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Recortables degenerados

 

Sonríe el Duende con mal disimulada nostalgia cuando recuerda que la vida le parecía un recortable. Un recortable de soldados, de toreros, de muñecas con sus vestiditos o de casas, catedrales, barcos, aviones…Todo nítido, bonito, y, si atinabas con la tijera adecuada y ponías cuidado, quedaba muy bien recortado sobre el grisáceo telón de fondo de la realidad cotidiana. Otro mundo por una o dos pesetas. Enternece pensar que un simple papel impreso podía ser un regalo de cumpleaños, una ilusión y un alivio para el niño enfermito en cama o  castigado el domingo sin salir.

-Lo siento, pero el cine es demasiado caro, y has sacado malas notas-le decían en casa.

 La alternativa eran los recortables. Silueteabas las figuras, las doblabas por la línea trepada y las plantabas sobre una mesa. Gracias a ellas llenabas muchas tardes lluviosas entretenido y feliz. Eran la raíz cúbica de la play station.

Los recortables son una metáfora de lo simple que interpretabas la vida entonces. Recuerda con particular cariño el Duende el de una granja que le solucionó un domingo. Aquí el granjero con su tractor, allá el caballo percherón, allá las vacas, al lado las ovejas. Su pajar, sus cerdos, sus gallinas, sus ocas. La casita del granjero con su valla de madera. Y la granjera regando las macetas de su ventana. Todo fácil de entender, bonito, simple y sin líneas nebulosas que desdibujaran los contornos. Como la vida, insiste el Duende.

 Aún no había aparecido el filtro de los matices, y las personas, como las cosas, eran buenas o malas. Los americanos eran buenos y los alemanes malos. La marina inglesa era buena y Francis Drake malo. También le enseñaron a uno que los curas, como hombres de Dios, eran buenos, y  se les besaba la mano por las calles. Y no tenía duda de que los artistas de la risa, desde Charlot y el Gordo y el Flaco hasta el último payaso, eran todos buenísimos.

Tristemente, ardió la inocencia de los recortables. El Duende acababa de ver al Barça por la tele el pasado miércoles cuando haciendo zapping pasó por la Sexta. Ahí cayó en un programa en el que el Gran Wyoming y una señorita muy mona repasaban y comentaban, se supone que con sentido del humor, las noticias de actualidad. Con la Iglesia habían dado: madre mía, que chollo los curas pederastas para los iconoclastas. Lo peor no fue ver en horario fronterizo al infantil cómo uno de aquellos depravados era sorprendido por una cámara oculta en uno de sus pecados más inconfesables con un menor. Vomitivas las imágenes, e inexplicable que se muestren. Lo peor es que ese  repugnante crimen de lesa infancia  era tratado como algo para tomárselo a risa por alguien a quien el Duende admiró en un tiempo por su ingenio y su desparpajo. Dónde habrá quedado aquel  showman original y disparatado  que cantaba Tramperos de Conneticut  con Reverendo. Parece en este caso que el fin, si es tan progre como fumigar a la curia en aras del laicismo, justificaba los medios.

Qué pena. Y qué asco. Tratando de hacer humor por la radio, uno habrá molestado alguna vez a alguien y habrá herido sensibilidades, seguro.  Pero sentido común y sin ponerse previamente  de acuerdo, ni Javier Capitán ni el Duende bromearon nunca conscientemente con asuntos que revuelven las tripas del alma.

Quizás pensaban que los cómicos deben ser inocuos, como los recortables. Sin caer  en la cuenta de que ya hasta las fantasías de papel habrán degenerado en canallas para estar a la altura de las circunstancias.

El día que Florentino Pérez se presentó al Duende

Creen el Duende que no le gustó que le confundieran con un Fernández...

Creen el Duende que no le gustó que le confundieran con un Fernández...

Se iba de viaje hacia el puente de San Isidro. Y pensaba pasar de largo por el blog nuestro de cada día, o de cada dos días, máximo de cada tres. Al fin y al cabo, no es culé, por lo que no tiene razón para levitar en éxtasis. Ni tampoco del Athletic,  con lo que, aún condoliéndose por su dolor, tampoco puede escudarse en el luto para hacer el vago. Además, caramba, el propio José Blanco, antes Pepiño, que es ministro de la cartera de más curro, anuncia que vuelve a su blog. Eso sí, no subirá un post diario, sólo uno a la semana.

O sea, que el Duende pensaba pasar de blog. Se asomaba a las noticias y entre la Copa del Rey, los silbidos al himno nacional, la metedura de pata de TVE y la presentación de la candidatura de Florentino Pérez a la presidencia del Real Madrid pensaba que no quedaría interés público para ganarse un solo lector.

Pensaba no escribir de nada. ¿Cómo podría atrapar la atención un día cómo hoy.

Y el Duende recordó a su abuela, que estaba empeñada en que, de mayor, estudiara para diplomático. Esa carrera de tanto lustre y prestigio de la que forma parte, sin ir más lejos, el Marqués de Betanzos. Se acordaba de su abuela, y de las virtudes del diplomático, porque una vez, hace años, al Duende le fichó el Círculo de Empresarios para entretener la fiesta de despedida del que fuera su presidente, Carlos Espinosa de los Monteros.

El Duende hizo de las suyas. Y los empresarios pata negra estuvieron simpáticos y se rieron con sus ocurrencias. Y al término del numerito, se le acercó uno con aspecto de funcionario corriente y moliente, de estatura regular y gafas y le felicitó por su actuación.

-Enhorabuena- le dijo tendiéndole la mano-¿Sabes quién soy?

Y el Duende, que por entonces colaboraba en El Informal de Javier Capitán, le respondió vehemente.

-Sí, hombre, claro, cómo no…¡Florentino Fernández!

Era Florentino, pero Pérez. El mismo que hoy –honor y gloria para todo el mundo mundial- ha descendido del cielo al Hotel Ritz para ser exaltado a la presidencia del Real Madrid y redimir a esta gloriosa institución de sus miserias. Vamos, que por la fanfarria que le acompaña, uno diría que viene también a resolver la crisis, a acabar con la gripe porcina y a salvarnos el alma.

Ha bajado del cielo, sí. Y sospecha el Duende que desde él,  por un agujerito entre nubes miraba su abuela. Lo sabe porque, entre el Hala Madrid que entonaba en las alturas un coro de ángeles blancos, se escuchaba su voz  trémula haciéndose una pregunta.

- ¿Estás segura, Mercedes, de que lo de tu nieto era la diplomacia?…

Cuando lo pequeño es lo más grande

Algunas cosas pequeñas nos pueden parecer grandes...

Algunas cosas pequeñas nos pueden parecer grandes...

Nunca sabe uno qué importa más, si lo que pasa o lo que nos pasa. A veces nos pasa algo pequeño, acaso insignificante para la mayoría. Y para nosotros eso es lo grande, lo verdaderamente importante.

Estaba el Duende encantado porque al fin Paco Gil había abierto su Casa de las Flores de Candeleda al Museo del Juguete de Hojalata, y exponía en ella su propia infancia, Una infancia de hojalata. Fue un acto simpático, con encanto, como es esa casa convertida ahora en una versión lúdica de la de Hansel y Gretel, pero sin bruja. En ese cuento la casa era de caramelo, de chocolate, de golosinas. Aquí la ilusión es el juguete de hojalata, tan bonito, tan ingenuo, enhebrado con los sueños de un tiempo en el que un botón de ancla o la caja de hojalata de Laxen Busto o de las agujas de la Voz de su Amo, con el perrito escuchando el gramófono, eran un tesoro para un niño.

-Los he cedido para que los vea más gente-le comentó el Duende a Homper- ¿Qué sentido tiene guardar algo que te parece bonito si no puedes compartirlo con los demás?

-Bien pensado- dijo Homper- Además así no tienes que limpiarles el polvo.

En este caso el que se quedó perplejo fue el Duende. Incluso admitiendo que quitando el polvo de estos juguetes delicadísimos había arrancado la cola de un caballito o el la figurita del Espíritu del Éxtasis de un Rolls Royce que se habían enganchado en la gamuza. Un desastre.

En la inauguración intervino Javier Capitán, y estuvo sembrado. Es capaz de aplicar la enjundia de sus personajes a los juguetes de hojalata, a la física cuántica o al Código de Hamurabbi, y siempre logra sorprender. También acudió Raimundo Payá, uno de los herederos de la firma que para los amantes de los viejos juguetes de hojalata es casi un mito. Raimundo sueña con restaurar la fábrica de sus mayores, pero de momento se entretiene escribiendo en revistas especializadas y brujuleando por Internet. Le preguntó al Duende por Clota, esa anciana que de vez en cuando asoma por este blog.

-¿Dónde está?-se preguntaba-¿Cómo no ha venido, con la curioidad que tengo por conocerla?

Todos vemos el mundo desde nuestro particular punto de vista. El Duende y Paco pensaban que este fin de semana el mundo era un juguete de hojalata, pero la tía Clota estaba en otra cosa. Por ejemplo, hace un ratito le llamó Icíar, una compañera de estudios que vive en el País Vasco desde cuarenta años y no era feliz.

-¡Clota!-le gritaba por teléfono- ¡Que a lo mejor nos quitamos de encima al PNV!

-Caramba -respondió la tía-Pensaba que llamabas para decirme que ya ha florecido la mimosa.

Todo era verdad. Unas elecciones, un pequeño museo de juguetes de hojalata y la mimosa estallando en amarillo, precursora de la primavera. Pero es legítimo que a veces lo pequeño, siendo una ilusión tan nuestra, nos parezca lo más grande del mundo.

Croquetas frente a la crisis

El presidente Zapatero está reunido con sus dos vicepresidentes (vicepresidente y vicepresidenta). Y, como es lógico después del fiasco del plan Bush para salvar la economía, dan vueltas a cómo vadear la crisis. En esto tercian las croquetas de Puri, que el Tesoro Público ha sacado a colación en una campaña de publicidad y que tanto ha mosqueado a la ministra de Igualdad. Qué error, qué inmenso error: abundan en la imagen de la mujer que ella trata erradicar. ¿Una mujer que hace croquetas? ¿De qué estamos hablando? Puri se dedica a la física cuántica, a la investigación de células madre o, como poco, a hacer desmontes con la pala excavadora. El presidente da la razón a Bibiana Aído, pero, como gran prestidigitador dialéctico, da la vuelta a la croqueta y ve en ella una buena idea -¡al fin!-para aliviar la situación que nos aflige. Recordemos el valor de la croqueta -le dice a Solbes- Difundamos el mensaje de que la desaceleración -nunca crisis- es más llevadera si las familias (y los familios) aprovechan a fondo el hueso del jamón, el pescuezo del pollo y las raspas del pescado para dar más sabor a este espléndido plato de la cocina tradicional. Contra el muermo de los pusilánimes y el catastrofismo de los antipatriotas, croquetas, croquetas para el bienestar.

Esto es un delirio, o una parida de las que Javier Capitán y el Duende aún se guisan a diario. Pero tiene su sustancia. Mientras que Forest Gump decía que la vida es como una caja de bombones, el Duende piensa que cada día es como una croqueta. El rebozo pinta más o menos parecido, pero luego le metes el diente y la cremosidad y el sabor de la bechamel marcan las diferencias.

Curiosamente en croquetas los grades pontífices como Adriá, Arzac o Subijana tienen mucho menos cartel que la Puri del spot o nuestra madre, pues de la misma manera que todos los españoles creen jugar al mus mejor que nadie, las croquetas que hacían sus mamás son siempre las mejores del mundo. Sólo tenían un inconveniente, al menos en los tiempos de austeridad que marcaron aquellas infancias de posguerra: eran demasiado pocas. En las cenas de familias numerosas, raramente sobraban, con lo que eliminaban el placer de la tornacroqueta, esa croqueta trasnochada que, a mitad de la mañana siguiente y con un vaso de vino, hace un tentempié insuperable. La croqueta, como el frito de merluza, es de los pocos manjares que dejá vue, gusta tanto o más que la primera vez.

En su simpleza, la croqueta -o cocreta, o cocleta, que de todas formas se dice- nos acabará dando una lección de filosofía práctica. Y es que no hace falta gastar mucho para ser feliz en la mesa. Al menos los diez minutos que puede durar un plato de ese manjar del que, como santa Bárbara, sólo nos acordamos cuando truena la economía.

Un encuentro en el Museo del Prado

No es el Duende un ciudadano eresionado, neologismo que quiere decir lesionado en su capacidad laboral por un ERE. En realidad ya no sabía si trabajaba o no, pues lo que consideraban como prestación laboral era lo único que en su vida logró sin esfuerzo alguno.  Además, tampoco era fijo en plantilla alguna, como no fuera en ese organigrama tan flexible que marca la ley de la oferta y la demanda. Sus jefes son ésta y el Dios dirá. No tiene queja de ellos.

Hasta cierto punto, se han portado muy generosamente con él. No tanto en la oferta de trabajo como ahora en la de tiempos libres. En la agenda de este día tenía sesión con Javier Capitán de nueve a diez menos cuarto. Como la próxima comparecencia obligada era a las doce y media, se permitió uno de esos pequeños lujos que siempre añoran los sobreocupados, y que sistemáticamente olvidan cuando les llega el asueto. Como si fuera un turista japonés después de ponerse feo en el buffet libre del hotel, se dirigió al Museo del Prado -sin botella de agua mineral en las manos-y adquirió un ticket para ver la exposición El retrato en el Renacimiento.

Carece este duende de adjetivos para añadir algo nuevo a lo mucho que enriquecen estas visitas casuales  a los templos del arte. Lo delicioso es caer por ahí y dejarse arrastrar sin prisas por el flujo de belleza, que unas veces se remansa en consideraciones sobre el buen gusto y otras en pensamientos que van más allá. Hoy le dio por agradecer a Rafael, a Tiziano, a Bronzino, a Ghirlandaio, a Durero, a Pantoja de la Cruz y a Sofonisba Anguissola  y a todos los representados en esta exposición lo muchísimo que trabajaron por legar al futuro esas joyas de las que hoy disfrutaba como simple observador. No siempre pica tan alto. A menudo, viajando por esas carreteras perdidas, uno ve un puente añejo o una simple pared de piedra maravillosamente construída  y también da las gracias a la mano anónima que allí trabajó. Bien mirado, hay estética en casi todo.

La segunda reflexión era más prosaica. Pensaba en lo poco que hubieran cundido esos ocho euros en el Corte Inglés, donde, por contra, sí hubiera encontrado a mucha más gente conocida con la que compartir impresiones. En museo sólo dio el Duende con Feli, una buena amiga de tiempo atrás, que, como  farmacéutica de formación, sabe de recetas para esquivar los navajazos del destino. Una de ellas es fugarse de vez en cuando al Prado y olvidarse de todo lo demás. Ella es también la que aseguró lo que mi doña María adoptó como dogma de fe, y es que la mujer que no ha hecho régimen en esta vida forzosamente irá al infierno. Tan alta filosofía en el templo donde habita la belleza. Para que luego digan que no aprovecha uno las mañanas…

Sin Calvo-Sotelo, menos Duende

Todos los que han seguido al Duende desde su paso por la SER saben los motivos por los que le debía estar tan agradecido a Leopoldo Calvo-Sotelo (así, con guión, que no se sabe por qué se tiende a suprimir ahora en los apellidos compuestos). El caso es que aquel presidente de gobierno que después de la labia de Felipe González y el gracejo malvado de Alfonso Guerra, tan fácilmente imitables, aparecía como la dignidad marmórea inasequible a la caricatura, propició algunos de los chispazos más hilarantes de la larga colaboración entre Javier Capitán y el Duende. Primero haciendo un dúo de expresidentes con Adolfo Suárez, luego con un pintoresco representante que promocionaba al aparentemente severo Calvo-Sotelo como humorista. Qué buenos ratos pasamos con el Poldo Mix.

Está muy feo echarle de menos sólo por la punta que le sacamos en la radio. Sin embargo lo bueno de la caricatura es que te obliga a fijarte en el personaje y garrarte a sus flecos amables. Dejando a un lado sus rasgos más fácilmente parodiables, uno estudia su biografía y los breves contactos que tuvo con él no puede evitar el respeto y hasta el afecto. El Duende le escribió dos o tres ocasiones. Siempre respondía con un tarjetón escrito a mano, y con detalles que individualizaban el mensaje. Es decir, que se tomaba la molestia de recordar a quién se estaba dirigiendo para no hablar con simple cortesía formularia.

En una de mis misivas le pedía disculpas por un exceso que no se si fue de los imitadores o de Julio César Iglesias, tan amigo de poner en riesgo el temple de su entrevistado con una humorada no siempre oportuna. Acababa de salir Leopoldo bis en una de las viñetas matinales que hacíamos hace unos años. Y a continuación había preparada una entrevista con Calvo-Sotelo, el de verdad. Evidentemente, éste había escuchado la parodia y, ni corto ni perezoso, Julio, para abrir boca, le preguntó qué le parecía. Como toda caricatura -contestó el ex presidente con su sorna habitual- evidentemente exageradaPero si tiene usted tan buena imitación, no se para qué quiere el original. No fue nuestro mejor día en la radio. Pese a la buena educación y a la tolerancia para la ironía de don Leopoldo, el hielo se cortaba. Julio, como su tocayo Aparicio, tuvo que hacer faena de aliño.

Pero el almario del Duende es a veces muy escrupuloso. Y, no pudiendo acallar su mala conciencia le escribió disculpándose por el rato incómodo que le habían hecho pasar. Utilizó para ello una frase un poco afectada, algo así como me encocora que a usted le pueda haber sentado mal la imitación. A lo que él contestó: me encocora que te encocore, y que no encocore a quien debería encocorar.

Hoy el Duende siente muy suyas las famosas palabras de John Donne: nadie es una isla, lo que le pasa a otro también te afecta a ti, la muerte de todo hombre te disminuye. Don Leopoldo, tan maltratado en su día por la suerte política y por un pueblo que no repara en los matices, se va quizás sin el afecto que España le debía. Y se lleva una de las cuerdas del violín que más le gustaba tocar a uno. Lo que decía el poeta, que al final las campanas acaban doblando por todos, y que al mosaico de las ilusiones radiofónicas del Duende se le van cayendo teselas irreemplazables.

Las tiendas que el viento se llevó

Escaparate Madrid, calle Echegaray

(Foto de FCV)

Una de las debilidades del Duende en La verbena de la Moncloa era un pijo como ideal de la muerte que se sacó de la manga Javier Capitán. Se trataba de un yuppi insoportable, un multimillonario odioso, insultante y antisocial, pero que resultaba francamente hilarante. Como su imagen idealizada respondía al arquetipo más engominado y lustroso del PP, se lallamó Jorge Alberto (pronúnciese Jjjjalberto), y fue nombrado presidente del PEPIJO (Partido Popular de los Hijos o de los Pijos, según se quiera ver).

Su gran aportación al pensamiento moderno fue que lo de clase media no es sino un eufemismo con el que el gobierno consuela a los pobres, a los que camela con ayudas y exenciones para complicar la vida a los únicos que merecen vivir bien, que son los ricos de siempre. Según Jjjalberto, en las ciudades, en lugar del carril bus debería implantarse el carril Maseratti, la marca de su coche, puesto que una hora de su tiempo era mucho más valiosa que lo que puedan sumar los ocupantes de un autobús, pobres al fin y al cabo. Sólo esquiaba en Alpen, porque las colas de pobres en Baqueira o en Saint Moritz le provocaban vómitos de sangre. Eso sí, comprometido en la defensa de la naturaleza, fue el primero en denunciar los peligros de la socialización del marisco. Alucino en colores, tío -argumentaba en su lucha contra la extinción de los crustáceos-¿Cuándo se darán cuenta de que hay más pobres que nécoras?

El prenda de Jjjalberto, además de múltiples negocios y propiedades, yates, cuadras de caballos y escuderías, tenía una discoteca de moda que s llamaba Osea y tal, ¿no? El nombre parece una gilipollez, y efectivamente lo es. O no. Porque lo de los locales de negocio y sus denominaciones es otra de las muchas cosas que ha cambiado la modernidad.

El Duende recuerda las tiendas que jalonaban las calles por donde pasaba su infancia y cree que ahora muy pocas sobreviven. En el recorrido entre su casa y el colegio, El anón cubano -extraño nombre para una frutería-y un pequeño bazar de barrio que se conserva tal cual. En la calle de Serrano, por donde buscaba el parque del Retiro, sólo la floristería Castañer, la perfumería de Alvarez Gómez y Zorrilla. Las demás sucumbieron, primera señal de que el tiempo lo arrasa todo, pues a la vista de un niño una tienda es una referencia tan sólida como una catedral. Al Duende, que borraran una mercería o un salón de te le traía al fresco, porque eran establecimientos aburridísimos. Pero que desapareciera Avícola Baezuela, en cuyo escaparate siempre había cantidad de pollitos arracimados bajo una lámpara de calor, le causó gran dolor. Una pollada en la calle más pija de Madrid era mucho más entrañable que la tienda de Carolina Herrera. Vano lamento: las ciudades se despollizan, quiero decir, se deshumanizan.

Y cambia todo, y los negocios se renuevan y se solapan unos con otros. Pasaba el Duende con Marina por la calle Divino Pastor y se detuvo ante un curioso local comercial. En un enorme espacio se mezclaba mobiliario de diseño con esculturas pop, mientras un afiche en el escaparate anunciaba conciertos de música funky. Al fondo descubrió tres sillones blancos, unos espejos y algunos secadores propios de una peluquería. Levantó la cabeza por ver el rótulo del negocio y ahí pudo leer lo más sorprendente : se llama Por Dios, Juan. O sea, el viento de la modernidad soplando inapelable por los viejos comercios de la ciudad. Y uno con estos pelos…

Calladaited you are guapier

Foto de las azores Aznar Bush Blair 

Ignora el Duende por qué la humildad es virtud poco practicada, incluso despreciada por los políticos. Sólo queremos líderes duros como el diamante, inasequibles al desaliento y a las fisuras en el criterio que a menudo nos afligen al resto de los mortales. Debe de ser la mano, a menudo estólida, de los politólogos, los asesores de imagen, los estrategas  o los camelólogos. Tú firme en tus creencias, impasible el ademán, sostenella y no enmendalla, antes muerto que sencillo: a lo hecho, pecho, y nada de confesar una debilidad humana, que eso es de perdedores, y la historia es de los arrogantes. Y lo de admitir que se puede haber metido la pata y disculparse por ello, menos. ¿Se arrepintieron de sus batallitas César, Aníbal, Alejandro el Magno o Napoleón? ¿Se rasgó las vestiduras alguien al ver que su guerra se le iba de las manos? Pues ¿por qué van a ser menos los de la foto de las Azores?

Cuando en el último debate televisado antes de las elecciones se le veía al líder del PP enfangado en el espinoso asunto de la guerra de Irak, el Duende jugó a la utopía. ¿Y si, en lugar de replicar tratando de involucrar al propio ZP, reconociera ante toda España que la decisión de las Azores fue una equivocación? ¿Y si admitiera que todo el mundo puede meter la pata una vez , sin que por ello merezca el castigo eterno de la opinión pública? ¿Y si por fin se desmarcara del hombre que, acertando en muchas de sus decisiones, se dejó convencer por los débiles argumentos de sus dos amigotes partidarios de la intervención? ¿No ganaría así, tal vez, las simpatías de quienes, descontentos a su vez con su rival, aun tienen escrúpulos morales ante la contumacia en el error del PP?

Tenía ante sí Rajoy  toda una legislatura para enmendarlo, y uno cree que tarde o temprano lo haría sin dejar mal a su presidente honorario. Pero, por si acaso, el principal responsable del entuerto, aquejado tal vez de la  sutil paranoia que a veces depara el reposo del guerrero, se empeña en salvar lo insalvable. Y en el quinto aniversario de la foto de las Azores, de tan infausto recuerdo para muchos -y sobre todo, para los de su propio partido- sorprende a la humanidad declarando en la BBC que la situación en Irak hoy, sin ser idílica, es muy buena. Las sabias lecciones de historia política de Jose, como le llaman los que más le quiere, deben de provocar saltos de alegría en la camarilla de su sucesor. Que, por cierto, bastante cuajo ha demostrado para seguir en la oposición después del marrón que le dejó su respetado Aznar. Alguien tiene  que recordarle a éste de forma rotunda, y quizás en el chapucero inglés con que Javier Capitán le imita: Already te vale, oncle…Calladaited you are guapier!

A lo mejor así acaba por enterarse.  

Un consejo de Enrique Dans

Enrique DansSe presenta la nueva programación de Mobuzz TV. Mobuzz TV es una televisión en la red. Espera el Duende no meter la pata. No es que no domine las nuevas tecnologías, es que además no sabe usar su lenguaje con propiedad. ¿Sabe todo el mundo que la red por excelencia es internet? Dentro de la programación de esta nueva televisión, que hasta ahora difundía básicamente noticias tecnológicas e información en formatos de cinco minutos, se estrenaba hoy el No Ticiario, un informativo de aquella manera que presentan Javier Capitán y Miriam Reyes. En este informativo surrealista, que dura ocho minutos y subirá a la red a primera hora de la tarde de lunes a viernes, interviene uno que se parece al Duende.
A la fiesta de presentación acuden muchos compañeros de RNE. Al Duende le agradan muy especialmente las presencias de Mónica Saiz y Paloma Arranz, dos de las piezas clave de aquellos tiempos de buena radio que el público conoce poco. Mónica le cuenta que su hijo Sergio, apenas tres años, que asomaba todos los días en el interfaz de su ordenador su cara de peluche bonachón, ha sufrido una dolencia en las vértebras, y tiene que soportar un collarín. Está mejor, pero ella lo ha pasado mal, y cuando Mónica lo pasa mal toda aquélla peña que gravitaba en torno a Olga Viza no lo puede pasar bien. Mónica querida, que la dolencia pase pronto y Sergio vuelva a hacer las travesuras propias de su edad. Besos cariñosos de todos los duendes.

El Duende besa a Mónica y a Paloma todo lo apasionadamente que permiten las circunstancias, pero agradece emocionado la presencia de José María de Juana, a quien no veía desde hace tiempo. José María de Juana se jubiló hace ya más de un año, y está feliz. Bajo su barba casi blanca sigue luciendo unos juveniles coloretes más propios de defensa del Alavés que de un hombre de su edad. Esto es lo que el Duende aprecia hoy muy especialmente: su edad. Por primera vez desde que frecuenta este entorno de alta tecnología, hay alguien que le supera en años. Qué inyección de moral, Josemari. Internet, ay, es rabiosamente joven, y no eres nadie en internet si además de joven no manejas las sofisticadas herramientas virtuales que exige este invento. El Duende ya domina el sacapuntas, el exprimidor y el cortaúñas con soltura. Cualquier año de éstos comprende el E-Mule instalado en su ordenata y se baja Arianne, una de las pocas películas de Audrey Hepburn que nunca vio y que persigue desde su estreno.

En el cocktail también está presente Enrique Dans, autor de uno de los blogs más visitados en la red. Enrique, que es biólogo, se sumergió en este mundo virtual y cayó atrapado en sus encantos. Ahora enseña sus secretos en el Instituto de Empresa de Madrid. Con su labor de difusión, en la red y en las aulas, acumula cada día más y más lectores para su blog. Maestro -le pregunta el Duende- ¿Qué he de hacer para seguir tu ejemplo?. Y el maestro le contesta que no hay recetas apriorísticas. Y que escriba de lo que quiera. Algo muy tuyo, insiste.Mobuzz.tv

A la salida, con un viento del norte que acuchilla la cara, el Duende regresa dando un largo paseo al lugar donde había dejado su Vespa. Delicioso andar nocturno por el Madrid de los Austrias, siguiendo el trazado de lo que en el foro llaman la Cornisa Imperial. Para saber cuánta distancia cubre a pie, el Duende se acerca a los planos de las paradas de los autobuses y busca una medida. Pero desgraciadamente no la encuentra. Los planos de metro y de autobús, reflejan el trazado de las líneas de transporte sobre las calles, pero no hay escala de referencia para que transeúnte sepa lo que anda. O sea, que como diría doña María, también los planos se hacen de espaldas al pueblo.

Una observación muy propia del Duende, como sugería el maestro Enrique Dans. Aunque con la que cae a cuatro día de las elecciones, no sea de las que vayan a precipitar un aluvión de visitas.

Zapatero, entre el biscuit y la gloria

Jose Luis Rodriguez Zapatero

Va a ser verdad que es un Cristo agnóstico, o un Gandhi que en lugar de yogur y cañamones se alimentó de cecina, o el neoignaciano laico impaciente, o Merlín el encantador, o el padre Damián de Molokai redivivo y rebozado en mayo del 68, o el gran Houdini, o la versión moderna del buen samaritano, o un Harry Potter asistente social.

Va a ser cierto que lleva dentro la panacea de todos los males, el secreto de la piedra filosofal, la quintaesencia de la bondad humana, el poder de fascinación del flautista de Hamelin, el germen de la Utopía futura. De otra manera no se entiende que alguien con tan excelentes condiciones para haber sido director de comunicación de una gran empresa, presidente de una cadena hotelera, embajador -aunque necesitara mejorar su inglés-, catedrático de Teoría de las Ideas Justas (entiéndase como se quiera), profesor de arte dramático y declamación, psicólogo para autoestimas decaídas y poeta ganador de juegos florales haya caído en eso tan vulgar que es la política. No se le conoce ningún puesto ejecutivo antes de ser secretario general de su propio partido. Ni siquiera jefe de ventas de un concesionario de Renault. Pero ahora es el presidente del gobierno, que encarna el poder ejecutivo. O sea, es el mandamás. Y, a tenor de los últimos debates, parece que va a seguir siéndolo.

El último elogio se lo ha escuchado el Duende a Lucía Méndez, subdirectora de EL MUNDO. Según ella el presidente Zapatero es, además de referente de virtudes cívicas y sociales, modelo de telegenia, buen orador y portavoz universal del humanismo pata negra. Y, por añadidura, guapo. Esto no se lo habían dicho ni a Adolfo Suárez, que fue buen mozo, ni Felipe González, con sus morritos tan sensuales, ni a Leopoldo Calvo Sotelo, la dignidad de la esfinge que tan bien caricaturizó Peridis. Tampoco se lo habían llamado a José María Aznar, a pesar del morbo que a algunas de sus fans les inspira su cabellera de madelman. Nadie ha levantado la voz llamándole a Lucía feminista por el piropo. Si piropeas a una chica ahora eres un machista, y lo de machista es malo. Pero en cambio lo de feminista tiene connotaciones sociales muy positivas, aunque la fémina considere en este caso lo mismo que los hombres apreciábamos antes en la hembra y ahora nos guardamos por si las flyes. Diga usted que María Teresa Fernández de la Vega es una hermosura de mujer y verá cómo se mosquea el patio. Bueno, quizás tampoco hay que pasarse en el elogio.

Porque hoy éste queda para la figura del presidente Zapatero. Alguien le rebautizó como Bambi cuando apareció en la escena política. Unos dicen que fue Raúl del Pozo, otros que Alfonso Guerra, y Javier Capitán sostiene que fue el Duende impostando la voz de aquél en una jornada de Gran Carnaval. El caso es que, fuera quien fuera su bautista, el inocente cervatillo se esfumó, y aún sin perder la mirada de criatura de Walt Disney se ha resabiado lo suficiente como para levantar sospechas en la otra media España que no le jalea con entusiasmo.

Rajoy, por supuesto, no será menos imperfecto. Pero su falta de telegenia, su mirada extraviada y hasta esa ese que se le deshilacha en la boca juegan en su favor. Con mejor o peor tino, y posiblemente con la misma dosis de demagogia, si convence será a pesar de su falta de encanto. De ese encanto empalagoso que le sobra Zapatero, un político mucho más difícil de batir que lo que en principio sugería su relamida estampa de príncipe de cuento o de figurita de biscuit.

Una modesta proposición para producir más jamones

(Foto de Bernt Rostadt)

Moratinos/desatinos, dice o terror das ondas progresistas cuando valora los efectos de nuestra política exterior sobre los intereses comerciales de España. El Duende, compréndanlo, tiene que escuchar de todo. Mas no todo puede resultar tan nefasto cuando China y Estados Unido han dado el placet a nuestro jamón. Parafraseando al famoso refrán, podríamos decir sin embargo no hay bien que por mal no venga Ya lo ha advertido el locuaz Carlos Herrera, tan sobrado de sus capacidades que, con la misma solvencia con la que fustiga al gobierno vende sin cortarse un pelo sus deliciosos productos de La alacena de Carlos Herrera (por cierto, 129 € paletila de ibérico de 5 k., y regalo de un salchichón y dos o tres botellitas: envíos telefónicos llamando a un 902. De nada, Carlos, viva el corporativismo). Decía nuestro amigo que en cuanto despabilen estas dos gigantescas trituradoras que son los americanos y los chinos, se nos va a acabar el chollo del jamón. Menos a él, claro, que ya se habrá hecho multimillonario. El pensamiento que nos queda a la clase de tropa va de soi: otra vez la miel en los labios. ¡Ahora que nos podíamos permitir ese lujo!…

Porque no lo reflejará el informe PISA, que tiene en cuenta sólo los factores básicos e la educación. Pero otro de los puntos que ha dejado en nada la llamada cultura del esfuerzo recomendada nuevamente por los expertos es que el jamón tampoco es lo que era. Ya no es sólo manjar de privilegiados: la mayoría de nuestros niños lo catan como si tal cosa. Por pura pedagogía habría que recordar datos de antaño: una familia rural vivía todo un año de la matanza de un par de cerdos. A menudo, por estirar la chicha con la que condimentar la olla, trocaban los jamones, que era bocado de ricos, por gran cantidad de lorzas de tocino. En los escaparates de las tascas, se mostraban bocatas con el pan entreabierto y el jamón como una enorme lengua afuera que hacía bucle, pues la abundancia de esa exquisitez es lo que tentaba al transeúnte. Cuando una cosas gustaba mucho se decía que estaba jamón. Y si alguien pedía un imposible se le respondía: ¡y un jamón con chorreras! Aclaración, chorreras de esa grasa que va destilando el preciado pernil cuando, allá en la casa del pueblo, se terminaba de curar colgado de una viga de castaño o en los aledaños de la chimenea. Otras voces, otros ámbitos.

Y otros tiempos. Antes sólo distinguíamos entre el de York, el dulce y el serrano. El Duende, clase media, ni había oído hablar del ibérico pata negra, ni de Cumbres Mayores, ni de la Sierra de Aracena, pues no era de por allí, ni del recebo. Un cuñado del Duende, consciente de la seguridad que da en la vida haberlo comido desde chico, educó a sus hijos llamando jamón a la mortadela. Con lo que, aparte de ahorrarse un pico, los niños creían vivir en el mejor de los mundos. Más dura fue la caída del guindo, claro, cuando advirtieron que no es oro todo lo que cuenta el papi. Pero también lo será para muchos. ¿Habrá cerdos para todos?

A pesar de que ahora el pueblo llano ya ha tenido acceso a otras delicias como el caviar, el foie o los percebes, suele decir el Duende que nada es comparable al mejor jamón pata negra. Los gourmets se obstinan en precisar: son cosas distintas. Y uno insiste: serán distintas, pero el jamón de ibérico y bellota es el no va más. En la apoteosis de la del éxito del primer gobierno socialista, y cuando ningún empeño parecía imposible en ese triunfalista baño de modernidad que nos trajeron la Expo, el AVE y los Juegos Olímpicos del 92 el inefable Narçis Serra (Javier Capitán) recurrió al ingenio de Braulio para implementar -palabro muy apropiado para estas milongas-un proyecto de nueva especia porcina que multiplicara sus extremidades. Y Braulio revisó sus conocimientos de zoogenética y propuso el Cerdo del 92, un cruce de una cerda ibérica pata negra con el ciempiés, que así procrearía cerditos multipátidos capaces de incrementar ad libitum nuestra producción jamonera. Más milagros hace posibles la ciencia actual. El plan era genial, como casi todas los de Braulio, pero lleva su tiempo. A estas alturas, la cerda de la experiencia piloto después de superar varios ataques de cosquillas ya parece seducida por el insecto. Sólo le queda averiguar donde queda entre cien pies ese importante apéndice cuyo tamaño, dicen, nunca importa.

Conversaciones en el ascensor

(Foto de Susan NYC)

Sorprendentemente, aún no sabe el Duende de ninguna investigación que calcule el tiempo que el urbanita medio pasa en el ascensor a lo largo de su vida. Un amigo que vivía en el último piso de una torre de veinte plantas cronometró su ascenso y descenso, para calcular después que no menos de dos días al año se le iba en esos viajes tan tontorrones de los que no se sabe que nadie haya sacado partido. Hay expertos en optimizar tiempos estúpidamente desperdiciados, como los muchos que cualquiera derrocha a largo del día. En la sala de espera del dentista, en la cola del autobús, en la fila del DNI, en el ambulatorio. Dicen que Gregorio Marañón escribió un libro aprovechando lo que media entre el momento en que le anunciaban que la cena estaba lista y el de ver a toda la familia sentada alrededor de la mesa. Quizás exageran. Hoy, gracias a sus ordenadores portátiles, los ejecutivos aprovechan muchas esperas en los aeropuertos. El Duende en tiempos hacía los trayectos de tranvía con un libro de la pequeña colección Crisol en el bolsillo, y consiguió leer bastante. Pero no conozco a nadie que haya rentabilizado sus minutos de ascensor.

Hay que buscar remedio a ese disparate. Es absurdo que cuando uno va en ascensor ponga siempre la misma cara de besugo inexpresivo y, si coincide con algún vecino, vierta ineludiblemente los comentarios de rigor. El noventa por ciento de éstos se refiere al tiempo, que puede ser bueno, malo o regular. Quizás el malo da para más, aunque también es bastante socorrido el hace falta que llueva. Otros son fórmulas de pura cortesía vecinal….¿Qué tal en casa? ¿La familia bien? Cuando hay niños a veces se amplía el abanico de comentarios. ¿Y cómo están los peques? ¿Sacan buenas notas?…Y en tiempos de Navidad la imaginación incluso llega a desbordarse: ¿Dónde celebráis las fiestas? ¿Habéis pedido muchas cosas a los Reyes Magos?

En el Tranvía de Olga, y en ese tramo en el que el Duende debía hablar con su propia voz -no le gustaba nada- un día apuntó esta observación. Persuadido de que nada ha cambiado desde que se inventó el ascensor, proponía nuevos temas de conversación que huyeran de la estupidez y abundaran en otros problemas cotidianos. ¿No cree usted que en España se cuecen demasiado las verduras y las pastas? Interesante tema para un debate necesario, porque ese es ciertamente uno de los vicios de nuestra cocina. A Olga, a Capitán y a García les sorprendió bastante. A mí se me ocurren bastantes más asuntos, aunque comprendo que el compañero de viaje de ascensor actual no está preparado para tan valientes cambios.

Por pintoresca que pueda parecer la idea del Duende, no me digan si no es triste que uno puede coincidir durante todos los días de su vida con otro u otros en el ascensor y no llegar a conocer nada de él. Ni su nombre, ni su apellido, ni si sufre o es feliz. Sumados todos los tiempos juntos, quizás ha pasado junto a él mucho más que con alguno de esos primos segundos que nunca vemos. Y siempre es porque no salimos de los lugares comunes: tres comentarios banales y ya ha terminado el viaje en el ascensor.

Una de las historias frustradas que escribió y que tampoco acabó el Duende habla precisamente de un vecino de una torre que se enamora de una vecina a la que sólo conoce del ascensor. Hombre metódico y de gran sentido práctico, y sabiendo que no estará con ella nunca más de un minuto, programa concienzudamente una estrategia de comentarios para ir conquistándola poco a poco. En lugar de decir cada día lo mismo, parte en el punto donde abandonaron la conversación el día anterior. El galanteo secuencial parece tiene éxito, y ella también acaba interesada por él. Pero el día en que por fin él ya se atreve a invitarle a cenar, ella le comunica que acaba de ser destinada a la oficina comercial de España en Toronto. El idilio urdido en el ascensor no llegará a cuajar. Pues a ver si arreglamos el cuento, porque es una pena perder tanto tiempo subiendo y bajando sin siquiera comerse una rosca.

El momento estelar de James Loyalrock

 Si hay algo de lo que el Duende esté encantado es del descubrimiento de Leopoldo Calvo Sotelo como humorista. No era precisamente la alegría de la huerta, pero para eso está la magia de la radio. ¿Se acuerdan del Poldo Mix? Comienza el chiste, acaba el chiste, ja, ja,  ja, y en qué estriba la gracia. Pues la gracia estriba en…Más que humor, era surrealismo. Nunca se rió tanto en directo el Duende como cuando  Suárez -lamentablemente retirado de nuestro elenco por razones obvias- y luego el Coqui, representante de artistas, ayudaban con sus interrupciones a convertir un chiste malo en un delirium tremens. Tanto el Capi como el Duende tienen vida por separado, pero este tipo de momentos felices precisa de los dos. Esperemos que vuelvan, y no sólo a La Carcajoda.

Con el ínclito Jaime Peñafiel, especialista en periodismo de alta alcurnia y máximo pontífice en materia de casas reales, se ha seguido un proceso parecido. Jaime Peñafiel -como en su tiempo Jesús Gil- es de las imitaciones elementales que cualquier duende debe llevar en su chistera. La mayoría creíamos, quizás equivocadamente, que a Jaime le privaba la bambolla y codearse con la realeza, pero de un tiempo a esta parte su pluma azucarada y ligera se amargó y se hizo sospechosamente incisiva. Especialmente hacia la casa real con la que siempre había estado a partir un piñón. Dicen que Peñafiel sufrió un serio desengaño personal con la reina Sofía, que podría justificar su distanciamiento. Lamentablemente, ésto coincidió con el fracaso de su aventura en La Revista -¡aquéllas fotos de la agonía de Franco que le filtró Villaverde!- y su campaña personal contra el HOLA y Eduardo Sánchez Junco. Este aún debe estar riéndose de quien tanto le ha despreciado. Porque lo cierto es que su revista sigue vendiendo divinamente sin firmas ilustres como la del locuaz granadino. Que, erre que erre, le sigue ninguneando, como si ser el hijo de Sánchez fuera un desdoro.

No le gustaría al Duende que se lo pareciera James Loyalrock, nombre con el que le hemos rebautizado en la radio por su amistad con otras cortes. Especialmente con la de San Jaime, que esa sí que es fetén. Tan bien se mueve James en Buckingham Palace, y tanto cariño dice haberle tomado la reina Isabel, que su graciosa majestad, aparte de haber britanizado su nombre,  le llama a dos por tres para hacerle confidencias. La gente, ignorante, cree que ella es como una esfinge, pero en el fondo es tan cálida y cercana como cualquier mujer. Resulta difícil de creer, pero Loyalrock apuntala su tesis con datos que avalan su intimidad con la soberana. Ella dice que el Duque de Edimurgo ha sido un excelente esposo, pero lo cortés no quita lo valiente: ronca como un sargento furriel y alrededor de la taza del WC deja pipi’s drops, como cualquier hombre.

Por unas u otras causas, Jaime Peñafiel vive un momento estelar. Hace unos días publicaba en EL MUNDO una carta abierta al Rey aplaudiendo su actuación en la Cumbre Iberoamericana. Qué grandeza, con lo repuplicanote que se sentía últimamente.  Además, las televisiones se lo disputan por su prestancia y su chismorreo de  altura. Y su alter ego, Loyalrock, además de ser tan amigo de Isabel II como lo fue Esssex de la primera, sigue levantando exclusivas que son el pasmo de Occidente. Podría argumentarse que esto último es una mentirijilla, pero como decía Oscar Wilde, la naturaleza imita al arte. Y el arte de James, literalmente, no se pué aguantá.  

Carcajodido, pero contento

Capi y Duende No es que sea un carca y esté jodido -fastidiado diría el Duende, que trata de ser bien hablado. Ni que se ría uno mientras fornica, o viceversa. El Duende tiene por norma no hablar de intimidades. Lo que pasa es que hoy toca la Carcajoda, y este invento, que se asoma primero en la edición digital de EL MUNDO, al fin ha llegado a este blog. Habilidades de Juan, ingeniero en la distancia, pues tiene su puesto de trabajo en Düsseldorf. La cosa es que el Duende lo graba., y luego se olvida de ello. Y no lo había escuchado, montado como Dios manda y con las músicas y efectos que incorpora el técnico de sonido que es el Capi -este hombre vale para todo- hasta hoy.

Y aquí, en la soledad de su cuarto de trabajo, el Duende se ha carcajeado. Y se ha quedado contentísimo.

No tendrá la difusión de la radio, de acuerdo. No es Mahoma el que va a la montaña, sino la montaña -el visitante del blog, que es más importante- la que tiene que ir a Mahoma. Clikear por internet es algo más lioso que sintonizar el dial y esperar a que hablen o pongan música. Pero todo tiene su compensación: el oyente de internet recibe un producto más auténtico, fresco y espontáneo.

En el pequeño estudio donde nos reunimos por las mañanas y, como las gallinitas, ponemos dos o tres huevos, no nos ve nadie. Ahí no dependemos de una emisora que tiene sus dueños o sus gestores, y que deben pastorear a los suyos por prados apacibles, y no por cañadas oscuras. Tal vez pondrían caras raras al escucharnos. Pero no importa, porque no están. Ahí inventamos sobre la marcha. Porque no hace falta que sea vero, sino ben trovato. Y aunque no haya existido nunca un tal don Probo Alegre, titular de la cátedra de Teoría del talante y de utopías aplicadas de la que fue alumno distinguido el presidente Zapatero, y nadie tenga la partida de nacimiento de Roque Bonilla, de Potota Ansona y del becario Macario, especialista en deportes, estos personajes no son mentira. Como decía el novelista, esta historia es real, porque la imaginamos y le pusimos voz.

Corra la idem. Que sus pariente y amigos entren también y se lleven un sorbete de actualidad variada y ligera, sin sofocones ni otros duelos o quebrantos. Una vez al día, en la página de EL MUNDO, en el blog del Capi o en este suyo dejen volar la imaginación y sonrían. Si no carcajodidos, quédense al menos contentos.

Otro beguin the beguine

OndaMadrid En la casa donde se crió el Duende había un viejo arcón de madera labrada de color negro. Era un mueble de un estilo que he visto en caseríos vascos o navarros, grandote y severo, pero muy útil. Servía para guardar vestidos y cortinas que iba quedando en desuso, pero que merecía la pena conservar. Allí, entre otras prendas y bolas de naftalina, descansaban esperando mejor oportunidad el abrigo del abuelo al que aún no se le había dado la vuelta, aquella estola de astrakán que tanto les gustaba a las hermanas para disfrazarse de Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses y el smoking de cuando el padre no había desarrollado la curva de la felicidad.

Entonces los mi edad medían su importancia y su felicidad en agujeros del cinturón, que además se abrochaba muy por encima de donde se entalla ahora. La barriga era un signo de distinción de gerifaltes, de ministros, de capitalistas de pro y de generales con mando en plaza. Destinos que, salvo raras excepciones, ya no copan mis contemporáneos, sino gente mucho más joven y en general menos gruesa. El padre del Duende sólo fue un modesto funcionario, pero en sus mejores años no desdecía de la orondez de los opulentos. Superados los setenta años era sin embargo un hombre de peso normal. La barriga le había dicho adiós, no así la lucidez ni el criterio. Llegó a la jubilación por cumplir la edad reglamentaria, y se dedicó a disfrutar de ella, pero no le mandaron al arcón de la naftalina donde ahora dormía el disfraz del Duende.

A éste le ofrecieron un micrófono en Onda Madrid, la radio de la Comunidad de Madrid y ha aceptado encantado el reto. Ninguna imposición, ninguna indicación, salvo que siga intentando las travesuras que, con Iñaki Gabilondo, con Julio César Iglesias, con Olga Viza, con Carlos Herrera, con Antonio Jiménez y, por supuesto, con Javier Capitán, le hicieron reconocible en el dial. Tú vienes de lunes a viernes al programa de Curro Castillo y cuentas lo que te da la gana, le dijeron. Y allí estará hasta que el destino disponga otra cosa.

Pueden escucharle en el 101. 5 y en el 106 de FM en la Comunidad de Madrid, pero me dicen que se recibe también en buena parte de Castilla la Mancha y Castilla y León. A través de internet, como es natural, llega a cualquier parte del mundo. Basta entrar en esta web y pinchar en “escuchar en directo”.

No hubiera comunicado la noticia si no fuera porque desde que se estrenó este blog han sido insistentes las muestras de interés de muchos de sus lectores por una posible vuelta a la radio. Y hubiera sido una descortesía no responderles. Aún siendo locuaz, nunca fue el Duende partidario de dar cuartos de más al pregonero. Su madre se quejaba: hijo, me ha dicho la farmacéutica que hablas por la radio…El Duende callaba porque pensaba que ella lo que de verdad esperaba de él era que se convirtiera en hombre de provecho. Las cosas de la época.

Ahora lo cuenta porque, como en la película de Garci que logró el primer Oscar para España -alguna culpa tendría Cole Porter- se trata de beguin the beguine. Volver a empezar, qué nervios, y yo con estos pelos…Confiemos en que las neuronas cerebrales no se le hayan acorchado. Lo del olor a naftalina de su disfraz de Duende, se irá en tres paseos por la Casa de Campo.

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