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Cambiando de aires 5/Por la Bretaña de Mr. Hulot

No hace falta tener una villa como ésta para disfrutar de la costa de Bretaña. Te das un largo paseo por la ruta que bordea Dinard y te sientes el rey del mundo...

Dónde viajan los que tienen tiempo y dinero para viajar donde les llega la real gana. Por qué gustan tanto de ir donde van los que son de su condición, no desmarcarse, saber que se encontrarán siempre a los suyos. Por qué no buscan otros destinos menos trillados. Los niños con los niños y las niñas con las niñas, se cantaba antes en los corros infantiles. Y los ricos con los ricos. Dónde va Vicente, donde va la gente. Más bien al Mediterráneo, aguas esmeraldas, puertos acogedores, buenos barcos, navegación tranquila, calas tentadoras,  noches locas llenas de fiesta, cenar un pescadito junto al mar rodeado de magnates y de rubias, luciendo el moreno sobre un blusón blanco y sonriendo a los conocidos que se agolpan en el mismo restaurante de moda.

-Don Leoncio, qué gusto verle otra vez por aquí –le dice sumiso el maître mientras hace cuentas del ojo de la cara y la yema del otro que le cobrará por el crustáceo del día- Le tengo reservada su mesa de siempre…

Le reconocen, le reverencian, le sonríen. Es feliz.

Seguramente don Leoncio también ha viajado donde los demás. Quizás en otros tiempos, cuando era estudiante y más curioso. Pero si ha ido allí, lo comentó poco, porque luce más el veraneo poderoso, y donde llegan los que no pueden pagar 1.000 € por un atraque tal vez  tenga algún interés cultural, pero interesa poco contarlo. Al tal don Leoncio lo que de verdad le pone es saber que él ocupa siempre un coto exclusivo. Por eso no le acompañó al bloguero en su recorrido por Bretaña.

-Lo siento, tío. Ahora sólo disfruto donde los destellos de la Visa Oro deslumbran más que el sol.

(Es exagerado. Leoncio no es tan simple, y en el fondo entiende los viajes de la clase media. De todo tiene que haber).

Sorpresas te da la vida. Y sorpresas que se hubiera llevado el viajero fardón al saber que la  costa norte de Bretaña fue en el período de entreguerras del pasado siglo la costa del glamour y del dinero de los leoncios de entonces. Le leyó en la guía este duende, y lo comprobó haciendo el  inolvidable y bellísimo promenade costero de Dinard, desde el cual se ve Saint Malo como una nariz amurallada del continente anclada en el mar. Hasta el crack del año 29 el casino de Dinard era punto de encuentro de los magnates. Francia  por ahí se desmelena en numerosos  cabos, separados entre sí por rías que multiplican el placer de una mansión con vistas a un horizonte de agua. Así ocurre que  en unos pocos kilómetros cuadrados se arrugan muchísimos kilómetros lineales de costa. Y el viajero puede contar en su paseo tantos chateaux, manoires, palacios y casonas de categoría como los que probablemente se asoman a nuestro Cantábrico desde San Sebastián a Finisterre.

No todo son delirios de grandeza. También se enteró el Duende de que en una de las innumerables y magníficas  playas de Bretaña era donde tomaba sus vacaciones Monsieur Hulot, aquel personaje pintoresco que encarnó en el cine Jacques Tati. La película se llamaba precisamente Las vacaciones de Monsieur Hulot, y fue una de las más divertidas que uno recuerda de aquel tiempo feliz en que uno acudía al cine para gozar, y no para pensar y sufrir, como ahora. No metió el viajero ni un dedo del pie en el agua, sólo cruzó las playas de Bretaña por el gozo de pasear. Pero buscó insistentemente la figura espigada de Tati, con su sombrero y pipa característicos,  y no la encontró. El esplendor de Monsieur Hulot, como el de la propia costa bretona, puede que pasaran, pero su encanto permanece. Aunque Leoncio  insista en que, ahora, todos los que son pasan el verano en otra parte. Modas y modos de entender la vida.

Pegado como una lapa a la manía de contar…

En días así, qué daría uno por ser lapa, agarrarse a la roca y ver como las olas de la vida vienen y van, y uno o una tan fresco o fresca....

1

Hace uno días, y como quien no quiere la cosa, una veterana visitante de este blog recordaba que el Duende había cumplido ya tres años. Uno se imaginaba entonces que tenía muchas cosas que decir. Como cualquier menda, examinaba los deberes cumplidos y los muchos por cumplir. Por ejemplo, cubrir el tópico: sembrar un árbol, escribir un libro, tener un hijo. Por ejemplo, todo lo demás. Descubrirse entre las dudas, averiguar cómo puede uno apurar mejor su vida. Y hasta ser una mosca tontorrona de esas que misteriosamente se filtran en la habitación y que entretienen con su vuelo el tiempo apresado de quien la observa.

2

Verano rabioso. Hace no tres años, sino casi sesenta, a estas horas el Duende purgaba siesta. La odiaba, pero resultaba  razonable. Imagínense entonces, un estío severo en un pueblo rodeado de pinares donde sólo las chicharras, por millones, podían ser felices. Por las mañanas, y al atardecer, también se lo permitían a los niños. Con suerte, se refrescaban en una alberca de riego o en el río que bajaba de la sierra. Se acercaban a los aserraderos y con las sobras de los cortes se fabricaban espadas de madera que les convertían en mosqueteros del rey. Con algo más de habilidad y una navaja, se hacían barquitos a partir de la roña de los pinos. Por las noches, a veces un vaso de leche merengada.

Una  o dos veces a lo largo del verano, aparecían los titiriteros.

-Venga, niño-le decían- Coge la sillita pequeña y vámonos, que empiezan los títeres.

Un patio, cuatro bombillas, diez banderitas de papel. Un saxofón y un tambor. Dos payasos: el listo de la cada blanca, el tonto de la nariz colorada, los dos polvorientos. Una cabra amaestrada. El fantasma de Berlanga, tal vez de Fellini, rondando por allí. Y arriba, en todo lo alto, las estrellas de verano, que aún se dejaban ver en cualquier pueblo, sentado en aquella sillita enana que había que arrastrar desde casa.

Pero antes, claro, había sido necesario purgar la odiosa siesta. No se sabe por qué a uno se la obligaban cuando no tenían sueño, y encima sobre la cama, y con el cuarto a oscuro. Afortunadamente las contraventanas cerraban mal,  y por ahí se filtraban, refractadas en la pared, las pocas almas vivas que se aventuraban a pasar por la carretera. Se oían los cascos de una caballería. Se le veía pasar su espíritu siguiendo la dirección contraria a la que traían. Se alejaban, la sombra y el ruido de los cascos. Continuaba la siesta, tan oscura, tan aburrida.

Y de cuando en cuando, aparecía la mosca. La mosca, que a lo largo de la vida del Duende, sería la criatura más odiada e inoportuna, pero que entonces, con su zumbido y su intento desesperado de huir de aquel encierro sofocante, llenaba muchos minutos y acababa entreteniendo el tedio de la siesta-cárcel.

3

Sombra huidiza y mosca que entretiene. Se pueden buscar otras metáforas más estimulantes para la función de un duende en este territorio tan grande y desconcertante que es Internet. Pero hay días que la luz del sol aplana las perspectivas, y su calor africano mata las ilusiones.

Supone el bloguero que Lola no lo tomará a mal, celebrar tres años de blog de esta forma, tan bajo de tono. No pasa nada. Sospecha uno que a estas alturas de la canícula sus contemporáneos están refugiados en su cueva, al fresco, dormitando calladitos, tan lejos de esta manía de contarlo todo que nos deparó Internet, contarlo todo aunque no interese nada. Sombra huidiza o mosca desesperada. O tal vez lapa a la que todo se lo trae al fresco.

Pues sí. El propio bloguero, aplatanado y obtuso, cabreado por este primer sartenazo de julio, quisiera dejar de ser duende y convertirse hoy en una lapa del Cantábrico, batida por la incansable musculatura espumada de la mar. Pegada a la roca, ola va, ola viene, observando la existencia, que va pasando así mucho más fresquita. Unos asuntos se acercan, otras preocupaciones se alejan mar adentro, y no hay que pensarlas más. Entre ola y ola, mil gracias Lola, por tu recuerdo.  Sobreviviremos.

Por otros territorios de la soledad

El Valle de las Luiñas visto desde el Viaducto de san Pedro

El Valle de las Luiñas visto desde el Viaducto de san Pedro

La carretera/autovía Gijón-Ribadeo cruza el que levanta del suelo unos cincuenta metros, a vista de señor bajito. Salva así en menos de un kilómetro de funambulismo hormigonado un tramo que evita al viajero pasar `por San Martín de Luiña y Soto de Luiña. Como efecto colateral, a los que tenían su casita en las laderas del monte les ha cambiado el panorama. Ya no ven un valle verde y bucólico que cerraba en una uve abierta sobre el fondo azul del mar. Por la barra líquida del  horizonte lejano sólo pasaba, muy de cuando en cuando, un buque. Ahora, aunque se sigue viendo el Cantábrico al fondo, alguien  ha cerrado la parte superior de la uve con una raya blanca por la que a menudo pasa un trailer, una moto, muchas caravanas, más turismos y algún camión distribuidor de leche. También es bonito, pero distinto.

Todo es opinable. En general, la irrupción del llamado progreso en la naturaleza le produce al Duende rechinar de dientes. El mismo que debió de producir a los habitantes del París decimonónico cuando vieron sobresalir de su perfil urbano esa monstruosa torre que diseñó Eiffel. Esta novedad en la postalita del occidente asturiano aporta sin embargo un matiz curioso. En una primera mirada superficial es un paisaje alterado por la insolente mano del hombre. Pero si aplicas otra óptica, admiras ese encanto inquietante que se adivina en los cuadros de Edward Hopper: la soledad del individuo en la amplitud de los grandes paisajes abiertos a los que, con toda naturalidad, se incorpora el contorno de una fábrica, un inmenso depósito de gas o un tren supersónico. Un cuadro actual, en definitiva.

La polémica del conservacionismo a ultranza versus progreso no es lo que más le preocupa a Toya, que vio crecer a los hijos del Duende, y a los de WaterI y a los de Félix Bragado cuando éstos recalaron en unas casas cercanas a la suya a finales de los años setenta para pasar las vacaciones de verano. Toya es vecina de San Cosme, una aldea muy guapina agazapada en el monte a tan sólo un kilómetro y medio de San Martín de Luiña. Regenta un pequeño comercio donde desde macarrones a cordones para los zapatos puedes encontrar casi de todo. Fue siempre la proveedora de chuches de los niños de la zona. También se reúnen en su tienda paisanines que  si antes hablaban de les vaques ahora hablan del regreso del Sporting a primera, porque ya no queda ni una vaca. Cuando el Duende apareció por ese lugar tan idílico el cartero venía a caballo, y sus hijos se iban a segar con un vecino y regresaban montados en un carro de hierba. Ahora apenas se ven tres o cuatro caballos en la contornada, nadie necesita hacer heno, no hay quien siegue los prados y, para colmo, si encuentras alguien que lo haga, no sabes qué hacer con la hierba, porque tampoco se puede esperar a que se seque y quemarla. A Hopper le querríamos ver pintando este problema. Con todo, a Toya lo que más le entristece no es el progreso, sino el final del verano.

-¡Se queda tan sólo el valle cuando se van los veraneantes!…-suspira melancólica.

Todo es relativo. La última parada de la tournée del Duende por el norte fue en un recóndito lugar llamado Tresmonte, entre el Sueve y los Picos de Europa. Ahí, en la ladera de un valle inaccesible en invierno cuando nieva, al fondo del cual, al salir el sol entre las paredes verticales de piedra  y las nieblas, parece que va a asomar el ojo de Dios, han pasado medio mes Guillermo, Sofía  y su hija Olivia. Olivia es la más pequeña de las nietas del Duende, pero ya podrá presumir de haber visto esa especie en vías de extinción que son las vacas asturianas en su ambiente. Todo gracias a Boni, único paisano que se aventura a apacentarlas por ahí. La vida de Boni transcurre entre su mujer enferma en el hospital y sus vacas pastando en el prau que queda por bajo de la casa de Guillermo y Sofía. Estos días estaba feliz, porque tenía vecinos.

-Si notas que te falta presión en la ducha, aguanta un poquito-le advirtieron éstos al Duende- Es que Boni está dando de beber a las vacas.

Guillermo, Sofía y Olivia llevan muy bien esta pequeña pega. Y se quedaron muy impresionados cuando Boni se les echó a llorar el día que le anunciaron su  próxima marcha.

-¡Ye tan largísimo el invierno, aquí solo, con mis vaques!…-dicen que dijo entre sollozos.

Levantaría Bécquer la cabeza, miraría a Toya y a Boni, y seguro que cambiaría su famosa rima: Dios mío…¡Qué solos se quedan los campos!


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