
Más o menos en el mismo lugar donde Antonio Joli pintó Madrid, el Duende practicaba el "dolce far niente"...
No se lo explica el Duende. No sabe si lo suyo puede ser incluso un caso de irresponsabilidad social. Se siente como una especie de Simeón el Estilita, viendo pasar el tiempo y la vida desde su palomar sin demasiados cargos de conciencia.
Sale por las mañanas a cumplir sus deberes, y tras comer y dormitar, quizás huyendo inconscientemente de las malas noticias que habitualmente sirven los telediarios, se pone a esperar la tarde. Otros tienen la suerte de ver el mar. El Duende sólo aquel viejo poblachón manchego lleno de subsecretarios, que decía Cela. Pero por su fachada occidental, que probablemente es la más bella. La acaba de ver, tal como era en el siglo XVIII, pintada por Antonio Joli, en un hermoso paisaje que presenta la exposición Los Borbones entre Nápoles y Madrid, en la Academia de Bellas Artes de san Fernando. Casi tres siglos después, el lienzo de Joli se ha transmutado en un cuadro de Antonio López García. Con encanto, a pesar de las servidumbres del desarrollo y la modernidad. Al menos el Palacio Real y el Campo del Moro, entonces sin ajardinar, permanecen.
Las tardes de otoño, tan breves y, por eso mismo, tan preciosas ennoblecen a la ciudad con su luz tornadiza. La estampa va cambiando: del oro, al oro viejo, que luego evoluciona a cobrizo. Aparece la señora vestida de malva. El sol se ha ido, y de repente, en un pispás, se ha hecho la noche temprana. No se lo explica el Duende, y cuando lo piensa, casi se siente apesadumbrado. Ha perdido el tiempo, con lo que le cuesta admitir ese lujo. No se lo explica, y le parece reprochable. Y delicioso.
No todo fue dolce far niente. Mientras se iba la tarde y llegaba el crepúsculo, se puso a montar el nacimiento. Un pequeño nacimiento en un diminuto velador de apenas cincuenta centímetros de diámetro se llevó todo aquel tiempo sagrado. El Duende entretanto completaba el rito escuchando El Mesías, y lo cantaba por lo bajini. Cada cual prepara la Navidad a su manera. La luz del portal de Belén también ilumina las tinieblas interiores.
Y así pasó una de las últimas tardes de este otoño. Con lo revuelto que está el mundo, y el Duende en ese éxtasis de pensar algo y no hacer nada. Aunque, por no caer en la debilidad de compararse con Simeón el Estilita, se permitiera la licencia de merendar un te con polvorón. No sabe uno adónde vamos a llegar…




Tantos años viviendo lejos de España no pasan en balde. Cuando la tía Clota se fue Estados Unidos aún no se había estrenado Canciones para después de una guerra, aquella tierna y, a la vez, triste película de Basilio Martín Patino. Ahora se acaba de enterar por las noticias que se celebra una exposición dedicada a Miguel de Molina, y ella confiesa humildemente que no sabía quién era este hombre. Tampoco recordaba haber escuchado antes La bien pagá. A esta canción y a su artista les dedicaba un buen metraje el filme.








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