Sonríe el Duende con mal disimulada nostalgia cuando recuerda que la vida le parecía un recortable. Un recortable de soldados, de toreros, de muñecas con sus vestiditos o de casas, catedrales, barcos, aviones…Todo nítido, bonito, y, si atinabas con la tijera adecuada y ponías cuidado, quedaba muy bien recortado sobre el grisáceo telón de fondo de la realidad cotidiana. Otro mundo por una o dos pesetas. Enternece pensar que un simple papel impreso podía ser un regalo de cumpleaños, una ilusión y un alivio para el niño enfermito en cama o castigado el domingo sin salir.
-Lo siento, pero el cine es demasiado caro, y has sacado malas notas-le decían en casa.
La alternativa eran los recortables. Silueteabas las figuras, las doblabas por la línea trepada y las plantabas sobre una mesa. Gracias a ellas llenabas muchas tardes lluviosas entretenido y feliz. Eran la raíz cúbica de la play station.
Los recortables son una metáfora de lo simple que interpretabas la vida entonces. Recuerda con particular cariño el Duende el de una granja que le solucionó un domingo. Aquí el granjero con su tractor, allá el caballo percherón, allá las vacas, al lado las ovejas. Su pajar, sus cerdos, sus gallinas, sus ocas. La casita del granjero con su valla de madera. Y la granjera regando las macetas de su ventana. Todo fácil de entender, bonito, simple y sin líneas nebulosas que desdibujaran los contornos. Como la vida, insiste el Duende.
Aún no había aparecido el filtro de los matices, y las personas, como las cosas, eran buenas o malas. Los americanos eran buenos y los alemanes malos. La marina inglesa era buena y Francis Drake malo. También le enseñaron a uno que los curas, como hombres de Dios, eran buenos, y se les besaba la mano por las calles. Y no tenía duda de que los artistas de la risa, desde Charlot y el Gordo y el Flaco hasta el último payaso, eran todos buenísimos.
Tristemente, ardió la inocencia de los recortables. El Duende acababa de ver al Barça por la tele el pasado miércoles cuando haciendo zapping pasó por la Sexta. Ahí cayó en un programa en el que el Gran Wyoming y una señorita muy mona repasaban y comentaban, se supone que con sentido del humor, las noticias de actualidad. Con la Iglesia habían dado: madre mía, que chollo los curas pederastas para los iconoclastas. Lo peor no fue ver en horario fronterizo al infantil cómo uno de aquellos depravados era sorprendido por una cámara oculta en uno de sus pecados más inconfesables con un menor. Vomitivas las imágenes, e inexplicable que se muestren. Lo peor es que ese repugnante crimen de lesa infancia era tratado como algo para tomárselo a risa por alguien a quien el Duende admiró en un tiempo por su ingenio y su desparpajo. Dónde habrá quedado aquel showman original y disparatado que cantaba Tramperos de Conneticut con Reverendo. Parece en este caso que el fin, si es tan progre como fumigar a la curia en aras del laicismo, justificaba los medios.
Qué pena. Y qué asco. Tratando de hacer humor por la radio, uno habrá molestado alguna vez a alguien y habrá herido sensibilidades, seguro. Pero sentido común y sin ponerse previamente de acuerdo, ni Javier Capitán ni el Duende bromearon nunca conscientemente con asuntos que revuelven las tripas del alma.
Quizás pensaban que los cómicos deben ser inocuos, como los recortables. Sin caer en la cuenta de que ya hasta las fantasías de papel habrán degenerado en canallas para estar a la altura de las circunstancias.











No es que sea un carca y esté jodido -fastidiado diría el Duende, que trata de ser bien hablado. Ni que se ría uno mientras fornica, o viceversa. El Duende tiene por norma no hablar de intimidades. Lo que pasa es que hoy toca 

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