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La suerte del murgaño y la esperanza

Homper no pudo salvar la vida al murgaño, pero no pierde otras esperanzas...

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Aquel día Homper  se sorprendió al comprobar que en la especie humana cabe de todo. Cuántas sensibilidades distintas, a veces diametralmente opuestas. La radio conraba que un par de niños habían desaparecido en un parque de Córdoba donde paseaban con su padre, separado de la madre de las criaturas. Raro, raro. La madre estaba desconsolada, rota. La policía había investigado ya la finca de los abuelos paternos, donde habían observado detenidamente los restos de una hoguera en la que aparecían huesos.

Sólo era la macabra insinuación de una hipótesis, pero Homper sintió que un escalofrío le sacudía el cuerpo. ¿Sería posible que el padre hubiera asesinado a sus hijos y hubiera quemado sus cuerpos para deshacerse de la prueba de su crimen?  A continuación el informativo hizo un alto para dar paso a unas cuñas publicitarias. Una de ellas anunciaba un programa de la propia cadena, Como el perro y el gato, que presenta Carlos Rodríguez.

-Estoy preocupado porque a mi gato le huele el aliento –decía uno de los oyentes que habían llamado al consultorio del programa- ¿Tiene remedio?

A Homper le alivió que la halitosis gatuna tenga remedio. Los niños de Córdoba siguen sin aparecer, pero si un amante de los animales quiere dar un beso a tornillo a un minino puede encontrar una boca tan fragante como se supone que debe de ser la de  Scarlet Johansson. Algunas almas sensibles sí tienen la suerte de encontrar solución para sus problemas.

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Aquél día de sol veraniego Homper estaba en la Galicia profunda, en un precioso pazo del valle de Lemos, acompañando a un amigo que pasa momentos difíciles. Una casa solariega con varios siglos de piedra y pizarra a cuestas, verdes prados regados por el río Mao y un monte de frondosos carballos y arces en la orilla opuesta enmarcaban una vista ideal para el descanso y la meditación.

Los males que afligen al amigo no son ni mucho menos los del drama de los niños desparecidos. Tampoco los del amante preocupado por el aliento de los gatos. Homper tiene poco de psicólogo, y  tampoco mucho de director espiritual. Sólo es algo experto en auxilios mínimos: una conversación  con buenas intenciones, quizás un chiste, un par de huevos fritos con chorizo, la recomendación de un libro, de una música, de un paseo. Pero el amigo padece de un defecto muy extendido, y del que casi nadie está libre, y es creer que el mundo gravita únicamente alrededor de nuestro ego herido.

-Le voy a ser sincera –le confesaba a Homper el otro día su vecina- La deuda soberana, la quiebra de Grecia,  la crisis del euro y eso será muy grave. Pero a  mí lo que de verdad me arruina la vida es la ciática.

Todos vivimos obsesionados con nuestras ciáticas del alma. Ya sean graves, menos graves o, como en caso del dueño del gato, irrelevantes.

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Los niños de Córdoba seguían sin aparecer, la crisis económica no cedía, la depresión del amigo tardaba en asimilar la terapia que proponía, sin demasiada convicción, Homper. Quedaba la esperanza de que la vecina hubiera mejorado de su ciática, y que el gato maloliente hubiera convertido su halitosis en suspiros de fresa como los de la princea de Rubén Darío, que estaba triste, pero olía divinamente.

-Si no puedes arreglar los grandes males del mundo –recordó Homper que le dijo una vez el padre Ramiro- ayuda a solucionar ese pequeño problema que tienes a mano.

Después de haber corrido por el lecho seco del embalse de Vilasouto, por los bosques de Novelin, Rendar y Eirexalba y de haber saludado a par de corzos con los que se cruzó en el camino de aquel insólito día de otoño estival, el problema más inmediato se presentó en el fondo de la bañera. Ahí, mientras se duchaba después de la carrera, Homper descubrió un punto del tamaño de una lenteja que se desplazaba lentamente, como tratando de esquivar los chorros de agua que proyectaba la alcachofa de la ducha. Homper no se ducha con gafas, pero a pesar de ello estaba convencido de que se trataba de un murgaño. Por tal nombre se conoce a cualquiera de las seis mil quinientas especies de opilones, insectos, también llamados pataslargas, que se distinguen del resto de los arácnidos por la ausencia de estrechamiento entre el prosoma y el epistosoma y por la exagerada longitud de sus cuatro pares de extremidades.

-Hay que reconocer que el bicho es feo –pensó Homper en plan buenista- Y no se qué beneficios puede aportar a la humanidad. Pero…¿no tiene también su derecho a la vida? ¿Quién es uno para condenarle a muerte, si el animalito  no ha hecho nada malo?

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Estaba convencido de que iba a hacer un bien: evitar la muerte a un insecto inocente. Eso tal vez podría ser presagio de que los niños de Córdoba aparecerían, de que el amigo maltrecho remontaría y de que la ciática de la vecina y el aliento del gato dejarían de ser problemas. Sobre todo: estaba encantado  consigo mismo por haber procedido con ética. Ética raquítica, si se quiere, pero ética al fin y al cabo.

Así que salió de la ducha se secó y rescató delicadamente con el índice y el pulgar de su mano derecha el cuerpo mojado del opilón para dirigirse  a su habitación y depositar en el balcón al pequeño náufrago, que ya libre y en suelo seco despabiló pronto.

Lástima que los destinos del Señor sean ciertamente inescrutables.  E imprevisibles. En ese momento apareció una lagartija, vio al murgaño inocente y sin dudarlo un momento se lo tragó de un bocado. Tanta ética y tanto cuido para este final cruel como la vida misma.

Así que Homper va insistir con el amigo desanimado, que es alifafe que le queda más cerca. La esperanza no se pierde.  A ver si  puede darse el gusto de ayudar con buenos resultados.

El Duende de Verano (y 11) Un anfitrión de lujo

Fue una gran suerte ver Edimburgo desde la bonita casa de un buen amigo...

1. La moneda perdida

La última jornada del paseo por Escocia debe empezar por un aviso a viajeros. Dentro de poco será indispensable incorporar a los objetos que un conductor lleva normalmente en la guantera unas largas pinzas y un imán. Ya verán por qué.

El tres de agosto de 2011 a las las 16´45 aproximadamente dos personajes de esos que, según el libro de estilo de muchos periódicos, pueden llamarse ya ancianos, se bajaron de un coche ante la barrera de salida del aeropuerto de Edimburgo. Con el motor en marcha, y sin cerrar las puertas del  vehículo, ambos se pusieron en cuclillas y empezaron a buscar desesperadamente algo en esos espacios imposibles que quedan bajo las alfombrillas o entre los carriles de los asientos y la palanca del cambio de un automóvil. Lamentablemente, sus dedos no alcanzaban el tesoro perdido. Y éste no era otro que una moneda de una libra que se le escapó de la mano a uno de los dos ancianos cuando la sacó del bolsillo.

-La cagaste, Burt Lancaster –pensó el Duende sintiéndose culpable

Una libra es lo que ahora pide la maquinita de la barrera de salida del aeropuerto de la capital escocesa para dejar salir al incauto que ha tenido la amabilidad de acompañar a su amigo en su propio coche. No es mucho dinero, pero hay que tenerlo en forma de moneda. Y si no la llevas encima, o la llevas, pero se te cae en los fondos del coche y careces de unas pinzas o de un imán, puedes armar  un incómodo atasco como el que padecieron los coches que venían detrás.

En estos momentos trágicos los británicos demuestran más paciencia y comprensión que los españoles. Pero cuando los dos ancianos llevan tres minutos metiendo mano en cuclillas a los bajos del coche sin dar con la única moneda de libra que tenían, y bloqueando el paso a los coches que vienen detrás,  acaban comportándose como todo hijo de vecino. Tocan la bocina, levantan los brazos y te increpan en escocés. El Duende no entendía las imprecaciones, pero las imaginaba. Y pasó un rato horroroso, especialmente por su amigo amable, hasta que, alargando todo lo que pudo los dedos índices y pulgar de su mano derecha, y a riesgo de despellejárselos,  consiguió rescatar el óbolo resbaladizo.

-Qué gilipollez –se dijo- Pasar un mal rato por una libra que, además, estás dispuesto a pagar. Todo por otra nueva ocurrencia que hace aún más odiosos a los aeropuertos.

Ni un día sin que la modernidad nos complique la vida.Se supone que ya habrán incorporado el nuevo sacacuartos a muchos de los aeropuertos epañoles. Y que pronto lo veremos incluso en esos tan útiles que construyeron  en Ciudad Real y León para que no vuele casi nadie y, de paso, se agrande el déficit público. Como diría quien yo me sé, otro invento más de espaldas al pueblo. ¿Tantos fielatos hay que pagar por el progreso?

2. Una ciudad deliciosa, problemas aparte

No es esta bobada la única que incomoda la vida al turista en Edimburgo. La capital escocesa, aún con su pésimo clima, tiene muchos atractivos. Entre los cuales el bloguero incluye el aburrimiento que probablemente soportan los que en ella viven. Qué extraño, encontrarle encanto al aburrimientro: la edad (del bloguero) produce esas rarezas. Le venden a uno Nueva York o Londres como los avisperos del arte, la moda, los negocios y la vida fashion  y cool y el imperio del hedonismo. Y entonces siente deseos desesperados de ser vecino de Soria  o de Lugo. Lejos de este menda el mundanal ruido.

Que no se alarme nadie, Edimburgo también tiene sus zonas de hormigueo comercial por donde procesionan millones de turistas con su botellita de agua y su cámara de fotos. No cita el Duende la mochila porque resulta que él también se la echa a la espalda en estos viajes. La Royal Mile es como la Oxford Street londinense o la madrileña calle Fuencarral, pero con mucho kilt abarrotando las tiendas de souvenirs. Por cierto, que cuando el bloguero se empezaba a fijar en las muchachas en flor, éstas se ponían los domingos falditas escocesas cuidadosamente cerradas por un gran imperdible forrado de cuero. Lo cual que las tiendas para turistas de Edimburgo le traían recuerdos felices de sus amadas de otro tiempo, alguna de las cuales igual desfilaba en esa muchedumbre que baja constantemente desde el Castillo hasta  Holyrood. Viva la marabunta. Salvada esta nota que confirma el principio de que ningún lugar hermoso lo sigue siendo cuando es invadido abusivamente por la especie humana,  desde las calles estrechas y tétricas de la vieja ciudad hasta los barrios que en el siglo XVIII nacieron al norte para que los edimburgueses poderosos huyeran del lumpen y del puterío, es un placer andar esta ciudad como si tú fueras el único observador que pasea por sus calles. En esas zonas quizás haya menos tiendas, pero más misterio y más novela de la vida

No se abundará en cualquier cosa que venga sobradamente explicada y ponderada en las guías. A este viajero, por el contrario, le sorprendió la cantidad de pordioseros que  se apostan en sus calles. Algo que choca en un país que, como todos los del Reino Unido y hasta la irrupción de esta crisis salvaje, había hecho del estado de bienestar una auténtica bicoca. Le contaron al Duende que aquí, aparte de la enseñanza, la sanidad y del subsidio de desempleo, se subvenciona el transporte y se ofrece vivienda por cuenta del erario publico a estudiantes y parados. A juzgar por la cantidad de limosneros –muchos de ellos completamente beodos-que invaden las calles de Edimburgo, es evidente que los presupuestos se han quedado cortos.

Un fleco más de la crisis afea aún más las calles de esta bonita ciudad. Parece ser que, por economizar, el servicio de recogida de basuras municipal sólo trabaja  dos días por semana. No obstante lo cual, como ocurre aquí, la gente sigue depositando sus desechos diarias en esos grandes cubos dispuestos en las calles, que  luego son asaltados, saqueados y asquerosamente desperdigados  por las voraces gaviotas del vecino Fith of Forth. Para que luego nos quejemos en Madrid de los restos del botellón. La conclusión: qué difícil es gobernar una ciudad. Aunque sea pequeña y presuntamente civilizada, como Edimburgo.

3. El perro del Cónsul

El personaje que despedía al Duende en el aeropuerto y que compartió con él la afanosa búsqueda de la libra perdida había sido su anfitrión en Edimburgo. Después de ocho días en pequeños hoteles donde el viajero  debía estudiar cuidadosamente cómo colocar su maleta para dejar libre el acceso a la cama, la generosidad de sus amigos Javier y Mercedes le procuró dos noches en una habitación cuadradas de techos altísimos en la que casi cabría la carpa de un pequeño circo.

La casa del Cónsul de España es un noble edificio de principios del siglo XIX situada en una de esas plazas ovaladas con un frondoso parque en el centro al que sólo tienen acceso los vecinos de las viviendas de la plaza. La casa tiene cuatro pisos y enormes ventanales desde los que sólo se divisa un Edimburgo elegante, tranquilo y muy verde. Lo más destacable de la residencia no es su arquitectura, ni la exquisitez de elementos como la barandilla de la escalera, del entarimado, de las chimeneas  y del suelo de cerámica de la época, que hay que preservar por tratarse de un inmueble catalogado y protegido. Lo verdaderamente notable, a juicio de este observador, es que en el cuarto de baño principal hasta un prostático puede pasar un ratito feliz. Por encima de la cisterna del WC se abre un ventanal con un panorama tan espectacular que da pena que hacer pis dure tan poco. Nunca encontró el Duende tal lujo de vistas en lo que normalmente es el lugar más discreto de una vivienda.

Sostiene el Cónsul que hay destinos más apasionantes que Edimburgo para un diplomático, y probablemente discrepe con la teoría del aburrimiento que acaba de enunciar este  bloguero. Pero entre su trabajo, que no es poco, el golf, su pasión por los libros y su actividad como traductor, que ya ha volcado en varias publicaciones, da la sensación de dar por bueno esta etapa de sosiego en su carrera. Javier y Mercedes trataron a su huésped con cariño y generosidad, le llevaron de exposiciones y le invitaron a cenar en uno de los restaurantes más de moda en la ciudad.

Por la tarde, a la vuelta de su trabajo, el Cónsul sacaba a pasear a su perro. Y en uno de esos paseos dio con su huésped, que regresaba a casa después de patear la ciudad.

-¿Y cómo no lo paseas por ese maravilloso parque? –le preguntó el Duende señalando al precioso recinto verde protegido por una verja- ¿No tienes la llave?

-Sí, claro. Pero no está permitido pasear con perros.

Curioso. Todo el mundo sabe que en el Reino Unido hay cementerios para perros con mausoleos y lápidas que en nada envidian a los de los héroes. Pero en estos parques privados no se les deja pasar. Todo lo contrario que en el pub vecino, donde el Cónsul y el Duende entraron a tomar una cerveza. A ellos les sirvieron un gin tonic y media pinta de cerveza. Al perro le recibieron con caricias y allí mismo, sobre la moqueta, le pusieron un cuenco con agua. Estos británicos, tan románticos para unas cosas y tan pragmáticos para tantas otras, son difíciles de entender.

Homper visto por un artista

El Hompre Perplejo ante la infatigable inmensidad del mar, según versión del artista WaterI

El Hompre Perplejo ante la infatigable inmensidad del mar, según versión del artista WaterI

Hay personas que no pueden llamarse sino como se llaman. Será que el nombre condiciona sus rasgos, pero a todo el mundo le ha pasado que va por la calle y se cruza con un tipo con una cara de llamarse Nemesio que no se puede negar. Luego se lo presentan y de verdad se llama Nemesio. O una señorita a la que le cuadra llamarse Silvia, y no Úrsula ni Pepa, y acaba llamándose Silvia.

¿Determinismo onomástico? Eso es lo que le pasa a Homper. Su nombre es el apócope de dos palabras, hombre y perplejo. Y su estampa es la de un hombre ya madurito que cree saberse lo bastante ignorante como para asombrarse aún por muchas cosas. No tiene otra cara que la de llamarse Homper.

Por ejemplo, este verano se echó a la carretera para viajar a su aire. Y se quedó estupefacto de descubrir muchos paisajes y monumentos po los que había pasado de largo sin prestarles quizás demasiada atención. La Puebla de Sanabria, el Lago de Sanabria, el Monasterio de Oseira en Orense, la pequeña iglesia románica de San Miguel de Eiré en la misma provincia, el castillo de Castro Caldelas, el parque de la Sierra del Courel, la Ribeira Sacra, el  Cañón del Sil, la desembocadura del Miño. Y, ya en Asturias, la imponente majestad de los Picos de Europa, y el placer de andar por la cuerda de la Sierra del Sueve viendo a su derecha el mar y a la izquierda el pico Pienzo. Aquella noche había dormido en una casita de Tresmonte, en un valle donde no se veía por la noche una sola bombilla encendida. Y regresó a Madrid por el Puerto del Pontón, paisaje romántico de  un dramatismo sobrecogedor donde los haya, culebreando por un Desfiladero  de los  Beyos que debería de ser patrimonio de la humanidad, de la UNESCO y de cualquier ser con algo de sensibilidad.

Entretanto, Homper había tenido tiempo de elaborar la teoría de las mondas, muy aconsejable para viajeros curiosos. Según ella, España está llena de pueblos y ciudades a las que hay que pelar mentalmente ese tal vez necesario, pero horroroso, cinturón de progreso que las rodeas. A saber, te aproximas a ellas y la primera imagen dista mucho de la clásica postal de un lugar bonito. Ves sobre todo edificios industriales, hospitales de la Seguridad Social, silos, fábricas, polígonos, polideportivos, estaciones de autobuses, aparcamientos para trailers… Hay que saberlas ver sin ese premio tan antiestético que supone el bienestar: en su corazoncito, todo pueblo o ciudad siempre ofrece algo bonito.

Homper mondó mentalmente la ciudad de Orense, superó su envoltura y se quedó perplejo al descubrir en su centro una ciudad hermosa, con una catedral sencilla, pero bellísima, unos edificios de noble arquitectura y un pasear muy agradable. El mismo Homper, que había pasado de largo por Avilés cientos de veces, se paró esta vez a separarle su cáscara industrial y conocer su centro urbano, inesperable cuando lo primero que impresiona al viajero es el penacho de humos oscuros que aún lanzan las chimeneas de la vieja ENSIDESA. ¿Quién puede sospechar que en su interior guarda una joya verde como el Parque Ferrera? Créanlo, aunque resulte un slogan audaz, Avilés tiene encanto.

Y Homper, naturalmente, se quedaba perplejo mirando las olas del mar barriendo sus pies. Se puede pasar horas contemplando ese sencillo espectáculo que se renueva infatigable a cada instante, y que nunca deja de sorprender. Es la metáfora perfecta de los grandes misterios: la relatividad del tiempo, la eternidad, la intuición de Dios o de sus sucedáneos, la pequeñez del hombre, la maravilla de la libertad…Los pies sobre la arena, las olas acariciando sus piernas y el golpe de brisa marina en la cara. No necesita más.

En esas estaba cuando pasó por ahí WaterI, que es un artista , y le captó en su penúltima meditación. Iba ésta sobre la suerte que es tener tantos amigos. Y el beneficio añadido de que algunos de  éstos, además, sean tan rápidos y finos observadores como este arquitecto que disfraza su identidad en su enigmático nombre.

La luz de la luciérnaga

CourelFueron sesenta kilómetros como fuera del mundo. Su coche era un sherpa. Eso sí, en la provincia de Lugo, dentro de un parque que según los pocos carteles avistados se llama Ancares-Courel. Vueltas y más vueltas, pasar de un valle a otro, verde sobre verde, el brezo morado tintando los riscos más altos. Nadie. Kilómetros de túneles umbríos formados por las ramas de los árboles más frondosos que uno puede recordar. A menudo, chorreones de agua filtrándose por las laderas de bosques espesos de castaños, arces, abedules, fresnos, robles. De vez en cuando, en alguna aldea perdida –Secedas, Sobredo-alguna vaca. Unos pocos tejados de lanchas de pizarra indican que aún vive alguien por ahí. Pero no se ve a nadie. Tan sólo alguna ardilla.

 -No había visto árboles con cara desde que dejé de mirar las ilustraciones de los cuentos infantiles-pensaba Homper, más perplejo que nunca.

Los árboles de ese lugar son tan añosos que cuentan su historia en el tronco. Y acaban mostrando un rostro expresivo, como los del bosque de Pulgarcito o los de El señor de los anillos. No dan miedo, sí admiración -qué artista es la naturaleza- y respeto.

-Y este castaño ya estaba aquí cuando las Cortes de Cádiz- piensa el viajero-Como para que luego venga un imbécil y fulmine la leyenda con una colilla encendida…

La luz limpia y transparente de un soleado día del verano norteño. 21º. Recuerdos piadosos para todos los familiares y amigos que padecen el sartenazo canicular en la España cálida. Y más rabia al escuchar la nueva sangría del verano. En Burgos, bestial atentado de ETA Y en la sierra de Gredos, más familiar para Homper y, lamentablemente, mucho más seca que la del Parque de Ancares-Courel, otro incendio provocado que arrasa de momento tres mil hectáreas.

Homper no quiere sino evadirse. Pero, en el agua del pozo de sus dudas sistemáticas, ve el reflejo de un anciano barbudo cuya cabeza se recorta sobre un triángulo.

-¡Cáspita!-medita el misterioso personaje mientras se rasca la barba-Y lo crié a mi imagen y semejanza…¿Pero era yo tan imbécil?

Por la noche, a la puerta de la casa de piedra del siglo XVIII donde su amigo Manuel Gasset acoge a Homper, una humilde luciérnaga quiere competir en brillo con la media luna. También hacía muchos años que no veía un bichito así. Entonces recuerda la preocupación del Creador y, parafraseando a Groucho Marx, proclama solemnemente.

 -Cuanto más conozco a la especie humana, más amo a las luciérnagas.

¿Y cómo dieron con el camino de la Luna?

La Luna¿Dónde estaba y qué hacía usted el día que el hombre pisó la luna? Ante esta pregunta, repetida hoy en casi todos los medios de comunicación, recordaba Homper que andaba por la costa de Almería, en una casa sin televisión. Y que, consciente de que el alunizaje de Armstrong, Aldrin y Collins era algo irrepetible, se lanzó a la carretera buscando un bar o un restaurante donde verlo. Inútil. O no tenían televisor, o pasaban del acontecimiento histórico.  Fue una noche de búsqueda infructuosa.

Al cabo de los años no acusa ninguna carencia especial  por no haber sido testigo a distancia del milagro. Muchos entonces,  y aún ahora, no se lo creían, y otros apuntan que las imágenes que nos ofrecieron fueron un maquillaje. Pero los astronautas supieron llegar, y, por cierto, muy lejos. Algo que hace más irritante su perplejidad de hoy.

-¿Por qué me cuesta tanto  leer un mapa de carreteras?-se pregunta Homper.

Circula por ahí un libro que lleva el larguísimo título de Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas. Pero Homper, que reconoce no ser buen escuchador, tampoco es mujer y sin embargo no entiende los mapas. O al menos la cartografía al uso. Tiene su Guía CAMPSA de hojas desplegables, pero encuentra demoníaco casar una hoja con la siguiente, y la siguiente con la de la carretera que queda interrumpida, y ésta con la número 26, que está unas hojas más allá, y la 26  con la que limita con ella por el norte, y ésta con otra que, coño, gastada su pliegue, fue arrancada por el uso.

Acude a menudo como sustitutivo del mapa y del copiloto/a -lo único que permite viajar por carretera sin el temor de perderse- a los itinerarios de la Guía Campsa o la Guía Michelin. Pero los encuentra exageradamente prolijos.  Uno  se acaba volviendo loco entre tanto número de carretera o autovía, autopista, glorieta,   cambio de red, indicación de direcciones que deben evitarse, peajes, datos de consumo del automóvil. Además de que las tropecientas hojas que se imprimen, y que hay que ordenar cuidadosamente, acaban echando a volar cuando uno abre la ventanilla. Qué tensión para el conductor solitario.

-Santo cielo-dice fustigándose el meñique sobre la mesa  con el canto de la guía- Si yo sólo quería ir de Madrid a Laiosa, provincia de Lugo. De la Laiosa a El Rosal, provincia de Pontevedra. De El Rosal  a Sanjenjo, de Sanjenjo a La Toja, y de la Toja a San Martín de Luiña, en el principado de  Asturias. Eso sí: no por el trazado más corto ni más rápido, sino por el más bonito.

Ha empezado a preparar el viaje, pero ha abandonado el intento.  Si es riguroso, tomará más tiempo en elaborar el itinerario que en gozarlo. Le recomiendan el GPS, pero probó con él y lo encontró insolente y hasta un poco gilipollas, porque se empeñaba en meterle por direcciones prohibidas, lo que no va con su carácter pacífico y poco aventurero. Y sueña con un mapa parecido al llamado libro electrónico. Una pequeña pantalla donde uno focalice la zona de su viaje, con una lupa y un zoom que se manejen sencillamente y que le guíen a uno sin sufrimiento.

Pero no. Hace cuarenta años que llegamos a la luna y ahora, en el esplendor de la era de las comunicaciones, él se pierde andando por casa. Paradojas (o parajodas) del progreso.


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