Posts Tagged 'Manderley'

¿Dónde acaba la familia?

...Y aunque estas jovencitas no pudieron ir a la fiesta, también descienden del mismo tronco y pertenecen a la gran familia

Se preguntó siempre el Duende a lo largo de su vida dónde empieza y dónde termina la familia. Sospecha que sólo en los países  latinos se estira el concepto tanto como para amparar  a tíos, primos, tíos abuelos, sobrinos, sobrino segundos… En España desde luego es difícil saber su límite. El Duende ya casi no conocía a su familia materna, porque gran parte de sus ramas se han desparramado. Pero acudió a ella y la familia respondió con creces.

Una de las pocas razones por las que  al Duende le hubiera gustado ser millonario sería para recomprar el Monte el Rincón, una hermosa finca  recortada por los ríos Tiétar y Arbillas, en el límite sur de la provincia de Ávila, que fue el territorio de su infancia compartido con esta familia. Casi todos los descendientes de su bisabuelo Augusto Lletget, que fue quien lo compró en 1871, se reunieron el pasado sábado para la presentación del libro de la prima/tía/tía abuela Mary. En el acto, al Duende se le olvidó parafrasear,  a propósito de la autora, lo que  Unamuno decía de Dios: si no hubiera prima Mary, habría que inventarla. Aunque sólo fuera para comprobar el juego que dio su abuela Rosa, tronco común de donde procedían la mayoría de los asistentes.

Por la noche, el Duende soñó que el Monte el Rincón era ahora suyo. Lo que en realidad acabó siendo un caserío destartalado era en el sueño como Brideshead o Manderley, esas propiedades que aparecen en la literatura y en el cine ingleses con una enorme mansión perfectamente mantenida por una nube de sirvientes. En ella coinciden multitud de familiares de distintas generaciones y todos son ricos, guapos, y elegantes. Unos juegan al billar, otras al crocket, otros se van a pescar, el más exótico, como el tío Augusto Gil Lletget, que era ornitólogo, prepara la taxidermia de un martín pescador, aquel monta el telescopio para mirar las estrellas por la noche, algunos escuchan tangos de Gardel en la vieja gramola manual con aguja de La voz de su amo, cuya caja de hojalata es hoy una preciosa reliquia, las tías montan a caballo a lo amazona y con sombrerito, otros más cazan pluma, un grupo pasea por el bosque  mientras la pareja de primitos más despabilada se  cita con Cupido en el pajar para estudiar   anatomía de sus cuerpos y, de paso, eliminar toxinas. La vida misma.

La vida de mentira, claro, donde luego te sientas a la mesa y unas doncellas con guante blanco te sirven faisán relleno con ciruelas y malvavisco. Nada parecido a la realidad. El Monte el Rincón que el Duende conoció era ya decadencia. Como mucho, carillas, patatas revolconas o macarrones con chorizo en una vajilla desportillada. Eso sí, la vajilla  de cerámica talaverana, y con el nombre de la finca en cada plato. Poco importaba. Era sobre todo el descubrimiento de la naturaleza, el poder correr a tu albedrío por el campo, ver parir a las vacas y a las ovejas, chapotear en los arroyos, comer el pan y quesillo de las acacias y trepar por los madroños del jardín mirando  desde allí al Almanzor,  buscar galápagos , observar a las grullas y compartir un cacho de pan y queso con tu amigo el pastor al amor de una fogata. Y todo eso, con muchos primos y tíos alrededor. Nada parecido a las películas de aristócratas ingleses o a Los cuatro robles de Escarlata O´Hara, pero sí algo bello y muy entrañable para ir llenando el macuto de la memoria sentimental.

Decía el señor de Bearn en la muy recomendable novela del mismo nombre que no hay mas paraísos que los perdidos. Añade el Duende: o los que están por llegar. Paraíso es al cabo, lo que el cerebro almacena y el corazón ilusionado procesa como perfume de la vida.  La finca cambió de manos. Era un préstamo que la fortuna había hecho a la familia sin más mérito aparente que la de tener un antepasado boyante. El Monte el Rincón se diluyó en la lejanía, pero no pasó nada, porque quedó el recuerdo de aquel tiempo y nacieron a cambio otros muchos pequeños paraísos. Uno de los sobrinos que corrían por allí es hoy el traumatólogo Fernando Baró, que después de no verse con el Duende durante casi medio siglo le va a arreglar ahora un hueso. Otro es catedrático y decano de la Facultad de Derecho de Santander.  Aquella es bióloga, este arquitecto, el de mas allá ingeniero de caminos…Entre estos sobrinos nietos lejanos hay  una profesora de colegio llamada Inés por la que dan ganas meterse en el túnel del tiempo y volver a matricularse en primaria. Tempus fugit, y entretanto la familia, como mandó el Señor, creció y se multiplicó.

Por cierto,  el Señor no tuvo en cuenta que en España el personal se apunta a un bombardeo, y olvidó recordarnos en qué grado se acaba la familia. Y así pasa lo que pasa, que presenta un libro una novel madurita y acude casi tanta gente como si fuera un Nobel de los de Estocolmo.

Diputados en pelota y otras pesadillas informáticas

(Foto de d70focus)

Aquella noche se despertó Homper sobresaltado. Soñó que se encontraba en una playa nudista. Los dos primeros bañistas que se topó eran dos leones absolutamente bronceados. A continuación, diseminados por la arena, más de trescientas personalidades en pelota picada. Al contrario de lo que se siente en el sueño tradicional, donde uno se avergüenza por estar desnudo delante de la gente, a Homper se le subieron los colores, pues era el único que llevaba traje de baño. Echó a correr por la orilla y se dio de bruces con una pareja que caminaba de frente, agarraditos los dos: eran Rajoy y María Teresa Fernández de la Vega, que se besaban en los morros para escenificar el buen rollito frente a la crisis. Qué cuadro, mi madre, ni pintados por Lucas Granach. Despavorido, huyó en dirección contraria. Y entonces pudo leer un cartel que decía:

Playa Nudista de los Diputados.

El pueblo español en pelota picada

Homper se levantó, secó el sudor de su frente, bebió un vaso de agua y volvió a la cama. Tuvo suerte, y al cabo de un rato concilió de nuevo el sueño. Y esta vez cambió de escenario. Conducía su coche por un puerto y en la única recta donde estaba permitido apretó el acelerador para adelantar a un trailer. Venía de frente a lo lejos otro vehículo, pero había margen más que suficiente. Sin embargo, en pleno adelantamiento, el motor de su coche rateó, el carburador falló y en el cuadro de mandos se encendió un aviso aterrador: Carburador afectado por un virus. Despídase de la vida. Fue lo último que vio antes de estrellarse contra la furgoneta que avanzaba por el carril de la izquierda.

Homper quedó muy afectado por las pesadillas. Pero así como la primera le parecía una broma, la segunda le sonaba a presagio. Quiso escribirlo así en su bitácora personal. Se sentó en su mesa de trabajo, encendió el ordenador, abrió un nuevo documento de Word y comenzó a teclear. Anoche no soñé que volvía Manderley, qué mas quisiera. Soñé que me estrellaba en un coche después de haber soñado que me topaba con Rajoy y María Teresa Fernández de la Vega en bolas. Con todo, lo peor es que mi muerte no era por un fallo mío, sino porque mi coche había sido víctima de un virus como los que de cuando en cuando descarajan mi ordenador. Y mi  pregunta de Hombre Perplejo es…¿Cómo puede girar el mundo civilizado en torno a una tecnología que un matriculín de la informática manipula enviándote un virus desde Filipi…?

Faltaba la sílaba nas. No pudo terminar su post porque en ese momento el teclado dejó de funcionar. Ese mismo percance lo ha sufrido el Duende el domingo, provocando su enésimo ataque de ira contra las mil y una trampas que diariamente tiende el ordenador. Lamentablemente, esta vez no era una pesadilla. Sino alguna nueva jugarreta de la doctora en sadismos diversos que algunos llaman Informática.

Abetos, madroños y naranjos

Arbol de Navidad en Madrid

(Foto de Daquella Manera, con algunos derechos reservados)

Sugiere algún amigo de este blog que todos, aún los más críticos, somos hijos del colonialismo cultural. A veces sin darnos cuenta, como cuando nos ponemos la americana o la rebeca. ¿Por qué no la chaqueta o el jersey de punto abierto, que era lo que en realidad se echaba encima la malograda esposa invisible del acaudalado señor De Winter? Entre la descripción de Daphne du Maurier, el suspense de Hitchcock y en encanto bobalicón de Joan Fontaine nos lo colaron impunemente. El caso es que ardió Manderley y las chicas españolas no volvieron a cubrir sus hombros con la chaquetita de punto, sino con la rebeca. Colonialismo inocente ese, por cierto. Más ofende que nos haya conquistado el sandwich cuando el conde de Sandwich lo que en realidad se inventó para aplacar la gazuza de sus cacerías era algo tan conocido por estos pagos como el bocadillo. Será que comiendo esa palabra, aunque se engorde igual, se parece más fino.

El Duende, tan puntilloso él generalmente, fustiga las modas importadas innecesariamente. Pero si uno mira atrás se da cuenta de que todo, desde el lenguaje hasta los hábitos de vida se han impregnado siempre de costumbres extrañas. Y no siempre para mal, ni mucho menos. En SU primera empresa, el Duende trabajaba aún los sábados por la mañana. En el lenguaje popular, el sábado libre se decía sábado inglés. Algo bueno pues aprendimos de la pérfida Albión, como desde la derrota de la Armada Invencible denominábamos a la Gran Bretaña.

Bueno para la decoración o malo para nuestros bosques, contra lo que ya no vale oponerse es contra el árbol de Navidad. No tiene nada que ver con raíz cristiana de la pascua que nos contaron de niños. Pero desde Navidades blancas -primero la famosísima canción de Irving Berlin y luego la película que protagonizaron Bing Crosby y Dany Kaye- su encanto parece irresistible. Tan incrustado está en nuestra cultura doméstica, que a una maestra contumaz cristiana le oyó el Duende entronizarlo en la natividad que describe san Marcos para que sus alumnos no lo vieran como un simple adorno caprichoso. Según ella, y probablemente para santificar la tradición pagana, del árbol sacó san José la madera para hacerle la cuna Jesús. Difícil que lo encontrara en los aledaños de Belén, pero si non é vero é miracolosamente trovato…

Le magnetiza al Duende el otoño porque pinta éste el crepúsculo de la vida vegetal en colores maravillosos. Viene de ver en los bosques asturianos y leoneses cuadros naturales que serían impagables si se subastaran en Sothebys. Desde la misma ventana del cuarto donde escribe se divisa un Madrid otoñal parapetado tras los ocres, amarillos, rojizos y verdes de distintas tonalidades que le ofrecen chopos, plátanos, liquidámbares, pinos, cipreses, cedros, olmos y cianamomos de un parque que espera plácidamente la caída de la hoja.

Llegará el invierno con sus barbas blancas y sólo permanecerán vestidos los de hoja perenne. Algunos de ellos, como el perfumado naranjo y el bravo madroño, con la propina excepcional de un fruto que pronto será de vivos colores. Está muy bien que hoy reproduzcamos en plástico el tannembaun o el christmas tree, porque así no deforestamos y, pese a ello, nos sentimos como en un cuento de Dickens. Pero el naranjo y el madroño no necesitan en esta época ni un adorno, porque se llenan de bolas rojas o naranjas y se ponen preciosos. Podíamos habernos fijado en ellos antes para que los copiaran los chinos. Así, en lugar de ser colonizados por la estética del norte, podríamos sorprender a todo el mundo con la gracia natural que tienen en España nuestros auténticos árboles de Navidad.


Siluetas de RNE

Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Mis servicios:

El mejor regalo a un ser querido

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 1,175,667 hits

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 149 seguidores

%d personas les gusta esto: