Posts Tagged 'Morgan'

Cuadro de otoño con liquidámbar

1
Momentos estelares de la humanidad. Suena a demasiado ambicioso, creo que Stefan Zweig lo entendió mejor, y escribió a partir e ellos un librillo muy interesante que devoré en la primera juventud. Léanlo los adolescentes de ahora, si aún creen que hay algo que aprovechar de la galaxia Gutemberg. Pero dejemos estos momentos y pensemos en algo más cercano, más sencillo: momentos estelares de mi humanidad. A estas alturas, cualquier guiño amable de la vida le brilla a uno como toda una constelación.

Y esperaba ansioso este momento. O esa suma de momentos. Durante todo el larguísimo y tórrido verano seguía con atención a los liquidámbares del jardín, contando los días que faltaban hasta que sus hojas mudasen de color, y en lugar de ser árboles fueran Cezannes, o Monets, o Renoirs que uno encuentra a las puertas de su casa sin haber tenido que pagar millones de euros para que el subastero de Christie´s de el martillazo y sentencie.

-Adjudicado.

Adjudicado el trío de liquidámbares, que quizás serían aún más hermosos si alguien no les hubiera puesto ese nombre tan cursi. Un liquidámbar en el jardín de Bárbara Cartland o de Carmen Lomana lleva el nombre adecuado. Yo les llamaría lendillos, o abentos, o ciprales. No existen estos árboles, ni siquiera estas palabras, pero prefiero que sean ellas la que señalen ese fondo caducifolio de elegantes colores que acotaba mi otoño el pasado sábado.

2
Por ese momento estelar `pasaba Marina, la mayor de mis nietas, y allí que fui yo con mi dolor de espalda de Atlas venido a menos -apenas podía dar dos pasos – y le dije, para niña, que la vida pasa rauda, y los liquidámbares, o lendillos, o abentos, o ciprales no se ponen todos los días así de guapos.

Uno intentaba recordar fotos similares con su abuelo y el resultado era cero: cero fotos con abuelo delante de árboles otoñales, aunque bien es cierto que entonces no todo el mundo tenía cámaras fotográficas, y el color del otoño nos parecía tan normal como el humo de los autobuses. Había mucho menos sensibilidad para la sensibilidad. Así se entiende que me hubiera hecho mucho más ilusión la foto con mi viejito en un Morgan, o al menos en una moto con sidecar. Nada parecido. Además entonces la mayoría de las fotos domésticas eran en blanco y negro, y no podríamos hablar de escalas cromáticas y de cursiladas de este tipo.

Todo lo tuve en cuenta cuando saqué mi teléfono móvil de última generación y conseguí que algún hijo hiciera click. Fue un logro.

3
Pero el tercer momento estelar de m humanidad estaba por llegar. No sólo fui capaz de retener a la niña unos segundos en ese efímero esplendor del otoño, y de que alguien nos plasmara en ese ala de mosca barrida por el viento en que acaba convirtiéndose cualquiera de las millones de fotografías que se hacen al minuto en el mundo. Sino que además –oh milagro- di con un buen amigo que llamó para interesarse por mi salud y cuando le contaba que estaba intentando sin éxito pasar la foto del móvil al ordenador para ilustrar este post, me dijo.

-Traete el ordenador y yo te lo soluciono.

El mundo es ansí, que decía Baroja. El anterior modelo de móvil que tenía este bloguero incorporaba una cámara, y era fácil almacenar las fotos que hacías con ella en el PC. El de ahora dicen que es mejor. O sea, más complicado, más diabólico, más cabrón. Y para la misma función necesita que el desdichado usuario se baje un programa especial al efecto. Bajarse un programa: ya sea un Adobe, un Spotify, un Antivirus o unas bragas de Madonna que, milagrosamente, también pudieran caer por esos mágicos manejos de Internet, siempre es un tormento para el megatorpe informático. Da igual: todo se le hace a este abuelo bloguero tan doloroso y difícil como un recurso contencioso administrativo, un cólico nefrítico o el montaje de un mueble de IKEA.

Pero ya les decía que esto va de momentos estelares. Y si hay suerte, quedará constancia en este post de que, pese a todos los dolores de este mundo, había un momento de felicidad que pasaba por allí de la mano de una niña con su abuelo entre el abrazo verde, dorado y rojizo que les prestaba la gloria fugaz del cursi liquidámbar. Lástima que el otoño, como la vida, pase tan pronto.

El Duende de verano (5) Lugares para aburrirse felizmente

Hay que buscar el encanto de lo británico en esos pequeños pueblos donde no caben multitudes...

1.En busca del encanto de lo británico

Mientras el Duende rumiaba las notas de su pequeño viaje por Escocia para volcarlas en el blog, en las principales ciudades de la vieja Inglaterra se registraban las más graves revueltas populares de este siglo. A causa de la crisis y de los recortes sociales del primer ministro Cameron, indignados, marginales o delincuentes, a saber, habían puesto a Londres y a Scotland Yard patas arriba. Where have the british flema go?, que cantaría Joan Báez . Nadie lo sabe. Ya nada ni nadie es lo que era.

Con tal motivo, en Herrera en la onda  los tertulianos y oyentes contaban sus recuerdos y vivencias de la que antaño fue llamada la capital del mundo y hoy es un hervidero. Y había coincidencia general en que, por su tamaño desmesurado, por los atascos de tráfico, por el exceso de turismo, por sus altísimos precios y por la aparente fagocitación de su población autóctona a cargo de los que antaño fueron colonizados y, ahora más aún, por estos desagradables sucesos,  buena parte del encanto de Londres se ha diluído. Londres es un mundo, pero aunque algunos de sus bobbis aún son pelirrojos,   ya no parece una ciudad británica. Hace falta alejarse de su centro para sentirse en algo parecido a  lo que la literatura, el cine y hasta los comics de la primera mitad del siglo pasado nos mostraban que era la capital del Reino Unido.

Puedes consolarte mirando el Big Ben, la imponente cúpula de la Catedral de San pablo,  o la estatua de Nelson de Trafalgar Square. Pero a poco que bajes la vista  te sentirás un corpúsculo más de esa sopa global en la que se mezclan ciudadanos de todas las razas que, no se sabe por qué, hicieron de Londres su destino preferido e invaden sus calles. Londres ahora resulta excesiva, fatigosa y abrumadora. Las últimas veces que este bloguero, que en otra época se declaraba anglófilo y reconocido admirador de Londres, estuvo allí, ya no quería ser una hormiguita consumidora más. Rescató su espíritu andarín y se refugió en esos espacios, parques o calles menos conocidos que aún quedan a salvo de la marabunta universal. La Courtauld Gallery, por ejemplo, el Sir John Soane´s Museum, o, desplazándote hacia el norte, el espléndido Hampsted Heath. Y, cómo no, alguna recoleta tienda de antiques especializada en juguetes antiguos o un discreto salón de te donde aún se puede escuchar a un par de viejecitas con sombrero hablando de sus gatos o ver a un caballero con aspecto de escribiente de Dickens leyendo la crónica de un apasionante partido de cricket. Si el cogollito de Londres, con todos sus gloriosos museos y parques, va a acabar siendo como nuestra calle Fuencarral, pero con más hijos la Torre de Babel de todos los colores posibles, a este viajero de papel le va a dejar de interesar.  Y se marchará, como ha hecho este verano, a buscar el tradicional encanto de lo británico a otra parte.

2.Un tranquilo pueblo escocés donde pasar la corta noche

Las tardes de verano en Escocia parece que no van a acabar nunca, pero eso no evita que a las 9 p.m no haya manera de cenar otra cosa que no sea una pinta de cerveza. Mala cosa que los británicos no necesiten empaparla. Más de una noche le sorprendió al duende  sin más alimento sólido que las galletitas que le dejaban en la habitación del hotel junto a la kettle del te.

Tampoco es bueno vagar sin reserva de habitación y esperar que en cualquier momento puedas dar con un pueblo encantador donde, a buen seguro, te recibirán con una sonrisa aunque sean las diez de la noche (que no es noche). Uno tiende a fiarse demasiado de las películas, y aspira a que aquella fina comedia de Stanley Donen, Audrey Hepburn y Albert Finney llamada Dos en la carretera se repita fácilmente. Pero  a estas alturas del viaje el profesor Mc Crorie había vuelto a sus aulas, y los viajeros ya no eran dos, sino uno. El coche tampoco era un Morgan, como el de la película, sino un Vauxhall Corsa. Y  el objetivo, lástima,  no era conquistar a la Audrey, que no existía, sino  caer en un sitio que en algo se asemejara a la imagen amable, cuidada y acogedora que tenemos como estereotipo de los pueblos británicos.

Hay que decir que en estos casos al bloguero nunca le asiste la suerte, y que, al menos en España, la improvisación suele acabar situándolo en un horrible hostal de camioneros con un puticlub paredaño de esos que inundan de luces de neón la noche. Por una vez sin embargo tuvo suerte.

3. Cosas de otro tiempo que los británicos saben conservar

Después de muchas millas embelesado en un jugoso paisaje de bosques, prados y lagos, aunque preso de la ansiedad por no saber qué sería de su suerte en esa noche sin reserva, vio a su izquierda unas preciosas cataratas, más bien rápidos muy accidentados, que precipitaban un furioso caudal de agua hacia el lochTay. Se anunciaban como The falls of Dochart, río que desemboca en el lago unos centeneras de metros más adelante. Tras una curva a la izquierda, y después de salvar aquella maravilla líquida por un largo puente de piedra, el viajero entró en Killin, un pueblecito británico refugio de pescadores y senderistas digno de la mejor postal. Ahí sí se debía de vivir todavía como los personajes del modelo tradicional que el viajero tenía la cabeza. Aún lucía el sol, pero ya no se veía a nadie en sus calles, de una arquitectura popular milagrosamente anclada en el tiempo, como si el pueblo no necesitase almacenes ni edificios industriales para su supervivencia. Ahí, junto a un remanso del lago, y rodeado de una espesa arboleda,  se alza un hotel decimonónico de tejado de pizarra y gruesos muros de piedra. Su interior, fácilmente imaginable, se adornaba con profusión de fotografías de la difunta Reina Madre saludando al personal del hotel, en el que fue ilustre huésped en el ya lejano año de 1953. La madre de la reina Isabel II ya tenía entonces más aspecto de cocinera que de personaje de la realeza. Quizás por eso, por haber permanecido en Londres con su marido el rey tartamudo bajo las bombas de Hitler y por su humanísima afición al Beefeater fue tan querida de su pueblo.

La uniformidad del personal del Hotel Killin ha cambiado desde entonces. Ya ningún camarero lleva frac. Pero las cortinas, alfombras y edredones y la decoración en general tienen todo el aspecto de ser los mismos de aquella época. Al Duende le dio igual. Incluso lo agradeció: en la cabecera de las camas, por ejemplo no había esas odiosas lámparas de moderno diseño que sólo arrojan luz a la pared, y que no iluminan el libro que tratas de leer. (Cuánto decorador actual debía de ir a la cárcel por ello, caramba). Tuvo la suerte de sentarse en el bar del hotel justo cinco minutos antes de que cerraran la cocina. Los sillones y las sillas, naturalmente, estaban tapizados de tartan. Pidió una cerveza y una hamburguesa de venison (venado) que, sorprendentemente, le pareció un manjar exquisito. No sabe si fue el hambre o el deseo de haber acertado con su elección.

Y a continuación, después de un paseo solitario entre dos luces por aquel pueblo encantador donde las ancianitas con gatos y los coroneles retirados ya dormían, se metió en la cama y él también durmió como un príncipe. Definitivamente, estaba satisfecho de haber dado con un lugar como el que buscaba. Killin  resultó ser, efectivamente, ese pueblo tranquilo, de paisaje bellísimo y edificios de carácter, sin tiendas de moda, establecimientos de comida rápida  ni discotecas, donde cualquier ser educado en el amor a lo británico aún podrá aburrirse  felizmente hasta el final de sus días.

Vuelva a amar a 110 kilómetros/hora

Una limitación de velocidad puede ser una magnífica oportunidad1

Guapo, rico y distinguido, Polín (nacido Policarpo) no concebía otra cosa que vivir a toda velocidad. Así que una vez cumplidos los años reglamentarios para sacarse el carnet de conducir, apuró al máximo el par motor de todos y cada uno de los coches que papá ponía a  su disposición y lo pasó pipa.

-¿Te vienes a merendar al Escorial?-le decía a Pilu (nacida Pilar, de ahí Piluca y de ahí Pilu) a la salida de la Facultad.

Y Pilu no sabía decir que no. Polín erea alto, de cabello castaño y de ojos verdes. Se daba un aire con James Dean y lucía gafas Ray Ban. Además, en los guateques sacaba la guitarra y cantaba cosas de los Brother Four, de Gilbert Becaud y de Domenico Modugno. Pilu no sabía resistirse.

Aunque una vez en el coche, Polín pisaba a fondo el acelerador, cambiaba de velocidad diez veces por minuto aproximadamente, ponía la vista en la carretera y no decía palabra hasta que llegaba al Escorial, a La Granja o incluso, a un asador de Tordesillas donde hacían un cordero estupendo y siempre le recibían como tanto le gustaba.

-Don Polín, qué alegría volver a verle. ¿Su mesa de siempre?

2

Por las manos de Polín pasó un 600 preparado que era de lo más. Y luego un Renault Daphine Gordini al que pronto llamaron el coche de las viudas, por lo potente que era su motor y lo juguetona que era su estabilidad. Y luego un Mini Cooper, y un SEAT 124, que a mediados de los sesenta arrasó entre los chicos bien con posibles. Hasta que, visto que Polín cumplía como retoño de oro, había acabado su carrera, obtenido un master en Inglaterra y se `perfilaba como digno sucesor de Papá en la poltrona presidencial de La Espléndida, Compañía de Seguros,  éste le regaló el descapotable que marcaba el top del pijerío: un Morgan de color verde inglés.

-Eso sí, hijo-precisó don Policarpo padre por justificar el detallito-Que la velocidad no te haga perder los papeles. No olvides que eres un hombre responsable.

A partir de entonces a Pilu, le sucedió Bego. Y a Bego le sucedió Eva. Y a Eva, Bea. Y a Bea, Greta, y a Greta, Ivette, que era francesa. Y a Ivette, Yolanda, y a Yolanda Chipi, y a Chipi, Nora, que era una modelo norteamericana. Y a Nora, Belinda, colombiana y heredera de un imperio cafetero. Y a Belinda, Beluca, que era de muy buena familia de Santander. Toda prestaron su palmito para componer una postal cinematográfico donde lo más romántico era el momento en el que Polín paraba su Morgan, se bajaba, recibía a su chica con un beso y le abría la portezuela quitándose su gorra de tweed irlandés.

-Señora-decía con una sonrisa de galán ofreciéndole  el asiento tapizado en cuero- Póngase cómoda.

Era todo lo que decía. Una vez al volante, Polín recordaba que la velocidad es una expresión de poderío social. No van despacio más que los viajantes de comercio y los taxistas –decía su amigo y compañero de cacerías Josito. Algunas de sus acompañantes, que habían visto la película de Stanley Donen Dos en la carretera, esperaban aventuras fascinantes y divertidas como las de Albert Finney y Audrey Hepburn. Pero para Polín la única emoción de la vida era huir en coche hacia no se sabe dónde para no hacer nada. Pero, eso sí, con una mujer guapa a su lado y a toda velocidad.

3

Polín creía que había sido feliz hasta que a los cincuenta años, después de miles de kilómetros tumbando la aguja, dos matrimonios fracasados y de que La Espléndida hubiera sido comprada por una multinacional norteamericana, cambió de opinión.

-Te sigo viendo estupendo –le dijo entre risas Veronique,  uno de sus antiguos ligues que reencontró en un cocktail- ¿Te acuerdas de cuando fuimos a Ávila?.

-¡Ah sí!-sonrió forzadamente-Gracias a ti que te pusiste pesadísima y me hiciste mirar a los lados me di cuenta de que hay unas muralla bastante antiguas, ¿no?

En la misma fiesta Polín se pasó de copas y se sinceró con ella.

-Creía que molaba eso de ir deprisa, como Pancho López. Creía que era guapo, rico, distinguido y feliz. Pero ya ves,´no acerté en el amor. Y además murió papá, vendimos La espléndida y los americanos me han puesto de patitas en la calle. Creía que era feliz, pero en realidad soy un gilipollas.

Afortunadamente aquella noche volvió a casa en taxi.

4

Harto de la velocidad y del cambio de marchas, y de aburrirse no teniendo poltrona presidencial, sino sólo millones, aparcó para siempre sus deportivos y se compró un coche con cambio automático. Poco a poco, y a medida que conducía cada vez más despacio, observó que le dejaban de llover las multas. Y que se fijaba en el paisaje. Es más: hasta hablaba en los viajes.

-¿Verdad que este puente podría ser un escenario de Dos en la carretera?-le comentó a Veronique- Va la pareja, saca la cesta de picnic y se tumban junto al río a merendar mientras ven pasar al agua bajo el puente…

Ella se echó a reír.

-C´est pas la même chose que autrefois!- pensó.

No le contó que durante años, al acabar su clase de restauración, y después de quitarse barnices y pinturas de las manos, salía a fumarse un cigarrillo al balcón y al escuchar a lo lejos el rugido del motor del Morgan agitaba los brazos para llamar su atención. Aunque el taller estaba en un primero, y ella era una chica más que atractiva, y chillaba a todo pulmón Polín, Polín (en realidad sonaba Polén, Polén) el piloto de la gorra de tweed jamás levantó la mirada de la carretera.

5

El día en el que el gobierno de la nación, en su loable afán de ahorrar energía y, de paso, seguir protegiendo nuestra seguridad, rebajó el límite de velocidad máxima en las carreteras a 110 kilómetros por hora, Polín tuvo que hacer el paripé ante sus amigos del club de golf.

-Otra cabronada más-dijo solemnemente mientras pateaba la primera bola-No se a dónde vamos a llegar.

Pero en el fondo, estaba encantado. Ahora emprendía una nueva vida mucho más sosegada. Y empezaba a apreciar todo lo que la urgencia, la velocidad y el afán de emulación le habían negado hasta ahora.

-¿Vamos a Cuenca?- le propuso a Veronique una mañana dulce y soleada del mes de marzo.

A ciento diez por hora, y con el cambio automático, Polín creyó que era el momento de extender el brazo a su derecha. Quería saber si a la reaparecida Veronique le gustaba el paisaje que veían, o hablar del amor y de otras cosas, mientras hacían manitas como los novios antiguos.

Así lo hizo, y la cosa funcionó, puesto que ahora Polén y Veronique se consideran bastante felices.

Y lo seguirán siendo hasta que el gobierno considere que, aparte de un residuo de ñoñería romántica impropia de un estado progresista, lo de hacer manitas con el coche en marcha, incluso a menos de 110 km/h,  atenta gravemente contra la seguridad vial.

-

El caso de los meteorólogos asesinados

Un enamorado`frustrado es capaz de todo...

Un enamorado`frustrado es capaz de todo...

1

El informe de la policía era tan escueto como elocuente. En el curso de veinticuatro horas habían sido asesinados tres meteorólogos y dos meteorólogas. Todos ellos prestaban sus servicios en otras tantas emisoras de televisión. Ellos habían sido muertos con un cuchillo jamonero, ellas estranguladas. Algún conspicuo Poirot avanzó la primera tesis: estábamos ante el típico caso de un asesino en serie.

2

Ulises Mann había conocido a Alfonsina en un viaje, y se enamoró de ella apenas la vio perfilada contra la superficie del Lago de Como. Era una mujer muy guapa. Por entonces Ulises se llamaba Avelino García, y era un empleado de Telefónica sin demasiadas aspiraciones ni refinamientos. Pero el amor es lo que tiene. Al poco de regresar, él se atrevió a llamarla para salir. Alfonsina se reveló como una mujer culta y exigente, incapaz de enamorarse de cualquiera. Para atraerla,  Avelino estudió y leyó todo lo que no había estudiado y leído en su juventud, e incluso tomó clases de buenas maneras. La muerte sin hijos de la única  hermana de su madre le deparó una sustanciosa herencia que facilitó su puesta a punto final. Contrató un entrenador personal, eliminó algunas lorzas en el gimnasio, depuró su silueta y renovó su fondo de armario. También se compró un Morgan con el que en la primavera se iban a las terrazas de los pueblos de la sierra a ver anochecer. Ella era tan clásica que tomaba una granadina y él, por no ser menos, un vermut. Pronto se distinguieron como una pareja  singular con un cierto halo de romanticismo decadente.

3

Desde que Alfonsina confesó que Homero y Thomas Mann eran sus autores favoritos, Avelino no paró hasta que consiguió mudar por completo su identidad. Un día le reveló a Alfonsina que en realidad se llamaba Ulises Mann, y que había tenido que adoptar el nombre falso de Avelino García porque durante una etapa de su vida fue agente del CESID, y su patronímico era demasiado sofisticado para pasar inadvertido. Entretanto, y puesto que se daba cuenta de que, aunque evidentemente le caía bien a Alfonsina ella no parecía estar del todo enamorada, fue urdiendo un golpe de efecto que necesariamente le abriría los ojos y le permitiría descubrir al hombre de su vida. A Alfonsina, además de la literatura,  le fascinaba el mar, las flores la música clásica, y de ella en particular el piano de Beethoven, y más concretamente la sonata Claro de Luna. Avelino tomó nota.

4

Alfonsina fue invitada a un viaje sorpresa con final feliz. La tarjeta especificaba que se trataba de un destino con mar, un largo espigón y un faro, que siempre queda muy romántico. Ella esperaba VeneciaAlejandría, Rodas o algún pueblecito de Cornualles, que pega mucho en estas aventuras románticas. Pero el destino le hizo volar a Alicante, , donde le esperaba un chófer con librea que la llevó hasta Denia. Allí Alfonsina, vestida para la ocasión con una preciosa pamela y un traje de tules vaporosos, vio en el espigón donde fue depositada un puntito blanco al pie del faro, y entre el puntito y ella, a un cuarteto de cuerda que tocaba  la conocida canción popular francesa Au clair de la lune, mon ami Pierrot . El puntito blanco era un hombre elegantemente vestido de tal color y con sombrero de Panamá, que avanzaba hacia ella con un ramo de rosas rojas en las manos y una sonrisa seráfica –toda arreglada por el más caro especialista maxilofacial-en los labios.

5

Avelino García/Ulises Mann había oído campanas, pero no sabía exactamente donde. Confundió a Thomas Mann con Thomas Wolf, y se había vestido como el famoso escritor norteamericano. Y tan identificado estaba con Ulises, que había escuchado cantos de sirena y también le habían despistado. Cuando en la casa Hazen se negaron a llevar un Steinway de cola al espigón del faro de Denia para que lo tocara Daniel Baremböhm, como, en su ignorancia, él pretendía, se dirigió al primer grupo musical que encontró por la calle y les contrató para que se apostaran en el espigón y, a la aparición de una bella dama, interpretaran el famoso tema del Claro de Luna. No sería lo mismo sin el piano, pero menos daría una piedra. Los músicos, a la sazón ucranianos, entendieron  regular el mensaje, y pidieron que se lo silbara. A Avelino/Ulises la primera luna musical que le vino a la memoria fue la del famoso tema de Au clair de la lune. Así lo silbó y así lo hizo suyo el bien intencionado cuarteto de cuerda. Y en realidad todo habría quedado muy bien, y probablemente, habría conseguido su objetivo de no ser por un pequeño detalle que arruinó los planes del animoso enamorado.

6

En aquel verano de 2009 se estaban dando unas temperaturas  altísimas mantenidas semana tras semana. Los hombres y las mujeres del tiempo de las distintas televisiones, no obstante, siempre prometían que dentro de dos días se produciría un alivio térmico. Concretamente en la semana del 15 al 22 de agosto, y según sus pronósticos, deberían haber bajado los termómetros el martes y el jueves. Pero no sólo no bajaron, sino que subieron, lo cual perjudicó gravemente los planes de Avelino/Ulises. Pues a medida que  Alfonsina avanzaba hacia el hombre vestido como Tom Wolf y veía el ramo de rosas prematuramente rojas  a los inexplicables acordes de Au clair de la lune -disparates que, hasta cierto punto, le hacían gracia y le hacían sentirse protagonista de una comedia  surrealista- descubrió un pequeño detalle que desinfló sus románticas buenas intenciones. Un churretón de sudor de color ala de cuervo se había deslizado por la patilla del hombre que la amaba, y, sin que él se diera cuenta, maculaba su impecable camisa blanca y la solapa de su elegante americana.

7

A pesar de todo, ella hizo un esfuerzo y le besó en la mejilla como una amiga. Pero no fue capaz de ser tan excelente actriz como probablemente requería aquella puesta en escena.

-Me da igual que seas Avelino que Ulises, espía o empleado de Telefónica, culto o inculto- le dijo a su pretendiente en un arranque de sinceridad- Pero nunca podría enamorarme de un hombre que disfrace sus canas…

Se acordaba Alfonsina del patético profesor Von Aschembach destiñéndose ante el bello muchacho Taszio en Muerte en Venecia. Y pensaba que el  sombrero de Panamá del bueno de Ulises Mann cubría sobre todo una notable empanada mental.

8

Al cabo, el culpable del desastre  había sido el calor. Avelino, ya otra vez definitivamente Avelino, se vengó de manera implacable de los meteorólogos que habían arruinado su proyecto. Fue localizando uno a uno a los meteorólogos de las cinco emisoras que le habían engañado con sadismo, premeditación y alevosía –eso declaró ante el juez instructor- y ejecutándoles sin piedad. Y consiguió que su defensa se apuntalara con la misma tesis que un crimen pasional: alguien indignado que reacciona violentamente ante la certeza de que ha sido engañado.

9

Desde la cárcel, escribió muchas cartas a Alfonsina. Mejor cada vez, porque aprovechó la condena para leer muchos y buenos autores, y  conseguir así estar a la altura de su amada. También  le prometió que si en el entretanto  no encontraba al hombre de su vida, la próxima vez que  se vieran quedarían en el estanque del Retiro,  un mar en pequeño que no exigía desplazamiento alguno y le daba cierto encanto naïf a la cita. Él iría con una simple camisa, unos chinos y la Sonata Claro de Luna en el MP3.  También luciría .el cabello natural que le quedara por entonces.


Siluetas de RNE

Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Mis servicios:

El mejor regalo a un ser querido

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 1,182,092 hits

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 157 seguidores

%d personas les gusta esto: