1
Se lo decía Pepito Grillo, agazapado en el fondo del alma.
-Y la tesis de esta obra que es la fé…¿no sería más sencillita si hubiera menos personajes?
El pequeño Duende repasaba el reparto de su religión. Primer actor, Dios. Junto a El, los otros componentes de la Santísima Trinidad, o sea, el Hijo y el Espíritu Santo. Luego la Virgen, los ángeles, los santos. Entre estos, apóstoles y santos del montón. Y entre los ángeles, los arcángeles, los querubines, los serafines. (Aquí seguía la retahíla con otras criaturas celestiales que ya no recuerda). Ah, y los beatos, que también tenían su papelito.
Rondaban también por ahí las ánimas del purgatorio. Y los padres de la Iglesia Y en el orden de los afectos que uno debía priorizar con sensibilidad cuando rezaba, por no ofender a la jerarquía, el ángel de la guarda y los patronos. El o la que nos daba su nombre, la virgen o el santo de nuestro pueblo o de nuestro cole. Todos eran padres o madres nuestros, luces espirituales, guías de nuestras vidas, salvavidas de nuestras almas. Y probablemente a todos debería encomendarse antes de que, llegado el momento final, sus ojos se cerraran para siempre.
-¡Santo cielo!- le avisaba Pepito Grillo alarmado- ¿Te acordarás de todos?…¿Será tan largo el momento final como para que te de tiempo a cumplir con el elenco completo?
Menos mal que los diez mandamientos se cerraban en dos, y que con amar a Dios sobre todas las cosas y a Dios como a ti mismo parece que salvabas el expediente.
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La virgen que el Duende creía que le correspondía era la del Pilar, patrona del colegio donde se educó, que se distinguía a la legua por la columna sobre la que se apareció. Eso, y que además normalmente se modelaba en metal, le daba un aspecto de virgen fuerte, blindada y guerrera. Además salía mucho en Agustina de Aragón, una película obligada que echaban en el cole o el 12 de octubre o el día de la Inmaculada, patrona de la infantería. Primer lío: ya había que amar también a la Purísima, que era más etérea, y volaba sobre nubes mientras, como quien no quiere la cosa, pisaba la media luna del turco. No entendía tampoco el Duende que nos hubiera ayudado a ganar la batalla de Lepanto y que luego apadrinara a la fiel infantería. Otro lío es que había que amar mucho también a la Virgen de Fátima, que era la misma madre de Dios, pero vestida con manto claro y corona, y con un toque más humilde, porque se aparecía a pastorcitos portugueses que entonces aún vivían y podían dar testimonio de su fe.
-No vean lo sencilla que es- dirían Lucía, Jacinto y otro pastorcito cuyo nombre no recordamos ahora.
La Virgen de Fátima deslumbraba además porque su imagen era fosforecente. Apagabas la luz de la mesilla de noche y ella te seguía iluminando mientras conciliabas el sueño. Qué tranquilidad te daba eso. Podías estar pensando en Pepi, una chica del colegio de Loreto que te gustaba. Podías incluso desear que el sueño te reuniera con ella paseando de la mano por el Retiro, que con suerte no era más que pecado venial. Pero entretanto, luce que te luce, la Virgen de Fátima irradiaba la su mágico resplandor amarillo y verdoso que te reconfortaba el alma. No era la virgen titular del Duende, digamos, pero hay que reconocer que tenía mucho predicamento y despertaba devociones sin límite.
La cosa se le complicó al Duende porque cuando hizo la primera comunión sus padres le regalaron una medalla de oro. Y la medalla no era ni de la Virgen del Pilar ni de la de Fátima, sino de la Virgen del Perpetuo Socorro, que era como más bizantina, más exótica y de estampa más rica. Quizás el joyero también la vendía más barata. El caso es que mientras el Duende imberbe iba asimilando que madre no hay más que una, no paraba de descubrir que las niñas de entonces llevaban nombres de muchas madres de Dios. Pilar, Fátima, Inmaculada, Socorro, Reyes, Camino, Macarena, Almudena, Blanca, Regla, Covadonga, Montserrat, Mercedes, Amparo, Fuencisla, Dolores, Angustias, Milagros, Loreto…Cada una con su cuento, con su espacio, con su memorial de milagros, con sus específicas virtudes. San Blas te curaba la garganta, santa Lucía te protegía la vista, Santo Domingo de la Calzada hacía cantar a la gallina después de asada.
-Qué lío, Señor, qué lío –suspiraba el pequeño Duende en su empanada celestial- ¿No podías haber hecho tu reino un poco más sencillito?
3
Pero el día del Pilar era fiesta, y había misa solemne en el patio central del colegio. Y allí niños como Luis María Ansón, o Juan Luis Cebrián, o Javier Solana, o José María Aznar, o Alfredo Pérez Rubalcaba o el mismo Duende voceaban al final de la misa en honor de su patrona uno de esos himnos de la época, que si no era de Pemán, de Foxá o de Sánchez Mazas pudiera haberlo sido. Pues decía cosas tan enfáticas e imperiales como Españoles, hidalgos, valientes/ con la edad nos queremos mostrar/ y este voto ofrezcamos fervientes/ a María del santo Pilaar…/Él será nuestro apoyo constante/ en las lides diaria labor/ santo faro, fanal vigilante/ que nos guíe por sendas de honor…El Duende lo cantaba, como todos, a voz en cuello, y golpeando los finales en ente y ante, cosa que le cabreaba sobremanera al don Antonio Farrás, que era el padre superior. No sabía el pequeño pilarista lo que era un hidalgo, ni mucho menos que lo fuera él, ni tampoco lo que significaba ferviente, ni fanal, ni una lid de diaria labor, que manda castañas las servidumbres de las rimas, ni una senda de honor. Sólo sabía que era la fiesta de España, y que acabada la misa era día de vacaciones, que probablemente hubiera paella de comida en casa, y que era el santo de todas las Pilares y Pilarines, que por entonces abundaban en los parques y jardines.
-Pilarín, que vamos a jugar a la comba- se escuchaba en el Retiro.
¿Dónde se ocultan ahora las pilarines?
4
Cuesta creerlo en este verano africano que se quiere adueñar del otoño, pero el Duende jura y perjura que un día del Pilar de `principios de los sesenta del pasado siglo llovía en Madrid. Como todos los doce de octubre, cantó Españoles, hidalgos valientes. El no se sentía particularmente valiente, más bien al contrario. Pero probablemente estaba deslumbrado por el recuerdo de una Pilar que había descubierto ese verano. Era bastante mayor que él , rubia , vistosa y reidora, simpatiquísima. Adorable. El Duende insiste en que él no era nada hidalgo, pero sí que era aún era un chico bien educado, tímido, más parado que el caballo de un fotógrafo. Algo cursi: de otro siglo. Así que se acabó la misa y él se fue a una bombonería de la calle de Goya, y con sus ahorros compró una caja de lenguas de gato. Y se fue andando bajo la lluvia hasta la calle del Conde de Valle Suchil, donde vivía ella, y se presentó en su casa, y le ofreció su regalo romántico y goloso.
-Muchas felicidades. ¿No es tu santo hoy?
Ella se quedó pasmada. Un adolescente casi imberbe convertido en admirador de quien ya era una señorita, qué cosas pasaban entonces. Pero no fue, claro, Verano del 42. Aquella Pilar se casó con un ingeniero que era un tipo estupendo, tuvo tres hijas y murió muy joven por un cáncer traidor que arrebató prematuramente su impagable sonrisa. Hay muchas más pilares en la vida del Duende, entre otras dos primas hermanas que también murieron jóvenes. De todas ellas se acuerda cada vez que llega el día del Pilar.
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Entretanto, en la cabecera de su cama cuelga un grabado antiguo con la imagen de una virgen bien poco conocida, sencilla y adusta. Es la Virgen de Cubillo, de un pueblecito de Soria, que también tiene derecho a figurar en el devocionario con tantos méritos como la del Pilar. Todas, al cabo, no deben ser más que una. No sabe el Duende de qué le protege la de Cubillo, ni cuáles fueron sus milagros, pero la compró en el Rastro por cinco duros de hace años y le tiene mucho cariño.
Por lo demás, el orden de la jerarquía celestial le sigue pareciendo un lío de padre y muy señor mío. Igual que los sentimientos, que van de aquella llorada Pilar a otras devociones, según le peta a la veleta de la memoria y a los impulsos del corazón. Alma de duende, navegando pacíficamente entre la ignorancia y la duda.




Mira que el Duende ha sido crítico con su antiguo oficio de la publicidad y con tanto farfollas que conoció en él. Mira que echa pestes cuando el Espetec Tarradellas o los pañales para incontinentes que anuncia su admirada Concha Velasco interrumpen la película que tal vez protagonizó ella misma. Mira que es consciente de haber colaborado en la historia universal de la infamia perpetrando el villancico de las muñecas de Famosa…Pero lo cortés no quita lo valiente. ¿De verdad es tan perversa la publicidad?
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