1 La dichosa maleta
Cree este viajero que se morirá sin haber sabido hacer una maleta. Y añora el día en el que sepa elegir y colocar en ella lo justo, lo necesario, ni más ni menos. Cuántas veces le acaban sobrando a uno camisas o jerseys, cuántas más echa en falta otras cosas elementales. Ay, el cortaúñas, por ejemplo. Ay, el adaptador de los enchufes: estos malditos hijos de la pérfida Albión, siempre tan originales, tan snobs, tan ternes en sus diferencias. Recuérdelo: esta gente que antes era rubia y que, a medida que avanza la globalización, se va tostando con el moreno de otras razas, sigue manteniendo orgullosa su “espléndido aislamiento” en muchas tonterías que te pueden hacer la vida más incómoda. Así que ponga siempre en su equipaje un adaptador de tres clavijas si quiere enchufar su secador o, como es el caso, su ordenador.
No había caído en ello. Ni seguramente en otras necesidades. Lo cual que, teniendo todo un domingo por delante antes de emprender viaje, empezó a hacer la maleta a las nueve de la mañana y la dejó abierta sobre la cama contemplándole por si levantaba una voz razonable y le decía lo que es menester para una excursión por Escocia de diez días, boda incluida. Santo Dios, qué dudas, qué tortura. No sabe uno qué poner y, cuando cree saberlo, no encuentra el lugar donde lo guardaba. Cuánto desearía uno ser en estos casos una mente sencilla, capaz de clasificarlo todo y colocarlo en sus cajones o estanterías, capaz de ordenar sus tupperware y sus latas de tomate frito en el armario de su cocina. Capaz de que una maleta ajuste sólo lo necesario con la precisión de un puzzle.
Pero la maleta permaneció abierta casi veintidós horas. Y durante todas ellas fue un testigo incómodo que le recordaba a uno lo largo y tortuoso que es, en todos los órdenes de la vida, el camino de la perfección.
2 El vuelo en una “low cost”
Los abuelos creían que siempre se pierde el tren si no te presentas un par de horas antes en la estación. El viajero pensaba que eso era cosa de los abuelos de antaño, pero uno es abuelo ogaño y sigue manteniendo la misma obsesión. Había cambiado el tren por el avión, y por convencerse de que el madrugar no era cosa de viejos, sino de precavidos, tuvo muy presente la mala fama que rodea a las compañías aéreas llamadas de bajo coste: como son tan baratas, te cobran por todo lo que no es estrictamente el billete. Y como no hay reserva de asiento, tienes que despabilar si no deseas viajar como si fueras un hamster.
El viajero esta vez estaba literalmente aterrado: si IBERIA, que es una compañía tan estupenda, y no barata, optimiza sus costes reduciendo la dignidad humana al hueco que merece una gallina ponedora, qué no haría EASY JET.
No sabe el viajero cómo se comportará otros días. Y la verdad es que, como abuelo en ejercicio, se lo tomó con mucho adelanto y toda clase de precauciones: midió su equipaje de mano, pesó el que iba a facturar, imprimió antes de salir de casa la tarjeta de embarque, se presentó en el aeropuerto con casi dos horas de antelación…
Pero la vida te da sorpresas. Y no todas desagradables. El avión de EASY JET –no importa qué modelo, en el que jamás se fija este viajero: volaba, que es lo único que le importa- era más espacioso que cualquiera de IBERIA. Cabían las piernas en el hueco del asiento sin tener que practicar el contorsionismo. Este inocente, que raramente consigue un buen asiento cuando se lo adjudican, encontró por sí solo uno libre en la salida de emergencia precisamente en la compañía que no los reserva. Más espacio para sus piernas, qué suerte.
Item mas: el avión despegó y aterrizó en la hora anunciada: ¿no es maravilloso? Cierto que a bordo te cobraban un refresco como si fuera un trasplante de riñón, como por otra parte ya es habitual en toda compañía aérea que se precie. Pero en punto a buenos modos y simpatía del personal de vuelo, matrícula de honor. Pregunta obligada del viajero ignorante: ¿por qué tienen tan mala fama las compañías de bajo coste?


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