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Las señoras no son para estos veranos

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Cuando entró en el autobús el termómetro de la calle marcaba 38º. Mercedes entendió que quizás esa era la causa por la que el conductor no le respondió al saludo.

-Buenos días-dijo Mercedes sonriendo mientras picaba el billete.

El conductor se limitó a arrugar la nariz y a mirar hacia delante con evidente expresión de cabreo cósmico. El calor. Mercedes pensó que era una pena que aquel hombre fuera empleado de la EMT, cuando con ese gesto podría haber llegado lejos como catador de vinos, oficio que siempre se ejerce con gesto de enfado. ¿Hay algún catador de prestigio capaz de probar un vino con ademán complaciente?…

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Se suponía que en el autobús había aire acondicionado, pero evidentemente no funcionaba. Mercedes no se hubiera puesto medias, pero debía visitar a su jefe, al que acababan de operar de la próstata, y pensó que aunque los hospitales no son hoy precisamente un lugar donde la gente compita en elegancia, la señora de su jefe tendría mejor concepto de ella si llevaba las medias puestas. A pesar de la calor.

Pero la cuitada Mercedes se sentó en el asiento de plástico recalentado por el sol y después de sólo dos paradas empezó a notar que los sudores le inundaban la zona de las posaderas. Pensó entonces que la prestancia que iba a ganar con las medias de lycra la iba perder con creces si salía del autobús con su vestido sospechosamente mojado en la zona más indecorosa.

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Entonces se levantó de su asiento, que rápidamente ocupó otro viajero, se atusó la falda lo mejor que pudo y se agarró a la barra para sujetarse hasta llegar a su destino.

Sólo quedaban tres paradas, tres. Pero dio la casualidad de que en la primera de ellas subió un macarra con camiseta de los Lakers que dejaban al aire una espesura de pelos nada estética, meyba de medio muslo, barbas y melenas, piercings variados, sandalias de trapense y aspecto de no haberse duchado en varios días. Extremo que comprobó cuando nada más levantar el brazo para asirse de la barra central, Mercedes, que era más bien bajita y cuya cabeza quedaba por bajo del cuerpo del delito, percibió una tufarada sencillamente insoportable.

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A partir de semejante experiencia, los pensamientos se encadenaron vertiginosamente en la mente de Mercedes. Por qué a la gente le gustará tanto el verano. Por qué no se han inventado las medias refrigeradas. Por qué la gente que se mete en un transporte público en verano no piensa un poco en el que va a llevar a su lado. Por qué nos obligan a ponernos guantes de plástico en el mercado para no tocar la fruta con nuestras manos y se permite que un guarro nos contamine directamente con sus olores más íntimos. Por qué a tanta gente le abandonó el desodorante en el útero materno. Por qué de la misma manera que hay una ITV para los vehículos no se implanta una ITJ (Inspección Técnica de Jumelados) para los viajeros. Por qué se ha perdido el sentido del decoro en la vestimenta. Por qué se confunde la libertad con la falta de respeto a los demás.

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Se preguntó por último si esta dictadura del desaliño personal en detrimento de los demás estaba incluido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, respondiéndose a sí misma que no, que hasta ahí no habían llegado los escrúpulos garantistas de las sociedades civilizadas. Así que antes de bajarse del autobús, esbozó la mejor de sus sonrisas para hacerle una última observación a su hediondo compañero de viaje.

-Por favor, la próxima vez que suba al autobús, o se ducha antes o se pone por lo menos manga corta, ¿eh?

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Antes de entrar en el hospital compró un ramo de flores. Mientras se lo preparaban, se miró en un espejo y disimuladamente se pasó la barra de labios y un peine. Cuando entró a visitar a su jefe y le dio sus flores, que la señora recogió encantada, aún estaba compuestita y mona.

Su jefe estaba estupendamente, sin entrar en detalles. Y afortunadamente ella quedó muy bien. Nadie reparó en las arrugas de su vestido ni en las fatigas que había pasado en el autobús. Pero Mercedes era ya una mujer de una cierta edad y de otra educación. Y comprendió que los veranos sólo le gustaban ya si le pillaban al borde del mar o a la umbría de un bosque donde no dejara de parecer una señora.

Donde nace la comedia

Jacques Tati

 (Foto de stewf

Hay gente que nunca da explicaciones de sus comportamientos y gente que se cree obligada a explicarlo todo. Y esta de hoy podría ser la historia de un hombre de la segunda clase.

 Era un jubileta de nuestro tiempo. Un tipo de esos al que su familia tiene de comodín para esas cosas que nadie quiere/puede hacer porque no le apetece/no le viene bien. Por ejemplo: recoger un paquete postal, llevar unos análisis al médico, comprar un mando del microondas para reponer el que se ha derretido, pasar la ITV del coche, ir a pagar el IBI, acompañar a la nieta al cole,  retirar de Objetos Perdidos un llavero olvidado en un taxi, reclamar a IBERIA la maleta que perdió el padre en su último viaje. Doña María se queja amargamente de ser una recojona del hogar, pero ni se imagina la cantidad de recojones  veteranos que salen fuera del hogar porque sus familias creen que no hay mejor gimnasia contra la vejez que hacer recados.

Al hombre le habían preparado el siguiente plan. 1. Recoger a la nieta en la guardería a las cinco. 2. Llevarla a un pequeño taller de pintura para picassitos en ciernes a las cinco y media. 3. Si no le importaba -que nunca le importa-, mientras la criatura pintaba su Guernikita, comprar seis naranjas y tres plátanos. 4. A continuación recoger a la niña. 5.Y, si no le importaba, ir a la peluquería Dori donde la madre de la niña les esperaría para regresar juntos los tres a casa.

Todo esto se haría transportando a la niñita en una silla de ruedas. Pero se complicó por el hecho de que entre la fase 4 y 5 comenzó a chispear. El abuelo jubileta, que había colocado la fruta comprada en la bolsita portaobjetos trasera de la silla,  se encasquetó en la cabeza el sombrero flexible que siempre lleva en el bolsillo de su Barbour y compró un paraguas en un bazar chino para proteger a la niña de la lluvia. Y a partir de entonces emprendió una pequeña aventura urbana digna de de Mister Bean, pues no vean lo difícil que es conducir una sillita de rueda pequeña con niña encima a una mano y portando con la otra un paraguas abierto  a modo de capota interpuesta entre su frente y la vertical delimitada por la puntita de los zapatos de la nieta.

Dejó de llover. A la salida de la peluquería la niña, encantada de juntarse con su madre, decidió que quería ir andando con ella. El abuelo entonces cerró el paraguas y para poder liberarse las manos y conducir la sillita como Dios manda,  lo colocó donde normalmente viaja el niño colgando el puño hacia el exterior. Pasaba entonces la comitiva por una zona comercial donde abundan las tiendas de zapatos en rebajas, y el abuelo musitó que le gustaría probarse algunos. Concidió entonces con que la niña se cansó, pero ya estaban cerca de casa. Y la madre, que es una intrépida atleta y tenía prisa, se la echó a los hombros y se perdió por aquel dédalo de estrechas calles después de decirle al abuelo jubileta que mirase tranquilo las tiendas de zapatos y llevara después la sillita a casa.

El personaje con sombrero y una sillita de bebé cargada con un paquete de fruta y un paraguas entró en una tienda y se probó dos pares de zapatos ante la  estupefacta mirada de los dependientes. Consciente de que como cliente llamaba la atención, en la segunda tienda, antes de probarse, explicó que venía con su nieta y bla, bla bla…En la tercera zapatería, simplificó: venía con una nieta en esta silla y se me ha perdido, je, je…En la cuarta cambió la explicación, pues consideró que era indigno de él repetirse: es que me han raptado a la nieta. La empleada que le atendía no sabía si sonreír forzada o llevarse el índice a la sien.

Y de repente el Duende se preguntó indignado por qué no es de esos segurolas que nunca dan explicaciones,  sino de los inseguros se ven obligados razonarlo todo  cuando la realidad es a menudo más difícil de explicar que la ficción. Y se imaginó en una obra de teatro de Tricicle, o en una película de Jacques Tati. Y comprendió entonces de donde nace la comedia. 


Siluetas de RNE

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