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En Toulouse con Carlos Gardel

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CÉST DANS CET INMEUBLE QUI EST NÉ LE 11 DECEMBRE 1890 CHARLES ROMUALD GARDES, QUI DEVAIT DEVENIR CELEBRE DANS LE MONDE ENTIER SOUS LE NOM DE CARLOS GARDEL

Eso es lo que decía la placa de mármol adosada a la fachada de la casa del número 4 de la rue du Canon D´ Arcole de la ciudad francesa de Toulouse, donde fuiste a parar después de que manos amigas te animaran a liberarte de la modorra propia de tu enfermedad. Esta siempre ha sido, de por sí, lo que se dice un rollo. Una esclavitud para tu espíritu volandero, tan amigo de estar aquí y de huir a los cinco minutos a donde sea. No salías de tu habitual circuito Madrid- Hospital Sanchinarro-Candeleda-Madrid desde hacía casi un año, cuando por fas o por nefas, semana sí, semana tal vez, semana no, entrabas en fase de observación o tratamiento de las travesuras de tu tumor. O de tus tumores, que aún no tienes claro el número de jaimitos neoplásicos errantes por tu organismo.

-¿Será posible que, con coche nuevo desde enero,- te preguntabas- apenas hayas recorrido aún mil kilómetros de carreteras amarillas?

Tu sueño siempre aplazado: abrir el mapa de carreteras y no cejar hasta haber recorrido todas las comarcales y provinciales. Descubrir y contemplar horizontes.

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Así estaba tu pequeño mundo propio, desdibujado y chuchurrío, cuando esa otra realidad envolvente que impone la actualidad te desilusionaba cada día más. Desde las Elecciones Locales y Autonómicas tu percepción de la vida podría ser un largo telegrama que dijera más o menos esto. Qué lío, qué aburrimiento. Espe kaput. Rita Barberá ¿PP…ero para qué carajo sirve ganar unas elecciones si no te dejan tocar pelota? Pedro Sánchez, Carmena, Pablo Iglesias, Ada Colau, Ximo,y el resto de ejército de renovadores en plan Mister Proper de la política. Pactos. Regañinas. Desengaños. Fin de las mayorías absolutas. Qué pasará en Madrid. Quién gobernará en Valencia. Quién en Cádiz. Quién en Navarra, quién en Vitoria. Joder, cuántas Españas por reajustar. Municipios, autonomías, diputaciones…Menos mal que hay otros debates alternativos: ¿es Benítez el entrenador que necesita el Madrid? Esto sí es importante, caramba. ¿Hay que respetar a los que silban el himno nacional? ¿Es Piqué un provocador, un mal educado, un caballo de Troya nacionalista en la selección de España? Más comecocos populares. ¿Y el rollito del Premio Nobel con la inmarchitable Isabel Preysler?

El bombardeo de estas noticias rebotaba ya en tus frágiles meninges.

-Busca el mapa, que nos vamos –te dijeron.

En realidad no sabes si fue un viaje o una huida. Necesitabas cambiar de paisaje por unos días.

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Te has evadido por el sur de Francia, admirando con ojos de paleto todo lo que te gusta de ese país vecino. Te maravillan esas carreteras secundarias con sus bordes arbolados por gigantescos plátanos, tilos o fresnos. Y esas abadías, y esas casonas tan bien plantadas en el paisaje. Yo quiero esos campos tan ricamente cultivados, florecidos ya de colores y contrastes Me pido esos bosques tan frondosos. ¿Por qué no tenemos en España ríos como la Garonne? Estás tan flojo que apenas has hecho otra cosa que mirar y admirar. Como si fueras un niño, te dejaste viajar sin oponer resistencia ni molestarte en tomar notas. ¿Qué puedes añadir de Toulouse, de Albi o de esa encantadora Catedral de Nuestra Señora del pintoresco pueblo de Saint Bertrand de Cominges que te raptó a unos kilómetros de Saint Gaudens, que no haya contado mejor cualquier guía de viajes?

Todo lo que no fue rodar en coche se devanó en pequeñas caminatas que, al cabo de no mucho rato, terminaban penalizando tu espalda. Pero ¡oh maravilla!: en la mayoría de  las joyas del románico que visitaste – sin palabras para la basílica de Saint Sernincuando pasabas al claustro había unas tumbonas en las que el visitante podía descansar mientras contemplaba los capiteles, meditaba al cimbreo de los cipreses del jardín, escuchaba el canto de los pájaros o, mejor aún, echaba una cabezadita buscando al Señor en el reparador duermevela.

Ya decías que lo tuyo ahora sólo puede ser turismo de baja intensidad.

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Siguiendo la moda actual, y por aquello de reducir gastos, una web de esas que ofrecen apartamentos en lugar de hoteles te dirigió a la misma casa donde por primera vez vio la luz Carlos Gardel, sobre cuyo lugar de nacimiento y verdadero origen aún se sigue especulando. La casa era un edificio de tres plantas dividido en cuatro o cinco apartamentos generosos que daban por un lado a la calle y por el otro a una especie de pequeña corrala en cuyo patio había unos veladores para sentarte y tomar una cerveza al aire libre. Como cabe suponer, la estética interior se había sometido a los simples cánones de IKEA, pero la propietaria del inmueble, una francesa llamada Sabine, hacía valer que el espíritu del divo aún habitaba entre aquellas paredes. Así que, aunque no eres un experto cantor de tangos, y antes de abrir las maletas, intentaste un último regateo del precio final gardelizando tu voz con la letra del mítico Volver.

Yo adivino el parpadeo/ de las luces que a lo lejos/ van marcando mi retorno…

Son las mismas que alumbraron/con sus pálidos reflejos/ hondas horas de dolor

Y aunque no quise el regreso/ siempre se vuelve al primer amor…

Sabine aplaudió encantada, como si tú cantaras bien y su apartamento se revaluase a la voz del ilustre tanguista, pero no rebajó ni un euro del precio final. Todo lo contrario, en tu primera noche soñaste que el propio Gardel se presentaba en tu habitación en compañía de su letrista, te despertaba, te cogía por las solapas del pijama y te amenazaba por ultraje a su memoria y por burlar sus derechos de autor. La aparición resultó sobrecogedora. Aqunque nadie haya reparado en ello el Gardel trajeado de oscuro que ha pasado a la memoria colectiva es muy parecido a Bela Lugosi, el precursor de Cristopher Lee en la encarnación cinematográfica de Drácula. Es lo que tiene este turismo de baja intensidad al que alcanzan tus achaques: vas buscando evasión, cultura y descanso y acabas huyendo de un trasgo que te recuerda que las nieves del tiempo platearon tu sien, que es un soplo la vida y que veinte años no es nada. La próxima vez, volver a Toulouse con la frente marchita, pero mejor a un hotel.

La Pasión y otras pasiones

Luis con su apasionante pelota mágica jugando la tarde de un viernes santo

Luis con su apasionante pelota mágica jugando la tarde de un viernes santo

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Casi sin pretenderlo, ahora que vives en una digna tibieza espiritual sientes la pasión de Cristo más que nunca. Por un momento has pensado lo que sería para ti no ya arrastrar la cruz hasta el Gólgota, sino simplemente colgar la barra de unas cortinas de IKEA. Saber que tienes la columna vertebral como una ristra de ajos medio roída te permite estas lucubraciones. Jesús, lo que han de padecer los que de verdad sufren. Por eso no debes quejarte.

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En casa de unos buenos amigos tienes ocasión de ver el esplendor de la primavera en la dehesa. Otros años es un espectáculo exultante, pero hogaño se presenta muy comedido. Está el campo falto de agua. Aunque el otoño fue pródigo en lluvias, el fustazo de los vendavales de invierno ha dejado la corteza de la tierra apenas con la humedad necesaria para que brote el pasto. Tanto el encinar como el monte bajo florecen con vergüenza, casi con temor. En lo alto de Gredos la poca nieve se limita a poner cejas blancas a las cumbres. Lagarto lagarto: ¿dónde está el vaso de agua del verano? Entretanto los partes meteorológicos revientan de alegría por el llamado buen tiempo, que lo es para el turismo y puede que para el PIB, pero no para los agricultores y para ti. Recuerdas muchas semanas santas de tu infancia en la dehesa. No había placer como caminar pisando charcos mientras los arroyos corrían desatados, y al final siempre salía el sol.

Tampoco hace buen tiempo a gusto de todos.

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De repente te fijas en el panorama que se divisa desde la ventana del comedor y ves a una cigüeña picoteando en el herbazal y un poco más allá a tres ovejas pastando. Las cigüeñas eran en tu infancia un símbolo de felicidad, porque entonces venían de París con un bebé atado en el pico y anunciaban la primavera. Por san Blas, la cigüeña verás. Ahora como san Blas ya no es el 3 de febrero, el clima es más templado, estas aves ya no emigran y han proliferado por casi toda España, no emocionan tanto. Sin embargo a ti te siguen alegrando, tan elegantes, tan esbeltas, tan limpias en su plumaje. Con ese crotoreo de oboe tan agradable, ese planear majestuoso y ese andar lento y rítmico de filósofo peripatético que combina zancada y contracción del cuello. Parece que caminan, picotean y siguen meditando. En cuanto a las ovejas no sabes si serán churras, merinas o entrefinas, porque todas ellas tienen cara de viudas que esperan una subida de pensión. No se la subirán jamás, y así pintan esa expresión de tristeza y de mansa resignación, que unas veces irrita, y otras casi enternece. Las pobres ovejas, figurantes bíblicas en muchos de los paisajes que cuelgan en los museos, también están siendo barridas del campo poco a poco. Ruegas que no se vayan del todo, porque para ti son parte del paraíso original que jamás querrías perder.

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Has entrado en una etapa de tu vida en la que más que hacer nada te limitas a observar. Como la cultura está plagada de grandes pensamientos, te ciñes a algunas menudencias que merecen tu atención. Por ejemplo, en la tertulia después de la cena se escucharon los sonidos de la noche, el canto de una lechuza y el concierto de grillos entre los que tú creíste identificar alacranes cebolleros.

-Eso de los alacranes cebolleros te lo estás inventando, ¿no?- te preguntan con cierta coña.

Te sorprendió la pregunta, porque allí había terratenientes, cazadores y gente muy de campo, y sin embargo no sabían de la existencia del alacrán cebollero. Qué suerte disponer de internet, tener un Ipad a mano y poder argumentar tu teoría con datos elocuentes: Gryllotalpa gryllotalpa: el grillo topo, alacrán cebollero o perrito de Dios es una especie de insecto ortóptero de la familia Gryllotalpidae nativo de Europa, oeste de Asia y norte de Africa. No es tu fantasía, no: el alacrán cebollero existe, canta por la noche, vive en túneles bajo la tierra y seguramente hace estragos entre los bulbos que lo apellidan. Te encanta haber abierto este nuevo ventanuco a la curiosidad de tus amigos. También te estiraste con el Cyanopica cyanus, que es el rabilargo, y el Merops apiaster, nombre científico del maravilloso abejaruco. Afortunadamante este pájaro no se ha percatado de la sequía ni de la crisis mundial de las abejas, y sigue dando fe de que la primavera aún vuela por estos pagos, para estímulo de los curiosos y masaje de los poetas.

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Una pequeña pelota transparente rellena de agua. En su interior, un pez como Nemo, estrellitas de colores y una segunda bola que contiene un pequeño elefante de plástico y un dispositivo que cuando se agita o se hace botar la pelota lanza destellos y vibraciones musicales. Ha sido tu regalo para Luis, tu nieto de ocho meses que vive su primera primavera. Esta joya, que el niño muerde, hace rodar o tira según le peta, sólo costó 1 € en un bazar chino. Como tu tiempo tampoco vale mucho y el recental se ríe, pasas buena parte de la mañana de viernes santo botando la pelota ante los atónitos ojillos del bebé y así exprimes la polisemia del término pasión, que hoy culminará en su versión más trascendente. Otras acepciones: apetito o afición vehemente a una cosa, sentimiento de amor muy intenso, afición o inclinación viva, entusiasmo que se pone en algo…Recuerdas este viernes con respeto la Pasión de Cristo, con mayúsculas. Y luego te refugias en las pequeñas pasiones que aún alientan en ti y que necesitas para seguir viviendo. Son poca cosa, pero continuarás tirando de ellas.

De espaldas al pueblo, una vez más

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Homper se ha quedado perplejo al comprobar que también puede desesperar uno por naderías que nos comlican la vida... (Imagen prestada de la web www. dreamstime.com)

Homper se ha quedado perplejo al comprobar que también puede desesperar uno por naderías que nos comlican la vida… (Imagen prestada de la web http://www.dreamstime.com)

 

Se pregunta Homper si existirá algún ranking mundial de torpezas sin importancia. Se lo pregunta por si cabría en él algunas de las suyas. La última le ha traído el recuerdo de aquella Doña María que denunciaba en la radio las numerosas poblemáticas de espaldas al pueblo con las que el ciudadano normal se topa diariamente a despecho del progreso y de la modernidad. Toma ya. Intentando suplir una falta de su asistente doméstica, se lanzó a cambiar la funda de su edredón. Alguien le recordó la panacea universal de nuestro tiempo.

-Busca una de esas tutorías que cuelgan en Internet hasta para que sepamos cómo se cierra el tubo del dentífrico.

Dice Homper que huroneó por You Tube y pinchó el tutorial de una señora muy coquetona y bien maquillada que tras cantar las alabanzas del edredón nórdico, tan calentito, tan sensual, tan sugerente, denunciaba el coñazo que es cambiar su funda. La señora pintaba muy burguesa y bien hablada, pero dijo eso, literalmente: un coñazo. Para remediarlo, muy lista, había ideado un método que consistía más o menos en lo siguiente. Extendía la funda y, sobre ella, también el edredón, doblaba ambos en sentido longitudinal, hacía con ellos un rollo y posteriormente daba la vuelta a la funda como se da la vuelta a los calcetines cuando se hace con ellos una pelota para guardarlos en el cajón.

Y una leche.

Confiesa Homper que trató de seguir las indicaciones de la profesora, y que mientras tanto sonaba en la radio la Octava sinfonía de Beethoven. Creía que la experiencia le duraría un tiempo, dos como mucho. Al inicio del tercer tiempo abandonó desesperado el intento, dejando sobre su cama una montaña en la que se mezclaban el edredón y su funda como el chocolate y la nata en uno de esos helados de copa que llaman Montblanc.

-Señor –suspiraba- ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Volvió otra vez al ordenador, repasó el tutorial, se mesó los cabellos preguntándose cómo podía resultar tan incapaz para estos menesteres. Y entonces cayó en la cuenta de que la señora lista no lo era tanto. La funda de su edredón estaba totalmente abierta por uno de sus lados, o sea, que era sencillísimo cambiarla. Mientras que la que el pobre Homper se traía entre manos, procedente de IKEA, sólo disponía de una apertura en el lateral por la que resultaba bastante difícil meter las manos y guiar los ángulos del edredón hasta dar con la esquina que les correspondía. Cuando tras múltiples ejercicios, poniéndose de pie en la cama, levantando y agitando la funda como agita la bandera La Libertad guiando al pueblo de Delacroix, consiguió su objetivo, había terminado la Octava sinfonía de Beethoven y estaban a punto de morir Tristán e Isolda, que sonaron a continuación. Uno moría porque según Wagner le tocaba, y el otro posiblemente por el aburrimiento de ver cómo se puede desesperar uno por algo tan estúpido como el cambio de la funda de un edredón nórdico.

Homper se quedó perplejo esta vez comprobando una vez más las razones de Doña María: cuántas cosas que deberían ser sencillitas y fáciles se convierten en poblemáticas de espaldas al pueblo.

Diabólica maleta

mALETAS DIABOLICASLa sacas del armario, la abres, extiendes, a su alrededor lo que tienes que meter en ella y te sientas a pensar esperando que el Espíritu Santo te ilumine. Te acuerdas del sabio Berzgast. Precursor de la teoría del Big Ban, fue además quien oficiosamente le sopló a Higgs el hallago que revolucionaría la física moderna.

-Acabo de descubrir una partícula subatómica que va a hacer furor- le dijo al famoso físico que bautizó al bosón- Como he quedado con Dora para ir al baile y me da pereza acercarme al Registro de Patentes, te regalo el hallazgo.

Modorek Berzgast era así de modesto. Cuando el mundo anunció gozoso que por fin se había solucionado el celebérrimo problema matemático de la Conjetura de Poincaré, su tía Matilde, fallecida en 1958, reveló a través de una médium de Budapest que en una lata de leche en polvo americana que ella guardaba en la alacena de su cocina había un rollo de papeles que su sobrino le contó que eran importantísimos. Localizaron la lata y efectivamente, allí había seis cuartillas enrolladas con el diabólico formulario que había traído locos a los que años más tarde se apuntaron el descubrimiento, y que definitivamente resolvía la dichosa conjetura.

Modorek Berzgast se desayunaba raíces cuadradas y neutrones con mermelada, guardaba en su cerebro los nombres y números de teléfono de todos los habitantes de Zurich, según el censo municipal de 1954, y era capaz incluso de entender las facturas de la luz. Muerto en 1992, su fantasma resucitado fue capaz incluso de montar muebles de IKEA sin error, quitar a mil CD su endemoniada funda de papel plástico y encararse a quinientos abrefáciles de distintos productos con éxito, limitándose a seguir las indicaciones del envase.

La Academia de Suecia  barajó otorgarle el Nobel de todas las ciencias, pero la propuesta no fraguó por no desanimar al resto de los sabios. Morodek Berzgast era un monumento vivo a la inteligencia teórica y práctica. Justo lo que más admiras tú.

-Y sin embargo, oh, paradoja, nunca he sabido hacer una maleta- dejó escrito Berzgast en su dietario el día antes de suicidarse por hipotermia en un frigorífico de pollos congelados.

Te acuerdas de él, mientras te torturas intentando priorizar lo imprescindible para permanecer siete días en Alemania. Santo cielo, qué miedo al error y al olvido. Y cuánto envidias a los que saben hacer maletas. La tensión mental de hoy se debe a que vas Eisenach a cantar con tus compañeros del Bach Estudio la Pasión según san Mateo de J.S. Bach. Nunca has aspirado a la mitad de gloria de Modorek Bertzgast, pero como coincides con él en la única laguna de su sabiduría, muy de mañana, junto a la maleta abierta, dejaste un folio con un aviso rotulado a gruesos trazos:

OJO, NO OLVIDAR LA PARTITURA

Llevas dos horas haciendo la maleta y aún no atreves a cerrarla.

 

Pescando motivos en el Manzanares

Cuando no se te ocurre nada sobre lo que escribir, te echas a la calle y algo cae...

Cuando no se te ocurre nada sobre lo que escribir, te echas a la calle y algo cae…

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Una semana de reformas en tu palomar te han alejado del blog.

No estás mal de salud, incluso la ITV tumoral te ha dado el visto bueno. No te has embarcado en un viaje de placer, como sin duda mereces .Nadie te ha reclamado para tus trabajos de antaño,  contar historias o dar ideas, aunque todavía te quedan dos o tres. La cosa ha sido mucho más ordinaria. Aparte de tus compromisos corales, ir a IKEA, ver, elegir decidir lo que necesitabas, ordenar cosas en casa y contemplar cómo tu toero aplicaba sus artesanías y te relevaba del martillo y el destornillador-únicas herramientas que sabes manejar, y no con demasiada destreza-  han sido tus tareas. Ah, y barrer, pasar el trapo del polvo y el aspirador. Las pulsiones de la gladiadora del hogar que llevas dentro.

Un toero por cierto,es un hombre que hace de lo que necesita una casa que se retoca. A eso se le llamaba antes un chapuzas, pero ahora hay que tener cuidado con cualquier matiz despectivo. Tu toero es un figura: si fuera futbolista sería Iniesta, cuya perfección técnica está en las antípodas de la chapuza, y cuyas maneras educadas y sencillas sorprenden tanto que sólo parece un buen chico de Albacete.

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Tampoco dejaste de pasear. Lo necesitas para contener los indeseables rumbos que toma el cuerpo a tu edad y para pescar temas de los que seguir escribiendo. La ausencia de compromisos te obliga a creártelos a partir de cualquier insignificancia. El más notorio de esta semana nació de lo siguiente. Hace tres o cuatro años compraste un juego de seis platos de cerámica para tu menaje doméstico. Eran originales y pintorescos, y como Doña María sigue latiendo dentro de ti, estabas muy orgulloso de tu compra. Invitaste a cenar entonces a tu amigo Carlos de la M. y a María A., y uno de aquellos platos sirvió para presentar el postre.  Este debió de resultar goloso y abundante, porque a María, guapa, rubia y perfectamente silueteada, le gustó mucho. Tanto que, en la confianza que os une, y por pereza de buscar otro envase adecuado, le dijiste.

-Llévatelo en este mismo plato y ya me lo devolverás.

Las fórmulas del lenguaje social español suelen ser irresponsables con la medida del tiempo. Tenemos que vernos, a ver cuándo quedamos, me llamas y tomamos un café, un día comemos juntos, nos vemos cuando quieras, nos reunimos un día, hasta luego…¿Y cuándo es eso, si las horas galopan y las hojas del calendario no dejan de pasar? Hace un par de meses te reencontraste con Carlos y María en un funeral, que también sirve para eso, para cerrar compromisos importantes.

-Mira –te dijo María- Llámame un día, me lo recuerdas y al día siguiente me traigo el plato a la oficina y te lo doy.

Ni ella ni tu fijasteis de qué año, mes y semana había de ser ese día. Pero el miércoles 5 de marzo, después de las innumerables borrascas invernales que velaron los cielos de Madrid, amaneció luminoso y transparente, delicioso para pasear. Suerte que la semana anterior la habías llamado para convenir que ese era el día adecuado.

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Te echaste la mochila a la espalda, te acercaste a la antigua Estación de Príncipe Pío, donde se ubica ahora la compañía en la que trabaja María, tomasteis el café. Te entregó el plato, lo metiste en la mochila y emprendiste el regreso a casa a paso de marcha, seis kilómetros por hora, que es el que según los médicos se hace notar en el cuerpo.

Hacía el día perfecto para pasear. Y como aúno no has conseguido pensar en nada mientras andas, le dabas vueltas al caletre. Qué glorioso el primer presagio de primavera en Madrid. Qué  acierto, a pesar del endeudamiento, haber adecentado el modestísimo río de la capital.. Qué encanto el de la Ermita de la Virgen del Puerto, ahora tan guapa y bien ajardinada. Qué suerte poder estirar tus piernas con salud. Y, entretanto, un pensamiento pintoresco: ¿y qué carajo hace un tipo como tú invirtiendo su mañana en pasear un plato por las orillas del Manzanares?

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Dos tentaciones te salieron al paso entonces. Una, la de inmortalizar el momento singular con una foto, para lo que necesitabas la mano de otra persona que accionara la cámara de tu teléfono móvil. No es vanidad vana: es para ilustrar este post, pues de repente te ha alarmado saber que dentro de poco no podrás bajarte imágenes de internet sin correr algún riesgo. Para este menester acudiste a una paseante que resultó ser antigua seguidora de Doña María, y que se mostró muy contenta de echarle una mano. Ella se llama Concha Lobo. Le hablaste de tu blog y le prometiste reconocer su amabilidad y su simpatía en este post. Con retraso, pero cumples: gracias, Concha.

La segunda tentación era más pretenciosa. Te dio por lucubrar sobre los estímulos de la inspiración, y  por creer que esa mañana, con ser absolutamente irrelevante para el devenir de la humanidad, ofrecía visiones distintas, y hasta latía en ella su pequeño aliento de poesía. Un poeta o un escritor le sacarían partido. Y te pusiste a ello.

Aunque luego, como de costumbre, te enrollaste tanto que has tenido que dejarlo para el post siguiente. Anímense a leerlo. Este bloguero se ha hecho más anárquico, pero de momento no cesa.

El Atlético te hace más que fuerte

Imagen que tomamos prestada de chotysalazarpmmc.blogspot.com Suponemos que estarán tan contentos que no se molestarán porque nos tomemos esa confianza

Imagen  prestada de chotysalazarpmmc.blogspot.com
Suponemos que estarán tan contentos que no se molestarán porque nos tomemos esa confianza

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-Venga, Peque –le dijo su padre- Bájate los cascos de cerveza y los tiras en el contenedor, que hoy sí que estarás contento.

Como el Peque era un buen muchacho y un bienmandado recogió el bolsón de IKEA donde iban a parar los envases de vidrio e hizo lo que habitualmente en estos casos: acercarse al contenedor verde e imitar a Pau Gasol encestando por el agujerito, uno a uno, los innumerables  cascos de cerveza que había que eliminar después de cualquier partido de fútbol.

-¡Joder, otra vez!- exclamó mientras un goterón de cerveza le recorría la parte inferior del brazo derecho en dirección al sobaco.- Si se criaron con tanta austeridad como dicen…¿por qué no apuran toda la cerveza antes de tirar el casco?

Desde sus jóvenes y un tanto ingenuos catorce años el Peque sacó del bolsillo un pañuelito de papel, se limpió como pudo la pringue cervecera y se dijo que no comprendía a los mayores. Se habían pasado buena parte del partido contraponiendo lo miserable que era la España de su infancia con el despelote de gasto que trajeron los años de falso esplendor y ahorano tenían el detalle de bebérselo todo antes de desechar los botellines.

-Mira que se lo he dicho veces, leche- rezongó entre dientes.

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El Peque era el menor de una familia de cinco hijos. Nació por uno de aquello errores de cálculo distanciado once años del hermano precedente, o sea, que no le sirvió de nada  llamarse Bruce en homenaje al boss, al que tanto admiraban sus padres, porque siempre fue el pequeño, y con Peque se quedó como único nombre. Mimado, sí. Pero para los efectos, el último mono, el chico de los recados. Los padres del Peque hacían de pegamento en una complejo organigrama familiar que incluía una bisabuela en silla de ruedas con la cabeza funcionándole como un Omega, dos abuelos maternos en buena forma, seis tíos con sus respectivas parejas y una ristra de primos y primas que se juntaban en el chalé de su padre en número variable según la categoría del evento deportivo que se transmitiera por la tele.

Y el de esa noche había sido uno de alta expectación.

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-Aún recuerdo lo emocionada que estaba mi madre la primera vez que pudo votar- había comentado entre suspiros la Bisa a lo largo de la noche- cuando alguien habló de lo difícil que es cumplir sueños.

Los mayores son así-pensaba el Peque. Dan el coñazo con el rollo de la austeridad  y con lo que sdespilfarraron las autonomías y Zapatero, pero al tiempo recuerdan sus sueños cumplidos. Eso sí, luego voy yo, les digo que no quiero ni un culín de líquido en las botellas vacías y como quien oye llover.

A lo largo de la velada, entre un ¡ay! por ese entradón a los tobillos un uy por esos balones al poste, un oh por las paradas de Courtoistres explosiones de júbilo por los goles y varios mierdas repartidos entre los numerosos madridistas, muchos de los mayores habían contado algunos de sus sueños cumplidos. Quién la llegada del hombre a la luna, quién las primeras elecciones libres que trajo la democracia, quién la caída del Muro. A la abuela Pilar le emocionó que el papa Juan XXIII le regalara un rosario bendecido de su mano, al abuelo la primera moto Sanglas que se pudo comprar con sus ahorros, a la tía Elena el autógrafo que le firmó Charlton Heston cuando vino a Madrid para rodar El Cid, y al tío Vidal haber aprobado las oposiciones de letrado del Consejo de Estado. Hasta a su hermana Carmen, enamorada de Pelocho desde el primer día que le vio montando a caballo en el Club de Campo confesó que, cuando años más tarde se le declaró, ella recordó lo que acababa de decir José Luis Garci  en su desastroso inglés tras recibir el  Oscar.

O sea, eso tan manido de que sometimes dreams come trooth.

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El Peque seguía cabreado cuando regresaba a casa. Por la falta de delicadeza de los bebedores que no apuran sus botellas y por lo que le costaba apretar el botón de la fuente pública donde se lavaba los churretones de cerveza. Esas fuentes deben de estar hechas para Mazinger Z –pensó. Pero lo cortés no quitaba lo valiente. En el fondo, y a pesar de que el  mundo seguía estando contra él en tantas cosas, se sentía  más feliz que la Bisa, que los abuelos, que la tía Elena, que el tío Vidal, que Carmencita y que el mismísimo Garci cuando tuvo en sus manos la codiciada estatuilla del Oscar. Por fin había encontrado razones aplastantes para contestar con la cabeza bien alta a todos sus compañeros de colegio que le seguían martirizando después de catorce años de derbies entre  Madrid y Aleti.

-Oye, Peque…-le decían invariablemente restregándole por los morros el fiasco de aquellos partidos-¿Por qué coño sigues siendo del Aleti?…

El Peque les iba a contestar que no sólo porque el Aleti había acabado con la maldición guindándoles la cuarta final de Copa que jugaba contra el Madrid en su propia casa. Ni tampoco porque los indios sí habían conseguido su Décima, y no como los vikingos, que habían sido incapaces de conquistar la suya. Sino porque además lo habían hecho con la misma  suerte y las mismas ayuditas del árbitro que tantas veces beneficiaron a los merengues.

-El Aleti te hace fuerte –murmuró el Peque mientras plegaba la bolsa de IKEA vacía y volvía a sonreír- Pero ni santo, ni gilipollas…

 

 

Cuadro de otoño con liquidámbar

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Momentos estelares de la humanidad. Suena a demasiado ambicioso, creo que Stefan Zweig lo entendió mejor, y escribió a partir e ellos un librillo muy interesante que devoré en la primera juventud. Léanlo los adolescentes de ahora, si aún creen que hay algo que aprovechar de la galaxia Gutemberg. Pero dejemos estos momentos y pensemos en algo más cercano, más sencillo: momentos estelares de mi humanidad. A estas alturas, cualquier guiño amable de la vida le brilla a uno como toda una constelación.

Y esperaba ansioso este momento. O esa suma de momentos. Durante todo el larguísimo y tórrido verano seguía con atención a los liquidámbares del jardín, contando los días que faltaban hasta que sus hojas mudasen de color, y en lugar de ser árboles fueran Cezannes, o Monets, o Renoirs que uno encuentra a las puertas de su casa sin haber tenido que pagar millones de euros para que el subastero de Christie´s de el martillazo y sentencie.

-Adjudicado.

Adjudicado el trío de liquidámbares, que quizás serían aún más hermosos si alguien no les hubiera puesto ese nombre tan cursi. Un liquidámbar en el jardín de Bárbara Cartland o de Carmen Lomana lleva el nombre adecuado. Yo les llamaría lendillos, o abentos, o ciprales. No existen estos árboles, ni siquiera estas palabras, pero prefiero que sean ellas la que señalen ese fondo caducifolio de elegantes colores que acotaba mi otoño el pasado sábado.

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Por ese momento estelar `pasaba Marina, la mayor de mis nietas, y allí que fui yo con mi dolor de espalda de Atlas venido a menos -apenas podía dar dos pasos – y le dije, para niña, que la vida pasa rauda, y los liquidámbares, o lendillos, o abentos, o ciprales no se ponen todos los días así de guapos.

Uno intentaba recordar fotos similares con su abuelo y el resultado era cero: cero fotos con abuelo delante de árboles otoñales, aunque bien es cierto que entonces no todo el mundo tenía cámaras fotográficas, y el color del otoño nos parecía tan normal como el humo de los autobuses. Había mucho menos sensibilidad para la sensibilidad. Así se entiende que me hubiera hecho mucho más ilusión la foto con mi viejito en un Morgan, o al menos en una moto con sidecar. Nada parecido. Además entonces la mayoría de las fotos domésticas eran en blanco y negro, y no podríamos hablar de escalas cromáticas y de cursiladas de este tipo.

Todo lo tuve en cuenta cuando saqué mi teléfono móvil de última generación y conseguí que algún hijo hiciera click. Fue un logro.

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Pero el tercer momento estelar de m humanidad estaba por llegar. No sólo fui capaz de retener a la niña unos segundos en ese efímero esplendor del otoño, y de que alguien nos plasmara en ese ala de mosca barrida por el viento en que acaba convirtiéndose cualquiera de las millones de fotografías que se hacen al minuto en el mundo. Sino que además –oh milagro- di con un buen amigo que llamó para interesarse por mi salud y cuando le contaba que estaba intentando sin éxito pasar la foto del móvil al ordenador para ilustrar este post, me dijo.

-Traete el ordenador y yo te lo soluciono.

El mundo es ansí, que decía Baroja. El anterior modelo de móvil que tenía este bloguero incorporaba una cámara, y era fácil almacenar las fotos que hacías con ella en el PC. El de ahora dicen que es mejor. O sea, más complicado, más diabólico, más cabrón. Y para la misma función necesita que el desdichado usuario se baje un programa especial al efecto. Bajarse un programa: ya sea un Adobe, un Spotify, un Antivirus o unas bragas de Madonna que, milagrosamente, también pudieran caer por esos mágicos manejos de Internet, siempre es un tormento para el megatorpe informático. Da igual: todo se le hace a este abuelo bloguero tan doloroso y difícil como un recurso contencioso administrativo, un cólico nefrítico o el montaje de un mueble de IKEA.

Pero ya les decía que esto va de momentos estelares. Y si hay suerte, quedará constancia en este post de que, pese a todos los dolores de este mundo, había un momento de felicidad que pasaba por allí de la mano de una niña con su abuelo entre el abrazo verde, dorado y rojizo que les prestaba la gloria fugaz del cursi liquidámbar. Lástima que el otoño, como la vida, pase tan pronto.


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