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Verano 9. Por Pontevedra y su ría

Resulta casi un tópico, pero después de haber vuelto a Pontevedra y asomarse a su ría, el viajero se ppreguntó cómo había tardado tanto en regresar…

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Uno de los primeros libros con los que apechugó este duende se llamaba Madre España, editado por S.M.. Lo empezaba a leer en voz alta García Luján, por ejemplo, y el profesor iba dando relevos sucesivos para que el resto de los alumnos de la clase se entrenara también la lectura. Los recuerdos de aquel libro son borrosos, pero sí le quedó claro al tierno aprendiz que estaba escrito para adoctrinar en lo hermosa y fecunda que era “la sagrada unidad de los hombres y las tierras de España”, que decían los barandas de entonces. O sea, para aprender a amar a la patria.

La historia era el viaje de dos niños, Pedro y Santiago, huerfanitos probablemente, que recorren toda España descubriendo las bondades de nuestros campos y nuestra gente. Tan pronto caminaban de noche por una sierra y divisaban la lucecita de una casa donde un humilde pastor les acogía y les daba de cenar queso de sus ovejas, como aparecían por las playas de Ayamonte, en la que unas mujeres reparaban las redes de pesca con las que sus abnegados maridos se harían a la mar para que luego pudiéramos cenar en casa pescadillas de ración de esas que se mordían la cola. Qué buenos eran todos. Recuerda el Duende que en uno de esos trayectos de tren –debían de tener un kilométrico en el bolsillo- los protagonistas se encuentran con un cura, que les ofrece tortilla y les da su bendición. También en otro de los viajes se encuentran nada menos que con Queipo de Llano. Quizás los marianistas deberían haber pensado en un ejemplo menos feroz que el de aquel espadón para explicar lo que era un héroe de guerra, pero al mejor escribano se le va la olla y echa un borrón. En todo caso la moralina de aquellas enseñanzas se diluyó con el tiempo, y al duendecillo de entonces sólo le quedó como ejemplar el deseo de conocer todos los caminos y rincones del país donde le nacieron.

No es Labordeta, pero en su medida y a su ritmo lo va intentando.

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Galicia siempre quedaba muy lejos a este bloguero. La primera vez que se llegó a conocerla fue en 1968. Iba con su primer coche, un 600 descapotable en el que se creía como James Dean en aquel bólido en el que acabó matándose. Subiendo el puerto de Piedrafita del Cebrero pinchó dos veces. Por esa y otras razones aquel viaje se torció, y el Duende le quedó con la miel en los labios.

Se hablaba mucho entonces de lo mal comunicado que estaba el noroeste de España. El caso es que entre la distancia y las múltiples rías que se dibujan en la frente de nuestra península, uno no acababa de conocerla ni tan siquiera en el mapa. Así como otras regiones más o menos las memorizaba con cierta exactitud, en Galicia se hacía un lío con el Atlántico y el Cantábrico, con las Rías Bajas y con las Altas, con el Sil y con el con el Miño, con la situación de Lugo y la de Orense . Sólo la conocería algo mejor después, y gracias a sus viajes con la radio: Santiago, tantas veces, La Coruña, La Toja, Lugo por San Froilán, que le encantó, a la que coronó recorriendo su muralla, Pontevedra, tan pequeñita, señorial y acogedora, donde por primera y casi única vez en su vida fue conferenciante, Vigo, Bayona, Orense, la última capital de provincia española que le quedaba por visitar, que le sorprendió por el peculiar encanto de zona antigua y por esas fuentes de aguas termales que fluyen por sus calles…Como en tantos lugares que ha conocido a lo largo de su vida, el Duende quería haber nacido allí, pues no se sabe por qué extraño prejuicio anticapitalino, pensaba que era mucho más fácil tener personalidad naciendo en cualquier otro lugar de España que no fuera Madrid. Como Luis Vélez de Guevara, menospreciaba su corte y alababa, si no a la aldea, a las provincias.

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Los grandes viajeros mantienen que el mejor destino es el viaje en sí mismo. No importa a donde. Pero no viajando en compañía, que es lo ideal si ésta también lo es, el bloguero prefiere cualquier amistad como motivo para sacarle más partido a lo que ven los ojos. Mariquilla López Bachiller es una amiga del Duende que vale un Potosí. No sólo es capaz de mantener una empresa de eventos exitosa incluso en tiempos de crisis, sino que ha conseguido movilizar a un montón de gente para ayudar a la Fundación Bobath, volcada en los enfermos con parálisis cerebral. Su propio hijo Gonzalo es uno de los que, al abrigo de la Fundación, ha conseguido admirables progresos. Le recomendaron los médicos a su madre que para mejorar su movilidad era muy bueno que bailaran con él y ella, ni corta ni perezosa, formó alrededor de Gonzalo un grupo de amigas aficionadas al baile que se ha especializado en coreografías tipo Bollywood. Así nacieron las Bollychurias, que se estrenaron el pasado 20 de junio en una fiesta benéfica para la que solicitaron una intervención de lo que aún queda de humorista o caricato en este escribidor. Está feo que lo diga él, pero a juzgar por el eco mediático y por la recaudación obtenida, ambas partes triunfaron.

Pero Mariquilla vale para todo. Hace unos años descubrió en Loira, una pequeña aldea escondida en la ría de Pontevedra, una casa sobre la misma playa cuyas vistas ofrecen todo lo que uno puede soñar. Allí veranean ella y sus hijos rodeados de una corte de familiares y amigos instalados a lo largo de la ría. El Duende se alojaba en la hospedería del Monasterio de Poio, pero se sumó a la comunidad como si fuera un bollychurio más, y junto con ellos cenó en Pontevedra, y paseó por la vieja ciudad de piedra que esa noche quería rejuvenecer, porque celebraba las fiestas de la Peregrina.

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Al día siguiente, después de hacer jogging desde Poio hasta el pequeño pueblo pesquero de Combarro, que antes de ser un avispero de turistas debió de ser un lugar delicioso, un poco de playa con la parroquia, tertulia y fin de fiesta final en la casa de Julita en Aguete, al otro lado de la ría. Julita es la viuda del consignatario de buques Ceferino Nogueira, vive en una casa preciosa rodeada de un jardín que cae a borbotones de verde y fucsia –otra vez la buganvilia- sobre la ría, y es celebérrima por su hospitalidad y por la leche frita que sale de su cocina. El Duende tuvo que hacer de Papa, de Rey y hasta de Duquesa de Alba para responder a tanta generosidad, pero recordó aquello de los amigos de mis amigos son mis amigos para autolegitimar su presencia allí como gorrón distinguido. La cena –percebes, empanadas diversas, fideuá de almejas y el postre ya citado- no fue cualquier cosa, pero no sólo de pan vive el hombre. Al Duende le impresionó incluso más el crepúsculo al pie del cruceiro que cierra el espléndido jardín de los Nogueira sobre el agua. Cualquiera se pone cursi y trascendente en esos momentos, pero la verdad es que él agradeció de verdad tener aún lugares como aquel por descubrir, amigas como Mariquilla y amigas de amiga como la que había puesto el broche de oro a su gira por la ría de Pontevedra.

Vuelva a amar a 110 kilómetros/hora

Una limitación de velocidad puede ser una magnífica oportunidad1

Guapo, rico y distinguido, Polín (nacido Policarpo) no concebía otra cosa que vivir a toda velocidad. Así que una vez cumplidos los años reglamentarios para sacarse el carnet de conducir, apuró al máximo el par motor de todos y cada uno de los coches que papá ponía a  su disposición y lo pasó pipa.

-¿Te vienes a merendar al Escorial?-le decía a Pilu (nacida Pilar, de ahí Piluca y de ahí Pilu) a la salida de la Facultad.

Y Pilu no sabía decir que no. Polín erea alto, de cabello castaño y de ojos verdes. Se daba un aire con James Dean y lucía gafas Ray Ban. Además, en los guateques sacaba la guitarra y cantaba cosas de los Brother Four, de Gilbert Becaud y de Domenico Modugno. Pilu no sabía resistirse.

Aunque una vez en el coche, Polín pisaba a fondo el acelerador, cambiaba de velocidad diez veces por minuto aproximadamente, ponía la vista en la carretera y no decía palabra hasta que llegaba al Escorial, a La Granja o incluso, a un asador de Tordesillas donde hacían un cordero estupendo y siempre le recibían como tanto le gustaba.

-Don Polín, qué alegría volver a verle. ¿Su mesa de siempre?

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Por las manos de Polín pasó un 600 preparado que era de lo más. Y luego un Renault Daphine Gordini al que pronto llamaron el coche de las viudas, por lo potente que era su motor y lo juguetona que era su estabilidad. Y luego un Mini Cooper, y un SEAT 124, que a mediados de los sesenta arrasó entre los chicos bien con posibles. Hasta que, visto que Polín cumplía como retoño de oro, había acabado su carrera, obtenido un master en Inglaterra y se `perfilaba como digno sucesor de Papá en la poltrona presidencial de La Espléndida, Compañía de Seguros,  éste le regaló el descapotable que marcaba el top del pijerío: un Morgan de color verde inglés.

-Eso sí, hijo-precisó don Policarpo padre por justificar el detallito-Que la velocidad no te haga perder los papeles. No olvides que eres un hombre responsable.

A partir de entonces a Pilu, le sucedió Bego. Y a Bego le sucedió Eva. Y a Eva, Bea. Y a Bea, Greta, y a Greta, Ivette, que era francesa. Y a Ivette, Yolanda, y a Yolanda Chipi, y a Chipi, Nora, que era una modelo norteamericana. Y a Nora, Belinda, colombiana y heredera de un imperio cafetero. Y a Belinda, Beluca, que era de muy buena familia de Santander. Toda prestaron su palmito para componer una postal cinematográfico donde lo más romántico era el momento en el que Polín paraba su Morgan, se bajaba, recibía a su chica con un beso y le abría la portezuela quitándose su gorra de tweed irlandés.

-Señora-decía con una sonrisa de galán ofreciéndole  el asiento tapizado en cuero- Póngase cómoda.

Era todo lo que decía. Una vez al volante, Polín recordaba que la velocidad es una expresión de poderío social. No van despacio más que los viajantes de comercio y los taxistas –decía su amigo y compañero de cacerías Josito. Algunas de sus acompañantes, que habían visto la película de Stanley Donen Dos en la carretera, esperaban aventuras fascinantes y divertidas como las de Albert Finney y Audrey Hepburn. Pero para Polín la única emoción de la vida era huir en coche hacia no se sabe dónde para no hacer nada. Pero, eso sí, con una mujer guapa a su lado y a toda velocidad.

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Polín creía que había sido feliz hasta que a los cincuenta años, después de miles de kilómetros tumbando la aguja, dos matrimonios fracasados y de que La Espléndida hubiera sido comprada por una multinacional norteamericana, cambió de opinión.

-Te sigo viendo estupendo –le dijo entre risas Veronique,  uno de sus antiguos ligues que reencontró en un cocktail- ¿Te acuerdas de cuando fuimos a Ávila?.

-¡Ah sí!-sonrió forzadamente-Gracias a ti que te pusiste pesadísima y me hiciste mirar a los lados me di cuenta de que hay unas muralla bastante antiguas, ¿no?

En la misma fiesta Polín se pasó de copas y se sinceró con ella.

-Creía que molaba eso de ir deprisa, como Pancho López. Creía que era guapo, rico, distinguido y feliz. Pero ya ves,´no acerté en el amor. Y además murió papá, vendimos La espléndida y los americanos me han puesto de patitas en la calle. Creía que era feliz, pero en realidad soy un gilipollas.

Afortunadamente aquella noche volvió a casa en taxi.

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Harto de la velocidad y del cambio de marchas, y de aburrirse no teniendo poltrona presidencial, sino sólo millones, aparcó para siempre sus deportivos y se compró un coche con cambio automático. Poco a poco, y a medida que conducía cada vez más despacio, observó que le dejaban de llover las multas. Y que se fijaba en el paisaje. Es más: hasta hablaba en los viajes.

-¿Verdad que este puente podría ser un escenario de Dos en la carretera?-le comentó a Veronique- Va la pareja, saca la cesta de picnic y se tumban junto al río a merendar mientras ven pasar al agua bajo el puente…

Ella se echó a reír.

-C´est pas la même chose que autrefois!- pensó.

No le contó que durante años, al acabar su clase de restauración, y después de quitarse barnices y pinturas de las manos, salía a fumarse un cigarrillo al balcón y al escuchar a lo lejos el rugido del motor del Morgan agitaba los brazos para llamar su atención. Aunque el taller estaba en un primero, y ella era una chica más que atractiva, y chillaba a todo pulmón Polín, Polín (en realidad sonaba Polén, Polén) el piloto de la gorra de tweed jamás levantó la mirada de la carretera.

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El día en el que el gobierno de la nación, en su loable afán de ahorrar energía y, de paso, seguir protegiendo nuestra seguridad, rebajó el límite de velocidad máxima en las carreteras a 110 kilómetros por hora, Polín tuvo que hacer el paripé ante sus amigos del club de golf.

-Otra cabronada más-dijo solemnemente mientras pateaba la primera bola-No se a dónde vamos a llegar.

Pero en el fondo, estaba encantado. Ahora emprendía una nueva vida mucho más sosegada. Y empezaba a apreciar todo lo que la urgencia, la velocidad y el afán de emulación le habían negado hasta ahora.

-¿Vamos a Cuenca?- le propuso a Veronique una mañana dulce y soleada del mes de marzo.

A ciento diez por hora, y con el cambio automático, Polín creyó que era el momento de extender el brazo a su derecha. Quería saber si a la reaparecida Veronique le gustaba el paisaje que veían, o hablar del amor y de otras cosas, mientras hacían manitas como los novios antiguos.

Así lo hizo, y la cosa funcionó, puesto que ahora Polén y Veronique se consideran bastante felices.

Y lo seguirán siendo hasta que el gobierno considere que, aparte de un residuo de ñoñería romántica impropia de un estado progresista, lo de hacer manitas con el coche en marcha, incluso a menos de 110 km/h,  atenta gravemente contra la seguridad vial.

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