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Un conocido llamado Jesús Posada

Señor Presidente del Congreso: que Dios le conserve la salud para domeñar a esas fieras que van a por usted...

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Creía el Duende de niño que los presidentes del Congreso, como los ministros de Fomento o de Instrucción Pública, debían lucir bigote y gruesas patillas, cuello duro y levita. Pensaba que sólo vivían en medallones o en fotografías de los libros de Historia, acaso modelados en piedra, el en rincón de un parque o al lado de una fuente. Pero lo mismo que ahora el Rey se accidenta como cualquier humano y tiene que salir a la calle disfrazado de vendedor de cupones de la ONCE, el presidente del Congreso actual parece un señor de lo más normal, aunque con abrigo bueno de piel de camello. Así se lo encontró por la calle la última vez, en los aledaños del Retiro.  Es deSoria, aunque si se le mira bien tiene cara de primer ministro egipcio.

El Duende da fe de que fue joven. Fueron jóvenes los dos: Jesús Posada y él, aunque ninguno de los dos parezca que lo fueran, porque hay gente que abrochamos directamente la infancia con la madurez otoñal, y pasamos por la etapa de la rebeldía como el sol por el cristal. En su memoria se ve compartiendo con  taxi con él una madrugada de la década de los 60,  con alguien más, para abaratar el viaje. Regresaban de algún guateque en casa de algún amigo o amiga común. No es que fueran en taxi por haber libado en demasía, sino porque entonces casi nadie tenía coche. Hasta entonces  no se conocían de nada, aunque tuvieran la sensación de conocerse de algo. Luego se lo reencontró en la radio, cuando Posada ya era presidente de Castilla y León o ministro aznariano y el Duende sólo un peón de brega en la cuadrilla de Gabilondo, en la de Julio César Iglesias, en la de Antonio Jiménezel hombre  que no conoce las canas- o en la de Olga Viza.

Tanto le falla la memoria al Duende que no sabe si quizás el superpadre de la patria fuera invitado alguna vez  a la añorada Verbena de la Moncloa. Pero el caso es que aquel día de marras se cruzaron por la calle de Alfonso XII, se sonrieron, se detuvieron y se saludaron.

-No se si te acordarás de mí, Jesús- dijo el Duende presentándose con su nombre.

-Oh, sí, claro- respondió el político- Cómo no me voy a acordar.

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No hacía falta ser un lince para darse cuenta de que no tenía ni puñetera idea de quién era el ciudadano que le saludaba. Pero el hombre estuvo afable, soportó la historia del taxi, llegamos a la conclusión de que no podíamos haber coincidido en Soria, ni en Zurich, donde este menda no ha estado nunca, ni en el mismo pupitre del colegio, porque esas cosas no se olvidan nunca. Y el Duende recordó las veces que a él mismo le habían saludado oyentes de la radio adictos –ahora en RNE les llaman escuchantes, eufemismo que le resulta de insoportable cursilería- sin ser él capaz de fingir que les conocía como si fueran imprescindibles para su vida. Es la servidumbre de los que alguna vez se han subido a un estrado, o han hablado en público, o han salido en la tele, o han sido conocidos, famosuelos, chisgarabises de distinto nivel, personajillos. Tienen la necesidad de seguir cayendo bien, porque se deben al llamado respetable. Gulp.

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Luego el Duende, a solas consigo mismo, se preguntaba: ¿a cuántas personas llamamos conocidas, aunque no conozcamos de ellas más que su nombre, o a veces ni siquiera eso? ¿Obliga eso a  saludarlas por la calle, a felicitarlas por Navidad? ¿Hay que alegrarse de sus éxitos y llorar sus fracasos? ¿Deberemos ir a su funeral si mueren antes que nosotros? Y se ponía la mano en el corazón para responder al siguiente dilema moral: qué preferirías, que te tocara la lotería…¿o que a este conocido que no lo es tanto le atropellara un repartidor de pizzas y le partiera una pierna?…El final lamentable de la truculenta hipótesis es que el actual Presidente del Congreso debía apoyar una de sus muletas en el pupitre de la Biblia, porque tenía que jurar su cargo con la pierna escayolada. Qué inconfesable miseria moral la del Duende.

Por cierto, casi mejor que no le haya pasado nada. Mejor que esté sano y con fuerzas para no permitir que los diputados de Amaiur, qué buenos amigos, le retuerzan esos  honorable cataplines que nos representan a todos. Bastará con que el nuevo Presidente del Congreso aplique el reglamento. Por imperativo legal,  valga la redundancia.

Pellizcos de Zamora

Al Duende también le gustaría haber nacido en Zamora, y en una casa asomada al Duero...

Grande, bella, variada, siempre apasionante España. Zamora parece quedar a trasmano de muchas rutas. Pero cuando se la ve gran señora del Duero, tan discreta y tan hermosa en su adustez castellana, capaz de decirte ven, quédate,  pasea, estudia, piensa, escribe sobre mí, búscate una Urraquita amorosa –aunque seguramente ya no habrá zamoranas llamadas así- , pásale el brazo sobre sus hombros y acércala a ti mientras juntos veis correr el río desde las murallas recitando romances y evocando la historia, Zamora se desborda y te empapa el alma. Además  de otros muchos atractivos, Zamora tiene la mejor postal sobre río de España. A su paso por la vieja ciudad castellana, el Duero fluye tan ancho que casi alcanza la opulencia de un río francés.  Señor, por qué tardamos tanto en caer por Zamora.

Al Duende le hechizan las ciudades y pueblos donde nunca podría encontrarse a Belén Esteban, a Ernesto de Hannover o a los Albertos. Y eso que esta vez el Duende ya no vio por Zamora lo que tanto le impresionó la primera vez: curas con sotana paseando por las calles. Zaras, Mangos, Springfields, Häagen Dazs, están muy bien. No son lo de uno, pero animan, dan modernidad, crean puestos de trabajo. Pero que no nos quiten ese sello de identidad de la España eterna que es una ciudad con las calles empedradas, una vieja lencería donde aún reza Novedades en su rótulo de metal con letra inglesa, una vetusta fábrica de paraguas –cuando está claro que ya no llueve nunca- que además vende el Calendario Zaragozano y algún cura con sotana o monja con hábito engalanando el paisaje urbano. Santos, reyes y guerreros de leyenda, pero también el espíritu de Galdós,  de Delibes, de Buñuel y de Berlanga flotando en el aire. Es otro pálpito de la diferencia.

Caía el Duende por Zamora el finde –vamos a modernizanos algo- cuando llamó a su viejo amigo Julio César Iglesias, hijo predilecto de la ciudad. Julio dice que de niño aún buscaba por el Portillo de la Traición el venablo con el que Bellido Dolfos mató al rey don Sancho. La leyenda sugiere que, además de traidor, el tal Dolfos, hijo de Dolfos Bellido, fue inoportuno, pues sorprendió al rey en un momento especialmente delicado, y agachado por añadidura. Julio César dice que su padre mantenía que en las paredes de la iglesia de Santiago del Burgo había una inscripción que decía: Malditos los zamoranos/  nacidos y por nacer/ que mataron al Rey Sancho/ haciendo su menester. Lo quiso comprobar el Duende, pero la susodicha iglesia estaba cerrada, e introducidos los versos romanceados en el buscador de Google, éste no los halló. Julio inventa la historia con mucha gracia, pues hay que reconocer que, una vez más, si non é vero e ben trobato.

El menester del Duende cuando viaja es otro.  Toma las medidas al lugar corriendo. Un chándal, calzado deportivo y a huronear por donde los guías turísticos no llegan a asomar. Esta vez, mañana luminosa y clara después de una noche de cuatro gotas, cosió la muralla de Zamora, saliendo y entrando por diversos portillos hasta dar junto al río, extramuros, con la iglesia de San Claudio de Olivares, y ciento y picos de metros más allá, con el templo de Santiago de los Caballeros o Santiago el Viejo, donde la tradición dice que armaron caballero al Cid. Es tan diminuto que mal cabría la Tizona. No para el Duende en estos monumentos románicos para acumular datos históricos o arquitectónicos que pronto ya borrará su frágil memoria. Sino por recordar lo poco que es uno para la historia, por tratar de comprender nuestras raíces, por darle otra vuelta a eso que llaman fe y por  ese pellizco de emoción que deja en el alma el pasmo del tiempo detenido y la música del silencio.

Fuera, flanqueado por chopos y fresnos que amarillean de otoño, seguía pasando mansamente el Duero. Cuántos lugares hay en España para perderse. Casi tantos como para quedarse en ellos.

Una dama entre hoyancos

Poyales del Hoyo

Poyales del Hoyo

(Foto de Joyanco)

Soledad es una distinguida dama malagueña de ojos azules y porte de heroína de cuento de Chejov. Buscaba su refugio en el campo. Soledad se crió en la vega de Antequera, pero ha ido a dar por lo que al sur de Avila llaman las vegas del Hoyo. El Hoyo es la forma coloquial con la que los paisanos hablan de Poyales del Hoyo, un pueblín tranquilo y guapo aún no masacrado por los desmanes urbanísticos, que queda entre Arenas de San Pedro y Candeleda. Poyales se queja desde tiempo inmemorial de ser un pueblo sin término municipal. Toda la tierra que se extiende a sus haldas se reparte entre Arenas, cabeza de partido, y Candelada. A cambio, sale en algunos escritos de Pío Baroja, que en su novela La dama errante describe minuciosamente un viaje en caballerías por lo que hoy es el trazado de la comarcal Alcorcón-Plasencia. El impío don Pío, como le llamaban los observadores del antiguo Indice de los libros prohibidos, mencionaba las alcantarillas a cielo abierto de Poyales que, como en tantos pueblos con arroyos serranos, corrían por entonces sin el menor complejo contaminante. No se preguntaba en cambio el gentilicio de los lugareños. ¿Poyalenses? ¿Poyaleros? ¿Hoyeros?

-Hoyancos-aclara Soledad al Duende.

Velay, para esto sirve un blog. No te acostarás sin saber una cosa más, que decían las abuelas. Y hasta ayer no sabía el Duende que los nacidos en Poyales del Hoyo eran hoyancos. El patronímico debe pronunciarse con hache aspirada, como se habla en esta tierra, que modela una especie de extremeño-toledano peculiar. Algo así como un castellano levemente glaseado de sonidos lejanamente andaluces. Se escribirá hoyancos, pero se pronuncia joyancos. Lo cual al Duende le remite al pueblo de Julio César Iglesias, zamorano de Fermoselle, quien públicamente confesó en antena que a sus paisanos les llamaban foyacos o follacos, que malsuenan igual. Hay que ver lo que mandan determinados instintos, con lo fermoso que podría resultar el gentilicio de Julio.

Soledad es lectora de este blog, y en la conversación terminológica se le filtra la curiosidad por la aparición de Homper, del que sospecha que es un trasunto del Duende. Le cuenta éste que está entre el uno, su circunstancia y la teoría de las matriuskas literarias: el que escribe va sacando de sí criaturas que, por no dar pistas, alumbran otros hijos que, a su vez, prolongan la descendencia con la esperanza de camuflarse del todo. Homper es, sobre todo, el hombre perplejo. Y ya que va el día de gentilicios, su pregunta es cómo se llamarán los de Jódar, los de La Mamola, los de Guarromán, los de Cabezón de la Sal y los de una aldea asturiana por la que pasó este verano que se llama Las Puercas.

En todo caso el topónimo no condiciona el carácter. Nadie podría imaginar si no que el alma sensible del gran Federico García Lorca también bebió de un pueblo que se llamaba Asquerosa, donde su familia poseía tierras y él pasó muchas temporadas. Hoy Asquerosa se llama Villarrubia o Valderrubia, pero por los pueblos que han cambiado de nombre ya se preguntará otro día nuestro gestor de perplejidades. Y si es alrededor de un café con porras recién hechas, como en la mañana de ayer con Soledad, mejor. Lo recomienda el adagio latino: primum vivere, deinde filosofare.

Sin Calvo-Sotelo, menos Duende

Todos los que han seguido al Duende desde su paso por la SER saben los motivos por los que le debía estar tan agradecido a Leopoldo Calvo-Sotelo (así, con guión, que no se sabe por qué se tiende a suprimir ahora en los apellidos compuestos). El caso es que aquel presidente de gobierno que después de la labia de Felipe González y el gracejo malvado de Alfonso Guerra, tan fácilmente imitables, aparecía como la dignidad marmórea inasequible a la caricatura, propició algunos de los chispazos más hilarantes de la larga colaboración entre Javier Capitán y el Duende. Primero haciendo un dúo de expresidentes con Adolfo Suárez, luego con un pintoresco representante que promocionaba al aparentemente severo Calvo-Sotelo como humorista. Qué buenos ratos pasamos con el Poldo Mix.

Está muy feo echarle de menos sólo por la punta que le sacamos en la radio. Sin embargo lo bueno de la caricatura es que te obliga a fijarte en el personaje y garrarte a sus flecos amables. Dejando a un lado sus rasgos más fácilmente parodiables, uno estudia su biografía y los breves contactos que tuvo con él no puede evitar el respeto y hasta el afecto. El Duende le escribió dos o tres ocasiones. Siempre respondía con un tarjetón escrito a mano, y con detalles que individualizaban el mensaje. Es decir, que se tomaba la molestia de recordar a quién se estaba dirigiendo para no hablar con simple cortesía formularia.

En una de mis misivas le pedía disculpas por un exceso que no se si fue de los imitadores o de Julio César Iglesias, tan amigo de poner en riesgo el temple de su entrevistado con una humorada no siempre oportuna. Acababa de salir Leopoldo bis en una de las viñetas matinales que hacíamos hace unos años. Y a continuación había preparada una entrevista con Calvo-Sotelo, el de verdad. Evidentemente, éste había escuchado la parodia y, ni corto ni perezoso, Julio, para abrir boca, le preguntó qué le parecía. Como toda caricatura -contestó el ex presidente con su sorna habitual- evidentemente exageradaPero si tiene usted tan buena imitación, no se para qué quiere el original. No fue nuestro mejor día en la radio. Pese a la buena educación y a la tolerancia para la ironía de don Leopoldo, el hielo se cortaba. Julio, como su tocayo Aparicio, tuvo que hacer faena de aliño.

Pero el almario del Duende es a veces muy escrupuloso. Y, no pudiendo acallar su mala conciencia le escribió disculpándose por el rato incómodo que le habían hecho pasar. Utilizó para ello una frase un poco afectada, algo así como me encocora que a usted le pueda haber sentado mal la imitación. A lo que él contestó: me encocora que te encocore, y que no encocore a quien debería encocorar.

Hoy el Duende siente muy suyas las famosas palabras de John Donne: nadie es una isla, lo que le pasa a otro también te afecta a ti, la muerte de todo hombre te disminuye. Don Leopoldo, tan maltratado en su día por la suerte política y por un pueblo que no repara en los matices, se va quizás sin el afecto que España le debía. Y se lleva una de las cuerdas del violín que más le gustaba tocar a uno. Lo que decía el poeta, que al final las campanas acaban doblando por todos, y que al mosaico de las ilusiones radiofónicas del Duende se le van cayendo teselas irreemplazables.

Adios a María Antonia Valls

 Algunos han, hemos, dejado RNE. Pero una de las voces que durante años nos acompañaron -con Carlos Herrera, con Antonio Jiménez, con Nieves Herrero, con Julio César Iglesias- lo ha hecho para siempre. Hoy tiene que llorar el Duende su muerte, y puede que algunos de los que empezaron con el Duende a partir de la radio la recuerden de inmediato, pues tenía un timbre inconfundible.

Estoy hablando de María Antonia Valls, una periodista inquieta y cercana, capaz de mezclarse con la calle y de interpretar con gracia y ternura el sentir de la mayoría. Fue novelista y reportera en distintos medios y, durante años, colaboradora en varias tertulias de la radio pública, siempre curiosa y con originales acotaciones que ponían un punto de ingenuidad a veces chocante entre tanta ironía guadaña como a menudo brilla en estos foros. Generalista amable y con mucho tino para el costumbrismo, igual hablaba de cine, teatro arte como de ópera o literatura, y siempre desmenuzando la crítica en obleas bienhumoradas fácilmente asimilables por los oyentes.

 Pero además de buena periodista era una mujer de carácter abierto y sencillo, y una excelente amiga. No sabría decir el Duende si tanto de él como de doña María y del padre Bonete, a quienes de verdad profesaba un gran cariño. Y eso se nota: ella hablaba para que se lucieran. Quizás no todos supimos devolverle el mismo trato.

Y siempre le quedará al Duende y a su carro de títeres un poso de amargura en esta despedida prematura. Pues por mala salud, o cambios necesarios en los programas, o por disparidad de criterios con los jefes,  o por fas o por nefas, María Antonia perdió sitio en la que fuera nuestra radio, y la dejó antes de que el ERE y el fin de una era -perdónese el juego de palabras- nos pusiera a los demás en la misma condición. Digamos que la suerte no fue después  demasiado gentil con ella. Dejó Madrid para vivir su última etapa en su Alicante natal, donde poco a poco fue languideciendo. Finalmente el mundo hostil pudo con ella. Qué pena que el Duende forme parte de ese mundo. Él sabe que esas campanas que doblan por nuestra amiga Maria Antonia también  lo hacen por todos nosotros.  

Otro beguin the beguine

OndaMadrid En la casa donde se crió el Duende había un viejo arcón de madera labrada de color negro. Era un mueble de un estilo que he visto en caseríos vascos o navarros, grandote y severo, pero muy útil. Servía para guardar vestidos y cortinas que iba quedando en desuso, pero que merecía la pena conservar. Allí, entre otras prendas y bolas de naftalina, descansaban esperando mejor oportunidad el abrigo del abuelo al que aún no se le había dado la vuelta, aquella estola de astrakán que tanto les gustaba a las hermanas para disfrazarse de Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses y el smoking de cuando el padre no había desarrollado la curva de la felicidad.

Entonces los mi edad medían su importancia y su felicidad en agujeros del cinturón, que además se abrochaba muy por encima de donde se entalla ahora. La barriga era un signo de distinción de gerifaltes, de ministros, de capitalistas de pro y de generales con mando en plaza. Destinos que, salvo raras excepciones, ya no copan mis contemporáneos, sino gente mucho más joven y en general menos gruesa. El padre del Duende sólo fue un modesto funcionario, pero en sus mejores años no desdecía de la orondez de los opulentos. Superados los setenta años era sin embargo un hombre de peso normal. La barriga le había dicho adiós, no así la lucidez ni el criterio. Llegó a la jubilación por cumplir la edad reglamentaria, y se dedicó a disfrutar de ella, pero no le mandaron al arcón de la naftalina donde ahora dormía el disfraz del Duende.

A éste le ofrecieron un micrófono en Onda Madrid, la radio de la Comunidad de Madrid y ha aceptado encantado el reto. Ninguna imposición, ninguna indicación, salvo que siga intentando las travesuras que, con Iñaki Gabilondo, con Julio César Iglesias, con Olga Viza, con Carlos Herrera, con Antonio Jiménez y, por supuesto, con Javier Capitán, le hicieron reconocible en el dial. Tú vienes de lunes a viernes al programa de Curro Castillo y cuentas lo que te da la gana, le dijeron. Y allí estará hasta que el destino disponga otra cosa.

Pueden escucharle en el 101. 5 y en el 106 de FM en la Comunidad de Madrid, pero me dicen que se recibe también en buena parte de Castilla la Mancha y Castilla y León. A través de internet, como es natural, llega a cualquier parte del mundo. Basta entrar en esta web y pinchar en “escuchar en directo”.

No hubiera comunicado la noticia si no fuera porque desde que se estrenó este blog han sido insistentes las muestras de interés de muchos de sus lectores por una posible vuelta a la radio. Y hubiera sido una descortesía no responderles. Aún siendo locuaz, nunca fue el Duende partidario de dar cuartos de más al pregonero. Su madre se quejaba: hijo, me ha dicho la farmacéutica que hablas por la radio…El Duende callaba porque pensaba que ella lo que de verdad esperaba de él era que se convirtiera en hombre de provecho. Las cosas de la época.

Ahora lo cuenta porque, como en la película de Garci que logró el primer Oscar para España -alguna culpa tendría Cole Porter- se trata de beguin the beguine. Volver a empezar, qué nervios, y yo con estos pelos…Confiemos en que las neuronas cerebrales no se le hayan acorchado. Lo del olor a naftalina de su disfraz de Duende, se irá en tres paseos por la Casa de Campo.

El Duende ya no es el Duende

El Duende de la Radio

El Duende ya no es el Duende / que es igual que un orfeón / donde cantan otras voces / y van haciendo opinión (Curro Meloso)

Uno de los cada día más numerosos adictos a este blog recordaba ayer a un personaje, que nació de la mano de Julio César Iglesias en nuestra última temporada de RNE. Como su propio nombre indica, Curro Meloso era un rapsoda facilón y empalagoso que, sobre los acordes de guitarra de Agapito Bastardillo, improvisaba trovos almibarados. En estos menesteres Julio era un Robiño de las ondas. Se hablaba, un suponer, de la cosecha del azafrán con un experto, y sin encomendarse a Dios ni al diablo hacía un regate en corto, miraba a la chistera del Duende y requería a la musa de Curro. El trovero entonces improvisaba un ripio deleznable, pero lo decía con tal hondura y sentimiento que, traicionado por la emoción, siempre acababa llorando: Las mocitas de mi pueblo/ unas vienen y otras van/buscando novio, o al campo/ por cosechar azafrán…Así escrito parece una chorrada, pero en vivo y en directo lo era aún más. La vida del Duende en la radio fue eso, un rosario de chorradas resultonas.

Pero hoy Curro Meloso cantaba pasmado el prodigioso desarrollo de este blog. Empezó siendo un diálogo consigo mismo y ahora es un foro de reflexiones, anécdotas y opiniones que entretienen e ilustran. El Duende sólo da las pinceladas iniciales. El resto del cuadro lo pintan a diario una serie de amigos y amigas a los que no les ve la cara, pero se les adivina algo del alma. Rebosan criterio, sensibilidad, ternura y, a menudo, un más que saludable sentido del humor. El orfeón al completo, claro, suena mucho mejor que la sola voz del Duende.

Todo esto acaba en un aviso a los suscriptores que siguen al duende desde el email. Si está usted entre ellos, no se limite a leer sólo la entrada que recibe en su correo electrónico. Conecte con http://elduendedelaradio.com/ -ya debería tener esta dirección entre los favoritos de su navegador- y sáquele todo el jugo al blog. Cualquier comentario de un nuevo parroquiano será bienvenido.

Por cierto, ya que hablamos de avisos, de orfeón y de la parroquia, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, recordaré que el domingo 28 la Orquesta y Coro de san Jerónimo el Real, canta a la seis de la tarde la misa en Si bemol mayor D 324 de Schubert y tres piezas sacras de Mozart, Bach y Gounod. Para más detalles, pinchen el enlace adjunto. Que no sólo de blog vive el hombre…

 

El Duende, marcado

Marca logo

No le va a restar atención a este blog, pero siguiendo los pasos de Julio César Iglesias el Duende va a colaborar en MARCA. Es un orgullo y una satisfacción, como se suele decir en estos casos. No sabe qué es una chicane, ni quién encabeza el gran slam, ni quién juega en los Raptors de Chicago. Sólo conoce algo de fútbol, y es a través del Atleti, ahora que este deporte y mi equipo parecen no ser del todo incompatibles… Aún así parece que su firma encaja junto a otras que, como Javier Martínez Reverte, Chencho Arias, o Jiménez Arnáu, buscan dar otro aire al veterano periódico. Se trata de un artículo libre con el deporte al fondo, lo cual le da al Duende mucho margen para tratar de casi todo. Con deportividad, eso sí.

Desde que en 1958 fundaran el periódico mural en Arenas de san Pedro, apenas había sido requerido el Duende por las redacciones. Un desperdicio. Y eso que aquello era periodismo total: entre Juanito Serrada, hoy día abogado del estado y abuelo de varios nietos, y el Duende escribían todas las secciones. A mano, naturalmente. Luego las clavaban con chincheta en un tablex, y éste en el tronco de en un enorme plátano, en cuya corteza se dibujaban varios corazones flechados con las iniciales de las niñas que nos gustaban . Alrededor, se extendían grandes pinares. Un gigantesco coro de chicharras cantaba infatigable en las horas de calor. Eran nuestra claque. Pasábamos las vacaciones entre una alberca llena con agua de pozo y aquel inmenso plátano que sirvió de atril a nuestro periodismo alevín. Escribíamos algo parecido a un tebeo. Las chicas se acercaban al mural, lo leían y luego trepaban por las ramas, donde nosotros las cortejábamos. Aquello tenía más vida que el árbol donde Italo Calvino colocó a su barón rampante Nacieron allí algunos de esos tiernos noviazgos que morían en septiembre.

Desde entonces el Duende no ha tenido sección propia en ningún periódico. Y le hace ilusión, porque el deporte sólo hará de pretexto para seguir siendo un Puck, y hacerle guiños y cucamonas al lector. Escribirá los jueves, siempre que la información de la Champions no necesite su espacio. Pase la bola. Otros como Cappa, Valdano o Clemente saben mucho más del tema, pero no sólo de fútbol vive el hombre. Hay que buscarle sus cosquillas, y demostrar que nada, ni el sacrosanto deporte rey, empeora cuando se ve a través del prisma del humor.


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