corrido por el lecho seco del embalse de Vilasouto, por los bosques de Novelin, Rendar y Eirexalba y de haber saludado a par de corzos con los que se cruzó en el camino de aquel insólito día de otoño estival, el problema más inmediato se presentó en el fondo de la bañera. Ahí, mientras se duchaba después de la carrera, Homper descubrió un punto del tamaño de una lenteja que se desplazaba lentamente, como tratando de esquivar los chorros de agua que proyectaba la alcachofa de la ducha. Homper no se ducha con gafas, pero a pesar de ello estaba convencido de que se trataba de un murgaño. Por tal nombre se conoce a cualquiera de las seis mil quinientas especies de opilones, insectos, también llamados pataslargas, que se distinguen del resto de los arácnidos por la ausencia de estrechamiento entre el prosoma y el epistosoma y por la exagerada longitud de sus cuatro pares de extremidades.

    -Hay que reconocer que el bicho es feo –pensó Homper en plan buenista- Y no se qué beneficios puede aportar a la humanidad. Pero…¿no tiene también su derecho a la vida? ¿Quién es uno para condenarle a muerte, si el animalito  no ha hecho nada malo?

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    Estaba convencido de que iba a hacer un bien: evitar la muerte a un insecto inocente. Eso tal vez podría ser presagio de que los niños de Córdoba aparecerían, de que el amigo maltrecho remontaría y de que la ciática de la vecina y el aliento del gato dejarían de ser problemas. Sobre todo: estaba encantado  consigo mismo por haber procedido con ética. Ética raquítica, si se quiere, pero ética al fin y al cabo.

    Así que salió de la ducha se secó y rescató delicadamente con el índice y el pulgar de su mano derecha el cuerpo mojado del opilón para dirigirse  a su habitación y depositar en el balcón al pequeño náufrago, que ya libre y en suelo seco despabiló pronto.

    Lástima que los destinos del Señor sean ciertamente inescrutables.  E imprevisibles. En ese momento apareció una lagartija, vio al murgaño inocente y sin dudarlo un momento se lo tragó de un bocado. Tanta ética y tanto cuido para este final cruel como la vida misma.

    Así que Homper va insistir con el amigo desanimado, que es alifafe que le queda más cerca. La esperanza no se pierde.  A ver si  puede darse el gusto de ayudar con buenos resultados.

    El vaso de Nerón y otras joyas de nuestra cultura

    De las extravagancias de Nerón cualquier escritor audaz puede hacer un best seller...

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    Una arqueóloga descubre entre las piedras sillares de un viejo molino un pequeño cofre que contiene un vaso de vidrio y en su interior un parche para ojos tuertos. El vaso lleva grabado la letra N, mientras que en la cinta del parche se adivinan las iniciales A.M. C. El extraño hallazgo excita la curiosidad de Genarina, que en realidad buscaba en la zona  restos iberos. Genaranina está obsesionada por la incidencia de los fenómenos paranormales en el curso de la historia, de manera que se pone a a investigar y después de dos décadas tirando del hilo llega a la conclusión de que el vaso, que por la calidad de su vidrio se puede datar en el siglo I de nuestra era, es el que usaba Nerón para guardar sus lágrimas. Desde Quo Vadis, efectivamente, toda la humanidad sabe que el emperador, aunque fuera cruel, también era llorica.

    Por otra parte, el parche de ojo resulta ser el de Ana Mendoza de la Cerda, Princesa de Éboli. La coincidencia  parece un absurdo, pero Genarina sigue estudiando el caso y un día comprende que Nerón, arrepentido de haberse portado tan mal con los cristianos de Roma, fue abducido por las fuerzas del bien residentes en Paramia, una estrella situada a tres millones de años luz, y realizó un viaje astral de quince siglos para entrar en contacto con esta afamada tuerta, a la sazón amante de Antonio Pérez y muy cercana al rey Felipe II. La princesa había ofrecido al rey prudente los servicios de un Nerón reconvertido para hacer una Contrarreforma en toda la regla, con el rigor y la severidad que exigía la herejía luterana. Una labor para la que el desalmado emperador romano, que sólo tendría que cambiar la dirección de su innata vesania, era el baranda indicado. El papa y el católico rey de las Españas se encomendaron a Dios y dieron el visto bueno, porque, como subraya el propio libro, “el fin hay veces que justifica los medios”.

    Pero la CIA, que desde hace diez años ha rehabilitado en secreto la máquina del tiempo de H. G.Wells, media en el asunto. Tiene reservada para la intrépida pareja la misión de infiltrarlos en La Meca  y generar desde allí una célula de activistas que acabará con Al Quaeda. El hombre clave es su agente Brad Trochows, educado a los pechos de la Stasi y más tarde de de Putin  y vendido a los a yankis por un duplex en la Quinta Avenida, un paquete de acciones de Walt Disney Produccions y la colección de bragas de Mae West que ha cedido generosamente para el soborno el rijoso millonario Alistair Sobornes. (A cambio, todo hay que decirlo, éste obtendrá la licencia de explotar una mina de diamantes en la Libia de Gadaffi, a punto de caer). Sin embargo, cuando Brad inicia el conjuro utilizando el vaso de Nerón, un inoportuno estornudo le provoca un movimiento brusco, el vaso cae y la joya arqueológoca queda rota en mil pedazos, dando al traste con la operación.

    La solapa del libro advierte que es “el nuevo fenómeno editorial de la novela de historia-ficción, un original e inteligente recorrido por las zonas más oscuras de la historia de la humanidad trenzada con una apasionante trama de intrigas, espionaje y misteriosos asesinatos ”, y asegura que ahí se desvelan las claves del amor lésbico que se sospecha que mantuvo Cleopatra con la cocinera de Marco Antonio, de la emboscada que acabó con Viriato, del asesinato de Rasputín y de la extraña muerte de Michael Jackson, aparte de apuntar pistas solventes para resolver el viejo problema de la cuadratura del círculo y de la piedra filosofal. Todo por sólo veinticuatro euros.

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    El vaso de Nerón, que así se llama la novela, está firmada por Adriana Nevol, pseudónimo de Petra Gómez, periodista muy de izquierdas que pasó diez años de corresponsal en Moscú y veinte años predicando el marxismo-leninismo hasta que comprendió que la cosa ya no vendía un clavel, y que la mayoría de sus coleguis ponían un dedo al azar en el calendario de la historia, elegían un personaje más o menos conocido, investigaban en todo aquello que nadie había investigado nunca y que parecía poco probable que fuera investigado y se ponían a escribir una novela histórica que el público recibía con entusiasmo.

    -Porque desengáñate, Petra-le dijo la ejecutiva de su editorial-La literatura pura es como agua que se escurre entre los dedos. Y la gente quiere aprender, aunque sólo sean tonterías.

    La editorial apostó fuerte por El vaso de Nerón,  y hasta produjo un spot para la tele en la línea de esos trailers de películas de Hollywood que mezclan mitos, historia, verdad, ficción, churras, merinas, sinfonía de efectos especiales, algún guaperas como Johny Depp y Angélica Jolie y luego arrasan en taquilla.

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    Al siempre susceptible Homper también le impresiona la manga ancha  con que ahora se cocina  la cultura que nos invade. Digamos que de este vale todo espiga como positivo el “algo queda”. Del famoso fenómeno El código Da Vinci él no entendió casi nada, y más bien le pareció una patraña o, como dice el castizo, una paja mental. Pero evidentemente sale a la palestra Leonardo y el supuesto misterio de su Última Cena.

    -Menos da una piedra-se dice.

    Y la transversalidad como método, que tanto vale para la educación como para la divulgación o la creación literaria O sea, empezar hablando del parche del ojo de la Princesa de Éboli y acabar, no se sabe cómo, en la lucha contra el terrorismo islamista. Amplitud de miras, curiosidad, imaginación y audacia sin límites para encontrar un hilo conductor más o menos verosímil y saltar sin barreras de un asunto a otro. El resto debería ser calidad. Pero más probablemente es promoción o pura suerte.

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    Preocupado de que su estupefacción permanente acabe arrojando un saldo negativo o pesimista de su visión de las cosas, Homper se permite recomendar dos nombres de escritores que, lejos de la frivolidad voluntarista de Petra Gómez (perdón: de Adriana Nevol) hacen de sus escritos un viaje cultural siempre instructivo y a menudo fascinante.

    Uno es Antonio Muñoz Molina, que hasta en sus artículos de crítica literaria –léase La fiesta interrumpida en el suplemento cultural de EL PAÍS de este último sábado- entretiene, deleita y enseña. Otro es Andrés Trapiello, un verdadero superdotado que tanto escribe poesía y gana premios de novela  como es capaz de elaborar en Las armas y las letras un magnífico ensayo histórico sobre nuestra guerra civil. No la cuenta él, la cuentan los periodistas y escritores, muchos de ellos desconocidos para el gran público, cuyos trabajos ha glosado con la curiosidad y el rigor de un auténtico erudito. Cuántos mitos destruye su investigación, y qué sorpresas se lleva uno leyéndolo con detenimiento. Homper ha encontrado con este libro mucho más placer que con muchos best-sellers. Pero tampoco se dejen llevar por sus consejos. Hay que descontar que, además de Hombre Perplejo, es algo rarito…

     

    La baba nacional

    Se puede mirar con respeto. Pero también con estupor, con ternura, con guasa, con piedad. Y, no se ofenda nadie, con rubor...

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    Homper vuelve a quedarse perplejo. Super, super, super, superperplejo, como diría una niña pija. Hace ya tiempo que no hablaba de la tía Clota, la tía andaluza que fue profesora de español en Estados Unidos, casó con un granjero americano de Vermont, enviudó de él y se quedó a vivir para siempre en Nueva Inglaterra. Era la única tía que le quedaba, y hablaba con ella una vez a la semana utilizando el Skype. Pero anteanoche ella se despidió de él.

    -Puede que sea para siempre, sobrino- le dijo mientras se tomaba una infusión en un mug decorada con la cara de Leonardo di Caprio- Ya me ha dicho el cirujano que este corazón tiene muy difícil arreglo. Fíjate qué pena si me muero en la mesa de operaciones sin haber visto nada de la boda.

    -¿De qué boda, tía?

    -De cuál va a ser…De la boda de la Duquesa. La gran fiesta de la baba nacional, ¿no?

    No parece que le apenase mucho. La anciana está ya muy debilitada, y hecha a la idea de que su suerte final está al caer.

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    Se quedó perplejo, como no podía ser de otra forma. La gran fiesta de la baba nacional…Qué manera de expresarse. Pero pronto comprendió que su tía conservaba su lucidez,  y que desde sus años y desde la distancia no tenía por qué andarse con rodeos.

    -Se casa por tercera la Duquesa de Alba, 85 años –rumió Homper en sus pensamientos-  Está en su derecho de hacer lo que le venga en gana, el amor tiene razones que la razón desconoce (Pascal) y el amor no tiene edad, que lo cantaban en la zarzuela Don Manolito. Todo muy comprensible. Incluso plausible.

    Y ella, la Duquesa, es una mujer liberada que a pesar de sus años aún cree creer en el amor. Y es simpática. Y generosa, según cuentan las personas han sido beneficiarias de su caridad y que hoy le felicitaban por la radio. Y divertida. Y pintoresca. Y es verdad que empieza a acusar su edad en algunos detalles poco amables para su imagen. Pero Homper está seguro de que lo de la fiesta de la baba nacional no lo decía la tía Clota porque a Cayetana se le pueda caer la baba, cosa que nos podrá pasar a cualquier a su edad. Sino por todas las demás babas que supuran de su boda.

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    La mala baba (portada deINTERVIU, mensajes de Twitter poco piadosos con la noble enamorada). La baba de los aduladores profesionales. El baboseo asqueroso de los que se chotean de ella y luego la jalean como heroína del pueblo para vender sus revistas, sus programas de radio y televisión y los libros que se escriben a cuenta del personaje. Y la baba, la simple baba del tonto de baba que somos todos.

    -¿Por qué voy a decir que el pueblo siempre es sensible e inteligente, si no soy político?-se dice el Hombre Perplejo.

    Últimos detalles del esperpento. Los balcones con vistas al Palacio de Dueñas se llegan a pagar a 8.000 €. Y la eterna chiquilla que cree ser la novia se marca una rumba tambaleante ante la iglesia que  si, por una parte es ternura,  por otra parte resulta patética. Dos flashes iluminan el confuso pensamiento de Homper: el recuerdo de la cara de El bobo de Coria que pintó Velázquez. Y a continuación, la cínica razón con la que el fénix de los ingenios Lope de Vega justificaba su producción de comedias alimenticias en serie: El vulgo es necio y, pues lo paga, justo es hablarle en necio para darle gusto.

     -Tiene razón la tía Clota- concluye Homper- Todos necios, todos formamos parte del tinglado de la nueva farsa. Hasta yo, por entrar al juego y creer que mi punto de vista sobre la boda de la Duquesa puede ser de interés. Qué disparate.

    Y al día siguiente de la boda, aún es noticia preferente la gran fiesta de la baba nacional.

    No habrá paz para los malvados como Homper

    Sostiene Homper que ahora pretender entender una película de pe a pa es cosa casi de malvados...

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    Se queda pasmado Homper de que aún le siga gustando el cine. Piensa cuando se sienta en su butaca que no debe de ser una afición propia de su edad. Para ser exactos, y advirtiendo que aunque el olor de palomitas inunda la pequeña sala  no coincide más que con una parejita de roedores, cree que no es afición propia de ninguna edad, pues siempre que sucumbe a la tentación de ir al cine se siente especie en extinción. ¿Quién va a la última sesión cuando, si no hay Champions hay Europa League o jornada de Liga por la tele?

    A veces está seguro de que, antes de que terminen los anuncios y empiece el filme, vendrá un encargado de la sala y propondrá una negociación a los tres espectadores que, como mucho, contabilizan las salas en la última sesión.

    -Dos entradas gratis para el próximo jueves, con tanque de palomitas, pozo de Coca-Cola  número para la rifa de un jamón y una bicicleta de montaña, si se van ahora a casa y me ahorran este cáliz de ser proyeccionista fantasma- piensa que le van a decir.

    Pero tampoco esta vez llegó a ocurrir. La película anunciada había sido muy bien recibida por la crítica, y se ve que tres espectadores a las 22, 30 empieza a ser una taquilla interesante. Así que  se concentró, dibujó la sonrisa con que siempre espera el producto de la fábrica de sueños y se dispuso a ver No habrá paz para los malvados.

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    Se queda estupefacto Homper de que ya no entiende ni las películas policíacas. O sea, esas que ahora llaman thrillers, de buenos y malos antes, cuando estaba clarísimo quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Ahora casi todos los personajes de las películas resultan  listillos, sórdidos, ambiguos. Y, por supuesto, mal hablados. Pero casi nunca le queda claro al espectador ingenuo quién es héroe y quién villano.

    -El caso es que la película parece buena- admitió Homper mientras se sucedían oscuras secuencias de tiroteos, interrogatorios y hemoglobina a borbotones- Y que José Coronado es un poli tan solvente como podría serlo en su papel el Clint Eastwood de hace un cuarto de siglo o Kevin Spacey ahora. En fin, algo rollete, aunque sólida y bien hecha. Pero sería mucho mejor si se entendiera.

    Duda Homper de que ahora el espectador medio sea capaz de atar todos los hilos de un guión, y más bien piensa que se conforma con hacer una media ponderada y con apreciar globalmente el sentido general de la trama. O eso, tan evanescente y que tanto utilizan los críticos, de “la denuncia social”,  “los climas”, “las atmósferas” y otros camelos de este tipo. Mucha violencia, efectos y cosas así ayudan a distraer al personal.

    -Pero désengáñate, Homper –se dice a sí mismo- Los que queréis tenerlo todo claro sois unas antiguallas.

    3

    Lamenta Homper que el director Enrique Urbizu, no haya logrado un “thriller” tan perfecto como La caja 507, un peliculón que sorprendió a todos cuando aún no era un director conocido. Se queja de que todos los cineastas progresan complicando y oscureciendo sus películas, para que se les vea así más intelectuales. Se mosquea de que, de todas las críticas de No habrá paz para los malvados que ha escuchado,  sólo una haya mitigado el elogio unánime advirtiendo de que el guión es “algo confuso”. Y se indigna que ese afán de complicar las historias se haya adueñado hasta de las películas de dibujos animados para niños. Vio con sus nietas Kung-Fu panda y algo que parecería a priori tan primario como Los Pitufos, y se cabreó sobremanera consigo mismo por no entender a cuento de qué les enredan a las criaturas con historias tan violentas, tan imbéciles y tan  retorcidas como las de esas películas.

    -A propósito de Enredados, que ya es gana de elegir un título así para un cuento infantil. ¿Cómo es posible que a una princesita le llamen Rapunzel, que suena como  el apellido de un diputado de CIU?

    Se asombra Homper de que aún le sorprendan estas cosas. Como si no fuera ya lo bastante mayorcito para aceptar que él es un carroza, y que hoy el arte si no es confuso sólo es una vulgaridad. No habrá paz para los malvados como Homper, que pretende, iluso, entenderlo todo.

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