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Injubilables felices

...Como Angelillo, que no es este, pero podría serlo, aunque él sea más de montaña que de mar.

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Botín tiene 76 años, pero es feliz levantándose a las 6´30 de la mañana y reuniendo a directivos de altos bonus cuando aún no les ha dado tiempo de quitarse las legañas. A Tomás Fuertes, presidente de El Pozo, lo que más le apasiona es estar al pie del cañón. ¿Querrá decir que se pondrá el mono y los guantes y bajará a la fábrica a embuchar charcutería, que es lo suyo? Amancio Ortega, 76 años, dice que seguirá trabajando hasta el final. Nadie sabe cuánto vale su minuto de actividad. Teresa Rivero, 75 años, es presidenta del Rayo Vallecano, equipo de fútbol cuya plantilla lleva varios meses sin cobrar por la mala cabeza de la familia Ruiz Mateos. Reconoce que está mayorcita, no que su familia es incorregible, pero afirma estar encantada con sus ocupaciones. Plácido Domingo, 70 años, ya avisó desde el palco del Real que seguiría cantando mientras le quedaran fuerzas. Mejor que cante, porque hablando se pone un poquito cursi. “Podría vivir sin trabajar”- dice Francisco Ibáñez, el creador de Mortadela y Filemón- “pero la vida sería demasiado aburrida”.

En el último dominical del periódico El Mundo se han juntado cien injubilables felices y nos cuentan su porqué. También los hay sin cara conocida: Celso González, un ganadero que prefiere cuidar sus animales que pagar a alguien por ello, Mª del Carmen Rodríguez, dueña de una zapatería, Juana López, carnicera, Lourdes Soriano, monja. Podría interpretarse como un reportaje pagado por el gobierno para ir acostumbrarnos a la idea de que jubilarnos más tarde es prolongar ese estado de felicidad que parece dar el trabajo. No subraya lo fundamental, lo que de verdad explica por qué no quieren retirarse. Y es que todos trabajan o en su empresa mercantil o en su empresa vital, que otros llamarán su ego. Qué curioso: los albañiles y jornaleros por cuenta ajena no aparecen en la lista, ¿por qué será?

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Tampoco aparece Ángel Serratosa,  80 años cumplidos justamente ayer, natural de Ronda, casado felizmente con la prima Carolina, más conocida como Chita, y residente en Barcelona. Padre feliz  de siete hijos, abuelo y bisabuelo de incontables criaturas, se jubiló después de una larga carrera en la empresa Tassada y Beltrán, y desde entonce es  activista puntual en Intermón. Como tantos jubilados que no salen en los papeles sigue en activo, aunque un proyectito de agua potable en un país subdesarrollado de la ONG en la que colabora sea menos vistoso que los dividendos de Botín o las tiendas que abre a diario el dueño del imperio ZARA.

Angel hace honor a su nombre, y no lleva alas porque las alas se planchan mal, no hay quien les marque la raya, y él es extremadamente pulcro y presumido. A su padre le fusilaron en Ronda cuando la memoria histórica se empezaba a escribir con sangre. Pasa de puntillas por esa cruel espina que se clavó en su niñez, y no se le conoce una expresión de odio ni tampoco una secuela que haya sesgado su natural bonhomie. A veces llega a irritar, porque no critica nunca  a nadie. En sus ratos libres  pasea,  pinta, lee y va a exposiciones. Un experto en felicidad diría que su biografía es un éxito, pero ni siquiera él está libre de imperfecciones. Lleva más de medio siglo en Barcelona, y es tan políticamente correcto que hace lo posible por hablar el catalán.

-Ziz plau –le dice al kiosquero con su lengua rondeña un poquito zopaz- ¿E que me donaría La Vanguardia?

Es su máximo logro en la lengua de Espríu. Bienaventurados los que tienen buenas intenciones.

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Una de las grandes satisfacciones de Angelillo, como se le conoce en familia, es haber rehabilitado la massía que heredó su mujer en la Pobla de Lillet. Por ahí aparece de vez en cuando este bloguero y pasa unos días inolvidables con sus primos y con parte de su numerosísima tribu, porque en la casona de piedra no cabemos todos.  Ahí tiene su fuente el Llobregat, desde ahí se ve el impresionante peñasco de Pedraforca y se avistan al norte las lejanas crestas de los Pirineos. Cerros, valles, aire puro, montañas nevadas al fondo. Uno se acuerda de  cuando se quedaba embobado mirando la ilustración de la caja de lápices de colores Alpino, con aquel cervatillo triscando por paisajes como el de la Pobla. Angelillo y la prima Chita han repartido mucho oxígeno entre el personal que los conoce.

Un día paseaba con ellos por el monte y Angelillo se plantó ante un enorme pino negro.

-Mira qué ejemplar- dijo con evidente orgullo- Es el mejor de este monte.

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Quiso este duende entonces escribirle un poema de esos pretenciosos que hablan de la realidad y el símbolo, la aguja impasible que, en el frío del invierno o bajo el sol abrasador de agosto, sigue cosiendo el cielo y la tierra, la realidad y el sueño, el ser y el deber ser, la materialidad y la inmortalidad del alma. El gran  pino negro de la Pobla, directo desde las raíces de la tierra hasta hacerle cosquillas con las ramas de su punta al mismísimo Dios. Un trasunto arbóreo del Angelillo.

Quiso escribirlo y dedicárselo a este buen hombre que, aún no saliendo entre los injubilables de la lista de El Mundo, tampoco quiere dejar de trabajar. Aunque sólo sea  en el noble afán de hacer la vida más amable a los demás. Así que hoy lo escribe este bloguero no en verso, sino en prosa deshilvanada, con el simple deseo de felicitarle por ser un ochentón aún tieso, sonriente y positivo, bien planchado  y exportador de felicidad.

Cambiando de aires I/Un olvido imperdonable

La llave del apartamento, que tanto a Jack Lemmon como a este bloguero le ha causado tantos disgustos y cabreos...

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Se va uno de donde no está a gusto buscando escapar de sus particulares fantasmas. Y a eso se le suele llamar vacaciones.

La noche antes de la partida fue concluyente.

-O te vas, o te hago la vida imposible-parecía insinuarle el destino a este bloguero.

Y se lo insinuó de esa forma tan cruel y divertida que parecía una película de Billy Wilder. Pensaba el muy inocente escaparse rumbo al norte, quizás más allá de los Pirineos, descubriendo algo, un cachito de ese gran país que el neocolonialismo cultural anglosajón ha dejado en segundo lugar. Francia. Francia, que cuando uno era niño significacaba pecado, francamente pecado: ya saben la historia de Juanito Bernaola, que viajó a san Juan de Luz en los años cincuenta del pasado siglo para deleitarse con esa depravación llamada striptease y que luego, al regreso, murió en accidente de coche y, lo que es peor, …¡en pecado mortal!

Bueno. Pues pensaba escaparse a ese lugar de pecado que era antes Francia cuando la noche antes, por aquello de dejar el coche cargado, sale de su casa con todas las llaves pertinentes. Antes de franquear el umbral con las maletas, instantes de meditación: el hombre que vive solo no puede permitirse el lujo  de un olvido en las llaves. Así que antes de salir, repasa mentalmente ante la puerta abierta. Llaves de la casa, imposible olvidarlas, están colgando por la parte de dentro, siempre las deja así, fue consejo de un buen amigo.

-Así nunca las olvidarás- le dijo con la mejor de las intenciones- Y nunca saldrás de casa sin ellas.

Ja.

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En este manojo de llaves estaba la llave que da paso al garaje desde el ascensor, llave no menos importante si se quiere cargar el coche la noche antes. Pero para este menester hacían falta, ay, la propia llave del coche y la de la Vespa que, aparcada ante el portón trasero del coche, impedía la carga del equipaje.

-Muchas llaves para un solo instante –pensaba el viajero mientras las recogía del cajón del pueblecito del hall y se las metía en los bolsillos- Menos mal que estoy haciéndolo bien, sin olvidar ninguna.

Se convencía a sí mismo de que todo estaba en orden mientras sacaba el enorme saco de viaje al descansillo y pulsaba el botón para llamar al ascensor. Y una vez más se palpó los bolsillos asegurándose de que no le faltaban las llaves y los mandos oportunos, toda vez que las llaves de la casa, como estaban colgadas y uno no las puede evitar al abrir la puerta para salir, seguro que no se le iban a olvidar.

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Y no se le olvidarían, seguro, en circunstancias normales. Solo que en este caso distraía su atención algo que normalmente no ocurre en su vida. Primero, que se iba de viaje de duración indeterminada. Y además que, en  medio de su aburrida vida pequeñoburguesa…¡el viaje era a la Francia del pecado que costó la salvación a Juanito Bernaola!

Así que, convencido de que hacía las cosas bien, cerró la puerta de la casa. Justo apenas unos segundos antes de darse cuenta de que había ocurrido lo que  pensaba que nunca le iba a ocurrir. Y es que, con tantas cosas en la cabeza, había olvidado lo esencial. O sea, sacar las llaves que colgaban por el interior de la puerta.

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Eran las diez de la noche  de un sábado 7 de agosto de calor africano en un Madrid apartado y aparentemente semivacío. En el pequeño bloque de viviendas no se veían más luces que las de las ventanas del viajero. Y este se encontraba vestido con bermudas y alpargatas, con un saco de viaje que ahora no podía cargar por carecer de la llave interior del garaje y sin posibilidad alguna de entrar en casa. Aún a riesgo de quedarse fuera toda la noche –entre las que faltaban, también estaba la llave del portal- se echó a la calle, se sentó en un banco del parque vecino, hincó los codos sobre sus rodillas y hundió su cabeza entre las manos.

-¡No puede ser! –se dijo- ¡No puede ser que esto me haya ocurrido a mí! ¡¡No se puede ser tan gilipollas!!…

Y entonces, sin saber si echarse a reírse de sí mismo o ponerse a llorar, se acordó del personaje que hacía Jack Lemmon en aquella maravillosa, inigualable película titulada El apartamento. Y en particular en esa secuencia en la que el chupatintas que quiere medrar haciendo favores al jefe, tiene que darle las llaves de su apartamento y morderse los puños de rabia mientras se tortura desde fuera imaginando cómo se acuesta con la bella ascensorista de la que él está enamorado.

Hizo algunas llamadas desesperadas con su móvil, que aún conservaba algo de carga. Se mesó los cabellos, al modo bíblico. Pensó en abandonar esa idea tan repugnantemente burguesa de hacer un viaje de vacaciones en agosto.  Creyó además que ese olvido imperdonable era castigo divino, por pensar en la Francia pecaminosa de Juanito Bernaola.

Pero en ese momento, se encendió una luz en el sexto izquierda.

(Continuará)

Otros gordos de Navidad

Hay otros gordos que, felizmente, tocan...

Hay otros gordos que, felizmente, tocan...

Fue un día de la Lotería de Navidad, o sea un día espléndido de hace no menos de veinte años. El brandy de tal nombre patrocinaba el sorteo en la SER, que, como todas las emisoras, considera que la cantinela de los Niños de san Ildefonso es esencial. Todas las radios cultivan esta costumbre, que en la opinión del que suscribe, completa las tres horas más aburridas del año. Sólo hay otro momento más absurdo, igualmente retransmitido por todas las emisoras, que es la retransmisión de los encierros de San Fermín. Pero las audiencias mandan.

Alguien de la agencia de publicidad de Espléndido conocía al Duende, que entonces no era ni duende ni ná de ná. Le sentaron al lado de Iñaki Gabilondo para que, entre tabla y tabla, y en los contados minutos en los que el presentador calla, dejara caer sus comentarios. Pellizcos, bocadillos, chascarrillos, chorradicas. Tópico tras tópico. A pesar de todo, al ya famoso presentador le debieron de convencer, porque luego le ofreció al Duende su primer contrato radiofónico. Al final de la jornada todos decíamos lo de siempre: la mejor lotería es el trabajo. Quién nos iba a decir que en 2008 eso está más cerca de la verdad que de la frase hecha.

Como es sabido el Duende tiene una prima lotera, a la que desea que reparta el Gordo. Y, aunque jamás cató uno, comprende y justifica la alegría de los premios. Pero no puede resistir lo que los medios de información han hecho de este día. Año tras año los mismos lugares comunes. La administración que lo repartió, la peña que lo compró, el inevitable bar donde corren ríos de cava, la señora que ayudará a sus hijos, la pareja que pagará su hipoteca, los novios que se casarán a lo grande. Y la cantinela de los Niños de San Ildefonso al fondo. Casi prefiere aguantar al completo una ronda de la tuna.

Es probable que no le toque el Gordo. Y lógico: si nunca le cayó una desgracia…¿por qué iba esperar tanta gracia? Aparte de que el premio ya le fue comunicado dos días antes. Su amigo, el gran Félix, pasará las vacaciones en los Pirineos con su mujer, sus hijos y el nieto incluído. Y hasta se pondrá los eskíes. Los médicos le han dicho que ha vencido a la enfermedad. Velay por qué tiene tan poca importancia que el Gordo se olvide de uno.


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