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¡Aleluya!

Y a pesar de todo, conseguiste cantar EL MESÏAS ajustándote el corsé...

Y a pesar de todo, conseguiste cantar EL MESÏAS ajustándote el corsé…

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Clavadito. Te acostaste aquella anoche después de haber cumplido tus deberes musicales encorsetado –qué guasa, cantar con más de cuatrocientos colegas El Mesías de Haendel  aprisionado por un corsé-  te acomodaste en postura semifetal, como  dormías cuando eras chaval, y apagaste la luz a la 1 de la madrugada. Así quedaste, igual que uno de esos niños Jesús del Barroco que duermen de medio lado en tantas tiendas de antigüedades hasta que dieron la 6,45 y poco después escuchaste el saludo de Carlos Herrera.

-Me alegro, buenos días.

 Y a continuación el goteo de vinagre sobre las heridas colectivas que nos ha abierto esta  crisis que parece el quinto jinete del Apocalipsis. Nuevos datos terroríficos de la caja de la Seguridad Social, que está lo que se dice canina. Nuevas estrellas en el amplio catálogo de ilustres de políticos y empresarios chorizos y corruptos. Evasión de 50 millones de euros del que fue baranda de los grandes empresarios, qué alegría, Virgen María. Más ajustes reclamado desde Bruselas. Nueva bronca con los catalanes a cuenta de otro borrador de ley sobre la enseñanza de la lengua, más despidos en IBERIA, huelga en la sanidad pública de Madrid, comedores sociales abarrotados, dependientes abandonados por lo que fue el estado del bienestar…¿Y por qué se alegra Carlos Herrera?

 Recuerdas además que estás tocado, cosa que olvidas mientras duermes. Eppur se ridi, diría estupefacto si te viera Galileo. Te ríes porque, a pesar de la crisis/Apocalipsis amaneces, que no es poco, y como cantaba Serrat, hoy puede ser un gran día.

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Te pones en plan  filosófico estupendo y reflexionas. Así las cosas, y siendo uno más entre más de siete mil millones …¿puedes hacer de tu blog un altavoz de tu ego? ¿Te has creído el ombligo del mundo? ¿Te ha entrado el síndrome del escritor de libros de autoayuda ante los marrones de la vida? ¿Le sirven a  alguien tus lucubraciones? ¿Buscas la notoriedad por la enfermedad?…Piensas que tu blog no era ya más que para cuatro incondicionales, no eres Belén Esteban, ni Savaterni Arcadi Espada, ni Gerard Piqué, por hablar de nombres de distinto calibre que comunican y agitan al personal. Da igual. Un día te partiste de risa con Shirley Valentine, una marujona de Manchester desencantada que hablaba con el microondas para aliviar la sacrificada soledad del ama de casa.  Como aquella Doña María en la que te desdoblaste para rajar y rajar, de lo que fuera de lo humano y lo divino. Pues eso, entiéndelo así. Te has despojado de ese aire distante que te da veces  tu mirada ausente y tu cabellera blanca y alborotada, más propia de un primo de Woody Allen  o de un de un profesor emérito algo raro,  y te has rebozado de humana vulgaridad.

 Y reconoces  que, como a tantos, te gusta contar tu visión de la vida, abrir la alcancía de recuerdos y sentimientos y sentirte reconfortado con el masaje  afectivo de otros que creías lejos de ti. Vivimos la otoñada ideal para las setas. Velay, las amistades también han rebrotado por todas partes como champiñones, boletus, níscalos y trompetillas. Pasea tu ánimo por un bosque encantado, más aún al ver el amanecer  de rubí entreverado de nubarrones oscuros  desde tu ventana a saliente. Es el mismo cielo de Lo que el viento se llevó, en horario matinal. Te dan ganas entonces de ponerte brazos en jarras en plan Escarlata y parafrasearla.

-¡A Dios pongo por testigo de que  nunca más volveré a quejarme ni a cabrearme  por naderías!

 Tu sentido del ridículo no llega  a tanto. Te limitas a abrir la ventana y a tirar una foto con el móvil por si eres capaz de subirla para ilustrar este post. No será Lo que el viento se llevó, sino lo que te trajo el viento de tu dichosa neoplasia: una oportunidad de disfrutar de la vida  de otra manera.

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Pierre Bauer, un francés, alsaciano, que fue destinado a España por su compañía y vive aquí con su familia desde hace treinta años, compañero de coro en el Via Magna cuando cantabas ahí.  Te sentabas a su lado en los ensayos, por ser el más próximo a ti en edad entre un plantel de jóvenes voces y porque os unían afinidades electivas. Se pueden forjar amistades en lo que dura un ensayo y los prolegómenos de un concierto, que eran vuestras juergas comunes. Educadísimo, culto, de fino humor, gran conversador. Pierre, casi diez años más abuelo que tú, es alto, delgado, de planta noble, barba y bigote, como un retrato de caballero antiguo. Se lo imagina uno con el quepis coronando su testa y podría ser un héroe de la batalla del Somme en el momento de recibir  la Legión de Honor. No sólo te da ánimos, te dice que Chantal, su  mujer es asidua de tu blog, y aún ha reclutado a varios compatriotas para le que echen un vistazo de vez en cuando. Alaba tu aplomo y tu guiño a la vida cuando el destino te amenaza, y te arenga recomendando que afrontes la batalla que te espera d´un pas gaillard, et la fleur au fusil.

Chapeau, mon ami.

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Perico, sobrino nieto guapete y simpático con cara de travieso de película americana de los años 50. Está el muchacho hecho polvo, porque un desalmado le ha robado la bicicleta, y a esa edad la bicicleta importa mucho más que un tío abuelo que ni siquiera te ha llevado nunca al circo. Pero él no sólo no te cuenta  su problema, sino que pide que te pongas bueno y además desea que el Atleti gane el  Madrid para que te consueles. Tu equipo vuelve a perder el derby, pero él volverá a tener bicicleta, y quizás tú también tu salud. 

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José Pedro, probablemente el amigo de vida más sana que has tenido nunca. Ni una copa, ni un cigarro, ni un solo exceso en sus costumbres, tan correctas como cabe exigir a un embajador. Con él corrías por el campo, y un 31 de diciembre  compartiste una San Silvestre Vallecana, recuerdo que une mucho.Pero la vida te da sorpresas, y al poco le aparece un cáncer agresivo de pulmón de no fumador. Tú no hiciste más que llamarle de vez en cuando, el clásico cómo vamos, el polivalente ánimo, volveremos a correr juntos. Él, hombre serio y de fe, creía que cada llamada era quimioterapia mágica, de las que no duelen, pero sanan. Tres años despuéses un hombre nuevo, sigue en el tajo, viaja por todo el mundo, ha vuelto a los largos paseos y a trotar en el gimnasio. Últimamente te manda mensajes desde La Indiay desde Namibia. Aún quedan tramos  para volver a correr juntos.

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Ruben Vidal, un joven pintor de Alcañiz, te conoció un día que apareciste por su pueblo para hacer un programa allí con tus compañeros de RNE. Te sorprendió entonces por su sensibilidad y refinamiento,que reparte entre los lienzos y los pentagramas, pues también es un amante de la música y canta en coros. Rubén se fue a Berlín con una beca y reside allí con Vera. Impresionado por tus comentarios sobre los cuadros de los hospitales, dice que te mandará un boceto suyo para cambiarte el horizonte. Esto pinta maravillosamente. 

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Aquel paraíso en el Valle del Tiétar que compró uno de tus bisabuelos fue el territorio donde te enseñaron a amar la naturaleza. Tu gran maestro de campo fue el tío Jacinto, el guarda, que de no estar estado plantado allí como una de las encinas, hubiera paseado por cualquier libro de Delibes, tanta sabiduría y finura de lenguaje rural como destilaba entre la pana y la boina. Cuando el tío Jacinto  se jubiló heredó la guardería su hijo Cheles, algo mayor que tú, que  de niño arrancaba la corcha de los alcornoques y en ella esculpía con su navaja unos toros preciosos que te regalaba para que jugases con ellos. Era el tiempo en que se inventaban los juguetes. Apareció por allí el arquitecto José Luis Fernández del Amo, amigo de tu padre, y quedó fascinado por los toritos de corcho. 

-Te cambio uno por otro de cartón piedra- propuso. 

E hicisteis el trueque 

Con el tío Jacinto y Cheles aprendiste que las lluvias de otoño ponen  a la tierra amorosa, que la cogujada anidaba en el suelo o  al borde del acirate y el abejaruco en los agujeros de los barrancos, que un bledo colgado de la oreja espanta los mosquitos y que el sapo que cruza el camino barrunta agua. Te enseñaron a distinguir un lentisco de un romero, y el romero del brezo, y este del cantueso, y este otro del tomillo salsero. También con el viento solano, agua en la mano, aunque luego matizaban. 

-En invierno, pero no en verano. 

Cuando hace treinta años la finca cambió de manos Monti, la hija de Cheles, era una chiquilla juncal, morena, muy viva y asilvestrada.  Creció, se casó, tuvo hijos, vive en Madrid, pero hace mucho tiempo que no la ves. Ni siquiera te explicas que pueda seguirte por este dédalo disparatado que es tu blog, pero asoma por él para decirte que reza por tu salud a la Virgen de Chilla, que es la que tenemos más cerca. Qué adorable. Piensas razonablemente que con la que cruje a España tendrá la Señora milagros más importantes en qué ocuparse, y además examinas tu fe y ves tierra casi baldía en barbecho permanente. Pero recuerdas al tío Jacinto y a Cheles, y acabas confiando en la oración de Monti. En este otoño hasta un erial puede ponerse amoroso y hacer que fructifique la esperanza. 

8

Miras atrás y te quedas pasmado. Cual si fueran los ratoncillos de un flautista de Hamelin, resulta que ahora te siguen voces amigas escondidas en el pasado que salen de su discreto escondite para darte ánimos, para abrazarte, para cargarte las pilas. Parientes mas o menos cercanos, amigos y amigas de la infancia, del colegio, de la universidad, de  los guateques, de tu antiguo oficio publicitario, de tu pasar por la radio, de tu vida musical, de tus escritos en MARCA, de tus ráfagas de senderista, y hasta de la zona más convencional de tu biografía se revuelven contra el destino, y te ponen paños calientes. Muchos con argumentos sólidos. Manolo H.H., que apenas se inmutó cuando antes de entrar de entrar en antena le confesaste tu mal, te dice luego con una sonrisa que a sus cuarenta y tres años y con tres hijos los médicos sólo le daban tres meses de vida por un cáncer de colon avanzado. 

-Me operaron, me radiaron, me dieron quimio, me hicieron de todo- te cuenta como quien pasó unas paperas- Yo entretanto seguí haciendo las madrugadas de RNE, para que se me notara menos la angustia. Y aquí estamos. No hay que bajar los brazos, amigo…< 

Tu primo J.M. Pazos, desde Bilbao, te recuerda algo parecido. Pasó el mismo calvario hace veinte años, cuando aún se sufría el cáncer de tapadillo, como si la palabra propalara el mal fario. Ahora este arquitecto tranquilo, tanta infancia juntos en el campo, vive su retiro feliz entre Las Arenas y Altea, donde le gusta navegar.Está joven, terso, casi con la misma cara de niño empollón de entonces, cargado de hijos y nietos. Hizo una buena maniobra, desbordó su tumor y su pesadilla y esta se perdió por popa para siempre. Sursum corda. 

9 

Recuerdas entonces que convives con muchos otros que llevan años lidiando toros tan peligrosos como el tuyo y ahí siguen, tan campantes. 

Y lees mensajes y correos o escuchas SMS de lo más variados. Tus sobrinas asturianinas, Cecicilia. Elenita y Dani, otros sobrinos que se han establecido en Shanghay, Lola y Fred, desde el Canigó, Chumby 2 desde Compostela, Amado, el camarero del bar de la Universidad Carlos III donde  es profesora tu magnífica hija Isabel, dos Cristinas, Itziar, Rosi y Silvia que vuelven desde la época dorada de los guateques, como si aún se escuchara al fondo canciones de Adamo o del Dúo Dinámico. Resistiré- sobre todo esa- Resistiré. Julián 29,  el sabio Angelus P, Zoupon, Franciska, May, Charivari, Atticus 444, Cerdido, José Ramón, tu prima Ana, Joselepapos,  Violette, el Marqués de Betanzos, Julio…Adela Fornés te regala además filosofía práctica  invocando un pensamiento que Lezama Lima asimiló de los holandeses.< 

-No puede impedirse el viento -dice el poeta cubano-, pero pueden construirse molinos. Molinos que, como los de Don Quijote,  exorcicen la locura e igualmente la convoquen. Pues es hermosa y fértil locura la de intentar transformarnos. Molinos que extraigan agua cristalina de la tierra cansada. Para que la hierbita verde pueda seguir pujando entre las piedras frías dando nuevo sentido a ésta, nuestra aturdida vida cotidiana (más o menos sic). 

Es fantástico. El flautista de Tumorín, transportado en loor de seguidores, te ayudará a construir molinos para que estos, con sus aspas,  irriguen y fertilicen tu alma y se disipen definitivamente las nubes negras. Qué suerte, ¿no? 

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Reconoces entretanto que tenías hasta hace poco la cabeza a pájaros, y que el toque de atención te ha obligado a serenarte y a ordenar al menos lo esencial. Una mano benéfica te ha regalado un pastillero, lo que te obliga  a sentarte, abrir unas cajitas de plástico que marcan días y horas e introducir en ellas las pastillitas correspondientes para completar tu semana de farmacopea. Entre la medicación debe de haber algún fármaco euforizante, porque tú deberías estar echo un asquito, como un geranio lacio o un perro apaleado. Pero, muy al contrario, desde que  te dieron la mala nueva te sientes impulsado a hablar, a comunicar, a enredar, a multiplicar tus `presencias, a dar fe de vida. En cierto sentido, has perdido el sentido del pudor. 

Lo que propicia que, cuando Carlos Herrera pide desde Almería llamadas de oyentes que hubieran `participado en rodajes de las grandes películas que tuvieron como escenario la provincia, tú te precipites al teléfono y cuentes sin el menor recato cómo un día de invierno de 1968 en el que hacías tus prácticas como Sargento de Complemento  en Infantería Mecanizada te largaste en compañía del sargento Quintín a conocer Almería  y, de paso, a ganar otra vez la batalla del Alamein para acabar desembarcando con las tropas del general Patton en Palermo. No hay que ser humildes ante grandes divos como el Herrera. Él habrá ganado muchos premios, Quintín y tú conquistasteis un Oscar de Hollywood. En él sólo erais dos cabecitas que asomaban por la escotilla de la torreta de los carros con una gallardía probada, pero ahí quedaba vuestra huella en la historia del cine. 

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Antes de ese momento glorioso, y mientras los carros viajaban por tren desde Madrid, tú le recogiste al sargento Quintín en tu 600 Descapotable y pusiste rumbo a Almería, que entonces parecía lejanísima. Quintín tenía que reservar alojamientos para los oficiales y suboficiales que venían por detrás, tú ibas de figurante, a cumplir tu mili en una guerra como la de Gila. Como tu compañero sabía que el viaje e era larguísimo y que no era cosa de gastar tiempo ni dinero en paradas de avituallamiento, incluyó  en su equipaje una gran cazuela de conejo guisado que le había preparado su señora. Comisteis conejo, merendasteis conejo, cenasteis conejo. Y cuando, a la mañana siguiente de llegar a Almería a las 3 de la madrugada y de despertar en una modesta pensión de 30 pesetas la habitación fuisteis a desayunar, aún te ofreció conejo de desayuno. Austeridad castrense y optimización de recursos se llama eso, aunque tú preferías un café con leche y una tostada. 

Durante aquel viaje el sargento Quintín, como es lógico, te habló de su familia. Y de ella se te quedó sobre todo el nombre de una de las hijas que te hizo especial gracia: Petra Mari. Aún no te habías asomado a la radio, pero casi veinte años después, cuando nace en ti Doña María y te inventas una familia para ella, adoptas ese mismo nombre para la tercera de sus hijas. La auténtica Petra Mari, la hija del sargento Quintín te ha confesado estos días que se lo imaginaba. Después de decirte en un e-mail impagable que su padre, hoy comandante jubilado, se había emocionado con tu recuerdo al escuchar su nombre, te cuenta que te seguía desde que estabas en la SER, y que siempre se había preguntado si la Petra Mari radiofónica nació durante el rodaje de Patton. 

-Hoy soy médico de familia en La Paz de Madrid, y mi hermana Emilia celadora en el mismo centro –vienen a decirte- Ambas estamos familiarizadas con tu enfermedad, con el dolor y con la importancia de mantener tu actitud positiva. Aquí estamos, para lo que necesites, para lo que nos pidas y para demostrarte la calidad de la sanidad pública. Y aunque la cazuela de conejo siga siendo tradición familiar, también podemos invitarte a un arroz con bogavante, que nos sale divinamente. 

Recuerdos de la mili, de un largo viaje, de una guerra de pacotilla, de un sargento al que no has vuelto a ver, de tu vida en la radio, de unas mujeres encantadoras a las que no conoces y de una cazuela de conejo. Este guiso de la vida desparrama un aroma de ternura que te hace sonreir  y, de hurtadillas, aflojar alguna lágrima. Parece casi otra de las maravillosas Historias de la Radio de Sáenz de Heredia. 

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Más aún. Como los designios del Señor son inescrutables y además la radio obra extraños milagros, reaparece en tu vida Fray Vicente Ferrer de Alayrach, fraile de de la trapa de San Isidro de de Dueñas en Palencia. Sólo dos flaqueza humanas distraían hace veinte años a este hombre de Dios de sus deberes espirituales: el Athletic de Bilbao, su eqipo de fútbol favorito,y las imitaciones de La verbena de la Moncloa, que seguía apasionadamente a través de su transistor no se si en vísperas, en tercias o en la repetición de maitines. Poco le importaba al buen fraile que, además de chuflas y remedos de los políticos y otros personajillos, por allí aparecieran la irreverencia y la gamberrada, y que los papas y el padre Bonete que incluías en tu repertorio distaran del respeto a la ortodoxia católica presumibles en un trapense de regla severa y tarlatana de lija. Fray Vicente te había idealizado, consideraba que Dios había obrado en ti maravillas, y que lo que hacías junto a ese sublime artista y gran imitador que es también D. Javier Capitán era poco menos que caridad cristiana, pues si, tal que afirma San Teresa, también entre pucheros anda Dios, cómo no va a andar con los que cocinan la risa. 

Esta doctrina suya se trufaba en larguísimas cartas con citas de San Agustín, de San Juan de la Cruz, de San Pablo y de todas las Escrituras habidas y por haber, con  la propina de oraciones por ti, tu familia al completo y hasta el envío en ocasiones de los deliciosos bombones de la Trapa que tanta fama hicieron. Tal era el entusiasmo de Fray Vicente por tus coñas radiofónicas que, casi cinco años después de haberte esfumado de la antena, e ignorante de que además bromista eras notoriamente impío, aún te llegó una carta con una petición insólita. Iba a celebrar los cincuenta años de su ordenación como trapense y su sueño era que después de la santa misa de acción de gracias y del almuerzo con sus familares y amigos más íntimos…pudiérais Javier Capitán y tú dedicarle una sobremesa de chascarrillos e imitaciones. 

 ¡Oh maravilla!… La verbena de la Moncloa sería por un día, previo nihil obstat del señor Obispo y el visto bueno del Padre Prior, La verbena de la Abadía.  

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Te quedas pasmado, no te puedes imaginar la escena ni en una película de Berlanga, tú  en el refectorio,  después del almuerzo, dedicando a Fray Vicente un discurso del Rey, cantando Litlle flag como Esmeralda Clamores, predicando como el pade Bonete, o bendiciendo lo postres como Benedicto XVI. Y todo ante la miraa atónita del obispo, del prior y del propio Fray Vicente, que entonces descubrirá el tinglado de la farsa y no sabrá si darte las gracias por el regalo o preparar en el claustro mismo del convento un auto de fe para inmolarte en él, por hereje e iconoclasta. Te lo imaginas, te sonríes te carcajeas…Es la magia de la radio, el ilusionismo de sus voces y sonidos convertido en surrealismo. Pero el reto te divierte y te apetece. Así que le escribes a vuelta de correo –el e-mail aún no ha entrado en la abadía- y te comprometes. 

-Si puedo, no faltaré- le dices. 

Si puedes. 

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…Porque aunque la celebración será por Pentecostés te han llegado malas noticias, y puede que entonces no estés para fiestas. Así que le escribes apresuradamente para que no se forje vanas ilusiones, le cuentas que tienes un tumor, y que aunque lo llevas con humor no sabes si te responderán los títeres. Eso sí: le pides por favor que en lugar responder a la presente por carta, tenga la bondad de  acusar recibo y darse por enterado utilizando ese invento llamado el teléfono, para lo cual le facilitas tu número del móvil y también del fijo, por si San Isidoro de Dueñas tiene tarifa plana, que en todo hay que pensar. 

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Te llama Fray Vicente en la sobremesa. Tú acabas de almorzar en casa de tu hermano Pablo, y atiendes la llamada delante de tu cuñada Marliesse y de tu sobrino Daniel. Fray Vicente te saluda con la voz temblorosa, lanza un torrente de jaculatorias y latinajos, se lamenta de tu enfermedad, asegura que tiene a todo el convento rezando por tu sanación y está convencido de que Dios no sólo te salvará, sino que hará posible que amenices sus bodas de oro con la Trapa, pues no faltaría más. Alejado seguramente en el convento de lo que es la moderna psicología, intenta el buen hombre ayudarte recordando que eso tuyo le pasa a cualquiera, que dos hermanas suyas a las que quería muchísimo murieron las pobrecitas de cáncer, pero que una prima llamada Justina a la que casi quería tanto como a sus hermanas vivió varios años, aunque al final también murió, no se sabe si antes o después de hacer imitaciones en un festejo. 

-Como nos pasará a todos, Don Luis-razona con toda lógica- Porque todos hemos de morir en Cristo. 

Pero su misericordioso afán de visitar al enfermo, consolar al triste y, en definitiva, hacer caridad cristiana no puede reprimir su humana curiosidad como oyente de la radio. Está hablando con un duende que, junto con Capitán y Julio César Iglesias le ha estado engatusando durante años, y ahora quiere saber detalles que le intrigan. 

-Por ejemplo –añade-, y perdone que me aparte del tema…Yo me reía muchísimo cuando don José Bono, que es tan buen cristiano y entonces era presidente de Castilla la Mancha, prometía que el AVE a Ciudad Real pasaría por donde el pueblo se lo pidiera, ¿verdad?…Y entonces había una paisana que criaba cerdos y se llamaba Belarmina que aparecía siempre para pedirle que el AVE se detuviera junto a su granja, para así poder cargar los cerdos en el tren y llegar antes a la feria… 

-Caramba, qué memoria la suya, Fray Vicente… 

-Sí, sí, pero me queda una duda…¿Usted hacía de Bono o de Belarmina?… 

Fray Vicente Ferrer de Alayrach tiene medio siglo de vida conventual a sus espaldas, y debe rondar los ochenta, pero en el fondo es como un niño. 

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Aún queda la traca final. Cuenta Fray Vicente que junto a él, escuchando la conversación telefónica,  está el hermano Jesús, que ingresó en la trapa en 1949, y que recibió a Franco con ondear de banderas cuando el entonces Generalísimo visitó la abadía de la que inauguraba algún pantano por la zona. 

-Porque era usted  el que imitaba al Caudillo, ¿verdad?- inquiere Fray Vicente para no columpiarse otra vez. 

-Sí, el Caudillo, como usted dice, era de mi negociado… 

-Ay, Don Luis, pues perdone que se lo pida….¡Pero le haría tanta ilusión al hermano Jesús que lo imitase!… 

Le dices que se ponga al teléfono el hermano Jesús ybte lo pasa. Le saludas, impostas la voz hasta aflautarla lo suficiente, ceceas las eses y con el perfeto acento gallego y el tato que caraterizaba al Invito inicias tu discurso. 

-Trapencez todoz…Permitdime que me entrometa en la intimidad de vuestra abadía para zaludaroz dezde la dieztra de Dioz Padtre todopoderozo y agradecer la adhesión inquebrantable del Hemano Jesús, fiel exponente de laz virtudes criztianaz y paytrióticaz que han engrandecido a nueztra glorioza patria…Hermano Jezúz…¡Uno! Hermano Jezuz ¡Grande!…Hermano Jezúz ¡Libre!…¡Arriba Ezpaña! 

Por el teléfono se adivina entonces que el ancianísimo hermano Jesús se está emocionando, y grita enfervorizado. 

-¡Eso, eso!…Sí, viva Franco…Porque él acabó con la masonería, y con el comunismo, y con todos los males de España… 

No escuchas más, estás valorando lo pintoresco de la situación e imaginando que  Berlanga está ahí, contigo,  rodando una secuencia que luego aparecerá partida en dos cuadros. En de la izquierda un par de frailes viejecitos escuchando el teléfono a punto de levitar. En el de la derecha tú embutido en un corsé ortopédico imitando a Franco mientras a tu alrededor tus hermanos te miran ojipláticos. No escuchas más porque en realidad te estás descojonando de risa, y comprobando los insólitos efectos hilarantes que a veces puede producir una neoplasia. 

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Acabarás tu primera semana fuera del hospital otra vez en la cama de tu casa, recostado como el Niño Jesús del Barroco para descansar mejor. Irás remansando la euforia, porque te han rebajado la dosis de Cortisona, y una vez encajadas las piezas en el nuevo puzzle de tu vida debes regresar a la normalidad y, como dice el Rey, entrar en talleres. Llegarás a esta hora fatigado, a veces asustado, pero al cabo más que satisfecho de la respuesta de tu familia, de la reacción de tus amigos y conocidos, de lo que tus ojos han visto y tu corazón ha procesado. Lo más hermoso ha sido volver al campo y comer con los tuyos en el jardín, al sol de diciembre, mientras el otoño del Valle del Tiétar, con Guadalupe a lo lejos, se ofrecía en todo su esplendor y las nietas correteaban a tu alrededor. Parecía que la vida no puede tener límites. 

Pero más emocionante aún ha sido cumplir tu ilusión de cantar, este año con más razón que nunca, El Mesías de Haendel…con el corsé, porque era un reto personal.  Camino del Auditorio te detuviste para ver a Marina, tu nieta mayor, que estaba malita. Y ante ella, acompañado por wl profesor Rod Mac Crowry, amigo de la casa con el que hiciste senderismo en Escocia y tenor aficionado, ensayasteis por última vez el Aleluya, que la niña, asombrada y feliz,  tarareaba a su manera. 

-¿Y quién era tu abuelo? –puede que le pregunten algún día. 

Y ojalá conteste. 

-Pues un señor que se puso malo por Navidad y pesar de todo cantaba el Aleluya tan contento.

Cristiano y Cerezo se mosquean

¿Crisis? ¿Cambio climático? ¿Reforma laboral?...Lo que de verdad nos importa es el fútbol

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Reconoce el Duende que lo de que su Atleti le gane al Madrid le parece ya un imposible metafísico. Resignación y mirar a otra parte: tampoco hay quien redima a la especie humana de su cuota de estulticia congénita, y la cosa se acaba soportando.

Si hay una subespecie del hombre que el bloguero odie sin remisión es precisamente la del llamado hincha de fútbol ultra, que suele reunir en sus comportamientos necedad, mala educación, pésimo gusto y a veces (como cuando se burlan a coro de jugadores del equipo contrario muertos) auténtica crueldad. El Duende dejó de ir a los estadios por no sufrirlos.  Pero toda regla tiene su excepción. Borricos son los ultra del Madrid, como todos los de cualquier otro equipo. Pero sin embargo el pasado sábado tiraron de ironía y de sentido del humor y, sorprendentemente, desplegaron una pancarta que tenía su gracia. Su mensaje era: SE BUSCA RIVAL DIGNO PARA DERBY DECENTE.

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Derby es una ciudad inglesa donde se corría una carrera de caballos que debió de ser muy importante. Sin duda por el interés que esa prueba despertaba, de allí extrapolaron los comentaristas deportivos el nombre de Derby, que, por enfatizar, aplicaron a los partidos de fútbol entre los grandes equipos de la misma ciudad. Para los ajenos al fútbol: en el argot futbolero, un Madrid-Atlético es un derby, mientras que un Madrid-Barça es un clásico. Y el drama del Atlético de Madrid es que hace ya doce años que no le gana un solo derby a su rival, el poderoso epulón de la calle Concha Espina. En muchos ellos perdió merecidamente, pues ante los blancos solían borrarse de miedo o por simple desinterés, cosa muy de este giliclub de ciclotimias exasperantes. En el último partido sin embargo presentaron mejor pinta, hasta que los imponderables le dejaron donde solía. Qué manera de perder, que canta Sabina.

El caso es que por unas cosas y otras perdía, como de costumbre. Y en estas que en el fondo donde se alojan los ultras merengones  exhibieron la pancarta de marras. Sin duda, lo mejor que podía esperarse de esta fauna, pero lo  más humillante para  los ultras rojiblancos que carezcan de sentido del humor.

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Lo que sigue se puede contar así. Dos días después se encuentran en un acto Cristiano Ronaldo, delantero del Madrid, y Enrique Cerezo, presidente del Atlético, hombre encantador y educado que se distingue sobre todo por no comprometerse casi nunca diciendo nada notable. Cristiano está dolido porque fue objeto de una tarascada de Perea, un defensa rojiblanco de los que siempre se adjetivan como “bravos”, y no se muerde la lengua.

-Quedan réditos de las patadas que me dieron –le dice al presidente quizás mostrándole el tobillo hinchado.

-Vosotros también pegáis- replicó el siempre sonriente Cerezo- Y a la pancarta sólo le faltó añadir: el árbitro lo ponemos nosotros.

O sea, que se enfadaron.

 

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Un enfado no es noticia. Alfonso Guerra  y Bono se han enfadado estos días con la ministra Chacón. Granados se ha enfadado con Esperanza Aguirre por destituirle. Los autores se han enfadado con Tedy Bautista porque este no había repartido la modesta cantidad de 145 millones de euros  acumulados por la SGAE que probablemente les corresponden. Y en Madrid los comerciantes chinos se enfadan con el Ayuntamiento porque no les da licencia para vender bebidas alcohólicas, un filón ahora que la juventud está más desesperada que  nunca.

La noticia es que este rifirrafe futbolístico, que hoy reproduce MARCA en su edición digital, había  provocado a esta hora la  cantidad de …¡3.166 comentarios!

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El Duende estaba orgulloso comprobando que su post de hace unos días titulado Espejos rotos había recibido nada menos que 18 comentarios, gracias, sobre todo, a la oleada emocional que provocó la muerte de un perro surrealista llamado Bob de C´as Barber. Qué ternura la de aquel colaborador con el que contaba el Duende. Lo mismo hablaba del sol, del mar, de los higos dulsesitos, de la primavera o del sinvivir de los días, destilando en su lenguaje esencias de poeta. Pero se ve que, con ser importante su mensaje y triste la noticia de su muerte, aquí lo que de verdad interesa no es ni la crisis, ni el déficit ni el cambio climático. Y menos aún la poesía.

Fútbol, fútbol, fútbol, panem et futbolenses para el presunto homo sapiens. Lo demás y los demás somos mucho, o creemos serlo. Pero para qué engañarnos, al lado de Cristiano Ronaldo y demás pobrecitos del orbe futbolero,  no somos nadie.

El Duende de verano (3) Más batallitas de Escocia

Valles verdes, horizontes lejanos, largas caminatas, posadas solitarias...

1 No aprendemos nunca

Bernard Garel-Jones había servido al ejército inglés en La India antes de instalarse en España. Buscaba aquí un clima más beneficioso que la humedad de las islas británicas para los delicados pulmones de su esposa. Primero vivió en Canarias, para fijar después su residencia en Madrid y abrir a principios de los años sesenta del pasado siglo en la Plaza de Salamanca una academia de idiomas que se llamó La Casa Inglesa. Bernard no presumía de lince en los negocios, pero mantenía  que una buena escuela para aprender su idioma sería suficiente para que él y su familia se ganaran la vida.

-Los españoles no aprenden inglés nunca- mantenía-¡Nunca!

Pasaron por su academia muchos alevines distinguidos de la sociedad madrileña. Y cuando creían dominar a la perfección la lengua de Shakespeare, Bernard testaba sus conocimientos presentándoles un simple titular de un periódico británico: Bride to be strangled in  well.

Puede entretenerse el lector en comprobar su nivel de inglés tratando de traducir esta muestra de los jeroglíficos con que a menudo nos sorprende la prensa del Reino Unido. No es fácil, ya se avisa. Pero aunque Bernard exagerase, es verdad que los españoles no parecemos particularmente despabilados para los idiomas extraños. Compárese a este respecto la rapidez con que los numerosos futbolistas eslavos afincados en nuestro país aprenden el castellano. Tan cierta es nuestra torpeza para el inglés es como que este es un idioma escurridizo, veleidoso y puñetero.

El Duende reconoce que no habla ningún idioma extranjero. Sólo imita bastante bien su música, su sonido, y a fe que le gusta recrearse en ello. Pero es consciente de sus limitaciones cuando trata de entender cualquier película de habla inglesa que no esté protagonizada por actores de la escuela de John Gielgud, Michael Gambon, Ian Holm y otros maestros de la dicción. Sólo empieza a cazar la lengua de la calle cuando tiene que acabar su viaje, así que probablemente morirá, como otros tantos españoles, sin hablar nunca medianamente bien el inglés.

2 Buen tiempo en el Pico de los Españoles

Se entendía, no obstante, lo justo con su guía como para coincidir en que hacer senderismo por las Highlands escocesas bajo el sol,  a 19º y sin nube alguna en el amplio horizonte, fue un regalo. La suerte añadida es que en esas latitudes los días de verano son tan larguísimos que puedes subir montañas, perderte, vagar sin rumbo –como así fue- rectificar, dar con el camino perdido y regresar al hotelito para estar tomando una pinta de cerveza  a las ocho de la tarde. Y con tres horas aún de luz solar antes de comprobar, oh maravilla, que en el cielo escocés también pueden lucir las estrellas.

Todo esto ocurría en un lugar llamado Glen Shiel, un valle largo y verde, sólo pasto, brezo, helechos y casi totalmente desnudo  de árboles, donde se libró en el siglo XVIII una batalla entre los clanes escoceses que apoyaban a Jacobo III para el trono de Inglaterra y  Jorge I de Hanover que estaba en sentado en él y no estaba por la labor de cederlo. Por aquello de debilitar algo a la que ya pintaba como primera potencia del momento, la España de Felipe V decidió enredar apoyando a los revoltosos, entre los que, al parecer, estaba nada menos que el famoso Rob RoyY allá que mandó un pequeño contingente de soldados, esperando que con Jacobo como nuevo rey las cosas le fueran mejor a nuestra patria y recuperase así migajas de la hegemonía perdida.

Tristemente, a los aliados nos dieron para el pelo. Entre eso, y que el balance de víctimas no superó los cien muertos, nadie teníamos ni idea de que nuestros gloriosos ejércitos también habían peleado en  Escocia. Tampoco podíamos imaginar qué diablos pintábamos allí: cosas de la `política, igual que siempre. Glen Shiel se extiende de este a oeste. Los españoles se apostaron en una montaña que queda en el lado norte del valle, y que hoy lleva el nombre de peak of the Spaniards, único honor que les quedó a nuestros muertos en combate.

El viajero se enteró de todo eso tras haber coronado la cumbre, a la que se accede a pie, cómodamente, sin tener que ayudarse tan siquiera con las manos. Desde allí se divisaba un panorama hermosísimo. No sospechaba el viajero que hubiera tantísimas montañas en las Tierras Altas de Escocia. A vista de pájaro el panorama puede parecer el de unos pequeños Alpes verdes. Triste que los soldados españoles ascendieran hasta su pico sólo para morir o ser hechos prisioneros. De  haberlo sabido a tiempo, les hubiera dedicado una oración. Pobres compatriotas, caídos por la patria sin conseguir apenas mención en nuestra memoria histórica. Lo que le gustaría a don José Bono decir que la bandera de Ejjjspaña también hizo patria en Ejjjscocia. Lástima que todo quedara en otra batallita perdida.

Por cierto, que mucha novela de Walter Scott y mucho biopic heroico en el  cine, pero la Wilkipedia asegura  que Rob Roy salió de naja cuando lo vio todo perdido sin dar la cara, como se espera de un caudillo legendario. Así se escribe la historia. Eso sí: ¿sabemos quién cuenta la verdad?

3. Hoteles con el té en la mesilla de noche

La noche de la gran marcha por el campo de batalla, el profesor MacCrorie y este duende durmieron en Cluany Inn, único establecimiento hotelero en muchas millas a la redonda. La posada resultaba a primera vista tan solitaria e inquietante como aquel motel de carretera que regentaba Norman Bates.  Por dentro, como casi todos los hoteles modestos del Reino Unido, ambienta al viajero en una confortable atmósfera  de lavanda, perfume de margarina y de brown sauce y esencia de moho de libro viejo.

Las habitaciones de estos hoteles parecen a menudo decoradas por una prima de Agatha Christie estilista. No ha habido concesiones a la modernidad.  En ninguna habitación de ellos faltó, lamentablemente, la moqueta. Ni tampoco, afortunadamente, esa kettle con provisión de de te, chocolate o café soluble, a menudo acompañado por tres galletitas, para que el viajero pueda tomarse un primer desayuno o una discreta merienda en su habitación. Ese detalle le reconcilia a uno con la hostelería británica, manifiestamente mejorable en su cocina a partir de la hora del apetecible breakfast. Los herederos del Imperio han saqueado para sus museos pirámides, templos griegos y restos arqueológicos de medio mundo. Pero han sido incapaces de hacer suya alguna gracia gastronómica foránea que pueda alternar con su roast beef  con verduras hervidas y su sheperd´s pie. Supone uno que siempre se sintieron demasiado superiores como para admitir que otros puedan tener mejor gusto que el suyo.

En el cajón de todas las mesillas de noche siempre esperaba una Biblia. Al huésped de aquel Cluany Inn le hubiera gustado leer algún texto sagrado antes de dormirse, por si luego aparecía la madre de Norman Bates y le apuñalaba como a la bella viajera de Psicosis. Mejor tener algo que comentar con  Dios por si a uno le asesinan una noche de verano.  Pero no lo hizo: estaba tan cansado, que después de la ducha sólo pudo cerrar los párpados  y soñar que, entre el deporte, la naturaleza y la historia, había vivido una jornada inolvidable.

“La Roja” y los políticos

¿Pan y circo? ¿O arrimarse al sol que más calienta?...

¿Se imaginaba Iker Casillas que podría ser más patriota que  Andrés Torrejón, el legendario alcalde de Móstoles? ¿Y David Villa que  iba a ser un Don Pelayo de nuestro tiempo? ¿Pensaron alguna vez Marchena, Ramos y Navas ser más conquistadores que San Fernando, que se conformó con su Sevilla? ¿Soñaron, en definitiva, los de la roja emular al Cid, o a los Reyes Católicos, o a Carlos V, que, según nos contaron a los niños de mi generación, hicieron grande a nuestra nación?…Ni de coña, claro. Un futbolista es un chaval que juega a la pelota porque le divierte. Que luego ésta se le vaya de las manos -a ellos, mejor de los pies- para convertirse en el epicentro del deporte y, más aún, de las ilusiones de muchísima gente, y, más aún, de la patria misma, es algo que no estaba en su guión.

Pero el hombre propone y Dios dispone. Quizás querían sólo cumplir ese sueño que todos ambicionamos de ganarnos la vida con aquello que más nos gusta. Pero mira por donde se han convertido en hombres ejemplares incluso para aquéllos que, por su oficio, deberían serlo de verdad. O sea, para los políticos. No es que éstos compitan ya por hacerse más fotos con la camiseta roja: están acostumbrados a correr siempre “en auxilio del vencedor”. Es que hasta el presidente del Congreso José Bono –más amante de la hípica, como se sabe, que del fútbol-  pone a la Selección Nacional como paradigma de lo que es o debería ser España: muchachos procedentes de distintas regiones o nacionalidades y distintas sensibilidades que en su casa quizás hablen catalán, vascuence, gallego o castellano, pero que en Sudáfrica hablarán el mismo idioma para conseguir algo que les interesa a todos. Pasmaítos están los padres de la patria: acaban de descubrir que se puede defender a una patria de nacimiento y partirse el pecho por la camiseta que que nos une a todos. A los leones de las  Cortes se les están quedando los ojos cuadrados.

-Oye, tío-comentan entre ellos-¿Y España no sería otra cosa si los de aquí dentro se entendieran igual?…

Pues vale. Pero que no se les suba a nuestros futbolistas el pavo a la cabeza y lo echen todo a perder. Que sigan así, sencillitos, sin atribuirse más importancia que la que ya se han labrado con su propio esfuerzo. Que hagan caso a las llamadas de prudencia y moderación de fray Del Bosque: euforia y tonterías, las justas, que un campeonato del mundo se pierde en cualquier pájara y, como avisaba tan repetidamente Luis Molowny “en fútbol no hay enemigo pequeño”. Ni tonto.

Que hagan en Sudáfrica lo que tan bien han sabido hacer hasta aquí. Lo más asombroso del estado de gracia que atraviesa el deporte español no son sus trofeos. Lo que más valoramos los ciudadanos es que nuestras figuras  no sean  ídolos de barro. A los gasoles, nadales, amenguales, pasabanes, contadores, alonsos, pedrosas, y a los chicos de Del Bosque les sobra el talento. Pero además han demostradosentido común. Y, aunque no se lo hayan propuesto, ejemplaridad para los jóvenes que aún están a tiempo de hacer de España un país mejor. Sabemos que el Ministro de Deportes tenía esa misma intención, pero salvo en este negociado, del que afortunadamente se ha ocupado poco, no ha tenido tanta suerte. A ver si aprende para el resto de su gestión.

Lo decía Amado de la Torre, mi aficionado favorito, que ya se ha enfundado la roja sobre la rojiblanca de nuestro Aleti.

-¡Cago en la! –suspiraba con nostalgia- ¡Si estos políticos fueran tan buenos como la Selección!…

…Y si tuvieran pedales, serían bicicletas.  Así que los de “la Roja” nos hagan campeones del mundo y al menos olvidaremos por un ratito que la política es otra cosa.

El fenómeno de la Feria del Libro

Cualquier parecido entre esta historia y la realidad es pura coincidencia

1

Según dos o tres críticos expertos en causas perdidas, Sergio Onday era el mejor escritor de la última generación. Su novela corta El abrecartas  sin filo les había dejado sin aliento.

Con una prosa sencilla, directa y limpia, la historia narraba la desazón de Mónica Blaz, una tuberculosa internada en el mismo hospital donde se desarrolla La montaña mágica de Thomas Mann. Un día Mónica recibe como regalo para aliviar su aburrimiento una novela titulada Desazón, impresa en cuadernillos que, como en tantos libros entonces, estaban sin abrir. Para ese menester sólo dispone de un abrecartas  sin filo. Mónica quiere rasgar las hojas para leer el libro, pero sus débiles manos son incapaces de accionar ese instrumento frustrado, y su timidez natural le impide solicitar ayuda al personal del hospital. Les estoy pidiendo que curen mis pulmones –escribirá en su diario-¿Cómo voy a distraerles rogándoles que me rasguen las páginas de una novela?

Primero desesperada y luego resignada, Mónica, cambia de pasatiempo. En lugar de emplear sus energías en tratar de rasgar las hojas de Desazón, se distraerá escribiendo. Y poco a poco, a una página por día, va contando en un cuaderno su propia historia, mientras la novela regalada permanece intacta en su mesilla. Hasta que una tarde el médico que le gira visita se apercibe de ello, se  ofrece a rasgar las hojas con una pequeña navaja que saca del bolsillo de su chaleco y le devuelve el libro apto para ser leído. Cuando el médico se despide y Mónica  se encuentra a solas con la novela abierta por su primera página, descubrirá asombrada que está empezando a leer exactamente la misma historia que ella estaba escribiendo.

2

-Mis asesores mantienen que la novela es original-le dijo el director de la editorial al leerla- Y que además tienes todas las cualidades de un buen escritor. Pero para vender hace falta intriga, tensión, sexo, violencia y adobarlo todo con temas de actualidad…Qué se yo, léete a los best-seller, fíjate en sus temas y trabaja un poco en lugar de escribir chorradas de tuberculosos, que eso ya está pasado de moda…

A Sergio Onday le molestó sobremanera el mercantilismo de su editor. Pero más aún le dolió que pusiera en duda sus capacidades. Así que en menos de un año puso en las librerías La sangre de Malco, una historia complejísima en la que un agente del Mosad y una espía de la CIA llamada Alba Gómez –hay que innovar también en los nombres de las espías-, aparte de fornicar dos o tres veces por capítulo y en lugares tan pintorescos como la antorcha de la Estatua de la Libertad o en la cámara que guarda la momia de Lenin, desmontan una conspiración en la que los chiitas y Walt Disney –previamente descongelado, abducido por habitantes malignos de otro planeta y convertido en enemigo del capitalismo- conspiran para acabar con la civilización occidental.

3

La novela, interesantísima, mezcla con esa maestría que sólo alcanzan los magos del best seller intriga, espionaje, política y ciencia ficción, e interconecta problemas y personajes actuales como el narcotráfico, la esteticienne de Berlusconi,  la mafia rusa, una red de obispos ludópatas que se juegan las custodias a las cartas, las relaciones entre Paco el Pocero y el implante capilar de Bono, las profecías de Nostradamus, las bragas de Belén Esteban, el sabotaje a los pozos de petróleo de BP y el idilio secreto, para consternación de la ONU, entre Ahmadineyad y la Duquesa de Alba, que ha dejado a su novio actual por poco marchoso. En el último capítulo Bin Laden avisa de que sus agentes secretos tienen minados el Museo del Prado, el MOMA, el Ermitage y la Basílica de San Pedro, que serán destruidos si no se le entrega en mano la receta secreta de la Coca-Cola y se le deposita en un barco especialmente habilitado para ello en aguas del Índico diez mil jamones de Jabugo indultados por el Corán. La ratificación del acuerdo ha de hacerse entre su hermano gemelo y la reina Isabel de Inglaterra, como jefa de estado más veterana de Occidente, y tendrá lugar en el balcón donde asoma el Papamoscas de la Catedral de Burgos. Pero una maniobra maestra de Alba Gómez y su colega del Mosad –que no podemos adelantar por no destripar el best seller – disfrazados ambos de intrépidos canónigos, da un giro imprevisto al argumento. Las cosas cambian,  se salva el mundo y La sangre de Malco acaba batiendo todos los records de ventas de libros conocidos hasta el momento.

Por cierto, el título hace referencia al incauto que, según el Evangelio de san Juan, desorejó san Pedro cuando las turbas pretendieron asaltar al Maestro en el Huerto de los Olivos. Enhebrar ese pasaje en el relato le costó lo suyo, pero Sergio Onday ya sabía que, aunque estamos en un mundo descreído y más bien laico, cualquier toque bíblico vende mucho, y purifica los réditos del pelotazo editorial.

4

Para ese logro, Sergio tuvo que pasar una última y dolorosísima prueba. Tuvo que aceptar la tortura de ir tres tardes a firmar ejemplares del novelón en la caseta que la editorial había instalado en la Feria del Libro de Madrid. Como en todos los verdaderos éxitos editoriales, el boca a boca tardaba en calar, y la primera tarde fue un bochorno para el autor. Instalado en esa especie de microondas que es una caseta al sol furioso del junio madrileño, Sergio se vio igual que, cuarenta años atrás, había visto él a los animales salvajes de la cercana y ya desaparecida Casa de Fieras. La multitud pasaba ante aquel infeliz cabizbajo y de mirada perdida y le contemplaba extrañada, como si se tratara de uno de aquellos dromedarios o elefantes aburridos que habitaban en el primitivo zoológico del Retiro. Ni un solo lector compró un ejemplar o le pidió una firma.

La segunda tarde no fue mucho más halagadora. A la hora de ostracismo penoso, que él aliviaba siguiendo las evoluciones de un moscardón muy aficionado, al parecer, a las letras, sufrió un golpe de calor del que tuvieron que asistirle los del SAMUR. Una vez repuesto, sólo cuatro personas se le acercaron. La primera le preguntó si sabía donde firmaba Antonio Gala, la segunda si sabía dónde firmaba Alfonso Ussía, la tercera si dónde quedaba la caseta de Arturo Pérez Reverte y la cuarta si no le servía de molestia indicarle dónde quedaba el urinario más próximo.

Pero antes de la tercera y última tarde, ocurrió una de esas extraordinarias conjunciones astrales que le funcionan a todo el mundo, menos a Leire PajínLuis María Ansón le había dedicado a Sergio Onday una de esas encendidas cartas abiertas con las que pontifica desde su periódico amigo, Juan Cruz había elogiado con inusitado entusiasmo la novela en Babelia, el ministro Pepín Blanco, a la sazón, la gran esperanza del mismo color para salvar a su partido, confesó que era su lectura de cabecera para aliviar el stress de poder, Almudena GrandesBoris Yzaguirre no tuvieron inconveniente en reconocer que la novela les ponía, monseñor Rouco amenazado con excomulgar a los lectores de semejante aberración, el director  de la Alianza de Civilizaciones había lamentado en nota de prensa una publicación que podía herir la sensibilidad de los pueblos árabes y, finalmente, un apasionante reportaje televisivo titulado Cuando la Roja no juega revelaba que en las mesillas de noche de XaviCasillas, Fernado Torres y Villa, concentrados ya para el Mundial de Sudáfrica, destacaba un ejemplar de La sangre de Malco.

Se agotó la edición de la novela. Se agotaron también treinta ediciones más. Y antes de que Sergio Onday fuera internado en una clínica por el  agotamiento propio del autor con síndrome de éxito, la editorial le arrancó un compromiso al que él sólo tuvo que añadir unos cuantos ceros.

-Lo que quieras, lo que pidas- le rogó el director-Pero escribe otro libro para volver a firmar con nosotros en la Feria del Libro del año que viene.

-De acuerdo –musitó con voz débil antes de que se lo llevaran los camilleros- Siempre que me dejéis escribir lo que quiera y editarlo a mi gusto.

5

El fenómeno de la Feria del Libro del año siguiente, fue, naturalmente, Sergio Onday, convertido ahora en el Stieg Larsson español. Y para cumplir su compromiso, se presentó en la caseta de su editorial el día previsto, no sin penetrar varias veces una cola inacabable que se enroscaba en torno al perímetro de la feria como una gigantesca rueda de churros. Le esperaban ya miles, decenas de miles de lectores ávidos de su firma.

El libro especialmente editado para la ocasión era un misterio. Se había empezado a propalar la especie de que Onday iba a sorprender con algo excepcional, y eso había aumentado aún más la expectación. Intuitivo para darse cuenta de que su destreza de best seller debía adobarse con guiños dirigidos a la crítica más ilustrada, aprovechó el redescubrimiento de una escritora como Carmen Laforet y de su famosa novela Nada para inspirar el título de su nuevo libro. Este sería, efectivamente, Otra nada.

En la caseta, las columnas de libros que esperaban su firma se amontonaban dejando sólo el hueco preciso para que se sentaran el escritor, su fisioterapeuta y su agente editorial. Sergio Onday fue recibido entre salvas de aplausos. Saludó, se sentó, se arremangó su camisa, tomó  una pluma estilográfica y sin dejar de sonreir abrió el primer ejemplar de Otra nada que le presentaron y comenzó su ardua tarea. Para Natalia –escribió en la dedicatoria- a la que espero sorprender con este nuevo libro que le dedico con tanto cariño…

-Muchas gracias-dijo con lacónica cortesía mientras entregaba el libro a la primera afortunada de la cola.

Nadie de entre sus miles de fans allí congregados se había percatado de que los ejemplares de Otra nada que firmaba Sergio tenían una peculiaridad  característica de las ediciones antiguas. Estaban  impresos en cuadernillos sin abrir plegados en cuarto, como había sido capricho de su autor. Cuadernillos intonsos, como, con más propiedad, dicen los encuadernadores y como contaba él en aquella  su primera novela que no le quisieron publicar.

A pesar de ello, la gran mayoría de los compradores se retiraron encantados de su compra. El libro apenas les interesaba, pero estaban convencidos de que la firma de Onday era en sí mismo un documento de inmenso valor. Los pocos audaces que se aventuraron a abrir los cuadernillos con un abrecartas –esta vez afilado- tampoco se vieron defraudados. Aunque las páginas aparecían en blanco, sin una sola letra impresa, y  aparte del título y de la dedicatoria manuscrita  no había en ellas nada que leer, el libro respondía a lo prometido por su autor. Incapaz de fallar a los que le habían encumbrado, Sergio Onday acababa de añadir otra nada más a la historia de la literatura.

Cómo arreglar el mundo en tres horas

Aquella mañana Homper, después de haber dormido profundamente, despertó feliz. Nunca había sabido de sus poderes taumatúrgicos, pero resulta el sueño que acababa de tener demostraba justo lo contrario.

En la primera parte de la noche soñó que había curado la depresión que afligía al mundo. Los ratios económicos cambiaron de cara. España crecía al infinito por ciento. El PIB estaba por las nubes, la inflación y el déficit exterior prácticamente a cero, los precios de la vivienda y de la cesta de la compra se habían moderado y puesto al alcance de las familias modestas. El petróleo había bajado tanto que los coches -ahora equipados con un motor que en lugar de CO2 emitía un combinado de oxígeno del Mont Blanc con perfume de rosas- volvían a circular. Definitivamente, la industria del motor había recuperado el pulso.

Y no sólo eso. Esa parte del sueño arreglaba también la crisis del ladrillo y, por ende, la de la vivienda. Al llamado Pocero Bueno, que va por ahí prometiendo construir pisos y venderlos con un margen de beneficio de sólo un tres por ciento, le habían salido competidores. El Pocero Buenísimo rebajaría el margen de los suyos al dos, el Pocero Solidario se conformaría con el uno, el Pocero Ejemplar los ofrecía al precio de coste. Y el Pocero Santo mejoraba la oferta del anterior amueblando la casa gratis, y regalando una semana de vacaciones en Marina d´Or junto con una caja de yemas de Santa Teresa y un par de botellas de Quina Santa Catalina, para que no hubiera dudas de su santidad.

En el segundo tramo del sueño desaparecía las colas del INEM. Todo el mundo trabajaba en lo que le gustaba, y además sin tener que pedir aumento de sueldo, porque los empresarios, antes negreros y sacamantecas, eran ahora justos, y se anticipaban a retribuir a cada cual según sus méritos. Gracias a las gestiones de Homper, los banqueros irresponsables y codiciosos que se habían forrado con las subprimes habían devuelto sus ganancias. Y también los sindicatos, viendo que ya no tenían razón de ser, dejaron de enredar para dedicarse a sociedades recreativas o asistenciales. Los sindicatos no devolverían el pastón que se han llevado de los presupuestos públicos durante años, pero al menos no nos costarían más.

En el tercer del sueño, asistió a otro hecho histórico. El era diputado del Congreso, y tras una magistral defensa de su proyecto de ley, había conseguido lo que muchos españoles consideraban esencial para mejorar España. Es decir, la reforma de la Ley Electoral.. Señoríajs -decía el presidente José Bono- Queda aprobada aprobada por unanimidad la la Ley de Defensa contra lajs Minoríajs Chantajijstas. Algunos juristas de prestigio sugirieron que no era el nombre más adecuado para ese texto legal, para ya se sabe cómo es Bono.

Así, de una tacada y en una sola noche, Homper se quedó perplejo de sus fantásticos superpoderes. En algún momento llegó a dudar de ellos, pero se convenció de lo contrario recordando que Zapatero y los miembros del G-20 -a razón de siete minutos cada uno- querían arreglar el mundo en tres horas. Bastante menos, al cabo, de lo que había durado su sueño.

Por cierto, éste, además, le había salido gratis a contribuyente.

Parecidos y caricaturas

A todas las mujeres les gustaría parecerse a Ava Gardner. Y a todos los hombres ser calcos de Paul Newman. Se ciñe a  esos cánones el Duende  por ser los más expresivos para la gente de su generación. Además, guapa por guapa y guapo por guapo, uno cree muy superiores a Ava y a Paul que Angelica Jolie o Johny Dep, espejos de las chicas y chicos de ahora. Pero la idea está clara: todos queremos vernos más guapos de lo que en realidad somos.

Lo aprendió el Duende desde el primer momento en que su inventiva empezó a a anotar y revelar parecidos razonables de las gentes de su alrededor. Si el epígono citado era notablemente bello, la reacción siempre era favorable. Si era considerado feo o fea, cabreo al canto. La gente suele ceñirse al resultante general, sin tener en cuenta que un guapo puede parecerse a un feo y viceversa. Por ejemplo, el  Muñeco Diabólico podría ser la caricatura del presidente del Congreso José Bono, y eso no desdice de la apostura del ilustre prócer

 Estos ejercicios de trasposición de personalidades eran muy habituales en la casa del Duende. Un día su madre le identificó con Manolo Gómez Bur, un cómico que habitualmente salía mal parado en sus papeles. Lo asimiló perfectamente, porque era verdad. Sin embargo tiene un amigo cuyo rostro es la clara inspiración de Shrek y no se ha atrevido a decírselo. Cuando era niño, encantado de su conclusión, advirtió a una parienta suya  que su niño se parecía al Pinocho de Walt Disney y se llevó un soplamocos de la madre ofendida. Y eso que se refería al muñeco de Gepetto antes de que le creciera la nariz, por mentiroso. Pero ni por esas: su hijo no podía ser comparado con la criatura de un carpintero. Qué vanidad.

Pero esa es una de las ventajas del blog en agosto, que puedes irte de la lengua -o de la pluma- y olvidarte de las represalias, porque no se entararán  los aludidos. Por ejemplo, Soraya Sáenz de Santamaría es como esos pececitos/pececitas coquetas que aparecen en las películas de dibujos animados. Y es que la imaginería de los estudios ha dado mucho juego. Su compañera de partido Isabel Tocino tenía el mismo perfil que Flor, la graciosa mofeta de Bambi. Y a Pepín Blanco es fácil encontrarle alter ego en los múltiples roedores (castores, ardillas, ratones, etc) que proliferan en estas películas para niños.

Hay otros aún más evidentes: Obama y Hamilton, Carrillo y el chimpancé bailarín de El libro de la selva, Zapatero y Míster Bean. Pero en este último caso es más fácil distinguirlos, porque uno de los dos piensa más lo que dice.


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