
El Tajo a su paso por Toledo, guardando las apariencias a pesar de todo...
El informe de la Policía Científica que, gracias a sus contactos y de forma no oficial, recibió Juan Ignacio era sin embargo tan concluyente como demoledor para sus expectativas.
-Me lo temía –dijo mirando al trasluz el contenido apenas visible de una diminuta cápsula de vidrio- El ADN dice que este pelo rubio era de Esperanza Aguirre.
La experiencia vivida en el Maratón de Nueva York de 1990 fue para él reveladora. Su recuerdo estuvo presente cuando Juan Ignacio aceptó el nombramiento de Consejero de Medio Ambiente de su comunidad autónoma. La vida de ésta dependía del agua, pero en su comunidad no llovía casi nunca, y el agua debía llegar del trasvase del Tajo, un río que, según estudió de chico, nacía en los montes de Albarracín. Ahora sabía que, aunque ese dato, tan bucólico, fuera cierto, en realidad el gran río moría poco después, al atravesar la Comunidad de Madrid. A partir de la desembocadura del Manzanares y del Jarama, el ochenta por ciento de su caudal era el gigantesco vertido que producen los madrileños. Algo que, ni funcionando perfectamente todas las depuradoras de la tecnología más avanzada, podrá nunca limpiarse en su totalidad.
Para calcular el riesgo que era aceptar su nombramiento, Juan Ignacio había visualizado la magnitud del caudal de mierda que habría que recibir como el maná del desierto y, por añadidura, como un gran éxito de gestión. Y se remitió a su glorioso maratón de Nueva York, el último que corrió antes de darse cuenta de que ya no estaba para esos trotes, sino para hacer política. Recordaba cómo tres horas antes de la salida, les concentraron a los veinticinco mil y pico participantes en una especie de campamento establecido en Staten Island, al sur de Manhattan. La organización estaba obsesionada con la hidratación de los corredores, y había previsto cantidad de puestos de suministro de agua, café y zumos. Tres horas de espera dan para mucha conversación, muchos cafés, muchos zumos. Y mucho pis.
Para las corredoras, pongamos que doce mil quinientas, había en el recinto una serie de cabinas individuales donde se aliviaban después de guardar una larga cola. Para los corredores, pongamos que otros doce mil quinientos, con más facilidad operativa y sin duda menos pudorosos, se había instalado en la zona más retirada, a cielo abierto, una especie de canalillo de zinc de unos treinta centímetros de ancho por donde fluía constantemente hacia el mar un regato amarillo y cálido. Juan Ignacio, que había estudiado Ciencias Económicas, imaginó la siguiente extrapolación de datos.
-Si lo que estos ojos están viendo es el flujo de pis de doce mil quinientos maratonianos en tres horas…¿cómo será el río que mana diariamente de los riñones de seis millones de madrileños, más dos o tres más de las comunidades que son atravesadas por el Tajo, antes de llegar a mi Murcia natal?…
Aún así, y seguro como estaba de que los avances tecnológicos lo solucionan todo, aceptó el cargo. Pero ahora había recibido el último informe del etado del río y se arrepentía de ello. Con la cabeza hundida entre las manos y los codos hincados ante un mapa que reproducía la cuenca del Tajo imaginaba, como si fuera la etiqueta de un producto, la descripción de los componentes del agua que habría de regar su comunidad, y por la que, evidentemente, había que seguir luchando a brazo partido. Esta agua contiene H2o, pero también orines, defecaciones, detritus animales de orígenes diversos, mercurio, plomo, escorrentías procedentes de lavados nucleares, fertilizantes, herbicidas, pesticidas, compuestos químicos imposibles de analizar, vertidos diversos y una cantidad inimaginable de pelos que a veces se escapan de las depuradoras.
Se echó a llorar.
-Pues tiene usted suerte- le consoló su secretaria mientras le retiraba el expediente de reclamación del trasvase, para que no lo mojaran las lágrimas- El pelo que yo encontré en una tomatera de mi huerto era mucho más sospechoso. Rizadito y tal, ya sabe, como para pensar lo peor…Lo colé en su envío a la Policía Científica y mire, me han tranquilizado. No procede de cualquier sitio, sino de la cabeza de Ruiz Gallardón...
-Bueno- resopló Juan Ignacio más calmado- Al fin y al cabo son pelos amigos…
Entretanto, muy lejos, en las costas de Luisiana la explosión de una plataforma petrolífera había derramado ya más crudo que el que hubiera cabido en dos buques del tamaño del nefasto Exon-Valdez. Y eso -pensaba Juan Ignacio, consuelo de tontos- ocurría en el país más poderoso del planeta. Menos mal que Zapatero, en frase inolvidable, dijo que la tierra sólo es del viento. Y que éste Joan Báez mantenía que éste tiene respuestas para todo.
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