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El Duende de verano (5) Lugares para aburrirse felizmente

Hay que buscar el encanto de lo británico en esos pequeños pueblos donde no caben multitudes...

1.En busca del encanto de lo británico

Mientras el Duende rumiaba las notas de su pequeño viaje por Escocia para volcarlas en el blog, en las principales ciudades de la vieja Inglaterra se registraban las más graves revueltas populares de este siglo. A causa de la crisis y de los recortes sociales del primer ministro Cameron, indignados, marginales o delincuentes, a saber, habían puesto a Londres y a Scotland Yard patas arriba. Where have the british flema go?, que cantaría Joan Báez . Nadie lo sabe. Ya nada ni nadie es lo que era.

Con tal motivo, en Herrera en la onda  los tertulianos y oyentes contaban sus recuerdos y vivencias de la que antaño fue llamada la capital del mundo y hoy es un hervidero. Y había coincidencia general en que, por su tamaño desmesurado, por los atascos de tráfico, por el exceso de turismo, por sus altísimos precios y por la aparente fagocitación de su población autóctona a cargo de los que antaño fueron colonizados y, ahora más aún, por estos desagradables sucesos,  buena parte del encanto de Londres se ha diluído. Londres es un mundo, pero aunque algunos de sus bobbis aún son pelirrojos,   ya no parece una ciudad británica. Hace falta alejarse de su centro para sentirse en algo parecido a  lo que la literatura, el cine y hasta los comics de la primera mitad del siglo pasado nos mostraban que era la capital del Reino Unido.

Puedes consolarte mirando el Big Ben, la imponente cúpula de la Catedral de San pablo,  o la estatua de Nelson de Trafalgar Square. Pero a poco que bajes la vista  te sentirás un corpúsculo más de esa sopa global en la que se mezclan ciudadanos de todas las razas que, no se sabe por qué, hicieron de Londres su destino preferido e invaden sus calles. Londres ahora resulta excesiva, fatigosa y abrumadora. Las últimas veces que este bloguero, que en otra época se declaraba anglófilo y reconocido admirador de Londres, estuvo allí, ya no quería ser una hormiguita consumidora más. Rescató su espíritu andarín y se refugió en esos espacios, parques o calles menos conocidos que aún quedan a salvo de la marabunta universal. La Courtauld Gallery, por ejemplo, el Sir John Soane´s Museum, o, desplazándote hacia el norte, el espléndido Hampsted Heath. Y, cómo no, alguna recoleta tienda de antiques especializada en juguetes antiguos o un discreto salón de te donde aún se puede escuchar a un par de viejecitas con sombrero hablando de sus gatos o ver a un caballero con aspecto de escribiente de Dickens leyendo la crónica de un apasionante partido de cricket. Si el cogollito de Londres, con todos sus gloriosos museos y parques, va a acabar siendo como nuestra calle Fuencarral, pero con más hijos la Torre de Babel de todos los colores posibles, a este viajero de papel le va a dejar de interesar.  Y se marchará, como ha hecho este verano, a buscar el tradicional encanto de lo británico a otra parte.

2.Un tranquilo pueblo escocés donde pasar la corta noche

Las tardes de verano en Escocia parece que no van a acabar nunca, pero eso no evita que a las 9 p.m no haya manera de cenar otra cosa que no sea una pinta de cerveza. Mala cosa que los británicos no necesiten empaparla. Más de una noche le sorprendió al duende  sin más alimento sólido que las galletitas que le dejaban en la habitación del hotel junto a la kettle del te.

Tampoco es bueno vagar sin reserva de habitación y esperar que en cualquier momento puedas dar con un pueblo encantador donde, a buen seguro, te recibirán con una sonrisa aunque sean las diez de la noche (que no es noche). Uno tiende a fiarse demasiado de las películas, y aspira a que aquella fina comedia de Stanley Donen, Audrey Hepburn y Albert Finney llamada Dos en la carretera se repita fácilmente. Pero  a estas alturas del viaje el profesor Mc Crorie había vuelto a sus aulas, y los viajeros ya no eran dos, sino uno. El coche tampoco era un Morgan, como el de la película, sino un Vauxhall Corsa. Y  el objetivo, lástima,  no era conquistar a la Audrey, que no existía, sino  caer en un sitio que en algo se asemejara a la imagen amable, cuidada y acogedora que tenemos como estereotipo de los pueblos británicos.

Hay que decir que en estos casos al bloguero nunca le asiste la suerte, y que, al menos en España, la improvisación suele acabar situándolo en un horrible hostal de camioneros con un puticlub paredaño de esos que inundan de luces de neón la noche. Por una vez sin embargo tuvo suerte.

3. Cosas de otro tiempo que los británicos saben conservar

Después de muchas millas embelesado en un jugoso paisaje de bosques, prados y lagos, aunque preso de la ansiedad por no saber qué sería de su suerte en esa noche sin reserva, vio a su izquierda unas preciosas cataratas, más bien rápidos muy accidentados, que precipitaban un furioso caudal de agua hacia el lochTay. Se anunciaban como The falls of Dochart, río que desemboca en el lago unos centeneras de metros más adelante. Tras una curva a la izquierda, y después de salvar aquella maravilla líquida por un largo puente de piedra, el viajero entró en Killin, un pueblecito británico refugio de pescadores y senderistas digno de la mejor postal. Ahí sí se debía de vivir todavía como los personajes del modelo tradicional que el viajero tenía la cabeza. Aún lucía el sol, pero ya no se veía a nadie en sus calles, de una arquitectura popular milagrosamente anclada en el tiempo, como si el pueblo no necesitase almacenes ni edificios industriales para su supervivencia. Ahí, junto a un remanso del lago, y rodeado de una espesa arboleda,  se alza un hotel decimonónico de tejado de pizarra y gruesos muros de piedra. Su interior, fácilmente imaginable, se adornaba con profusión de fotografías de la difunta Reina Madre saludando al personal del hotel, en el que fue ilustre huésped en el ya lejano año de 1953. La madre de la reina Isabel II ya tenía entonces más aspecto de cocinera que de personaje de la realeza. Quizás por eso, por haber permanecido en Londres con su marido el rey tartamudo bajo las bombas de Hitler y por su humanísima afición al Beefeater fue tan querida de su pueblo.

La uniformidad del personal del Hotel Killin ha cambiado desde entonces. Ya ningún camarero lleva frac. Pero las cortinas, alfombras y edredones y la decoración en general tienen todo el aspecto de ser los mismos de aquella época. Al Duende le dio igual. Incluso lo agradeció: en la cabecera de las camas, por ejemplo no había esas odiosas lámparas de moderno diseño que sólo arrojan luz a la pared, y que no iluminan el libro que tratas de leer. (Cuánto decorador actual debía de ir a la cárcel por ello, caramba). Tuvo la suerte de sentarse en el bar del hotel justo cinco minutos antes de que cerraran la cocina. Los sillones y las sillas, naturalmente, estaban tapizados de tartan. Pidió una cerveza y una hamburguesa de venison (venado) que, sorprendentemente, le pareció un manjar exquisito. No sabe si fue el hambre o el deseo de haber acertado con su elección.

Y a continuación, después de un paseo solitario entre dos luces por aquel pueblo encantador donde las ancianitas con gatos y los coroneles retirados ya dormían, se metió en la cama y él también durmió como un príncipe. Definitivamente, estaba satisfecho de haber dado con un lugar como el que buscaba. Killin  resultó ser, efectivamente, ese pueblo tranquilo, de paisaje bellísimo y edificios de carácter, sin tiendas de moda, establecimientos de comida rápida  ni discotecas, donde cualquier ser educado en el amor a lo británico aún podrá aburrirse  felizmente hasta el final de sus días.

Pelos en el Tajo y respuestas en el viento

El Tajo a su paso por Toledo, guardando las apariencias a pesar de todo...

El informe de la Policía Científica que, gracias a sus contactos y de forma no oficial, recibió Juan Ignacio era sin embargo tan concluyente como demoledor para sus expectativas.

-Me lo temía –dijo mirando al trasluz el contenido apenas visible de una diminuta cápsula de vidrio- El ADN dice que este pelo rubio era  de Esperanza Aguirre.

La experiencia vivida en el Maratón de Nueva York de 1990 fue para él  reveladora. Su recuerdo estuvo presente cuando Juan Ignacio aceptó el nombramiento de Consejero de Medio Ambiente de su comunidad autónoma. La vida de ésta dependía del agua, pero en su comunidad no llovía casi nunca, y el agua debía llegar del trasvase del Tajo, un río que, según estudió de chico, nacía en los montes de Albarracín. Ahora sabía que, aunque ese dato, tan bucólico, fuera cierto, en realidad el gran río moría poco después, al atravesar la Comunidad de Madrid. A partir de la desembocadura del Manzanares y del Jarama, el ochenta por ciento de su caudal era el gigantesco vertido que producen los madrileños. Algo que, ni funcionando perfectamente todas las depuradoras de la tecnología más avanzada, podrá nunca limpiarse en su totalidad.

Para calcular el riesgo que era aceptar su nombramiento, Juan Ignacio había visualizado la magnitud del caudal de mierda que habría que recibir como el maná del desierto y, por añadidura, como un gran éxito de gestión. Y se remitió a su glorioso maratón de Nueva York, el último que corrió antes de darse cuenta de que ya no estaba para esos trotes, sino para hacer política. Recordaba cómo tres horas antes de la salida, les concentraron a los veinticinco mil y pico participantes en una especie de campamento establecido en Staten Island, al sur de Manhattan. La organización estaba obsesionada con la hidratación de los corredores, y había previsto cantidad de puestos de suministro de agua, café y zumos. Tres horas de espera dan para mucha conversación, muchos cafés, muchos zumos. Y mucho pis.

Para las corredoras, pongamos que doce mil quinientas, había en el recinto una serie de cabinas individuales donde se aliviaban después de guardar una larga cola. Para los corredores, pongamos que otros doce mil quinientos, con más facilidad operativa y sin duda menos pudorosos, se había instalado en la zona más retirada, a cielo abierto, una especie de canalillo de zinc de unos treinta centímetros de ancho por donde fluía constantemente hacia el mar un regato amarillo y cálido. Juan Ignacio, que había estudiado Ciencias Económicas, imaginó la siguiente extrapolación de datos.

-Si lo que estos ojos están viendo es el flujo de pis de doce mil quinientos maratonianos en tres horas…¿cómo será el río que mana diariamente de los riñones de seis millones de madrileños, más dos o tres más de las comunidades que son atravesadas por el Tajo, antes de llegar a mi Murcia natal?…

Aún así, y seguro como estaba de que los avances tecnológicos lo solucionan todo, aceptó el cargo. Pero ahora había recibido el último informe del etado del río y se arrepentía de ello. Con la cabeza hundida entre las manos y los codos hincados ante un mapa que reproducía la cuenca del Tajo imaginaba, como si fuera la etiqueta de un producto, la descripción de los componentes del agua que habría de regar su comunidad, y por la que, evidentemente, había que seguir luchando a brazo partido. Esta agua contiene H2o, pero también orines, defecaciones, detritus animales de orígenes diversos, mercurio, plomo, escorrentías procedentes de lavados nucleares, fertilizantes, herbicidas, pesticidas, compuestos químicos imposibles de analizar, vertidos diversos y una cantidad inimaginable de pelos que a veces  se escapan de las depuradoras.

Se echó a llorar.

-Pues tiene usted suerte- le consoló su secretaria mientras le retiraba el expediente de reclamación del trasvase, para que no lo mojaran las lágrimas- El pelo que yo encontré  en una tomatera de mi huerto era mucho más sospechoso. Rizadito y tal, ya sabe, como para pensar lo peor…Lo colé en su envío a la Policía Científica y mire, me han tranquilizado. No procede de cualquier sitio, sino de la cabeza de Ruiz Gallardón...

-Bueno- resopló Juan Ignacio más calmado- Al fin y al cabo son pelos amigos…

Entretanto, muy lejos, en las costas de Luisiana la explosión de una plataforma petrolífera había derramado ya más crudo que el que hubiera cabido en dos buques del tamaño del nefasto Exon-Valdez. Y eso -pensaba Juan Ignacio,  consuelo de  tontos-  ocurría  en el país más poderoso del planeta. Menos mal que Zapatero, en frase inolvidable, dijo que  la tierra sólo es del viento. Y que éste Joan Báez mantenía que éste tiene respuestas para todo.

Las inmarchitables flores de mayo

Va uno de aquí para allá buscando dónde cantar  y acaba parando en  la Sociedad Bach. Ya se pueden imaginar, ahí no se  canta por soleares, ni  Clavelitos, ni coros de zarzuela. Todo Bach. Lo cual es maravilloso en teoría, pero casi imposible en la práctica porque el Duende tiene poco trabajado el diafragma, y para recrear la música vocal del Viejo Peluca tan importante es esto como el chorro de voz. Claro, que todo es relativo. La música recompensa incluso al que la maltrata.

Y canta en una pequeña iglesia protestante que se ubica en una de las zonas más guay de la capital, en el Paseo de la Castellana 12, a cincuenta metros del famoso Embassy, tantas veces mencionado en El tiempo entre costuras, y a otros tantos del Hotel Tryp Fénix, que el Duende vio construir cuando iba a jugar a la Castellana y que ya debe estar en el catálogo arquitectónico de protección especial. Jo, qué viejo es uno, que hasta vio nacer edificios históricos. Ahí, equidistante, se alza una diminuta iglesia neorrománica a la que se accede por un patio ajardinado. La iglesia tiene adosada una vivienda sólo separada de la gran avenida madrileña por un diminuto jardín. Y en ella viven el pastor y su esposa, que deben de gozar, quizás sin saberlo, de una de las residencias más caras de Madrid, lo que el vulgo conocería como un chalé en la Castellana. Hay curas que viven como un cura. Y éste, en particular, con el  buen nivel de aquellos  vicarios que salían en las novelas de Agatha Christie. Si  su señora en cuestión se pareciera, además, a Michelle Pfeiffer, un suponer, el Duende hubiera apostado por ser cura. Otro argumento más para revisar la vieja norma del celibato eclesial, que tantas turbulencias está provocando.

Canta el Duende en alemán sin apenas conocer nada de esta lengua. No hace falta ser gallina para saber cuándo están los huevos frescos, ni  tampoco  germanoparlante ni teólogo para imaginar que las letras de Bach no eran las de Perales ni de las de Café Quijano. Ven, Señor a mi alma, oh, Jesús, mi amigo, redímenos Dios mío, de nuestras miserias, haz que el cielo nos espere… Y cosas así. Con un pensamiento de tres palabras, Bach era capaz de anticipar muchos minutos de gloria. Pero entretanto canta con palabras desconocidas todas esas cosas…¿qué hace el Duende? Mirar. Se mira mucho en un coro.

Sería tonto negar que el Duende mira a sus compañeras. Pero a fe que en esta diminuta capilla neorrománica de la Castellana también ha mirado los frescos y mosaicos buscando a la imagen de la Virgen, que no está. Normal en una iglesia protestante. Quién  ha visto y quien ve a este coreuta (me dicen que es así como debe decirse en plan fino del que canta en un coro). De niño, en el cole, llegaba el mes de mayo y la Virgen María se coronaba reina de sus días. El Duende y sus compañeros  montaban bajo la tapa del pupitre un diminuto altar con una imagen de la Virgen del Pilar –la de Fátima también tenía mucho predicamento, especialmente si era fosforescente- rodeada de diminutas flores. Venid y vamos todos/ con flores a porfía/ con flores a Maríaa…/¡Que madre nuestra es!…Mayo era el mes de las flores. Como para recordárselo a uno de esos Observatorios de  la Laicidad que tanto hacen levitar a nuestros gobiernos.

Aprovéchenlo, porque mayo sigue siendo el mismo. Desde el lugar donde el Duende escribe ve las primeras rosas, las calas, las lilas, las glicinias colgando de la parra, los lirios. Aún hay frutales que conservan su flor blanca o morada, el aire empieza a perfumarse con el impagable aroma del azahar de los naranjos, mientras que en el campo motean las margaritas, las jaras, los romeros, los brezos, las retamas amarillas y blancas, las amapolas y las últimas peonías, amen de muchas otras especies que uno es incapaz de bautizar.

Esta vez canturrea uno por dentro no sólo a Bach, sino a Joan Baez. ¿Dónde han ido todas las flores? A María entonces, a todas las marías que pasaron por el corazón después. Al album de los recuerdos delicados que, gracias a los colores y los aromas que se renuevan cada mes de mayo, permanecen immarchitables.

La quimera de la igualdad entre sexos

¿es que  la incontinencia de orina es sólo un mal femenino?...

La tía Clota está indignada: ¿es que la incontinencia de orina es sólo un mal femenino?...

El último mensaje de la tía Clota le había dejado a Homper aún más perplejo de lo acostumbrado.

-¿Qué pasa en España?-preguntaba-No decían que hay una ministra de la Igualdad? ¿Y a qué se dedica?

Homper le contestó que a las buenas intenciones: a depurar las desigualdades entre los hombres y las mujeres que la legislación democrática aún no ha conseguido superar.

-Digamos que es un desideratum, tía-contestó Homper-Los buenos propósitos concentrados en una especie de brindis al sol del gobierno Zapatero. Igual que la Alianza de Civilizaciones…Son como el azafrán  que ponemos en el arroz: no cambian el punto, pero lo dejan más bonito.

-Pues hijo, no lo entiendo-Hay discriminaciones tontas que a mí como mujer me molestan y que serían bastante fáciles de evitar…

La tía Clota sigue por Internet muchos programas de TV españoles. Admira Cine de barrio, y considera que al cirujano facial de Carmen Sevilla le debían  de dar el Premio Nacional de Restauración. Pero no resiste ciertos anuncios que pasan en éste y otros programas que concentran en la mujer los  más feos oprobios de la edad.

-¿Es que los hombres españoles son inmunes a los achaques de los años?-preguntó airada.

Homper le replicó que ya tenía algún amigo operado de cataratas y varios con problemas de sordera.

-Sí, hijo,sí -admitió tía Clota- Pero no es lo mismo eso que la incontinencia de orina o que se te caiga la dentadura por picar una croqueta en un cocktail. ¿O crees que a Beethoven y a Goya les gustaría que se supiera que se contaran esas cosas de ellos?

Repasó otras bajezas de la condición masculina que raramente se airean. Reconociendo que su marido Oscar, que en gloria esté, pase a ser un granjero de Vermont, también dejaba los aledaños de la taza del retrete sembrado de gotitas cada vez que iba a cambiarle el agua al canario.

-Yo aguantando y limpiando, y nunca le dije nada…-refunfuñó-…Para que ahora los anunciantes españoles me hagan sospechosa de hacerme pipí mientras tomo el te con las amigas….¿Dónde está la igualdad?

-La respuesta está en el viento- le dijo silbando la famosa canción de Joan Báez-Pero no te preocupes, seguro que de un momento a otro Bibiana Aída toma cartas en el asunto.

Se quedó perplejo Homper de lo aguda que era tía Clota en sus observaciones. Y lo cierto es que la primera vez que visitó el cuarto de baño tras esta conversación, se esmeró en apuntar bien para no esparramar la amarillenta quintaesencia de la desigualdad.

Demasiado viejo para ser amado

Spain Injection
(Foto de Torchondo)

En una canción nostálgica  de los años sesenta cantaba el Dúo Dinámico que murió muy joven para amar. Al nuevo himno nacional, si es que llega a nacer, le pasará lo contrario: nació muy viejo para ser amado. Al margen de las reticencias siempre interesadas de los partidos nacionalistas, la nueva letra es tan políticamente correcta como conceptualmente equivocada. Además de anacrónica, porque los himnos se heredan de otra época, y en estos tiempos de escepticismo, relativismo e individualismo tienen mal encaje.Suena antiguo, pero otros dicen cosas peores. La gloriosa Marsellesa es siempre emocionante, sobre todo cuando la coreaba Víctor Lazslow frente a las autoridades nazis que copaban el café Rick´s en Casablanca. Pero si se traduce la letra apela a las armas, y pide que la sangre impura empape los surcos de los campos. La que armarían los pacifistas y los apóstoles del talante si fuera así la aprobada ahora por la SGAE. El Asturias patria querida recuerda al asturiano de pro que tiene que subir al árbol y coger la flor, dársela a la su morena para que la ponga en el balcón. Es una manera de hacer patria que al resto de los españoles no se nos había ocurrido. Si no fuera porque lo aprobó todo un parlamento, uno diría que cualquier engendro de esos que se presenta en la Eurovisión tiene más sentido. El del colegio del Duende decía españoles, hidalgos, valientes, con la edad nos queremos mostrar. Lo cierto es que en sus aulas la mayoría no éramos hidalgos, sino plebeyos, y nos mostrábamos como éramos, con edad o con pantalones de pana. Ardor (guerrero) que brota de pechos que son tuyos, cantaba uno cuando era soldadito de infantería y en las misas solemnes debía sonar el himno del cuerpo. Uf, uf, uf, qué retórica rebuscada, qué exhibicionismo patriotero. Y no sigo, por no abrumar, no sea que el lector se me abra las venas con el bono-bus.

Así las cosas, la letra que ayer desvelaba el ABC no está tan mal.  Todos los himnos suelen decir muchas más bobadas que el elegido por el Comité Olímpico, pero el problema es que España no está para esas lindezas. Los sabios aún no se han puesto de acuerdo sobre su identidad, unos la ven compacta, otros desmadejada, unos la quieren simplemente, otros la detestan. Para algunos España es un afán, para otros, una mamandurria. Y con tantos debates filosóficos sobre lo que la mayoría creíamos resuelto desde hace siglos, la pobre España, con perdón por la rudeza de la expresión, no tiene el coño para ruidos.

Con todo, la polémica tiene un punto ingenuo. A estas alturas donde todo se desmenuza con colmillo retorcido, sorprende que alguien rompa una lanza por las formas, tan maltratadas por la costumbre y tan decisivas para modular la convivencia democrática. Casi todo lo que armoniza la vida de una comunidad está basado en el poder simbólico de las formas. Los padres de la patria no son los más listos de cada cole, pero les atribuimos la representación popular y debemos aceptar sus leyes. España no es el mejor de los mundos, pero es el que tengo más cerca, me soluciona muchos problemas, y por tanto y me debo a ella. Mi bandera no es la santa sábana, pero me identifica con muchos otros, y creo que me representa. Son las reglas de este juego. Mi himno no tiene remedio, pero hubiera hecho mejor su función con una letra que esta sociedad resabiada no va a aceptar aunque la firme Bob Dylan.

La solución sería que se aprobara esta o cualquier otra similar, se enseñara en las escuelas a las almas cándidas y calláramos los adultos hasta que toda una nueva generación la pudiera cantar sin complejos cuando juega la Selección Nacional o se iza la rojigualda. Porque, al cabo, toda canción es también un símbolo y hasta las de Dylan, Joan Báez, John Lennon o el mismo Serrat si se escuchan con detalle son tan voluntaristas, pretenciosas e idealistas como la que ahora ponemos a parir. Sin embargo está claro que cantar juntos refuerza la unidad. Y a uno, además le gusta cantar lo que sea. El nuevo himno llega demasiado tarde, pero qué lastima que no lo inventaran antes.


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