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El abrazo del frío

En su rigor implacable, el frío que regresa tiene un punto de entrañable...

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Le dice su consejera literaria al Duende que no se enrolle, que esto del blog no es para ganar un premio literario, sino para dar un sopapo, hacer un volatín o meter el cepillo de carpintero en el alma y sacar unas virutas que luego se puedan quemar y convertirse en pavesas incandescentes. Pavesas en la noche. O sea, algo así como pequeños fuegos de artificio con los que encender un debatito o entretener un rato tonto que casi todo el mundo acaba encontrando a lo largo del día.

 Se lo dice cuando el bloguero se excusa por sus cada vez más frecuentes y largos silencios. Y el bloguero se explica.

-Unas veces no escribo porque me doy cuenta de que lo quería escribir lo han escrito mejor otros. Otras porque, como no se escribir novelas,  trato de escribir cuentos cortos. Y como considero que los cuentos cortos son como un pavo sin relleno, me pongo a cocinarlos, y cuando ya he metido varios ingredientes más, sin darme cuenta se han convertido en cuentos demasiado largos para un blog.

-Pues tú verás.

Verá el bloguero.

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De repente, cuando lo habíamos olvidado, regresó el frío. El frío era el primer compañero de los despertares niños. Abría los ojos el duende en aquella habitación gélida donde dormía con sus hermanos y lo primero que hacía era juntar los labios con la punta de la nariz helada y graduar el tormento que le esperaba hasta pasar por el lavabo, lavarse con agua del tiempo y vestirse para salir a la calle. El agua caliente era un lujo: llenaba la bañera no más de una cuarta, y sólo  los jueves y los domingos. No es que fueran los niños especialmente valientes. Era lo que había.

El frío era el colega que le acompañaba camino del colegio. El que le dejaba los cachetitos internos de los muslos escocidos y rojos como el roast-beef. El Duende entonces iba al colegio con pantalón corto de pana recia. Pantalones cortos, pero crecederos. Porsi, les llamaba el compañero. ¿Porsi?…Por si creces. Y entre el bajo del pantalón corto, que se estiraba hasta las rodillas, y el borde de la media circulaban a su aire las navajas glaciales que soplaban de Guadarrama. Jopé, qué fresquito en las pequeñas intimidades. Eso se aliviaba con body milk, pero…¿qué era esa mariconada? El frío amenazaba en el primer recreo, cuando el pelotazo de goma en la oreja se convertía en la Némesis del destino, y le dejaba a aquel niño desgraciado la cara tan encendida como la del pelele de Goya.

-Por tonto, por haberte puesto en medio.

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Pero no hay frío sin  consuelo. En aquella casa sin más calefacción que una salamandra de carbón en el recibidor y algunas estufas repartidas por las habitaciones, el cielo calentito se escondía bajo la camilla. Aquella mesa redonda con amplias faldas albergaba un brasero de cisco, y hacía el oficio de gallina que enclocaba a seis polluelos, dos padres y una pareja de abuelos. Pobre camilla, tan pasada de moda. La de servicios que habrá prestado al bienestar de varias generaciones de españoles.

A veces se aprovechaba tan estrecha unión familiar para hacer caso al padre Peyton,  la familia que reza unida permanecerá unida. Pero el Duende disfrutaba más cuando en lugar de los misterios del rosario lo que se escuchaba por el inmenso receptor de radio marca Philips no era la voz del padre Venancio Marcos, sino a Gila que quería aplazar la guerra hasta después del fútbol o que transmitía una delirante operación del riñón como si fuera Matías Prats. Qué risa, qué buenos ratos, todos juntos y apretados, a ver quién pillaba el mejor sitio en el sofá o en el sillón. Quién iba a imaginar que aquel frío, que amanecía fustigando nuestras caras como un látigo despiadado, hoy vuelva a ceñirse a nuestro cuerpo como si fuera un viejo  amigo. Y lo que son las cosas: el antipático frío de entonces, qué paradoja, nos ha dejado ahora en su abrazo la  impresión, la grata huella de un cierto calor que habíamos perdido.

Periodismo y publicidad. Todo es relativo…

Habrá que enunciar la nueva teoría de la relatividad en la información...

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Sonó el teléfono y el Duende se precipitó a cogerlo. La gente ahora llama menos. Unas veces piensa que hasta en eso se nota la crisis: en todo se puede ahorrar. Otras veces le da por creer que es cosa de su edad y de su retiro. Ya no es necesario para casi nada, y está fuera de la pomada, y tampoco está enfermo, y además ya sentó las reglas para esquivar a los únicos que aún siguen, erre que erre,  al aparato.

-¿Es usted el que deseo que sea?-quieren decir- ¿El responsable del contrato de…?.

-Lo siento, mire –suele excusarse- Ya no se con quién tengo contratada la luz, ni el gas, me han hecho ustedes un lío Se me ha olvidado ya el número de llamadas sobre este asunto que he tenido que atender, aunque no creo que ni IBERDROLA, ni ENDESA, ni UNION FENOSA ni GAS NATURAL me salven la vida. Pero ya  no acepto llamadas comerciales, gracias.

A veces piensa que detrás de esa voz generalmente suramericanita que le suplica atención, hay un puesto de trabajo que necesita acreditar tantas llamadas para no tambalearse.

-Usted es un encanto –acostumbra a añadir para edulcorar la píldora amarga- y hace  muy bien su trabajo. Pero su compañía es una pelmaza, lo siento.

Cuando es un robot el que llama, se ahorra estas palabras.

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Sin embargo aquella era una llamada distinta. Venía de Iñaki Gabilondo, que no llamó a este infeliz ni una sola vez durante los casi diez años que coincidieron en la cadena SER.

-Verás- le dijo- Te llamo porque me ha dicho Fernando Onega que pase la bola. A él le llamó Juan Luis Cebrián, al cual había llamado Luis María Ansón, que a su vez había recibido una llamada de  Paloma Gómez Borrero. Esta fue avisada por José María Carrascal, que recibió la noticia de Carlos Herrera, el cual seguía la cadena que le comunicó Luis del Olmo. ¿Sabes?…A Luis le dio el queo Pedro J. Ramírez, advertido por MaríaTeresa Campos y por Pilar Cernuda, que a pesar de sus discrepancia ideológicas había creído lo que le dijo Enric Sopena, entre otras cosas porque el que se lo había dicho a éste era Miguel Angel Aguilar, al cual habían llamado anteriormente Julia Otero y Angels Barceló. Angels parece que se enteró del asunto a través de Ernesto Saenz de Buruaga, puntualmente informado por Matías Prats, con el que se habían comunicado Pedro Piqueras y Olga Viza. Pero te mentiría si te ocultara que nombres como los de Susana Griso, Pablo Sebastián, Ana Rosa Quintana, Paco González, Carlos Carnicero, Raúl del Pozo, Ignacio Camacho, y Gistau suscriben el mensaje. Y, cómo no, el infalible Jaime Peñafiel y el pontífice de la corrección en todo, que es Josemi Rodíguez Sieiro…La cosa es que…

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En ese momento le sonó el móvil, descolgó de una forma mecánica y tuvo que escuchar la voz de su amigo Homper, tradicionalmente impresionable por casi todo lo que pasa en el mundo.

-¿Sabes?…-dijo el Hombre Perplejo- He hablado con la tía Clota, que vive en Vermont. ¡Y me dice que le ha llamado nada menos que Oprah Winfrey, por recomendación de Larry King!…

-Un momento, Homper- le cortó el Duende- Es que hablaba con Iñaki Gabilondo…

Lo cierto es que el Duende esperaba que la llamada del gran periodista español le despejara alguna de las dudas del día. ¿Se recuperará Japón de este terremoto? ¿Se reabrirá el debate nuclear? ¿Acabará Gadafi barriendo a los rebeldes y desafiando a Occidente? ¿Dirá Zapatero si se presenta a la reelección? ¿Irá a la manicura Belén Esteban?

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Pero las cosas ya no son lo que eran, pensó cuando le colgó a su maestro radiofónico.

-¿Qué te ha dicho Iñaki? –preguntó Homper impaciente.

-Que la vida es otra cuando lo tomas, y que  me una a la cadena ACTIMEL.

-¡Coño!-exclamó el Hombre Perplejo- Eso es lo que me ha dicho la tía Clota que le dijo Opra Winfrey: esto no ha hecho más que empezar.

Al Duende le vino a la cabeza aquella máxima de Álvaro de la Iglesia que presidía la cabecera de La Codorniz: donde no hay publicidad, resplandece la verdad. Recordó que se había pasado su vida entre los publicitarios y los periodistas. Los publicitarios decían una verdad interesada, pero no ocultaban que cobraban por ello. Los periodistas eran otra cosa.

-Ya nada ni nadie es lo que era-sentenció Homper- ¿Será verdad la verdad?

La verdad es que este relato fue un sueño. Pero ahora que están despiertos, tanto el Duende como Homper admiten que no tienen muy clara la respuesta.


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