
Señor Presidente del Congreso: que Dios le conserve la salud para domeñar a esas fieras que van a por usted...
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Creía el Duende de niño que los presidentes del Congreso, como los ministros de Fomento o de Instrucción Pública, debían lucir bigote y gruesas patillas, cuello duro y levita. Pensaba que sólo vivían en medallones o en fotografías de los libros de Historia, acaso modelados en piedra, el en rincón de un parque o al lado de una fuente. Pero lo mismo que ahora el Rey se accidenta como cualquier humano y tiene que salir a la calle disfrazado de vendedor de cupones de la ONCE, el presidente del Congreso actual parece un señor de lo más normal, aunque con abrigo bueno de piel de camello. Así se lo encontró por la calle la última vez, en los aledaños del Retiro. Es deSoria, aunque si se le mira bien tiene cara de primer ministro egipcio.
El Duende da fe de que fue joven. Fueron jóvenes los dos: Jesús Posada y él, aunque ninguno de los dos parezca que lo fueran, porque hay gente que abrochamos directamente la infancia con la madurez otoñal, y pasamos por la etapa de la rebeldía como el sol por el cristal. En su memoria se ve compartiendo con taxi con él una madrugada de la década de los 60, con alguien más, para abaratar el viaje. Regresaban de algún guateque en casa de algún amigo o amiga común. No es que fueran en taxi por haber libado en demasía, sino porque entonces casi nadie tenía coche. Hasta entonces no se conocían de nada, aunque tuvieran la sensación de conocerse de algo. Luego se lo reencontró en la radio, cuando Posada ya era presidente de Castilla y León o ministro aznariano y el Duende sólo un peón de brega en la cuadrilla de Gabilondo, en la de Julio César Iglesias, en la de Antonio Jiménez –el hombre que no conoce las canas- o en la de Olga Viza.
Tanto le falla la memoria al Duende que no sabe si quizás el superpadre de la patria fuera invitado alguna vez a la añorada Verbena de la Moncloa. Pero el caso es que aquel día de marras se cruzaron por la calle de Alfonso XII, se sonrieron, se detuvieron y se saludaron.
-No se si te acordarás de mí, Jesús- dijo el Duende presentándose con su nombre.
-Oh, sí, claro- respondió el político- Cómo no me voy a acordar.
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No hacía falta ser un lince para darse cuenta de que no tenía ni puñetera idea de quién era el ciudadano que le saludaba. Pero el hombre estuvo afable, soportó la historia del taxi, llegamos a la conclusión de que no podíamos haber coincidido en Soria, ni en Zurich, donde este menda no ha estado nunca, ni en el mismo pupitre del colegio, porque esas cosas no se olvidan nunca. Y el Duende recordó las veces que a él mismo le habían saludado oyentes de la radio adictos –ahora en RNE les llaman escuchantes, eufemismo que le resulta de insoportable cursilería- sin ser él capaz de fingir que les conocía como si fueran imprescindibles para su vida. Es la servidumbre de los que alguna vez se han subido a un estrado, o han hablado en público, o han salido en la tele, o han sido conocidos, famosuelos, chisgarabises de distinto nivel, personajillos. Tienen la necesidad de seguir cayendo bien, porque se deben al llamado respetable. Gulp.
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Luego el Duende, a solas consigo mismo, se preguntaba: ¿a cuántas personas llamamos conocidas, aunque no conozcamos de ellas más que su nombre, o a veces ni siquiera eso? ¿Obliga eso a saludarlas por la calle, a felicitarlas por Navidad? ¿Hay que alegrarse de sus éxitos y llorar sus fracasos? ¿Deberemos ir a su funeral si mueren antes que nosotros? Y se ponía la mano en el corazón para responder al siguiente dilema moral: qué preferirías, que te tocara la lotería…¿o que a este conocido que no lo es tanto le atropellara un repartidor de pizzas y le partiera una pierna?…El final lamentable de la truculenta hipótesis es que el actual Presidente del Congreso debía apoyar una de sus muletas en el pupitre de la Biblia, porque tenía que jurar su cargo con la pierna escayolada. Qué inconfesable miseria moral la del Duende.
Por cierto, casi mejor que no le haya pasado nada. Mejor que esté sano y con fuerzas para no permitir que los diputados de Amaiur, qué buenos amigos, le retuerzan esos honorable cataplines que nos representan a todos. Bastará con que el nuevo Presidente del Congreso aplique el reglamento. Por imperativo legal, valga la redundancia.







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