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Las infidelidades de Homper

 

Como demuestra este "Venus y el organista" de Tiziano, los amantes de la música a veces se distraen y acaban mirando donde no deben...

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Lo bueno y lo malo de la pasión amorosa, pensaba Homper, es que nos iguala a todos los humanos. Creemos siempre que el nuestro es un amor único, distinto, absorbente y de tal fuerza que no cabe resistirse a él. En consecuencia, justificaremos en su nombre cualquier tipo de locuras.

Homper despreciaba las frivolidades en este terreno. Estuvo enamorado en su día de Liz Taylor, pero le reprochaba íntimamente su versatilidad sentimental y su catálogo de maridos. Nunca aspiró  a  ser uno más de la lista. No menos decepciones en este terreno le había proporcionado uno de sus mâitres á penser, Bertrand Russell. Cuando leyó su Autobiografía él era aún un joven idealista, y a pesar de que descubrió a un filósofo, un matemático y un escritor admirable se le cayeron los palos del sombrajo al saber de su conducta personal. Bertie, como le llamaban sus amigos, era un modelo de pensamiento claro y de ética social, quizás el cerebro más preclaro del sigloXX..  Pero se la pegó a su esposa con lady Ottoline Morrell.

-Tan infiel como la mayoría de los hombres –apuntó en su diario íntimo.

Y añadió a continuación que cuando llegara su verdadero amor él nunca sería así.

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No le gustaba reconocerlo, pues quería considerarse un hombre independiente e inmune, por tanto, a los deliquios que suele traer el amor. Pero era hombre al fin y al cabo, y todo cambió cuando bien metido en la edad madura conoció a Ana Krusa. Entonces  perdió el seso.

-Aunque puede que encontrara el sexo –le reconoció a su confesor.

No se ha encontrado en sus escritos más referencia a Ana Krusa que estas breves notas. “Nunca nadie me enajenado así. Es un trémolo constante que altera mi corazón, pero sin el que no puedo vivir. Me hace feliz cuando la siento, la amo sobre todas las cosas, porque es la música de mi vida”.También escribió que con este amor, el único y verdadero, no cabía la infidelidad.

Se equivocó.

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Cayó arrebatado por Ana Krusa, que a pesar de su nombre de princesa polaca o de espía rusa con melena tipo Marlene Dietrich con la que pasarse secretos en las sombras de la noche bajo la Puerta de Brandemburgo, no resultó ser sino la música misma. Está claro que en ese epígrafe se incluye todo, desde Chikilicuatre y el Koala a los grandes compositores de siempre, pasando por funerales cadenciosos como el gran Leonard Cohen, melaza de almíbar como Armando Manzanero o desgarro sufridor como Camarón. Pero Homper, tan antiguo, se volcó en la música clásica. Como casi todo el mundo hubiera querido ser director de orquesta, pianista, o divo del bel canto, pero al fin no pudo llegar más que a corpúsculo  de ese chopped musical que es un coro.

-Y soy bastante feliz, amándote –le decía a su amada Ana Krusa- Pero voy a acabar siendo tan infiel como la mayoría de los hombres.

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Pues ocurrió que, cantando Sociedad Coral Bach de una iglesia protestante, fue tentado para sumarse al de un monumental Mesías de Haendel que prometía ser apasionante. Y que, ya comprometido con éste, fue seducido por otro coro que iba a cantar el último movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven en el Auditorio Nacional. Y que repartiendo ya sus amores entre Ana Krusa, Bach, Haendel y Beethoven, fue seducido por un Requiem de Verdi que se preparaba para la primavera. Y entretanto, otro coro que también ensayaba un Mesías para Navidad, le invitó a que aprovechara que ya se lo sabía para disfrutarlo en un singular concierto que se celebrará en el monasterio de Yuste…

Le ha jurado a Ana Krusa que ella es la única música de su vida. Pero que, como cualquier músico, debe tocar más que ningún otro amante, aunque sólo sea con su voz de relleno de chopped. Y, como todos los amantes dispersos, niega que le haya sido infiel.

-No es lo que parece –le dijo cuando ella le pilló poniéndole los cuernos con el Freude, freude de Beethoven.

Y era verdad. Pues, al cabo, la única infidelidad de Homper es fallarle a los que de cuando en cuando merodean por este blog y se dan cuenta de que  está ausente y vive sin vivir en él. Como todos los enamorados, está loco por la música…

Amas de casa diplomadas

Doña María seguirá currando lo mismo. Pero ahora con la satisfacción de ser Diplomada...

Doña María seguirá currando lo mismo. Pero ahora con la satisfacción de ser Diplomada...

Para Doña María, un político competente era como un buen vendedor de medias de cristal.

De cristal, que es como se decía cuando ella era una muchachita y las medias transparentes eran aún artículo de lujo. En realidad eran de fibra artificial, que entonces aún se decía nylon. Pero mostraban el blanco de la pantorrilla, y con aquella denominación sugerían más fascinación, más glamour. Si la Cenicienta bailaba en palacio con zapatos de cristal, Doña María aspiraba a ser la princesa del Bloque los Arándanos engalanando sus piernas con medias de cristal. Como las de Marlene  Dietrich, que lucía tan buena figura. Nadie le parecía más seductor  que el dependiente de la mercería donde compraba la marquesa para la que ella trabajó cuando dejó el pueblo y se plantó en Madrid. Aquel hombre que, por cierto, se parecía a Sarkozy, abría la caja plana de cartón, levantaba el papel seda que las cubría y tomaba en sus manos aquellas calzas delicadas y brillantes, como un cendal de oro, para mostrárselas a la clienta.

-Se las pone usted, señora, -decía el dependiente – y queda como una artista de cine.

Doña María mantiene que SuárezFelipe, Sarkozy y Zapatero nacieron vendedores de ilusiones, o sea, de  medias de cristal. Y que Aznar en cambio tenía maneras de vendedor de gruesas medias de lana o, peor aún, de zuecos. Es la diferencia entre la labia con glasé y el estilo de lija del nueve  del profesor de Georgetown. Así y todo, aún le quedaba algo al soñador imbatible que es ZP para demostrar el talante que dice llevar dentro. Le faltaba mirar por el ama de casa y mimarla como se merece.

-O sea, que nos reconozca y nos de la importancia que tenemos -reivindicaba ella- O sea, sueldo, seguridad social y categoría.¡Ah!, y un bonomedia por tres pares de medias de cristal al año para que la imagen del ama de casa no salga perjudicada con tantas carreras como se nos hacen.

Sueldo, seguro, reconocimiento, carreras. Qué líos nos hacemos cuando el estado del bienestar no se atreve a decir no a casi nadie. Menos mal que la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega -una mujer tenía que ser- ha venido a poner los puntos sobre las íes prometiendo que las amas de casa podrán diplomarse y, en su caso, trabajar como expertas en dependencia. Según sus palabras, será otra manera de crear puestos de trabajo.

Y doña María está encantada: ya no será gladiadora del hogar, sino titulada. Y con uno de esos diplomas con tinta de oro, letra de pendolista- y quién sabe si hasta la firma de la ministra correspondiente- para enmarcarlo y colgarlo en el comedor.

-¿Y mi sueldo?…¿Y mi seguridas social? -pregunta nuestra entrañable Ingeniera Técnica del Hogar, como seguramente será a partir de ahora.

Los optimistas pronostican machadianamente que se hará camino al andar. Entretanto la vice tranquiliza al colectivo de doñasmarías recordando que tienen su puesto de trabajo asegurado. El actual, claro. Lo que, tal y como están las cosas, no deja de ser otra buena noticia.

Los que amamos a Lilí Marleen

Se le ponen al Duende los pelos de punta cuando lo piensa, pero es cierto que algo en común tiene con los gustos de Adolf Hitler. Ambos amaban a Lilí Marleen. Más agrava la cosa que esta maravillosa balada, tan perfumada de melancolía, fuera la canción favorita de Augusto Pinochet. Por lo que uno no sabe si debe cabrearse con la propia Lilí, con el autor de la letra, -se llamaba Hans Leip, y un pianista llamado Schultze dicen que improvisó la música en la nefasta noche de los cristales rotos- con Marlene Dietrich que la universalizó con su voz doliente, con los citados tiranos, por glasear su crueldad aparentando sensibilidad por la música, o con él mismo. En este caso por no tener valor para desmarcarse en todos los órdenes de semejantes bellacos.

¿Amaría Lilí Marlen Federico García Lorca? ¿La hubieran cantado Víctor Jara o Violeta Parra? ¿Se la toleraríamos a Pablo Milanés? El Duende está en otros niveles, y además dejó de ser militarista cuando se le pasó la edad de los soldados de plomo, que en su tiempo eran ya de baquelita o de goma. Pero siempre que le tocó hacer guardia nocturna recordaba la vieja historia del centinela que desde su puesto a la entrada del cuartel observa la farola donde se encontraba con su amor. El amor probablemente perdido, para que alcance el éxtasis. En los años cincuenta se estrenó una película con el mismo título. No la vio -debía de ser para mayores con reparos- pero sí el trailer en el cine Carlos III de Madrid. Le parece que el galán era un guaperas alemán llamado Adrian Hoven -que levante la mano el que se acuerde de él- y que sonaba la voz de la siempre seductora Marlene. Hace unos años se estrenó otra versión. Pasó sin pena ni gloria.

Y así ocurriría en este blog si no fuera por dos circunstancias bien diferentes. La primera es que la luna está otra vez llena, y propicia el desfile imaginario de las Lilíes de cada quisque. ¿Hay mejor farola para conjuralas? La segunda es que como hoy se escribe de todo hay una escritora germanista llamada Rosa Sala Rose que ha lanzado un prolijo libro sobre el tema. Lili Marleen: canción de amor y muerte. Viene a demostrar que, pese a su origen impuro, la canción se hizo tan popular y arraigó tan profundamente en el corazón de los combatientes que fue coreada tanto por nazis como por aliados. Un alivio para el que se sienta culpable de haber coincidido con el Führer.

No sabe añadir el Duende mucho más al respecto. Sólo que, aparte de sus dos primeras frases -Vor der Kaserne/ vor dem grosen Tor-ignoraba todo de esa mítica canción. No obstante le gustaba tanto, y adivinaba en ella una historia de amor tan romántica, que no podía evitar improvisarla en un alemán macarrónico más propio de Holderlin que de un recluta madrileño enamoradizo. La música, siempre mágica, capaz de poner algún paño caliente en las terribles heridas de la guerra. Y de hacer creer al Duende, en las inhóspitas noches de guardia, que el mosquetón que acariciaba su mejilla no era sino la melena sedosa y rubia de Lilí Marleen. Esa huidiza canción/mujer a la que los nacidos en la Europa temblorosa de la primera mitad dek siglo XX siempre seguiremos amando.


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