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Dolce far niente

Más o menos en el mismo lugar donde Antonio Joli pintó Madrid, el Duende practicaba el "dolce far niente"...

No se lo explica el Duende. No sabe si lo suyo puede ser incluso un caso de irresponsabilidad social. Se siente como una especie de Simeón el Estilita, viendo pasar el  tiempo y la vida desde su palomar sin demasiados cargos de conciencia.

Sale por las mañanas a cumplir sus deberes, y tras comer y dormitar, quizás huyendo inconscientemente de las malas noticias que habitualmente sirven los telediarios, se pone a esperar la tarde. Otros tienen la suerte de ver el mar. El Duende sólo aquel viejo poblachón manchego lleno de subsecretarios, que decía Cela. Pero por su fachada occidental, que probablemente es la más bella. La acaba de ver, tal como era en el siglo XVIII, pintada por Antonio Joli, en un hermoso paisaje que presenta la exposición Los Borbones entre Nápoles y Madrid, en la Academia de Bellas Artes de san Fernando. Casi tres siglos después, el lienzo de Joli se ha transmutado en un cuadro de Antonio López García. Con encanto, a pesar de las servidumbres del desarrollo y la modernidad. Al menos el Palacio Real y el Campo del Moro, entonces sin ajardinar, permanecen.

Las tardes de otoño, tan breves y, por eso mismo, tan preciosas ennoblecen a la ciudad con su luz tornadiza. La estampa va cambiando: del oro, al oro viejo, que luego evoluciona a cobrizo. Aparece la señora vestida de malva. El sol se ha ido, y de repente, en un pispás, se ha hecho la noche temprana. No se lo explica el Duende, y cuando lo piensa, casi se siente apesadumbrado. Ha perdido el tiempo, con lo que le cuesta admitir ese lujo. No se lo explica, y le parece reprochable. Y delicioso.

No todo fue dolce far niente. Mientras se iba la tarde y llegaba el crepúsculo, se puso a montar el nacimiento. Un  pequeño nacimiento en un diminuto velador de apenas cincuenta centímetros de diámetro se llevó todo aquel tiempo sagrado. El Duende entretanto completaba el rito escuchando El Mesías, y lo cantaba por lo bajini. Cada cual  prepara la Navidad a su manera. La luz del portal de Belén también ilumina las tinieblas interiores.

Y así pasó una de las últimas tardes de este otoño. Con lo revuelto que está el mundo, y el Duende en ese éxtasis de pensar algo y no hacer nada. Aunque, por no caer en la debilidad de compararse con Simeón el Estilita,  se permitiera la licencia de merendar un te con polvorón. No sabe uno adónde vamos a llegar…

Los músicos olvidados de “La Gaitilla”

Eran como estos músicos (Orquesta el Rayo: por cierto, gracias por prestarme su imagen). Peo uno los recuerda con boina ...

Agapito tocaba la trompeta  en la gaitilla de Arenas de san Pedro. Era un músico  de boina que se juntaba con otros colegas más: un saxo, un clarinete, un batería y quizás un trombón. No había gaita, pero sin embargo a aquella orquestina de película de Fellini (o de Bardem y Berlanga primera época) se le llamaba así: la gaitilla, con una elle mitad elle y mitad che, según pronunciación muy extendida en Madrid, Castilla la Mancha y ese rincón del sur de Ávila.   El nombre no parecía querer darle importancia, pero aquellos músicos la tenían, vaya si la tenían. Tocaban a la luz de unas bombillas que colgaban por encima del ruedo de un rústico tablao adornadas con banderitas de papel. Pasodobles, tangos, fox-trots para los amantes del agarrao. La Raspa para brincar  separados y dar vueltas enganchados del brazo, como en tantas danzas populares. Eran las fiestas del pueblo.

La feria era feria. Incluso se podía comprar y vender burros, expuestos en la explanada ante el Castillo de la Triste Condesa. Por la noche, en la plaza,  la música era música de verdad y la chica estaba maciza. Era la hija de un torero retirado que fue figura, Morenito de Talavera. Y, fiel a su casta,  lucía su encanto juvenil morena y agitanada como la guapa de una lata de aceite de tres litros La suya se antojaba una belleza perturbadora para cualquier legión de espermatozoides alborotados. Cosas de la edad y del verano. Sólo bailó con ella el Duende una noche de agosto. Pero la chica debía de llevar una colonia de perfume muy marcado, porque  cuando él llegó a casa y se quitó la camisa, aún se percibía en la tela  el aroma de la que le había enamorado. Colgó la camisa en una percha y no la echó a lavar hasta que la huella del perfume se evaporó. Antes de acostarse, la olfateaba para recordar otra vez su cara y tratar de encontrarla en sueños. No apareció nunca, de modo que la camisa, ya sin restos de su presencia embriagadora, perdió su interés como reliquia y fue a parar al lavadero.

Lamentablemente, la gaitilla también perdió su interés.

-Este año no nos quieren –se lamentó Agapito el verano siguiente- Ahora vienen melenudos con guitarras eléctricas y tocan con los altavoces a todo volumen.

Luego la industria discográfica y los ídolos que fabricaba ésta terminaron de barrer  a Agapito y a otros muchos músicos populares que se ganaban la vida tocando por los pueblos.La música es cultura, la música crea puestos de trabajo –lloran los músicos actuales para defenderse de las descargas de Internet. Y el pobre Agapito, retirado de la música por las modas y las nuevas tecnologías, criando malvas.

Pero ocurre que es luna llena, y que además acaba de morir Paul Naschy, trece veces el Hombre Lobo en un cine de terror primario como la añorada gaitilla, tan amigo de las noches de  monstruos y fantasmas. Qué pena. Le hubiera interesado saber que, como por ensalmo,  al oir las quejas de los nuevos músicos, el alma enloquecida de Agapito ha escapado del camposanto para sumarse a la marea reivindicativa de los artistas. Dicen que se dirige al Ministerio de Cultura con su clarinete para mover el esqueleto ante la ministra, asustarla y pillar cacho del sindicato de la ceja.

-Y los de la gaitilla –reclamará a la González Sinde con no muy buen tono-…¿No éramos cultura?…¿No creábamos también puestos de trabajo?…

Ciudades felices

Obras en Madrid, según la pintora Elena Méndez

Obras en Madrid, según la pintora Elena Méndez

Hay mentiras, grandes mentiras y estadísticas, dice el perplejo Homper que dijo Bernard Shaw. Da igual quien lo dijera, porque la frase estaba bien traída. Como si, en lugar de estadísticas, decimos encuestas. O como, si en lugar de encuestas, hablamos de percepciones.

-Ya ves, tía-le comenta a la tía Clota a través del Skype- Según la revista Forbes vivo en una de las diez ciudades más felices del mundo. Y yo sin darme cuenta.

Según la prestigiosa revista norteamericana Madrid está en la lista privilegiada de las ciudades más felices del planeta, encabezada por Río de Janeiro. La clave de esa percepción es que desde que Fred Astaire y Ginger Rogers rodaron Bailando a Río y desde que la tele universalizó la postal de los carnavales brasileiros, el imaginario colectivo asocia la capital del Brasil con la samba, el empelote, la plástica de las mulatas sonrientes y el vive como quieras, fundamentalmente de juerga y sin dar ni golpe. Sólo Río, Sydney, Barcelona y Amsterdam superan a Madrid en felicidad.

-¿Y crees que Barcelona es más feliz que Madrid por las fotos  de esas cosas que hacen en los alrededores de La Boquería?- pregunta la tía Clota con indisimulada ironía.

Las reprodujo El País, no se sabe si dentro o fuera de su libro de estilo, Homper se quedó perplejo al verlas y luego dieron la vuelta al mundo en Internet. Gente fornicando en la calle  a plena luz del día sin ley ni ordenanza municipal que les advierta de que, aunque ellos estén felices, a la mayoría de la gente les puede molestar que conviertan el espacio público en una casa de putas.

-No se, tía –responde Homper avegonzado. Ya sabes, vive como quieras…Además, todo es relativo. Madrid está insoportable, reventado en obras. No sabes cómo llegar ya a ningún sitio, porque se han puesto a cortar y reformar todas las calles y aceras al mismo tiempo. Polvo, atascos,  la crisis y un calor más que africano. Eso sí, por la noche tinto de verano en las terrazas y, si pasa el de Forbes,  estamos encantados.

Son percepciones, insisten. Como lo de los brotes verdes de la economía. Debe de ser la edad, pero a Homper, por el contrario, esta imagen de desorden y caos bajo el azote de un verano exagerado y la cataplasma de la memez buenista le deprime. En el Retiro, como en casi todo el bosque nacional, muchos árboles desesperados hace ya tiempo que tiraron la hoja. No pueden con ella, como tampoco miles de tiendas de este Madrid tan alegre y confiado pueden mantener su negocio y cierran sus puertas. Pero somos felices.

-Paciencia, sobrino- dice la tía- Sólo es feliz el que quiere serlo, y el que no se consuela es porque no quiere.

Homper sueña con ver nubes en el horizonte. Y para no caer en el pesimismo, que vende tan poco, se recuerda a sí mismo que al final siempre acaba lloviendo.

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Amas de casa diplomadas

Doña María seguirá currando lo mismo. Pero ahora con la satisfacción de ser Diplomada...

Doña María seguirá currando lo mismo. Pero ahora con la satisfacción de ser Diplomada...

Para Doña María, un político competente era como un buen vendedor de medias de cristal.

De cristal, que es como se decía cuando ella era una muchachita y las medias transparentes eran aún artículo de lujo. En realidad eran de fibra artificial, que entonces aún se decía nylon. Pero mostraban el blanco de la pantorrilla, y con aquella denominación sugerían más fascinación, más glamour. Si la Cenicienta bailaba en palacio con zapatos de cristal, Doña María aspiraba a ser la princesa del Bloque los Arándanos engalanando sus piernas con medias de cristal. Como las de Marlene  Dietrich, que lucía tan buena figura. Nadie le parecía más seductor  que el dependiente de la mercería donde compraba la marquesa para la que ella trabajó cuando dejó el pueblo y se plantó en Madrid. Aquel hombre que, por cierto, se parecía a Sarkozy, abría la caja plana de cartón, levantaba el papel seda que las cubría y tomaba en sus manos aquellas calzas delicadas y brillantes, como un cendal de oro, para mostrárselas a la clienta.

-Se las pone usted, señora, -decía el dependiente – y queda como una artista de cine.

Doña María mantiene que SuárezFelipe, Sarkozy y Zapatero nacieron vendedores de ilusiones, o sea, de  medias de cristal. Y que Aznar en cambio tenía maneras de vendedor de gruesas medias de lana o, peor aún, de zuecos. Es la diferencia entre la labia con glasé y el estilo de lija del nueve  del profesor de Georgetown. Así y todo, aún le quedaba algo al soñador imbatible que es ZP para demostrar el talante que dice llevar dentro. Le faltaba mirar por el ama de casa y mimarla como se merece.

-O sea, que nos reconozca y nos de la importancia que tenemos -reivindicaba ella- O sea, sueldo, seguridad social y categoría.¡Ah!, y un bonomedia por tres pares de medias de cristal al año para que la imagen del ama de casa no salga perjudicada con tantas carreras como se nos hacen.

Sueldo, seguro, reconocimiento, carreras. Qué líos nos hacemos cuando el estado del bienestar no se atreve a decir no a casi nadie. Menos mal que la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega -una mujer tenía que ser- ha venido a poner los puntos sobre las íes prometiendo que las amas de casa podrán diplomarse y, en su caso, trabajar como expertas en dependencia. Según sus palabras, será otra manera de crear puestos de trabajo.

Y doña María está encantada: ya no será gladiadora del hogar, sino titulada. Y con uno de esos diplomas con tinta de oro, letra de pendolista- y quién sabe si hasta la firma de la ministra correspondiente- para enmarcarlo y colgarlo en el comedor.

-¿Y mi sueldo?…¿Y mi seguridas social? -pregunta nuestra entrañable Ingeniera Técnica del Hogar, como seguramente será a partir de ahora.

Los optimistas pronostican machadianamente que se hará camino al andar. Entretanto la vice tranquiliza al colectivo de doñasmarías recordando que tienen su puesto de trabajo asegurado. El actual, claro. Lo que, tal y como están las cosas, no deja de ser otra buena noticia.

El guardamemorias

¿Y qué hacemos con todos los papeles y libros que quedan cuando creíamos que ya no quedaba nada en la que fue nuestra casa?

¿Y qué hacemos con todos los papeles y libros que quedan cuando creíamos que ya no quedaba nada en la que fue nuestra casa?

Estaba tan acostumbrado a que le vendieran utopías, que se le ocurrió escribir al presidente de gobierno su problema.

Estimado Señor Presidente. Dado que es tan receptivo para escuchar a la gente, le voy a dar una idea para un nuevo servicio público  que tal vez alivie muchas conciencias.

Verá, la casa donde vivieron mis padres y donde nací yo era grande y destartalada. Había sido desde 1911 la de mi abuela y sus hijos, de modo que acumulaba en sus habitaciones muebles y objetos de varias generaciones. Todos fueron repartidos entre la familia cuando hubo que abandonarla.

Bueno, no todos. El día antes de la entrega de la llave a los nuevos inquilinos, yo me pasé por la casa para echar un último vistazo y vi que en el rincón del salón alguien había acumulado un montón de libros, revistas, cartas, agendas, catálogos, folletos, albumes, fotografías, postales y pequeños objetos que nadie había querido llevarse. Abrí al azar varios libros y di con más de uno dedicado por su autor a mis padres. Me imaginé que algún conocido de mi familia compraba uno de estos libros en una librería de viejo. Me dio vergüenza lo que pensaría de los nuevos guardianes de la memoria familiar, o sea, de mis hermanos y de mí. Alquilé una furgoneta, cargué con todo, lo metí en cajas sin el menor orden y lo guardé en la habitación donde ahora duermo.

Desde entonces todas las noches me atormenta su presencia. Por una parte, la opción de verlo todo, ordenarlo y guardarlo por respeto al pasado me abruma tanto como  aquel imposible montón de legajos de El proceso de Kafka. Por otra, la de aceptar que el ayer interesa poco o nada a los jóvenes y deshacerme de estas escorias del recuerdo me duele. Siento que el fantasma de mis padres se me va a aparecer y me va a correr a estacazos. Y no se qué hacer.

Hoy mismo, paseando por la calle Jorge Juan de Madrid, he visto libros, cuadernos escolares, y apuntes tirados en un contenedor. Muchos llevaban un nombre conocido, Luis Díez del Corral, un ilustre catedrático de Historia del Pensamiento Político fallecido hace ya bastantes años. Seguramente pertenecían a su hijo. Seguramente vivían allí. Seguramente la familia abandonó la casa. Y tal vez esos restos impresos les pesaban tanto como me pesan a mí los que me espían desde sus cajas de cartón.

Señor Presidente, lo mismo que buscan minas abandonadas para enterrar bidones con restos nucleares…¿no podrían habilitar un depósito de inutilidades escritas? Miles de contenedores a disposición de los que no sabemos qué hacer con estos libros y papeles de nuestros padres que sin duda serán ignorados por la próxima generación.  Ahí quedarían, a la espera de esa visita que seguramente nunca haremos para revisarlos. Nuestra conciencia no sufriría, y el medio ambiente tampoco. Y ningún pueblo protestará por albergar en su término municipal almacén semejante.

Y así hasta que la memoria escrita se haga polvo, como nosotros. Y al  fin ambos  seamos nada, pero sin haber faltado al respeto a los que nos dieron todo. No es mucho pedir. El déficit público no se resentirá mucho por eso, y usted podrá venderlo a la opinión pública como un nuevo logro del estado de bienestar.

Suyo afectísimo

Un ciudadano atormentado.

La Noche del Teatro y la de los Salidos

noche-del-teatroTantos años viviendo lejos de España no pasan en balde. Cuando la tía Clota se fue  Estados Unidos aún no se había estrenado Canciones para después de una guerra, aquella tierna y, a la vez, triste película de Basilio Martín Patino. Ahora se acaba de enterar por las noticias que se celebra una exposición dedicada a Miguel de Molina, y ella confiesa humildemente que no sabía quién era este hombre. Tampoco  recordaba haber escuchado antes La bien pagá. A  esta canción y a su artista les dedicaba un buen metraje el filme.

-Ni idea, hijo-le decía a Homper- Ahora todo el que canta o baila es cultura, pero en mi infancia los artistas del folklore lo tenían mucho más difícil. La Argentinita, Carmen Amaya, Vicente Escudero y poco más. Y eso que sus nombres inspiraban más respeto…¿Cómo se puede pretender ser un gran artista llamándose Pitingo, que suena como a chuchería? Porque hay uno que creo que se llama así, ¿no?

Tantos años lejos de España no pasan en balde. Homper ni se molestó en recordar aquella etapa de Dinamita pa los pollos, Un pingüino en mi ascensor y Tarzán y su puta madre ponen piso en Alcobendas.

-Desde aquí hay muchas cosas que no se entienden- continuaba la tía Clota- ¿Cómo les explico a mis amigas Edwina y Thelma  que en Madrid hay tantas noches de los salidos?…

Haciendo honor a su nombre Homper, una vez más, se quedó perplejo. Recordaba la acepción más corriente de este participio sustantivado: persona que tiene fuerte propensión al apetito sexual, lo dice el diccionario. Y se echó a reir.

-¿De qué te ríes? -protestaba tía Clota- Me lo han dicho también mis amigas de Madrid. La Noche de los Museos, la de la Música, la  del Teatro, la de las Iluminaciones de Navidad…El caso es salir a la calle…Y eso sí, será todo por cultura, pero acaban en botellones y en toneladas de basura que hay que recoger al día siguiente…¿Por qué hay tantos salidos?…

-Tía -corrigió Homper- Salido, como dices tú, significa otra cosa. Salen por amor al teatro, o a la música, o a los museos -Y  lo pensó mejor- Aunque es verdad que lo que le priva a la mayoría es echarse a la calle, divertirse,  armar bulla y salirse de madre…Es un incordio para muchos, pero da votos.

-Pues que las autoridades sean consecuentes, y lo avisen claro: mayores abstenerse, y los que vivan en el centro, tapones en los oíos,  que hoy es la Noche del Teatro y habrá otra noche de los salidos…

No lo acaba de entender la anciana tía Clota.Tantos años mirando su España desde la distancia no pasan en balde.

La Velo Solex

¿Se puede volver atrás por el túnel del tiempo en Velo Solex?...

¿Se puede volver atrás por el túnel del tiempo en Velo Solex?...

De vez en cuando aparece una pavesa  del pasado y nos recuerda que el tiempo vuela. Suele ser un flash amable, porque la memoria es selectiva, y borra fácilmente las huellas tristes.  Hace unos días el Duende evocaba cómo a los diecisiete años dio en la mesa de trabajo de compañero Pepe Cruz Novillo con  un juguete ya imposible de encontrar en las jugueterías.  Era el autobús de hojalata de RICO, amarillo y rojo, tan patriótico, tan sencillo, tan bonito. A esas alturas de la vida, se había convertido casi en una antigüedad. Fue verlo y emprender lo que Marcel Proust describía tan minuciosamente después de morder la magdalena famosa. O sea, la búsqueda del tiempo perdido.

El Duende tiró de él con un cordel invisible que arrastraba una ristra de juguetes ya fuera del mercado. Otros amigos suyos miran a otro tipo de juguetes. Manuel Gasset, por ejemplo, pertinaz conservador de todo brillo crepuscular, mima con esmero un precioso Morris Minor de mitad del siglo pasado. Es de color verde, coqueto y proporcionado, fiel representante de una estética donde el utilitarismo todavía convivía las formas clásicas de las berlinas. Se abrían sus puertas y de él podía salir David Niven, Trevor Howard o James Mason, galanes ingleses de la época. Hoy el que sale -y sólo en ocasiones solemnes, como bodas y bautizos- es Manuel. Peina y viste más o menos como aquellos, porque sigue mirándose en los escaparates de Saville Row, pero se ve que es actual porque ahora lleva en su coche joyita un GPS. Renovarse o morir.

Este puente Manuel y Tatala, su encantadora y más que santa esposa, le habían invitado al Duende a  su bonita casa de San Sebastián. Oficialmente el pretexto era disfrutar de unos días que el INM pronosticaba soleados y tranquilos. La realidad es que Manuel quería pasar a Francia y rescatar ese ciclomotor prehistórico cuidadosamente restaurado por un manitas en Bayona. Como el Duende  también tiene el MNI  (Mastes en Nostalgias Inútiles), aceptó de buen grado.

Esta bicicleta con motor que transmite su potencia a la rueda delantera es negra, y  tiene una estética parecida a la de las hormigas voladoras. En realidad se asimila más a aquella motocicleta con la que los héroes del Alcázar de Toledo molían la harina para hacer el pan que a otras míticas, como las  de Easy rider o aquella otra con la que se fugaba Steve Mac Queen en La gran evasión. Pero las motos antiguas, como los juguetes, quedan en el corazón por los recuerdos que traen del pasado. Y el Duende no olvida la envidia que le daba otro amigo de los veranos de la infancia, también llamado Manuel -más bien Manolón- propietario de una Velo Solex en la que iba de Madrid a Arenas de San Pedro. Tardaba cinco horas por la carretera Alcorcón-Plasencia , y viajaba, naturalmente, sin casco, porque no era obligatorio, y no había mayor placer para el motorista que sentir el golpe de aire en la cara y respirar así  la libertad.

Claro que entonces éramos más que jóvenes. Y a ver quién le explica a Manuel Gasset que, a la velocidad de su flamante Velo Solex, es difícil volver atrás por el túnel del tiempo.

La adorable Társila do Amaral

Salga de casa y pásmese descubriendo a una artista que irradia optimismo

Salga de casa y pásmese descubriendo a una artista que irradia optimismo

¿Hay escapatoria? ¿Dónde se puede  ver otro panorama menos sombrío? ¿Queda margen para la sonrisa? ¿Hay resquicio para el optimismo? ¿Hacia dónde dirigir la curiosidad para no deprimirse?

Se encontró el Duende con Homper, que iba camino del Ateneo.

-La mayoría no sale de casa por no gastar-se quejó éste- Pero es que además empiezan a morir hasta los tertulianos que no se morían nunca.

Dice Homper que la norma de cortesía es acudir a la tertulia ya llorados. Pero que ahora hay tan escasa concurrencia y tal desánimo que la precaución no sirve de nada. Sólo se juntan él y Vidal, y el diálogo aburre a las cabras, porque Vidal es filatélico, y no hace más que llorar por lo que se ha devaluado su colección.

-No se a dónde vamos a llegar, Homper-se lamentaba-Ya hasta Zapatero admite que lo peor está por llegar.

Siguió Homper su camino buscando alivio por las calles de Madrid. Algo había leído en los periódicos de una exposición novedosa. Sorprendentemente, siempre quedan recovecos de eso que dicen cultura donde nunca hemos puesto la atención. No está en el recetario oficial de lo que hay que ver, lo que hay que leer, lo que hay que escuchar. Para ser sincero, el Duende reconoce  que ni siquiera había escuchado jamás su nombre.

-Se llama Társila do Amaral-le contaría luego al deprimido Homper-Ni idea  de quién era. Pero vete a ver su exposición, porque de verdad que te cambiará el ánimo.

Ni  los más culturetas habían hablado jamás de esta pintora brasileña que explotó en el París y en la Rusia de entreguerras. Rebozada de cubismo, fauvismo, surrealismo y expresionismo -recuerda mucho al Joan Miró de la primera hora, pero con un sesgo folklórico de gran originalidad- es el mensaje más luminoso y optimista que uno ha encontrado en una sala de arte en mucho tiempo.

-Buen antídoto contra la depre-le insistió a Homper-De verdad que esta vez justificarás  tu nombre de Hombre Perplejo. Es de una belleza esdrújula.

Társila es una especie de Tamara de Lempika barnizada de ternura naïf. Sus cuadros junto con los de algunos contemporáneos y clásico brasileños, se exhiben en la sede de la Fundación March. El espectador se quedará pasmado al saber es su primera exposición en España.

Adorable Társila. Esta vez hay que agradecer que Woody Allen no haya acabado de una vez por todas con la cultura

Un paseo por el duermevela

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Aquella imagen del duermevela era tan inquietante como "El grito" de Edvard Munch...

-Lo que más me fascina de Marcel Proust-dijo Homper- es la descripción  de ese territorio ambiguo del duemevela en el inicio de En busca del tiempo perdido.

A veces Homper soñaba que, yendo al colegio, veía caminar de frente a la misma mujer. Era una mujer joven, pobremente vestida, con la cabellera en melena desgreñada y cierto aire doliente en su rostro. En el momento de cruzarse, y reproduciendo exactamente un famoso cuadro de Dalí, en el pecho de esa mujer se abría una ventana. Por ella, a través del tejido de los músculos, asomaba un bebé y, al fondo,  podía verse una línea de fuga que se fundía con la barra del horizonte.

Como la herida de la ventana dejaba rastros de sangre en la acera, el pobre Homper, asustado, volvía la cabeza para interesarse por ella y ofrecerle su ayuda. Pero aquella dramática imagen de la madre había desaparecido. Homper se despertaba angustiado.

Aquel sueño se repitió varias veces. No tenía el pobre Homper ni noción de que había muchos libros que trataban sobre la interpretación de los sueños. Eso a él le traía al fresco. Lo que de verdad le inquietaba es que nunca sabía si lo había soñado mucho tiempo atrás o la noche anterior.

Un día se lo apuntó en la agenda: no lo he soñado ni anoche ni anteanoche, es un sueño lejano. Y al día siguiente, yendo al colegio, se volvió a encontrar de frente a la misma mujer y el mismo rostro doliente, caminando de frente con un niño en edad escolar cogido de la mano. Esta vez no quiso volver la cabeza. No estaba dispuesto a disipar la nebulosa de no saber bien si aquello era un sueño o un efecto  de la imaginación.

-No se lo puedo contar a nadie-se quejaba a Rafita, su amigo del alma.

-¿Ni a tu madre?-preguntó Rafita.

-Ni a mi madre. Un día le dije que había visto a las ánimas del purgatorio por la calle y no se lo creyó.

-¿Cómo son? ¿Y dónde las viste?

-Son como gatos negros, y viven agazapadas en los bajos de los taxis de Madrid. Se esconden en las tripas del coche, entre las transmisiones y todo eso. Y hasta que no cumplan su condena no saldrán de ahí.

Rafita se pasó la tarde agachándose ante todos los taxis que encontró por la calle, pero no encontró rastro alguno de las ánimas del purgatorio. Homper derivó en el hombre perplejo que todos nuestros lectores ya conocen. Rafita se convirtió en una eminencia de la psiquiatría.

La vaca que llora

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Ganas de llorar le entran a una al ver lo cabestros que son algunos madrileños con nuestras esculturas...(Testimonio de una de las vacas de la Cow Parade)

Era uno de los prados más bonitos que recordaba la manada. Un espeso tapiz de hierba abundante y fresca en el que se esparcían, amables y sonrientes, muchas margaritas que ponían una nota de color. Lo cruzaba un arroyo  cantarín en el que jugueteaban los pajarillos, las mariposas y las libélulas, y el sol radiante se sumaba a aquel paisaje idílico riendo como si ya fuera primavera. Para más felicidad, los dirigentes de aquel Prado del Bienestar lo habían adornado  con esculturas de hombres.

-El arte para quien lo muge-proclamaron- Somos un estado progresista, y la sensibilidad se demuestra en estos detalles incluso con los animales. En lugar de vaqueros de verdad, que suelen oler a cuchu sueltan tacos y visten fatal, vamos a instalar esculturas de hombres pintados de mil colores distintos. Cada artista decorará un vaquero  de fibra de vidrio a su antojo, y éste convivirá con las vacas para deleite y solaz de éstas.

Instalaron las esculturas de los paisanos y la mayoría de las vacas se mostraron encantadas.

-¡Oh, qué detalle de buen gusto!-decía la vaca Paca.

-Hasta la leche me sale mejor, fíjate-añadió la vaca Verónica.

-¡Y qué bonitos los hombres en escultura! -terció Manolita, lideresa del PVL (Partido para la Liberación de las Vacas)- No molestan nada: ni se mueven, ni arman ruido, ni dicen tonterías, ni acosan…

Aquella Arcadia feliz fue flor de un día. Las vacas felices -acaso por infelices- pronto advirtieron que eran minoría. Al poco, tropel de vacas locas, toros tontos, cabestros agilipollados y demás óvidos descerebrados se habían orinado en los hombres, les habían cagado encima, les habían arrancado los testículos a mordiscos, y habían embestido sus esculturas empintonándolas con más saña que el morlaco que corneó a Granero y le dejó con el ojo colgando. Las vacas más desvergonzadas, habían cargado al lomo con alguna de las esculturas y se les habían llevado.

-¡Pandilla de animales!-rezongó la Paca.

-¿Passa contigo, tronca?-contestaron las vacas vandálicas-¿No están haciendo eso con nosotras en las calles de Madrid?…

-Muuuuuuuuucha razón tienen, Paca -corearon Verónica y Manolita-Muuuucha razón. Que para bestias de verdad, como los seres racionales que se ponen a ello, ninguno.

-Ya te digo-admitió la Paca.

Y en lugar de la vaca que ríe, fue la vaca que llora.

El discreto encanto del invierno

Nada como ver nevar al abrazo del calor...

Nada como ver nevar al abrazo del calor...

Días duros para los aquellos que, como el Duende, tienen la costumbre de moverse sobre dos ruedas.

Un amigo ciclista le confesó una vez que antes de salir a pedalear bajo cero, se enfundaban sus partes pudendas en gruesos calcetines de lana. Primero los calcetines, y por encima las culottes, las mallas, el casco amelonado y todos esos aditamentos que hacen del ciclista el deportista menos favorecido por el atuendo. El no llega a tanto. Alguien le regaló una especie de manta-cobertor-impermeable para su Vespa, algo que en teoría hace el oficio de las antiguas faldas de la camilla y te protege de cintura para abajo. Pero como cualquier invento que se precie ahora, es tan complicado de montar que aún no ha sido capaz de estrenarlo. Esta vez ni siquiera vienen instrucciones en griego, en ruso o en sueco, tan útiles para el personal. Así que, manitas con muñones, desafía al frío con su pobre equipamiento personal y confirma que no hay beneficio más evidente del progreso que el agua caliente y calefacción. Marañón hablaba del dolor de muelas, que tampoco es mal baremo para visualizar lo agradable que es el siglo XXI. Imagínense el cuadro en una aldea medieval: el paciente aterido de frío, con un flemón, y el dentista preparando las tenazas para la extracción de una muela picada. Eso era vida.

El frío. Y pensar que uno es de los que, como Luis Buñuel, siempre tiene querencia por lo que los meteorólogos llaman mal tiempo: los días cortos, los cielos grises jaspeados por las gotas de lluvia o los copos de nieve, los termómetros asustando, los charcos helados. Recuerda uno lo que le impresionó el monasterio de San Juan de la Peña, incrustado bajo un imponente peñasco del pirineo jacetano. Le contaron entonces que un caballero llamado Voto perseguía a un ciervo y éste se precipitó por un barranco. El caballo tampoco pudo frenarse, pero, cual Pegaso alado, se posó en el fondo del barranco suavemente. Una señal divina que al bueno de Voto le llevó a fundar el monasterio que hoy admiramos y profesar en él. Lo del caballo volador tiene algo de mágico, pero lo auténticamente milagroso es que Voto y todos los frailes y eremitas que en el mundo han sido no perecieran de frío en los gélidos inviernos monacales.

Ya lo anticipaba Joaquín Calvo Sotelo, un comediógrafo de buen gusto academicista, tío de Leopoldo. Hoy ya le recuerdan pocos, pero Una muchachita de Valladolid gustó en su tiempo, quizás porque la encarnaba Analía Gadé, que junto con Alberto Closas formaba una magnífica pareja de comediantes. Don Joaquín decía que quería morirse en primavera, porque le espantaba el frío y ni muerto quería verse sepultado bajo el hielo. Y la muerte tuvo el detalle de esperar a la primavera.

Se puede amar el frío por la expectativa gozosa del calor. El seis de enero el Duende se pasó un buen rato acariciando a un oso de tacto suave y amoroso que los Reyes habían traído a una de sus nietas. Al día siguiente, a la salida de un funeral vespertino, se abrazó a su prima Mary con más entusiasmo que nunca. La quiere, y mucho, pero el pasmo del termómetro y el abrigo de piel que llevaba aún la hacía más abrazable que la Lara de Doctor Zhivago. Ahora mismo, mientras escribe estas líneas y apura una taza de café caliente, contempla desde su palomar cómo nieva sobre Madrid. Saldrá a correr por el parque alfombrado de blanco, y luego volverá a tomar otro café caliente, quizás hasta con algo de roscón que aún le queda, y se arrebujará bajo una manta para la siesta mientras al otro lado de la ventana el severo invierno sigue meciendo sus barbas canas. Hay otras formas de ser feliz, pero ésta es de las más sencillas y una de las más bonitas.

La gracia de los “caganers”

Apareció por la zona centro el otoño, se trajo algún modesto temporal del Atlántico, espolvoreó de nieve las cumbres y hasta luego, Lucas.

Entretanto eligieron a Obama, se reunió el G-20, mataron a Alvaro Ussía, discutieron en el Congreso por la placa de la madre Maravillas, los fabricantes de automóviles se rasgaron las vestiduras, detuvieron a algún criminal etarra, se abrieron llagas en el Real Madrid y hasta se han encendido las primeras luces de Navidad. La vida sigue.

Un digno "caganer"er, bastante más gracioso que los de moda...

Un digno "caganer", bastante más gracioso que los de moda...

En Cataluña, los artesanos han renovado su parque de caganers para los nacimientos. Ya no están sólo los Príncipes de Asturias y Raúl en esa indecorosa posición. Como apunta el maledicente refrán, caga el Rey, caga el Papa y nadie sin cagar escapa: si eres alguien te ponen a defecar junto al pesebre. Hace días que no sabía de Homper, el Hombre Perplejo, pero el Duende se lo encontró menudeando por la calle de Arenal de Madrid, que ahora es medio peatonal. Traía la noticia recién vista en el telediario, y llevaba los ojos cuadrados y la boca abierta.

-Oye, ¿tú sabes por qué confunden el ingenio con el mal gusto?

Y relacionaba la presunta gracia de los caganers con los barrigones y gordas de las fallas. Una larga tradición de estética feísta que a unos les causa hilaridad y a muchos les pone los pelos de punta.

-Un hombrecillo discreto aliviándose junto al molino o a los pies del castillo de Herodes, pase-añadió- ¡Pero esos horribles caganers que tratan de parecerse a gente famosa!…

-No te preocupes- le dijo el Duende- Puede que ese mismo pueblo que ahora aplaude a la nueva legión de caganers luego se arrodille bajo la cúpula de Barceló en Naciones Unidas.

La cúpula corona ese hallazgo voluntarista que llaman Alianza de Civilizaciones. Algunas de las cuales, por cierto, lo serían más sin esa empanada mental en lo que consideramos como buen gusto.

Desde el palomar del Duende, frente a la fachada imperial de Madrid, y con una espesa cortina de árboles de por medio, la luz dorada compone todas las tardes una hermosa estampa otoñal. Noviembre seco y soleado que evoca pinceladas de Beruete. Llevamos muchos días seguidos de grandes noticias, no todas buenas, y algunas muy zafias. En cuanto falte material, ya verán, los medios volverán a hablarnos de la pertinaz sequía.

Los que amamos a Lilí Marleen

Se le ponen al Duende los pelos de punta cuando lo piensa, pero es cierto que algo en común tiene con los gustos de Adolf Hitler. Ambos amaban a Lilí Marleen. Más agrava la cosa que esta maravillosa balada, tan perfumada de melancolía, fuera la canción favorita de Augusto Pinochet. Por lo que uno no sabe si debe cabrearse con la propia Lilí, con el autor de la letra, -se llamaba Hans Leip, y un pianista llamado Schultze dicen que improvisó la música en la nefasta noche de los cristales rotos- con Marlene Dietrich que la universalizó con su voz doliente, con los citados tiranos, por glasear su crueldad aparentando sensibilidad por la música, o con él mismo. En este caso por no tener valor para desmarcarse en todos los órdenes de semejantes bellacos.

¿Amaría Lilí Marlen Federico García Lorca? ¿La hubieran cantado Víctor Jara o Violeta Parra? ¿Se la toleraríamos a Pablo Milanés? El Duende está en otros niveles, y además dejó de ser militarista cuando se le pasó la edad de los soldados de plomo, que en su tiempo eran ya de baquelita o de goma. Pero siempre que le tocó hacer guardia nocturna recordaba la vieja historia del centinela que desde su puesto a la entrada del cuartel observa la farola donde se encontraba con su amor. El amor probablemente perdido, para que alcance el éxtasis. En los años cincuenta se estrenó una película con el mismo título. No la vio -debía de ser para mayores con reparos- pero sí el trailer en el cine Carlos III de Madrid. Le parece que el galán era un guaperas alemán llamado Adrian Hoven -que levante la mano el que se acuerde de él- y que sonaba la voz de la siempre seductora Marlene. Hace unos años se estrenó otra versión. Pasó sin pena ni gloria.

Y así ocurriría en este blog si no fuera por dos circunstancias bien diferentes. La primera es que la luna está otra vez llena, y propicia el desfile imaginario de las Lilíes de cada quisque. ¿Hay mejor farola para conjuralas? La segunda es que como hoy se escribe de todo hay una escritora germanista llamada Rosa Sala Rose que ha lanzado un prolijo libro sobre el tema. Lili Marleen: canción de amor y muerte. Viene a demostrar que, pese a su origen impuro, la canción se hizo tan popular y arraigó tan profundamente en el corazón de los combatientes que fue coreada tanto por nazis como por aliados. Un alivio para el que se sienta culpable de haber coincidido con el Führer.

No sabe añadir el Duende mucho más al respecto. Sólo que, aparte de sus dos primeras frases -Vor der Kaserne/ vor dem grosen Tor-ignoraba todo de esa mítica canción. No obstante le gustaba tanto, y adivinaba en ella una historia de amor tan romántica, que no podía evitar improvisarla en un alemán macarrónico más propio de Holderlin que de un recluta madrileño enamoradizo. La música, siempre mágica, capaz de poner algún paño caliente en las terribles heridas de la guerra. Y de hacer creer al Duende, en las inhóspitas noches de guardia, que el mosquetón que acariciaba su mejilla no era sino la melena sedosa y rubia de Lilí Marleen. Esa huidiza canción/mujer a la que los nacidos en la Europa temblorosa de la primera mitad dek siglo XX siempre seguiremos amando.

Todo por el Mercedes

(Foto de Vedia)

La crisis será la crisis, pero a mí el coche que ni me lo toquen, le dijo a Hope el vecino humilde. Y Hope -el Hombre Perplejo- tuvo ocasión de comprobarlo anoche, cuando la Némesis de la atmósfera le dio a Madrid un repaso, para que se recuerde que nadie debe librarse de su mal genio.

En el Caribe sufren huracanes y ciclones, que son bastante más trágicos, pero lo de anoche en la capital fue como la apoteosis de la Furia dels Baus en versión meteorológica. La mundial, que dicen los castizos. El amplio panorama que se divisa desde el palomar del Duende no había skyline, que es como queda ahora bonito llamar al horizonte urbano. Sino un festival apocalíptico de efectos especiales de esos que sólo se ven en el cine y que tapaba por completo el cuadro habitual del Palacio Real, la Almudena y San Francisco el Grande. Bolera constante en el cielo -no esos estampidos secos de los rayos fulminantes, sino un tronar mitigado y continuo- cortinones de agua, ráfagas de metralla helada, viento que amenazaba con quebrar los árboles. Y, dentro de casa, la sensación de que el enemigo nos batía desde todos los frentes.

Teme el Duende las tormentas en campo abierto, pero nunca piensan que puedan ser peligrosas en la ciudad. Y su sueño, denso y pertinaz, suele vencerlas sin apenas alterarse. Pero la de anoche rompió apenas apagada la luz, y le fue imposible dormirse. Al poco de cesar el ataque de la tormenta, sonaron las sirenas. Cuántos pequeños desastres urbanos, qué marea de partes al mutirriesgo hogar. Estaba de Dios, porque Hope había lavado su Vespa y comido fuera, y apenas volvía a casa le sorprendió la primera manta de agua a las cuatro de la tarde. Al pequeño burgués siempre le llueve cuando lava el vehículo. Y tal vez por empatía, Hope pensó en ese vecino del barrio que no tiene garaje, pero sí un espectacular Mercedes, habitualmente reluciente, que, saltándose todas las normas de prohibición en una acera peatonal, aparca habitualmente delante del portal. Para que nadie se olvide de su poderío.

Abre el día, además, con negros presagios económicos. Dicen que Pedro Solbes no descarta ya la recesión- se va a enterar de lo que vale un peine cuando la vicepresidenta de la Vega le eche una bronca, por mal pensado. Y que el sector automovilístico se hunde. Así que hay que cuidar el coche, por lo que pueda pasar. Como el vecino de Hope, en el que éste pensaba anoche cuando huevos de paloma de hielo granizaban del cielo. ¿Qué sería de su Mercedes?

La respuesta, esta mañana, cuando amanecía el día después y se podía abrir la ventana para percibir el agradable olor de la tierra mojada. Hope bajó la vista y pudo ver que el flamante coche había dormido bajo un manto de edredones, toallas de playa y colchas que le protegieron de la granizada. Todo por el Mercedes. Al coche, ni un arañazo, no vayan a pensar que por culpa de la crisis uno pierde categoría.

Verano del 52

Charco Verde de Arenas de San Pedro

Charco Verde de Arenas de San Pedro

Si uno volviera a ser niño y tuviera que elegir su veraneo favorito elegiría el que describe Gerald Durrell en Mi familia y otros animales. No sabe el Duende si es éste un libro para todas las edades o si cuando lo leyó, hará veinte o veinticinco años, aún latía mucha infancia bajo su aparente madurez. El caso es que lo recuerda como uno de los más apasionantes y divertidos de su biblioteca particular. Hubiera dado oro por atravesar marcha atrás el túnel del tiempo, reencarnarse en Geraldito y repetir la inolvidable aventura de viajar en los años veinte del pasado siglo desde su Inglaterra natal a la isla de Corfú. El libro, por lo demás, no tiene desperdicio: es la descripción con muy fino humor de una pintoresca familia británica, una crónica de viajes retrospectiva minuciosa y amenísima, y la narración del fascinante proceso de descubrir de la naturaleza por parte de un chaval despierto y capaz de asombrarse por casi todo. Durrell habla del mar Egeo, de algún paisano que creo que se llama Spyros, de burros, ratones, sapos, lagartos, lagartijas y peces, pero lo hace con tal genio y gracia que las criaturitas acaban siendo tan fascinantes como Ana Karenina o el comisario Maigret.

El Duende no llegaban en barco a su paraíso estival, sino en el directo, un autocar que hacía el trayecto Madrid-Arenas de san Pedro por la misma carretera que Pío Baroja siguió para escribir su novela La dama errante. El directo, normalmente cargado de paisanos y paisanas, cestos y hasta gallinas era infiel a su apodo, pues paraba en casi todos los pueblos. Y el viaje se hacía tan interminable como el de Durrell. Sorprendentemente uno no recuerda el calor, pero es fácil imaginar lo insoportable que se nos haría ahora un viaje así en un viejo autobús de línea renqueante con las ventanas abiertas como toda refrigeración. Una vez, al cruzar el puente sobre el Guadarrama que estaba en obras, el conductor detuvo el vehículo.

-Se bajen los viajeros -dijo en el mejor de los tonos posibles- Y, si no les sirve de molestia, lo pasen a pie, que la empresa no responde.

Todo lo compensaba, sin embargo, llegar a la casa de señor Paco, que era el casero. El señor Paco León era el guardia civil encargado de vigilar la cárcel, porque entonces en España aún había malvados y se les condenaba, qué cosas. Pero además tenía un hotelito de tres pisos. En el bajo vivia su familia y mantenían un bar con pista de baile y pikú. El del medio lo ocupaba la familia del Duende a la que se sumaban la tía Toly y el primo Juan. Y el alto estaba alquilado a otros veraneantes.

En la casa de al lado vivían dos gemelas que se llamaban Isabel y Pilarín, y un niño más pequeño que se llamaba Felisín. No había Cristianes, ni Sorayas, ni Vanessas entonces. Si había suerte nos invitaban a bañarnos en albercas para riego que había en las fincas vecinas. Si sólo había fuerzas -porque coches no había-nos estirábamos hasta el río Cuevas, que pasa por el pueblo, o hasta el Pelayo. Ahí había una poza natural de color esmeralda que ofrecía un baño de príncipes. Le llamaba el Charco Verde. Junto con Valen y Toñi, n dos de los hijos del señor Paco y la señora Mercedes, íbamos a los aserraderos de pinos y cogíamos listones sobrantes para construirnos puñales y espadas de madera. Por la mañana, dábamos vuelta al manubrio de la heladera del señor Paco para fabricar la leche helada. Creo que echábamos horas, pero al final nos lo premiaban con un vasito de aquella ambrosía de dioses, deliciosa y refrescante. Eso sí, era el vaso más pequeño, de diez céntimos. Por la tarde regábamos la pista terriza para preparar el baile. Por el pikú sonaban las hermanas Fleta, La Cumparsita, España Cañí y puede que Gloria Lasso y Luis Mariano. En uno de esos veranos el primo Juan, que ya era un mozo y tenía una nuez prominente, se echó novia.

-Mira, el Juan ye le muerde la oreja a la Maribel-comentaba la Merce mientras les veía bailar agarraditos.

No escuchaba el rumor de las olas, como Gerald Durrell, sino el insistente cantar de las chicharras, que era el animalito que teníamos más a mano. Aquello no era Saint Tropez ni Costa de los Pinos, ni el Duende navegaba en más barcos que los que moldeaba con la navajilla en cortezas de los pinos resineros. No era un veraneo literario, ni propio de la beautifull people, pero era un tiempo feliz. Quizás porque, cuando despertaba por la mañana, sólo había que pensar en jugar, y además tenía toda la vida por delante.

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