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Diabólica maleta

mALETAS DIABOLICASLa sacas del armario, la abres, extiendes, a su alrededor lo que tienes que meter en ella y te sientas a pensar esperando que el Espíritu Santo te ilumine. Te acuerdas del sabio Berzgast. Precursor de la teoría del Big Ban, fue además quien oficiosamente le sopló a Higgs el hallago que revolucionaría la física moderna.

-Acabo de descubrir una partícula subatómica que va a hacer furor- le dijo al famoso físico que bautizó al bosón- Como he quedado con Dora para ir al baile y me da pereza acercarme al Registro de Patentes, te regalo el hallazgo.

Modorek Berzgast era así de modesto. Cuando el mundo anunció gozoso que por fin se había solucionado el celebérrimo problema matemático de la Conjetura de Poincaré, su tía Matilde, fallecida en 1958, reveló a través de una médium de Budapest que en una lata de leche en polvo americana que ella guardaba en la alacena de su cocina había un rollo de papeles que su sobrino le contó que eran importantísimos. Localizaron la lata y efectivamente, allí había seis cuartillas enrolladas con el diabólico formulario que había traído locos a los que años más tarde se apuntaron el descubrimiento, y que definitivamente resolvía la dichosa conjetura.

Modorek Berzgast se desayunaba raíces cuadradas y neutrones con mermelada, guardaba en su cerebro los nombres y números de teléfono de todos los habitantes de Zurich, según el censo municipal de 1954, y era capaz incluso de entender las facturas de la luz. Muerto en 1992, su fantasma resucitado fue capaz incluso de montar muebles de IKEA sin error, quitar a mil CD su endemoniada funda de papel plástico y encararse a quinientos abrefáciles de distintos productos con éxito, limitándose a seguir las indicaciones del envase.

La Academia de Suecia  barajó otorgarle el Nobel de todas las ciencias, pero la propuesta no fraguó por no desanimar al resto de los sabios. Morodek Berzgast era un monumento vivo a la inteligencia teórica y práctica. Justo lo que más admiras tú.

-Y sin embargo, oh, paradoja, nunca he sabido hacer una maleta- dejó escrito Berzgast en su dietario el día antes de suicidarse por hipotermia en un frigorífico de pollos congelados.

Te acuerdas de él, mientras te torturas intentando priorizar lo imprescindible para permanecer siete días en Alemania. Santo cielo, qué miedo al error y al olvido. Y cuánto envidias a los que saben hacer maletas. La tensión mental de hoy se debe a que vas Eisenach a cantar con tus compañeros del Bach Estudio la Pasión según san Mateo de J.S. Bach. Nunca has aspirado a la mitad de gloria de Modorek Bertzgast, pero como coincides con él en la única laguna de su sabiduría, muy de mañana, junto a la maleta abierta, dejaste un folio con un aviso rotulado a gruesos trazos:

OJO, NO OLVIDAR LA PARTITURA

Llevas dos horas haciendo la maleta y aún no atreves a cerrarla.

 

Pescando motivos en el Manzanares

Cuando no se te ocurre nada sobre lo que escribir, te echas a la calle y algo cae...

Cuando no se te ocurre nada sobre lo que escribir, te echas a la calle y algo cae…

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Una semana de reformas en tu palomar te han alejado del blog.

No estás mal de salud, incluso la ITV tumoral te ha dado el visto bueno. No te has embarcado en un viaje de placer, como sin duda mereces .Nadie te ha reclamado para tus trabajos de antaño,  contar historias o dar ideas, aunque todavía te quedan dos o tres. La cosa ha sido mucho más ordinaria. Aparte de tus compromisos corales, ir a IKEA, ver, elegir decidir lo que necesitabas, ordenar cosas en casa y contemplar cómo tu toero aplicaba sus artesanías y te relevaba del martillo y el destornillador-únicas herramientas que sabes manejar, y no con demasiada destreza-  han sido tus tareas. Ah, y barrer, pasar el trapo del polvo y el aspirador. Las pulsiones de la gladiadora del hogar que llevas dentro.

Un toero por cierto,es un hombre que hace de lo que necesita una casa que se retoca. A eso se le llamaba antes un chapuzas, pero ahora hay que tener cuidado con cualquier matiz despectivo. Tu toero es un figura: si fuera futbolista sería Iniesta, cuya perfección técnica está en las antípodas de la chapuza, y cuyas maneras educadas y sencillas sorprenden tanto que sólo parece un buen chico de Albacete.

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Tampoco dejaste de pasear. Lo necesitas para contener los indeseables rumbos que toma el cuerpo a tu edad y para pescar temas de los que seguir escribiendo. La ausencia de compromisos te obliga a creártelos a partir de cualquier insignificancia. El más notorio de esta semana nació de lo siguiente. Hace tres o cuatro años compraste un juego de seis platos de cerámica para tu menaje doméstico. Eran originales y pintorescos, y como Doña María sigue latiendo dentro de ti, estabas muy orgulloso de tu compra. Invitaste a cenar entonces a tu amigo Carlos de la M. y a María A., y uno de aquellos platos sirvió para presentar el postre.  Este debió de resultar goloso y abundante, porque a María, guapa, rubia y perfectamente silueteada, le gustó mucho. Tanto que, en la confianza que os une, y por pereza de buscar otro envase adecuado, le dijiste.

-Llévatelo en este mismo plato y ya me lo devolverás.

Las fórmulas del lenguaje social español suelen ser irresponsables con la medida del tiempo. Tenemos que vernos, a ver cuándo quedamos, me llamas y tomamos un café, un día comemos juntos, nos vemos cuando quieras, nos reunimos un día, hasta luego…¿Y cuándo es eso, si las horas galopan y las hojas del calendario no dejan de pasar? Hace un par de meses te reencontraste con Carlos y María en un funeral, que también sirve para eso, para cerrar compromisos importantes.

-Mira –te dijo María- Llámame un día, me lo recuerdas y al día siguiente me traigo el plato a la oficina y te lo doy.

Ni ella ni tu fijasteis de qué año, mes y semana había de ser ese día. Pero el miércoles 5 de marzo, después de las innumerables borrascas invernales que velaron los cielos de Madrid, amaneció luminoso y transparente, delicioso para pasear. Suerte que la semana anterior la habías llamado para convenir que ese era el día adecuado.

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Te echaste la mochila a la espalda, te acercaste a la antigua Estación de Príncipe Pío, donde se ubica ahora la compañía en la que trabaja María, tomasteis el café. Te entregó el plato, lo metiste en la mochila y emprendiste el regreso a casa a paso de marcha, seis kilómetros por hora, que es el que según los médicos se hace notar en el cuerpo.

Hacía el día perfecto para pasear. Y como aúno no has conseguido pensar en nada mientras andas, le dabas vueltas al caletre. Qué glorioso el primer presagio de primavera en Madrid. Qué  acierto, a pesar del endeudamiento, haber adecentado el modestísimo río de la capital.. Qué encanto el de la Ermita de la Virgen del Puerto, ahora tan guapa y bien ajardinada. Qué suerte poder estirar tus piernas con salud. Y, entretanto, un pensamiento pintoresco: ¿y qué carajo hace un tipo como tú invirtiendo su mañana en pasear un plato por las orillas del Manzanares?

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Dos tentaciones te salieron al paso entonces. Una, la de inmortalizar el momento singular con una foto, para lo que necesitabas la mano de otra persona que accionara la cámara de tu teléfono móvil. No es vanidad vana: es para ilustrar este post, pues de repente te ha alarmado saber que dentro de poco no podrás bajarte imágenes de internet sin correr algún riesgo. Para este menester acudiste a una paseante que resultó ser antigua seguidora de Doña María, y que se mostró muy contenta de echarle una mano. Ella se llama Concha Lobo. Le hablaste de tu blog y le prometiste reconocer su amabilidad y su simpatía en este post. Con retraso, pero cumples: gracias, Concha.

La segunda tentación era más pretenciosa. Te dio por lucubrar sobre los estímulos de la inspiración, y  por creer que esa mañana, con ser absolutamente irrelevante para el devenir de la humanidad, ofrecía visiones distintas, y hasta latía en ella su pequeño aliento de poesía. Un poeta o un escritor le sacarían partido. Y te pusiste a ello.

Aunque luego, como de costumbre, te enrollaste tanto que has tenido que dejarlo para el post siguiente. Anímense a leerlo. Este bloguero se ha hecho más anárquico, pero de momento no cesa.

El Atlético te hace más que fuerte

Imagen que tomamos prestada de chotysalazarpmmc.blogspot.com Suponemos que estarán tan contentos que no se molestarán porque nos tomemos esa confianza

Imagen  prestada de chotysalazarpmmc.blogspot.com
Suponemos que estarán tan contentos que no se molestarán porque nos tomemos esa confianza

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-Venga, Peque –le dijo su padre- Bájate los cascos de cerveza y los tiras en el contenedor, que hoy sí que estarás contento.

Como el Peque era un buen muchacho y un bienmandado recogió el bolsón de IKEA donde iban a parar los envases de vidrio e hizo lo que habitualmente en estos casos: acercarse al contenedor verde e imitar a Pau Gasol encestando por el agujerito, uno a uno, los innumerables  cascos de cerveza que había que eliminar después de cualquier partido de fútbol.

-¡Joder, otra vez!- exclamó mientras un goterón de cerveza le recorría la parte inferior del brazo derecho en dirección al sobaco.- Si se criaron con tanta austeridad como dicen…¿por qué no apuran toda la cerveza antes de tirar el casco?

Desde sus jóvenes y un tanto ingenuos catorce años el Peque sacó del bolsillo un pañuelito de papel, se limpió como pudo la pringue cervecera y se dijo que no comprendía a los mayores. Se habían pasado buena parte del partido contraponiendo lo miserable que era la España de su infancia con el despelote de gasto que trajeron los años de falso esplendor y ahorano tenían el detalle de bebérselo todo antes de desechar los botellines.

-Mira que se lo he dicho veces, leche- rezongó entre dientes.

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El Peque era el menor de una familia de cinco hijos. Nació por uno de aquello errores de cálculo distanciado once años del hermano precedente, o sea, que no le sirvió de nada  llamarse Bruce en homenaje al boss, al que tanto admiraban sus padres, porque siempre fue el pequeño, y con Peque se quedó como único nombre. Mimado, sí. Pero para los efectos, el último mono, el chico de los recados. Los padres del Peque hacían de pegamento en una complejo organigrama familiar que incluía una bisabuela en silla de ruedas con la cabeza funcionándole como un Omega, dos abuelos maternos en buena forma, seis tíos con sus respectivas parejas y una ristra de primos y primas que se juntaban en el chalé de su padre en número variable según la categoría del evento deportivo que se transmitiera por la tele.

Y el de esa noche había sido uno de alta expectación.

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-Aún recuerdo lo emocionada que estaba mi madre la primera vez que pudo votar- había comentado entre suspiros la Bisa a lo largo de la noche- cuando alguien habló de lo difícil que es cumplir sueños.

Los mayores son así-pensaba el Peque. Dan el coñazo con el rollo de la austeridad  y con lo que sdespilfarraron las autonomías y Zapatero, pero al tiempo recuerdan sus sueños cumplidos. Eso sí, luego voy yo, les digo que no quiero ni un culín de líquido en las botellas vacías y como quien oye llover.

A lo largo de la velada, entre un ¡ay! por ese entradón a los tobillos un uy por esos balones al poste, un oh por las paradas de Courtoistres explosiones de júbilo por los goles y varios mierdas repartidos entre los numerosos madridistas, muchos de los mayores habían contado algunos de sus sueños cumplidos. Quién la llegada del hombre a la luna, quién las primeras elecciones libres que trajo la democracia, quién la caída del Muro. A la abuela Pilar le emocionó que el papa Juan XXIII le regalara un rosario bendecido de su mano, al abuelo la primera moto Sanglas que se pudo comprar con sus ahorros, a la tía Elena el autógrafo que le firmó Charlton Heston cuando vino a Madrid para rodar El Cid, y al tío Vidal haber aprobado las oposiciones de letrado del Consejo de Estado. Hasta a su hermana Carmen, enamorada de Pelocho desde el primer día que le vio montando a caballo en el Club de Campo confesó que, cuando años más tarde se le declaró, ella recordó lo que acababa de decir José Luis Garci  en su desastroso inglés tras recibir el  Oscar.

O sea, eso tan manido de que sometimes dreams come trooth.

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El Peque seguía cabreado cuando regresaba a casa. Por la falta de delicadeza de los bebedores que no apuran sus botellas y por lo que le costaba apretar el botón de la fuente pública donde se lavaba los churretones de cerveza. Esas fuentes deben de estar hechas para Mazinger Z –pensó. Pero lo cortés no quitaba lo valiente. En el fondo, y a pesar de que el  mundo seguía estando contra él en tantas cosas, se sentía  más feliz que la Bisa, que los abuelos, que la tía Elena, que el tío Vidal, que Carmencita y que el mismísimo Garci cuando tuvo en sus manos la codiciada estatuilla del Oscar. Por fin había encontrado razones aplastantes para contestar con la cabeza bien alta a todos sus compañeros de colegio que le seguían martirizando después de catorce años de derbies entre  Madrid y Aleti.

-Oye, Peque…-le decían invariablemente restregándole por los morros el fiasco de aquellos partidos-¿Por qué coño sigues siendo del Aleti?…

El Peque les iba a contestar que no sólo porque el Aleti había acabado con la maldición guindándoles la cuarta final de Copa que jugaba contra el Madrid en su propia casa. Ni tampoco porque los indios sí habían conseguido su Décima, y no como los vikingos, que habían sido incapaces de conquistar la suya. Sino porque además lo habían hecho con la misma  suerte y las mismas ayuditas del árbitro que tantas veces beneficiaron a los merengues.

-El Aleti te hace fuerte –murmuró el Peque mientras plegaba la bolsa de IKEA vacía y volvía a sonreír- Pero ni santo, ni gilipollas…

 

 

Cuadro de otoño con liquidámbar

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Momentos estelares de la humanidad. Suena a demasiado ambicioso, creo que Stefan Zweig lo entendió mejor, y escribió a partir e ellos un librillo muy interesante que devoré en la primera juventud. Léanlo los adolescentes de ahora, si aún creen que hay algo que aprovechar de la galaxia Gutemberg. Pero dejemos estos momentos y pensemos en algo más cercano, más sencillo: momentos estelares de mi humanidad. A estas alturas, cualquier guiño amable de la vida le brilla a uno como toda una constelación.

Y esperaba ansioso este momento. O esa suma de momentos. Durante todo el larguísimo y tórrido verano seguía con atención a los liquidámbares del jardín, contando los días que faltaban hasta que sus hojas mudasen de color, y en lugar de ser árboles fueran Cezannes, o Monets, o Renoirs que uno encuentra a las puertas de su casa sin haber tenido que pagar millones de euros para que el subastero de Christie´s de el martillazo y sentencie.

-Adjudicado.

Adjudicado el trío de liquidámbares, que quizás serían aún más hermosos si alguien no les hubiera puesto ese nombre tan cursi. Un liquidámbar en el jardín de Bárbara Cartland o de Carmen Lomana lleva el nombre adecuado. Yo les llamaría lendillos, o abentos, o ciprales. No existen estos árboles, ni siquiera estas palabras, pero prefiero que sean ellas la que señalen ese fondo caducifolio de elegantes colores que acotaba mi otoño el pasado sábado.

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Por ese momento estelar `pasaba Marina, la mayor de mis nietas, y allí que fui yo con mi dolor de espalda de Atlas venido a menos -apenas podía dar dos pasos – y le dije, para niña, que la vida pasa rauda, y los liquidámbares, o lendillos, o abentos, o ciprales no se ponen todos los días así de guapos.

Uno intentaba recordar fotos similares con su abuelo y el resultado era cero: cero fotos con abuelo delante de árboles otoñales, aunque bien es cierto que entonces no todo el mundo tenía cámaras fotográficas, y el color del otoño nos parecía tan normal como el humo de los autobuses. Había mucho menos sensibilidad para la sensibilidad. Así se entiende que me hubiera hecho mucho más ilusión la foto con mi viejito en un Morgan, o al menos en una moto con sidecar. Nada parecido. Además entonces la mayoría de las fotos domésticas eran en blanco y negro, y no podríamos hablar de escalas cromáticas y de cursiladas de este tipo.

Todo lo tuve en cuenta cuando saqué mi teléfono móvil de última generación y conseguí que algún hijo hiciera click. Fue un logro.

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Pero el tercer momento estelar de m humanidad estaba por llegar. No sólo fui capaz de retener a la niña unos segundos en ese efímero esplendor del otoño, y de que alguien nos plasmara en ese ala de mosca barrida por el viento en que acaba convirtiéndose cualquiera de las millones de fotografías que se hacen al minuto en el mundo. Sino que además –oh milagro- di con un buen amigo que llamó para interesarse por mi salud y cuando le contaba que estaba intentando sin éxito pasar la foto del móvil al ordenador para ilustrar este post, me dijo.

-Traete el ordenador y yo te lo soluciono.

El mundo es ansí, que decía Baroja. El anterior modelo de móvil que tenía este bloguero incorporaba una cámara, y era fácil almacenar las fotos que hacías con ella en el PC. El de ahora dicen que es mejor. O sea, más complicado, más diabólico, más cabrón. Y para la misma función necesita que el desdichado usuario se baje un programa especial al efecto. Bajarse un programa: ya sea un Adobe, un Spotify, un Antivirus o unas bragas de Madonna que, milagrosamente, también pudieran caer por esos mágicos manejos de Internet, siempre es un tormento para el megatorpe informático. Da igual: todo se le hace a este abuelo bloguero tan doloroso y difícil como un recurso contencioso administrativo, un cólico nefrítico o el montaje de un mueble de IKEA.

Pero ya les decía que esto va de momentos estelares. Y si hay suerte, quedará constancia en este post de que, pese a todos los dolores de este mundo, había un momento de felicidad que pasaba por allí de la mano de una niña con su abuelo entre el abrazo verde, dorado y rojizo que les prestaba la gloria fugaz del cursi liquidámbar. Lástima que el otoño, como la vida, pase tan pronto.

Verano 12. De ratones, hombres barrigudos y otros cuadros de Asturias

Fue tan temprano el viajero a la Playa de Verdicio que lo único desnudo que allí vio era la playa misma…

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Era un valle tranquilo, una V de verde que separaba dos montes. Entre sus brazos, algo más abiertos que los de la uve del abecedario, se veía el azul del mar.

Hace treinta y cinco años, primera vez que el bloguero apareció por las Luiñas, la postal era bonita y tranquila. No era aquel bosque de la zona tan frondoso y auténtico como los de la costa de Asturias oriental, pues los eucaliptos abusones se habían hecho con buena parte del terreno, pero el cuadro resultaba muy amable. En la modestísima casa aldeana que alquilaba, lo que llamaban cuarto de baño era un par de metros cuadrados robado a un mirador, y el zaguán del piso de abajo, la antigua vaquería malamente reconvertida. Pero la casa estaba sobre un prado, una pequeña pomarada, el vecino llevaba a sus hijos a segar y estos volvían felices, sentados sobre el colchón de hierba que llenaba el carro tirado por un percherón. Además se desayunaba la leche de las vacas del lugar. Aún se creía que los alimentos naturales eran más sanos y nutritivos, y aún el cartero repartía a caballo las cartas y el periódico (del día anterior) que enviaban desde Madrid.

La casa, tan de pueblo, hospedaba algunos ratoncillos. Uno de ellos se ahogó una noche en la pota donde se cocía la leche. El Duende madrugador no lo vio hasta que ya se había desayunado su café con leche. Justo cuando aparecieron sus hijos y reclamando su Cola-Cao, el cadáver del ratón emergió del fondo de la pota, para horror y pasmo de todos. El Duende, consciente de que había tomado un café con leche con esencias de ratón, abrió una botella de leche embotellada para los niños y esperó tranquilamente su muerte por envenenamiento, su diarrea o al menos una intoxicación digna de tal accidente. Pero no sintió nada extraño, ni una vulgar arcada. Todo por empeñarse en tomar alimentos sanos y naturales, ya te digo.

Desde aquel desayuno, se ha hecho mucho menos repunante, adjetivo que los asturianos emplean bien para designar al que hace ascos a las cosas o las personas. Algo de aquel ratón ahogado en leche pasó por sus interiores, y aquí está, jodido de la espalda, pero vivito y coleando y sin arrugar el morro más que ante los higadillos de pollo, que si le resultan insoportables.

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La V del Valle de las Luiñas se cerró hace años en un triángulo. Una línea perfecta con la que la autovía que va desde Bilbao a Ribadeo une las dos laderas que la naturaleza puso allí. En teoría el paisaje ha perdido encanto, pues ya no queda tan bucólico. Pero no hay mal que por bien no venga. Cuando desde la casuca que alquilaba el Duende se ve ahora a un gran trailer pasando sobre el altísimo viaducto que salva el valle aquello recuerda un paisaje de Edward Hopper. El vuelo elegante de la ingeniería de carreteras añade modernidad y otro tipo de poesía a la vista humana. ¿Era más bello París antes de que Eiffel levantara su celebérrima torre? ¿Perdió tanto San Sebastián cuando Chillida plantó su Peine del Viento?…A los niños les deberían de enseñar en las escuelas que casi todos los paisajes acaban siendo un puzzle de la estética de varias generaciones, y que a menudo estas acaban integrándose en ellos con la misma naturalidad con que crecen los árboles.

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Ahora pasa el Duende por ese valle de visita. Su playa de San Pedro de la Ribera, en la que jugaba partidos de fútbol o hacía castillos de arena con sus hijos se ha quedado pequeña. Ya no dependen de él bebés que justifiquen el sacrificio del agua fría y la impertinencia de esa maldita arena que siempre se cuela de okupa entre los dedos de los pies o en alma de la tortilla, de manera que se detuvo allí lo justo para saludar a los viejos amigos y pernoctar un poco más hacia o el oeste, en la casa que su cuñado Angel y María Rosa, su hermana mayor, tienen en Susacasa.

Susacasa es una aldea en la que evidentemente no se paró Don Pelayo ni para afeitarse. Costaría encontrar en su suelo piedras con más de un siglo de musgo en su piel. Debe figurar de las primeras comunidades en la lista de Pueblos sin Encanto de la Unión Europea, pero está asentada sobre un promontorio desde el que se ven prados, algun caballo pastando, unas pocas casas con hórreo y palmeras y, al fondo, un Cantábrico que a distania siempre parece pacífico. Porque ofrece un buen pedazo del azul del mar, pero no las olas que rompen para definir los humores de Neptuno, un par de kilómetros al norte.

El mayor atractivo esta aldea es la casa de Angel y María Rosa, que con el minimalismo como norma han sabido acotar en la nada un cuadro de David Hockney que se vive desde que se traspasa la puerta. En el gran salón nunca te encontrarías a Clarín, ni a la Pardo Bazán, pero sí a un refinado apóstol del pop-art que quiere simplificar y quitarle el polvo de la historia al punto de vista. En días de sol, que han sido casi todos este verano, el interior de la casa es un Hockney intimista, limpio y de grandes espacios entre los muebles y objetos que lo habitan. El gran ventanal lo que ofrece es un Hockney exterior vivo y luminoso, lleno de clorofila y azul.

Más allá de la cristalera, el campo alfombrado de verde cae ondulante hacia el mar, del que parecen subir hasta la aldea olas invisibles de paz y serenidad. María Rosa, que hubiera podido ser otra Hockney de perseverar en su buen gusto para pintar, sólo parece contenta cuando para en esta casa. Relativamente, claro, pues la familia -un marido, cinco hijos y ocho nietos- es difícil de controlar, de quita y pon, muchos que llegan, pasan dos o tres días y se van. Por otra parte ella mantiene que labores de las gladiadoras del hogar, son la expresión menos poética de la eternidad (de ahí lo copió Doña María). Además, como el bloguero que suscribe, María Rosa también pertenece a ese ramal de la familia que sufre cuando sale el sol recordando que ya a está al caer el crepúsculo. Todo es relativo.

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El otro aliciente de esta casa que el propio cuñado Angel construyó como si fuera un mueble de IKEA. es que está a un paseo de la playa de Verdicio. Una de las obsesiones del Duende norteño es que las barrigas de los bañistas asturianos superan en el arco de su curvatura a la media nacional. Otra observación es que los top less brillan por su ausencia en esa zona.

El Duende durmió poco, y como cuando despertó no había nadie con quien desayunar y el día –otro más- era espléndido, se echó a andar a Verdicio esperando encontrar en el camino algún bar abierto para tomar un café. La otra esperanza, no exenta de riesgo era, que Verdicio justificara su fama de playa nudista. Lo cual, como aliciente, presentaría la posibilidad de ver a alguna mujer bella en cueros, espectáculo más que estimulante a esas horas de la mañana. Y, como peligro, el de contemplar barrigones y otros colgantes masculinos aún más indecorosos que los de la playa de las Luiñas. Espectáculo, por cierto, más que deprimente.

Pero no encontró el Duende nada de nada. Ni bares abiertos, ni café, ni chicas en top less, ni ninfas en pelotas ni barrigudos de tal guisa. Nada de lo soñado ni de lo temido. Sólo la playa en marea baja, el mar, la mar, aquel amplio arenal donde rompía el Cantábrico solo para él, único turista madrugador de la zona. Tampoco era mal premio. Definitivamente, ha habido días y veranos mucho peores.

Despertar bajo la lluvia

Desde hace tiempo, este bloguero cree que no hay cuadro más hermoso que ver llover...

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¿Cuántos ruidos caben en una vivienda dormida? ¿Qué puede romper el silencio nocturno de un pequeño piso apartado de las grandes vías urbanas, si no habita en él un gato, ni un loro, ni un ratón que forma parte ya de la familia? Pero qué familia, si uno vive solo.

La madera tarda en morir, le dijeron cuando empezó a escuchar sus quejidos en la casa del campo, que tiene el aire de una casa rural, pero sin turistas. De repente algo cruje en esa casa lejana. Y el dormido abre un ojo, y por un momento se siente en una película de  miedo. Ya está, el asesino, que viene a por mí. Pero no, es el alma de la casa, ratones, carcomas, pájaros que anidan bajo las tejas, inclusos salamanquesas, tan delicadas, el viento que de vez en cuando despierta y da señales de vida. Y la madera, que creemos que es materia inerte, pero que o está viva o alberga vida. Vigas de castaño, entarimado, carpintería de pino que envejece precipitadamente para parecerse a la humilde casa de cabreros en la que se instaló, escalera de las que acusan hasta el paso ligero de las niñas madrugadoras.

-Buenos días, abuelo –le despierta a veces al Duende una voz delicada y susurrante que  ni siquiera espera al clarear del día. Entre seis niñas siempre hay una madrugadora que que necesita conversación.

Pero qué niñas, si en este palomar urbano uno vive solo. Y qué ratones, o pajaritos, o salamanquesas, o carcomas, si en este pisito alto apenas hay carpintería natural, y la poca que hay está blindada de barnices plásticos poco agradables de roer. Y qué madera se va a atrever a crujir en estas condiciones.

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O sea, que el ruido era un ladrón, que venía a por el televisor o a por la cubertería de IKEA, pues no cree el Duende que le interese la Enciclopedia Británica, que pesa tanto en el saco y ya no interesa a casi nadie. O si no es el ladrón, será el sádico ese que de vez en cuando necesita asesinar y salir en la prensa. Porque el ruido no está claro, pero ruido es, y esta vivienda es tan poca cosa que no puede permitirse el lujo de fantasmas que cierran las puertas y marcan pasos misteriosos. Ah, claro, seguro que es el sueño, que no tiene por qué tener lógica. Una noche uno sueña que la vecina es Romy Schneider, cuando es evidente que no puede ser, porque Romy Schneider, aunque fuera maravillosa, murió hace muchos años, y porque la vecina, además, es de Cantimpalos, y de darse un aire con alguna actriz conocida sería más bien otra Gracita Morales, que en paz descanse también. Los sueños mienten, pero es que además el Duende está seguro de haber despertado, y sin embargo algo araña su silencio habitual.

Se pellizca, no lo cree, ¿será posible?…Lo acaba de reconocer, es la lluvia, que tamborilea sobre la carcasa del aparato de aire acondicionado. Epur piove…, que diría Galileo, más maravillado aún de que a  esta España condenadamente seca, que, como es lógico, también gira con el resto del planeta, no se le haya olvidado el sonido del llover.

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El encantador ruidito de la lluvia, qué delicia. El reloj marca las seis y media, no son horas de levantarse. El bloguero trata de conciliar el sueño. Pero empieza a imaginar el indescriptible olor de la tierra mojada, y el pasto que empieza a verdear, y  los árboles que ya encuentran motivos para que estallen las yemas de sus hojas, y la bendición que esto supone para los cereales, y para las vacas, y para las ovejas, y para las pobres cabras que aún resisten en las laderas de Gredos y para el caballito que ve desde su ventana  en el campo, y que ya debe de tener el morro en carne viva de tanto besar el suelo buscando algún tallito fresco que llevarse a la boca. El bloguero está despierto, pero se atreve a soñar que quizás incluso habrá nevado en las cumbres, y volverán a correr los arroyos, y puede que hasta se animen los ríos.

Y salta de la cama.

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No eran horas de levantarse, pero cómo se va a perder uno el espectáculo. Es tan emocionante como el amanecer del día de Reyes. De modo que uno se sienta ante la ventana, con el ordenador de por medio, y contempla el desperezar del 21 de marzo, la fachada occidental de la capital sacudiéndose la noche para emerger de entre la niebla de la lluvia menuda. Va descubriendo poco a poco el Palacio Real, la catedral de la Almudena, San Francisco el Grande, el rascacielos de Telefónica, el Círculo de Bellas Artes más lejos, el Pirulí, una silueta apenas perceptible en el gris panza de burro que uniforma el horizonte. Todo ello envuelto en el elegante velo de la lluvia.

Es fácil la comparación, imagínense esos paisajes húmedos y nebulosos, entre dos luces, de Turner, de Monet, de Utrillo. Uno ve este amanecer, imagina, lo valora todo y lo escribe como lo imagina. Y no es fanfarronada, pero puede asegurar que si alguno de estos cuadros tan valiosos colgara hoy de las paredes de su  vivienda, seguiría mirando embobado la lluvia que cae sobre Madrid.

-Lluvia, cuánto te quiero -le dice – Espera que me ponga un impermeable, que salgo a darte un beso.

Fatigado por el “dolce far niente”…

Qué difícil, y qué fatigoso, es no hacer nada...

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No sabe el Duende cuánto tiempo hace que pasa un día sin salir de casa. No ha sido por motivos de salud, ni por inclemencias del tiempo –qué más quisiéramos- ni por la obligación de ordenar papeles, o preparar la declaración de la renta, o montar un mueble de IKEA, o de cocinar un bacalao al pil-pil. Era pereza, fatiga. O tal vez sentirse a gusto en su palomar. Según transcurría la jornada se iba adueñando de su alma calvinista una preocupación.

-¿No será que estoy sucumbiendo a la tentación de dolce far niente?

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Y a continuación repasó su comportamiento, por si respondía al canon de lo que entiende por no hacer nada. Había hecho su cama. Había ordenado su cocina. Había hecho unas tostadas y un café, había leído el periódico en su teléfono móvil, cosa bastante incómoda por cierto. Se había puesto el chándal para salir a correr. Se lo quitó después, porque no le apetecía, estaba como cansado, y por primera vez en su vida consideraba que el cuerpo merecía un respeto. Se duchó, se afeitó.

Había buscado libros, que luego había cambiado de sitio, había mirado muchas veces por la ventana, observando: 1. Varias bandadas de cacatúas verdes volando. 2. Un gato trepando por el tronco de un pino. 3. Al menos dos autobuses urbanos semivacíos. Qué gracioso: todos los personajes igual que los de su autobús de hojalata marca RICO, juguete de los años cuarenta del pasado siglo, silueteados sobre el vacío. 4. La ciudad latiendo bajo el sol implacable que nos permite hablar de “buen tiempo, tiempo primaveral”. Cuánto le irrita al Duende que al tiempo africano le llamen buen tiempo, cuando el buen tiempo en esta época  sería fresco y algo de las lluvias que no han querido ni hisoparnos en invierno. 5. El parque sediento, implorando compasión.

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También ha pensado. Por cierto, ¿pensar es hacer algo? Pensaba que uno va haciendo su vida como quien  compone un puzzle. En un puzzle hay algunas piezas clave, de cuya correcta colocación depende en buena parte el éxito del cuadro final. Hoy el Duende pensaba que tocaba poner una pieza tonta, poco esclarecedora, un pedazo de cielo, un retazo de mar, unas hierbas. Nada que le condicione o le cambie el puzzle de la existencia.

Ha escuchado la radio, ha mandado varios correos electrónicos, ha puesto unos garbanzos a remojo, ha quitado una mancha, ha introducido un CD en su aparato de música, ha repasado los coros del Mesías que cantará en diez días, ha tomado un te, ha buscado, sin éxito, a un calcetín desaparecido, ha completado un soneto que había empezado el día anterior en el autobús, un soneto dedicado a una dama que cumple años inconfesables y que sigue pareciendo una chica ye-yé, las cosas.  Ha visto dos partidos de fútbol, el Athletic-Manchester United y el Besiktas-Atlético de Madrid. Si uno mira en los rojiblancos bilbainos sólo un club de fútbol, qué admirable, qué categoría, qué ejemplo de equipo el suyo. Qué partidazos  los que nos regala últimamente, y que hazaña la de eliminar a los líderes de la Premier League El maestro Ansón dice, seguramente con retranca, que él es del Athletic de Bilbao porque es el único club de nuestra liga que juega siempre con once españoles. Españoles y vascos, españoles o vascos, qué mérito el de ese conjunto de bilbainos, guipuzcoanos, alaveses, navarros y riojanos –cada vez se amplían más las fronteras futbolísticas del País Vasco- en una liga donde hasta el club más modesto es una multinacional. Ya podían aprender los que sólo hacen plantillas a golpe de talonario.

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Según los códigos morales del Duende, el fútbol no puede ni debe ser excluyente de otras actividades. Así que mientras lo miraba,  hojeaba, de paso, la prensa digital. Qué contradicción, hojear sin pasar una hoja. Luego cenó. Y en todo ese tiempo se obsesionaba recordando aquel ojo vigilante de Dios insertado en un triángulo que aparecía en el catecismo, al tiempo que tarareaba por lo bajini una canción que sonaba cuando era niño por aquellos receptores de radio antediluvianos.

Mira, niño, que la Virgen lo ve todo…

Espera el Duende que Dios y la Virgen se hayan dado cuenta de que aunque   casi todos, unos por falta de trabajo y otros por sobra de años, estemos inactivos, es imposible no hacer nada.   Acabó el Duende tan cansado de ese menester, que a las once y media de la noche se le caían los párpados, y sentía que la cama le llamaba para recogerse en ella y ponerse a no hacer nada de verdad

 

 

Trapiello y las largas noches de noviembre

Este hombre es capaz de hacer literatura de una lenteja. Qué pena que uno lo haya descubierto tan tarde, y que dude de que le de tiempo a leer todos sus libros...

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Las noches de noviembre deben de ser demasiado largas. La última de ellas se acostó el Duende con la cabeza despiezada como un puzzle y luego se metió en tantos líos que acabó su sueño sufriendo por un cocodrilo, como luego se verá. Demasiado largas las noches de noviembre.

Y lo dice después de tantos días sin saber por donde hundir el bisturí de la pluma. No obstante le habían ocurrido esta semana cosas interesantes, sobre todo si se tiene en cuenta el vuelo alicorto de su dietario actual. Desde hace tiempo, por ejemplo, le carcome una inquietud: ¿qué hacer con ese legado paterno de papeles, cartas, documentos, artículos y hasta poemas amarillos por el tiempo que este mismo ha ido depositando en sus manos? ¿Tienen algún interés más allá del que pueda despertar en él? ¿Se puede considerar uno buen hijo si entrega al fuego la memoria escrita de sus padres veinte años antes de que esta acabe en un contenedor de papeles, esperemos  al menos que reciclables? Sus padres: muy decentes, muy dignos, muy discretos, muy queridos por sus hijos, muy considerados por los que les conocieron. Pero al cabo tan parcos de gloria como todos los que no traspasamos el umbral de las enciclopedias. Y detrás, la legión de devoradores de futuro. Lo imponen los tiempos, y lo secundan entusiastas los sabelotodos actuales, los políticos, los gurúes de la comunicación y hasta las escuelas de negocios: sólo importa el futuro. El presente se está yendo antes de acabar esta frase, y el pobre pasado ni siquiera es políticamente correcto. Tonto el que vuelva la vista atrás.

Problema al canto. ¿Qué hace uno con su almoneda particular, cuando, pese a la urgencia de futuro, tiene en ella sus afectos?

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Mantienen algunos amigos del Duende que sus hijos aún se interesan por las raíces de su familia. Sobre todo si esta ha aportado algo más que un buen nombre y una sangre limpia. Pero son los menos. De repente, los cuadros de los antepasados y el tesoro literario que nos han legado encuadernado con guardas de papel de aguas y lomos de cuero labrados y estampados en oro han dejado de tener sentido, y sólo esperan su momento para ir a parar al Rastro o a la Cuesta de Moyano.

-Si tú no eres nadie- parecen lamentarse en su silencio-nosotros tampoco somos nada.

La alerta por lo que ya suponía vino esta vez de ese clarividente observador e infatigable anotador que es Andrés Trapiello. Cuanto más lo lee este duende, más le asombra. Recuerda el escritor y poeta que buena parte del arsenal de su gran ensayo Las armas y las letras, que a este bloguero se le antoja indispensable para su generación, lo ha ido encontrando en libros, documentos y epistolarios de hombres y mujeres ilustres cuyos herederos tuvieron que sacar la escoba y barrer cualquier pasado no  amparado en el banco o en el registro de la propiedad.

Nuevos tiempos. ¿Qué pinta un legajo de papeles color sepia o una primera edición de los Episodios nacionales  en esa casa que IKEA nos presenta como una maravillosa república independiente de ochenta metros cuadrados?

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Le quemaban al Duende en particular unas cartas  que el poeta Gabriel Celaya se había cruzado con su padre después de la guerra. Ambos habían compartido el primer premio en un concurso de poesía que organizó el Lyceum Club  de Madrid. El fallo del premio tuvo lugar el 13 de julio de 1936, justo el día en que asesinaron a Calvo-Sotelo. Al ya reconocido Celaya le dieron las 500 pesetas del premio, al padre del Duende, un novel sin publicaciones, sólo el accesit honorífico. No pudo recibirlo porque la ceremonia de entrega estaba prevista para el 18 de julio…¿Adivinan las causas?

Eran malos tiempos `para la lírica, pero de aquel certamen poético nació entre los dos concursantes una cierta amistad. Y como entonces se escribían cartas, fueron varias las que en los años cuarenta se cruzaron entrambos hablando de poesía, de las cosas de la vida, de la mar y de los peces de colores. Curiosamente, y a pesar de que Celaya era comunista, ni una sola palabra de política. Llámenle prudencia o miedo. Celaya no es Lorca, pero sus cartas tienen interés documental para cualquier estudioso de la literatura  española de aquella época. Y al Duende se le abrió un claro en el cielo oscuro pensando que el archivo de Trapiello podría ser el mejor destino para ellas. Esa fue  la gatera por la que escapó su mala conciencia por librarse del pasado.

Tampoco Trapiello, con ser a juicio de este lector un ejemplo deslumbrante de talento y de trabajo, es Ken Follet o, más cerca aún, Pérez Reverte.  El Duende dio con su teléfono, le llamó, le dejó su recado en el contestador y a los pocos recibió su respuesta.

-Gracias por acordarte de mí. Me interesa mucho, ¿Nos vemos en casa?

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Ni aún en sus mejores años de radio se creyó este bloguero al otro lado de vitrina ideal que separa a la gente notable del resto de los contribuyentes. Sigue por tanto manteniendo, además de un espíritu de cotilla porteril, un cierto sentido reverencial por los que unge la fama, ya sean estrellas de cine, futbolistas, políticos o inventores. El respeto del paleto. Más aún quizás por los escritores, pues al cabo de más de seis décadas de dudas y naufragios cree que ese sería su destino en la próxima reencarnación.

Algo de fascinación tiene el asomarse al escritorio y la biblioteca de los que le guían a uno el pensamiento. Con esa curiosidad acudió el Duende a la cita, esperando encontrar, entre el obligado ordenador del plumista moderno y sus  libros, carpetas, mapas, planos, cuadros, lápices, plumas y otros objetos de escritorio, algún icono que le ilumine en los momentos de cerrazón. En el sancta sanctorum de Trapiello hay un busto de Galdós y tres imágenes más de sus principales referentes: Dickens, Stendhal y Tolstoi. Al visitante le reconfortó especialmente descubrir entre tanta sabiduría alguna muestra más elocuente de sus afinidades electivas. Y la encontró: en uno de sus anaqueles vio un diminuto autobús rojo del London Transport como el que el propio bloguero guarda en su pequeño despacho/palomar.

Qué guiño tan simpático, qué consuelo, qué coincidencia. ¿Será Rilke, el que acuñó la idea de infancia como patria, otro de los lazarillos de Trapiello?

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Días antes el bloguero se había embarcado en  Las inclemencias del tiempo, tomo nº 10 de esa experiencia única en la literatura española actual que es Salón de pasos perdidos, un diario que debe de ir ya por más de cinco mil páginas en el que Trapiello hace literatura de lo que le pasa, de lo que piensa y todas y cada una de las pequeñas cosas en las que deberíamos reparar los demás para exprimir el zumo inagotable de la vida. Y, por aquello de alimentar el venero de libros dedicados que algún día irán a parar a las librerías de viejo, sobre los que tanto ironiza el autor, buscaba afanosamente Días y noches, su novela que mejor complementa la reciente lectura de Las armas y las letras. La buscó el Duende en La casa del libro, en FNAC, en El Corte Inglés y, la mañana misma de la cita, en Antonio Machado. No la encontró en ninguna de estas librerías, pero en la última, oh casualidad,  tuvo la suerte de dar con el propio autor que huroneaba novedades editoriales, y que además de pedir por favor un adelanto de media hora en la cita vespertina se la regalaría después debidamente dedicada de su puño y letra.

-Quizás tus descendientes encuentren algún día  este mismo libro en Moyano o en el Rastro-le advirtió serenamente el Duende.

No le debió de importar al autor, consideraría que el impacto del pasado es legítimo que se vaya difuminando en las nuevas generaciones. Cogió su estilográfica y con letra pulcra, pequeña y picuda escribió: A Luis Figuerola-Ferretti, con la amistad de Andrés Trapiello. Al dedicado le sobrevino un ataque súbito de vanidad. ¿Cabrá tanto en los pasos perdidos de Trapiello como para que recoja este momento? Fue una hora larga de conversación apasionante. Cómo tendrá tiempo para hablar de algo, con lo que escribe este hombre, pensaba el duende vulgaris. Se mezclaba la avidez del lector reverencial con la emoción curiosa de otro observador que recorrería otros pasos perdidos tan atinados como los de su  nuevo amigo. Luego, por la noche, varios sueños con imágenes de este otoño de Candeleda que, desde su casa, entre castaños, liquidámbares, cerezos, arces y robles que van del rojo cinabrio al amarillo, parece un cuadro de Eliseo Meifrén. Sueños de color mezclados con otros más turbulentos que culminaban en lo más inexplicable de sus últimas aventuras oníricas. Con grave riesgo, porque no es fácil, el Duende mataba al final de la noche a un cocodrilo pisándole la cabeza, que ya tiene mérito. El saurio se resistía, pero a base de pisar fuerte acababa muriendo.

La del alba sería cuando despertó el bloguero. Las noches de noviembre son, efectivamente, tan largas que hasta cabe en ellas la sinrazón de un cocodrilo. Y al soñador le mordía no el cocodrilo, sino la curiosidad de saber por qué este absurdo había aparecido en el sueño del lector curioso que posiblemente se había entretejido la tarde anterior.

Más aún, le picaba una pregunta  que desde aquí  se atreve a plantear a su autor de referencia. Oye, Andrés, ¿cómo enjaretarías tú a un cocodrilo en tus pasos perdidos sin que estos pierdan definitivamente el sano juicio?

Tristeza, balcón y gato

No le busquemos demasiados pies al gato...

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Mientras Obama se mosqueaba con la vieja Europa y la regañaba por no saber cómo combatir la crisis, algunos se entretenían analizando una foto de la ministra Carmen Chacón con la piernas cruzadas.

Presuntamente cruzadas, debe añadir este bloguero. Según algunos observadores maliciosos,EL PAÍS había trucado la foto, jugando con las piernas de la ministra para que parecieran otra cosa que lo que en realidad son. No se sabe si para favorecer su imagen o para fastidiarla y agradar a Pérez Rubalcaba, que le disputó la candidatura del PSOE y ahora es el favorito del periódico.

El Duende, alertado por un confidencial que denunciaba que ahí había busilis,  pasó un buen rato ante  la foto. Se acordaba de una extraña corbata de seda estampada que durante años se exhibió en el escaparate de una tienda de la calle Alcalá, junto al Teatro AlcázarEn el estampado de la corbata, bastante fea por cierto, se veía a una dama mirándose ante un espejo. Y a su lado, un letrero: “No es lo que parece”. El Duende se la quedaba mirando un rato y de repente, por no se sabe qué macabro efecto óptico, la dama ante el espejo se transformaba en una calavera. El Duende en este caso vio las piernas de la ministra algo forzadas por el deseo, tan femenino, de lucir lo mejor posible. Pero no advirtió nada raro en la foto.

Pensó que a veces nos empeñamos en buscar cinco pies al gato a casi todo.

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El día de un hombre jubilado se llena con experiencias variadas. Por ejemplo, con paseos, gestiones en la calle, conversaciones llamadas telefónicas, apretar los tornillos a la butaquita giratoria de IKEA en la que se sienta para escribir, pequeñas compras para la supervivencia, recuerdos que van y vienen y observaciones varias. También con noticias que a veces son buenas y, más frecuentemente, malas. Aparte de la bronca de Obama y de las piernas de la ministra Chacón, el día de ayer le sorprendió al Duende con una noticia tremenda. Unos amigos que habían sufrido la muerte de una nieta hace tan sólo cuatro cuatro meses, perdían en accidente de coche a otro nieto que estaba estrenando la juventud.

-Si Dios existe, espero que tenga una buena excusa- dijo Woody Allen, probablemente en una ocasión como esta.

Dolor, indignación, confusión, tristeza. Vana curiosidad: ¿quién le explica a uno todos los trágicos porqués que nos va planteando la vida?

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Para momentos así, el Duende tiene un remedio impagable. Es sólo un balcón. Mejor dicho, algo más: es un horizonte panorámico, un paisaje que tiene historia y que probablemente alienta muchas pequeñas historias de los que ahí viven. Oxígeno para el alma aturdida. El horizonte abarca desde  los edificios históricos del viejo Madrid hasta su pequeño palomar, con el Manzanares de por medio, mucho arbolado y un pinar  que se extiende a sus pies.

-¿Y por qué pasan estas cosas?-suspira asomándose al balcón.

Se acodaba ayer en su barandilla y miraba el panorama mientras por dentro seguía hurgando en sus porqués. Creyó que las lágrimas le iban a nublar la vista, pero pudo distinguir entre los pinos a un gato negro  que retozaba con un papel que volaba al soplo del viento. Cuando el minino se cansó, se tumbó a dormitar entre la pinaza y la hierba seca. Cuánta paz ajena a cualquier dolor respiraba el momento. Entonces el Duende se acordó de Morito, el gato negro que ya vivía en la casa de sus padres cuando él nació. Morito ronroneaba junto al fogón de leña, y luego se estiraba y afilaba sus garras en las patas de la mesa de la cocina. Era muy manso, muy bueno, y se dejaba acariciar con el mismo mimo con el que ahora repasa uno sus recuerdos de la infancia.

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Caía la tarde. El gato negro del parque  seguía sesteando en la última mancha de sol mientras cruzaba volando una de esas bandadas de cacatúas verdes que ya se han hecho madrileñas. Y de repente la mirada hacía de ungüento: la vista le consolaba, el gato le distraía, la memoria le sonreía. Y aunque la trágica noticia le pesaba en el alma, sentía un cierto alivio. Quizás haya que aceptar con naturalidad que la carne de la vida se meche de amargura. Y respetando el sufrimiento ajeno, puede que  no haya más remedio que contemplarlo como la foto de la Chacón, sin sacar cinco `pies al gato del destino que nos entretiene.

(*) Hay quien busca “tres pies al gato”. Incluso parece que el propio Quijoteutiliza esta expresión. Pero huroneando en internet constatamos queSebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana mantiene que llo correcto y lógico  es hablar de cinco. Y lo legitima en verso: El normal, cuatro presenta/ Tres, si le falta una sola/ Y cinco si, quien la cuenta,/ toma por pata la cola

Martita pide perdón

Hay rachas en las que casi hay que pedir perdón por ser afortunado...

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La pobre Marta no se lo podía creer cuando recibió la llamada.

-Contamos contigo –le dijeron- Preséntate mañana a las doce y pregunta por el señor Santovenia.

El señor Santovenia la recibió amablemente, aunque afectando una actitud algo puntillosa. Mientras rebasaba el expediente, se apretó por dos veces la corbata de pajarita, y se rascó la ceja derecha en cinco ocasiones.

-Ha gustado mucho su currículo –subrayó forzando una sonrisa- Y su buena predisposición- Le pagaremos 1.200 € y un variable del 2% en función de resultados.

Volvió a casa corriendo como una chiquilla, más contenta que unas pascuas.

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En casa estaba tomando un café el tío Gerardo, que no paraba de lamentarse del dineral que había perdido este año con los pepinos y con la bolsa. En medio de su larga letanía de quejas, anunció que no estaba dispuesto ni a hacerse cargo de la abuela ni a pagar la parte que le correspondía de la residencia de verano de Benidorm, como le había propuesto su hermano.

-No puedo, Fidel, no puedo –se excusaba- Es más, Susana me dice que si no os importa que os dejemos una semana a Arabella. Este verano compartimos la caravana con los Tomares, y Pepa Tomares tiene alergia a los perros. Es lamentable que sea tan egoísta y no piense que los perros también tienen derecho a veranear, pero qué le vamos a hacer.  Así que si no tenéis inconveniente….Además, Arabela le hará compañía a Mamá.No sabes con qué interés sigue los seriales de la tele.

Arabella era la perrita del tio Gerardo y la tía Susana. Fidel, el padre de Marta,  tenía fama de santo, pero, desde que le rebajaron el sueldo y estaba amenazado de despido le había cambiado el carácter. Además aquella mañana le había salido un molesto uñero. No se negó abiertamente a la tutela de la perra, pero algo rezongó entre dientes. La madre de Martita se llamaba Valentina. Aunque no lo había declarado nunca, odiaba a Arabella porque un día la perrita le lamió las uñas del pie derecho recién pintadas, sin que ni siquiera le sentara mal el esmalte. Además estaba de los nervios con la abuela. Hasta el momento había apechugado con ella con resignación y hasta algo de cariño, pero ahora la anciana se quejaba de malos tratos, porque según ella su nuera le complicaba los guiones de los seriales de la tele a propósito para que ella no los entendiera.

-Estoy de vuestra madre hasta el moño-les espetó a los dos hermanos- Ahora voy a ser yo la responsable de Bandolera, ¿no te digo?  Como para hacerme cargo ahora de la puñetera Arabella, vamos, hasta ahí podíamos llegar.

- ¿Puñetera Arabella?…-reaccionó Gerardo indignado- Deberías de mostrar más respeto por tu cuñada. Eso no te lo tolero.

El tío ofendido se levantó de la silla,  se despidió con un gesto que no se sabía bien si era un adios o un corte de mangas y salió dando un portazo. Afortunadamente, se llevó a aArabella entre sus brazos. La abuela se echó a llorar, Fidel se asomó al balcón dando bufidos  y en ese momento, mientras las noticias de la radio confirmaban que la crisis económica se agravaba, ahora por culpa de Italia, y que la Bolsa se daba el enésimo batacazo,  un berrido de  Valentina desde la cocina anunció que, además, se le había cortado la mayonesa.

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Así  las cosas, Marta no se atrevió a dar la buena noticia. Ella no se había distinguido por ser precisamente una chica precisamente afortunada. Sabía que no era una belleza despampanante, y había tenido que sufrir muchas veces la poca delicadeza de su madre, que la apremiaba para que se echase un novio de porvenir. Cuando por fin hacía un mes que anunció ilusionada su noviazgo con Joaquín, que era empleado deTelefónica, su madre le echó un jarro de agua fría.

-Fú, qué feo es-dijo al ver la foto que Marta le mostró- Se parece a Rubalcaba. Claro, que si eres incapaz de encontrar trabajo…

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Su novio se había afeitado la barba de chivo. Y es verdad que lucía entradas en la cabeza, pero no era ni de lejos tan calvo como Rubalcaba, ni tenía sus ojos achinados ni su sonrisita de malvado de película de la serie B. Además era un cielo. Y por si fuera poco su madrina, que no tenía hijos, le había regalado un pisito en Las Tablas que estaban equipando con muebles de IKEA. Ya habían hablado de casarse, y ahora, además, a ella le había salido el trabajo por el que llevaba dos años luchando. Pero comprendía que en su casa paterna no estaba  el horno para bollos.

-Tengo que deciros una cosa –musitó durante la comida sin atreverse a levantar la vista del plato de gazpacho.

Fidel se echó las manos a la cabeza, y Valentina quiso ponerse la venda antes de la herida.

-¿No nos irás a decir que te has quedado embarazada sin quererlo?

Marta suspiró profundamente por no llorar.  Cerró los ojos y pensó lo que tenía que decir. Y cuando ya se sintió con fuerzas, habló de esta manera.

-He conseguido trabajo. Y como además Joaquín no se parece a Rubalcaba, y tiene empleo y piso propio, y le quiero, y  a pesar de la que está cayendo nos queremos casar, quiero pediros algo muy especial.

Fidel y Valentina se miraron alarmados.

-Qué quieres, hija- dijeron al unísono- Suéltalo de una vez.

Marta levantó la mirada del gazpacho y sonrió tímidamente.

-Sólo quiero pediros perdón por ser feliz.

La vida y sus navajazos

Nadie lo tenemos en el guión, pero todos debemos esquivar los navajazos que de vez en cuando larga la vida...

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Sestea el Duende en su sillón de IKEA mientras le aturden las noticias del Telediario. Disturbios en Libia y Marruecos. Esperanza Aguirre tiene cáncer. Ha muerto Odón Alonso.

No obstante, se duerme: esta mañana ha empezado su mañana corriendo por el Parque de San Isidro y el nuevo salón de pinos –qué nombre tan pretencioso- que arbola la orilla del Manzanares, y está cansado. Madrid, por cierto, amanecía limpio y con un cielo transparente. Cuando lo ve recortado en el horizonte y antes de que el sueño le baje las persianas seguía muy presentable.

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Esperanza Aguirre es la mujer de temple intermitente. Quiere ser del mismo hierro que su admirada Margaret Thatcher, pero de cuando en cuando sucumbe a la emoción y quiebra su palabra con inflexiones que le manda el corazón. Hoy intentaba un discurso firme y sereno para anunciar su cáncer de mama. Como el que habitualmente modula en sus declaraciones. Pero se le cruzaba el llanto, y a su fraseo le patinaba el embrague. Qué cosa más natural, incluso en una mujer de tanto carácter.

-Quiero animar a todas las madrileñas-decía abundando en el mensaje preventivo- para que se no dejen de hacer sus revisiones ginecológicas.

Los famosos afectados, como Josep Carreras, o como Plácido Domingo y Luz Casal, se convirtieron en los mejores agentes propagandísticos de la vigilancia activa contra la enfermedad que ya es no es innombrable. Ellos la vencieron, como ojalá lo venza Espe, con ese nombre de virtud tan poderosa.

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Pero lo uno no quita lo otro. El bloguero paró la carrera en seco al escuchar la noticia, Por razones largas de explicar –entre las que cuenta el implacable marcaje al que le someten sus enemigos- guarda una especial simpatía por esta política tan brava. Al menos da la sensación de currarse su cargo más que ningún otro representante del pueblo. No es sutil, pero es inasequible al desaliento, consecuente y simpática.  Por eso, al enterarse de su enfermedad el bloguero, se detuvo y le dedicó un recuerdo mientras, acodado en la barandilla de uno de esos nuevos puentes que cruzan nuestro pequeño río,  veía nadar a los patos, ajenos al mundanal desasosiego.

Todos tenemos un cáncer en alguna vecindad del corazón. Más cercana o más lejana. De ella se defiende bastante bien el Duende gracias a que su psique debe de padecer una cierta  bipolaridad sentimental. Lo cual le hace a ratos frío y tan áspero como la lija del 9, y a ratos cursi y de lacrimal fácil, como si fuera una heroína de Corín Tellado. En el paseo matinal, y escuchando la noticia de boca de la protagonista, le dio por lo segundo. Alivió con un suspiro. Y siguió trotando por el parque porque, según la propia presidenta, nada debe detenerse por culpa de su percance.

Salvo el cáncer, claro.

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Odón Alonso coleccionaba gallos. Gallos de cerámica, de barro, de hojalata, de basalto, de cristal, de plata, de madera. Lo leyó una vez el Duende en una entrevista que le hicieron al recientemente fallecido director de orquesta. Y esta confesión le produjo un efecto de simpatía hacia el maestro. No se imaginaba a Toscanini coleccionando enanitos en su jardín, ni a Von Karajan exhibiendo su tesoro de sorpresas de roscón en la vitrina de su mansión en Gstaad.

De alguien capaz de producir el milagro de la buena música a este bloguero le interesa casi todo, hasta los detalles más insignificantes de su vida. En un libro apasionante titulado El mito del maestro su autor, un crítico llamado Norman Lebrecht, hace un análisis de la personalidad de los grandes directores del pasado siglo. No aparece en la lista, cree recordar el lector, ningún director español, ni siquiera Ataúlfo Argenta. Deberían agradecérselo. Porque los grandes de la batuta resultaban ser, según Lebrecht, tan magníficos músicos como vanidosos, despóticos e insoportables personajes. La simpatía y la naturalidad raramente hace divos.

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Por muy fino que se ponga el bloguero, tiene que reconocer que tampoco él se libra del poderoso influjo del star system. Una novena de Beethoven dirigida por Metha, Mutti, Maazel o Giulini siempre le merecía más atención que una de Odón. A Odón le saludó un par de veces en su vida, y parecía un tipo amable, simpático y cercano. Nada que ver con los que Lebrecht disecciona tan cruelmente en su libro. Jamás le decepcionó musicalmente (los snobs no pensaban lo mismo), pero probablemente pesaba en su biografía la ausencia de glamour, que es el lo que parece que pedimos los ignorantes a los artistas. Coleccionaba gallos, recordemos, y era de La Bañeza.

Un día le sonó el teléfono al Duende.

-Hola, Luis-escuchó por el auricular-Soy Odón Alonso…Te llamaba porque hace mucho tiempo que no nos vemos.

El bloguero se quedó literalmente estupefacto. Jamás había sido amigo del maestro, se conocían sólo de un par de cenas con amistades comunes. Alguien le habló entonces de Alzheimer. Hoy una necrológica  recoge otra causa por la que, al cabo moriremos  casi todos: insuficiencia cardiorrespiratoria. Da igual. Una de las ventajas de la edad es que te enseña que la enfermedad y hasta la muerte forman parte de la vida. La  vida, con sus navajazos.

Así que a la cama, que mañana será otro día.

El “destroyer” del Meccano

Esos niños puñeteros que disfrutaban destruyendo lo que se tardaba tanto tiempo en montar...

Qué agradables, las tertulias. Los años no habían hecho mella en ellos. Una vez a la semana, se reunían en un bar de la Zona Húmeda: vino del Bierzo, cecina y una conversación amena y distendida. La familia, el fútbol, quizás los toros. La vida plácida, pero achacosa, del jubilado. La situación política, los recuerdos acumulados durante toda una vida. Aquel día polemizaban Alfredo, ingeniero retirado apasionado por todo lo que se llama infraestructuras, y Antonio, abogado que aún se resistía a colgar la toga.

-Poca cosa, ya sabes –precisaba- Algún asunto sencillo. Y, de vez en cuando, un artículo que me piden para la Revista Hipotecaria. Mi bisnieta me pregunta qué es eso, y yo no se cómo explicarlo…

El tono general de la tertulia, que era inesperadamente optimista para la edad media de los tertulianos, había evolucionado últimamente por culpa de Antonio.

-Aquí la gente no se da cuenta del roto que está haciendo el chico de Rodríguez.

-No jodas, Antonio –le decía Alfredo- Si este muchacho es un chollo. Tú, que eres un chinche con la historia esa de la arquitectura legal.

-¡Coño con la arquitectura legal!- interrumpió Antonio.

-Sí, la arquitectura legal…El rollo ese que sueltas últimamente…¿Sabes qué piensa la gente?…Que a vivir, que son dos días…Y el que venga detrás, que arree…Políticos que faciliten las cosas, que para cabronadas ya hace bastantes la vida.

-Parece mentira que seas ingeniero. El cerco a los jueces por el asunto Garzón, la Constitución en entredicho, el Estatuto de Cataluña a capricho, el Tribunal Constitucional, la inacabable sentencia…Todo debería de encajar perfectamente.

Antonio hablaba como un teórico. Pero de vez en cuando citaba ejemplos con los pies en el suelo.

-Queremos que España sea como esos muebles de IKEA,  que por una arandela defectuosa o un agujero mal taladrado se resisten a ser montados. Y claro, no sale. No sale porque las piezas no encajan. Ya pueden tornear el eufemismo, y hacer plastilina de las leyes, pero lo que se pretende, sencillamente, no encaja en ellas.

-Qué cenizo eres, Antonio.

-¿Cenizo?… Otra cosa es que ahora,  por seguir vendiendo la utopía, todo hay que relativizarlo y tomárselo a chacota.  Pero los utopistas iluminados no tienen ni puta idea de manejar la llave inglesa. ¿No te acuerdas de lo que hizo con tu Meccano?

Y Alfredo, que le quitaba hierro al asunto, y que se hartaba de predicar las maravillas del plan E y los avances en infraestructuras del chico de Rodríguez, se quedó pensativo. Guardó unos segundos de silencio.

-¿Era él?…

Era él. Alfredo se acordó de una tarde, hacía más de cuarenta años, cuando aparecieron de visita en su casa precisamente los Rodríguez. Iban con el niño, que sonreía mucho y parecía muy educado. Mientras preparaban le merienda, el niño se escapó y entró en el despacho contiguo, donde Alfredo, para inyectar a sus hijos la misma pasión por la ingeniaría que el había sentido siempre, exhibía orgulloso un montaje del Puente Colgante de Bilbao construído pacientemente con las piezas del viejo Meccano que aún conservaba de su lejana infancia. Cuando la merienda estaba lista se escucharon unos golpes metálicos que venían del despacho.

-Joselín –gritó la señora de Rodríguez- ¿Dónde estás?…

El ingeniero Alfredo saltó como un resorte. Corrió  a su despacho y ahí encontró al chico de Rodríguez. Aún tenía el martillo en la mano cuando con esos ojos de Muñeco Diabólico, coronado uno de ellos por la ceja circunfleja, y una sonrisa beatífica de angelito barroco, mostraba orgulloso el amasijo de hierros en que había quedado convertido eel montaje del ingeniero.

-Nene gusta destrozar Meccanos –dijo candorosamente.

Y Sergio comprendió ahora que su amigo Antonio tenía razón. Ya  entonces la criatura apuntaba maneras…

Contra el desasosiego

Imagen prestada del blog http://www.laetus.over-blog.es

Empieza uno a obsesionarse con lo primero que ven sus ojos al despertar. Ese plafón, esa lámpara, ese artesonado en escayola, esa mancha grisácea de polvo donde no llega todos los días el trapo o el plumero. Recorre con la mirada el entorno inmediato e insinúa una mueca de hartazgo: el picaporte de la puerta, el aparato de radio, el grabado de la paloma de Picasso, la foto de los niños, el tirador del cajón de la mesilla de noche, las lamas de la persiana. Todo igual, en su sitio. Llega a pensar incluso que Serrat sólo era un cínico: Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así… El hombre es un animal de costumbres, alimentadas por la esperanza de que en la rutina encontremos un día, inopinadamente, sorpresas y respuestas. No siempre llegan

-¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Para qué sirve lo que hago? ¿Tienen sentido mis días? –se pregunta.

Un día uno decide poner cara de piedra pómez a todo. Cara de piedra pómez a lo que te cuentan por la radio, a lo que ves por la tele, al espejo mientras te afeitas o te maquillas, a la tele,  a los periódicos, al  gobierno de la nación, a lo que llaman la inteligentsia, a los chamanes del espíritu, a Juan Luis Cebrián y a Pedrojota Ramírez, a Jorge Javier Vázquez y hasta ese vecino tan simpático que a veces te baja la basura a cambio de pedirte, si no lo utilizas, el cupón del periódico para abaratar la batería de cocina que ofrecen a tan buen precio. Puede ser más dramático aún. Quizás uno llegue a enterarse  de que, al borde del pasotismo más dramáticamente existencialista , alguien ha visto la foto de Cristiano Ronaldo en slip y de Penélope Cruz con esa lencería portentosa que luce en Nine y no ha hecho más que encogerse de hombros y mesarse los cabellos.

Y posiblemente llegue a odiar esa finitud garbancera que apresa su imaginación y sus ideales. Quiere decir adiós a su albornoz, a sus zapatillas, a la taza donde toma el  primer café, al grifo de la ducha, al felpudo de IKEA, a las escaleras que le bajan del portal hasta la calle. Quiere  echarse a volar y escaparse antes de que nos arrase la tormenta perfecta que tanto nos anuncian.

Poco a poco: qui va piano va lontano. Antes de la catarsis, antes de aventar las brasas del escepticismo y de inmolarse en la parrilla del desasosiego, uno mira los comentarios,  abre el correo y recibe noticias de dos de los hijos pródigos. Un tal Wallace vuelve a tocar con resignación las cuerdas de su violín.  Mientras que  Lola anuncia que en su jardín, al otro lado de los Pirineos, el mirlo empieza a construir su nido. Las cosas cambian.

Y uno le celebra a su medida. El mismo café de antes, tan cotidiano y tan aburrido, le parece al Duende apasionante después de mojar en él una de las  perrunillas de Santo Tomé del Puerto que le regaló su amigo Manu Chalbaud. Debe de ser que todos, en algún momento,  necesitamos de alguien  para saber que no estamos solos.

Aprendiendo a no hacer nada

El "Dolce far niente" según el pintor prerrafaelista John Williams Waterhouse

El "Dolce far niente" según el pintor prerrafaelista John Williams Waterhouse

Mea culpa, padre, mea maxima culpa…Vicios adquiridos. O el dichoso complejo de culpa judeo-cristiano, que decían los filosofillos modernos leídos cuando Salgari y Verne se le quedaron pequeños al Duende y había que empezar a disfrazarse de mayor. La cosa es que por fas o por nefas, por carecer de cobertura en Internet o por pereza, el Duende abandonó hace días este blog. Como dejar la  mesa sin recoger, o la cama sin hacer, Jesús, qué mala conciencia.

Nadie le obligaba a ello, ni nadie se lo reprochará, pero qué mal rollo interior. Y entretanto, tampoco un solo trabajo manual: ni podar, ni segar, ni desbrozar, ni montar un mueble de IKEA, ni limpiar el polvo a los libros, ni colgar un cuadro, ni sacar brillo a los zapatos, ni arreglar un pinchazo a la bici, ni hacerse una tortilla francesa, ni ordenar la pobre discoteca, ni llevar los trastos inútiles a eso que llaman un punto limpio. Sólo recorrer kilómetros en coche, grabar paisajes en la memoria, pasear,  hacer algo de deporte,  encontrarse con amigos que la vida ha ido engastando en el collar de los afectos, hablar con ellos largo y tendido, leer, sestear, darse algún homenaje gastronómico, quedarse como un tonto mirando la luna o el espumoso inconformismo del mar. Eso que  en este mundo tan competitivo, donde el trabajo además de modus vivendi es un signo de distinción, se considera no hacer nada. Mea culpa, mea máxima culpa.

Siempre ha envidiado el Duende a los doctores en dolce far niente. A los que saben no hacer otra cosa que dejar correr el tiempo, apechugar sólo con lo que les pide el cuerpo y dormir por la noche tan contentos. Dicen que eso es descansar. Aunque uno lo vea como una debilidad imperdonable, y tenga que romper su vagancia sobrevenida para anunciar propósito de la enmienda.

Y ahora, a desayunar, que otra mano amiga se está ocupando de ese menester, y ya le llega a uno el irresistible aviso aromático del pan tostado.

Sueños de un editor frustrado

Dicen que ahora editar tu propio libro no es un sueño...

Dicen que ahora editar tu propio libro no es un sueño...

La cosa es que la prima, que había sido siempre una mujer tímida y calladita, toda una vida dedicada a trabajar por los demás, con el mal dormir que dan los años se levantaba por la noche y se ponía a escribir. Nada pretencioso: reflexiones, pequeños poemas, pinceladas sueltas de su imaginación, cuentos mínimos y aleluyas piadosas al estilo de Las florecillas de San Francisco. Porque la prima, ya les digo, que de joven pintaba como para ennoviarse con ella, a fuerza de discreta plegó su alma sobre sí misma, se hizo asistente social y casi dio en la santidad.

El Duende, veinte años más joven, convivió con ella en la finca familiar que comprara el bisabuelo. Y comoquiera que aún siendo el más pequeño de su generación, era el único que escribía por afición,  fue el depositario de los escritos de la prima.

-A ver que te parecen –le dijo al entregárselos reflejando en su gesto la  esperanza en ser autora.

Los escritos de la prima eran justamente lo esperable de una prima de aquel tiempo. Respiraban ilusión y destilaban –oh sorpresa-el espíritu sensible de una mujer, que, contra todo lo que parecía, también se había enamorado alguna vez. El Duende convenció al resto de sus primos y a sus numerosos sobrinos de que aquellas páginas merecían un libro que, sin duda, a ella le encantaría recibir como regalo inesperado.

-Es muy fácil-se aventuró-Ahora en Internet hay webs como www.bubok.com que te permiten hacer tú mismo ediciones digitales cortitas y por cuatro perras.

Nunca lo dijera. Qué maldición, el hágaselo usted mismo, como el IKEA de las editoriales. Con María, que era la sobrina favorita, el Duende trabajó en la selección y corrección de los textos. E incluso escribió un prólogo en el que, cómo no, aparecía Audrey Hepburn y algunas otras de sus obsesiones recurrentes. Esta es la prueba:

Cuando yo era un niño, mi prima era una moza menuda, pero con una sonrisa coqueta y un par de esos encantos femeninos que a ningún chaval le pasan inadvertidos. Nunca entendí que Gregory Peck, por ejemplo, no apareciera un día por El Rincón a llevársela de paseo en la Vespa de Vacaciones en Roma. Sin embargo ella era demasiado tímida para estas aventuras. Y además, seguramente hubiera sido incapaz de quitarle el novio a Audrey Hepburn. Gracias a estas páginas que siguen uno sabe que, además de ser una magnífica persona, Mary pastoreaba las mismas ilusiones que cualquier jovencita de su tiempo. Entre que a Gregory seguramente se le averió la Vespa, y que ella pronto desvió su mirada hacia las necesidades de los demás, nos hemos perdido el gran sueño de la prima Mary.

Una tarde, María y el Duende se embarcaron en esa tarea tan fácil que es la autoedición en Internet. Ja. Claves, contraseñas, correo de vuelta, menúes que dicen que se abren y no se abren, pestañas abstrusas, infinitos campos por rellenar, lenguaje de  informáticos, mensajes ininteligibles para neuronas cerebrales talluditas, como ya son las suyas. Desesperación.  Fueron varias horas de este cálido verano para acabar rendidos como patatas al vapor. Y, constantemente, volver a releer el texto que se quiso, y no se pudo, subir a aquella web para que fuera convertido en libro.

Naturalmente, no se consiguió. El único logro del Duende fue advertir que, para el mucho cariño que tenía a la prima Mary, quizás el prólogo se había quedado cortito en el elogio. Así, pensó que además de a Gregory Peck en su Vespa, debía de haber incluído en la lista de pretendientes a Gary Cooper en su caballo de sheriff, a Charlton Heston en su cuadriga de Ben-Hur, a Steve Mac Queen en su moto de La gran evasión y a Robert Redford en su avioneta de Memorias de Africa.

Puede que aún lo haga. Sobre todo si algún alma alma caritativa o alguna mano joven despabilada se ofrece para ayudarle en esta tarea tan fácil que, según dicen, es la autoedición en Internet.


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