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Al hilo de unos calcetines nuevos

Lo mejor de todo es que, con tantos asuntos como te preocupan, ayer dedicaste buena parte de tu pensamiento al jugoso tema de los calcetines ...

Lo mejor de todo es que, con tantos asuntos como te preocupan, ayer dedicaste buena parte de tu pensamiento al jugoso tema de los calcetines …

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No todo lo que te está pasando en estos días de silencio bloguero es malo: ayer sin ir más lejos estrenabas calcetines.

Lo cual, una vez que, como todas las mañanas, te viste en el espejo mientras te afeitabas y contemplaste tu calva de perverso cinematográfico, te recordó a Lex Luthor, el gran enemigo de Superman. Luthor era inmensamente rico, pero no podía superar el complejo de bola de billar, y ocultaba sus carencias capilares con uno de esos ignominiosos peluquines que gastaban los viejos cómicos de revista cuando tenían que hacer el papel de viajante de comercio. Por cierto, que éste era generalmente catalán, y que no lo tomen a mal los del 9 N. Era la España del franquismo, entiéndase, esa con cuya hacienda o hisenda no estaba dispuesto a colaborar Jordi Pujol, que por eso, y ni por otras razones, creyó prudente y patriótico no guardar todos sus huevos en la misma cesta y los puso en Andorra, en Suiza o puede que algunos incluso en la nevera de su señora hermana. No fueran a decir los malpensados que le quería escatimar su parte de la herencia paterna, carambas.

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A fuer de sincero, debes confesar que tú envidiabas la riqueza del calvo. No la del ex molt honorable, sino la de Luthor, que en una de las películas de la serie se jactaba de su poderío en unos términos muy originales.

-Yo estreno calcetines todos los días- decía lanzando una risotada mientras encendía un inmenso veguero.

Lo recuerdas ahora, que sacas del cajón los calcetines nuevos y tienes que buscar unas tijeritas para partir ese hilo que los cose entre sí y los une a su etiqueta. Ojo con esta tarea, que puede desgraciar alguno de la pareja si se te va la mano y rasgas el tejido. Los calcetines que estrenas son de rayas horizontales rojas y azules, como de esos lores ingleses algo extravagantes tipo Michael Caine. Tú normalmente optas por calcetines lisos, oscuros y largos, pero cuando llega el fin de semana te hace ilusión creerte más frívolo, y te gustan los calcetines pintones. Tus dotes de observador te llevan a reparar sin embargo en que Luthor era un millonario muy poco refinado, pues no encargaba a su mayordomo esa engorrosa operación de descosido , ni tampoco el ponérselos, lo que le hubiera evitado la molestia de agacharse y estirarlos hasta la rodilla. Hay algunos que se conforman con cualquier cosa.

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El día iba de calcetines. Unos días antes habías sufrido un sobresalto al comprobar que que los de color azul marino que llevabas eran disparejos. O sea, fueron iguales, pues los compras del mismo color y en serie, pero sin duda alguna uno pertenecía a una pareja que había pasado más veces por la lavadora, y el matiz de su azul era levemente más tenue. Qué desasosiego el resto del día. Así que ayer, tras despertar, y en esa hora de doñamaría que no te evita ni la mejor asistenta, decidiste asumir personalmente la pesadísima función de extender ante el ventanal la larga serie de calcetines teóricamente iguales y examinarlos al trasluz buscando emparejarlos según la graduación exacta de su color.

Entretanto escuchabas por la radio noticias del gran Artur Mas. Y no pudiste dejar de recordar el viejo aforismo del manca finezza que parece que nos impide encajar de una puñetera vez las piezas de ese difícil puzzle llamado España. Tú con tanta delicadeza intentando armonizar calcetines y los grandes barandas que nos gobiernan de mesiánicos irreductibles. Como decía Romanones, joder, qué tropa.

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En esas que te llama Homper, el hombre perplejo, y te anuncia que no sabe si suicidarse directamente en plan Larra, por desencanto nacional, o fundar un nuevo partido regeneracionista.

-Se me ha aparecido un ángel y me ha dado hasta el nombre- te anuncia en tono un tanto exaltado- Se llamará ¡FLIPEMOS! No sólo abona la idea esa de no pagar la deuda, sino que va a exigir al mundo mundial que nos devuelva con réditos todo lo que la casta nos ha expoliado desde que Caín mató al pobre Abel. Además va a plantear un referéndum con una doble pregunta: ¿Está usted hasta la coronilla de todos los que dicen estar hasta la misma de España? En el caso de que así sea…¿desea con todas sus ganas que se independicen y dejen de una vez de darnos el supercoñazo?

Mientras él mantiene que sí, que ganarán por abrumadora mayoría, y sigue desgranando sus propuesta, tú tratas de enfriar la conversación contándole que llevas una hora emparejando calcetines.

-Lo comprendo- te corta- Yo también me vuelvo loco por su culpa, pero me has dado una idea: los ataré uno con otro hasta hacer una larga cadena que anudaré al balcón de mi casa, y me descolgaré del mundo sin tener que pararlo para ello…

Le digo que a lo peor se estrella, como otros. Pero, como tantos, no escucha lo que no quiere escuchar, y allá que va con su FLIPEMOS. Tú también flipas, quizás sin darte cuenta. Con los asuntos tan graves que nos desgarran en estos momentos y hablando de calcetines. ¿Será que no estás tan pachucho como creías?

 

Mi vida con otro sentido del humor

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Despiertas a las 6´30 de la mañana y está todo oscuro. Otoño cerrado. Y en esos minutos que te concedes para arrebujarte entre las sábanas y decidir si continúas intentando el sueño o te enganchas a la rutina diaria, te asalta la misma duda que ha planeado sobre ti toda tu vida.

-¿Y quién soy yo?

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Recuerdas entonces las mil formas distintas en que has respondido a ese formulario administrativo o comercial en el que además de tu nombre y tu domicilio te preguntan por tu profesión. ¿Y qué soy yo? Y qué se yo, solías responderte encogiendo los hombros. Y fuiste poniendo, según los años, los objetivos, los sitios donde te preguntaban y demás circunstancias de la encuesta muchas cosas distintas. Estudiante, abogado, técnico publicitario, periodista, empresario, humorista. Lo de humorista debería haber venido después de radiofonista, pero radiofonista era una palabra ya obsoleta, adecuada para Matías Prats, Boby Deglané y Vicente Marco, por hablar de tres glorias del pleistoceno de las ondas hertzianas. Y no estás seguro siquiera de que la palabra radiofonista existía.

Así que aunque sólo eras humorista gracias a la radio, y aunque piensas que, de no ser hijo de Chaplin o de Gila o de Tip, hubieras preferido que tu padre fuera un médico, o un ingeniero, o un ferroviario o un granjero, ponías eso de humorista, con la boca, o con la pluma, chica. Como para que no se enterasen tus hijos y tus amigos más convencionales.

Por no poner lo de chisgarabís o imitador, que te sonaba todavía menos de fiar..

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Luego resultaba que tampoco eras un humorista propiamente dicho. Sino como un zoótropo de la radio, uno de esos ingenios primitivos en el que a través de una rendija en un círculo de cartón que giraba sobre un eje mirabas imágenes fijas en él estampadas y creías verlas en movimiento, y pasabas de un caballo que galopaba a una rana que saltaba, o a un gimnasta que daba la voltereta, o a un bailarín de claqué. Tú también cambiabas tu voz ante el micrófono. Eras zoótropo, giroscopio, kaleidoscopio, transformismo puro, camaleón de la radio, un tramposo, un político, una folklórica, un cura, un general, una sexóloga francesa, un papa, un presidente de gobierno, un entrenador de fútbol, otro papa, otro presidente de gobierno, un ama de casa, un escritor amanerado, otro político, un chapuzas, un lendakari, una secretaria de la Moncloa, un rapsoda, un rey, otro presidente de gobierno que era muy soso y que, pese a ello contaba chistes , la esposa del presidente Pujol, un vicepresidente de gobierno, una vicepresidenta, otro seleccionador de fútbol…La tira de títeres.

Eras todos y eras nadie. En algún momento de definiste como un impostor de voces, un ilusionista, un duende de la radio. Fuegos artificiales que cuando se quemaban dejaban en el cielo una nebulosa y luego pura oscuridad. En realidad te considerabas un hombre sin identidad.

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Pero aún en esa levedad, o quizás por eso, te creías distinto de la mayoría. Tal vez un modelo alternativo, un burgués titiritero, seguro en tu propia inseguridad, y hasta, si me apuras, un poco por encima del bien y del mal. Como si dieras por hecho que nunca te fueran a pasar las cosas que les pasan a los demás. Y por aquello de ser un simulador, acabaste en las funciones que menos te habías imaginado que llegarías a desempeñar.

Hace dos fines de semana estabas con tu amigo Eduardo en el campo, viendo el otoño en su esplendor, la Sierra de Gredos al fondo, los castaños dorados, el suelo reverdecido poblado de setas y un aroma de pinaza, jara mojada y tomillo que se colaba por los alvéolos nasales y te perfumaba hasta la sentina del alma. Hablas mucho con él últimamente. Os conocéis desde la Facultad, donde él ya destacaba, y luego se hizo abogado del estado, empresario, ministro, presidente de foros, fundaciones, patronatos, conferenciante, articulista eventual en las páginas relevantes de los periódicos. Tú le admirabas entonces por lo bien que hablaba, pero él te te apreciaba a ti por lo bien que imitabas en la Fiesta del Rollo. Y recuerdas con cierto orgullo que en el viaje del paso del Ecuador a París, cuando aún apenas habíais cruzado dos palabras, se rompió un asa de tu maleta, y tú tuviste que comprarte otra más grande, y él se acercó a ti y te ayudó a cargar con ella hasta el autobús de regreso –qué sufridos los viajes estudiantiles de entonces-, y en entablar conversación, porque quería ser amigo tuyo. Y como todo lo explicaba tan bien, y te interesaba su conversación y su pensamiento, y además te invitaba a estudiar en su casa, donde siempre había merienda, y unas hermanas muy vistosas y muy simpáticas con las que ligabas algo, y mucha animación, pues os hicisteis grandes amigos.

Y ahora, a la vuelta de la vida, habláis mucho, en la soledad del campo. El siempre tienes papeles y libros entre manos, los repasa, los lee, los subraya. Esta semana debía ser miembro de un jurado que premiará el mejor trabajo sobre la figura de José María Cervelló, un compañero suyo en la promoción de abogados del estado que murió prematuramente después de haber creado escuela.

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-En qué cosas derivamos –le comentas sonriendo- A mí me toca presentar el libro de de Manuel González Burdiel.

Manolo es un amigo arquitecto que ahora escribe poesía y al que le hacen ilusión tus humoradas sin saber que no estás puesto en la materia, y que te cuesta mucho tomarte estas cosas en serio. Lo que le piden a uno.

E invocas a este respecto lo que una vez escuchaste de un ministro del Interior que se reunió con su colega francés en una de esas cumbres bilaterales, que llaman. Porfiaban en broma sobre las competencias más pintorescas que incluían sus respectivos cargos.

-Pues yo, además de ser Ministro de Interior del gobierno de la República, soy copríncipe de Andorra- presumía el gabacho.

-Eso no es nada. Yo, además de gran jefe de la policía, soy el que manda en el Reglamento Taurino.

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Y crees que, a pesar de lo que tiene de chufla tu biografía estás relativamente contento contigo mismo, y sobre todo con tu circunstancia. Sigues sin saber exactamente qué eres, porque la vida te ha dado un carácter que muta de hora en hora, lo cual ignoras si es bueno o es malo, pues si de una parte piensas que la sociedad prefiere personalidades nítidas y coherentes, de otra estás convencido de que no hay como ser zootrópico para ir regateando obstáculos y mantener el tipo. Porque te llega un bajón, claro, como a todo el mundo. Pero enseguida ves a una mujer que te sonríe, o paseas por el campo en otoño –si es con ella, mejor- , o gana el Atleti, o te manda una nieta su caja de Lacasitos a medio consumir con un mensaje que dice Te quiero, Abuelo, u un simple beso de bebé con ojos azules, o ves una película de John Ford, o cantas con tu coro a Bach o Haendel, o lees un buen libro, o muerdes un chocolate suizo, o te ríes con tus amigos de siempre, o te paseas visualmente por un paisaje de Patinir, o tiras piedras a un río caudaloso, o te esponjas frente al mar, o te duermes como un niño viendo caer la lluvia mientras en la chimenea arde un buen fuego. Y sonríes, o te emocionas, y te sientes pleno. Y se lo agradeces al Altísimo, al milagro del evolucionismo o a quien corresponda.

Pero, sobre todo, piensas que te ha compensado no haber sido más sólido, porque al final de cualquier marrón, la vida tira de ti, y consigues sonreir, o incluso reír a carcajadas. Reirte de todo, de todos, de ti mismo. Y de lo que pueda venir.

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Sabes que albergas un alma grave, adusta, asentada sólo en la duda y en el deseo, ansiosa de saber y de tener fundamentos para creer. Pero intuyes jo, no lo veo claro, qué confusión, qué difícil ser serio. Y para paliar tanto exceso de trascendencia te has troquelado definitivamente en el sentido del humor. Te lo tomas casi todo con al menos un cierto sentido del humor. Crees que lo demás, éxito, orgullo o fracaso, acaba siendo lo de menos.

Y vas tirando, acumulando sobre todo un importante patrimonio de afectos y sentimientos. Has cumplido sueños importantes: has corrido el Maratón, y has cantado El Mesías y la Novena de Beethoven. Nunca lo imaginaste cuando soñabas ser un buen deportista, con lo torpe que eras, y empezaba a despertar tu sensibilidad. Asi que vuelas: eres desconcertante a veces, errático, evanescente. Pero vuelas, y en cierto modo eres feliz no siendo nadie y habiendo vareado tantos sueños para que al menos alguno de ellos cayera en las alforjas. Gracias, sobre todo, a algo de constancia, a mucha curiosidad, al afecto cosechado y, sobre todo al sentido del humor.

-Nunca entraría en un club que aceptara como socio a un tipo como yo –te ríes por lo bajini parafraseando a Groucho Marx. Te has instalado cómodamente en el lado burlesco de la vida..

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Hasta que un día te empieza a doler algo raro y después de unos meses de cargar con tus alifafes estos se hacen más molestos. Y vienen los médicos, y las pruebas, y el ir e aquí para allá buscando soluciones. Y la certeza de que, al final, sólo te pasa lo que a tantos que son o han sido tus familiares, tus amigos, tus conocidos. Y para eso si que daba igual el calado del personaje.

-Tienes que ponerte en manos de los oncólogos- le dice lo más delicadamente posible el internista una vez que finalizan sus pruebas.

O sea, acabas siendo solidario en el dolor, cuando creías que sólo lo eras en el reír.

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La noticia es inquietante. Pero, vista desde otro punto de vista, es buenísima, porque de un sopapo te das cuenta, sobre todo, de la suerte que has tenido, del privilegio que es ser un espíritu ligero que cambia de estado de ánimo a dos por tres. El hombre poliédrico, el hombre sin identidad. La felicidad escrita con dientes de sierra, pero con un grueso colchón de cariño por debajo para el caso de que llegara la caída.

Han pasado dos días –bastantes más, si se acumulan aquellos en los que barruntabas el mal- y has dormido, y te has reído, y has seguido disfrutando de la vida. No estás seguro de cumplir el Resistiré de la famosa canción que ponía aquel entrenador de fútbol para estimular a su plantilla y evitar el descenso de categoría. Pero primero: que te quiten lo bailado. Y segundo, que no amordacen tu yo más bromista. Este, como las especies amenazadas, irá generando sus propias defensas.

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Además, la desagradable sorpresa te ha ayudado a encontrar la identidad que deseabas. Ha bastado para ponerte una t por delante de lo que antes era una sólo una h. Así que ahora podrás ser, sobre cualquier otra cosa, el hombre que se toma la vida con un sereno y saludable sentido del thumor. Sentido del thumor, como suena, sí, qué pasa.

Pura coherencia. Porque cuando te ecuchaban haciendo el gamberro por la radio, si alguien lloraba por tu culpa –y esto sí es vanidad- eran sólo lágrimas de risa.

La emocionante historia de la dinosauria Matilde

Interesante observación. Esta historia demuestra que un hombre puede enemaorarse de una mujer que guarde un parecido con algo tan lejano como un dinosaurio...

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No lo he dicho en mi cátedra, porque hubiera parecido una observación boba y, desde luego, poco académica –se podía leer en una de las últimas anotaciones de su diario-, pero es evidente que la sorprendente similitud de algunas personas con la morfología de algunos animales reales o con criaturas de ficción popularizadas por el cine no implica ninguna identificación con la especie de referencia, como tampoco ninguna descalificación moral de dicha persona. Se puede ser bello y ser un bellaco, y, por el contrario, ser un Quasimodo y tener un gran corazón. Y a continuación Diógenes Causín, paleontólogo y catedrático de Paleontología, citaba una ristra de ejemplos de personas de distinto perfil perfectamente identificables, a su juicio, con animales o extraños andróginos que justificaban su teoría. Las políticas Isabel Tocino y Soraya Saenz de Santamaría parecen dibujos de Walt Disney: la primera se parece a Flor, la mofeta de Bambi. La segunda un pez (hembra) coqueto salido de la pluma de alguno de los dibujantes del estudio. La vicepresidenta Fernández de la Vega, con su peculiar peinado en forma de casco, se asemeja extraordinariamente a esos pollitos de buitres, con su pedazo de cáscara de huevo aún en la cabeza, que pintan los tebeos infantiles. El expresidente Pujol ha sido reconocido como inspirador del Yeoda de La Guerra de las Galaxias, de la misma manera que el sindicalista Méndez guarda un razonable parecido con unos guerreros- osos melenudos, muy feroces, que intervienen también en dicha película. El futbolista Ronaldinho tiene la misma dentadura que una piraña, el expresidente Fraga está emparentado con el rinoceronte, el ministro de Fomento Blanco recuerda a las ardillas, castores y otros mustélidos, y cualquier observador de la historia que tenga en la memoria al general Franco con gorrillo cuartelero, panza enfajada y botas altas, recibiendo a Hitler en la estación de Hendaya, vería en su perfil y en sus movimientos los rasgos de una gallina.

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En la penúltima entrada de su diario,  el paleontólogo Diógenes Causín se deshacía en elogios hacia su esposa Matilde, fallecida tan sólo un año antes que él. Fue una mujer delicada, sensible, que supo amarme a pesar de que un científico ama más la investigación y la ciencia que ninguna otra cosa, y es incapaz de responder al encanto de una mujer si en ese momento le está tentando el microscopio. Debo  ponderar, además de sus virtudes, su hermosura,  pues siendo una mujer alta, delgada y angulosa, de mirada de áspid y andares de de bailarina de ballet, atesoraba un singular atractivo.  Ella, tan fantasiosa, lo idealizaba al máximo. Se definía a sí misma, con cierta gracia, como un cruce entre Audrey Hepburn y Cruella de Vil. Todos debemos de tener un referente de nuestro aspecto físico en alguien o en algo, pero yo jamás me atreví a destruir la imagen de sí misma que se había construído, aunque sabía a ciencia cierta que había otro ejemplo real mucho más próximo a su figura.

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La última anotación de Causín se alejaba de consideraciones frívolas, y hacía una llamada urgente a sus colaboradores para que descubrieran un hallazgo que iba a revolucionar la paleontología. Yo no lo hubiera podido hacer en vida de Matilde, sin borrar la evidencia, y ella jamás me lo habría perdonado si no lo hubiera hecho. Por eso encargo a mis colaboradores y a cualquier amante de la paleontología lector de este diario que excaven con sumo cuidado en este lugar exacto, vean, se asombren y saquen nuevas conclusiones sobre las derivas que puede tomar a veces la teoría del evolucionismo. A continuación reproducía unas coordenadas, y adjuntaba un recorte de un mapa de la serranía de Teruel y una serie de referencias topográficas exactas para que el equipo de excavación diera con lo que sin duda era el hallazgo más asombroso de la historia de la paleontología moderna.

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El tesoro que había descubierto el profesor Diógenes Causín dejaba en nada al Concavenatur corcovatus Pepito que meses antes habían desenterrado en la serranía de Cuenca. El fósil del Concavenator coquetus Matilde era una dinosauria perfectamente conservada, al punto de que en su estructura se podían adivinar no sólo alguno rasgos sospechosamente andróginos, sino la gracilidad de unos movimientos que, la ciencia lo adivina todo, podían parecerse a los de una bailarina de ballet.

Con todo, lo más sorprendente de aquel legado que el abnegado profesor había ocultado venía en una caja de acero, perfectamente aislada de la humedad, que apareció junto al fósil. Cuando, con gran pompa y circunstancia, las autoridades científicas procedieron a abrir la caja, sólo encontraron en su interior una nota firmada por el privilegiado paleontólogo que primero dio con el descubrimiento para luego volverlo a ocultar bajo tierra.

La nota decía: He amado mucho a la ciencia, pero, aunque ella no lo viera así, amé mucho más a mi esposa Matilde. Por eso no le pude confesar que, aunque se creyera una mezcla de Audrey Hepburn y  Cruella de Vil, en realidad se parecía mucho más a esta maravillosa dinosauria que me he apresurado a bautizar con su nombre. Su coquetería femenina no hubiera entendido la similitud. No me importó: preferí esperar a la muerte de ambos para que el mundo conozca mi hallazgo.  El poeta Artur Rimbaud escribió: “par delicatesse, j´ai perdu ma vie”. Yo podría decir igualmente que por delicadeza he perdido, tal vez, un  premio Nobel, pero no la perdí a ella, que siguió amándome hasta el final. Lo cual me permite morir tranquilo y con la sensación de haber cumplido todos mis deberes como científico y, sobre todo, como persona.

Parecidos no del todo razonables

(Foto de Cjelli)

Uno de los problemas que tiene el Duende para ser querido por todos es que formula muchas de sus observaciones en voz alta. En su espíritu travieso y su deseo de desmarcarse de lo convencional, suele recurrir a imágenes, comparaciones y ejemplos que él considera ocurrentes, y que no siempre son  bien interpretados por todos. Buena culpa la tiene su familia. En casa su casa era corriente jugar a aquello de ¿a quién se parece fulanito? Con variantes tales como si el tío Enrique fuera animal, ¿qué animal sería? Otras veces las trasposiciones se hacían con objetos, o incluso con sensaciones O, viendo acercarse a alguien con un rostro muy peculiar, alguno planteaba una afirmación valiente que busca confirmaciones, como por ejemplo ¿verdad que ese tío tiene cara de llamarse Agapito?¿A que el tío Federico tiene voz de bocadillo de jamón?

El juego parece estúpido, pero pone en juego valores como la imaginación, la semiología inventada que sugieren ciertas palabras,  la fantasía y el conocimiento del lenguaje y de la iconografía clásica. Hay gente que tiene cara esdrújula, aunque no lleve el acento dibujado en la frente. El Duende veía en el rostro de su primer profesor de Derecho Político, don Carlos Ruiz del Castillo a un vértice geodésico, aunque estos monolitos sean en general poco expresivos. Otras comparaciones son más simples. El inefable José Bono tiene la misma mirada y mofletes del Muñeco Diabólico. Jordi Pujol es idéntico al monstruito que sale del pecho de Terminator. Isabel Tocino está diseñada con el mismo perfil tierno y pelín cursi  de la mofeta Flor, y en el mismo elenco de Bambi encontramos a un buhíto joven que se parece mucho a Chiqui Benegas. Lo de comparar al presidente Zapatero con mister Bean no tiene mérito: más sutil sería decir que, si fuera vegetal, sería lirio. La Vicepresidenta de la Vega, y que no se me enfade, es como un polluelo de rapaz de esos que pintan los tebeos saliendo del huevo y con un pedazo de cáscara en la cabeza.  Fraga, con todos los respetos, siempre tuvo una cierta mirada de rinoceronte, y si hubiera sido música sonaría como la Cabalgata de las Walkirias.  Y, por no abrumar con más ejemplos, el ex portero madridista Buyo era talmente la maqueta de Arnold Schwarzeneger.

En su ingenuidad, el Duende siempre creyó que todo el mundo apreciaría el lado bueno de estas observaciones, pero un día le dijo a una pariente suya que su niño se parecía a Pinocho-antes de mentir, precisó- y recibió a cambio una bofetada. Se había quedado sólo con el lado negativo: mi hijo no es un muñeco, replicó airada. No había reparado en la cara de sorpresa ingenua y en la ternura que respira la criatura del viejo Gepetto en la película de Walt Disney. Qué cortedad de miras.

A una buena amiga menudita, de apariencia frágil y cara de biscuit, muy favorecida ella, que aún siendo abuela desafía al tiempo luciendo un tipito quinceañero, le dijo un día el Duende que era como Almendrita, la protagonista de un cuento que contaba la radio en los años cincuenta. Almendrita nació en el cáliz de una flor, y allí dormía, tierna y grácil, como la Campanilla de Peter Pan. Además de atractiva, la buena amiga es parca en palabras, de modo que nunca supo el Duende si lo entendió como halago o, simplemente, como estupidez inoportuna.

Pero el mayor ejemplo de fracaso de esta pretendida poética de la fantasía comparativa es el que sufrió con una compañera de trabajo a la que, comparó con la cerillera de Andersen. La Cerillera es uno de los más tristes cuentos de Navidad jamás escritos, pero también de los más bellos. Eso al menos pensaba el Duende cuando lo leyó de niño en una preciosa edición de la Colección Araluce, encuadernada en tela con estampaciones en oro y delicadas ilustraciones en papel couché. Es la historia de un pobre niña que vende cerillas  en una esquina de las calles nevadas de Copenhague la noche de San Silvestre. Nadie le compra, y la chiquilla, aterida de frío, intenta calentarse con sus cerillas que, al encenderse, iluminan el cuadro mágico de un hogar caliente, con una mesa cubierta de manjares y golosinas y un abeto adornado con muchos juguetes. La maravilla se desvanece con la llama apagada, y cuando la tercera cerilla con su estampa mágica se consume,  la vida de la desdichada niña se ha consumido con ella. Al Duende la cerillera, aún con su expresión desvalida, le parecía hermosa y fascinante, y veía  la historia como la quintaesencia del romanticismo. Así se lo hizo saber a su compañera de trabajo, pero ésta volvió la cara ofendida. Prefería imaginarse como Susan Sarandon.

Falta de visión o de sentido del humor: la madre del Duende, que descansa en paz -como la cerillera de Andersen- decía de su propio hijo que era idéntico a Manolo Gómez Bur. Al Duende le hubiera gustado más ser como Steve Mac Queen, pero su madre conocía muy bien a su hijo. Además,  bien pensado, Manolo era bastante más gracioso. Qué mala suerte que se pareciera al Duende.


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