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De la utopía al posibilismo

...Y cuando curó la "utopitis" que le aquejaba, se convirtió en un posibilista como cualquier otro gobernante

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Qué fatalidad. Decían los observadores que el presidente mejoraba de la utopitis crónica que le aquejaba desde su llegada a la Moncloa. En vez de concebir  una España imposible, era ya tan posibilista que hasta consideraba que no toda la energía nuclear significaba  Hiroshima y Nagasaki.

Y en éstas se enfadó la tierra, desató un terremoto y un tsunami sobrecogedor en Japón y reventó la  central nuclear de Fukushima. El mundo lloró –un poquito- por las más de diez mil víctimas. No lloró más  porque el fantasma de Chernobil aventaba el miedo, y medio mundo tenía elecciones a la vista y una viña que guardar.

-España no es Japón –escribió en su informe el Director General de Argumentarios del gobierno de España.

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Últimamente nada era lo que parecía. Japón no era España. Grecia no era España. Irlanda no era España. Portugal no era España. Ni Libia era Irak. Y el faisán tampoco la cándida paloma de la paz que pretendían.

Pero en el debate nuclear, las cosas cambiaban. Donde antes se cerraba una central, ahora la necesidad obligaba a hacer la vista gorda sobre las demás.

-Digamos digo donde antes decíamos Diego –subrayó el el Director General de Argumentarios- Desde que la gente probó el agua caliente, la calefacción y  el coche, y se ha emborrachado de estado de bienestar, no hay manera de sacar adelante la utopía, jefe.

El presidente se secó una lagrimilla con un pico de la portada de EL PÚBLICO, que usaba habitualmente como pañuelo e, hincando la rodilla, declamó como Tenorio desesperado.

-Clamé el cielo y no me oyó/ y, pues sus puertas me cierra/ de mis pasos en la tierra/ responda el cielo, no yo.

La entrada de su secretaria alivió aquel amargo cáliz.

-Que mientras se flagelaba, ha llamado don Emilio Botín para insistirle: que no decaiga, que no dimita, y que si le fallan los sindicatos, ahí está él para ayudarle, que por algo lleva siempre la corbata roja.

Bendito posibilismo.

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Entretanto, y hastiados ya de encuestas electorales que no trataban sino de socavar la moral del gobierno, empezaron a proliferar las que abundaban en el punto flaco de la energía nuclear. Y Homper, el Hombre Perplejo, se quedó turulato al saber que la mayoría de los encuestados creía que las centrales nucleares que hay en nuestro país son seguras.

-Es asombrosa su sabiduría–pensó- No sólo conocen palmo a palmo la geología de nuestro suelo y la solidez de sus placas tectónicas. No sólo tienen pruebas del alto grado de resistencia del homigón armado. Sino que saben que la fusión parcial de las barras del reactor, aunque produce una radiación de  1.000 milisievert por hora, no nos afecta. Como dijo Leopoldo Calvo Sotelo de la guerra de las Malvinas, el nuestro es un problema “distinto y distante”.

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Entretanto, en el piso de arriba, Emlio y Solita, un matrimonio con ciento ochenta y cinco años a sus espaldas, escuchaban los alarmantes datos de un científico sobre la longevidad del peligro nuclear.

-El cesio radiactivo decae a la mitad a los treinta años –decía la radio- El plutonio que se está escapando ahora en Fukushima tardará veinticuatro mil en perder sus efectos nocivos.

-No llegaremos a eso, ¿verdad?-preguntó temblorosa la anciana mientras acercaba sus manos frías al radiador de calefacción.

-No, Solita-respondió el anciano- Estaremos ya en la vida eterna.

-Pues entonces, ande yo caliente y ríase la gente.

Les faltó añadir que el que venga detrás arree. Que es más o menos lo que acaban aceptando, con amarga resignación, eso sí, los políticos posibilistas.

Sin Calvo-Sotelo, menos Duende

Todos los que han seguido al Duende desde su paso por la SER saben los motivos por los que le debía estar tan agradecido a Leopoldo Calvo-Sotelo (así, con guión, que no se sabe por qué se tiende a suprimir ahora en los apellidos compuestos). El caso es que aquel presidente de gobierno que después de la labia de Felipe González y el gracejo malvado de Alfonso Guerra, tan fácilmente imitables, aparecía como la dignidad marmórea inasequible a la caricatura, propició algunos de los chispazos más hilarantes de la larga colaboración entre Javier Capitán y el Duende. Primero haciendo un dúo de expresidentes con Adolfo Suárez, luego con un pintoresco representante que promocionaba al aparentemente severo Calvo-Sotelo como humorista. Qué buenos ratos pasamos con el Poldo Mix.

Está muy feo echarle de menos sólo por la punta que le sacamos en la radio. Sin embargo lo bueno de la caricatura es que te obliga a fijarte en el personaje y garrarte a sus flecos amables. Dejando a un lado sus rasgos más fácilmente parodiables, uno estudia su biografía y los breves contactos que tuvo con él no puede evitar el respeto y hasta el afecto. El Duende le escribió dos o tres ocasiones. Siempre respondía con un tarjetón escrito a mano, y con detalles que individualizaban el mensaje. Es decir, que se tomaba la molestia de recordar a quién se estaba dirigiendo para no hablar con simple cortesía formularia.

En una de mis misivas le pedía disculpas por un exceso que no se si fue de los imitadores o de Julio César Iglesias, tan amigo de poner en riesgo el temple de su entrevistado con una humorada no siempre oportuna. Acababa de salir Leopoldo bis en una de las viñetas matinales que hacíamos hace unos años. Y a continuación había preparada una entrevista con Calvo-Sotelo, el de verdad. Evidentemente, éste había escuchado la parodia y, ni corto ni perezoso, Julio, para abrir boca, le preguntó qué le parecía. Como toda caricatura -contestó el ex presidente con su sorna habitual- evidentemente exageradaPero si tiene usted tan buena imitación, no se para qué quiere el original. No fue nuestro mejor día en la radio. Pese a la buena educación y a la tolerancia para la ironía de don Leopoldo, el hielo se cortaba. Julio, como su tocayo Aparicio, tuvo que hacer faena de aliño.

Pero el almario del Duende es a veces muy escrupuloso. Y, no pudiendo acallar su mala conciencia le escribió disculpándose por el rato incómodo que le habían hecho pasar. Utilizó para ello una frase un poco afectada, algo así como me encocora que a usted le pueda haber sentado mal la imitación. A lo que él contestó: me encocora que te encocore, y que no encocore a quien debería encocorar.

Hoy el Duende siente muy suyas las famosas palabras de John Donne: nadie es una isla, lo que le pasa a otro también te afecta a ti, la muerte de todo hombre te disminuye. Don Leopoldo, tan maltratado en su día por la suerte política y por un pueblo que no repara en los matices, se va quizás sin el afecto que España le debía. Y se lleva una de las cuerdas del violín que más le gustaba tocar a uno. Lo que decía el poeta, que al final las campanas acaban doblando por todos, y que al mosaico de las ilusiones radiofónicas del Duende se le van cayendo teselas irreemplazables.

Gracias, Mariano

Mariano Rajoy
No habría mentira si no se partiese de la verdad, como no hay imitación si no existe un modelo original. Lo malo es que a los duendes de la radio se les va el personaje de referencia y ven que su caricatura se desvanece sin remedio. Tanto estudio de voz y de gestos, tanta composición del personaje para nada. Sic transit gloria imitatoris, que diría el padre Bonete en su latín macarrónico.

La nómina de caídos que lloró el que suscribe es larga. Algunos, como el impagable Agustín Rodríguez Sahagún, el papa Juan Pablo II o la pluma avinagrada de Francisco Umbral, nos dejaron para siempre. Si vemos a Charlot, o al Gordo y el Flaco, o a Buster Keaton en una de sus películas podemos seguir riéndonos de ellos y con ellos. Aunque estén muertos desde hace tiempo, a nadie le parecerá le parece una falta de respeto o de delicadeza. Pero si nos reímos de su imitación, todo el mundo entiende que estamos ofendiendo a la memoria del difunto. Así que hay papeles importantes que ya nunca cabrán en el repertorio de los duendes.

También hay muchos que no necesitan morirse para alejarse del mismo. El Duende disfrutaba haciendo de Alfonso Guerra, de Marcelino Oreja, de Leopoldo Calvo-Sotelo, de Manuel Fraga, de Santiago Carrillo, de Hernández Mancha, de Solana, de Rodríguez Ibarra, de Julio Anguita, de Luis Molowny, de Rexach, de Joan Gaspart, de Florentino Pérez. Algunos, como don Manuel, el inagotable Carrillo o Guerra aún nos sorprenden de cuando en cuando con alguna soflama o un chascarrillo malvado que les devuelve a la actualidad. Pero los más han ido pediendo protagonismo. A algunos, ni les buscan ya los periodistas. Su imagen se va desdibujando en la memoria colectiva a medida que enmudecen. Tanto hablas y tanto sales por la tele, tanto tienes.

Por eso el Duende tiene que estar agradecido a Mariano Rajoy, que pese al varapalo de no ganar por segunda vez ha anunciado que seguirá al frente de la oposición. Alberto Núñez Feijoo, que es de los que se perfilan en el horizonte como posibles delfines del PP, explicaba alguno de los porqués. Un líder -dijo- no se improvisa. Cierto: no es fácil dar con la impostura de su personaje si éste habla correctamente, si no tiene un deje regional, si no abusa de muletillas, si no dice burradas o si no habla, como el ya talludo líder del PP, con las eses deshilachadas. Si encima es de Castilla y León, modula las palabras tan pulcramente como Zapatero y resulta de todo un esaborío, el Duende se queda tan huérfano como el ventrílocuo que pierde sus muñecos.

Si todo va como es esperable y Mariano Rajoy cumple sus propósitos, el Duende podrá seguir tirando de uno que, por su fondo y sus formas, es de los más arovechables de la fauna política. Y así hasta dentro de cuatro años. Voila la madre del cordero: no es que le afecte el debate sobre el liderazgo que se abre en el PP. Ni que piense que este pontevedrés tan solvente es la mejor solución para arreglar España. Porca miseria, es que su marcha le destrozaba al Duende el elenco con el que tiene que seguir tirando hasta que le llegue la jubilación.

Así que gracias, Mariano. Y aguanta por lo menos dos años y medio.

Zapatero, entre el biscuit y la gloria

Jose Luis Rodriguez Zapatero

Va a ser verdad que es un Cristo agnóstico, o un Gandhi que en lugar de yogur y cañamones se alimentó de cecina, o el neoignaciano laico impaciente, o Merlín el encantador, o el padre Damián de Molokai redivivo y rebozado en mayo del 68, o el gran Houdini, o la versión moderna del buen samaritano, o un Harry Potter asistente social.

Va a ser cierto que lleva dentro la panacea de todos los males, el secreto de la piedra filosofal, la quintaesencia de la bondad humana, el poder de fascinación del flautista de Hamelin, el germen de la Utopía futura. De otra manera no se entiende que alguien con tan excelentes condiciones para haber sido director de comunicación de una gran empresa, presidente de una cadena hotelera, embajador -aunque necesitara mejorar su inglés-, catedrático de Teoría de las Ideas Justas (entiéndase como se quiera), profesor de arte dramático y declamación, psicólogo para autoestimas decaídas y poeta ganador de juegos florales haya caído en eso tan vulgar que es la política. No se le conoce ningún puesto ejecutivo antes de ser secretario general de su propio partido. Ni siquiera jefe de ventas de un concesionario de Renault. Pero ahora es el presidente del gobierno, que encarna el poder ejecutivo. O sea, es el mandamás. Y, a tenor de los últimos debates, parece que va a seguir siéndolo.

El último elogio se lo ha escuchado el Duende a Lucía Méndez, subdirectora de EL MUNDO. Según ella el presidente Zapatero es, además de referente de virtudes cívicas y sociales, modelo de telegenia, buen orador y portavoz universal del humanismo pata negra. Y, por añadidura, guapo. Esto no se lo habían dicho ni a Adolfo Suárez, que fue buen mozo, ni Felipe González, con sus morritos tan sensuales, ni a Leopoldo Calvo Sotelo, la dignidad de la esfinge que tan bien caricaturizó Peridis. Tampoco se lo habían llamado a José María Aznar, a pesar del morbo que a algunas de sus fans les inspira su cabellera de madelman. Nadie ha levantado la voz llamándole a Lucía feminista por el piropo. Si piropeas a una chica ahora eres un machista, y lo de machista es malo. Pero en cambio lo de feminista tiene connotaciones sociales muy positivas, aunque la fémina considere en este caso lo mismo que los hombres apreciábamos antes en la hembra y ahora nos guardamos por si las flyes. Diga usted que María Teresa Fernández de la Vega es una hermosura de mujer y verá cómo se mosquea el patio. Bueno, quizás tampoco hay que pasarse en el elogio.

Porque hoy éste queda para la figura del presidente Zapatero. Alguien le rebautizó como Bambi cuando apareció en la escena política. Unos dicen que fue Raúl del Pozo, otros que Alfonso Guerra, y Javier Capitán sostiene que fue el Duende impostando la voz de aquél en una jornada de Gran Carnaval. El caso es que, fuera quien fuera su bautista, el inocente cervatillo se esfumó, y aún sin perder la mirada de criatura de Walt Disney se ha resabiado lo suficiente como para levantar sospechas en la otra media España que no le jalea con entusiasmo.

Rajoy, por supuesto, no será menos imperfecto. Pero su falta de telegenia, su mirada extraviada y hasta esa ese que se le deshilacha en la boca juegan en su favor. Con mejor o peor tino, y posiblemente con la misma dosis de demagogia, si convence será a pesar de su falta de encanto. De ese encanto empalagoso que le sobra Zapatero, un político mucho más difícil de batir que lo que en principio sugería su relamida estampa de príncipe de cuento o de figurita de biscuit.

El momento estelar de James Loyalrock

 Si hay algo de lo que el Duende esté encantado es del descubrimiento de Leopoldo Calvo Sotelo como humorista. No era precisamente la alegría de la huerta, pero para eso está la magia de la radio. ¿Se acuerdan del Poldo Mix? Comienza el chiste, acaba el chiste, ja, ja,  ja, y en qué estriba la gracia. Pues la gracia estriba en…Más que humor, era surrealismo. Nunca se rió tanto en directo el Duende como cuando  Suárez -lamentablemente retirado de nuestro elenco por razones obvias- y luego el Coqui, representante de artistas, ayudaban con sus interrupciones a convertir un chiste malo en un delirium tremens. Tanto el Capi como el Duende tienen vida por separado, pero este tipo de momentos felices precisa de los dos. Esperemos que vuelvan, y no sólo a La Carcajoda.

Con el ínclito Jaime Peñafiel, especialista en periodismo de alta alcurnia y máximo pontífice en materia de casas reales, se ha seguido un proceso parecido. Jaime Peñafiel -como en su tiempo Jesús Gil- es de las imitaciones elementales que cualquier duende debe llevar en su chistera. La mayoría creíamos, quizás equivocadamente, que a Jaime le privaba la bambolla y codearse con la realeza, pero de un tiempo a esta parte su pluma azucarada y ligera se amargó y se hizo sospechosamente incisiva. Especialmente hacia la casa real con la que siempre había estado a partir un piñón. Dicen que Peñafiel sufrió un serio desengaño personal con la reina Sofía, que podría justificar su distanciamiento. Lamentablemente, ésto coincidió con el fracaso de su aventura en La Revista -¡aquéllas fotos de la agonía de Franco que le filtró Villaverde!- y su campaña personal contra el HOLA y Eduardo Sánchez Junco. Este aún debe estar riéndose de quien tanto le ha despreciado. Porque lo cierto es que su revista sigue vendiendo divinamente sin firmas ilustres como la del locuaz granadino. Que, erre que erre, le sigue ninguneando, como si ser el hijo de Sánchez fuera un desdoro.

No le gustaría al Duende que se lo pareciera James Loyalrock, nombre con el que le hemos rebautizado en la radio por su amistad con otras cortes. Especialmente con la de San Jaime, que esa sí que es fetén. Tan bien se mueve James en Buckingham Palace, y tanto cariño dice haberle tomado la reina Isabel, que su graciosa majestad, aparte de haber britanizado su nombre,  le llama a dos por tres para hacerle confidencias. La gente, ignorante, cree que ella es como una esfinge, pero en el fondo es tan cálida y cercana como cualquier mujer. Resulta difícil de creer, pero Loyalrock apuntala su tesis con datos que avalan su intimidad con la soberana. Ella dice que el Duque de Edimurgo ha sido un excelente esposo, pero lo cortés no quita lo valiente: ronca como un sargento furriel y alrededor de la taza del WC deja pipi’s drops, como cualquier hombre.

Por unas u otras causas, Jaime Peñafiel vive un momento estelar. Hace unos días publicaba en EL MUNDO una carta abierta al Rey aplaudiendo su actuación en la Cumbre Iberoamericana. Qué grandeza, con lo repuplicanote que se sentía últimamente.  Además, las televisiones se lo disputan por su prestancia y su chismorreo de  altura. Y su alter ego, Loyalrock, además de ser tan amigo de Isabel II como lo fue Esssex de la primera, sigue levantando exclusivas que son el pasmo de Occidente. Podría argumentarse que esto último es una mentirijilla, pero como decía Oscar Wilde, la naturaleza imita al arte. Y el arte de James, literalmente, no se pué aguantá.  


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