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El hombre perdido que se encontró en África

Aún con un calor tan intenso como el que estamos padeciendo Africa debe de ser un espacio ideal para perderse y, con suerte, encontrarse...

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Recuerda el Duende que su amigo Santiago Ximénez, ingeniero aeronáutico nacido en Cádiz, explicaba la sutileza de lo andaluces para modular los rigores del verano. Según subía el mercurio se hablaba del calor, los calores, la caló y, ya al límite de lo soportable,  las calores. Así como quien no quiere la cosa se ha pintado el cielo de panza de burro con esa calima típica los vientos africanos, y hemos pasado de la primavera a las calores sin transiciones intermedias. Jesús qué angustia, y sólo acaba de empezar el estío. Hay días en que a uno le gustaría le despertarse sueco del todo.

Bastaría ese argumento para explicar el letargo de este  blog.

-Me perdonen ustedes- dice el bloguero-Es que con las calores estoy aplatanado.

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Aplatanado le dejan a este menda las calores. Pero no sería del todo sincero si cargara a este sartenazo la explicación de su abulia. Ocurre que, además estaba el bloguero de boda en Ibiza. Y cuando regresó, como en la canción picarona, tuvo que ir del caño (más bien del baño en las deliciosas aguas isleñas) al coro. Los designios del Señor son inescrutables. Ni el propio bloguero se imaginaba que algún día cantaría el quinto movimiento de la 9ª Sinfonía de Beethoven en el corazón de la propia Alemania. Sucederá el próximo domingo en el castillo de Wartburg, donde con sus antiguos compañeros del Coro de Los Jerónimos reforzará a la Orquesta y el Coro de la Landeskapelle de Einsenach que dirige un joven maestro español, Carlos Domínguez-Nieto. Como comprenderá el lector, un concierto así debía ensayarse a fondo.

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Las bodas de los hijos de los amigos se miran con un cariño especial. Reeditan la vida feliz del tiempo en que se anudó la amistad con sus padres. Ellas, tan monas, vuelven a gustarnos como quizás nos encandilaron sus madres. Las hijas de aquellas a las que amé tanto –se quejaba nostálgico el padre de este bloguero- me besan hoy como quien besa a un santo. ¿De qué otra forma nos iban a besar, con estas canas?… Ellos, como nuestros propios hijos, encarnan la esperanza de triunfo o de gloria que quizás uno aparcó en un simple sueño.

El motivo de esta boda en Ibiza era  Santi Martínez-Lage, un joven abogado del estado de sonrisa cinematográfica que pese a sus pocos años puede darnos a todos una lección de tenacidad. Fue suspendido por dos veces en el último ejercicio de la oposición ante de  coronarla con éxito a la tercera intentona. Y eso, pese a que podía haberse ganado la vida sin esa severa pena de reclusión entre libros que le imponía su reto personal. En todo ese tiempo, donde seguro que sufrió lo suyo, Santi jamás perdió la sonrisa que es su imagen de marca. Viéndole salir de la iglesia del bracete de María, una guapa cordobesa que conoció en su primer destino profesional, o moviéndose entre los invitados que le acompañaron con el mar de Ibiza al fondo, se diría que estaba predestinado a la felicidad de ese día de luz y fiesta.

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Otros hijos de otros amigos tardan más en encontrar su destino. En la misma boda el bloguero se encontró con Javier y Marta, padres de cuatro hijos varones a los que el Duende conoció con el Dodotis o como simple proyecto. Javier y Marta fueron siempre buenos estudiantes y ciudadanos responsables, pero su alevín  Diego, como tantos de su generación, perdió la brújula y llegó a la encrucijada de la juventud tan despistado y desmotivado que acabó distrayéndose en algunos paraísos artificiales.

Todo parecía desalentador y desesperante. Pero hasta los chicos que acarician el éxito en la vida sienten a veces la necesidad de darle la vuelta a todo y redimirse en un viaje de esos que ahora llaman “iniciáticos”. Hacia rutas salvajes (2007) es una excelente película de Sean Penn que cuenta esa búsqueda hacia el ideal lejano y, a menudo, difuso. Quizás inspirado en una aventura como esa, Diego tomó una decisión que puede resultar determinante para su futuro. Sin títulos ni estudios por rematar, sin oficio ni beneficio y, lo que es peor, sin esperanza ni ideas demasiado claras, un día  cogió una mochila, una pequeña tienda de campaña y una bicicleta y desembarcó en Ceuta para encontrarse a sí mismo en tierras de Africa. Sólo se comunicaba con su familia a través de un móvil con el que podía recibir llamadas, pero no hacerlas. El protagonista de la película de Penn –que, por cierto, tenía su referente real- desapareció en el viaje por la América profunda. Diego, afortunadamente, llegó hasta Gambia, y ha vuelto para contarlo.

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En su ignorancia enciclopédica, este duende asocia el binomio Africa-viajero solitario a las distancias infinitas, la incertidumbre, la precariedad, el sufrimiento, el peligro, los rigores climáticos y el miedo de lo que espera más allá del horizonte. Existe la Africa hermosa y aventurera de películas clásicas como Mogambo, Las nieves del Kilimanjaro, Las minas del Rey Salomón o Memorias de África y el continente sobrecogedor, tan extremadamente bello como cruel, que han descrito  magistralmente en sus libros Kapuszinsky y Javier Martínez Reverte. Si el viajero imaginario que es este duende tiene algo –quizá lo único-que agradecer al calor africano es que está convencido de que cualquier esfuerzo sometido a sus temperaturas infernales se convierte en pura mística. Lo siente él mismo cuando, como simple jardinero, poda rosas a 37º en Candeleda, que no es precisamente Africa, y no obstante los goterones de sudor nublan sus ojos.

-Señor, Señor…¿Qué hemos hecho para merecer esto?

¿Qué no sentiría el capitán Richard Burton cuando se adentró Nilo arriba para despejar definitivamente el misterio de sus fuentes? ¿Qué no padecerían Livingston, Stanley y otros expedicionarios de leyenda? ¿Cómo es posible que Diego haya culminado su aventura y regrese tan fresco?

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Diego Alvarez Cortés tiene mucho que contar. Las píldoras que ha dejado caer en su muro de Facebook son sólo anticipos esperanzadores. Lo más sorprendente es que vuelve como si los desgarros del pasado hubieran cicatrizado milagrosamente. Sólo habla de la hospitalidad y la amabilidad de los pueblos que le han acogido. De la maravilla de los paisajes visitados. Y hasta de un tierno romance con una princesita africana que le daba de comer en sus propias manos. No se esforzó en preparar tres oposiciones, como el magnífico Santi cuya boda acabamos de celebrar. Pero puede que haya logrado el más difícil todavía. Se ha perdido durante ocho meses por los  caminos de Africa y ha tenido la suerte de encontrar en sí mismo a un hombre nuevo.

Esos amigos que se dejan caer por tu casa de verano…

(Foto de henribergius)

En el Congreso de Amigos de la Hospitalidad con los Amigos se debatieron ponencias de lo más variadas.

-Pues el amigo que se nos presentó en la casa de Marbella se ponía a tocar el clarinete en el porche. Mañana tras mañana machacándonos con El conejo de la Loles en versión John Coltrane. Tuvimos problemas con los vecinos, imagínate…¡Qué bochorno!

-Nosotros recibimos a unos íntimos amigos. La pena es que ella se negaba a tomar la ensaladilla rusa con mayonesa casera, y había que hacerle una especial con mayonesa de bote. Y él tenía la feísima costumbre de dejarse la dentadura postiza en un vaso de agua sobre el taquillón del pasillo. Vamos, quién lo iba a imaginar en una pareja tan estupenda…

-Nosotros hospedamos a un íntimo amigo de Alfredo que padece del mal de Stendhal. Mira que nos encanta quedarnos en el jardín y no hacer nada. Pues imposible: él no paraba, quería que le acompañásemos a todos los monumentos de la contornada. Aunque sólo fuera para comprobar que las piedras seguían ahí. Jesús, qué fatiga de verano.

-Queríamos dar la vuelta a Ibiza en el barco y resulta que nuestro invitado se mareaba. Así que, como es maratoniano, cubrió las etapas por tierra mientras nosotros teníamos que esperarle fondeados a que llegara. Un coñazo, para qué engañaros.

Todos los ponentes tenían amigos o parientes a los que gentilmente habían ofrecido su hospitalidad en verano. Con distintos matices. Los más prudentes, advirtieron de que llamaran antes para comprobar que había habitaciones libres. Otros, los más audaces, sin condiciones. Aquello tan espontáneo de cuando quieras, el tiempo que quieras y sin avisar, porque ahí tienes tu casa. Qué peligro. La inmensa mayoría de los congresistas reconocieron que nunca pensaron que los invitados cumplieran la amenaza de presentarse. Pero siempre hay alguien que le toma a uno la palabra.

En estos casos, el generoso anfitrión confía en que la sensibilidad del huésped coincida con la suya. Y que éste sepa ajustarse a los horarios, dar la conversación justa, colaborar incluso en la compra o en la cocina y, cuado llega la hora del reposo, retirarse a tiempo o tomar un libro y ponerse a leer bajo la sombra del tilo sin dar la lata a nadie. Desgraciadamente casi nunca es así. Y, entre los dos modelos extremos del visitante indeseable, no hay consenso sobre cuál es el peor: si aquel no se mueve de tu lado porque no sabe qué hacer, o aquel otro que no te deja parar porque cree que sus anfitriones son sus guías de viaje.

Sin haber asistido al Congreso, el Duende quisiera atender a las numerosas invitaciones que ha recibido para pasar unos días con sus amigos. Pero no sabe hasta qué punto lo son tanto para soportar sus flaquezas. Por eso verá pasar agosto con cautela, sin abusar del privilegio de ser el invitado que amaga y no aparece. En su memoria infantil, aún guarda el recuerdo de un cenicero de cerámica popular que algún invitado irónico había dejado en su casa paterna. Se veía a un paisano agitando el pañuelo a un tren que se alejaba con esta poética leyenda:

LOS VISITANTES DAN ALEGRÍA, Y CUANDO SE VAN, MÁS TODAVÍA

Sean sinceros…¿Y la alegría de no verles aparecer?


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