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Niñas, pero no tontas

Pobres criaturas, tener que caerse del precioso guindo de la inocencia tan pronto.

Nosotros tuvimos que esperar a ser jóvenes, a leer La Guerra Civil en España de Hugh Thomas y El laberinto español de Gerald Brenan, a conocer historias como las de Dionisio Ridruejo, o el padre Llanos, a mayo del 68, a la primavera de Praga, a la Revolución de los Claveles.

Quizás no lo pasáramos bien, pero lo entendimos. Entendimos que el mundo no era exactamente como nos lo habían contado. Comprendimos que hay una historia y una historia interesada, y que toda la historia era interesada. Tampoco le gustó al Duende la muerte del ratoncito Pérez, y que los Reyes Magos  fueran los padres. Y que los heroicos Tercios de Flandes y los no menos aguerridos conquistadores de América fueran, al cabo, menos buenos de lo que nos los pintaban los libros escolares.

No tuvieron que avisarnos de casi nada.

-Mira niño, no te asomes al balcón y te eches a volar, que lo de Supermán no sale bien nunca y te puedes estrellar.

Y tampoco nos advirtieron nunca de que las estrellas del cielo no eran en realidad las almas de los fieles difuntos reconvertidas en luceros. Eso es lo que le contaba su abuela a Pilarín e Isabel, dos gemelas con las que jugaba el Duende de niño. Poco a poco uno interpretaba que a los niños nos explicaban la vida en bonito. Y que lo bonito era, a menudo, eso que luego, en el  Ripalda, llamaban “mentira piadosa”.

Ahora  a las nietas del Duende, que a pesar de haber nacido en la España igualitaria de ZP y de Bibiana Aído, qué le vamos a hacer,  sólo sueñan  ser princesas, les quieren quitar sus cuentos de referencia.

-Nada de Cenicienta, ni de Blancanieves, ni de la Bella Durmiente, niña, que eso está  muy feo.

Pobres niñas, equivocadas por la tradición y  tan bien tuteladas por sus rigurosas educadoras. No es que les quieran cambiar sus ilusiones, sino que parece que les toman por tontas.

Amas de casa diplomadas

Doña María seguirá currando lo mismo. Pero ahora con la satisfacción de ser Diplomada...

Doña María seguirá currando lo mismo. Pero ahora con la satisfacción de ser Diplomada...

Para Doña María, un político competente era como un buen vendedor de medias de cristal.

De cristal, que es como se decía cuando ella era una muchachita y las medias transparentes eran aún artículo de lujo. En realidad eran de fibra artificial, que entonces aún se decía nylon. Pero mostraban el blanco de la pantorrilla, y con aquella denominación sugerían más fascinación, más glamour. Si la Cenicienta bailaba en palacio con zapatos de cristal, Doña María aspiraba a ser la princesa del Bloque los Arándanos engalanando sus piernas con medias de cristal. Como las de Marlene  Dietrich, que lucía tan buena figura. Nadie le parecía más seductor  que el dependiente de la mercería donde compraba la marquesa para la que ella trabajó cuando dejó el pueblo y se plantó en Madrid. Aquel hombre que, por cierto, se parecía a Sarkozy, abría la caja plana de cartón, levantaba el papel seda que las cubría y tomaba en sus manos aquellas calzas delicadas y brillantes, como un cendal de oro, para mostrárselas a la clienta.

-Se las pone usted, señora, -decía el dependiente – y queda como una artista de cine.

Doña María mantiene que SuárezFelipe, Sarkozy y Zapatero nacieron vendedores de ilusiones, o sea, de  medias de cristal. Y que Aznar en cambio tenía maneras de vendedor de gruesas medias de lana o, peor aún, de zuecos. Es la diferencia entre la labia con glasé y el estilo de lija del nueve  del profesor de Georgetown. Así y todo, aún le quedaba algo al soñador imbatible que es ZP para demostrar el talante que dice llevar dentro. Le faltaba mirar por el ama de casa y mimarla como se merece.

-O sea, que nos reconozca y nos de la importancia que tenemos -reivindicaba ella- O sea, sueldo, seguridad social y categoría.¡Ah!, y un bonomedia por tres pares de medias de cristal al año para que la imagen del ama de casa no salga perjudicada con tantas carreras como se nos hacen.

Sueldo, seguro, reconocimiento, carreras. Qué líos nos hacemos cuando el estado del bienestar no se atreve a decir no a casi nadie. Menos mal que la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega -una mujer tenía que ser- ha venido a poner los puntos sobre las íes prometiendo que las amas de casa podrán diplomarse y, en su caso, trabajar como expertas en dependencia. Según sus palabras, será otra manera de crear puestos de trabajo.

Y doña María está encantada: ya no será gladiadora del hogar, sino titulada. Y con uno de esos diplomas con tinta de oro, letra de pendolista- y quién sabe si hasta la firma de la ministra correspondiente- para enmarcarlo y colgarlo en el comedor.

-¿Y mi sueldo?…¿Y mi seguridas social? -pregunta nuestra entrañable Ingeniera Técnica del Hogar, como seguramente será a partir de ahora.

Los optimistas pronostican machadianamente que se hará camino al andar. Entretanto la vice tranquiliza al colectivo de doñasmarías recordando que tienen su puesto de trabajo asegurado. El actual, claro. Lo que, tal y como están las cosas, no deja de ser otra buena noticia.

Como niña con zapatos nuevos

Ayer domingo el Duende se propuso esquivar el desánimo de la crisis y aprovechar el otoño. Esta época del año tiene sus partidarios y adversarios. Hay algunos a los que les pesan los días cortos y la hoja amarillenta y caduca. Para otros en cambio, el ambiente húmedo y suave es como un ungüento mágico que lima las asperezas de la vida. Eso se nota muy especialmente cuando se deja el asfalto y se pisa la tierra, que a estas alturas de la estación se pone amorosa y delicada. Qué delicia pisarla y sentir que sólo el crujir de Les feuilles mortes – maravillosa canción, por cierto- rasga el muelle silencio del parque en otoño.

Por  esa joya  verde urbana que es el Retiro madrileño paseaba ayer domingo el Duende con Marina. Marina, de profesión nieta mimada, tiene tres años largos, y  está emocionada porque acaba de descubrir el termometro, que es como su lengua de trapo llama al metro. Tomar el termometro, bajarse en la estación de Retiro, comprarse unos ganchitos, mecerse en el columpio, dar de comer a los peces y los patos del estanque y ver los títeres es un planazo. Aunque hasta ahí, no demasiado original. Marina, que es tan suya como alguna de sus antecesores, había estrenado la tarde anterior, para una fiesta, unos zapatos blancos. Todas las niñas han estrenado alguna vez zapatos, pero los de Marina, cosa insólita, eran del estilo de los locos años veinte. Como los que llevaba Mía Farrow en El gran Gatsby, con su tacón alto y todo. Dicen que durmió con ellos puestos. Y, desde luego, por muy de paseo que fuera la mañana ella no estaba dispuesta a dejárselos en casa.

Lo cual  propició que el Duende, además de la nieta, tuviera que cargar una mochilita -rosa y de Hellow Kitty, para más inri- donde llevaba los zapatos ordinarios. Zapatos que le puso una vez que la niña se dio cuenta de que, como cantaría Nancy Sinatra, los nuevos are not for walking. Al cabo de un rato la operación fue a la inversa: la niña se casó de ser vulgar y quiso volver a presumir. En los parques ahora se ven cosas muy raras, pero no deja de ser curiosa la estampa de una niñita rubia sentada  en un banco mientras a sus pies un señor con el pelo blanco, como si fuera un heraldo del príncipe de La Cenicienta, le quita y le pone zapatos de princesa. No recordaba el Duende nada parecido de su abuelo, pero aquellos eran otros tiempos: ni traumas infantiles, ni complejo de culpabilidad del adulto, ni  Summerhill, ni derechos del niño ni pamplinas. Los niños entonces, cero a la izquierda y aguantoformo.

Por lo demás, disfrutó con los títeres como el que más. No exactamente mirando al Gato con botas y al Marqués de Carabás -algunos héroes infantiles no pasan de moda- sino, apostado tras el tinglado del titiritero, viendo las caras emocionadas de Marina y compañía. Como apostilla a menudo doña María, la felicidad va siempre en pequeñas diócesis.

Al regreso, abuelo y nieta se cruzaron con una columna de Hare Krishna.

-¿Y esos qué son?-preguntó la criatura aún más sorprendida que con los títeres.

A ver cómo le explicaba que, aún sin zapatos nuevos, hay otras formas de hacer el camino de la felicidad.


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