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Cómo ser autor del libro ideal

(Imagen prestada, espeo, por Pablo Bernasconi)

Disimulaba mal en clase sus flatulencias, y tenía el culo notablemente gordo y alto. Pero  era un buen profesor de literatura, y gracias a él, entre otros, el Duende empezó a tomar gusto por la escritura. Eso servía para decirle a Teresita o a Pilarín lo que callaba cuando estaba con ellas: eres como una rosa, tienes ojos de cielo, tu risa es como los rápidos del río, la playa donde van a morir mis suspiros. Qué romanticismo adolescente tan barato. La culpa era de la literatura.

A las chicas iba a parar la que le enseñaba al Duende don Augusto Barinaga. Antes, entre eructo y eructo cortésmente silenciado, aquel profe mandaba muchas redacciones, y  daba a los alumnos la receta: se lee mucho de los mejores escritores, todo lo que se pueda,  se pasa por el colador chino de tu personalidad y a poco que te esmeres escribes algo tuyo. No será maravilloso, pero será tuyo. Tampoco los genios de la literatura hacen filigranas todos los días.

Medio siglo después, de esos polvos vinieron estos lodos. ¿Quién se resiste a escribir? Hoy ha sabido el Duende que hasta Loquillo –un tipo al que, por cierto, cada día respeta más- está acabando su segunda novela. Don Augusto Barinaga citaba mucho la avidez lectora de Menéndez Pelayo, mágnum cognazum, a cuya obra el Ministerio de Educación de la época habían decidido que dedicaran el Duende y sus compañeros su último curso del colegio.

-¡Pensar en morirme cuando aún me queda tanto por leer!-  suspiraba el insigne polígrafo santanderino. (A propósito: ¿por qué se emplea tanto el eufemismo insigne cuando se quiere decir plúmbeo?)

El Duende también se morirá con tanta lectura pendiente que no se atreve a escribir libro alguno, para no quitarse tiempo y además ahorrarle la tarea de leerlo a los amantes de los libros buenos. Falta mucho alimento para procesar por el colador chino. Y sin embargo le tienta la idea. Le gusta imaginarse así, impreso en una bonita letra, en un papel verjurado agradable al tacto, encuadernado en  tela en tamaño cuarto y con el lomo cosido. Aunque no sepa de qué escribir.

Así que en el duermevela de la siesta, el Duende soñó que ella –ella es ella- entraba en una librería y en uno de los anaqueles, entre Madame Bovary y Cien años de soledad , daba con un libro del Duende titulado Fantasma. No traicionaba su título, pues el contenido era tan espectral que no había dejado ni el rastro de una sola letra sobre las páginas del libro. Ella no tardó ni un minuto en leerlo de principio a fin, lo depositó después en el mismo lugar de donde lo había cogido y salió de la librería con una sonrisa compartida por el Duende, que la observaba en la distancia. Este sentía al fin  el deber cumplido. El libro decía tan poco como muchos otros, pero la lectora estaba encantada de que llevara su firma, mientras que a él le llenaba de satisfacción figurar entre Flaubert y García Márquez sin haberle hecho perder a nadie ni un euro ni un minuto más de eso tan precioso llamado tiempo.

La hora de más

Distintas maneras de aprovechar esa hora de más que nos regala este día...

Distintas maneras de aprovechar esa hora de más que nos regala este día...

Todos los días tienen veinticuatro horas, pero aquel día de octubre cambiaba el horario oficial, y se estiraba hasta las veinticinco para adoptar el horario de invierno. El filósofo no obstante llevaba bastantes horas dedicadas a lo suyo, que era pensar.

Aquella noche, por ejemplo, había meditado profundamente sobre el color de la duda, sin llegar a conclusiones demasiado claras. También le dio vueltas a la naturaleza del caracol, del que no tenía claro si era carne o pescado, e igualmente se planteó si era más aburrida la vida de una taquillera de metro que la de  Simeón el Estilita. Estaba casi seguro de que ella se divertía bastante más, porque los sábados por la mañana iba al supermercado o a la peluquería, y además estaba leyendo Madame Bovary, mientras que Simeón el Estilita no se movía de su columna. Este importante pensamiento le abocó a preguntarse cómo aprovecharían los humanos esa hora de más que nos prestaba ese día. Y si esa conducta podría despejar otra gran interrogante que atormenta al filósofo desde la noche de los tiempos: ¿estamos hechos de la misma pasta el hombre y la mujer?

Todos los ocupantes del edificio de viviendas junto al lago donde vivía el filósofo conocían el cambio de horario. El presidente de la Comunidad había fijado un cartel en la puerta del ascensor: Cambio de Horario. A las tres de la madrugada del domingo retrasen el reloj a las dos. A esa hora, la mayoría de las ventanas de los apartamentos del edificio permanecían a oscuras. Pero afortunadamente para el observador quedaban encendidas las de dos apartamentos. En uno de ellas vivía Eudora, una atractiva mujer que a pesar de ser matemática había amado intensamente y de una manera nada racional a los dos maridos que había tenido y a un jockey pequeñito -como casi todos los grandes jockey- pero al parecer de irresistible atractivo, que se le cruzó a los cuarenta años. En el otro vivía Salomón, un hombre rico y ordenado. Tan ordenado era que, a pesar de haberse hecho millonario con un negocio tan poco excitante como la sepiolita, mineral que se utiliza para absorber el pis de los gatos de todo el mundo, aún tenía en su cerebro hueco para la poesía: Barquito de nuez, Soledad Cervical y Esquejes del aire eran algunos de los títulos que él mismo se había publicado.

La eterna pregunta como método del filósofo no le ocultaba algunas sospechas que casi bordeaban la certeza. Un día había visto a Eudora y Salomón besándose a tornillo en la esquina del edificio, poco antes de aproximarse al portal y entrar en la casa. Una noche, él mismo abrió la puerta del ascensor y se los encontró enredados en eso que cualquiera que no fuera pulcro filósofo llamaría un polvo de urgencia. De esos datos, su aguda perspicacia le había llevado a la conclusión de que había algo entre ellos. Quizás no estaban ya en la edad de amar, y sus vidas independientes así lo confirmaban, pero algo había. Sería interesante observarles en esa hora de más que les prestaba el otoño.

Durante esa hora, el filósofo vio que Salomón aprovechaba la propina de tiempo para cepillarse unos zapatos de ante, repasar minuciosamente el album donde guardaba su colección de monedas romanas, y ajustar con una diminuta pinza  el foque de la goleta Sebastiana cuya preciosa maqueta él mismo había construido. Durante esa misma hora, el filósofo no pudo ver que durante unos minutos, y ante el espejo del cuarto de baño,  Eudora peinó sus cabellos, coloreó sus mejillas y sombreó sus párpados.  Pero sí advirtió que después se apostaba en la ventana de su salón y, sin abrirla, pasó cincuenta y dos minutos mirando a la ventana de  Salomón, que no levantaba sus ojos de los importantes asuntos que le absorbían.

Y el filósofo anotó en su cuaderno de notas: cabe pensar que el hombre y la mujer tienen sensibilidades distintas…Y cerró su hora de más satisfecho de haber llegado, por primera vez en su vida, a una conclusión importante.

El amor a la luz de una bombilla halógena

Y si no te puedo cambiar la bombilla halógena, Polita mia, siempre nos quedará la luna...

Y si no te puedo cambiar la bombilla halógena, Polita mía, siempre nos quedará la luna...

Sus tarjetas de visita decían simplemente: Alejo Faber, Escritor Romántico. Sólo había maquillado levemente su verdadero apellido porque Fabra le emparentaba con Fabra y Coats, hilaturas. Y, peor aún, con un presidente de diputación, lo cual  sonaba aún menos lírico. Alejo Faber había sido un hombre serio y se había ganado la vida con cierta comodidad. Pero llegado a una edad,  sólo disfrutaba enamorando por escrito. Lo de menos era la recompensa al final de la conquista. Lo de más era el placer de convertir a la mujer que le miraba con cara inocente en una heroína romántica.

-Tú te crees una simple funcionaria nivel 20-le dijo a Polita, adscrita al Servicio Nacional del Trigo en el Ministerio de Agricultura- Pero Ingres hubiera hecho con tu cara su retrato más poderoso.Y, de haberte conocido,  Beethoven hubiera cambiado su Para Elisa por Para Polita.

Alejo intentó convencerla para que cambiara su nombre por el de Alba, Lía, Silvia o Virginia, que le inspiraban mucho más. Pero ella argumentó que llevaba cincuenta y dos años llamándose Polita sin que los hombres se hubieran arrugado por tal circunstancia.

-Tuve muchos que me cortejaban-le confesó una tarde tomando una horchata en la terraza del Café Gijón- La mala suerte es que el que verdaderamente me gustó,  un oficial de la marina, fue un amor a distancia. Y se estropeó definitivamente porque en el último viaje salió del armario y se enamoró de un maquinista del barco…

-Dentro de un par de horas-replicó Alejo al despedirse-mi inspiración te enseñará que el destino te había reservado para mí. Abre tu correo en dos horas y yo te haré olvidar ese desengaño. Te  convenceré de que Ana Karenina, Margarita Gautier y Madame Bovary a tu lado son unas zafias sin clase…¡Viva el romanticismo!

No había caído Alejo en que al pequeño plafón que iluminaba su mesa de trabajo se le había fundido la bombilla. Ni que era tan complicado cambiarla. Lo que en la maravillosa bombilla de Edison parecía tan sencillo como enroscar, era ahora enhebrar en los invisibles agujeros del casquillo dos delicadas clavijas de alambre, que, al no atinar a la primera, se doblaban y hacían imposible el machihembrado que traería la luz y, con ella, la inspiración.

Alejo lo intentó una y otra vez. A riesgo tortícolis en grado tres  o de caerse desde lo alto de la escalera, logró pegar su cuello al techo para intentar ver por el rabillo del ojo y encajar así la dichosa bombilla. No tuvo éxito. Para más complicación -las cosas modernas- no podía cogerla directamente con los dedos, porque le habían advertido que se estropeaba. Y así estuvo, tanteando a ciegas y corrigiendo continuamente con unos pequeños alicates los alambres que se deformaban a cada intento, hasta que en una de estas la fortuna quiso que al fin las clavijas encajaran en su sitio.

Cuando bajó de la escalera, Alejo estaba jadeando y al borde del ataque de nervios. Se tomó un ansiolítico, se sentó en el sillón, se secó con un pañuelo el sudor que le coría por el rostro y se abanicó con el periódico. De repente se acordó de su reto, y miró el reloj. Sólo le quedaban cinco minutos para cumplir su promesa. Se precipitó al ordenador.

Seis minutos después una Polita ilusionada abría su correo electrónico. Lo que leyó del escritor romántico le dejó literalmente muda. Querida Polita -decía el correo-Si no asoman esta noche las estrellas, es porque tienen miedo de palidecer frente a tus ojos. Eres una criatura maravillosa, pero…¡y lo putas que son las bombillas halógenas!

En busca de la novela imposible

  Anda el Duende buscando una novela desde que rompió a escribir, y todavía no ha dado con ella. No es la de otros, sino la suya propia. Cuestión de autoestima. Porque se puede ser historiador, ensayista, dramaturgo, poeta, biógrafo, columnista, lingüista, cronista, y con un poco de suerte hasta un día te eligen académico de la lengua, pues para eso hace falta escribir. Sin embargo, difícilmente te considerarán escritor si, no siendo un especialista en ninguna de esos campos, no has publicado novelas.

 La novela te salva:  te equipara con los grandes. Al menos por unos días. Tengo amigos arquitectos, y a ninguno le caerá en suerte proyectar una catedral para poder compararse con Vandelvira, Miguel Angel o Palladio. En cambio los tengo novelistas, y aunque pasado mañana los frutos de su ingenio se salden en la Cuesta de Moyano -por cierto, qué bien ha quedado después de su última reforma- mañana pueden ocupar en los anaqueles de librerías prestigiosas el mismo espacio que La isla del tesoro, Madame Bovary o Cien años de soledad. No sumarán el mismo número de lectores ni, mucho menos, iguales rendimientos en derechos de autor. Pero por unos instantes sus egos fliparán. Ya está en esa categoría de cultura democrática, que es la que se lee en el metro. Donde, por cierto, son las mujeres las principales lectoras de  novelas, pues ellos siguen prefiriendo los periódicos gratuitos o los deportivos.

Cierto que si sumo las entradas al Duende, podría presumir de haber acumulado más lectores que algunas de las novelas de mis amigos.  E incluso de tantos que, no siendo amigos, también escriben novelas que tampoco lee casi nadie. Pero no es lo mismo. Una cosa es dar pinceladas y otra pintar un cuadro. La novela es un cuadro, aunque resulta muchas veces irrelevante, y otras simplemente un rollo. Además, como todo producto editorial voluminoso, tiene su utilidad práctica. En la casa del Duende se contaba la historia de tío abuelo Emilio, así llamado porque, nacido en el seno de una familia  que se las daba de librepensadora, quisieron rendir homenaje a la famosa novela pedagógica que con tal título escribió  Rousseau. El tío Emilio no salió nada filosófico ni intelectual, sino todo lo contrario. Rico, sibarita y mujeriego, se convirtió en un glotón distinguido de panza descomunal. Al punto de que, para llegar al plato con cierta comodidad,  lo colocaba sobre siete gruesos volúmenes de los Episodios Nacionales que, dispuestos sobre la mesa en forma e escalerilla, se adaptaban a la curvatura de su barriga. No se lo hubiera imaginado don Benito cuando los escribía, seguro.

Ha empezado el Duende muchas novelas, y todas se quedan varadas, como esas ballenas que pierden el norte y van a morir a las playas del sinsentido. Eso es, al cabo, el pretexto. Leyó La isla del tesoro, Madame Bovary, Pascual Duarte, Cien años de soledad, El Jarama, La tía Julia y el escribidor… También leyó En busca del tiempo perdido, y en él precisamente encontró las muchas horas empeñadas en escribir lo que otros antes han hecho mucho mejor de lo que él podría hacerlo. Una  poblemática, que resumiría doña María.

Hé ahí la cuestión: él cree que su novela ya está escrita hace tiempo, y por otro autor que le ha usurpado su sitio en la enciclopedia. Y aquí le tienen, devanándose en  literatura periférica y deshilachada. Toca la barriga del tío Emilio y, tres renglones más abajo, se adentra en el espinoso problema de saber cómo se puede ser escritor sin haber escrito una puñetera novela. Un lío, como les cuento. Eso sí, mañana otra entrada, que si no la autoestima del Duende va a buscar refugio en las alcantarillas.


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