Llevaba tantos días, tantos años intentando arreglar el mundo sin éxito que aquel día, al despertar, decidió dedicar sus primeros pensamientos a naderías.
-No hay que esperar que este día vaya a ser lo que cantaba Serrat- se dijo- En realidad, llevo casi veinticuatro mil días vividos y nunca se me ha aparecido un hada para hacerme el lazo de los cordones de los zapatos. Que eso sí que sería una gran cosa.
Atarse los cordones de los zapatos era para el pensador casi tan odioso como desvirgar el rollo de papel higiénico por el lugar justo para que no se deshaga en capas de celulosa.
No le dio más vueltas al asunto. Amanecía en el campo. Así que apenas se arregló abrió las puertas y se dirigió a los cerezos.
2
Veintitrés mil y pico días atrás, los cerezos y las cerezas casi siempre eran de otros. Es verdad que entonces la emoción de robar fruta le añadía más emoción a cualquier paseo por el campo. Pero hasta eso le impedía la buena educación.
-Niño, eso no hace, eso no se dice, eso no se toca.
Así que esa mañana no se anduvo con remilgos. Había caído un chaparrón nocturno, y el día despertaba envuelto en frescor. El esplendor de la primavera estaba a punto de entrar en decadencia. Y en esa atmósfera deliciosa, dio un paseo matinal entre los cerezos mientras tomaba de su propia mano diversas especies de su fruto favorito. Las cerezas pasaban directamente de la rama a su boca.
-Gracias, Señor -musitó como oración- por este refinamiento de tu divina obra.
Fue un placer indescriptible que consideraba necesario transmitir a toda la humanidad. Nadie le decía que tuviera cuidado, que le sentaría mal, que se iba a indigestar. Se hartó de disfrutar comiendo cerezas. Incluso imaginó que, por entre los cerezos, aparecía Kelly le Brock, aquella maravillosa Mujer de Rojo, y se llamaba a la parte. Lo cual era lógico, pues hay frutas que podrían identificarse con algún tipo de mujer, y mujeres que son la alegoría de un fruto. Y estaba claro que Kelly fue en aquella película la encarnación de la cereza.
Total, que aunque el hombre no esperaba nada, a lo tonto a lo tonto las cerezas hicieron de aquel lunes un gran día para él.


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