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Descubriendo bufones

El Duende confiesa que ni sabía de estos bufones ni suponía que se pudieran llamar así...

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Don Hilarión cantaba que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. No avisaba en cambio de las inquietudes que esto provoca en el alma humana. Estaba ayer la comunidad científica  revolucionada `por el último experimento del CERN cuando el incauto Duende que suscribe se empeñó en entenderlo y en leer lo que los periódicos divulgaban al respecto. Peor para él: más madera, que es la guerra. Cuanto más quiere saber, menos comprende.

-Es muy sencillo- le explicó su amigo Homper, ojiplático de tanto pasmo como nos traen los tiempos modernos- Los fotones  de la luz y los neutrinos, que no se muy bien lo que son, pero que también deben de viajar muy rápidamente, se han echado una carrera de 730 kilómetros por un tunelillo bajo tierra que va desde Ginebra a Gran Sasso, en el este de Italia. Y resulta que los neutrinos han llegado sesenta nanosegundos antes. O sea, la repanocha.

La repanocha. Qué encanto tiene recuperar vocablos de tebeos antiguos.

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Repitiendo lo que dicen los sabios, asegura Homper que con este experimento la Teoría de la Relatividad de Einstein queda en entredicho. Lo cual que, sin entender tampoco por qué carajo de relación de causa a efecto, significa que los viajes por el túnel del tiempo van a ser posibles. Así que, ni cortos ni perezosos, entraron en sus agendas marcha atrás y entrambos se pusieron a arreglar sus vidas y quién sabe si las del mundo.

-Enero de 2008- Voy a invitar a aquella estanquera que me gustaba tanto y a la que no me atrevía a llamar para decirle que si se toma un gin-tonic conmigo.

-Yo pienso más en el bienestar colectivo –le amonesta Homper- Contrataré a una panda de matones para que les rompa las piernas a los jefazos esos de Lehman Brothers . Así no podrán ir a la oficina  y seguir haciendo hipotecas subprime.

-Marzo de 2004. Me voy a quedar en casa con una ampolla de Urbason para  que no me triture el cólico nefrítico aquel que me sorprendió en Las Hurdes.

-Yo sigo pensando en los demás- le  vuelve a corregir Homper- Yo loq ue haré será presentarme ante ZP disfrazado de Azaña, que supongo que sabrá quién era, para aconsejarle que, antes de prometer como presidente de gobierno, se lea los papeles  fundamentales y repase las cuatro reglas.

Metidos en juerga, el Duende quiso regresar al año 1974 para que Schwarzembeck, futbolista del Bayern Munich, no metiera el gol de última hora que le arrebató al Atlético de Madrid la Copa de Europa que prácticamente tenía ya en sus manos. Y más aún, inmtentó colarse en el verano de 1963 y en la habitación de Marylin para convencerla de que, por lo que más quisiera, dejara de tomar pastillas y no se suicidase.

Pero no consiguieron nada. Porque aunque las ciencias adelanten, no avanzan tanto como para que tipos del corte de Homper o del propio Duende las entiendan y sepan valerse de ellas. Así que unos nanosegundos después de estos castillos en el aire, el bloguero ya estaba en otros descubrimientos.

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Por ejemplo, el de los bufones de la costa oriental de Asturias. El Diccionario del Español Actual de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos dice que bufón es persona cuya intención o propósito es exclusivamente hacer reir. El propio Duende sabía que durante muchos años él mismo ha sido un bufón. Pero nada dice el tal diccionario del fenómeno vio con sus propios ojos en Vidiago, cerca de Llanes, donde el mar embravecido se comprime por unas chimeneas abiertas en la roca  caliza de los acantilados y bufa como la boca de un dragón proyectando al exterior columnas de agua pulverizada. Probablemente deberían de llamarles bufidos, pero los les dicen bufones.

-¿Y cómo no me habían hablado antes de esta maravilla? –se preguntaba el viajero como un Homper cualquiera.

Admite el Duende que puede ser la suya una sensibilidad muy infantil. Comprende que, aunque el fenómeno natural es sorprendente, sobre todo si está enrabietada la mar, resulta aún más vistoso por la espectacularidad de esta costa, con acantilados feroces desgajados a veces en diminutos islotes y perforados por grutas en las que  el agua hace toda clase de  diabluras. Es consciente de que el paisaje que se contempla mirando tierra adentro también influye: la Sierra de Cuera, entre los Picos de Europa y el Cantábrico, bosques de castaños y robles, prados felizmente llenos de vacas, caballos medio asturcones y algún corzo y nobles casonas de piedra que aún mantienen su dignidad frente al inicuo mal gusto del desarrollismo inmobiliario.

Ah, y uno de los campos de golf, el de Llanes por los que merece la pena aficionarse a este deporte que tanto le desesperó al bloguero (al punto de que lo aborreció apenas mandó al lago sus diez primeras bolas. ¿Por qué aprender a mis años algo que evidentemente se me niega?-se dijo).

Recapitulando: no era sólo la impresión de los monstruos marinos que por esas mágicas chimeneas desahogan su mal humor. Era el encanto del lugar.

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Otros datos para la agenda de inolvidables que uno guarda en su memoria. En Buelles, el pote y los tortos de  La Sauceda, el restaurante de un poeta llamado  Ramón Alzola que todos los años organiza un concurso de sonetos. En Llanes, los llamados Cubos de la Memoria de Ibarroladiscutibles- su señorial casino (pocas tertulias ya en el crepúsculo de la última tarde de verano), el espléndido Paseo de San Pedro, un tapiz de hierba al borde mismo del mar, y la senda costera que lo continúa. También la cocina de La Galería, donde una artista de la cuchara llamada Marisol se quedó estupefacta descubriendo la cara de aquella Doña María que conocía de la radio. En Buelna la caprichosa playa de Cobijero, donde bufa el mar de lo lindo En el umbrío y precioso Valle de Ardisana, aquella aldea con olmo en mitad de una diminuta plaza rodeada de hórreos centenarios. Qué lástima que el bloguero no recuerde su nombre. Y en Andrín, un pequeño pueblo en el que han conseguido controlar la horterada inmobiliaria, casas muy guapinas, una playa  tamaño joyero que parece un decorado de bonita que es y los restos del lienzo de una muralla junto a los que se levantaEl Norte, un conjunto de tres casas convertidas en deliciosos apartamentos. Queda por citar a sus dueños, Manolo y Bea, amigos emprendedores que hace más de veinte años decidieron cambiar el foro y la publicidad por la costa asturiana y el oficio de hosteleros refinados que les distingue. No han descuidado un detalle, pero se esmeran sobre todo en el buen gusto y en la cordialidad inteligente. A ella sin embargo  le chirría que le digan que sus apartamentos resultan muy coquetos.

-Pero qué caramba –pensaba el Duende/Doña María- Es que lo son.

Total, que estrellado ante imposibilidad de saber para qué nos sirve el último  expèrimento del CERN, este ha sido el último descubrimiento del bloguero curioso. No pierda el el lector  un solo nanosegundo y, en lugar de esperar a viajar por el túnel del tiempo vayan a esta singular costa de inolvidables bufones. Por cierto que, haciendo honor a su nombre, sus bufidos también parecen reirse de todos los que  han visitado los rincones más exóticos del mundo sin haberse acercado a verles. Ya ven, a cuatro horas de Madrid y el Duende  sin conocerlos hasta la fecha. Pero qué paletos somos a veces con nuestros propios tesoros.

El Cuerpo de Inspectores de Nubes

Lo malo es que los miembros de este Cuerpo de Inspectores de Nubes, como el ue pintó Magritte, también querrán cobrar...

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En el descansillo, Homper se encontró con su joven vecino del sexto. El vecino estaba sudoroso y venía con cara de pocos amigos. Acababa de dejar en el garaje su bici con sillita supletoria para niños, y salía del ascensor con su hijita en brazos. La niña tenía sólo cuatro años, pero ya iba al colegio público. Iba, pero no se quedaba mucho tiempo. A la hora y media la directora del centro dijo que ya era bastante para ser el primer día, y la mandaron para casa.

-Es por lo de la adaptación –le explicó el vecino medio bufando- Ya ve usted, ahora los niños no pueden caer en la escuela así, de sopetón, porque sufren. La cosa de la psicología y eso. ¡Tócate los cojones!

El joven vecino no era partidario de las nuevas medidas docentes.

-La he llevado a mi taller, para que así se fuera adaptando a un posible puesto de trabajo cuando sea mayor- rezongó mientras buscaba el llavín de su casa en el bolsillo- Pero ha empezado a jugar con las maquinitas y me ha armado la de Dios es Cristo. Así que la traigo a casa y que la aguante su abuela. Y nunca mejor dicho, porque la pobre suegra ya ha sido llamada de urgencia y me está esperando.

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Mientras el joven se despidió y se metió en su casa con la niña inadaptada llorando a rabiar, Homper recordó su primer día de clase, cuando le soltaron en un aula llena con cuarenta y cinco niños más y un profesor vestido de negro que vigilaba desde el estrado. El aula era una algarabía: gritos, risas, murmullos. El profesor miraba a sus pupilos con cara de jefe de estación, y esperaba tamborileando los dedos sobre la mese a que se completara su lista de alumnos. Cuando llegó el que faltaba, se levantó y, con gesto ceremonioso, se dirigió a la puerta de doble batiente, la cerró y ordenó silencio.

-¡Aquí no habla más que el profesor!- dijo dando un puñetazo sobre el pupitre más cercano.

En ese momento un niño llamado Otamendi  rompió a llorar estrepitosamente. Y al pequeño Homper se le encogió el corazón. Le separaban de su madre, le abandonaban en una cárcel con niños a los que no conocía de nada  y nadie se preocupaba de lo que sentía. Qué crueldad.

Homper pensó por un momento que, en el imperio del buenismo, quizás le admitieran una querella retroactiva contra el Estado por mal trato psicológico en el colegio.

-Intolerable lo que hicieron con nosotros-argumentaría- ¡Dejarnos en el colegio bruscamente y sin adaptación!…

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O sea, que fue víctima de ese ominoso período histórico en el que primaba la insensibilidad y los niños no pintábamos nada. Ahora sí que somos guay, y estamos en todo. Ahora queremos preparar a nuestros niños como Dios manda, aunque sólo sea para que pasen de puntillas sobre la sórdida realidad y culminen el sueño de quien nos dirige.

-El mejor destino –nos recuerda  Zapatero parafraseando, dicen, a Ramón- es el de supervisor de nubes acostado en una hamaca y mirando al cielo.

Ya lo podía haber pensado antes, caramba…Poético sueño de quien hace sólo dos o tres años parecía comerse el mundo. Menos mal en ese noble cometido le seguimos casi todos. Cinco millones de parados, seis o siete de jubiletas y otros tantos niños que se preparan para un futuro tan incierto como el cielo que amanecerá mañana. Van a faltar hamacas para  el inmenso Cuerpo de Inspectores de Nubes que se está forjando, ya les digo.

El Duende de verano (10) Huyendo del pesimismo

Sal a caminar y busca cualquier pretexto para huir de la crisis...

1.Se regalan motivos para la estupefacción

Pendiente aún de volcar en el blog sus últimas impresiones del viaje por Escocia –hay que ver qué galbana trae el verano- se topa el  Duende al viejo amigo Homper en una de las múltiples rutas coronarias que han  nacido del nuevo Manzanares. Homper anda porque está jubilado y es algo hipocondríaco. Como de coronarias no tiene ningún problema, su nivel de colesterol es perfecto y los indicadores del PH tranquilizadores, se ha empeñado en obsesionarse con una venitas moradas que le afloran en la cara anterior del muslo derecho.

-Carlomagno  también padecía de esto-aclara.

Nadie sabía que Carlomagno sufriera de las varices, que suele ser cosa de señoras. Pero a Homper le gusta fundar sus obsesiones en argumentos. Reales o inventados, se sospecha.

El Duende por su parte también anda bastante. Sus días de corredor de fondo van  convirtiéndose en largos paseos que le sirven para creerse que se mantiene en forma y, entretanto, observar. Hoy por ejemplo observa que, pese a su perplejidad permanente, Homper camina con la boca cerrada.

-Es para que no me entren las moscas –explica el Hombre Perplejo- Porque iría con la boca tan abierta que seguro que alguna me comía.

Y añade que ya no sabe qué le sorprende más, si la terrible prima de riesgo, la reforma de la Constitución, la indignación que produce el mismo consenso PP/PSOE por el que todo el mundo clamaba hasta ahora, la pelea por la tabarra de la lengua vehicular, los calambres en directo del pobre Nadal o la desfachatez de ese ojo público bastante más que indiscreto en que se ha convertido Internet. A este propósito,  Homper dice que no es normal que una dama que fue alcaldesa de una ciudad belga se ponga a fornicar con su amante en lo alto de una torre del Castillo de Olite. Pero aún considera más asombroso que hubiera alguien allí para grabarlo en su video y un baranda de un periódico digital dispuesto a ofrecer a los internautas los aspavientos de los amantes parapetados tras una almena.

-Cómo no va quedarse estupefacto uno- precisa con un deje de amargura.

No se queda en estas cuestiones. Para Homper, por ejemplo, también es motivo de sorpresa al estado de gracia permanente que han conseguido algunos, muy pocos, representantes de la vituperada clase política.

-Por ejemplo,Durán i Lleida, que es el político con mejor imagen entre los españoles. Ahora acusa a Zapatero de irresponsable por querer contener el déficit con una reforma de la Constitución que a él y a su partido no les gusta. Y no se acuerda de que ellos mismos aplaudieron muchas de las medidas irresponsables del presidente que han sido parte del problema. ¿No es sorprendente?

Queda la pregunta en el aire.

2. La depre de la crisis

Al Duende por su parte no le afectan tanto los motivos para el pasmo como el peso del pesimismo general que nos acecha. Feo vicio este de informarse: lees el periódico, escuchas la radio, ves la tele y casi te dan ganas de quedarte en el programa de Vázquez, Lozano, Esteban y Matamoros. Dichos así hasta podrían parecer los autores de un diccionario  etimológico. Pero, como decíaOrtega, no es esto, no es esto.

-Estoy tan obseso yo con e la crisis –comenta el Duende- que esta noche soñé que Elena Salgado me consultaba sobre qué impuesto sería más efectivo. Si un impuesto sobre la felicidad, un impuesto extraordinario sobre las pipas de girasol o un impuesto sobre los pasos andados.

-No des ideas –advierte Homper-Cada vez somos más los paseantes.

Debe de ser por eso, porque pasamos y vemos pasar la vida. Afortunadamente vivimos unos días de verano particularmente amables en Madrid. Y hasta hoy, que empieza a a subir el termómetro, daba gusto pasear y pasar, que como decía Machado, es lo único verdaderamente nuestro. Qué quedará en la historia de este pedazo de crisis y cómo influirá en nuestras vidas, sigue siendo una incógnita.

-No puedo más de tanta trascendencia, te dejo-le dice el Duende a Homper.

-Pero ¿a ti no te afligen las dudas? –pregunta Homper desasosegado por la aparente insustancialidad de su amigo- Antes de irte, dímelo, por favor, que no quiero sentirme un ser extraño.

-Cómo no me van a torturar- le calma el Duende- Con la que se nos viene encima a los abuelos esta primera quincena de septiembre…Esta tarde tengo que invitar a mis nietas al llevo dos días pensando si debo llevarlas a Los Pitufos o a Animals United. Me despido, que tengo que salir de dudas antes de que empiece la película.

Pasear, soñar, dudar. Todo vale con tal de huir del pesimismo que nos invade.

Cómo mola Querétaro

Con motivo del Día del Español el Instituto Cervantes invita a encontrar la palabra más bonita de nuestro idioma. Y a propuesta del actor Gael García Bernal, es elegida Querétaro. Pues vale.

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A veces es verdad que los árboles no dejan ver el bosque. Desde la distancia transoceánica que marca su casita en Nueva Inglaterra la tía Clota, que cada vez espacia más sus conexiones con Homper, ve cosas en las que aquí apenas reparamos. No vamos a aburrir con los múltiples motivos de estupefacción que nos depara la actualidad. Ayer la anciana se ceñía simplemente a una muy menor que estos días recuerdan los medios

-¿Así que Querétaro es la palabra más bonita de nuestro idioma según el Instituto Cervantes?

Homper no supo qué decirle.

A Homper la noticia también le pareció una ocurrencia, una genialidad de un mago de las redes sociales para promocionar a una ciudad que en principio, no figura en el diccionario, sino en las enciclopedias. Aunque los topónimos también son palabras, el hablador tiende a pensar que en una encuesta así iba a salir cualquier otra más hermosa y biensonante que el esdrújulo nombre de una ciudad mejicana.

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Comentaba  Homper las razones de tan extraña elección y se las explicaba a su tía.

-Sobre todo, el creciente poder de Internet, que va a acabar siendo el parlamento inmediato del pueblo. Ya ves tía, las redes sociales lo mismo te organizan un 15 M que acabará otorgando los premios Nobel, ya verás. Y luego, la pusilanimidad del personal para atreverse a nadar contra corriente. Se empieza a difundir una consigna y cuando quieres decir tu opinión te recuerdas aquello de que tanta gente pensando lo mismo no puede equivocarse…

-Ya –cortó la anciana- En m tiempo decíamos: ¿dónde va Vicente? Donde va la gente.

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La gente confunde en esta cuestión fondo y forma. Sorprende que en el primer botepronto de una entrevista rápida  para la tele dos personas con tan buena cabeza como Mario Vargas Llosa y Vicente del Bosque dijeran obviedades como libertad y fútbol. Algo que sin duda significa mucho en su escala de valores, pero que, por obvio,  no es de esperar en mentes tan privilegiadas. El escritor sobre todo debería apreciar que la belleza de una palabra no tiene por qué estar unida a su significado.

-Coño-pensó Homper-no es una palabra especialmente bonita. Pero clítoris, que le queda tan cerca, a mí si me lo parece. Como pan, como delirio, como donaire, como añoranza, como berbiquí, como alfeñique.

A Homper le gustan sobre todo las palabras juguetonas.

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En Querétaro fue fusilado uno de los emperadores más breves de la historia, Maximiliano de Méjico, que pocos sabrán qué pintaba allí. Incluso él, cordero pascual de intereses supranacionales. Leyó Homper su triste historia en la novela Noticias del Imperio, del escritor  Fernando del Paso, y reconoce que quizás ese drama pesa en su estupor por el momentáneo esplendor de esta palabra. Como pesa el considerar que en esa ciudad Butragueño metió cuatro goles con la Selección Nacional de Fútbol, en uno de los mejores partidos de la larga etapa en la que España nunca ganaba casi nada. Naturalmente, en los considerandos del fallo, se decía que Querétaro significaba “la isla de las salamandras azules”. Aunque en purépecha parece significar sólo “juego de pelota”. Al final querían darle la razón a Del Bosque, aunque para vestir el muñeco aireasen lo de las salamandras azules, como si los hispanoparlantes fuéramos ante todo poetas y naturalistas, y tuviéramos especial predilección por esta clase de reptiles y `por el color azul.

-Se ve que había que echarle cuento, tía.

-Quizás-admitió la anciana- O cara de algún despabilado para promocionar el lugar…¿Por qué sí Querétaro y no Alba de Tormes, con lo bonito que es ese nombre?…

Lo dicho, el poder del sexto poder, que es Internet. La moda. El irresistible mimetismo de lo  políticamente adecuado. Las ganas de epatar al burgués. Cómo mola todo.

No todo va mal

Bienaventurados los que cumplen, porque ellos nos hacen la vida posible...

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Se levantó, abrió el grifo del  lavabo para lavarse los dientes y, en lugar de agua, el grifo vomitó una nota seguida de un chorro de facturas.

-Lo sentimos- decía la nota- pero,  hasta que no pague la Comunidad Autónoma todas las facturas cuya fotocopia adjuntamos, hemos decidido interrumpir el suministro. Esperamos que lo comprenda. La Compañía de Aguas.

Homper se quedó perplejo. No era nada extraordinario en su biografía lo de quedarse estupefacto, cierto. Pero el mundo daba  últimamente muchos motivos extravagantes como para pensar que el terrorismo y la energía nuclear eran las únicas amenazas a la  convivencia.

-Volcanes que se enfadan y hacen de los destinos de los viajeros lo que les da la gana –repasó mentalmente nuestro amigo- Funcionarios alemanes cuadriculados o simplemente incompetentes. Pepinos inocentes que causan la ruina a los agricultores. Banqueros delincuentes o, como poco,  presuntos violadores. Y políticos idealistas que confundieron nuestro país con el reino de Jauja. Jo, qué retos nos plantea la vida…

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La radio lanzaba una catarata de señales alarmantes. Ayuntamientos y comunidades autónomas en quiebra, proveedores que cerraban por  no poder cobrar sus deudas con las administraciones,  empresarios en bancarrota, parados desesperados, indignados que pronto serán insumisos. Y el personal de la calle tan pasmao, probablemente, como el propio Homper.

-¿Y qué pasará si de pronto nos negamos a pagar nuestros impuestos?-imaginó- ¿Se atreverán a meternos en la cárcel? ¿Habrá prisiones para todos?

La nostalgia es un error. Pero el sobresalto y la improvisación como normas de vida, un horror. Quedaba antiguo, pero Homper no pudo evitar acordarse de su abuela, que mantenía que por nada del mundo había que gastar más de lo que uno sabe que puede pagar. Qué delicia, qué sosiego contar con un mundo que mide sus posibilidades y vive conforme  a ellas.

-El desarrollo nos volvió locos-concluyó- Y ahora todos acabaremos pagando los platos rotos del despilfarro…

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Homper comprendió que la Compañía de Aguas tenía razón, pero debía cuidar su higiene personal. Y a falta de un grifo eficiente, se lavó la cara con el agua de una botella de Solán de Cabras, reservando un culín para hacerse el café. Aún tuvo humor para tostarse luego una rebanada de pan y untarla con aceite. Sorprendentemente, este cayó de la aceitera con la agilidad y ligereza que para sí quisieran los impagados de tanta administración tramposa. El salero en cambio amagó un brote de rebeldía, y en un principio se negó derramar la sal por los agujeritos correspondientes.

Pero fue una falsa alarma. Por tres veces golpeó la base del salero contra la mesa, y este respondió como Dios manda.  Homper suspiró. Afortunadamente aún hay cosas que funcionan.

¿Qué tiene el blog de un político que no tenga éste?

Uno de los defectos de este bloguero es que no sabe cómo agradecer las imágenes prestadas. Aprovecha la ocasión para hacerlo ahora con el autor de este dibujo, cuyo nombe ignora

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Siempre hay un descubrimiento que te puede alegrar la vida, anotó Homper en su diario: “hoy he comprado ensaladilla rusa congelada. Días antes, ni sabía que el progreso nos había dado estas facilidades”.

Porque hay cosas a las que uno no acaba de darle la importancia que tienen. Un día hizo un cálculo curioso: ¿qué le había hecho sentirse más feliz, una buena ración de ensaladilla rusa o la contemplación de un cuadro de Tapies? Después de pensarlo bastante escribió: una ración de ensaladilla rusa.  Sabía que una ración de ensaladilla rusa jamás se subastaría en Sotheby´s, y que en cambio una obra de Tapies sí. Pero de no ser por esa razón tan materialista, no la cambiaría nunca ni por uno, ni por dos ni por tres cuadros de Tapies.

-Soy un hombre definitivamente vulgar-concluyó- Y, por favor, que no se me olvide poner unas tiras de pimiento morrón sobre la mayonesa.

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Siempre hay un comentario que puede servirle a alguien. A alguien que acostumbre a ir al cine, por ejemplo. A Homper le sorprendió no encontrar en la cartelera ninguna película que le apeteciera demasiado. Le sorprendió que, cuando cayó en uno donde ponían Agua para elefantes  sólo hubiera cinco personas en la sala.

-Y ninguna ha comprado palomitas-pensó- ¿De qué viven los cines?

La película, bonita, pero sin chicha –y casi sin limoná- es la historia de un triángulo de circo entre un empresario canalla, su mujer, que es una ecuyére muy coqueta, y un veterinario que es muy guapo y que hace rentable el circo con una elefanta habilidosa a la que domestica y mima. El empresario in escrúpulos, deseoso de  hacer caja cuanto antes, tiene muy poca paciencia con la elefanta, y a menudo la castiga como un sádico. Cuando se entera de que su santa, que es la que monta a la elefanta, se enreda con el guaperas, la emprende a golpes contra ambos delante del mismísimo paquidermo. Pero a estas alturas, Homper ya sabía cómo se iba a resolver la dramática historia.

Recuerden que los elefantes tienen buena memoria.

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Siempre hay una nadería que  no se sabe ni por qué hay que consignarla en ningún post. Por ejemplo, la luna está en creciente. Y después de las lluvias de primavera, da gusto verla faroleando entre los árboles mientras el aroma del azahar embriaga la noche.

-No es nada relevante- admite el Hombre Perplejo. Pero estamos en campaña, y hay muchos políticos blogueros. ¿Es que acaso cuentan ellos algo más interesante que lo que cuento yo?

Siempre hay un motivo para escribir cualquier observación. También para que los políticos, en su propaganda o en sus blogs, omitan obviedades pueriles, promesas fatuas y bravatas irresponsables.  Y quizás muchos más para no escribir de nada. Pero en ese caso Homper moriría irremediablemente.

Y aún tiene esperanzas de hacerlo después de haber dicho algo digno de ser recordado.

Georgi Dann ataca de nuevo

Si el Corte Inglés es el espejo del sueño de los españoles, esta vez nos ha fallado...

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Hacía tiempo que Homper no hablaba con la tía Clota. Dice que está muy mayor, y que últimamente está entregada a un gurú indio que alivia su vejez con  meditaciones tántricas e ingestas de té verde. Por eso le extrañó su llamada desde su lejana casita en Nueva Inglaterra.

-Abre el ordenador y pon en marcha el Skype ese, que tenemos que hablar de España-le dijo en un tono airado.

Noventa y dos años la contemplan. Homper creía que había ingresado en una residencia, tal y como le anunció que pensaba hacer en una de sus últimas conversaciones. Pero la anciana tía exilada a última hora cambió de opinión. Había decidido contratar a una cuidadora negra a la que llamaba Mami, como la sirvienta de Escarlata O´Hara  en Lo que el viento se llevó, y morir en casa si le llegaba la hora.

Pero antes quería pasar su último verano en su patria natal.

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La tía Clota era de nacionalidad estadounidense, pero nunca olvidó su pueblo, ni el solar donde vivió tantos años. Jamás había dejado de interesarse por lo que consideraba “ese adorable país de mis mayores que tanto se complica la vida”. Además, como tantas señoras mayores, estaba enamorada de Nadal.  Seguía enterándose de lo que pasaba en España escuchando la radio o leyendo algunos periódicos en Internet, porque la ancianidad no había podido con su modernidad.

¿Qué mosca le habrá picado?-pensó Homper.

Y como nunca le había decepcionado con sus comentarios, dedujo que esta semana había dos sucesos que sin duda requerían su comentario.

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Se lo imaginaba. Punto uno: ¿por qué se ponen tan estupendos los españoles poniendo en tela de juicio si era procedente liquidar a Bin Laden? Punto dos: ¿por qué se dejan colar esa trampa de Bildu?

-Nunca dejaréis de complicaros la vida, sobrino-dijo la anciana- Aquí hasta los más progresistas de los norteamericanos pensamos que con las cosas de comer no se juega.

Pero era el verano, quizás su último verano, lo que le inquietaba. Y la verdad es que no estaba precisamente tranquila con lo que escuchaba. Porque desde hacía unos días, entre las noticias de España, escuchaba insistentemente una horrible canción que se llamaba  El veranito, y que cantaba  una voz que le resultaba familiar.

-¿Cómo se llama ese….?-preguntó a su sobrino- Parece que fue ayer: bailemos el bimbó, bimbó…

-Georgi Dann, tía.

-Pues tengo pesadillas, sobrino.

4

Dijo que soñaba que en todos los hoteles y las playas de España donde ella pensaba ir se le aparecía un hortera con camisa de flores  y unas cuantas gogó girls  que, con una coreografía siniestra,  coreaban Mami, qué será lo que tiene el negro, La barbacoa, El bimbó y la espantosa cancioncilla publicitaria El veranito, que quiere poner de moda Viajes el Corte Inglés. Veía que el que el chófer del autobús que le llevaba del aeropuerto al hotel era Georgi Dann, y que el que le extendía la hamaca era Georgi Dann, y que el camarero que le servía el desayuno era Georgi Dann, y que el guía del museo era Georgi Dann, y que el que le vendía el souvenir del toro de cerámica  tipo Gaudí  también era Georgi Dann. Y que, por extensión, el Rey, y Zapatero, y los ministros, y hasta el presidente del Tribunal Supremo, y el director de la RAE, y el presidente de la Conferencia Episcopal, todos eran un Georgi Dann onmnipresente e invasor que había lobotomizado a España.

Y , así las cosas, ahora quería  morir antes del veranito.

-¿Tanto progreso para esto, sobrino?-dejó en el aire con gesto crispado la anciana antes de cerrar la conexión.

Homper se quedó estupefacto, como correspondía al Hombre Perplejo por excelencia. Qué salidas, las de la tía Clota. Lo pensó mientras se rascaba la barbilla. Y al final tuvo que admitir que quizás tía Clota tenía mucha razón.

 

Georgi Dann ataca de nuevo

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Hacía tiempo que Homper no hablaba con la tía Clota. Dice que está muy mayor, y que últimamente está entregada a un gurú indio que alivia su vejez con  meditaciones tántricas e ingestas de té verde. Por eso le extrañó su llamada desde su lejana casita en Nueva Inglaterra.

-Abre el ordenador y pon en marcha el Skype ese, que tenemos que hablar de España-le dijo en un tono airado.

Noventa y dos años la contemplan. Homper creía que había ingresado en una residencia, tal y como le anunció que pensaba hacer en una de sus últimas conversaciones. Pero la anciana tía exilada a última hora cambió de opinión. Había decidido contratar a una cuidadora negra a la que llamaba Mami, como la sirvienta de Escarlata O´Hara  en Lo que el viento se llevó, y morir en casa si le llegaba la hora.

Pero antes quería pasar su último verano en su patria natal.

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La tía Clota era de nacionalidad estadounidense, pero nunca olvidó su pueblo, ni el solar donde vivió tantos años. Jamás había dejado de interesarse por lo que consideraba “ese adorable país de mis mayores que tanto se complica la vida”. Además, como tantas señoras mayores, estaba enamorada de Nadal.  Seguía enterándose de lo que pasaba en España escuchando la radio o leyendo algunos periódicos en Internet, porque la ancianidad no había podido con su modernidad.

¿Qué mosca le habrá picado?-pensó Homper.

Y como nunca le había decepcionado con sus comentarios, dedujo que esta semana había dos sucesos que sin duda requerían su comentario.

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Se lo imaginaba. Punto uno: ¿por qué se ponen tan estupendos los españoles poniendo en tela de juicio si era procedente liquidar a Bin Laden? Punto dos: ¿por qué se dejan colar esa trampa de Bildu?

-Nunca dejaréis de complicaros la vida, sobrino-dijo la anciana- Aquí hasta los más progresistas de los norteamericanos pensamos que con las cosas de comer no se juega.

Pero era el verano, quizás su último verano, lo que le inquietaba. Y la verdad es que no estaba precisamente tranquila con lo que escuchaba. Porque desde hacía unos días, entre las noticias de España, escuchaba insistentemente una horrible canción que se llamaba  El veranito, y que cantaba  una voz que le resultaba familiar.

-¿Cómo se llama ese….?-preguntó a su sobrino- Parece que fue ayer: bailemos el bimbó, bimbó…

-Georgi Dann, tía.

-Pues tengo pesadillas, sobrino.

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Dijo que soñaba que en todos los hoteles y las playas de España donde ella pensaba ir se le aparecía un hortera con camisa de flores  y unas cuantas gogó girls  que, con una coreografía siniestra,  coreaban Mami, qué será lo que tiene el negro, La barbacoa, El bimbó y la espantosa cancioncilla publicitaria El veranito, que quiere poner de moda Viajes el Corte Inglés. Veía que el que el chófer del autobús que le llevaba del aeropuerto al hotel era Georgi Dann, y que el que le extendía la hamaca era Georgi Dann, y que el camarero que le servía el desayuno era Georgi Dann, y que el guía del museo era Georgi Dann, y que el que le vendía el souvenir del toro de cerámica  tipo Gaudí  también era Georgi Dann. Y que, por extensión, el Rey, y Zapatero, y los ministros, y hasta el presidente del Tribunal Supremo, y el director de la RAE, y el presidente de la Conferencia Episcopal, todos eran un Georgi Dann onmnipresente e invasor que había lobotomizado a España.

Y se quiso morir antes del veranito.

-¿Tanto progreso para esto, sobrino?-dejó en el aire con gesto crispado la anciana antes de cerrar la conexión.

Homper se quedó estupefacto, como correspondía al Hombre Perplejo por excelencia. Qué salidas, las de la tía Clota. Lo pensó mientras se rascaba la barbilla. Y al final tuvo que admitir que quizás tía Clota tenía mucha razón.

 

Ateos, creyentes e insignificantes

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Después de pensárselo mucho, los ateos se dieron cuenta de que difícilmente podían hacer profesión de fe, pues carecían de ella. Sentían en cambio la necesidad imperiosa de hacer procesión de no fe, que suena parecido, pero no es lo mismo.

-Salgamos en procesión –dijo el baranda- Como los cofrades, las hermandades y esa gente tan rara que manifiestan así sus creencias. Proclamemos el orgullo de ser ateos.

Podían haber elegido cualquiera día del año. Pero escogieron el día de jueves santo, cuando por la ciudad desfilaban los pasos procesionales de la Semana Santa.

-Todo por la sagrada libertad de expresión –apostillaron en su comunicación a la autoridad competente- Pedimos permiso para echarnos a la calle y manifestar nuestro ateísmo, que ya está harto de ser tan discretito.

2

A veces la  autoridad competente tiene que hacer filigranas para respetar el estado de derecho sin  molestar a unos cuantos. Esos cuantos, que son numerosos en Madrid, se llaman católicos. A esos pueden sumarse otros más, que no son especialmente creyentes, pero a los que les desagrada la falta de respeto a cualquier sentimiento religioso. El ateísmo no ha hecho culto jamás de sus héroes, ni de sus mártires, ni de sus verdades reveladas. El ateísmo no tiene cruz. Podrían manifestarse: como los ingenieros de minas, o como los amigos de la capa, o los partidarios de la homeopatía, o los enemigos de la caza de la foca. Pero si quieren hacerlo  el día de jueves santo, y por las mismas calles donde tradicionalmente desfilan los pasos de la Pasión, no parece que sea sólo por una necesidad de conciencia.

-Hombre –se lamentaba una amiga monjita de las que pasa su vida atendiendo a los sintecho- En un día tan especial para la comunidad católica…Podían tener más sensibilidad, ¿no?

3

Una de las enseñanzas que más sorprendió a Homper cuando estudiaba su carrera fue la teoría del abuso del derecho, según la cual éste se desnaturaliza cuando se ejerce no para bien de su titular, sino especialmente en perjuicio de otros. Según esta teoría, la acción abusadora puede ser legal, pero es injusta si va contra el espíritu de la propia ley. Allá la autoridad competente para interpretar ésta en sus términos justos.

-A ver quién es capaz de ponerle ese cascabel al gato, con lo crecido que está este.

Puede ser un trago para Gallardón, y para la delegada de Gobierno, que tratan de evitara  toda costa un choque de trenes entre ateos arrogantes y católicos ofendidos. Pero piensa Homper que alguien tiene que recordar de vez en cuando que el andamiaje esencial del estado de derecho es el sentido común y la sensibiliad social. Algo que en ocasiones  se echa en falta.

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Hay otra cuestión que le inquieta a Homper en este asunto.

-¿Por qué diablo ahora todo el mundo quiere ser protagonista?- se pregunta estupefacto..

Piensa que lo que antes era civilización y buenas costumbres se ha descosido irremediablemente. Piensa que la sociedad se ha vulgarizado Piensa que la política se ha degradadado, que la cultura se ha prostituido, y que ya no hay una moral colectiva, sino siete mil y pico de millones de morales subjetivas a las que, por convención internacional, el mundo ha decidido respetar. Y está convencido de que la exaltación del individuo y de los llamados derechos humanos ha generado en aquél una desmesurada autoestima.

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-Por cierto, Homper, hablando de autoestima –le recuerda su amigo Ricardo interrumpiendo sus meditaciones- Mañana tenemos la manifestación de la L.I.

También se queda sorprendido al enterarse, porque no contaba con ello. La L.I. es la Liga de los Hombres y Mujeres Insignificantes. Su fundador es Ricardo, un hombre tímido de 1, 60 de estatura que durante cuarenta años tomó café en la misma cafetería sólo por ver a una camarera de la que, al cabo de este tiempo, terminó enamorándose. Nunca le dijo nada, pero un día, ya madurito ambos, se toparon en traje de baño paseando por la playa de Laredo.

-Hola, ¿no me reconoce?-le preguntó él dispuesto a declarar a continuación su amor.

-Pues no la verdad- dijo ella mientras huía de una olita que quería romper contra sus tobillos blancos.

A partir de entonces Ricardo comprendió que era un hombre tan insignificante que se siente un fenómeno extraordinario,  y está orgulloso de proclamar su insignificancia.

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También pertenece a la Liga Pavesa. En realidad se llama Juana, y es una poetisa que escribe una poesía tan ligera, fugaz e insignificante como su pseudónimo. Otro insignificante es Natalio, un arquitecto que sólo hace catedrales al estilo Norman Foster, pero con palillos. A la L.I. también pertenece Jerónimo, el autor del  libro Nada sobe blanco. El día de su presentación –ni un libro sin su presentación- no había nadie para escucharle, pero a él le dio igual. Era un libro en blanco, pese a lo cual le dedicó dos horas de soliloquio. Lo cual, por otra parte, le hizo dudar de su insignificancia intelectual.

-¿A ver si va a resultar que tengo algo que decir?-se preguntó preocupado.

Le consoló Begoña, una pintora minimalista que sólo hace arte con granos de alpiste, alas de mosca, resguardos del tinte y esmalte de uñas incoloro.

-No creas- le razonó-  Hay muchos  que están en los museos a  los que han consagrado como artistas y son tan insignificantes como nosotros.

Otro insignificante notorio, el científico Bártulo Dueñas, dice haber inventado una goma de borrar que recicla sus propias virutas.  El último que ha ingresado en la la Liga de los Insignificantes es un descendiente de Joseph Pujol, aquel marsellés cuya vida contó Cela en su libro El pedómano. Joseph era un virtuoso del esfínter anal y de las ventosidades, armas con las que tanto interpretaba La Marsellesa como apagaba una vela a cinco metros de la retambufa. Así se ganó la vida. Pero su descendiente, llamado Bernard, es tan insignificante que no sólo ventosea poco, sino que además sus pedos llevan aroma de azahar.

-No somos nadie-proclamó sollozando cuando solicitó su ingreso en la Liga de los Insignificantes- ¿A dónde va ir un pedómano con fragancia?…

A donde quiera. Pero tampoco pasa nada si se queda en casa, porque se puede mantener la autoestima sin  vocearla por las calles ni provocar al personal.

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Nunca es tarde para descubrir la tortilla de patata

No vale la pena ser príncipe de nada si no te dejan disfrutar las cosas que puede  gozar cualquier plebeyo...1

Cuando Homper  estudiaba historia del siglo XIX descubrió el término “espléndido aislamiento”. Con él los historiadores marcaban las distancias respecto a Europa de la que entonces era la primera potencia, el Reino Unido. Los británicos guiaban la ciencia y la técnica del momento, tenían  los ejércitos y la marina más poderosos, guerreaban en todas partes, lo conquistaban casi todo, absorbían conocimientos de otros pueblos, saqueaban tesoros arqueológicos y reelaboraban todo todos refinamientos importados haciéndolos suyos. Eso sí, sin acercar su isla al continente, no sea que se fuera a desnaturalizar. El te era un invento indio, y el deporte del polo, de Pakistán o por ahí. Pero pasaron a ser patrimonio nacional. Y ellos, los hijos de la Gran Bretaña, encantados de haberse conocido.

Hubo una etapa de su vida en la que Homper era anglófilo (la identificación de Inglaterra con el Reino Unido es en España muy extendida. De hecho no existe en nuestra lengua el término “britanófilo”). Seguramente por la buena imagen que le habían prestado la historia y  la literatura, el último siglo, también  el cine. Inglaterra, y su espléndido aislamiento. Llegó, la pisó, la conoció lo que pudo, la admiró.

Únicamente le dejó perplejo una carencia que no se explicaba en un pueblo tan sabio a la hora de vampirizar las riquezas ajenas.

-¿Cómo es posible que no hayan aprendido a comer bien?

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El príncipe de Gales acaba de visitar España. Se supone que algo positivo habrá sacado del viaje. Pero parece que lo que más le ha impresionado es un pincho  que le dieron a probar en una de las recepciones. El príncipe de Gales no había tomado nunca tortilla de patatas.

Dicen que repitió hasta hartarse, Mucho protocolo, mucha ecología y mucha flema británica, Pero al final perdió el sentido por algo que el muy sabio y pragmático pueblo británico no ha sabido hacer suyo.

Y la estupefacción de Homper a este propósito tenía forma de pregunta. ¿Merece la pena ser príncipe heredero del Reino Unido de Inglaterra e Irlanda del Norte si  no puedes disfrutar de algo tan sencillo y tan maravilloso como la tortilla de patata?

De la utopía al posibilismo

...Y cuando curó la "utopitis" que le aquejaba, se convirtió en un posibilista como cualquier otro gobernante

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Qué fatalidad. Decían los observadores que el presidente mejoraba de la utopitis crónica que le aquejaba desde su llegada a la Moncloa. En vez de concebir  una España imposible, era ya tan posibilista que hasta consideraba que no toda la energía nuclear significaba  Hiroshima y Nagasaki.

Y en éstas se enfadó la tierra, desató un terremoto y un tsunami sobrecogedor en Japón y reventó la  central nuclear de Fukushima. El mundo lloró –un poquito- por las más de diez mil víctimas. No lloró más  porque el fantasma de Chernobil aventaba el miedo, y medio mundo tenía elecciones a la vista y una viña que guardar.

-España no es Japón –escribió en su informe el Director General de Argumentarios del gobierno de España.

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Últimamente nada era lo que parecía. Japón no era España. Grecia no era España. Irlanda no era España. Portugal no era España. Ni Libia era Irak. Y el faisán tampoco la cándida paloma de la paz que pretendían.

Pero en el debate nuclear, las cosas cambiaban. Donde antes se cerraba una central, ahora la necesidad obligaba a hacer la vista gorda sobre las demás.

-Digamos digo donde antes decíamos Diego –subrayó el el Director General de Argumentarios- Desde que la gente probó el agua caliente, la calefacción y  el coche, y se ha emborrachado de estado de bienestar, no hay manera de sacar adelante la utopía, jefe.

El presidente se secó una lagrimilla con un pico de la portada de EL PÚBLICO, que usaba habitualmente como pañuelo e, hincando la rodilla, declamó como Tenorio desesperado.

-Clamé el cielo y no me oyó/ y, pues sus puertas me cierra/ de mis pasos en la tierra/ responda el cielo, no yo.

La entrada de su secretaria alivió aquel amargo cáliz.

-Que mientras se flagelaba, ha llamado don Emilio Botín para insistirle: que no decaiga, que no dimita, y que si le fallan los sindicatos, ahí está él para ayudarle, que por algo lleva siempre la corbata roja.

Bendito posibilismo.

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Entretanto, y hastiados ya de encuestas electorales que no trataban sino de socavar la moral del gobierno, empezaron a proliferar las que abundaban en el punto flaco de la energía nuclear. Y Homper, el Hombre Perplejo, se quedó turulato al saber que la mayoría de los encuestados creía que las centrales nucleares que hay en nuestro país son seguras.

-Es asombrosa su sabiduría–pensó- No sólo conocen palmo a palmo la geología de nuestro suelo y la solidez de sus placas tectónicas. No sólo tienen pruebas del alto grado de resistencia del homigón armado. Sino que saben que la fusión parcial de las barras del reactor, aunque produce una radiación de  1.000 milisievert por hora, no nos afecta. Como dijo Leopoldo Calvo Sotelo de la guerra de las Malvinas, el nuestro es un problema “distinto y distante”.

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Entretanto, en el piso de arriba, Emlio y Solita, un matrimonio con ciento ochenta y cinco años a sus espaldas, escuchaban los alarmantes datos de un científico sobre la longevidad del peligro nuclear.

-El cesio radiactivo decae a la mitad a los treinta años –decía la radio- El plutonio que se está escapando ahora en Fukushima tardará veinticuatro mil en perder sus efectos nocivos.

-No llegaremos a eso, ¿verdad?-preguntó temblorosa la anciana mientras acercaba sus manos frías al radiador de calefacción.

-No, Solita-respondió el anciano- Estaremos ya en la vida eterna.

-Pues entonces, ande yo caliente y ríase la gente.

Les faltó añadir que el que venga detrás arree. Que es más o menos lo que acaban aceptando, con amarga resignación, eso sí, los políticos posibilistas.

Periodismo y publicidad. Todo es relativo…

Habrá que enunciar la nueva teoría de la relatividad en la información...

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Sonó el teléfono y el Duende se precipitó a cogerlo. La gente ahora llama menos. Unas veces piensa que hasta en eso se nota la crisis: en todo se puede ahorrar. Otras veces le da por creer que es cosa de su edad y de su retiro. Ya no es necesario para casi nada, y está fuera de la pomada, y tampoco está enfermo, y además ya sentó las reglas para esquivar a los únicos que aún siguen, erre que erre,  al aparato.

-¿Es usted el que deseo que sea?-quieren decir- ¿El responsable del contrato de…?.

-Lo siento, mire –suele excusarse- Ya no se con quién tengo contratada la luz, ni el gas, me han hecho ustedes un lío Se me ha olvidado ya el número de llamadas sobre este asunto que he tenido que atender, aunque no creo que ni IBERDROLA, ni ENDESA, ni UNION FENOSA ni GAS NATURAL me salven la vida. Pero ya  no acepto llamadas comerciales, gracias.

A veces piensa que detrás de esa voz generalmente suramericanita que le suplica atención, hay un puesto de trabajo que necesita acreditar tantas llamadas para no tambalearse.

-Usted es un encanto –acostumbra a añadir para edulcorar la píldora amarga- y hace  muy bien su trabajo. Pero su compañía es una pelmaza, lo siento.

Cuando es un robot el que llama, se ahorra estas palabras.

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Sin embargo aquella era una llamada distinta. Venía de Iñaki Gabilondo, que no llamó a este infeliz ni una sola vez durante los casi diez años que coincidieron en la cadena SER.

-Verás- le dijo- Te llamo porque me ha dicho Fernando Onega que pase la bola. A él le llamó Juan Luis Cebrián, al cual había llamado Luis María Ansón, que a su vez había recibido una llamada de  Paloma Gómez Borrero. Esta fue avisada por José María Carrascal, que recibió la noticia de Carlos Herrera, el cual seguía la cadena que le comunicó Luis del Olmo. ¿Sabes?…A Luis le dio el queo Pedro J. Ramírez, advertido por MaríaTeresa Campos y por Pilar Cernuda, que a pesar de sus discrepancia ideológicas había creído lo que le dijo Enric Sopena, entre otras cosas porque el que se lo había dicho a éste era Miguel Angel Aguilar, al cual habían llamado anteriormente Julia Otero y Angels Barceló. Angels parece que se enteró del asunto a través de Ernesto Saenz de Buruaga, puntualmente informado por Matías Prats, con el que se habían comunicado Pedro Piqueras y Olga Viza. Pero te mentiría si te ocultara que nombres como los de Susana Griso, Pablo Sebastián, Ana Rosa Quintana, Paco González, Carlos Carnicero, Raúl del Pozo, Ignacio Camacho, y Gistau suscriben el mensaje. Y, cómo no, el infalible Jaime Peñafiel y el pontífice de la corrección en todo, que es Josemi Rodíguez Sieiro…La cosa es que…

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En ese momento le sonó el móvil, descolgó de una forma mecánica y tuvo que escuchar la voz de su amigo Homper, tradicionalmente impresionable por casi todo lo que pasa en el mundo.

-¿Sabes?…-dijo el Hombre Perplejo- He hablado con la tía Clota, que vive en Vermont. ¡Y me dice que le ha llamado nada menos que Oprah Winfrey, por recomendación de Larry King!…

-Un momento, Homper- le cortó el Duende- Es que hablaba con Iñaki Gabilondo…

Lo cierto es que el Duende esperaba que la llamada del gran periodista español le despejara alguna de las dudas del día. ¿Se recuperará Japón de este terremoto? ¿Se reabrirá el debate nuclear? ¿Acabará Gadafi barriendo a los rebeldes y desafiando a Occidente? ¿Dirá Zapatero si se presenta a la reelección? ¿Irá a la manicura Belén Esteban?

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Pero las cosas ya no son lo que eran, pensó cuando le colgó a su maestro radiofónico.

-¿Qué te ha dicho Iñaki? –preguntó Homper impaciente.

-Que la vida es otra cuando lo tomas, y que  me una a la cadena ACTIMEL.

-¡Coño!-exclamó el Hombre Perplejo- Eso es lo que me ha dicho la tía Clota que le dijo Opra Winfrey: esto no ha hecho más que empezar.

Al Duende le vino a la cabeza aquella máxima de Álvaro de la Iglesia que presidía la cabecera de La Codorniz: donde no hay publicidad, resplandece la verdad. Recordó que se había pasado su vida entre los publicitarios y los periodistas. Los publicitarios decían una verdad interesada, pero no ocultaban que cobraban por ello. Los periodistas eran otra cosa.

-Ya nada ni nadie es lo que era-sentenció Homper- ¿Será verdad la verdad?

La verdad es que este relato fue un sueño. Pero ahora que están despiertos, tanto el Duende como Homper admiten que no tienen muy clara la respuesta.

La pesadilla de los contragoyas

¿Qué hizo el de Fuendetodos pra merecer ésto?...1

Ya le chocó bastante a Homper el nombre de los premios que venían a ser una especie de contragoyas. Un académico travieso había decidido sustituir al pintor de Fuentedotodos, que al fin y al cabo no había inventado el cine, por otra palabra malsonante con la que rima tan ilustre  apellido. La palabra es del género femenino, pero designa algo muy masculino. O sea, que cumplía con el lenguaje políticamente correcto que mandan los cánones modernos, para satisfacción de la clase política, tan pendiente siempre de la cultura.

-¡Y qué potente resulta el trofeo!-comentó la Academia del Cine cuando le presentaron aquella cosa en forma de menhir modelada en bronce.

Los presentadores de la gala eran Groucho Marx, que había resucitado para la ocasión, y Santiago Segura. Para que nadie se llamara a engaño, este aparecía directamente convertido en el célebre y nunca bien ponderado inspector Torrente, con su camisa mal abrochada enseñando su tripilla blanquecina, su chaqueta nevada de caspa por las hombreras y su cabeza grasienta correctamente peinada. A lo largo de la gala, él mismo aplicaba su fijador salivar escupiendo sobre las palmas de sus manos de cuando en cuando y esparciendo tan eficaz brillantina sobre las crenchas de su cabello. Como contrapunto femenino estaba La Maña, vestida con un modelo de un tal Delfín, que explicaba  así su audaz propuesta.

-La palabra cine viene del griego clásico, y como Creta queda más o menos por ahí pues me he inspirado en las macizas que aparecen en los mosaicos de Knosos, que son como muy modernas. O sea, que el escote de La maña va exactamente por debajo de las tetas, fashion total, y así pasamos  de la horterada esa de enseñar sólo el canalillo. Ni Marilyn se hubiera atrevido a tanto, chatitos.

La ministra de Cultura, a la sazón Chus Lampeave, representaba un contrapunto clásico y muy serio, pues vestía un modelo de Francis Montesinos que reproducía exactamente el atuendo que llevaba Isabel la Católica en el conocido cuadro de La toma de Granada pintado por Pradilla. La simpática Chus, con su corona y su larga capa, apareció en escena  a lomos de un brioso corcel , y estaba realmente mayestática posando de tal guisa para la foto final.

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-Estas son las películas y los profesionales premiados-dijo el fantasma de Groucho- Pero si no les gustan, tengo otras…

Y el público enfervorizado se echó a reír y prorrumpió en aplausos.

-¿Es usted un cineasta libre e independiente?-le preguntó a otro de los premiados-¿Está dispuesto a renunciar a las subvenciones del Ministerio de Cultura, de la televisión autonómica correspondiente, y del FAPI, Fondo de Ayuda para Productores Incompetentes?…¡Conteste antes a la segunda pregunta que a la primera!

El premiado puso una cara extraña, `pero el público celebró la ocurrencia con nuevas risotadas.

Cuando la mejor actriz recibió su premio,  Groucho sacudió la ceniza de su veguero, echó un vistazo a aquella grosera verticalidad de forma sospechosa y volvió a parafrasearse.

-¡Qué barbaridad, señora!…Yo en su lugar no lo cogería…

El puro de Groucho era, más que una provocación, un crimen de lesa salud pública. Pero los guionistas de la gala, que eran Boadella y Fernando Arrabal lo resolvieron brillantemente dando entrada a Silvio Berlusconi que apareció a paso ligero encabezando un pelotón de bersaglieri compuesto por sus mamachichos favoritas. Éstas le arrebataban el habano a Groucho y se lo llevaban a la trena mientras il Cavalliere, genio y figura hasta la sepultura, se quedaba galanteando a la Maña y a Chus Lampreave para darle más categoría al evento.

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Pero el momentazo de la gala fue cuando Torrente dijo por primera vez el nombre del nuevo premio para las estrellas del séptimo arte.

-Señoras y señores…¡Comienza la entrega de las Pollas del cine español!

Y tampoco quedaron nada mal las dedicatorias, que dejaban atrás el estilo melifluo y untuoso para iniciar un nuevo tipo de lenguaje más acorde con los nuevos tiempos.

-Dedico esta Polla al capullo de mi padre –dijo el premiado como mejor guionista- que quería que yo fuera guardia civil. Y a la guarra de  mi vecina, que mientras que yo escribía el guión se paseaba en pelotas por la terraza para distraerme, la muy puta…

Se estiraba Torrente con finas metáforas sobre el felpudo de la vecina cuando Homper se despertó sobresaltado. Todo había sido un sueño.

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Quizás un mal sueño, pensó.

Aunque luego recordaba las múltiples ceremonias de este tipo que había presenciado a lo largo de su vida. Entregas de premios, mitines políticos, inauguraciones, convenciones de empresa, programas de televisión donde se tiene que adular a los premiados, a los colegas, a los equipos,  al público que se lo merece todo. La feria de las vanidades, el borreguismo de lo bonito, el vacuo lenguaje del halago y del eufemismo, la cursilería, el autobombo. La falla que quemamos en nuestro propio honor.

-Otro pan y circo que  pone espejos deformantes al alma humana para redimirla de sus miserias-concluyó

Lo comentó luego con la tía Clota, a la que ya no le divierten ni la fiesta de los Oscars, que son más o menos igual de repetitivas y empalagosas que nuestros Goyas. No se atrevió a contarle el sueño de las Pollas del Cine, porque le pareció demasiado fuerte para una anciana. Pero estaba seguro de que entendería su afán feístaiconoclasta y destroyer por el hartazgo de purpurina, de fuegos de artificio, de espuma y de glamour.

-No lo soporto más, tía-suspiró Homper- Soy demasiado viejo como para que me  sigan  contando la vida y el cine como si fueran una estúpida tarta de nata con guindas.

Como si fuera una falla.

Las Cajas y las grietas

Si la madre de Homper viviera, se escandalizaría al ver que ni las Cajas de Ahorro son ya lo que eran...

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Homper leía el periódico cuando se quedó perplejo.  Hizo un alto en la lectura  y suspiró.

-A dónde habría ido a parar su fe –pensó acordándose de su difunta y querida madre- ¡Si hasta las cajas de ahorros se tambalean!…

Y recordaba el empeño de mamá  en que cortejara a Pilarín.  Pilarín era mofletuda y caderona, y tenía una nariz acyranada. Hasta que se la operó, y le quedó desternillada y fina como el pico de la aleta de un tiburón. No era pues la más atractiva de la promoción, pero le hicieron madrina del paso del Ecuador, y la rondaron, y le cantaron aquello de asómate, asómate al balcón, carita de azucena. Homper no recordaba exactamente qué carita tenían las azucenas, pero esperaba que en el campo, y mecidas por la brisa, lucieran algo más graciosas que Pilarín.

Pilarín era buena, y en la cuesta de enero invitaba a los amigos aun guateque  sólo para liquidar el resto de los cestones que habían recibido en su casa por Navidad. Pilarín, naturalmente, no era el amor de su vida. Pero era hija del presidente de la Caja de Ahorros de la provincia.

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La sede de la Caja de Ahorros se erigía en uno de esas plazas de la ciudad que ahora se dicen “emblemáticas”. A Homper le sorprendía que ahora se adjetive tanto con esa esdrújula de nuevo cuño. Pero le pasmaba aún más el estilo del edificio, que José Ramón (lector de este blog) y otros arquitectos versados podrían catalogar dentro del racionalismo opulento, la oficialidad funcional o, como diría el ínclito  Jesús Gil y Gil, la fealdad ostentórea. A primera vista  parecía una horterada monumental chapada en mármol rosa, pero el arquitecto que lo firmó ganó un accésit en el concurso del Proyecto para el rediseño de las Cabinas de Baño de la Playa de Santa Lucía de Camagüey, en la isla de Cuba, y además era ahijado de un consejero de la Comunidad Autónoma correspondiente.

-Es que la cajaahorreidad es una manera de entender la vida –decía su amigo Gustavo, que era muy filosófico él-  un pensamiento social. Y, por suerte o por desgracia,  una estética.

Eso, una estética. Se veía en sus edificios, en sus diseños corporativos, en sus logotipos,  en sus calendarios, en sus libros de cheques, en el papel y el sobre de sus cartas. Se adivinaba en ese toque especial que daban a sus obras los artistas que exponían en sus salas. Hasta en el estilo de esos bancos, esos columpios y ese mobiliario urbano que, siempre atentas a sus fines sociales,  habían plantado en tantas ciudades y pueblos de España.

-¿Ves? –le decía su madre a Homper- El padre de Pilarín…¡Ese sí que es un hombe de categoría! ¡Y ayudando a todas las iniciativas!

Homper veía a la Caja de Ahorros por todas partes. Viviendas, polideportivos, centros culturales…Y patrocinando conciertos, exposiciones, pruebas deportivas, iniciativas sociales. Las cajas lo eran todo, aunque para él Pilarín,  pese al empeño de su madre, no significara casi nada.

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El padre de Pilarín se hacía el nudo de la corbata muy gordo, al estilo Wilson, y gustaba de llevar zapatos de rejilla. El padre de Pilarín lucía un fino bigote de capitán general de la época, y aunque sólo era profesor mercantil había escalado puestos porque tenía muy buena cabeza y un hondo sentido social del trabajo. Además era presidente de una hermandad de penitentes muy importante, y aunque tenía el feo vicio de tocarse sus partes vía bolsillo del pantalón –otra costumbre de los hombres de entonces- pasaba por ser todo un caballero cristiano,  generoso, atento, servicial y de sonrisa fácil.

-Pilarín –decía a su querida hija cuando ésta salía de casa- Que no te falta de nada…¿Le das un beso a papá?…

Papá ofrecía la mejilla, Pilarín se la besaba y el prócer le daba un billete de quinientas pesetas doblado que extraía entre los dedos índice y corazón del bolsillo de su chaleco.

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Un verano  Pilarín se fue a Inglaterra a aprender inglés. Cuando regresó, sus cabellos eran rubios y la topografía de su cuerpo se había redondeado sospechosamente.

-La cajaahorreidad ha mejorado algo su estética- sentenció Gustao.

Ni por esas consiguió Homper enamorarse de ella. Tampoco le hubiera ido mucho mejor, porque pasó por allí un joven registrador de la propiedad que acababa de ganar plaza y que apenas había tenido tiempo hasta entonces para salir con chicas. Pilarín le parecía maravillosa, y a Pilarín él otro tanto. De modo que se casaron, y fue una boda de mucho lustre. La Caja de Ahorros le regaló un juego de te completo de plata.

Pero pasaron los años. El presidente del bigotillo y el nudo Wilson y la madre de Homper ya habían muerto cuando a Pilarín se le cruzaron los cables y se enrolló con un fisioterapeuta más joven y con mejor planta  que el registrador. Dejó a éste, tuvo un hijo con el cachas y se hizo gestora cultural pensando que con su carrera y su pedigree lo tenía resuelto todo. Pero cuando, como asesora del Ayuntamiento, diseñó un Curso de Cuentacuentos y un Taller de Abrazoterapia y fue a la Caja de Ahorros a solicitar patrocinio para financiarlos, se encontró con una sorpresa desagradable.

-No me jodas, Pilarín–le dijo Gustavo, el teórico de la cajaahorreidad ahora al frente  del alicaído  Departamento de Esponsorización- Esto ya no es como en tiempos de tu padre .¿Aún no te has enterado que se ha acabado la fiesta?…

Se lo contó desolada a su antiguo amigo Homper. Y éste suspiró aliviado, pensando que su difunta madre se había evitado otra grave grieta en uno de los pilares fundamentales de su cristianísima fe.

Improperios perdidos en el universo

Menos mal que nuetros improperios, insultos y sandeces se pierden en la inmensidad del universo...

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Sostiene la anciana tía Clota que la vejez libera. Durante toda su vida intentó ser mujer discreta y contenida. Lo que antes se decía una dama de buena educación. Le recuerda a su ya también anciano sobrino Homper que ella lo pasaba muy mal cuando en un restaurante le servían un plato impresentable o en mal estado.

-Pero no por mí- aclara- sino por la pena que me daba el restaurante…Pobrecillos. ¿Cómo les iba a mortificar encima recordándoles que eran unos incompetentes?…

Pero la vejez libera y, a menudo, también deslengua. Y en su conversación –cada vez menos frecuente-  a través de Skype con el único pariente que le queda en España, que es Homper, manifiesta que cada vez es más intransigente.

-Ya no tengo pelos en la lengua, sobrino. El otro día descubrí un pelo en un pastel de manzana que pedí en un cofe shop y no me callé. Son ustedes unos sucios, y no se para qué se ponen ese gorro blanco. ¿Cómo es posible que no cuiden esos detalles?…

Celebraba ayer su particular tea party en casa con sus amigas Thelma y Edwina. Según ella no es que estén enfadadas con Obama, sino desengañadas de la condición humana.

-Fuimos tan bobas como el ser humano-precisa-Siempre creemos lo imposible cuando es bonito, y nos dejamos encandilar por las buenas palabras…¿Cómo dice el refrán español?…¡Ah sí!: una cosa es predicar y otra dar trigo.

Predicar y dar trigo…

-A Noé le vas a hablar del diluvio, tía –rezonga Homper, siempre sorprendido por las salidas de la tía- Aquí en tu patria natal de eso sabemos mucho…

Y se enredan a hablar de España sin tocar ni a Javier Bardem ni a Pe, que son lo que más conocen de nosotros en el país del tío Sam.

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-Recuerdas aquél libro que arrasó hace muchos años en las librerías que se titulaba La conjura de los necios?...Pues ahora tu vieja España, tía, parece la conjura de los bocazas.

Y repasa Homper las trifulcas originadas por los excesos verbales de determinados políticos e intelectuales españoles: los morritos de Leire Pajín que tanto excitan al alcalde De la Riva, el mierda con el que cariñosamente el académico Pérez Reverte despacha al ex ministro Moratinos, las lolitas japonesas con las que se entretenía Fernando Sánchez Dragó. Atrás va quedando lo de la señorita Trini que Alfonso Guerra dedicó a la hoy ministra de Asuntos Exteriores o los tontos de los cojones que votaban a la derecha que acuñó el alcalde de Getafe Pedro Castro. Deja caer al respecto la tía Clota algunas observaciones. Por ejemplo, que todos metemos la pata alguna vez. Por ejemplo, que a todos se nos escapa de vez en cuando alguna palabra improcedente.

-Y sobre lo de los escritores bocazas…Dos cosas: primera, la fama es una patente de corso para decir lo que los demás no se atreven ni a sugerir. Segunda…¿a quién le sorprende ahora la amoralidad de los creadores?

Y cita de carrerilla los nombres de Chaplin, de Woody Allen, de Polansky, de William Borroughs, ídolo de la beat generation, de Henry Miller…

-Mira, sobrino- precisa- Debe de ser que la gente no lee o no quiere enterarse. Pero yo, como profesora de español en Estados Unidos, tuve que leer toda la obra de Francisco Umbral y me quedé estupefacta de las cochinadas que su literatura, en buena parte autobiográfica y a mi gusto preciosa, larga por esa plumita…¡Angelitos, los genios! ¡Y santas las  esposas que los aguantan! Menos mal que mi marido, que en paz descanse, sólo era un granjero…

3

Se enredan hablando de libros, y Homper vuelve a decir que a sus casi sesenta y cinco años le sigue resultando cada día más difícil elegir una lectura.

-No lo se, tía –dice el Hombre Perplejo-Me encantaría leer un best seller de princesas muertas y olvidarme del mundo. Pero sabiendo tan poco de todo de cuando en cuando intento ilustrarme.

Y le habla del libro que se trae entre manos, Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson, un best seller de divulgación científica con el que trata de paliar el déficit que arrastra desde que se decantó por el bachillerato de letras.

-Sinceramente, no entiendo casi nada, tía –confiesa-Pero, gracias a Hubble, si se que nuestra galaxia es  sólo una de las 140.000 millones de galaxias que hay en el universo. Fíjate, si  cada una de esas galaxias fuera un guisante congelado cabrían a duras penas en el Royal Albert Hall de Londres. Y además las otras galaxias se alejan de la nuestra cada vez más rápidamente, porque vivimos un universo en expansión permanente…

A la tía  Clota  le reclamaban sus compañeras de tea party, pero no quiso despedirse sin una reflexión para la felicidad.

-Qué tranquila me dejas, sobrino.  Al menos estoy segura de que no llegan allí las estupideces que decimos y por las que peleamos aquí abajo.

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